Capitalismo: Una historia de amor, de Michael Moore

Mark Weisbrot - The Guardiab

Cuando encontré por primera vez a Michael Moore hace más de 20 años, estaba proyectando un documental, que aún estaba a medias, a algunas docenas de personas en una sala de clases en Ann Arbor, Michigan. Era divertido y mordaz e incluía un poderoso mensaje. Había tomado una segunda hipoteca sobre su casa –el equipo para la producción de cine era mucho más caro entonces– y consiguió un poco de dinero de gente del lugar que compartía sus ideas para una empresa de largometraje. A todos nos encantó lo que nos mostró, pero pensamos que tendría suerte si unos miles de personas llegaban a verlo.

Pero la cinta, Roger y yo, sobre la irracionalidad y el coste humano de la destrucción de la industria automotora de EEUU, fue un exitazo y Moore iba camino de convertirse en el documentalista más influyente de EEUU. Veinte años después, ha producido su obra más radical, saludada con un entusiasmo delirante cuando la vi en el festival más antiguo de cine del mundo en Venecia.

Como dice el viejo refrán, o culpas a la víctima o culpas al sistema. Moore hace un llamado a culpar al sistema, a lo grande.

Uno sabe que una película va a ser subversiva si comienza con secuencias que muestran a verdaderos asaltantes de bancos –filmados por cámaras de seguridad en medio del atraco armado– agarrando su botín con Louie Louie de Iggy Pop (una versión especial para la cinta) retumbando como fondo musical. La equivalencia moral con los titanes de la industria financiera, y sus protectores políticos, está a la vuelta de la esquina.

Capitalismo: una historia de amor no acosa sólo el lado oculto de la economía estadounidense, aunque es capturado limpiamente en las escenas de “buitres de condominio” que se alimentan con el colapso de la vivienda en Florida, junto con las corporaciones (incluidas Wal Mart y Amegy Bank) que compran pólizas de seguros para sus empleados y cobran en grande cuando mueren jóvenes. Esos macabros derivados llevan el encantador nombre de seguros “de campesinos muertos” –que lo dice todo, realmente.

Pero Moore tiene objetivos mayores en su mira: cuestiona si toda la estructura de incentivos, los valores morales y la economía política del capitalismo estadounidense es apropiada para seres humanos. Aunque esto no parecerá tan radical en Europa, donde la mayoría de los países ha tenido gobiernos en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial que por lo menos se llamaban socialistas, o en la mayor parte del mundo en desarrollo, donde las ideas socialistas tienen un atractivo popular, es bastante inaudito en el caso de algo que puede llegar a una audiencia de masas en EEUU.

Pero no hay que ser revolucionario para apreciar la cinta. Por cierto, puede ser vista como un tratado socialdemócrata, con la “segunda declaración de derechos” propuesta por Franklin Roosevelt –una “declaración de derechos económica” que incluía un trabajo con un salario que permita vivir, vivienda, atención sanitaria y educación– como su programa de reforma. Muestra a Roosevelt en 1944 proponiendo su programa ahora olvidado.

Como en sus películas anteriores, Moore combina el dolor y la tragedia de las víctimas –gente que pierde sus casas y puestos de trabajo– con comedia hilarante, fragmentos caricaturescos de cintas de los años cincuenta, y testimonios sobrios cuando son necesarios. Y hay victorias también –como cuando los trabajadores ocupan su fábrica en Chicago para conquistar la paga que se les debe.

Como economista que opera en el mundo de los think-tank, tengo que apreciar este trabajo. Da en el clavo en la historia económica. ¿Cómo fue posible que el padre de Michael Moore haya podido comprar una casa y criar una familia con el ingreso de un trabajador en la industria automotora, y a pesar de ello tener una pensión para su jubilación? ¿Y que esto no sea posible en la economía mucho más productiva de la actualidad? La respuesta no es complicada: en la primera mitad de la era de la posguerra, los empleados compartían los beneficios del crecimiento de la productividad; desde 1973, la mayoría tiene dificultades para lograr algo parecido. (El aumento de la productividad también se ha ralentizado.) Moore también explica los cambios estructurales, como el desmantelamiento por Ronald Reagan de los sindicatos y de las relaciones laborales al nivel del Siglo XIX, que ayudó a producir la más masiva redistribución hacia arriba de los ingresos en la historia de EEUU. (Moore incluso muestra gráficos y planillas para respaldar con datos los principales puntos.)

Desde un punto de vista económico, lo único que falta es un vistazo a las burbujas del mercado bursátil y de la vivienda de la última década. La actual recesión, como la anterior, fue causada primordialmente por el colapso de una inmensa burbuja de activos –una burbuja de la vivienda de 8 billones de dólares, y una burbuja de un tamaño semejante en el mercado bursátil en 2000-2002. Es algo que la mayoría de los medios no han comprendido realmente. Las burbujas de activos son tan viejas como el capitalismo, y ya que ésta es una película sobre el capitalismo y la actual Gran Recesión, hubiera sido bueno ver algo al respecto en ella. Pero no puedo culpar demasiado a Moore por no considerar algo que la mayor parte de los economistas y de la prensa pasaron por alto –y que todavía no mencionan-. Es una película, no un libro de texto.

Moore también obtiene mi voto por haberse informado bien sobre los hechos y las cifras. Vale la pena subrayarlo porque el último documental de Moore, Sicko –que tuvo bastante cuidado con los hechos– recibió ataques de CNN y una campaña de calumnias de la industria aseguradora. Ambas trataron –infructuosamente– de impugnar su exactitud. Un ex vicepresidente de comunicaciones corporativas de una compañía de seguros de salud, y autor de varios memorandos en los que trató de desacreditar Sicko, admitió recientemente en directo a Bill Moyers que Moore “dio en el clavo con su película.”

La nueva historia de amor también apunta a los mandamases que posibilitaron nuestra actual Gran Recesión:

Alan Greenspan, Robert Rubin, y Larry Summers (los tres presentados con aire satisfecho en esa portada de Time de 1999 del “comité para Salvar el mundo”), y Tim Geithner. Rubin, quien vino de Goldman Sachs, ayudó a desregular la industria financiera y se enriqueció en Citibank con los resultados. Larry Summers, quien vino del mundo académico, también ganó millones con el casino desregulado, garantizado por el gobierno, que ayudó a formar cuando él (como Rubin) fue secretario del tesoro del presidente Clinton. Es un salón de la fama bipartidista, que rastrea los estragos causados por una industria financiera floreciente, parasítica, y con cada vez más poder político, durante las presidencias de Reagan, Bush I, Clinton, y Bush II.

En un contraste reconfortante con la era de la codicia, vemos a Jonas Salk, el hombre que descubrió la vacuna contra la polio en 1955, que salvó a millones de la enfermedad discapacitante y a menudo fatal y se negó a enriquecerse con su trabajo con los derechos de patente. Sólo quería que estuviera lo más disponible que fuera posible. “¿Podéis patentar el sol?” pregunta. Y el obispo católico de Detroit, cuando se le pregunta qué pensaría Jesús del capitalismo, responde que Jesús se negaría a participar en un sistema semejante. Todo forma parte del plan de Moore de hacer que los valores socialistas democráticos sean tan estadounidenses como la tarta de manzanas. Lo que es difícil, pero si alguien puede hacerlo, es un muchacho del corazón de EEUU, del medio oeste, el tipo del que Garrison Keillor escribe cuando dice que son “los tontos que se sientan sobre la tarima, y los inteligentes que se sientan a oscuras, cerca de las salidas.” Como hijo de un trabajador de la industria automotora en Flint, Moore no olvida de qué lado está. Veinte años después, no parece haber sido cambiado mucho por la fama y el éxito.

La última película de Moore fue una devastadora acusación contra el sistema de atención sanitaria de EEUU, una excelente introducción a la batalla por la reforma del sistema. Ésta podría ser un preludio para la cólera y la desilusión que sólo comienzan a aparecer.

La Oficina Presupuestaria del Congreso extrapola que la tasa oficial de desempleo permanecerá cerca de un 10% durante el próximo año. Si sumamos a los empleados a tiempo parcial (involuntario), a los marginados de la fuerza laboral y a otros cesantes no incluidos, llegamos a una cifra que es de casi el doble. Incluso si la economía se recuperara pronto, el problema no se solucionará durante bastante tiempo. La película tendrá una audiencia dispuesta, en EEUU y por doquier.

Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR), en Washington, D.C. Ha escrito numerosos informes de investigación sobre política económica. Es presidente de la organización Just Foreign Policy.

Fuente: http://www.guardian.co.uk/commentisfree/cifamerica/2009/sep/09/michael-moore-documentary-capitalism