Abriéndonos la cabeza

Hoy Venezuela es la principal trinchera contra Trump

Claudio Katz

La centralidad del petróleo, el gas o el litio no asemeja a Maduro, Evo
Morales o Raúl Castro con Lula o Correa y menos aún con Peña Nieto o Macri. Es
equivocado, además, impugnar a los gobiernos progresistas con los mismos razonamientos de vago republicanismo que utilizan los liberales.


Entrevista a Claudio Katz:
En el marco de las “Jornadas Gramsci y América Latina”, organizadas en Buenos Aires
a fines de abril por el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe, entrevistamos
a Claudio Katz, uno de los conferencistas del encuentro.
¿Cuál es el significado de estas jornadas en la actual coyuntura
latinoamericana?
Nos permite evaluar la situación de la región a la luz de algunos conceptos de
Gramsci. No cabe duda que el principal dato del momento es la restauración
conservadora que presenta tres modalidades. Primero los gobiernos derechistas
continuados, que en países como México, Perú o Colombia llevan muchos años
aplicando políticas neoliberales de expansión del desempleo, la precarización y la
desigualdad. Segundo los nuevos mandatarios derechistas que lograron cortar el ciclo
progresista con sus victorias electorales. Es el caso de Macri que implementa un
proyecto reaccionario sin las mediaciones tradicionales. Encabeza la gestión estatal de
una Ceocracia embarcada en la demolición de conquistas populares.
Finalmente, en otros países la derecha accedió al gobierno por medio de golpes
institucionales. Una banda mixta de parlamentarios corruptos, jueces y dueños de de los
medios de comunicación consumaron en Brasil, la misma asonada que en pasado
perpetraban los militares. A toda velocidad recortan planes sociales, flexibilizan el
empleo y desfinancian las jubilaciones.
Esta modalidad golpista se inició en Honduras en el 2009 y continuó en
Paraguay en el 2014. Sigue un modelo de imponer el cambio por la fuerza para
convalidarlo luego en los comicios. Introduce además todas las manipulaciones
imperantes desde hace décadas, en el sistema político mexicano.
¿Pero qué implicancias tiene ese proceso desde una mirada gramsciana?
Supone un mayor peso de las formas coercitivas de dominación, en comparación
a las modalidades persuasivas de hegemonía que utiliza la clase dominante.
En algunos regímenes derechistas simplemente persiste el autoritarismo y el
terror. Más de un centenar de luchadores ambientalistas han sido ultimados junto a Berta
en Honduras. También supera el centenar el número reciente de militantes sociales
asesinados en Colombia y en nueve años se contabilizan 253 muertos en Perú por
represión a las protestas.
En México persiste la impunidad. En lugar de esclarecer los crímenes de
Ayotzinapa, el gobierno respondió con ocho nuevos muertos a las manifestaciones de
los docentes. Con estos modelos en mente Macri tantea acciones represivas apaleando
maestros, desalojando piqueteros y adiestrando gendarmes para actuar en las calles.
Temer trabaja en la misma dirección.
¿Es factible ese curso represivo en un contexto económico tan adverso?
Lo intentan. La prosperidad de la década pasada quedó atrás y desde el 2012
impera un ciclo recesivo. Brasil padeció en los últimos dos años el peor retroceso
económico desde la crisis del 30. Los precios de las materias primas oscilan entre
nuevas caídas y leves recuperaciones, sin recuperar el elevado promedio de la década
anterior. Las remesas y la inversión externa retroceden y el previsible repunte de la tasa
de interés estadounidense disuade la llegada de capitales.
Además, al cabo de un intenso proceso de expansión del agro-negocio retrocede
la industria local y crece el desempleo. Como los gobiernos derechistas retoman la
ortodoxia neoliberal se agrava la pobreza, la desigualdad y la precarización. Ahora
buscan acuerdos de libre-comercio con la Unión Europea y aceptan la agenda china de
invasión importadora y saqueo de los recursos naturales. También reactivan las
privatizaciones inconclusas o fracasadas de los años 90 e implementan un brutal recorte
de los derechos populares, con mayor flexibilización laboral y contra-reformas en el
sistema de jubilaciones.
Esa cirugía agrava el escenario social y ahonda la división por arriba. En la
nueva reorganización neoliberal se afianza el capital financiero, despuntan problemas en
las actividades primarias y la industria se desmorona.
En términos de Gramsci se podría afirmar que la reestructuración por arriba
potencia las divisiones en las elites y obstruye la conformación de un bloque
estabilizado de las clases dominantes.
¿Por eso pierden legitimidad los gobiernos derechistas?
Es otro rasgo compartido por regímenes signados por un alto grado de
corrupción. En la república de delincuentes que impera en Brasil se acrecienta el
número de ministros y congresistas involucrados en malversaciones de fondos. Macri es
un presidente off shore, al frente de una cleptocracia de millonarios que se enriquece
endeudando al estado. El sistema de coimas organizadas que destapó el caso de
Odebrecht ensucia a varios presidentes y ministros de Perú, Colombia y Panamá.
Como la restauración conservadora combina fragilidad económica con
ilegitimidad política se afianza un escenario de gran turbulencia. Pero si recordamos las
distinciones que establecía Gramsci entre distintos tipos de crisis (corto y largo plazo,
dominación, dirección), convendría precisar que el contexto actual es de enorme
inestabilidad pero no de crisis orgánicas. No se observa aún el tipo de colapso que
conocimos a principio del milenio en Argentina, Bolivia o Ecuador.
Me parece que el dato de la ilegitimidad es clave. Ya no rige el marco de los
años 80, cuando Gramsci era leído para explicar la novedad de los sistemas
constitucionales pos-dictatoriales. Las discusiones sobre esa forma de dominación de la
burguesía han quedado atrás. Las elecciones son habituales y las expectativas en los
políticos, el parlamento o las instituciones han decaído al mismo nivel que el resto del
mundo.
Sin embargo mencionaste en el seminario que la movilización callejera de la
derecha es un nuevo y preocupante dato
Sí, efectivamente las derechas han comenzado a reinventarse en las calles, con el
padrinazgo de los medios de comunicación y un sofisticado manejo de las redes
sociales. Construyen su propio imaginario político combinando ideas liberales y
antiliberales. Por un lado enaltecen el individualismo y la consiguiente fantasía de
actuar por decisión propia sin ningún condicionante. Por otra parte retoman el discurso
de hostilidad a la política por la impotencia de esa actividad para resolver el flagelo de
la inseguridad o la corrupción.
Los vimos en la marcha del 1 de abril en Argentina. Ponderan la “plaza
republicana” y desprecian la “plaza populista”. Despliegan un gran revanchismo y un
desenfrenado odio de clase. En un clima de 1955 retoman los mitos del gorilismo
tradicional, descalificando a los morochos “arreados” a las marchas por un simple
choripán.
Pero a diferencia de los cacerolazos de los últimos años, los derechistas ya no
gritan sólo contra Venezuela y Cuba. Ahora insultan a los docentes y exigen represión
de los piquetes o prohibición de las huelgas. Repiten un libreto acorde al giro
conservador de los intelectuales mediáticos decepcionados con el progresismo que han
copado la pantalla.
Un proceso semejante se observó en Brasil en los manifestantes que el año
pasado determinaron la caída de Dilma. Ese beligerante grupo social desplegó la
bandera de la anti-política y opera como sostén de la cirugía conservadora que motoriza
el Juez Moro.
El mismo sentido reaccionario tiene el movimiento de Uribe, que logró el triunfo
del No en el plebiscito de Colombia o las fuerzas callejeras, que desde el 2015 gestaron
la candidatura de Lasso en Ecuador. La diabolización del chavismo es el guión común
de esas campañas reaccionarias.
La presencia callejera de la derecha recién despunta y afronta muchas
limitaciones. Se sostiene exclusivamente en las clases medias y altas. En pocos casos
logran superar en número a las marchas rivales de la izquierda o el progresismo. Pero
configura el dato más peligroso del momento. Si se afianza podría aportar un sostén más
consistente a la restauración conservadora.
¿Como el fascismo en la época de Gramsci?
Sólo en cierta medida y primero tienen que ganar. Pero tu analogía nos advierte
sobre los casos más extremos. Por ejemplo en Venezuela, el sanguinario elemento
pinochetista está muy presente en todo el conglomerado antichavista.
En cualquier caso me parece que las teorías del revolucionario italiano nos
permiten entender el enorme peso de la ideología conservadora, en la irrupción callejera
de la derecha. Esas creencias reaccionarias retoman el modelo de temor al comunismo
que se forjó durante la guerra fría, pero con una inédita incidencia de los medios de
comunicación.
Cuando en los 80 las teorías de Gramsci recobraron influencia se debatía
intensamente cuál era el canal de transmisión predominante de la ideología burguesa:
las ilusiones en el sistema constitucional, la mercantilización de la sociedad o la radio y
la televisión. Una respuesta actual sin duda enfatizaría la primacía de los medios.
En tu exposición también subrayaste la centralidad de la resistencia
popular. ¿Cuál es la gravitación de esa lucha?
Enorme y decisiva. Hay una batalla social en curso en toda la región con
movilizaciones gigantescas en Argentina. En marzo pasado hubo un millón de personas
en las manifestaciones de los sindicatos y el paro general tuvo un nivel de efectividad
que corroboró la gran capacidad de acción de la clase trabadora.
Lo mismo comienza a observarse en Brasil. Este año no sólo los movimientos
sociales sustituyeron a la derecha en la ocupación de las calles. Se realizó la primera
huelga general en décadas con un gran acatamiento. En México el gasolinazo marcó un
punto de giro, luego de las intensas luchas de los maestros y las víctimas de Ayotzinapa.
En Chile la batalla contra los Fondos de Pensión congrega multitudes y en Colombia se
acrecientan las protestas de los movimientos sociales.
Es necesario subrayar la gravitación de estas acciones por abajo, si queremos
retomar el énfasis asignado por Gramsci a la voluntad y a la subjetividad en la
transformación de la sociedad. Ese es el sentido de su filosofía de la praxis, en
contraposición al fatalismo o la resignación.
Y también un aliento a la militancia…
Por supuesto. Hay nueva generación luchadores que resiste la restauración
conservadora. Participaron activamente en la experiencia política de la década pasada,
sin padecer las frustraciones y derrotas que afectaron a sus antecesores de los años 70.
Actúan en un marco también distinto al escenario de entre-guerra que vivió
Gramsci. Pero hay ciertas batallas políticas en el contexto latinoamericano que
actualizan los planteos del revolucionario italiano. Gramsci trabajó para unir el campo
popular en un bloque histórico, forjando alianzas de la clase obrera con los campesinos.
Esa misma política supone en la actualidad hermanar a los asalariados con los
informales y la clase media.
La derecha sólo puede prevalecer imponiendo una desgarradora guerra de pobres
contra pobres. Por eso alienta la hostilidad contra las huelgas. Coloca en toda la región
muchas fichas, en la erosión de la solidaridad con los combativos movimientos de la
docencia. Frente a situaciones de ese tipo Gramsci sugeriría actuar con radicalidad y
audacia.
Pero en el plano político situaste el eje de la resistencia en la batalla de
Venezuela. ¿Por qué razón?
Porque ahí se define el resultado de toda la etapa latinoamericana. No cabe la
menor duda que hay un golpe reaccionario en marcha, que combina el sabotaje de la
economía con la violencia callejera y las provocaciones diplomáticas. En un plazo más
prolongado es lo mismo ocurrió con Salvador Allende.
El trasfondo obvio de esa agresión es el petróleo. Venezuela es la principal
reserva continental de crudo y provee el 12% del combustible importado por Estados
Unidos. Para confiscarlo el Departamento de Estado promueve una situación de caos,
tendiente a repetir lo operativos de Irak, Libia o Panamá. Saben que una vez derrocado
el gobierno ya nadie se acordara dónde queda Venezuela.
En ese operativo la hipocresía de los medios no tiene límite. Transmiten en
cadena escenarios terminales con denuncias macabras del país, luego de silenciar el
golpe de Brasil, Paraguay u Honduras. No le asignan ni cinco minutos a los crímenes en
Colombia y México o al fraude electoral de Haití. Legitiman a los golpistas, ocultando
que Leopoldo López estaría condenado a perpetua en Estados Unidos por su
responsabilidad en las muertes de las guarimbas. Acusan al gobierno de cualquier
tropelía, omitiendo que el grueso de los asesinatos afecta a militantes del chavismo.
La derecha ha provocado el desastre actual intentando tumbar una y otra vez al
gobierno desde la Asamblea. Cuenta con la descarada complicidad de las clases
dominantes de la región. Esos gobiernos se amoldan a Trump conspirando desde la
OEA contra Venezuela.
En términos de Gramsci esta batalla presenta un doble significado. En el plano
moral definirá un resultado de confianza o resignación en el movimiento popular. Si
gana la derecha se creará un escenario de derrota y una sensación de impotencia frente
al imperio.
En otro terreno Venezuela sintetiza una lucha antiimperialista, directamente
conectada a los anhelos nacionales que subrayaba Gramsci. Es controvertible su
interpretación de esa dimensión pero no la centralidad que le asignaba. Hoy Venezuela
es la principal trinchera contra Trump. Su programa de avasallar la región empezando
por el muro en México, transita por la confiscación del petróleo venezolano.
Igualmente señalarse críticas al gobierno bolivariano
Ciertamente y en varios planos, aunque en el marco de la gran decisión de
Maduro de resistir. A diferencia de Dilma o Lugo no se entrega. Esa firmeza explica el
odio de los poderosos de la región.
Pero hasta ahora el gobierno ha priorizado el enfrentamiento con la derecha en
términos burocráticos de un poder del estado contra otro. El Ejecutivo o Judicial versus
el Legislativo. Reacciona por arriba y responde a un golpe de la Asamblea con una
acción del Tribunal de Justicia. Apuntala más el sostén del ejército que el respaldo por
abajo. Por eso en la durísima confrontación del último año no apeló al poder comunal y
en ausencia de ese basamento el pueblo tomará distancia.
Lo más grave es la tolerancia de la corrupción y sobre todo de la fuga de
capitales. No expropian a los empresarios que provocan el colapso de la economía con
manipulaciones de las divisas y los bienes importados.
Pero estamos en medio de la batalla y no está escrito el resultado final. Hubo una
interesante reactivación de los mecanismos para paliar el desabastecimiento y se adoptó
la excelente iniciativa de retirar al país de la OEA. La única forma de vencer a la
derecha es transformar en hechos el discurso socialista. En las situaciones límites y
frente al abismo el proyecto bolivariano puede renacer con un perfil más radical.
La aplicación de Gramsci a Venezuela implicaría hoy asumir decisiones
revolucionarias. El líder comunista convocaba a adoptar esas decisiones sin ninguna
vacilación. Por eso ponderó la acción de los bolcheviques como una “revolución contra
El Capital”, en el sentido de procesos que vulneran todas las prescripciones previas.
Subrayó la inexistencia de un curso predeterminado de la historia. Aplastar el sabotaje
de los capitalistas con el poder comunal sería el equivalente a la acción de los soviets
que reivindicaba Gramsci.
Hay otro tema que discutiste en las jornadas, al conectar el legado del
pensador italiano con los debates sobre el ciclo progresista
Si efectivamente es un problema clave. Yo creo que el ciclo progresista en
Sudamérica fue un resultado de rebeliones populares que tumbaron gobiernos
neoliberales, modificaron las relaciones de fuerza, evitaron los brutales ajustes aplicados
en otras regiones y permitieron mejoras sociales o conquistas democráticas.
Pero no fue un periodo pos-liberal. Las transformaciones no tuvieron la solidez
requerida para dejar atrás el neoliberalismo. No se alteró la estructura primarizada de las
economías y se mantuvieron los privilegios de los grupos dominantes. L
a restauración conservadora determina el declive de ese período, aunque la derrota de la derecha en Ecuador indica una indefinición. La disputa final se define en Venezuela.
Cualquiera sea el diagnóstico es indiscutible el retroceso del ciclo progresista.
Especialmente en Brasil y Argentina ese declive obedece a las inconsistencias
económicas de un modelo neo-desarrollista, que renunció a implementar las
transformaciones básicas para superar la dependencia de las exportaciones primarias. En
el terreno político mantuvieron el viejo sistema de alianzas y corrupción de los grupos
dominantes y cuando aparecieron las protestas sociales se asustaron y facilitaron la
demagogia de la derecha. Sufrieron el desgaste que sobreviene a la ausencia de
radicalización.
En tu presentación contrapusiste este balance con el expuesto por los
teóricos del progresismo.
Si. Es un debate importante porque muchos de ellos se auto-definen como
marxistas y gramscianos. Pero exponen un balance idílico de Kirchner o Lula,
estimando que fueron gobiernos exitosos. A lo sumo destacan la existencia de errores en
la connivencia con los bancos, las disputas con los medios de comunicación o la batalla
cultural para aproximar a una clase media atada al consumismo.
Yo creo que esa lectura es superficial y elude reconocer que los gobiernos
progresistas declinaron por su adaptación a la agenda de las clases dominantes. Esa
mirada repite los mismos desaciertos que cometieron los gramscianos socialdemócratas
de los 80, cuando presentaban al constitucionalismo burgués como un nuevo camino
hacia la emancipación.
Al igual que en ese momento el gramscismo liberal considera indispensable
acotar cualquier cambio a lo marcos del capitalismo. Se guían por el principio de
impedir el desborde de ese sistema y olvidan que una política antiliberal consecuente
exige transitar por senderos anticapitalistas. Ese estrecho vínculo entre Gramsci y Lenin
es desconocido por los socialdemócratas.
La consecuencia política de esta postura es la promoción de una estrategia
exclusivamente centrada en el retorno electoral a la presidencia en el 2018 y 2019. Ese
objetivo tiene total prioridad frente a la resistencia social. Dan por seguro el fracaso de
la derecha y suponen que todo puede recomenzar como si nada hubiera ocurrido.
Recrean a futuro la misma fantasía de un capitalismo humanitario y redistributivo que
propagaron en la última década.
Pero ese no es el único balance del ciclo progresista.
Ciertamente. Hay una interpretación opuesta que niega la existencia de ese
proceso o supone que concluyó hace mucho tiempo. Considera que los gobiernos
centroizquierdistas o radicales coincidieron con sus pares derechistas en la
primarización extractivista y estima que finalmente adoptaron un perfil autoritario y
populista.
Esta mirada considera que Lasso y Moreno expresaron en Ecuador dos vertientes
complementarias del neoliberalismo y que en Venezuela la burguesía derechista
confronta con sus pares chavistas.
Es una errónea simplificación de la realidad latinoamericana. La continuada
dependencia de las exportaciones agro-mineras no equipara a gobiernos tan
contrapuestos. La centralidad del petróleo, el gas o el litio no asemeja a Maduro, Evo
Morales o Raúl Castro con Lula o Correa y menos aún con Peña Nieto o Macri. Es
equivocado, además, impugnar a los gobiernos progresistas con los mismos
razonamientos de vago republicanismo que utilizan los liberales.

¿Pero no sería acertado observar esos procesos con la óptica de la
“revolución pasiva” que estudio Gramsci?
Es una idea interesante pero de dudosa aplicación a lo ocurrido en la última
década. El contraste entre jacobinismo y bismarkismo no tiene correspondencia con lo
sucedido en Sudamérica y es muy discutible la propia concreción de una modernización
conservadora. Esta noción choca con la primacía del agro-negocio y la ausencia de
transformaciones económicas significativas. El período estuvo signado además por
importantes conquistas populares. Igualmente es un tema abierto y todo depende de la
interpretación asignada a la noción de revolución pasiva.
Pero el mayor problema no radica en la aplicación de ese concepto gramsciano,
sino en la mirada general de los teóricos autonomistas. Renuevan la estrategia de
soslayar la batalla por el manejo del estado. Retoman la idealización de los movimientos
sociales y la fascinación con el ámbito defensivo de la territorialidad.
Me parece que la promoción de metas anticapitalistas debe ser complementada
con la definición de políticas socialistas para alcanzarlas. Gramsci postulaba esa
conexión y por eso compartía la prioridad asignada por Lenin a la transformación de la
sociedad mediante la conquista del poder.
Pero la lectura de Gramsci ha servido para subrayar la complejidad de ese
camino que es ignorada por muchas corrientes…
Sin duda. Esa omisión salta a la vista entre quiénes simplemente proclaman que
todos los gobiernos de América Latina son indistintamente burgueses. Las
consecuencias extremas de esta ceguera se han observado recientemente en Ecuador,
entre las vertientes de izquierda que llamaron a votar a Lasso con argumentos insólitos.
Afirmaron que el banquero facilitaría un mayor respeto de la democracia o que sería
más fácil desenvolver la lucha por mejoras populares. Hay que remontarse varias
décadas para encontrar algún precedente de semejante miopía.
Yo creo que el mayor peligro actual de las posturas sectarias se verifica en
Venezuela. Algunos hacen causa común con la derecha en la crítica a Maduro. Repiten
las mismas acusaciones de los medios de comunicación hegemónicos o recurren a
despistadas comparaciones con Gadafi y Hussein. No exponen sus cuestionamientos
desde un terreno de lucha común contra el golpe.
Aquí conviene recordar el rechazo total de Gramsci a teoría del social-fascismo,
que en su época equiparaba a Hitler y Mussolini con los adversarios socialdemócratas.
Al igual que Trotsky promovía estrategias de frente único contra la derecha, que son
vitales en el contexto actual de Venezuela.
A escala regional es el momento de la solidaridad. Tal como ocurrió con Cuba
durante el periodo especial hay que poner el hombro en las circunstancias más difíciles
de acoso, demostrando que la izquierda se ubica en el campo opuesto de la reacción.
¿El trasfondo de los problemas que señalas no es la atadura al modelo
revolucionario de 1917 que Gramsci comenzó a renovar?
Puede ser. Pero yo evitaría cualquier sugerencia de contraposición entre Lenin y
Gramsci. Me parece que existe una complementariedad, derivada de la incorporación de
temporalidades más largas a la vertiginosa experiencia soviética de doble poder. Hay
complementariedad y no antagonismo entre la “guerra de posición” y la “guerra de
maniobra”. Son momentos sucesivos de una misma estrategia
Los procesos de China, Vietnam o Cuba ya demostraron en condiciones bélicas
la preeminencia de períodos revolucionarios prolongados. También los escenarios
institucionales vigentes en las últimas décadas obligar a reconsiderar las
temporalidades. Exigen replantear la tradición que concibe al gobierno de los
trabajadores, la captura del estado y la transformación de la sociedad como procesos
simultáneos. Actualmente son válidas las hipótesis de gobiernos populares, estados en
disputa y grandes fracturas en la sociedad a lo largo un periodo significativo.
¿Cuál sería entonces el principal legado de Gramsci para la coyuntura
latinoamericana actual?
No hay una sola faceta, pero quizás conviene resaltar lo más obvio: la necesidad
de forjar identidades políticas propias de la izquierda, con nítidos perfiles
anticapitalistas. Como ese cimiento supone la reivindicación abierta de nuestras
tradiciones socialistas, antiimperialistas y revolucionarias, una actitud gramsciana actual
se contrapone con la fascinación que despierta el Papa Francisco.
Resalto este dato porque Bergoglio fue elogiado primero como eventual sustituto
de Chávez y ahora como una alternativa mundial progresista a Trump. Es asombrosa la
falta de realismo de esta actitud, que confunde necesidades de supervivencia de los
procesos radicales con expectativas favorables hacia la institución más reaccionaria del
planeta.
¿Pero cuál es la conexión con Gramsci?
Su crítica frontal al Vaticano. Gramsci fue un militante comunista empeñado en
revolucionar la conciencia de los oprimidos para que actuaran al servicio de sus propios
intereses. En cambio la Iglesia recluta fieles y no quiere protagonistas. Rechaza a los
militantes y disuade la lucha. Busca apaciguar o disciplinar a los rebeldes. Con ese
propósito elaboró una doctrina social contra el ideal comunista.
La filosofía de la praxis apunta hacia la dirección opuesta de expandir la
conciencia socialista. Actualmente ya no interesa tanto el ámbito elegido por los
intelectuales orgánicos para enlazar la teoría con la práctica. Retomar a Gamsci implica
priorizar la vigencia y primacía del proyecto socialista.