Brasil

“La izquierda en Brasil necesita ser más humilde”

Tory Oliveira.
24.May.17 :: Brasil

Clarisse Gurgel es integrante del grupo “Filhos e Netos por Memória Verdade e Justiça” de Río de Janeiro, que reúne dos generaciones de personas afectadas por el terrorismo de Estado en la última dictadura militar brasilera. Para la politóloga y artista, el campo progresista en Brasil prioriza acciones performáticas como las marchas, manifestaciones y demás actos públicos, dejando en segundo plano el trabajo de formación política para las bases.


“La izquierda en Brasil necesita ser más humilde”: Clarisse Gurgel

América Latína y el CaribeEl MundoEntrevistasNuestra AméricaOpinión El Mundo 23 mayo, 2
Por Tory Oliveira / Traducción Diego Ferrari*

Clarisse Gurgel es integrante del grupo “Filhos e Netos por Memória Verdade e Justiça” de Río de Janeiro, que reúne dos generaciones de personas afectadas por el terrorismo de Estado en la última dictadura militar brasilera. Para la politóloga y artista, el campo progresista en Brasil prioriza acciones performáticas como las marchas, manifestaciones y demás actos públicos, dejando en segundo plano el trabajo de formación política para las bases.

Al tomar prestado términos del psicoanálisis y del teatro, ella identifica también una gran dificultad de estos sectores en aceptar críticas. “La izquierda necesita ser mas humilde y recibir la diversidad de métodos y formas de pensar. Hoy, esta está viciada en el propio confort y cualquier sujeto que la critique es expulsado”.

En la siguiente entrevista, ella analiza el modus operandi de la izquierda hoy, el legado de las manifestaciones de junio de 2013 y la huelga general del 28 de Abril.

-En el artículo “Acción performática: síntoma de una crisis política”, usted presenta la idea de que la acción performática está siendo utilizada como táctica preferencial de la izquierda hoy en Brasil. ¿Qué es acción performática? ¿Como se manifiesta?

Clarisse Gurgel: El concepto viene del teatro, de la idea de performance teatral. El performance tiene ese carácter de simular algo extraordinario, fuera de lo cotidiano. Es una acción efímera, poco ensayada, que ocupa el espacio público también de una forma poco usual o regular. La idea de apropiarme del teatro para describir cómo la izquierda actúa era un intento de apropiarme del tiempo y del espacio de esa forma especial de teatralización, de esa forma específica de hacer política hoy.

-¿Cuál es esa forma de hacer política?

C.G.: En resumen, es simular que estás siendo espontáneo y actuar de forma efímera, o sea, sin continuidad. Es priorizar eventos, como actos, marchas, movilizaciones, abrazos a monumentos, etc. El centro en el evento es tan grande que la izquierda cae en la propia trampa de, por ejemplo, ocupar un espacio y después no saber salir. Y al salir, terminar derrotada o desgastada.

La acción de lla izquierda hoy no tiene muchos desdoblamientos, es concentrada en el tiempo presente. Lo curioso es que esa intención de simular espontaneidad es, en verdad, una intento de escapar de un estigma que asocia la izquierda al autoritarismo, al stalinismo, al burocratismo. Al intentar huir de esa estigmatización, el diagnóstico que hago, es que acaba reforzándolo.

-¿Cómo lo hace?

C.G.: Ese intento de huir del estigma del burocratismo provoca que la izquierda priorice la política como evento. Así, ella se burocratiza más, porque deja de dedicar su tiempo a un trabajo continuado de formación política, de propaganda y de agitación y pasa a concentrarse única y exclusivamente a organizar el evento, alejándose todavía más de sus bases sociales.

Ese estigma viene, es especial, del stalinismo. El stalinismo es un fenómeno que merece mas atención, porque muchas veces es resumido a un proceso de burocratización. Pero la lectura que se hacía del stalinismo como un fenómeno de exceso de burocracia y de una rigidez muy grande por parte del partido bolchevique generó una reacción que yo identificaría en dos fenómenos. Uno es el rechazo a la propia forma de organización en partido. La otra es la preponderancia de las banderas identitarias. Creo que vivimos ese reflejo hasta hoy: el rechazo al partido y la preponderancia de las pautas identitarias como contrapunto a categorías mas universalizantes, como la propia categoría de clase.

Entonces, frente a esto, lo que sucede es un movimiento, en especial, que tiene como vanguardia el movimiento trotskista, que a va a ser contramano de este diagnóstico de la burocratización. El trotskismo tiene como bandera el combate a la burocracia del partido. La burocracia es un mecanismo de seguridad de cualquier organización colectiva, pero el burocratismo, la exacerbación de la burocracia viene a ser el blanco del trotskismo.

En especial, desde las décadas de 80 y 90, el trotskismo pasa a ser la corriente hegemónica en el campo de la izquierda en el mundo, en especial, en aquellos partidos que tienen como referencia el bolchevismo. Este trotskismo viene acompañado de un recelo, una cierta limitación, y yo apunto hasta un aspecto medio patológico del rechazo a su propia forma, la forma del partido. En un sujeto colectivo, el rechazo a su propia forma genera consecuencias graves.

-¿Que consecuencias?

C.G.: El rechazo a su propia forma que apunto es en las consignas revolucionarias o contrahegemónicas. Esto lleva al partido a actuar de una forma que parece recordar esos fenómenos de compulsión, identificados en el psicoanálisis como la provocación de heridas para sí mismo. Eso marca una presencia, usted se siente existiendo y, al mismo tiempo, produce el efecto de llamar la atención. Es lo que se llama del ‘Pasaje al Acto’. Una repetición de comportamientos que revela un desencuentro patológico del sujeto con su propio cuerpo, sin un ejercicio de elaboración, por una supuesta pérdida de la influencia de un ‘Gran Otro’. Algo que nos hace recordar la Bulimia, la anorexia y tiene su extremo en el suicidio.

Pero hay otra forma de compulsión que se llama en la teoría psicoanalista “Acting Out”. El acting out es una forma de repetición en el sujeto finge actuar espontáneamente, pero está repitiendo algo que ya hizo, en el intento de que aquel que le negó la escucha, pueda escucharlo efectivamente esta vez.

Ese que le niega a escucha yo lo identifico con los grandes medios, que no deja de ser un Gran Otro. Por eso, la acción performática estaría mas próxima a ser un Acting Out.

-¿Puede dar un ejemplo?

C.G.: Hay un ejemplo muy interesante: un acto en apoyo a los iraquíes en la época de la ocupación yanqui en 2003. En esa ocasión, el presidente de los Estados Unidos, George W Bush, fue hasta Iraq y un periodista lanzó un zapato en su dirección. En Río de Janeiro, fue organizado un acto en apoyo a los iraquíes en frente a la embajada americana. Para el acto se organizó una actividad en que los militantes arrojarían zapatos a la embajada. Es interesante porque era para mostrar que aquello era espontáneo, fruto de la indignación de los manifestantes, pero los propios manifestantes llevaron un par de zapatos extras para tirar, y aquellos que estaban efectivamente indignados, se incorporaron en la actividad y quisieron lanzar sus propios zapatos contra los vidrios de la embajada. En ese momento, los organizadores dijeron en el micrófono que no podían tirar en la frente del edificio, sino al lado, porque fue lo que había sido negociado con los policías para que no haya daños al patrimonio.

Esa es una ilustración perfecta de lo que es el intento de entrar en una pauta mediática sin crear daños reales, en la perspectiva de ser bien contado –y alejado completamente de las ansias efectivas de aquellos que estaban dispuestos a demostrar apoyo a los iraquíes-. Es un caso ejemplar de Acting Out, porque es un sujeto repitiendo un acto, en el intento de ser escuchado.

El problema es que cuando usted pretende despegarse del propio acto, en la expectativa que el otro le de sentido, usted queda rehén del otro. Y los grandes medios no son compañeros a la hora de contar los actos de la izquierda, en especial de la izquierda contrahegemónica.

-¿Es posible identificar eso en 2013, cuando hubo grandes actos con presencia de los grandes medios de comunicación?

C.G.: Sin duda. Creo que 2013 es el huevo de la serpiente de 2017. Lo que vivimos en 2013 fue una experiencia estrictamente de agitación, que es ir a la calle y denunciar. Cuando se resume la práctica política en mera agitación, sin un contenido que signifique extender y enraizar ese discurso en el imaginario, lo que sucede es que aquellos que están mas organizados y tienen mas estructura, se suben al evento y le imprimen el sentido que quieren. El acto comenzó con un movimiento que tenía una bandera clara contra el aumento del pasaje de colectivos. Era un movimiento de una vanguardia de jóvenes que, incluso rechazando los partidos, eran satélite de ellos, aunque se reivindicaban autónomos y horizontales.

Aquel año empieza con esa expresión y con los partidos incorporándose en ese movimiento, queriendo llevar para a los estudiantes y la clase trabajadora las repercusiones de la organización de estos movimientos sin estructura. Con la aproximación de los partidos comienzan las tensiones. Somos herederas de aquella deuda que tenemos en relación a elaborar una crítica al respecto del stalinismo. Entonces, los conflictos internos de la izquierda comienzan a surgir entre organizaciones sin estructura y los partidos de vanguardia.

En paralelo, los sectores conservadores comienzan también a ocupar las calles y a subirse en el movimiento. La derecha entiende cada vez más que precisa recuperar el repertorio de la izquierda. Esta comienza a recuperar, no es ni siquiera a hacer uso, es a recuperar el repertorio de la izquierda. La consigna “A las calles” quien la divulga es la derecha y, sin duda, como fruto de una ausencia de cuadros en la derecha. Sectores conservadores van para las calles en la perspectiva de desplazar el espacio de la política para la calle, para hacer de ahí un terreno fértil en que surja un cuadro (que hasta ahora efectivamente no surgió).

Desde entonces, lo que tenemos es un proceso efectivo de inflamar los ánimos, casi como un clima de pánico generalizado y fantasioso por parte de la derecha y de la clase media que empieza a perder espacio frente a la crisis económica. Esos actores ocupan las calles y van dando volumen a cualquier palabra de orden o “significante mestre”, para usar un término en boga. Significante mestre es cualquier sonido que tenga el efecto de una madre diciéndole al niño: “es así, porque es así”. Eso es significante mestre. El niño pregunta por qué y el adulto responde: “Porque sí. El significante mestre tiene ese poder.

En medio de la multitud voluminosa, aquellos que tienen recursos, como la Federación de Indiustrias del Estado de São Paulo (FIESP), por ejemplo, tiene plenas condiciones de colocar ahí el significante mestre que quiera; consignas ‘antipetistas’ (por el PT) o decir que Brasil va a ser como Cuba.

-Y con eso, la lucha por el pasaje de micro queda relegada…

C.G.: Sí. Hoy vivimos un reflejo del 2013: una coyuntura en que hay una maza de trabajadores que no se identifican con nada y una izquierda que perdió el aspecto que era una marca propia, la disciplina y la organización.

La figura de un cuadro político no refleja a nadie, se propone ser un indisciplinado por excelencia. O sea, aquel que no está vinculado a un partido y que actúa por sí mismo. Por eso, figuras como el intendente de São Paulo, João Doria, son bien vistos hoy. Él no tiene lealtad a ninguna estructura y tiene una cosa que en el contexto de crisis económica, es aquello que podemos decir que es la esperanza de un pueblo con ansias de nada: El éxito.

-Dentro de ese contexto, ¿cómo analiza usted los movimientos de “huelga general” realizados el 28 de Abril?

C.G.: No se usa el término de “huelga general” para anunciar algo que todavía no va a ocurrir, sino, para mirar retrospectivamente y describir aquel fenómeno de paralización, en el caso de que crezca y gane la adhesión de diferentes categorías, como una huelga general.

Cuando usted anuncia una huelga general, probablemente estaremos delante del uso performático de un término, y de un término importante para la clase trabajadora, que no puede ser usado de forma irresponsable.

Es interesante, en el día de la huelga, Michel Temer (presidente) lanzó la “Tarjeta Reforma”, una tarjeta de crédito para ayudar en obras de casa. Y sin duda, él intentó disputar el significado de “reforma”. En el día del acto contra las reformas laborales y de seguridad social, él lanza la Tarjeta Reforma. Ese uso, poco honesto, de un significante que es de peso, recuerda el uso, poco honesto también, por parte de la izquierda del término de huelga, y en especial, huelga general.

Nosotros estamos viendo, repetidas veces, el uso del término huelga hecho por la izquierda de forma irresponsable. Cuando, por ejemplo, sectores de la educación adhieren a una huelga ya con plazo para terminar, que es la fecha de de votación del presupuesto del gobierno federal en el Congreso. Imagine lo que es comenzar una huelga ya con fecha de vencimiento: eso vacía el sentido la palabra huelga.

Por eso digo que no es sólo la acción performática, la propia narrativa es también performática. Entonces, hacer una huelga con fecha de vencimiento llega a ser cómico, porque la patronal simplemente espera.

Yo no puedo decir también que, en la coyuntura de desorganización que estamos, que el día de paralización del 28 de abril, no fue un éxito. Para la coyuntura fue. Y tampoco voy a cerrar los ojos para un dato nuevo, que es la adhesión de sectores de la sociedad civil no integrados a la vanguardia o habituados a la militancia y a la actuación colectiva, como, por ejemplo, los docentes del sector privado.

Pero necesitamos registrar un punto sintomático de todo eso. Sea la adhesión de sectores nuevos, o la paralización de sectores de vanguardia, ninguna de las acciones cuenta con la organicidad necesaria para que los gobernantes sientan que la acción no es simplemente de resistencia.

Existe una diferencia entre resistir e insurgir. Cuando la izquierda rechaza la forma partido, se tiende dos acciones: una de ellas es la de resistencia, o sea, colocar obstáculos frente a una determinada política; el otro es producir modos de vida paralelos al que existe hegemónicamente.

Esas dos formas de acción -producir modos de vida paralelos y resistir produciendo obstáculos- no inciden directamente en la estructura de poder, que continúa existiendo. Puede no avanzar frente a los obstáculos, pero se mantiene intacta. Se pierde de perspectiva la acción insurgente, qes es poner bajo amenaza la propia estructura de poder. Ese es otro punto que se perdió frente a la crítica de la forma partido.

-¿Un movimiento esencialmente performático es capaz de hacer oposición real a un gobierno como el de Michel Temer?

C.G.: Yo no creo. Yo no tengo dudas de que el 2013 fue el huevo de la serpiente llamada Michel Temer, que no se llama Temer, sino, PSDB. Pero yo no digo que las manifestaciones de la derecha fueron las responsables por derrocar a Dilma.

En verdad, la estrategia de derrocar a Dilma, impulsó a los conservadores a quedarse en las calles. Esa es la diferencia de entender un movimiento organizado cuya acción en la calle es fruto del fortalecimiento. Cuando la izquierda parte de la acción de calle, está invirtiendo el proceso. Ir para la calle es la cumbre.

La izquierda necesita recuperar la acción que desarrollaba en los lugares de trabajo, en las delegaciones de los barrios, en los núcleos partidarios, en los movimientos sociales.

Eso se perdió y, actualmente, el sujeto que hace ese trabajo son las iglesias ofreciendo servicios de asistencia social y cumpliendo la función de mediadora en conflictos, entre traficantes y habitantes de las favelas. Es obvio que Iglesia y tráfico no dejan de ser brazos del capital. Esto facilita mucho el trabajo de estas instituciones. Pero, tal como la iglesia, la izquierda necesita encontrar los medios de volver a estar presente cotidianamente en la vida de los trabajadores. Comenzando por hacer aquello que el Estado ausente abandona intencionalmente. Este es un trabajo principal, de día a día.

-Este diagnóstico de que la izquierda necesita volver para la base no es nuevo y, en verdad, ya se constituyó como un lugar común. ¿Por qué es tan difícil poner ese discurso en práctica?

CG: En primer lugar, para hacer eso es necesario que los cuadros de izquierda no hagan solamente una autocrítica pública, sino que impriman un desdoblamiento práctico en la autocrítica. ¿Cómo hacer ese desdoblamiento? Los cuadros necesitan estar dispuestos a recibir en sus aparatos, sindicatos, centros académicos, directorios, comisiones de fábrica, etc, nuevos miembros con áas coraje para presentarse en las bases en nombre de un partido u organización. Lo que ocurre es que la izquierda está avergonzada.

Cuando esta va a la base es en los procesos electorales internos, como una elección del sindicato. Después de eso se guardan. Vamos a ser justos, también es porque los propios militantes precisan adaptarse a un ritmo de productividad impuesto por el capital. Mire, el militante tiene que responder al patrón, y al partido/movimiento que también funciona como una empresa, que establece metas para el militante. Necesita dar un retorno del número de votos, de panfletos distribuidos, etc. Esa numerología del trabajo militante, sea el trabajo para su patrón del capital, o para el patrón del partido/movimiento vacía de contenido efectivo la práctica del militante.

La izquierda necesita ser más humilde, estar más dispuesta a recibir y dialogar con una diversidad de métodos y de formas de pensar, porque la izquierda se vició en su propia comodidad, su propio confort. Cualquier sujeto que critique sus métodos, es expulsado. No basta la autocrítica pública, es preciso recibir la critica del compañero.

Cualquiera que haga críticas a la izquierda es visto como alguien que alimenta y favorece la derecha. Cuando la izquierda pueda percibir que la crítica “por la izquierda” es algo que hace que esta avance, entonces avanzará.

*Publicado inicialmente en Carta Capital de Brasil