El Salvador: Campaña electoral sin política

Dagoberto Gutiérre
08.Mar.12 :: El Salvador

En ningún momento la campaña electoral había resultado tan anti política y tan vinculada a la lógica de mercado como la actual. Por eso mismo, la publicidad sustituye a la propaganda y las televisoras sustituyen a la calle. Este proceso expresa la crisis histórica en que se encuentra el régimen político, el régimen económico y el régimen ideológico del país, porque es justamente en estos momentos en que los partidos cruzan el más turbulento río de desconfianza social, de incredulidad y de autoridad, en el que el mercado asume el control del trabajo partidario


8/3/2012
El Salvador: Campaña electoral sin política

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Ttoda candidatura es una construcción ideológica que consiste en fabricar una coraza que proteja y oculte del votante a la persona real que se mueve adentro de la candidatura

Toda campaña electoral se relaciona con partidos políticos, candidatos, votantes y cargos públicos, y es un momento en el que se construyen las candidaturas para que las personas voten por los candidatos. Se trata de evitar dos cosas: que las personas que voten elijan y que el votante vote por una persona.

Veamos esto más despacio. Expliquemos, para empezar, que toda candidatura es una construcción ideológica que consiste en fabricar una coraza que proteja y oculte del votante a la persona real que se mueve adentro de la candidatura. Todo candidato resulta ser capaz, honrado, trabajador, buena gente y amante de los niños, de las personas de edad y, generalmente, dueño de una buena dentadura. Es decir, que todo candidato es potable para el cargo al que aspira. En realidad, se trata de ocultar al ser humano real que se esconde, así como los griegos en el Caballo de la guerra de Troya, del conocimiento del votante.

El que circula, el que aparece, el que habla, expresa una candidatura que recibe los votos, pero de llegar a ganar, es la persona y no el candidato el que ejerce el cargo público. Esa persona, la que asume el cargo no ha adquirido ningún compromiso con el votante, y por supuesto, el sistema político bloquea legalmente y hasta constitucionalmente, la posibilidad de que el elector controle el desempeño de su elegido. Por eso es que la Constitución bloquea en el Artículo 125 al mandato imperativo.

En nuestro país, en donde funciona una sociedad de mercado total que constituye un laboratorio planetario de montaje neoliberal, las campañas electorales han derivado de manera inexorable en campañas comerciales y, para empezar, el candidato debe tener capacidad económica para financiar la campaña, y sus atributos han de estar referidos y determinados por su actividad económica. Esto quiere decir que el mejor candidato será un empresario porque aparece como la persona capaz de proporcionar empleo a los miles de desocupados. Al mismo tiempo, la campaña se basa en frases elaboradas que han de desfilar en los aparatos ideológicos y, casi invariablemente, los partidos políticos contendientes, evitan formular planteamientos políticos que hagan que el candidato sea considerado conflictivo o polémico. Esta manera comercial aniquila de la campaña electoral el contenido político que se supone caracteriza a este tipo de campaña.

En ningún momento la campaña electoral había resultado tan anti política y tan vinculada a la lógica de mercado como la actual. Por eso mismo, la publicidad sustituye a la propaganda y las televisoras sustituyen a la calle. Este proceso expresa la crisis histórica en que se encuentra el régimen político, el régimen económico y el régimen ideológico del país, porque es justamente en estos momentos en que los partidos cruzan el más turbulento río de desconfianza social, de incredulidad y de autoridad, en el que el mercado asume el control del trabajo partidario. En el fondo de los fondos, los partidos políticos dejan de hacer política para dedicarse a promover la participación de la gente en una política que ni es la de la gente que vota, ni es la de los mismos partidos, ni es la del Estado, pero sí es la política del mercado todopoderoso que impone la naturaleza y estilo de la campaña, y también determina los costos y los contenidos de la misma, y en realidad, también la clase de candidatos que han de participar.

Todo este camino comprende la decisión política de los partidos de renunciar al trabajo político y convertirse en hacedores, o más bien dicho, ejecutores de política ajena. Se trata de que los personeros de estos partidos ejerzan cargos públicos y renuncien a hacer de estos cargos los instrumentos necesarios para perseguir los fines políticos que se supone caracterizan a los partidos. En lugar de esta función, se asume el cargo público para convertirse en funcionario público en cuya calidad se dedican a cumplimentar políticas del Estado que terminan siendo políticas del mercado. La relación entre Estado y mercado es aquella en donde el mercado norma y controla el trabajo del Estado, que es instrumento mercantil, por eso mismo, cuando el candidato ganador se convierte en funcionario está todo el entramado listo para su actuación como instrumento del reino mercantil. Una vez encapsulado en su papel, el funcionario pierde el vínculo necesario con la realidad de las personas, porque su cargo y su papel le absorbe todo su tiempo, y lo atrapa en el hilo de seda de las ventajas y utilidades de variados tipos que supone ser funcionario en el régimen político actual.

La filosofía del régimen determina que un funcionario se sirva del régimen y que deje para después su condición de servidor, que aprenda a convivir en las 4 paredes de las instituciones en lugar de la vivencia con su comunidad, que evite llevar a la institucionalidad la problemática mal oliente de la vida real de las personas reales que se mueven en la política real del país real, es decir, que aquel candidato que un día fue votado por la gente, desaparece, y es absorbido y cercenado de su inteligencia política por los pliegues tortuosos de la institucionalidad.

Estamos ante el quiebre del mandato representativo y el agotamiento de la democracia representativa, porque al no existir un representante comprometido con su representado, estamos ante el momento en que la democracia necesita ser democratizada. Y el único camino para hacerlo es el de incorporarle a la actual democracia, mas democracia, es decir, mas pueblo, mas compromiso y más participación de la sociedad en las decisiones que afectan su vida. Esta democracia participativa es la que ha asomado su cabeza, su voz y su rostro con las candidaturas no partidarias. Se trata de un ensayo general y de los primeros pasos, luego vendrán otros.

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