Argentina

John W Cooke : un hereje de dos iglesias

Miguel Mazzeo

Mientras la ideología populista, fundada en la vaguedad, ocultaba (y oculta) campos de
batallas y pretendía (y pretende) ligar a militantes de base con burócratas sindicales, los
planteos de Cooke se destacan por cuestionar radicalmente este tipo de “síntesis” inviables y
estas “unidades exteriores” basadas en la liturgia


JOHN W. COOKE: UN HEREJE DE DOS IGLESIAS
Miguel Mazzeo
“…sentimos la íntima proximidad de lo que estaba perdido en las brumas del tiempo o
disperso en un catálogo de anécdotas inconexas y falseadas. Se vuelven vivas y reales las
hazañas de Tupac Amarú, las esperanzas de tantos lanzamientos de indios, negros, mulatos y
zaparrastrosos que oligarquías crueles y rapaces ahogaron en sangre…” John William Cooke,
Apuntes sobre el Che.
I
¿Por qué rescatar hoy la figura de John William Cooke? ¿En que intersticios del presente
percibimos los destellos de su vieja militancia? ¿Cómo explicar la abrupta reaparición de ese
pasado? Cooke es, posiblemente, la impronta de un sueño que revisita la memoria, la cicatriz
de un proyecto emancipatorio que no fue, la memoria de los logros y fracasos de una historia
colectiva, un bagaje de sabiduría de luchas derrotadas, de sabiduría periférica. Una memoria
ejemplar confeccionada con retazos de heroicidades horizontales y masivas, con cuotas de la
intrepidez de hombres “ordinarios” a los que la praxis (acción y conciencia) y el vínculo
inmediato con la vida del pueblo convertía en luchadores y en organizadores extraordinarios.
El trajinar de Cooke nos remite a la épica de los hombres simples, la que supo conmover a
Georg Lukács.
Cooke es entonces “caballito de batalla” para oponernos a las memorias del poder que
construyen el pasado desde las asimetrías del presente y “punta de lanza” para restituir la
memoria crítica de los oprimidos. Es un componente más de una comunidad de memoria y
discurso, necesaria para consolidar una identidad y reconocernos en el colectivo, para
fortalecer y expandir la organización popular, para construir un nuevo imaginario sintético y
eficaz para la independencia y la libertad, para constituirnos como pueblo y sujeto y dar a luz
un proyecto común. Es punto de partida “metodológico”, brújula en el tropel de nuestras
incertidumbres y contingencias. Un punto de referencia para la construcción de una nueva
identidad y un nuevo imaginario.
Se trata entonces del rescate de un pasado que no es tradición consolidada sino pasado
próximo, presente histórico. Cooke hace menos complicada la tarea de las nuevas
generaciones militantes y alivia las dificultades de este proceso de desarrollo intrauterino, ya
que se trata de una figura que aporta a la superación de la tensión entre la herencia y la
necesidad de inventar. Cooke permite que las desventuras del presente aniden en un pasado
que las ilumina un poco. Por supuesto, no se trata de edificar burdos historicismos a modo de
conjuro o de invocar al pasado para que resuelva los problemas del presente.
Nuestro interés por la figura de John William Cooke no parte (no podría partir jamás) de
inquietudes académicas sino políticas, aunque, vale la aclaración, intentamos alejarnos de la
exaltación acrítica y la reivindicación folklórica. Percibimos, apesadumbrados, que desde
algunos espacios el rescate de la figura de Cooke puede parangonarse con aquel cuarteto que recreaba el estilo de la vieja guardia tanguera y que, dirigido por el maestro Feliciano Brunelli,
tocaba el tango haciendo notar su carácter histórico, su pertenencia exclusiva al pasado. Estas
reconstrucciones no por casualidad fueron auspiciadas por intereses estrictamente
comerciales.
Por esa línea, que algunos llaman revival, transitan las recuperaciones de memorias
indefinidas, imaginarios agotados y de instrumentales inútiles, supuestamente de cara a un
proyecto de y para el campo popular. Nos convocan indefectiblemente a preservar porciones
de algún orden anterior. Suelen caracterizarse por la insistencia en torno a la viabilidad del
populismo o del neocorporativismo social cristiano y otras formas -los más sutiles venenos
burgueses de agonía prolongadaque no modifican las condiciones de existencia de las clases
subalternas y que justamente se caracterizan por hablar en nombre de ellas (he aquí
condensados, tal vez, algunos de los significados más productivos del concepto populismo1 ).
Aunque intenten disimularlo, los modos de percepción capitalocéntricos, les afloran en las
palabras y sobre todo en las opciones. En este marco se hacen visibles las vacilaciones hijas de
la derrota, y descollan los especialistas en mistificaciones y los custodios de acervos míticos.
Así, por ejemplo, se construye alterando los procesos históricos (el trastorno cronológico en si
mismo sería inocuo) un Cooke peronista “superador” del guevarista, un Cooke “auténtico”, el
de los años cuarenta y cincuenta, el “verdadero”, el sensato. Mientras que una operación
complementaria desdibuja al de los sesenta al insertarlo en un conjunto contradictorio: el
“campo nacional” entendido como espacio común y conciencia compartida de fuerzas sociales
objetivamente antagónicas, restándole importancia al hecho de que las clases dominantes
invocan el interés nacional como un sucedáneo del clamor por el orden social, conminándolo
así a la promiscuidad y negando sus intolerancias sustanciales. El ardid busca la reabsorción de
la herejía, la cicatrización de la ruptura (Antonio Gramsci decía que la Iglesia reabsorbía a los
movimientos heréticos a través de la formulación de órdenes mendicantes y una nueva unidad
religiosa). Este tipo de construcciones, fantasmagorías que lamentablemente aún conservan
cierta eficacia, hablan de las constelaciones bajo las que se desarrollan: un presente de
resignaciones y transacciones para roer un poco la galleta del Estado. Hayden White
consideraba a las reconciliaciones producidas en el ocaso de las tragedias como las más
sombrías ya que estas son de índole de las resignaciones de los hombres a las condiciones
impuestas.
Junto a renegados y cínicos también están los crédulos, los que no toman en cuenta la falta de
correspondencia evidente, los que persisten en relaciones rotas, porque confían en los
poderes del ritual y en su capacidad de cohesión. Estos son los que, aferrados a las viejas
simbologías que no exigen la coherencia con prácticas transformadoras, pretenden conjurar la
incertidumbre política con estampas milagreras y con un lirismo cursi. Constituyen las huestes
de idiotas útiles de los (neo)liberales, al igual que los nacionalistas de derecha de la década del
treinta.
Justamente de estas mitologías se alimenta un sector del marxismo argentino -que
probablemente perdure en la historia como producción discursiva de elites académicas-que se
considera heredero de una tradición de izquierda “heterodoxa” e inmaculada. O sea: esta
izquierda se nutre de las imágenes y los mitos populistas para construir su propia imagen, distorsionada claro está, de Cooke. Maniobra que indefectiblemente los lleva a justificar su
exclusión del panteón marxista. La deriva narcisista y el purismo los conduce a una búsqueda
retrospectiva del marxista argentino portador de la línea correcta y del lirio blanco, lo que los
encamina directamente hacia la idealización de grupos invariablemente excluidos del mundo
cultural de las clases subalternas, minúsculos y anecdóticos y, sobre todo, inocuos.
Dueños de los artefactos para medir pertenencias políticas y sobre todo teóricas, poseedores
de las fórmulas para determinar la irreprochable corrección de cada acto (al igual que los
adeptos a Confucio o los talmudistas, diría Jorge Luis Borges), dadores exclusivos de las
credenciales marxistas, su culto de la heterodoxia no logra ocultar su vocación por las
verdades absolutas. Gestos típicos de esta izquierda son la creencia de representar a priori la
verdad, la negación de la posibilidad de los desarrollos intersticiales, la onomatofobía (el terror
a ciertos nombres) y la abulia.
Pero tanto unos como otros (populistas y puristas) se quedan en los primeros escarceos, en los
rencores prescritos, en una perturbación (angustia) inicial y pasajera que no quieren prologar a
riesgo de afectar su “orden” y verse desposeídos de sus mundos pequeños y coherentes. A su
modo, ambos -como decía Joseph de Maistre-son libremente esclavos, hacen lo que quieren
pero no inquietan los planes generales de las clases dominantes.
Paula Halperín, analizando el film Los Hijos de Fierro (de Fernando “Pino” Solanas y Octavio
Getino, finalizada en 1974, aunque iniciada en el año 1972), muestra una mirada crítica hacia
la figura de Cooke que partió justamente de los códigos y las regiones indefinidas del
populismo y que la izquierda no tiene en cuenta: “La figura del negro, mezcla de Cooke y
Hernández Arregui , ideólogo más radicalizado que el resto y que desaparece sin más hacia el
final del film, es muchas veces criticado por el Hijo Mayor por su cerrazón y su falta de
flexibilidad política en su crítica a las acciones sindicales de los burócratas, dice el Negro: aquí
el problema es político, no gremial! Contesta el Hijo Mayor: -los gremialistas tienen sus
grandes limitaciones. No pueden alzarse contra el gobierno sin perder el gremio. Hay que
unirse para que la gente esté unida…”2 .
Mientras la ideología populista, fundada en la vaguedad, ocultaba (y oculta) campos de
batallas y pretendía (y pretende) ligar a militantes de base con burócratas sindicales, los
planteos de Cooke se destacan por cuestionar radicalmente este tipo de “síntesis” inviables y
estas “unidades exteriores” basadas en la liturgia. Por otro lado Cooke no consideraba la
adhesión al peronismo como algo esencial y metapolítico, sin necesidad o posibilidad de
explicación. No hay en Cooke una celebración del primitivismo, no hay festejo de alienaciones
populares (disfrazado de romanticismo) que es lo que hacen muchos “compañeros del campo
nacional y popular”.
Cooke percibe las contradicciones del campo popular y del mundo cultural de los trabajadores
(en su tiempo reflejadas en el movimiento peronista3 ), las tensiones entre lo hegemónico y lo
contrahegemónico en ese mismo campo y ese mismo mundo e intenta operar en la
contradicción para saldarla a favor de los impulsos heréticos, potenciando los contenidos de
ese universo susceptibles de ser integrados a un proyecto socialista. El revolucionario
auténtico, el intelectual orgánico de las clases subalternas, se instala siempre en el seno de esa
contradicción. Cabalga en ella junto a lo que está en proceso de conformación. Aspira a la preforma. No es el que sabe todo de antemano sino el que construye junto a los sujetos
partiendo siempre de sus realidades concretas. Se me ocurre que la sola identificación de esas
tensiones puede verse como el primer paso para salirse de la mirada populista.
Cooke busca en las prácticas del peronismo los elementos críticos del orden establecido.
O sea, en Cooke, el peronismo resistente está en contra del otro peronismo.
Es parte de otra tradición.
El Cooke más genuino debe buscarse en la política de los organismos de base (de la clase
obrera principalmente) y no en la política nacional burguesa del peronismo oficial, que, igual
que la izquierda tradicional, lo consideraba un componente externo. Un Cooke que de seguro
será dato molesto para todos aquellos que hoy prefieren sumarse a una política cada vez más
burguesa y menos nacional en lugar de construir una política popular.
Por otro lado, y volviendo a Los hijos de Fierro, no podemos dejar de señalar la contradicción
que implica la conciliación propuesta en el diálogo citado por Paula Halperín en el marco de un
genero como el gauchesco que se caracteriza precisamente por una lógica de guerra y por
presentar antagonismos radicales, donde ciertas alianzas suelen ser imposibles.
Corre el año 2004… En un afiche callejero, donde se destaca el rostro de José Ignacio Rucci
(Secretario General del CGT a comienzos de los años ‘70, genuino representante de la
burocracia sindical, ejecutado en el año 1974 por la organización Montoneros), se lee una
sentencia: “él no hubiera votado la ley de flexibilización laboral”. Estamos frente a una típica
superstición populista que, en algún punto, entronca con el horizonte de la narración de Los
Hijos de Fierro. No necesitamos tomar como referencia la actuación más reciente de los
dirigentes sindicales vinculados a Rucci en los setenta para explicar por que él sí hubiera
votado esa ley tan nociva para los intereses de los trabajadores. El pensamiento político de
Cooke aporta a la dilucidación de la cuestión: se trata de la continuidad de una lógica, la de la
burocracia sindical, la lógica de la adaptación al poder. Incluso debemos especular con la
posibilidad de una superficial oposición y ensayar una explicación de los modos que
aprovecharía para mantenerse funcional a la lógica de los sectores que impulsaron la reforma.
Las prácticas de la burocracia sindical de los años sesenta y setenta, tradicionalmente alejadas
del horizonte de la autonomía, demostraron ser el sustrato histórico adecuado para la
subordinación a los dictados del neoliberalismo en la década del noventa.
En fin, nosotros no podemos quedarnos con símbolos moribundos y con las ceremonias de los
cultos antiguos que, al decir de Michelet, están llamadas para consagrar las nuevas
solemnidades. Debemos interrogar todos los silencios y todos los olvidos.
II
Nuestro interés por Cooke surge de la constatación de la hegemonía de la cultura neoliberal y
sus disvalores: la indeterminación, el pragmatismo y el naturalismo de los que viven su
dominio como realización. Las clases dominantes han impuesto determinadas condiciones de
“normalidad”, le han asegurado un rumbo fijo al devenir. De este modo, todo proyecto de transformación radical está en conflicto con el futuro, lo desafía y se le opone. Nosotros, para
liberarnos del sometimiento a las visiones estrechas y transitorias y del reblandecimiento,
estamos obligados a constituirnos como anomalía y a entrever los espacios vacantes donde
insertar palabras y prácticas originales.
El historiador uruguayo Félix Real de Azua decía que “hurgar en la historia es, ni más ni menos,
que hurgar en la vida de nuestros muertos. Los más queridos y los más odiados, los anhelados
y los temidos. El historiador se inmiscuye en las tumbas para hacer hablar a los ociosos, para
que le cuenten sus placeres y sus glorias, sus miserias y mezquindades, sus intenciones, sus
victorias y sus fracasos.
El historiador es un autopsista de los pensares fenecidos…” (destacado nuestro) 4 . Nosotros
no estamos de acuerdo con esta afirmación, rechazamos su vocación necrofílica. Nuestro
presente hace que cualquier intento de autopsia -típica modalidad académica y de los círculos
encantados que se le asemejan-se convierta en asesinato liso y llano. Porque Cooke exhibe una
vitalidad renovada sostenida en valores susceptibles de refuncionalización. Está aquí, no como
la reliquia que nos interesa o como la fuerza antigua que presiona y condiciona nuestros pasos,
tampoco como reservorio de todas las respuestas. No. Entre otras cosas porque han cambiado
las preguntas y los riesgos. Cooke está como dato molesto ante nuestro desarme moral e
intelectual, como hito insoslayable de las tradiciones revolucionarias en la Argentina, como
ejemplo de intelectual (en sentido gramsciano) operativo, funcional a los intereses mediatos e
inmediatos de las clases populares.
Cooke, en los márgenes de distintas tradiciones, excomulgado de toda estética populista y
marxista ortodoxa (o pseudomarxista), profanador de sus santuarios, está como el nombre de
la convergencia, que es siempre el encuentro de herejes de distintas iglesias, como el nombre
de una intersección de nuevas preocupaciones.
Cooke está como representante de una época que soñaba futuros mientras se esforzaba por
despertarse. Cooke está como figura que desautoriza todos los sectarismos, aunque todavía
cuesta darse cuenta.
La vigencia de Cooke es, por lo menos en parte, un catálogo de nuestras limitaciones: Porque
desde la izquierda se sigue definiendo al pueblo en forma negativa (claro, nunca en forma
explícita) como los “no conocedores” de la teoría (la verdad revelada), lo que convierte a
buena parte de la sociedad en sospechosa.
Porque se sigue restringiendo el campo de los cambios radicales a saberes específicos y
determinados que no están en condiciones de integrar otros saberes. Porque se niegan los
problemas que la teoría no prescribe. Porque la “síntesis” se concibe, al modo idealista,
siempre a posteriori, siempre sabiendo lo que viene, sin dejarle lugar al “salto” dialéctico (la
dialéctica real no conoce de antemano lo que viene).
Porque se prescinde de la creatividad popular. Porque no está lo suficientemente desarrollada
la vocación por la participación de las masas en las soluciones definitivas.
Porque a la izquierda aún le cuesta concebir a la Nación como preludio de lo social. Porque se
sigue considerando que la subjetividad es un epifenómeno de las redes causales objetivas y al sujeto como agente del determinismo objetivo sin tomar en cuenta la especificidad de sus
acciones. Porque se confunde el concepto con la jerga. En fin, porque no se han superado los
designios de una matriz iluminista y eurocéntrica de la cultura que refuerza las tendencias
ilustradas y teoricistas de la izquierda y el molde determinista de sus discursos
autoreferenciales.
Algunos sectores de la izquierda argentina se parecen a los poetas malditos franceses que
Cooke contrastaba con Ernesto Che Guevara, poetas que después de la derrota de la Comuna
de París de 1871 y la frustración consiguiente, en un contexto de confusión y decadencia -
recordemos que el mismísimo Arthur Rimbaud se convierte en el lecho mortuorio-,
experimentaron repugnancia por el género humano, asumieron que estaban condenados a
padecer el insoportable mundo burgués y renegaron de la vida misma. Cedieron en masa a la
fatiga de la razón. Actitud que, debemos reconocer, no dejaba de tener un toque idealista, en
última instancia estos poetas consideraban que sin la posibilidad de la revolución no había vida
posible. Pero lo fundamental y lo injustificable era que habían perdido la confianza en el
pueblo.
John William Cooke interpela a los intelectuales que minimizan las perspectivas de las luchas
actuales por la ausencia de un proyecto contrahegemónico, como si este fuera factible, incluso
simplemente imaginable, sin el desarrollo de estas luchas. Cooke se opone al marxismo
entendido como un determinismo limitado.
No considera a la subjetividad como un epifenómeno de las redes causales objetivas.
El sujeto no aparece como agente del determinismo objetivo. Reivindica la especificidad de la
acción del sujeto. ¿Cuál es la naturaleza de la subjetividad revolucionaria?
¿Cómo surge?: de la praxis. Cooke, influenciado por el joven Lukacs, asume una posición
cercana al praxeocentrismo, con sus ribetes activistas, voluntaristas. Se trata de la praxis como
acción revolucionaria. No la simple acción de transformar la naturaleza. No la adaptación del
sujeto a las condiciones del objeto (gesto típico de toda burocracia).
Cabe la filiación con Rosa Luxemburgo: en la animadversión compartida hacia los planes y
recetas que debían signar el desenvolvimiento de las movilizaciones populares, en la
explicación siempre dialéctica y viva que considera a la organización como el resultado de la
lucha, en la negativa a considerar a la “evolución” del Estado burgués como creadora de
condiciones para los cambios revolucionarios, en la certeza de que la praxis “acelera” las
condiciones objetivas. Cuando Lenín decía que era más útil pasar por la experiencia de una
revolución que escribir sobre ella, o cuando Rosa Luxemburgo decía que “históricamente los
errores cometidos por un movimiento verdaderamente revolucionario son infinitamente más
fructíferos que la infalibilidad del comité central más astuto”, prefiguraban aquella
controvertida, aunque rigurosa, afirmación de Cooke: “es mejor equivocarse con el Che que
acertar con *Victorio+ Codovilla5 “.
John William Cooke nos interpela. Irónicamente nos diagnóstica un pathos nacional comatoso
y la conducta neurótica a través de la cual intentamos resolver los conflictos en forma
imaginaria, se burla de los que, con el aire de las figuras de El Greco, apelan al marxismo como símbolo de distinción intelectual y nos recuerda que la confianza en el pueblo y en sus
organizaciones autónomas es estratégica, que los cambios radicales (sí, las revoluciones)
implican la afirmación del pueblo como sujeto de poder. Marginal y fuera de su ámbito, Cooke,
como Walter Benjamín, asume a la distancia el papel de analista de la neurosis general.
Para Cooke cabe lo que él mismo decía sobre el che: “seguirá formando parte de nuestra
circunstancia mientras haya quienes compartan ese proyecto para la transformación del
mundo, que él enriqueció teóricamente y sirvió hasta las últimas consecuencias…”6 .
El discutido juego de las ucronías: (Si Evita viviera sería…) deja en parte de ser un juego cuando
uno indaga por los espacios presentes desde los que se resignifica una figura histórica. En los
últimos tiempos hemos detectado una cantidad significativa de jóvenes que se interesan por
Cooke, que leen sus textos, que designan con su nombre distintos colectivos políticos y
culturales. La mayoría milita en organizaciones sociales “autónomas”. Y esto no es un dato
aleatorio. Una continuidad de fondo se puede percibir entre aquel precursor de una
alternativa independiente de los trabajadores (independiente de la burocracia sindical, del
liderazgo de Juan Domingo Perón y de la burguesía) y los actuales militantes populares que
plantean la lucha en términos de autonomía y contrahegemonía.
Como no podía ser de otra manera una figura como la de Cooke sólo podía ser recuperada
desde una identidad de la resistencia. No casualmente su nombre ha comenzado a resonar en
las gargantas de estos jóvenes que lo recuperan junto con las antiguas experiencias y la
conciencia prodigiosa que habita las regiones subterráneas.
Notas:
1 El populismo desde una perspectiva estructural ha sido definido como una particular
estrategia de acumulación de capital, caracterizada, entre otros elementos, por la ampliación
del consumo masivo y las políticas distributivas del ingreso. El populismo puede considerarse
como parte de la estrategia de acumulación de una fracción de la burguesía, la “burguesía
nacional”, que generó una forma específica de relación con el Estado y las clases subalternas.
De esta manera el populismo se correspondía con un Estado que, atemperando sus variables
represivas, solía funcionar como arena de negociación y en esto precisamente radicaba su
legitimidad. La creciente transnacionalización del capital y en los últimos tiempos el dominio
del capital financiero, generaron cambios estructurales. En la actualidad no existen en la
periferia bases materiales para políticas de corte populista. Se ha transformado la composición
orgánica del capital y han aumentado los niveles de subordinación al capital transnacional.
Datos obvios, pero no siempre tenidos en cuenta a la hora de definir un programa político ¿Por
qué? Si bien la “situación” populista de acumulación está agotada estructuralmente aún
perdura como ideología en sectores de la burguesía, de la clase obrera y en algunas
organizaciones sindicales y políticas. De esta manera el populismo se nos presenta como una
ilusión que expresa deseos reales que no tienen en cuenta la realidad. Y es que a la ilusión
pocas veces le interesa la verdad. Göran Therborn decía que “la fatal contradicción que
presenta el Estado populista es que su base social no puede apoyar un modo de producción no
capitalista, mientras que sus aspectos pequeño burgueses perturban el apoyo del Estado a la
acumulación de capital…” Ver: Therborn, Göran, ¿Cómo domina la clase dominante?Aparatos del Estado y poder estatal en el feudalismo, el capitalismo y el socialismo, Siglo XXI
Editores, México, 1997, p. 141.
2 Halperín, Paula, Historia en celuloide: Cine militante en los ’70 en la Argentina. Estudios
críticos sobre historia reciente. Los 60′ y 70′ en Argentina, Parte III, Buenos Aires, Centro
Cultural de la Cooperación, Cuaderno de Trabajo Número 32, enero de 2004.pp.
29-30.
3 Tal vez la contradicción más inoportuna se planteaba entre lo que Perón significaba para la
clase obrera argentina y lo que Perón era.
4 De Azúa, Félix, Periódico El País, Madrid, 5 de julio de 2000, contratapa., citado por Eira,
Gabriel, “La construcción del pasado”, en: Revista Alter, Nro. 7, quinta época 2002,
Montevideo, p. 34.
5 Victorio Codovilla nació en Italia en 1894 y llegó a la Argentina en 1912. Fue uno de los
fundadores y líderes del Partido Comunista Argentino hasta su muerte en 1970. Buena parte
de su actuación política coincide temporalmente con la de Cooke.
6 Cooke, John William, “Apuntes sobre el che”, en: Revista La Escena Contemporánea, Número
3, Buenos Aires, octubre de 1999, p. 107.
FUENTE: JOHN W. COOKE: UN HEREJE DE DOS IGLESIAS. En publicacion: Periferias, no. 12.
FISYP, Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas: Argentina. Marzo. 2005 Acceso al
texto completo: http://www.fisyp.org.ar/docs/Periferias12.pdf