El Salvador

La pandilla del mercado: cárcel y poder

Dagoberto Gutiérrez
18.Nov.15 :: El Salvador

Hasta ahora, una parte de la sociedad se refiere al conjunto de pandillas y a los miembros de
ellas con el calificativo de maras, cuando en realidad, a estas alturas del conflicto, el fenómeno
parece tener características más definidas, pero también más encubiertas.


La pandilla del mercado: cárcel y poder
Dagoberto Gutiérrez
I
Hasta ahora, una parte de la sociedad se refiere al conjunto de pandillas y a los miembros de
ellas con el calificativo de maras, cuando en realidad, a estas alturas del conflicto, el fenómeno
parece tener características más definidas, pero también más encubiertas.
La figura de las maras tiene el significado de establecer algo inconstante e irregular, expresa un
fenómeno irregular, aunque en camino aparente a convertirse en una organización. Así, una mara
parece equivaler a algo que se está organizando, que se está formando, en el que participan gentes
de las barriadas, muchachas y muchachos de las periferias, que no parecen tener nada en la vida, y
además, no pertenecen a nada y a nadie, son como expresiones sociales insignificantes que buscan
en la mara alguna significación. Se trata de seres anónimos, sin rostro y sin voz, sin nombres
conocidos, que dan un primer paso para ganar un nombre y una identificación.
Aun no estamos en el terreno de la identidad, pero estamos situados en un territorio en el que, desde
la sombra, muchachos y muchachas intentan un viaje desde el ser hacia el no ser, desde lo ignoto a
lo conocido. Y así se llega a la identificación, al establecimiento de una serie de rasgos, nombres,
distintivos, palabras, y hasta lenguaje, que pueden determinar, finalmente, una identidad. La mara
parece ser esta escaramuza inicial para salir de las sombras.
Es importante saber de dónde salen estos grupos iniciales conocidos como maras para explicarnos
el proceso subsiguiente que se abre como los pétalos de las flores. Este fenómeno se construye en
las alcobas sangrientas de la exclusión y la marginalidad. Estas son oscuras, cercadas por muros,
con seres humanos expulsados hasta de la vista pública, y excluidos de la salud, la educación, el
trabajo, el mercado, y toda existencia civil. Es decir, gente que no puede alcanzar el grado máximo
en la sociedad de mercado, que es llegar a ser consumidor.
Esta calidad de consumidor resulta ser una especie de ciudadanía otorgada por el mercado, y así
como el Estado hace ciudadano hace ciudadano al ser humano para que vote en las elecciones, el
mercado lo hace consumidor para que adquiera mercancías. Esto equivale a votar, porque el
consumidor, al igual que el votante, carece de opción.
Pues bien, estos seres humanos que se mueven en la exclusión no llegan a ser consumidores y están,
por eso, al margen de la vida civil, es decir, marginados de todo funcionamiento válido en lo que se
llama, sociológicamente, sociedad civil. Desde esas sombras aparecen las maras, como una
expresión que libera y enfrenta ese anonimato. Y así, miles y miles de marginados se hacen
presentes, ganan voz y rompen su silencio. La mara fue todo esto y se inscribe en este proceso de
exclusión socio económico a manos del mercado.
Este proceso ha tenido una ruta sostenida y alimentada poderosamente. Estos grupos iniciales que
dieron identificación a una humanidad excluida, se transformaron en pandillas y este fue un proceso
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inexorable, es decir, indetenible e irreversible. Se entendió, en la medida en que se descubrió, que la
agrupación permite ganar fuerza, y la fuerza puede ser convertida en poder. Aquí se cruza por una
especie de transición cuando estas fuerzas excluidas descubren un territorio sin control, con seres
humanos como ellos, que carecen de salud y de todo lo que en las Constituciones se llaman
derechos, con seres que siendo ciudadanos agonizan, sin embargo, como seres humanos. Que no
tienen organización, que viven dispersos, y descubren que ellos son más fuertes y que pueden
controlar estos territorios y a las personas que viven en ellos.
Se ha entrado, de una manera casi natural, a un proceso de construcción de poder. Y así, se
transforma la relación de las maras con las comunidades, y la relación de estas maras consigo
mismas. Al cambiar la relación con las personas controladas también cambia la relación al interior
de estos grupos organizados que estamos llamando maras. Se trata de un proceso dual que camina
hacia afuera y también hacia adentro y crea las condiciones para la conformación de la pandilla.
El marero es así sustituido por el pandilleros, y aunque esto no es ni maquinal ni mecánico, ha
funcionado y funciona en la sociedad, porque una pandilla resulta ser una expresión de poder y no
solo de fuerza. Es decir, que aparece un proceso de legitimación de la fuerza al interior de los
grupos que les da a sus jefaturas capacidad de control y de toma de decisiones, esto es, de
condiciones para adueñarse de los territorios, sometidos a su jurisdicción, que pasan a ser una
especie de propiedad de una u otra pandilla.
Llegados a este punto, necesitamos esclarecer de donde toman las pandillas su sustento ideológico y
lo que pudiera llamarse su filosofía, es decir, de donde viene su visión del mundo, sus valores, su
ética y su inteligencia. Aquí se descubre que es el mercado el que fundamenta el desempeño de las
pandillas.
Esto no es sorprendente, dado que el mercado es el regulador de la sociedad, el amo de millones de
consumidores que sustituyen, como hemos dicho, a los ciudadanos que nunca fueron. Veremos
después cómo opera esta relación entre pandilla y mercado.
II
La pandilla, al hacerse dueña y controladora de un territorio, también se apropia de la
población que ocupa ese territorio y su crecimiento pandillero se basa en el reclutamiento
voluntario o forzoso de los jóvenes que viven en esos lugares. Esta pandilla le da a sus
integrantes sentido de pertenencia a partir del cual se construye una fortaleza identitaria que
le permite al pandillero considerarse diferente o mejor que el o los miembros que pertenecen a
otra pandilla.
Hemos dicho que la pandilla construye alrededor de sus miembros un sentido de fuerza que
funciona como un antídoto ante su vulnerabilidad social y su condición de excluido. Esa fuerza
equivale a ser alguien en el mundo, a hacerse ver y escuchar. Aunque esto funcione, en ciertos
niveles, solamente frente a otras pandillas, porque no siempre el o la pandillera tienen un sentido de
país o de sociedad.
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En este aspecto es importante tomar en cuenta que la pandilla, al nutrirse de la filosofía del
mercado, comparte el sentido reducido de la humanidad propio del mercado. Sus valores, la
ignorancia y desconocimiento del Estado, la apropiación del territorio, tal como lo hace el mercado,
el ejercicio permanente de la fuerza y la imposición de un reparto del pastel social.
Todo este proceso es desarrollado abajo en la sociedad, en el mundo pobre y vulnerable, sin tener
relaciones hasta ahora, y no de manera organizada, conocida, con el mundo de arriba, el de los
bancos, los grandes comercios y poderosos negociantes. Sin embargo, funciona una relación
estructural, inevitable y mutuamente conveniente, entre instituciones del mundo de arriba y la
capacidad económica de las pandillas.
La pandilla construye entre sus miembros una relación de fuerza, pero también de apoyo, de
comunicación y de jefaturas. Se trata de una especie de experimento social, pero con puertas y
ventanas cerradas hacia la sociedad, aun cuando los pandilleros operan en la sociedad. Se trata de
una experiencia parecida a la de los militares cuando son formados en los cuarteles, sin contacto
externo y fuera de la vista de la ciudadanía, que ignora lo que ocurre al interior de esos cuarteles. Es
en este aspecto que establecemos ese nexo con las pandillas.
La pandilla les da a sus miembros personalidad y así, no es lo mismo ser pandillero de la MS que
ser de la 18, o de otra pandilla. Se trata, aparentemente, de categorías diferentes y de personalidades
diferentes, aun cuando las personas tengan un origen social similar. Pero pueden enfrascarse en una
confrontación frontal por el control de territorio. Por cierto, esto es algo normal en experiencias
políticas diferentes, en donde el territorio es también objeto de disputa que pueden llegar a ser
peligrosas. Tal como ocurre en aquellas guerras de guerrilla, en donde no se han alcanzado todavía
los acuerdos políticos convenientes. Cuando esto ocurre, el territorio es uno de los aspectos a
negociar para evitar fricciones o conflictos, y son respetados por los diferentes ejércitos los
territorios controlados por otras fuerzas.
La relación pandilla-territorio comprende los vínculos entre pandillas y las relaciones con la
población residente. En ambos terrenos opera una especie de guerra mortal, en virtud de la cual la
pandilla decide dónde pueden o deben vivir las personas y dónde no pueden hacerlo. Lo mismo
ocurre en las relaciones inter-pandillas, que no pueden operar indiscriminadamente en cualquier
lugar, y en algunos casos, no pueden ni pasar líneas fronterizas imaginarias que cruzan calles,
barrios o barrancos. Cualquier transgresión de la voluntad pandillera puede equivaler a la muerte.
La pandilla opera con mucha certeza y seguridad, precisamente porque en la sociedad hay ausencia
total del Estado, y en ciertos lugares y circunstancias, la pandilla puede llegar a ser una fuerza que
da seguridad a la comunidad y puede organizar la vida de las personas.
Cuando el accionar del Estado se expresa en el trabajo policial, las pandillas saben que tienen una
cancha abierta para su desempeño porque la Policía Nacional Civil (PNC) carece de las
condiciones, el ánimo, la naturaleza y hasta la vocación para acometer funciones que superan, con
mucho, sus posibilidades y capacidades. Así las cosas, la pandilla disputa con otras pandillas, pero
no con un Estado invisible, el control de los territorios, y las poblaciones residentes aparecen como
impotentes, sin capacidad de respuesta, en manos de las organizaciones pandilleras.
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Es notorio, hasta ahora, que las pandillas parecen carecer de una visión política sobre el Estado y la
sociedad; pero esto no debe obnubilar la visión acerca de que el ejercicio del poder y su choque con
fuerzas policiales y militares, despierta en las pandillas su calidad de fuerzas políticas, capaces de
contar con opinión y posición sobre el país, el gobierno, los poderes, y, probablemente, hasta
opciones de país y sociedad. Y en algunos niveles,es de prever el funcionamiento de probables y
eventuales negociaciones o acuerdos, o diálogos, con poderes estatales. Esto quiere decir que no se
trata de fuerzas sociales uniformes, que puedan ser consideradas simplemente como fuerzas
delincuenciales, sin tomar en cuenta la reciedumbre de las consideraciones que buscan ubicar los
diferentes colores que nutren al fenómeno.
III
En el abordaje de este tema, hemos establecido un proceso que construye como escenario
fundante la total exclusión económica a la que el modelo neoliberal somete a la población
situada en los niveles inferiores de la sociedad. En esa exclusión aparecen los grupos iniciales
de muchachos y muchachas disidentes del orden brutal que los hunde y oprime. No son
trabajadores y no se trata, por eso, de gente que vende su fuerza de trabajo. Entonces, se
puede pensar que no son explotados, pero sí son excluidos.
Esta disidencia no llega a construir ni a expresar un orden nuevo, y es conocida en la sociedad con
el término genérico y casi discrecional de “maras”.
Estas maras se están extendiendo rápida y permanentemente, expresando que la sociedad
salvadoreña es un caldo de cultivo también permanente para esta especie de grupos desafectos ante
el orden neoliberal. En realidad no llegan a elaborar un mundo alternativo, pero deciden una
construcción de vida aparte, que incluye su propia comunicación, con su propio alfabeto y el inicio
de una organización social diferente y superior.
Se trata de un proceso interno en donde las maras se transforman en pandillas y dejan de ser grupos
irregulares y transitorios e informales, para alcanzar estabilidad, permanencia plena, entrega y
compromiso total, casi de vida y muerte, a un determinado credo y a una jefatura que es obedecida a
sangre y fuego. La pandilla adquiere poder económico a través de la renta [lo que en otras
circunstancias se conoció como impuesto revolucionario], y el sistema de cobro establecido
requiere total lealtad y total control. Cualquier irregularidad o incumplimiento puede ser pagada con
la vida misma. Al mismo tiempo, la pandilla ha ganado poder político y lentamente se va
convirtiendo en un poder semi-clandestino que controla la vida de las personas que habitan en un
territorio determinado.
Usamos la figura de poder político con un sentido de dominación y no con el sentido de poder
obediente al que nos adherimos. Esta es la naturaleza del poder que se exige al funcionario, es decir,
la persona que administra un poder ajeno que pertenece al pueblo, del cual es simplemente un
delegado y no tiene más facultades que las que expresamente le da la ley. Por supuesto que los
funcionarios no ejercen el poder obediente al que nos referimos, sino el poder dominante, similar al
de las pandillas. Es el poder que supone la fuerza y, en el caso del funcionario, presupone la
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corrupción. Esta es la corrupción del poder político, referida al funcionario; pero en el caso de la
pandilla, hablamos de poder político para referirnos al dominio que la pandilla ha llegado a ejercer
sobre determinados territorios del país.
Este dominio viene ciertamente de la fuerza y del miedo. El mando de la pandilla realiza
ejecuciones ejemplificadoras, inclementes, que están diciendo a las personas lo que les va a ocurrir
en caso de desobediencia.
Es el mismo método usado por Josué, el Josué bíblico, en la ciudad de Jericó, cuando ordenó
degollar a toda la población; y el mismo método usado por Hernán Cortez en Cholula, cuando
avanzaba hacia Tenochtitlan. Es el miedo como presupuesto de la obediencia y del sometimiento. Y
los jefes de las pandillas conocen esto a plenitud y lo aplican inflexiblemente.
Los territorios han sido previamente abandonados por el Estado que ha entregado el control al
mercado; y a este mercado solo le interesa el territorio como habitación de consumidores que deben
dedicarse a comprar las mercancías a toda costa.
Así las cosas, observamos que en los territorios conviven en armonía y sin conflicto preponderante
el mercado y la pandilla. Es cierto que la renta abarca a los mercaderes que entran a los territorios,
que pagan una especie de peaje y que simplemente lo presupuestan y se lo pasan al consumidor.
Pero se establece una especie de convivencia entre el mercado y la pandilla, compartiendo el
dominio sobre el territorio y sobre sus habitantes: el mercado lo ocupa y lo domina mediante la
distribución de sus mercancías, y los habitantes deben ser consumidores fieles, permanentes y
leales. Para eso está el aparato ideológico de Estado que ha construido en la subjetividad de las
personas el férreo edificio del consumo como el más alto símbolo de la vida.
La pandilla controla a la comunidad, sin chocar con el mercado, y extrae de parte de la misma el
dinero de la renta, que sin duda adquirirá diferentes formas y tamaños, pero que se basa en la fuerza
más permanente y más brutal. Este fenómeno se establece justamente abajo en la sociedad, en los
niveles periféricos, donde se mueven los excluidos, en donde están los abandonados por el Estado y
controlados por el mercado. En cierto modo, la pandilla es como el orden construido abajo y que
garantiza el funcionamiento del mercado.
Aquí encontramos una relación insospechada entre mercado y pandilla y descubrimos los nexos
entre una y otra fuerza:
• Ambas fuerzas son brutales e inclementes y existen y funcionan por sí mismas, no necesitan
justificarse ni fundamentarse. Simplemente son, están ahí y deben ser acatadas. Han
establecido términos de convivencia y hasta coordinación.
• El mercado proporciona a la pandilla su filosofía y sus métodos. Los pandilleros usan ropa y
prendas de vestir destacadas en la publicidad, y sin duda, sus mandos también funcionan
como empresarios u hombres de negocios, con sus medios de transporte y su presencia
adecuada, de tal manera que todo parezca como una actividad de negocios. Es decir, como
ejerciendo la más legítima, sagrada, correcta y conveniente actividad que el ser humano
puede llegar a ejercer. Es la actividad mercantil que hace de la otra persona un consumidor.
• La pandilla controla y somete el territorio donde opera el mercado sin dificultad, y sustituye
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al Estado imponiendo y cobrando tributo, así como el Estado impone los impuestos.
• Hay un proceso de legitimación de una actividad pandilleril que adquiere la forma de un
negocio y hasta de una simple actividad mercantil de donde nace un poder económico,
incontrolado e incuestionable, que sin duda se incorporará en determinadas formas a las
venas y arterias del mercado. Pero esto no aparece a simple vista, porque la pandilla es
presentada y hasta representada como un simple símbolo de delincuencia y de delincuentes,
sin mostrar sus significados no evidentes y sus relaciones con el poder político que se viene
ejerciendo en nuestro país por décadas.
• La pandilla, al igual que el mercado, ejerce un poder económico, ideológico y político, pero
ha construido también, al igual que el mercado, un poder militar. Este es consustancial a toda
actividad mercantil. Por eso, cada banco tiene una especie de ejército propio y cada negocio
tiene personas armadas a su servicio, y cada empresa de seguridad hace negocio con su
ejército de hombres armados. De tal manera que ese poder militar es al mismo tiempo un
poder mercantil que se compra y se vende, se alquila, y sus soldados son hombres y mujeres
uniformados, brutalmente explotados, en distintos lugares del territorio. Este es un
sangramiento social brutal, que es sin embargo legitimado, y aparece como seguridad. El
nombre opera como una especie de agua bendita que busca ennoblecer una explotación sin
límites.
• Pues bien, la pandilla adopta la misma lógica y arma a sus unidades, y puede llegar a
convertirse en la seguridad que, basada en el terror, extiende su control sobre más territorio.
Mientras tanto, el Estado, o a lo que estamos llamando Estado, que es un conjunto de
aparatos que son instrumentos mercantiles, o el ámbito donde se hacen negocios,
precisamente privados, y donde ha desaparecido el sentido público que la Constitución
establece; esos aparatos que estamos llamando Estado entran en conflicto con las pandillas,
pero no entran en conflicto con el mercado.
Es necesario comentar esta relación.
IV
La relación mercado-pandilla constituye, como hemos dicho, un proceso consustancial que les
identifica. En cambio, la relación Estado-pandilla tiene un sentido institucional, es decir,
instrumental. Veámoslo así:
Para el Estado, las llamadas instituciones son instrumentos que viabilizan el ejercicio del poder. Se
trata de un poder que pertenece al pueblo, que es una potencia, pero cuyo ejercicio real solo es
posible a través de las instituciones. Así las cosas, la pandilla, que por años ha impuesto su fuerza,
ha pasado a transformar esta fuerza -basada en las armas, en el atropello, el miedo-, en poder, y se
ha erigido en titular de ese poder.
Recordemos que, en el caso del Estado, se llaman funcionarios a los que ejercen el poder del pueblo
y lo usan en su nombre, alejados y por encima de los titulares de ese poder. En el caso de las
pandillas, la fuerza y el control se ejercen en un territorio donde la gente vive, duerme, convive,
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muere y es enterrada. Y ahí, en esa comunidad, hay una fuerza permanente, día y noche, que llega a
convertirse en el poder que norma las vidas, que impone impuestos y se constituye en la autoridad,
tal y como ocurre con el llamado Estado.
Dentro de la filosofía neoliberal, el Estado prácticamente desaparece y es sustituido por el mercado.
Los territorios son abandonados y también las comunidades. La gente no importa más que como
votantes y como objeto de negociación con las agencias internacionales de crédito, pero, en ningún
caso, el Estado responde de ninguna persona, ni de los derechos de nadie. Precisamente así se
construye el territorio en el que la pandilla se desarrolla.
No se trata de un proceso de sustitución, porque sencillamente la pandilla es otro poder -que al igual
que el Estado, ha surgido de la misma gente-, que simplemente ha llenado un vacío abierto por el
neoliberalismo, y ha descubierto cómo la realidad física puede ser usada en actividades lucrativas,
una vez es controlada y dominada políticamente. Este territorio, al funcionar como un botín de
guerra, es motivo de confrontación mortal entre las mismas pandillas, y es, en este punto, donde
nace la confrontación pandilla-Estado.
Ya tenemos a 3 sujetos del drama de la guerra social: la pandilla, el mercado y el Estado.
Agreguemos otro factor, o si se quiere, otro sujeto, que es el poder del narcotráfico. Este es un
poder planetario que influye en los imperios, en la banca, industria, en riquezas y en pobrezas. Se
sabe que el mercado más fluido y ventajoso para el negocio de las drogas es la sociedad
estadounidense, y llegar a ese mercado exige abrir y cerrar las rutas más adecuadas y útiles. Es algo
así como la ruta de la seda, que comunicaba a Occidente con Oriente, desde los puntos más
recónditos de Europa y Asia.
Esa ruta de la seda también funciona para llevar las sustancias hacia el norte, desde el centro de
América. Todo esto tiene que ver con rutas, puntos de paso, bodegas, transporte, y sin dudas, toda la
actividad empresarial que presupone tamaño negocio. Y aquí, controlar el territorio resulta ser la
parte clave y decisiva. Precisamente por eso, el territorio es el punto neurálgico del diferendo entre
la pandilla y el Estado.
Recordemos que la palabra Guerra Social no aparece en el vocabulario oficial, cuyos voceros
hablan de violencia o de delincuencia, manteniendo la bandera de la paz como una llama
supuestamente encendida, pese a las tormentas. Las pandillas han sido mencionadas marginalmente
y toda la problemática delicada que se desarrolla en el territorio social ha sido ignorada por el
Estado. De repente, porque se puede usar esta palabra con esquinas y con filo, el Estado aparece en
una confrontación y hasta en una guerra, tal como dijo en una ocasión el Presidente de la República.
De la noche a la mañana se pasa de la aparente ignorancia del fenómeno a ubicarlo en el lugar
correspondiente al mayor problema del país. Y todo aparece en cuestión de horas y de días, como si
no hubiese sido precedido de una reflexión o elaboración sobre el fenómeno. En realidad, el Estado
ha tenido el conocimiento necesario, pero, solo al comprender a la pandilla como la fuerza dueña de
un territorio que el Estado, o parte de su aparato, también necesita, es que estalla la confrontación,
porque resulta ser inevitable, aun cuando tenga riesgos políticos.
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Aquel Estado que aparece recuperando territorios no controlados es débil y con enemigos
insuperables. En el caso salvadoreño, para el gobierno resultó ineludible la confrontación. Solo
puntualicemos que no se trata de un Estado que está defendiendo el derecho a la seguridad, a la
salud, al trabajo, de los habitantes del territorio, no le interesan sus funciones públicas ni los seres
humanos que ahí habitan. Se trata simplemente de la pelea por el control. Es probable que esta
confrontación no sea con todas las pandillas, sino solo con alguna de ellas. También es esperable
una temporalidad en la confrontación, de acuerdo a quien resulte victorioso o de acuerdo a las
conveniencias políticas y hasta económicas.
Se trata de una confrontación empresarial donde la PNC, que aparece en la primera línea de fuego,
en una guerra que no le corresponde, no es en realidad esa primera línea, y mientras aumenta el
número de bajas, las pandillas también aumentan su control y autoridad sobre territorios urbanos y
rurales. Y así, en este pequeñísimo país, la población es sometida por el poder del mercado, del
Estado y de la pandilla. Se construye una autoridad que no es más que la pura fuerza disfrazada e
impuesta a sangre y fuego, contando con el silencio, la ceguera y la ausencia del Estado.
Toda esta situación afecta la orfandad y el abandono de los seres humanos porque a la falta de
recursos para la vida se agrega la falta de esperanza y la ausencia de la dignidad, y toda esta mezcla
cultiva una parálisis que es necesario romper para que al fin las comunidades se asuman como
dueñas reales de un poder real que está en sus manos. Pero será necesaria la movilización y
organización de ese poder para enfrentarse con éxito a las fuerzas triples que en este momento
encadenan a las comunidades.
*Vicerrector de la Universidad Luterana Salvadoreña