Cuba

Habanastation. El Pepito Grillo del Cine Cubano

Mario Jorge Muñoz
01.Ago.11 :: Cuba - Artísimo

El filme desnuda el alma del cubano. La obra se sumerge en la Cuba profunda, mira hacia dentro y mete la mano para enseñar lo bueno y lo malo de esas dos Habanas que conviven en la actualidad


El Pepito Grillo del cine cubano
Mario Jorge Muñoz • La Habana

Muchas risas y lágrimas estremecen hoy las salas oscuras de los principales cines cubanos, durante la hora y media de proyección del estreno Habanastation, cinta que resulta corta —como sucede con las grandes obras— para un público necesitado de verse protagonista de su cinematografía nacional.

Tales emociones no son provocadas por mensajes subliminales o posibles metáforas complicadas, solo al alcance de “entendidos” o de algunos “traductores-intérpretes” de última hora, que en ocasiones asisten a cada nueva presentación del cine cubano en busca de dobles lecturas y malas intenciones.

Sin lugar a duda, más allá de sus indiscutibles valores artísticos, la cinta de Ian Padrón destaca por “llevar a la pantalla la vida de los cubanos”, compromiso en el que el director ha insistido durante su carrera, en cada encuentro con el público o con la prensa. Y aunque esta vez desde el lenguaje de la ficción, esta, su primera película, me resulta muy cercana al documental —como retrato de la realidad—, género que el joven artista ha demostrado manejar muy bien desde sus anteriores incursiones cinematográficas.

En Habanastation todo está claro. Y el drama vivido por los niños Mayito y Carlos, debe haber provocado escozor en más de un espectador adulto. La obra se sumerge en la Cuba profunda, mira hacia dentro y mete la mano para enseñar lo bueno y lo malo de esas dos Habanas que conviven en la actualidad.

La cinta muestra las grandes diferencias sociales entre dos niños que van a la misma escuela, conflicto que no es ajeno a la Cuba de hoy. “No ver las diferencias sociales que se nos avecinan sería tapar el sol con un dedo”, manifestó el director recientemente a La Jiribilla. Niños que además son afectados por el contexto familiar: Mayito, que lo tiene todo desde el punto de vista material, ajeno a las dificultades; pero se siente solo a pesar de vivir con sus padres en un mundo que parece ser perfecto. Carlos, que no tiene nada, vive al límite, perdió a su madre y el padre está preso; pero cuenta con la solidaridad y la amistad de sus vecinos y amigos.

Hay mucha tela por donde cortar en la película, a la que hay que aplaudir además su guion, escrito por Felipe Espinet con la colaboración del propio Ian Padrón, el cual es llevado con mucha ingeniosidad y humor, ofreciendo un producto final bien criollo, ameno y muy convincente, cargado de espontaneidad y gracia, a pesar de la dura realidad que refleja.

Los dilemas en la trama de la película trascienden al supuesto barrio La Tinta, adonde fue a parar Mayito cuando se pierde en el desfile del 1ro. de Mayo, en la Plaza de la Revolución. También van más allá de la humildad y la marginalidad —realidades del lugar— contrapuestos a la sencillez y la solidaridad entre los vecinos del barrio; por cierto, valores enaltecidos por realizadores y protagonistas cuando se refieren al apoyo brindado en la producción por los vecinos de la barriada habanera de Zamora, en el municipio de Marianao, donde se filmó la cinta.

Ahí está el legendario papalote, gallardo, volando frente al sofisticado Play-Station3, que no por casualidad Carlos desconoce su existencia e, incluso, no sabe cómo pronunciar bien su nombre en inglés. O las figuras de las Grandes Ligas, de las que Mayito habla con normal desenvoltura, mientras Carlos defiende a su natural Industriales.

Mayito no tiene la culpa. Es infeliz y no lo sabe, protegido en su bella burbuja de posibles “contagios” por Moraima, la madre. “Mi mamá no deja que lleve extraños a la casa”, le dice en una confesión al nuevo amigo. Y lo reitera Moraima, cuando discute con Mario, el padre, por la pérdida del niño que no sabe y no tiene a donde ir: Porque “Mayito no tiene amigos”, dijo, para luego recordarle al padre, con desprecio, su origen humilde y la imposibilidad de que Mayito conociera a alguien en La Tinta.

Lamentablemente, Moraimas hay muchas y anidan en cualquier rincón de la geografía insular, creyéndose superior y sintiéndose lejana de la cotidianidad de esta pequeña gran Isla.

Y fiel a su “compromiso con la realidad”, en la nueva cinta de Padrón lo mismo resulta aplastante la imagen de una camioneta último modelo, invadiendo lentamente las destrozadas calles de La Tinta, como la precaria vivienda de Carlos, una pelea de perros o las escenas de violencia, que refieren la cotidianidad de la otra vida que se sufre en estos lugares.

El filme desnuda el alma del cubano. Y desde una amplia variedad de personajes: la maestra Claudia (sencilla y verdaderamente preocupada por sus alumnos), Concha (la abuela sabia de Carlos), Jesús (el que todo lo arregla), Munguillo (que lo mismo les presta la bicicleta que les guarda los zapatos), Arcadio (vendedor de puré de tomate), Shakira de la Caridad (el amor a primera vista de Mayito) y, en especial, la “pandilla” de nuevos amigos… hace desfilar valores humanos universales como la humildad, la amistad, la solidaridad y, sobre todo, confianza en la posibilidad del mejoramiento humano, que va creciendo desde un Mayito que esconde su merienda para no compartirla a otro que deja su objeto más preciado, el Play Station, al nuevo amigo.

Son “los cubanos los que deben resolver sus problemas y cambiar lo que hay que cambiar” —ha dicho Padrón a la publicación mexicana Milenio—, al margen de las miradas siempre inquisidoras con que desde el exterior muchas veces, dice, “se sigue a la Isla”. Y coincido en que material humano hay suficiente para lograrlo.

Creo que por esa cuerda camina la joven Habanastation, otro llamado de atención indispensable, de esos que llegan a buena hora de la mano de un amigo, o de cualquier cubano preocupado por su hogar —que también es su Patria—, por su gente; bien podría ser el Pepito Grillo del cine cubano, por estos días alborotando cerebros y conciencias de todos nosotros, en medio del silencio cómplice y la magia de la sala oscura.