Pensar la Nación : A propósito del Bicentenario de la Revolución de Mayo

Miguel Mazzeo Frente Popular Darío Santillán

Es común advertir en la militancia de izquierda dificultades un tanto desmedidas a la hora concebir una nación no liberal y no burguesa. Por cierto, después de la última dictadura y de más de un siglo de relatos militaristas y reaccionarios sobre la nación, se ha tornado difícil formular una idea de nación no emparentada con lo más abyecto. Existe, además, toda una cultura política en sectores de la izquierda argentina reacia a la idea de nación. A algunos de los militantes más veteranos muchas veces la dialéctica les quedó trunca y les resultó complicado conjugar lo general con lo concreto, lo internacional con lo nacional, más allá de que el mismísimo Trotski rescatara el patriotismo de los oprimidos.


Es común advertir en la militancia de izquierda dificultades un tanto desmedidas a la hora concebir una nación no liberal y no burguesa. Por cierto, después de la última dictadura y de más de un siglo de relatos militaristas y reaccionarios sobre la nación, se ha tornado difícil formular una idea de nación no emparentada con lo más abyecto. Existe, además, toda una cultura política en sectores de la izquierda argentina reacia a la idea de nación. A algunos de los militantes más veteranos muchas veces la dialéctica les quedó trunca y les resultó complicado conjugar lo general con lo concreto, lo internacional con lo nacional, más allá de que el mismísimo Trotski rescatara el patriotismo de los oprimidos.

En los militantes más jóvenes, el rechazo de lo nacional puede reflejar no sólo la impronta de viejas tradiciones, sino también el impacto de la experiencia neoliberal: el economicismo, la falta de referentes históricos, el culto a la técnica, la reivindicación de una condición desterritorializada y el desprecio por la política. También, en el caso de los jóvenes, el rechazo de lo nacional suele ir acompañado por el repudio de los grandes relatos históricos.

Pero ocurre que la nación no ha dejado de funcionar como elemento de identificación de las personas en todo el mundo. Es más, creemos que las condiciones democráticas radicales y el poder popular sólo tienen futuro si logran coagular en marcos nacionales (y no estamos pensando precisamente en “vías nacionales al socialismo”). La nación sigue siendo necesaria para la unidad política, imprescindible para la supervivencia misma de las clases subalternas. Ahora bien, la nación, así concebida, no es un dato de la realidad, es un proyecto de cara al futuro, de cara al mundo del futuro.

Con la globalización neoliberal se reposiciona la cuestión nacional. Esta se expresa, en forma negativa, en cierto nacionalismo fascista que promueve limpiezas étnicas, o en el nacionalismo que se confunde con el extremismo religioso. Pero también se expresa en forma positiva, cuando la nación remite a la riqueza cultural y democrática que se resiste a la universalización totalitaria del capitalismo y a sus estrategias de homogeneización compulsiva, cuando los sentimientos nacionales se encaminan hacia la defensa de la soberanía y la diversidad cultural, y hacia una lucha revolucionaria de las clases subalternas. En el mundo periférico, dos procesos se siguen combinando: el de la refundación de la nación y el de la lucha contra la opresión de clase.

Partimos entonces de la centralidad del aporte de las clases subalternas a la hora de definir y construir la nación. Reivindicamos una idea de la nación popular y democrática, hacia atrás y hacia delante y un horizonte latinoamericano. Y si bien consideramos que esta idea funda una concepción abierta y plural de la identidad nacional, no exenta de contradicciones e intereses heterogéneos, la misma no deja de ser excluyente. Porque nuestra idea de nación no coincide (es antagónica) con la de las clases dominantes (considerando a todas sus facciones). Ocupamos polos antagónicos en el pasado y no deseamos el mismo futuro. Si, como afirmaba Benedict Anderson, las naciones son “comunidades imaginadas”, la nuestra de seguro es muy diferente a la que pueden imaginar las clases dominantes. Porque las clases dominantes locales (agentes del capital trasnacional) difícilmente puedan desarrollar un interés nacional que se contradiga con sus negocios.

En 1910 el Estado Nacional y la clase dominante, cuyo núcleo estaba constituido por la burguesía agraria terrateniente, propusieron un balance histórico optimista al tiempo que fijaban una idea de nación excluyente, militarista, chauvinista, racista, liberal-conservadora y agro-pastoril. Era la época de la “pedagogía de las estatuas” de la que hablaba Ricardo Rojas, una celebración del bronce.

En 2010, aunque desde el Estado se proponga una idea de nación inclusiva –que tuvo su correlato en unos festejos del Bicentenario descentralizados y participativos, en la apelación a una simbología y unas representaciones que excedían con creces los horizontes del populismo más ramplón– no se pone en juego una idea no burguesa de lo nacional, o sea, no se plantea la posibilidad de una nación democrática y popular incompatible con el capitalismo. Además –aunque suene a aguafiestas o a refutación de leyendas– la participación popular estuvo signada por identidades de espectadores y consumidores. En algún sentido, menemismo con otra estética.

De este modo, unas realidades materiales, sociales y políticas que en aspectos sustanciales desmienten el abandono de la matriz neoliberal, conviven con una simbología que, en parte, remite a lo antiimperialista y anticapitalista. Una nueva etapa de la valorización financiera del capital, con todas las fichas puestas en el tipo de cambio, las commodities y el superavit fiscal, convive con una retórica industrialista, productivista y mercado-internista. El Kirchnerismo se ha caracterizado por recuperar la subjetividad de las ausencias pero no por restaurar materialidades, alimentando así un conjunto de fetichismos.

Se nos hace difícil dejar de considerar la posibilidad de que el contenido disruptivo de esa simbología no termine siendo conjurado por el contexto, contradicho por las prácticas e intervenciones que no lo vivifican; que las imágenes de Tupac Amaru, San Martín, Artigas, Bolívar, Emiliano Zapata, Evita, El Che, Allende, etc., devengan superfluas y decorativas. Ese panteón, rescatado desde la conciliación de clases o desde la negativa a perjudicar los intereses de los grupos más concentrados y poderosos del país, con clases populares alejadas de toda responsabilidad de poder político, corre el riesgo de la mistificación, un destino difícil de eludir si tomamos en cuenta que son sectores de la burguesía y la pequeña burguesía los que le atribuyen (a ese panteón, a esa simbología) su propia lengua, su propia moral, su propio horizonte.

Cabe tener presente el caso del PRI mexicano, que supo acompañar sus políticas reaccionarias con iconografías y narrativas radicales, que, hay que decirlo, por sí mismas, nunca son capaces de rebelarse. No hay que olvidar, además, que décadas de neoliberalismo nos legaron un desierto cultural y, como decía Bernardo Bertolucci, en un desierto todo se convierte en espejismo. En fin, creemos que existen condiciones para que esa simbología parcialmente revolucionaria sea tolerada como preciosidad literaria o folklórica.

Notamos una profunda escisión, una negación de las afinidades electivas de esa simbología. Por lo tanto el relato histórico oficial, más allá de lo cercano y apreciado que nos pueda resultar, no da cuenta –como decía Walter Benjamín– de la histórica preparación de la miseria que embarga a las clases subalternas, y por lo tanto no proporciona armas al pueblo para cambiar la situación actual.

La memoria del nacionalismo revolucionario y el socialismo revolucionario sólo puede recuperarse desde una práctica y una perspectiva anticapitalista y desde una narrativa homóloga al mundo, al continente y al país del 2010 y no homóloga a las décadas del 60-70. Lo que significa, entre otras cosas, que el antiimperialismo y la nación, para nosotros, son impensables sin formas de autogobierno, sin el desarrollo de poder popular, en fin, son inconcebibles sin el desarrollo de una democracia que abjure de toda ilusión burguesa, son inviables sin la socialización de las funciones estatales.

No creemos, como han sostenido los más ingenuos, que las representaciones desplegadas en los festejos del Bicentenario puedan ser consideradas como expresión de una “revolución externa” que precede intervenciones radicales en otros campos.

Nos parece innegable que la difusión oficial haya contribuido a masificar un imaginario histórico que presenta elementos imprescindibles de cara a un proyecto popular, radicalmente transformador y que además supo interpelar el idealismo democrático de ciertos sectores de la sociedad argentina. Ahora bien, que esos elementos dejen de ser cotillón, puro pasado o componentes de una ideología que resiste y se integren a una concepción del mundo protohegemónica, sostén de un proyecto popular, depende de nosotros, no del gobierno. Los mejores componentes de ese imaginario podrán ganar nuevos contenidos si se convierten en instrumentos de lucha, si son “vividos” con parámetros diferentes a los oficiales.

Las limitaciones de la propuesta oficial, en parte, está en el nosotros epistemológico anacrónico de la historiografía revisionista (convengamos que orientaciones neorevisionistas pusieron el guión a la celebración del Bicentenario), en su recorte burgués - populista de la nación, en su modo de ver la realidad a través de esquemas binarios desfasados, en su adhesión a los símbolos y rituales no resignificados en función de la nuevas realidades.

El revisionismo, ganado además por el espectáculo y por lo oficial, ha devenido en un instrumento de despolitización, un componente de una ideología no realista ni crítica, y por lo tanto ineficaz para una lucha contrahegemónica. Más allá de sus limitaciones, algunas versiones del revisionismo, en las décadas del 60 y el 70, supieron elaborar relato histórico articulado con la política, es decir: un relato articulable con las praxis de las clases subalternas. Este revisionismo supo de los desplazamientos desde lo historiográfico y lo literario a la lucha política. Su impulso, le venía desde abajo, el pueblo mismo fue construyendo una relación crítica con el pasado. Hoy le viene desde arriba.

El revisionismo resulta insuficiente ideológicamente, a sus razonamientos les faltan nexos fundamentales, la sociedad que alimentaba su mito hace rato que no existe. Por todo esto, por sus estructuras narrativas homólogas al mundo de hace 40 años y por sus clásicas ambigüedades, el revisionismo permite las disociaciones que señalábamos y puede ser asumido y “consumido” como narración sobre el pasado por sectores político - intelectuales moderados y conservadores, por la burocracia sindical, por el sindicalismo empresario, por punteros y especies similares. Dado que en la actualidad, como relato y como simbología, no alimenta identidades y praxis contrahegemónicas, no le molesta a la cúpula empresarial, a la patria subsidiada.

Por otra parte, cuando los derechos humanos, la democracia, el pluralismo étnico - cultural, la cuestión ecológica, de género, etc., se conciben como “narrativas de reemplazo”, escindidas de toda perspectiva anticapitalista, pueden funcionar como los mecanismos más efectivos para la dominación.

En la actualidad, la idea pluralista de lo nacional busca incluir subordinadamente a las clases subalternas a un orden capitalista tibiamente reformado. Expresa un proyecto de poder que busca ampliar la base social de la consolidación hegemónica del período 1976-2001, recurriendo a imaginarios subalternos del período del empate hegemónico (1945-1973) y al reconocimiento de reivindicaciones muy sentidas por el pueblo argentino, sobre todo en materia de derechos humanos. En efecto, ese afán inclusivo expresa el intento de algunas fracciones del capital más concentrado y de algunos sectores de la burocracia estatal (elites políticas) por ampliar las bases de su hegemonía, asimismo da cuenta de los requerimientos exigidos a la recomposición de la dominación por la crisis de 2001. También, hay que reconocerlo, es expresión de la debilidad política de las clases subalternas.

Los compañeros y las compañeras que se conforman con poco podrán decir que es mejor esta idea oficial de la nación que la idea excluyente, la de 1910, la que intentan resucitar infructuosamente la derecha y el liberalismo argentino que, con Macri, han tocado el fondo de la indigencia ideológica y humanista. En la misma línea podrán decir que es mejor un capitalismo reformista que uno salvaje, que es mejor soja y derechos humanos que soja y represión. Y es cierto. Como también es cierto que cuanto más modestas son las aspiraciones, se consiguen menos cosas. Pero lo más discutible es su negativa a salirse de la entropía burguesa, a abandonar el continuo histórico de la modernización excluyente en el que se insertan (con o sin culpas), el ámbito de lucha estrecho y burgués en que deciden moverse, la perspectiva conservadora y convencional que terminan aceptando: ¿expresa realmente el kirchnerismo un proyecto de capitalismo nacional y reformista? ¿Es posible tal camino en las actuales condiciones del capitalismo mundial? ¿Se puede concebir al capitalismo “neodesarollista” como una “etapa” a un orden superior? Lo intolerable, básicamente, es la mediocridad del horizonte: ¿debemos conformarnos con optar entre el modelo de acumulación de la fracción diversificada de la burguesía o la versión de acumulación “clásica”, “rentística” (y de seguro represiva) de la fracción oligárquica? ¿Debemos resignarnos, definitivamente, a carecer de un proyecto propio?

Nosotros confiamos en revertir la situación de indigencia ideológica, política e historiográfica de la izquierda argentina.

Nosotros seguimos apostando a la construcción colectiva de un gran relato del proceso popular, un relato que sólo se irá delineando al calor de las luchas por modificar las relaciones de fuerzas en la sociedad actual.

Un proyecto de nación popular – democrática afectará los intereses de los grupos más concentrados y poderosos de la Argentina y el mundo, exigirá, por lo tanto, la profunda politización de las clases subalternas.

Estamos lejos del punto de vista del intelectual megalómano (oficialista u opositor “de izquierda”; caduco plagiario, repetidor de arcaísmos o buscador de novedades radicales) que cree que lo prioritario es cambiar los paradigmas y las narrativas para cambiar las subjetividades, escindiendo el pensamiento de los procesos de masas.

Nosotros seguimos soñando y militando por una nación y un mundo construidos por nosotros mismos y no impuestos por los poderes ajenos (aunque nos tengan en cuenta, nos den un lugar en el ritual y nos repartan estampitas con las imágenes de algunos de nuestros símbolos más significativos y queridos).

Lanús Oeste, 30 de mayo de 2010
(Año del Bicentenario