Histórikas

A 45 años del mayo frances

Silvio Schachter
27.May.13 :: Histórikas

A 45 años del Mayo francés, un repaso por la oleada revolucionaria que recorrió el mundo en 1968 y que alcanzó uno de sus puntos más altos en aquellas barricadas parisinas de obreros y estudiantes autoorganizados contra la normalidad del sistema.


Cambiar la vida, transformar la sociedad

Cultura
Lunes, 27 Mayo 2013 00:01

Por Silvio Schachter. A 45 años del Mayo francés, un repaso por la oleada revolucionaria que recorrió el mundo en 1968 y que alcanzó uno de sus puntos más altos en aquellas barricadas parisinas de obreros y estudiantes autoorganizados contra la normalidad del sistema.

El mayo francés del 68 , Seattle 99, la Intifada, el 19 y 20 de diciembre del 2001, la Plaza Tahrir y la revuelta en los países árabes, Grecia, el M15 y los indignados, si algo se repite ante tan disimiles e incomparables acontecimientos, mas allá de su discontinuidad espacio temporal, es el intento reiterado de caracterizarlos por lo que no pudieron, lo que no lograron, la distancia que medió entre sus demandas, sus propuestas y los logros alcanzados.

Esas lecturas, donde lo más importante es lo más ocultado, son la expresión del temor que generan en la heteronomía constituida el rechazo al orden instituido, a la obediencia y a la dependencia de los de arriba, la posibilidad de recuperar un nosotros constituyente, con sus formas de auto-organización y auto determinación. Y es un miedo que recrudece ante cada nueva rebelión.

A cuarenta y cinco años del Mayo francés, persiste la tendencia a presentarlo como una efímera revuelta, una fiesta lúdica juvenil rápidamente derrotada, con sus protagonistas metabolizados por el sistema y del cual solo queda la banalización de algunas de sus consignas, transformadas en clisé para remeras.

Frente a todo lo escrito a diestra y siniestra, sobre hechos, palabras, potencialidades y limitaciones, parece que nada nuevo se puede decir, lo que tal vez sea cierto, pero vale recordarlo.

El 68 fue un año parte aguas. Paris, Praga, México, Berlín, EEUU, Italia, Japón, en una oleada interminable de acciones que recorrió el planeta, conmocionando a la sociedad tradicional, autoritaria y opresiva de los gobiernos, a los empresarios, el clero, la familia, la escuela y los partidos. Immanuel Wallerstein afirma: “fue una revolución en el sistema-mundo, ya que las realidades cultural-ideológicas de ese sistema-mundo han sido cambiadas de manera definitiva por el acontecimiento, que es él mismo la cristalización de ciertas tendencias estructurales endógenas de larga duración del sistema”.

En la base estaba la rabia contra la guerra de Vietnam, que desencadenó protestas y levantamientos en todo el mundo. Por primera vez la guerra era televisada y cada noche en todo el mundo se veía cómo los Estados Unidos llevaban a cabo una guerra brutal contra un país pobre del sudeste asiático. El impacto creciente que causó ver las bombas cayendo, las aldeas arder en llamas y todo un país arrasado con napalm y Agente Naranja hizo estallar una ola de indignación pero también de admiración: si los vietnamitas estaban derrotando al Estado más poderoso del mundo, nosotros también podríamos.

Allí estaban también los ecos de la revolución cubana, de la batalla de Argelia, las movilizaciones contra la guerra y por los derechos civiles en EE.UU. En abril de ese año el asesinato de Martin Luther King radicalizó la lucha y ardieron los guetos de las ciudades.

El 2 de mayo se producen los primeros incidentes en Nanterre cuando las autoridades universitarias permiten el ingreso de la policía, que detiene a un grupo de estudiantes.

Frente al ataque y en solidaridad con sus compañeros, los estudiantes de la Sorbona responden con una movilización convocada para el lunes 6 de mayo. La marcha de 40.000 estudiantes y jóvenes obreros se abre paso por los Campos Elíseos, entonando La Internacional y rememorando la insurrección de La Comuna, que gobernó Paris en entre marzo y mayo de 1871. En la Noche de las Barricadas, el 10 de mayo, los adoquines de las calles del barrio Latino se convierten en la base de más de 100 barricadas, ante lo cual el gobierno responde desatando una salvaje represión que, sin embargo, no logra quebrar la resistencia estudiantil. El lunes 13 de mayo los trabajadores entran de lleno en acción y ocupan las fábricas. Un millón de franceses desfilan por las calles de Paris. La unidad del movimiento estudiantil con los obreros en lucha se convierte en un hecho concreto. El miércoles 15 los obreros ocupan la fábrica Renault, la Nanterre proletaria fue el símbolo del movimiento de huelga mas vasto que ha conocido Francia con 10 millones de trabajadores en lucha. “El poder tenía las universidades. Los estudiantes las tomaron. El poder tenía las fábricas. Los obreros las tomaron. El poder tenía la ORTF. Los periodistas la tomaron. El poder tiene el poder. ¡A tomarlo!”, destacaba una de las famosas pintadas en las paredes de la Facultad de Ciencias Políticas.

Espantadas ante el volcán que acababa de entrar en erupción, las direcciones sindicales, el PCF y el resto de la izquierda reformista, que en un principio boicotearon, se suman tardíamente pero, presos de sus contradicciones, buscan contener y negociar la dinámica de abierta confrontación con el gaullismo. Su papel de freno permitió que fueran reconduciendo la situación. Así las direcciones sindicales consiguieron imponer los Acuerdos de Grenelle donde, a través de reivindicaciones económicas, lograron desestructurar la rebelión. Luego el gobierno impuso la criminalización e ilegalización de los sectores acusados de ser los principales actores de la pesadilla. De Gaulle, apelando al miedo de la “mayoría silenciosa”, llamó a “enterrar a los diablos que nos han atormentado” y amnistió a los criminales de la OAS (Organización del Ejército Secreto, por sus siglas en francés).

De entre todos los acontecimientos que signaron ese momento excepcional, dos se destacan por su significado y consecuencias. En Checoslovaquia, en marzo se inició un proceso de reformas conocido como la Primavera de Praga. El camino hacia un socialismo con rostro humano (paradojalmente, hoy el progresismo nos habla de capitalismo humanizado), fue abruptamente cortado en agosto con la intervención de los tanques soviéticos. Se ahogaba así la posibilidad de una trasformación democrática del llamado socialismo real que con esa invasión selló su propio destino, anticipando el colapso final que lo acabaría dos décadas después.

En México, en el mes de julio, los estudiantes, apoyados por trabajadores e intelectuales, tomaron sus universidades, reclamando el fin de la opresión y del gobierno unipartidista. En septiembre, ante le crecimiento de la protesta, el ejército ocupó la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y el IPN (Instituto Politécnico Nacional). El 2 de octubre miles de estudiantes se reúnen en un acto en la Plaza de Las Tres Culturas en Tlatelolco. Al atardecer, por orden del presidente Gustavo Díaz Ordaz, francotiradores del ejército abrieron fuego contra la multitud, asesinando a decenas e hiriendo a centenares. A solo 10 días del comienzo de los Juegos Olímpicos, con sede en México, el gobierno del PRI respondió con la Masacre de Tlatelolco a una rebelión que empezó en las casas de estudios y se extendió por todo el territorio, amenazando al sistema que signó la vida política mexicana por décadas.

El año 1968 fue un acontecimiento global que tuvo su expresión más alta y politizada en el Mayo francés, donde se generó un vacío de poder que, al menos durante unos días claves, fue ocupado por obreros y estudiantes. La onda expansiva cubrió múltiples geografías. En Argentina, justo un año después, en mayo de 1969, en la ciudad que cinco décadas atrás había parido a la Reforma universitaria, también obreros y estudiantes protagonizaron una de las gestas mas importantes de su historia: El Cordobazo.

Fue un momento de intensa actividad ideológica y cultural, de intelectuales militantes, Herbert Marcuse y la escuela de Frankfurt, Jean Paul Sarte, Simon de Beauvoir y Henri Lefevre quienes, junto a referentes culturales como los directores de la nouvelle vague que lograron imponer la suspensión del festival de Cannes, debaten con anarquistas, trotskistas, maoístas y comunistas bajo la imagen inspiradora del Che, asesinado meses antes en Bolivia.

En palabras de Edgar Morin “Ese año, pese a la derrota política sufrida, fue abriendo una brecha y ayudó a construir un subsuelo, en cuyo espacio fueron pasando al primer plano del espacio público y del escenario político las denuncias sobre las formas de dominación”.

El feminismo, el ecologismo, la lucha por la liberación sexual, la actividad contracultural, unidos a la crítica de instituciones como el ejército y las cárceles, los manicomios y las escuelas, recibieron su influencia y pasaron en los años siguientes a ser otros frentes de conflicto que cuestionarían las relaciones de poder en el conjunto de la sociedad.

Por primera vez en mucho tiempo, los propios fundamentos de la sociedad fueron cuestionados por multitudes, lo posible rebasó los límites del realismo político del orden instituido. Entre quienes vivieron ese momento, muchos lo intuyeron más como un ensayo general que como una verdadera revolución. Quizás el error fue suponer que asistirían al estreno real a corto plazo, subestimando la capacidad reconstituyente del poder hegemónico. Sobre este aspecto reflexionaba S. Alba Rico en 2008 en ocasión del 40 aniversario del la revuelta francesa: “no hay una sola utopía liberadora excogitada en los últimos 8.000 años que el capitalismo no haya hecho realidad bajo la forma de una maldición”.

“Cambiar la vida (Rimbaud) transformar la sociedad (Marx)”. La consigna pintada en los muros de la ciudad universitaria interpela con su vigencia. En tiempos en los cuales la búsqueda de originalidad se traduce en cierto uso y abuso de la semántica de lo nuevo, el 68 es un referente insoslayable para recuperar el signo real de la rebeldía, aquel cuya praxis cuestionadora logra traspasar la formalidad discursiva, la mutación o el reciclaje de lo viejo.

Daniel Bensaid, protagonista activo de aquellas memorables jornadas, usando la metáfora de las cenizas y la brasas, expresó: “éstas últimas seguirían vivas y es gracias a ellas que aquél espíritu, entendido como signo de rebeldía frente al (des)orden existente, presentado como el único posible, no puede ser liquidado y ha permitido que su testigo haya sido llevado por quienes no han doblado la cabeza ante los hechos consumados y lo están transmitiendo hoy a una nueva generación”.