Argentina

La izquierda que necesitamos para el país que queremos

Miguel Mazzeo

Queremos una izquierda que desconfíe de los caminos sin trampas (el riesgo es inevitable) y que adquiera plena conciencia de que las derrotas o las victorias fraudulentas pueden ocurrir tanto en el “arriba” como en el “abajo”.


La izquierda que necesitamos para el país que queremos

Por: Miguel Mazzeo
(Escritor, docente universitario y militante del Frente Popular Darío Santillán)

Es imposible que el deseo no interfiera a la hora de imaginar el futuro, sobre todo si se lo imagina desde el presente de una praxis militante que, aunque modesta y acotada, pretenda alterar radicalmente un orden injusto caracterizado por la desigualdad económica, social, política y cultural; un orden signado por la dominación y la explotación de las clases subalternas y oprimidas.

Esa praxis, obviamente inserta en la lucha de clases, es la que hace posible la representación y la expectación de un futuro mejor, exhibiendo –aquí y ahora– algunos indicios alentadores. Esa praxis instituye nada más y nada menos que la posibilidad de que los y las “de abajo” generen una perspectiva de poder propia y asuman el compromiso de dirigir la Nación. Digamos, entonces, que esa praxis es una especie de sol vespertino repleto de colores inexplorados. Blas Pascal, fiel a la figura tal vez más pródiga a la hora de asumir una fe, decía: “consuélate, no me buscarías, si no me hubieras encontrado”.

Partiendo de esta premisa, nos proponemos delinear algunas características del camino que pueda llevar a una resignificación del socialismo en clave radical y de los medios políticos más funcionales para construirlo. Es decir, vamos a proponer algunos ejes concernientes a la izquierda “política” (algo así como un “frente político plebeyo”) que –nos parece– necesitamos de cara a un proceso de superación auto-conciente de la mercancía como principal mediadora de las relaciones sociales; pero sin dejar de destacar, al mismo tiempo, la gravitación efectiva de una izquierda policroma, “social”, “cultural”, etc., que aún no logra coagular en una síntesis nueva (y por lo tanto irreductible a sus fuentes), que tiene lógicas dificultades a la hora de darse unos correlatos políticos significativos y unas expresiones institucionales que estén en consonancia con su real inserción, su influencia y sus potencialidades.

Necesitamos una izquierda que no promueva instituciones y prácticas simétricas a las del capital, que no reproduzca las prácticas burguesas y las ideologías productivistas, que esté dispuesta a recuperar las formas del saber plebeyo situadas por fuera de la modernidad iluminista y la racionalidad instrumental, que no nazca de la certeza de atesorar una verdad inmutable o una novedad radical, sino de la voluntad de conservar y multiplicar las potencialidades políticas de las organizaciones populares y los movimientos sociales. Esto es: la función que debería ejercer esta fuerza política es la de “potenciar” las instancias de autogestión y autoorganización de las clases subalternas y oprimidas, abjurando de toda pretensión tendiente a expresarlas de antemano y no atribuyéndose unilateralmente su representación. La función potenciadora, que en algunos casos puede ser “iniciadora”, se malogra irremediablemente cuando se la utiliza para reclamar el derecho de constituir una elite política experta. Este tipo de elites, indefectiblemente, se dedican a atemperar el deseo de las bases.

Necesitamos una izquierda que reinvente la política como praxis revolucionaria; que no la conciba como gestión de lo que es y de lo que está (como mera administración progresista del ciclo económico) o como la ejecución de la doctrina y el dogma. Una fuerza política revolucionaria debe inspirarse en guiones laxos, sin patrones ni métodos inflexibles, y debe reclamar siempre el derecho a la experimentación colectiva y auto-gestora de nuevas formas de conocimiento, organización, lucha y vida.

Necesitamos una izquierda que no coloque al Estado en el horizonte del pensar-hacer la política, que reserve ese sitial para otra cosa: algo cercano a la comunidad solidaria e igualitaria. Desde este emplazamiento, estará en situación de desestimar de plano la idea de que los cambios radicales vienen indefectiblemente desde arriba. Al mismo tiempo estará predispuesta a librar batallas por incidir en todo ámbito que pueda contribuir a la plenitud popular, con la certeza de que esas incursiones, sólo servirán si se cuenta con una territorialidad propia (y hablamos de territorio en el sentido más extenso y complejo del concepto). Aunque se sustenten formulaciones dizque revolucionarias, negarse a la disputa por esos ámbitos puede conducir a la naturalización del poder hegemónico, puede llevar a la cancelación principista e ingenua de un conjunto de praxis que también pueden ser (o devenir) contra-hegemónicas o que, sencillamente, pueden servir para obtener avances democráticos. Una revolución integral se distingue por su irreductibilidad al control del poder estatal, pero no por eso soslaya esta cuestión. El cambio social reclama de fuerzas capaces de desarrollar un modelo de construcción político-social –un modelo de disputa por el poder– que se distinga por combinar arraigo territorial con acumulación y multiplicación, sin desechar las maniobras por líneas interiores y los ataques convergentes.

Necesitamos una izquierda que desconfíe de los caminos sin trampas (el riesgo es inevitable) y que adquiera plena conciencia de que las derrotas o las victorias fraudulentas pueden ocurrir tanto en el “arriba” como en el “abajo”. Lo que significa que se puede colaborar con ellas reivindicado totalidades o fragmentos; partiendo de valores relacionados con lo contingente, coyuntural y “táctico”; o de valores relacionados con lo absoluto, lo eterno y lo “estratégico”. La política de superestructuras (política reducida a los formatos institucionales o a los esquemas de poder y aparato) y el basismo; son dos auto-limitaciones que terminan siendo fatales para las organizaciones y movimientos populares.

Necesitamos una izquierda que asuma que el cambio social, el socialismo, la sociedad autorregulada, deben prefigurarse en cada construcción y en cada lucha, esto es: hacer de las construcciones y luchas de las clases subalternas y oprimidas laboratorios de experimentación y movimientos preparatorios de nuevas relaciones sociales. Las construcciones prefigurativas, cotidianas, muchas veces leves y difusas –sobre todo en las periferias urbanas–, son estratégicas por diferentes motivos: 1) porque concretan en el presente “desigual y combinado” una porción del futuro de justicia, igualdad y autodeterminación bajo las forma de una sociedad paralela, un contra-estado o un poder dual, convirtiéndose así en escuelas de rebelión pero también de institucionalidad alternativa y superadora; 2) porque hacen representable ese futuro para las clases subalternas y oprimidas, les permiten “ir por más”, y asumir el rol de protagonistas de la historia; 3) porque, si evitan caer en el culto del aislamiento, si se niegan los “tratados de paz” con el sistema hegemónico, poseen una formidable capacidad de articularse con distintas formas de resistencia y lucha (y de producir saltos políticos cualitativos, es decir, saltos en la conciencia, en los objetivos y en los métodos). Además de esta dimensión “prefigurativa”, consideramos que debería sumar otra de tipo “performativo”: que su verbo sea perturbador porque realiza la acción en la misma enunciación. El carácter performativo es un buen antídoto contra la burocracia y el apoltronamiento. Resultan aberrantes las izquierdas “cortesanas”, lánguidas y satélites.

Necesitamos una izquierda que rechace el sustitucionismo y el instrumentalismo que conspiran contra el desarrollo de una perspectiva política en el seno de las clases subalternas y oprimidas y contra las subjetividades militantes orientadas a la autodeterminación. Es imprescindible la apuesta al trabajo paciente y constante tendiente a romper la escisión entre dirigentes y dirigidos, entre expertos y legos; es más, consideramos que esta faena obstinada tiene que ser uno de sus atributos determinantes.

Necesitamos una izquierda antisectaria, reacia a toda situación de ensimismamiento, alejada de toda práctica que deteriore la solidaridad entre los de abajo y del “narcisismo de la pequeña diferencia” del que hablaba Sigmund Freud. La atención puesta en las rencillas menores es un síntoma inequívoco de estancamiento. Una fuerza política que pretenda impulsar cambios radicales debe convidar generosa sus experticias, su inteligencia respecto de las “leyes estructurales” y todos sus saberes políticos, debe ponerlos en juego en una construcción teórico-práctica colectiva, es decir: debe estar predispuesta a la redefinición de sus experticias y sus saberes, en el terreno mismo de la praxis de las clases subalternas y oprimidas; sólo de esta manera podrá contribuir al reconocimiento de la complejidad del mundo sin degradar la reflexión, sin erigirse en una maquina grosera, pretensiosa e insensata.

Necesitamos una izquierda que construya una cultura política más colectiva y artesanal que profesional, más participativa que escénica, una izquierda “situada”, que no “venga desde afuera” a traer conciencia, reflexividad sociológica, textualidades o proyectos. Necesitamos una izquierda que sea emergente genuino de la solidaridad plebeya y del poder popular; que sea la manifestación orgánica de la capacidad de las organizaciones populares y de los movimientos sociales para gestar sus propios intelectuales y líderes, sus propios trayectos, sus propios proyectos. Necesitamos una izquierda que en sí misma sea la constatación de que las organizaciones populares y los movimientos sociales se han convertido en sujetos educativos, que las organizaciones y los movimientos populares se han constituido en sujetos sociopolíticos activos e imaginativos, en escuelas de conciencia y lucha.

Necesitamos una izquierda que asuma de una buena vez el carácter inseparable de los procesos de auto-educación, auto-conciencia histórica, auto-conciencia revolucionaria y auto-emancipación; una izquierda que haga posible que la teoría y la práctica crítica se conviertan en un ejercicio cotidiano de todos y todas.