Argentina

El macrismo y las elecciones: ¿hacia una nueva hegemonía? (Parte I

Sergio Nicanoff
27.Oct.17 :: Argentina

“El macrismo es el que mejor encarna los elementos identitarios del neoliberalismo más recalcitrante, que tiene bases sociales importantes en la sociedad Argentina.


El macrismo y las elecciones: ¿hacia una nueva hegemonía? (Parte I)
Sergio Nicanoff octubre 25, 2017 1 comentario en El macrismo y las elecciones: ¿hacia una nueva hegemonía? (Parte I)

A riesgo de parecer autorreferenciales va una cita de un texto que escribimos a escasos días del triunfo del macrismo y antes de que Mauricio Macri asumiera como presidente. Fue publicado en este mismo sitio de Contrahegemonía:

“El macrismo es el que mejor encarna los elementos identitarios del neoliberalismo más recalcitrante, que tiene bases sociales importantes en la sociedad Argentina.

La estructura social del país con su acentuada fragmentación social, el persistente vaciamiento de la educación y la salud pública con el consiguiente desplazamiento de importantes franjas de la población –superior al 50% en CABA– hacia la educación privada y las prepagas, el crecimiento de los barrios privados y, peor aún, el sueño de muchos de vivir en esos barrios, la gran herramienta hegemónica de la inseguridad, el peso de las capas medias asociadas a fenómenos como la sojización, el quiebre de los espacios públicos y el deterioro de las formas de construcción colectivas de sentido, la precarización y heterogeneización acentuada de la clase obrera son, por mencionar algunos aspectos, sólidas bases para que crezca una opción de derecha con fuertes perfiles tecnocráticos. Los elementos simbólicos conservadores permean fuertemente a amplias capas medias y de asalariados convencidos de que su mejor posición social obedece a su supuesto esfuerzo individual mientras el Estado sostiene con planes a quienes no quieren trabajar ni esforzarse. Ése es un núcleo central del neoliberalismo a nivel mundial, la idea de que la exclusión es culpa de los excluidos…. Es sobre esas fracturas sociales y sobre ese imaginario que puede consolidarse un espacio orgánico con posibilidades de construir hegemonía.(…) el núcleo del programa venidero reside en devaluar fuertemente –la Unión Industrial pretende que existe entre un 30% a 40% de atraso cambiario–, competir en exportaciones vía salario más bajo y subir las tarifas de los servicios públicos; reiniciar un ciclo de endeudamiento negociando con los Fondos Buitres y generando las condiciones para un salto en la llegada de inversiones de capital extranjero; mantener en caja el conflicto social con la dureza necesaria aunque sin suicidarse –lo que implica continuar con ciertos aspectos redistribucionistas del neodesarrollismo–; y reformular la política internacional alejándose del eje de Venezuela-Bolivia-Cuba, a partir de un acercamiento hacia Estados Unidos.

En el fondo, para el bloque dominante, en todas sus fracciones, ha llegado el momento de cerrar definitivamente el 2001 y las concesiones que se debieron hacer en el marco de las relaciones de fuerza generadas por ese ciclo de luchas.”

La extensa cita no tiene la finalidad de regodearse en los supuestos aciertos de diagnóstico sino en ver cuántas de estas caracterizaciones conservan vigencia y sobre todo si tras el triunfo electoral de medio término es posible pensar en un ciclo hegemónico. No a efectos de mero análisis intelectual sino para aportar herramientas para la confrontación y la resistencia a la imposición de este proyecto.

Las posibilidades hegemónicas de Cambiemos

El triunfo del macrismo ha sido abrumador. Superó el 42% a nivel nacional, conquistó los 5 distritos más importantes –Buenos Aires, Capital, Córdoba, Mendoza y Santa Fe- y sólo le faltó Tucumán para completar el podio de las que más suman a nivel electoral. Extendió su peso en el norte, donde sólo controlaban Jujuy, ganando en Salta y La Rioja después de haber perdido en las PASO. Agregó Chaco como otro triunfo no esperado y se consolidó como única fuerza que abarca la totalidad del territorio. Sumó 9 nuevas bancas en el Senado y 20 más en diputados. Aún así todavía no logra quórum propio en ambas cámaras, pero con fuerzas afines y una oposición “amigable” le será mucho más fácil lograr la aprobación del nuevo paquete de leyes que va por reformas estructurales. La apuesta a la polarización con el K le resultó totalmente provechosa.

Tras un claro triunfo electoral a nivel nacional de Cambiemos en las PASO –magnificado mediáticamente y con trampas como la presentación del escrutinio de la Provincia de Buenos Aires pero triunfo claro al fin– diversos analistas comenzaron a discutir sobre la posibilidad de que el macrismo se transforme en una fuerza hegemónica. Por supuesto la nueva victoria amarilla de Octubre, aún más fuerte, potenciará esa discusión. Analistas afines en cierto momento al kirchnerismo, como José Natanson, esbozaron, ya con el resultado de las PASO, la tesis de que Cambiemos expresaba una derecha moderna, renovada y capaz de incorporarse a una lógica de alternancia democrática en el gobierno. Estamos seguros de que se trata de una derecha que ha renovado efectivamente su arsenal comunicacional y sus formas de construcción de hegemonía. En cambio, sobre el supuesto carácter democrático de esta derecha tal fantasía asoma sólo en sectores del progresismo que muestran cada vez más sus enfoques liberales para leer la realidad. Esas lecturas buscan una república y un peso de sus instituciones políticas para la construcción de gobernabilidad que existe sólo en los diseños de politólogos y sociólogos de distinto tipo. Es una mirada que han mantenido como mínimo desde el período alfonsinista y se basa en su sueño de dejar atrás la Argentina autoritaria que, por supuesto, se asemeja a la Argentina del primer peronismo. Esos discursos se reactualizan periódicamente pero detrás de ellos hay siempre las mismas matrices de pensamiento. En el mejor de los casos hacen gala de la utilización de categorías gramscianas despojándolas del sentido revolucionario con las que Gramsci las forjó en las cárceles fascistas.

Nos parece mucho más interesante para las fuerzas populares el debate sobre si el macrismo puede o no constituirse en una fuerza hegemónica. Algunos planteos ya sostienen que si el retorno de la democracia parlamentaria estuvo signado por ciclos muy marcados –el alfonsinismo, el menemismo y el kirchnerismo- estamos asistiendo al inicio de un cuarto ciclo de larga duración. Sin duda, el neoliberalismo en Argentina no se ha instaurado de manera lineal sino en sucesivas oleadas que han reconfigurado económica, socialmente y culturalmente a la Argentina. Del terrorismo de Estado de la última dictadura, pasando por las hiperinflaciones de Alfonsín y Menem, la convertibilidad y las privatizaciones menemistas, se construyeron mecanismos de disciplinamiento y control social –el terror, la megainflación que liquida el salario y el desempleo- que reformatearon la estructura social pero también la cabeza de amplias franjas de la sociedad argentina. El ciclo de luchas que se condensó en el 2001 rompió con esos mecanismos en forma parcial pero al no poder esbozar las fuerzas sociales que protagonizaron ese ciclo una salida anti sistémica, se reconstruyó la gobernabilidad de una manera compleja. El ciclo kirchnerista fue una articulación de continuidades y de cambios que expresaron de una manera deformada las relaciones de fuerza generadas tras el 2001. Sin embargo, los mecanismos de continuidad existentes en su seno y aspectos que se profundizaron, como el extractivismo y una apelación al consumo despolitizado de las clases populares, por mencionar sólo algunas, contribuyeron a generar las condiciones para el fortalecimiento del macrismo y su futura victoria. De hecho tanto, el kirchnerismo como el macrismo son retoños – en sentidos diferentes- de la crisis de legitimidad que se condensó en el 2001.

La actual fuerza gobernante cuenta con un inédito apoyo mediático, nunca visto en este grado desde el retorno de la democracia; con una enorme mayoría de las fracciones del poder económico alineadas; con el apoyo clave para la gobernabilidad de grupos opo-oficialistas como los de Massa y Bossio; el aval de gran parte de los gobernadores peronistas y el acompañamiento de la mayoría de la burocracia sindical

Ciertos análisis del voto conforman un mapa que expresa la combinación de cambios socioeconómicos correlacionados con cambios en la subjetividad. Por ejemplo:

A) El voto al macrismo se expresa con fuerza en los grandes centros urbanos donde predominan los núcleos principales de sus votos provenientes de las clases altas y medias.
B) Una foto más precisa agrega varias pequeñas ciudades ubicadas en lo que algunos denominan la república sojera. Una demostración de eso es el voto del interior de la Provincia de Buenos Aires, pero esto obviamente se extiende hacia Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y parte de La Pampa. En esos lugares, el efecto “derrame” de la soja con amplias capas de comerciantes vinculadas al agronegocio y la transformación de miles de chacareros pequeños propietarios que le arriendan sus tierras a los pooles de siembra y pasan a ser rentistas, se expresa en una subjetividad acorde ultrareaccionaria. Incluso en la mayoría de los pueblos de la Provincia de Buenos Aires que se encuentran totalmente inundados por los efectos del monocultivo sojero y el cambio climático, Cambiemos ganó cómodamente.
C) Pero esa foto sería insuficiente si no se agrega otro dato: la penetración del discurso de Cambiemos en franjas de las clases populares y asalariadas. Para expresarlo de manera simplista, el voto de Cambiemos tiene un sustrato clasista que hace que saque más del 67% de los votos en Recoleta y el 40% en Lugano; aún así hay que poder explicar ese voto del 40%. También es necesario analizar ciertas franjas del conurbano profundo que se inclinaron por Cambiemos. En prácticamente todos los distritos del Conurbano, aún en los que triunfo el kirchnerismo, el macrismo obtuvo más votos que en las PASO y se acercó a Unidad Ciudadana con excepciones como La Matanza, Malvinas Argentinas o José C. Paz.

Ciertos enfoques, que sólo se pueden confirmar o descartar con estudios más profundos, hablan de que en las encuestas aparecen franjas de asalariados que cuentan con trabajo en blanco, cierta cobertura social y menores niveles de precarización que tienden a aceptar más fácilmente los discursos meritocráticos que forman parte del sentido común que construye el neoliberalismo. Esas franjas se alejan de una mirada basada en los intereses de su propia clase o incluso plebeya para ver en la masa del precariado –que son en muchos casos sus vecinos- una amenaza a su situación relativamente mejor. Esos sentidos simbólicos que reconstruyen permanentemente una otredad, que por supuesto se empalma y relaciona con los sentidos sociales que construye el aparato mediático, exacerba un imaginario apto para el crecimiento de miradas microfascistas. No todos los votantes de Cambiemos tienen esa subjetividad, pero se extiende en su seno muy rápidamente. Desde ya, esos imaginarios no sólo están presentes en los votantes de Cambiemos sino que también los podemos encontrar en el voto de otras fuerzas “opositoras” con facilidad.

Este abordaje no significa que vemos como segura la construcción de una hegemonía de largo plazo de Cambiemos. Se trata de tendencias que fortalecen esa probabilidad, pero también existen contratendencias que se erigen en obstáculos de magnitud para que esa posibilidad se consolide.

Los límites a la hegemonía de la derecha orgánica

En primer lugar, la construcción de hegemonía se da cuando una clase dominante se vuelve dirigente es decir, supera su mirada corporativa reducida a su exclusivo interés o beneficio, para incorporar la capacidad de otorgar concesiones materiales a las clases sobre las que ejerce la hegemonía. Debe ser capaz de ceder, hasta cierto punto, parte de sus beneficios inmediatos para otorgar determinadas demandas de las clases subalternas, por supuesto sólo en la medida que esas concesiones fortalezcan su dominación y no la pongan en peligro. Como lo señalaba el propio Gramsci “…es indudable que tales sacrificios y tal compromiso no pueden afectar lo esencial, porque si la hegemonía es ético-política, no puede dejar de ser también económica…”.

No aparece eso en el horizonte cercano de la estrategia de Cambiemos. Lo que podríamos llamar elementos “positivos” de la hegemonía no se esbozan, por el contrario, se trata fundamentalmente de elementos “negativos” que remiten a la pesada herencia y la corrupción del kirchnerismo que hundió al país. Esos aspectos que le permiten apostar a la polarización y ganar electoralmente, no implican por sí mismas un proyecto hegemónico perdurable. Esa polaridad no se puede mantener ad eternum como dispositivo discursivo central; además, hay que distinguir posibilidad de mantenerse en el gobierno con construcción de hegemonía.

Una legitimidad mayor necesitaría de un ciclo económico que permita una reactivación importante de determinadas variables y sea capaz de garantizar al menos un verano ficticio de consumo para franjas sociales más amplias mientras otras son demolidas por las políticas neoliberales.

Ahí reside un segundo límite marcado para una gobernabilidad consolidada a largo plazo de la derecha orgánica. El escenario internacional tras la crisis mundial del 2008, cuyos efectos distan de haberse disipado, implican coordenadas adversas donde los precios de las materias primas y alimentos han iniciado desde hace tiempo un ciclo de baja que no parece despejarse en el corto plazo; la economía brasileña, principal mercado de exportación de la Argentina, está lejos de recuperarse económicamente en un horizonte cercano y su crisis política tiende a agudizarse; el motor absorbente de gran parte de las exportaciones de los países periféricos, China, ha ralentizado su crecimiento e intenta poner un énfasis mayor en la producción propia para el mercado interno, lo que implica un nivel menor –relativo- de compra de materías primas y alimentos. Mientras China se transforma en un adalid internacional del libre comercio y la apertura del Estados Unidos de Trump le da la espalda a proyectos librecambistas como el TPP intentando reconfigurar el neoliberalismo de maneras más ventajosas para EEUU dejando en offside a quienes, como el macrismo, sobreactuaban su voluntad de subordinación plena al imperio impulsando una reactualización del ALCA; la Reserva Federal del país del norte anuncia paulatinos aumentos de la tasa de interés generando condiciones más adversas para los préstamos internacionales y menor flujo de dinero hacia la periferia. En torno a ello, un informe de la CEPAL nos cuenta que el flujo de inversiones de capital extranjero a la Argentina era más alto en el 2015 que en la actualidad. En esencia, las condiciones internacionales para el despliegue de los proyectos neoliberales en la región son más difíciles que las de otras décadas, y las inversiones se postergan. Para sostener el flujo de divisas el gobierno debe acudir esencialmente al blanqueo de capitales -ya terminado-, a la actualización de la bicicleta financiera vía Lebacs y a un brutal endeudamiento externo.

Allí está el tercer límite del proyecto. Los efectos que provocan las políticas de ajuste, como los aumentos de tarifas de servicios y transporte público, y las que van a provocar las reformas estructurales post elecciones de Octubre no son compensados por otros que atenúen eficazmente sus consecuencias. Los más de 100 mil millones de dólares de deuda en menos de dos años, los tarifazos, la apertura de importaciones y la persistente caída del consumo abren la hipótesis de una nueva crisis económica social aguda donde la pregunta no es si se genera, sino cuánto tiempo tienen la capacidad de diferirla. Aún si esta crisis se difiere o atenúa de cara al futuro más allá del 2019, no parece fácil ampliar la legitimidad de manera estable en esas condiciones. Más bien pareciera que se trata de garantizar el apoyo de algo más de un tercio de la población -aunque ahora superaron el 40% nacional- a la vez que se fragmenta a la oposición, se negocia con la burocracia sindical -y territorial- y con los gobernadores peronistas para evitar una escalada incontrolable del conflicto, reprimiendo cada vez más agudamente a quienes no entren en el esquema de poder. Insistimos, eso no es igual a hegemonía.

En ese sentido un cuarto límite no resuelto es que la imposición de políticas fuertemente regresivas requiere necesariamente, como en los 90’, de una derrota fuerte de las luchas populares. Eso todavía no ha sucedido. Es cierto que la fragmentación, la complicidad de actores claves con incidencia en los trabajadores y el resto de las clases populares, el increíble apoyo mediático y un sector social dispuesto a admitir aberraciones varias “para que no vuelvan los K” les ha permitido avanzar. Aún así, la reacción social ha sido importante y le ha puesto límites claros a muchas de esas políticas; ya sea con capacidad de hacerlas retroceder como en el caso del 2×1, o tornando un hecho aberrante que se quiere ocultar un tema central en la agenda política, como ha sucedido con la desaparición forzada y aparición posterior del cuerpo de Santiago Maldonado. Para construir condiciones de legitimidad, necesitan golpear mucho más fuerte las resistencias y consolidar un escenario de reflujo popular perdurable.

Este diagnóstico no quiere decir que esto no pueda modificarse. Muy por el contrario, las relaciones de fuerza sociales nunca se congelan sino que se alteran por la dinámica de la propia lucha de clases. A nuestro entender, una de las cuestiones centrales que se dirimen en el próximo año y medio es si en base a una relación de fuerzas pos elecciones más favorables, el gobierno no puede lograr victorias significativas sobre algunos conflictos sociales de magnitud que necesariamente se van a presentar. De lograr esto, un estado de apatía y reflujo de gran parte de las clases populares sí pueden modificar aún más negativamente el escenario y podríamos a partir de allí estar frente a un ciclo de larga duración. En ese sentido, es necesario reflexionar sobre qué prácticas y concepciones deben priorizar las corrientes que se pretenden revolucionarias para tornar más favorable esas relaciones de fuerza. Pero antes debemos pensar qué nos muestran las elecciones respecto al kirchnerismo, las distintas variables neoperonistas y la propia izquierda.

Del K a la izquierda, qué muestran las elecciones

El K, más o menos orgánico, ha obtenido alrededor de un 18% en las PASO y la polaridad lo acerca al 22% en Octubre. Muchos analistas insisten en reducirlo a la Provincia de Buenos Aires y una franja minoritaria de la Capital Federal, pero eso no es cierto. Agustín Rossi logró imponerse en las elecciones internas del PJ de Santa Fe, ganó por muy poco las PASO y obtuvo una elección digna en Octubre –es cierto, a enorme distancia de Cambiemos, que se recuperó notablemente de su traspié inicial. En distritos como Salta o Chubut con listas enfrentadas a los gobernadores peronistas obtuvieron resultados interesantes, que los ubica terceros en elecciones reñidas, así como lograron imponerse en Tierra del Fuego y, junto al resto del peronismo, obtener una victoria considerable en Río Negro. Por supuesto que la importancia de la Provincia de Buenos Aires y de la figura de Cristina Kirchner se tornan excluyentes a la hora de pensar en el futuro de ese espacio. En ese sentido, el resultado electoral deja un regusto amargo en sus referentes y base social. Si es cierto que obtuvieron más votos que en las PASO -pocos- y que algo más de un 37% es un resultado significativo, no deja de ser una derrota.

Respecto a los cambios socioeconómicos que marcamos más arriba vale recordar que ésta es la cuarta derrota de magnitud –en 2009 contra De Narváez, en 2013 frente a Massa, en 2015 frente a Vidal, al igual que la actual, dada la inexistencia de Esteban Bullrich en la campaña- que sufre el kirchnerismo en la provincia más decisiva de todas. Es indudable que -como lo ha recordado el propio presidente del PJ, Gioja, no precisamente un K duro- Cristina es la candidata peronista más votada en el país y lo ha logrado a despecho de la campaña, casi en cadena nacional, de demolición de su figura. Eso se debe en gran medida a que es visualizada por franjas importantes de las clases populares como el único freno posible al ajuste macrista. De todas maneras, necesitaba de un triunfo en la Provincia de Buenos Aires para su objetivo esencial, que es negociar desde un lugar de fuerza con los gobernadores peronistas una candidatura que unifique a la mayoría del peronismo para el 2019. Debemos tener en cuenta que dado que ha sido una elección legislativa –aunque fuertemente nacionalizada- eso les ha permitido a los gobernadores centrarse en sus distritos y no pronunciarse respecto a lo que sucede en la Provincia de Buenos Aires. El PJ más o menos puro –aunque candidaturas como la de Menem en La Rioja fueron acompañadas por el kirchnerismo sin ningún problema- alcanzó alrededor de un 15% a nivel nacional, descendiendo claramente respecto a las elecciones en las PASO. Eso a pesar de que los peronistas ortodoxos Rodríguez Saá en San Luis y Carlos Verna en La Pampa lograron dar vuelta su derrota en las PASO.

La discusión es si ese espacio peronista ortodoxo y el K son sintetizables en esta coyuntura y sobre todo bajo qué liderazgos. Los que se proponían como alternativa a Cristina han salido fuertemente golpeados, como les sucedió a Randazzo y a Massa en la Provincia de Buenos Aires. En el interior, anti K acérrimos como Schiaretti en Córdoba o Urtubey en Salta –un clon de Macri- han sido fuertemente derrotados por Cambiemos, lo que les pone un techo firme; porque sí algo demuestran estas elecciones es que sólo espacios con perfil claramente opositor podrán enfrentarse a Cambiemos. En definitiva la lucha por el liderazgo dentro del peronismo sigue abierta. Cristina conserva una carta a su favor, pese a perder en Octubre. Una aguda crisis económica puede perforar el techo que tiene y terminar por atraer una franja de votantes que hoy se muestran distantes. Pero esa posibilidad no existe en el escenario de corto plazo. Quienes creen que un escenario probable es que Cristina se aleje definitivamente del PJ y lidere una fuerza con claro perfil de centroizquierda, a nuestro entender omiten que la ex presidenta siempre construyó poder desde el peronismo -al igual que Néstor- y caen en la misma ingenuidad que quienes negaban a rajatabla que el candidato del 2015 de Cristina fuera a ser Scioli. El problema es que necesita condiciones más favorables para instalar su propia candidatura o, al menos, ser una de las que elijan a ese candidato. De persistir la importancia electoral de la figura de Cristina, que a pesar de la derrota es por lejos la candidata peronista más votada –y nada indica que eso deje de ser así a mediano plazo- sólo una estrategia electoral suicida de los gobernadores insistiendo en dejarla fuera de todo, podría cristalizar su salida. De todas maneras, no queda duda de que Pichetto en el Senado va a quebrar el bloque peronista con apoyo de gran parte de los gobernadores, a la vez que en Diputados es muy probable algo parecido con la convergencia de los diputados de Massa, el bloque peronista de Bossio más lo que aporte la entente randazzista y algunos gobernadores. Esto mejorará la posibilidad de Cambiemos de sacar leyes y aislar al kirchnerismo. La pregunta es si gobernadores peronistas victoriosos como Uñac en San Juan o Manzur en Tucumán, como los victoriosos Rodríguez Saá o Verna, se van a plegar a esa estrategia. La necesidad de recursos del Estado nacional los inclina para ese lado, pero hay que recordar que la marginación del kirchnerismo puede tornar imposible el triunfo del PJ en el 2019 –algo sobre lo que Urtubey puede dar fe y a los gobernadores peronistas no les pasa desapercibidos.

Otra discusión es caracterizar el papel del FIT en las elecciones. A nivel nacional la alianza de partidos trotskistas obtuvo más del 5, 50% de los votos. El resultado tiene varios elementos positivos: superó las PASO en casi la totalidad de las provincias, recogió cerca de 400 mil votos más en Octubre, metió dos diputados por Provincia de Buenos Aires – Nicolás del Caño y Romina del Plá- además de dos legisladores en CABA –Myriam Bregman y Gabriel Solano- mientras que la candidatura de Marcelo Ramal no obtuvo una diputación nacional por muy escaso margen; sigue manteniendo un carácter de fuerza política de alcance nacional y alcanzó en algunos distritos, como en Jujuy, muy buenos resultados, cercanos al 20%, decididamente por sobre la media de su elección nacional, a los que se suman las buenas elecciones de Santa Cruz –muy cerca del 10%- y Mendoza –más del 11%-. Sin embargo, no logra renovar los tres legisladores nacionales que terminan su mandato, a la vez que cabe la pregunta de si éste no es el techo a nivel nacional que puede recoger la fuerza.

Sin duda, una razón para ese hipotético techo es que el kirchnerismo canaliza gran parte del rechazo más fuerte al macrismo, aunque también expresa los límites de la propia alianza. Totalmente contrarios a abrir el espacio a gran parte de otras fuerzas de izquierda, a nuestro entender, las principales limitantes para el crecimiento del FIT pasan, por un lado, por concebirse exclusivamente como alianza electoral de tres partidos, a la vez que en muchos ámbitos de la vida política, sus actores –sobre todo el PTS y el PO- mantienen una virulenta y descalificadora competencia entre sí. En gran medida eso se debe a la matriz sectaria, autoproclamadora, de concebirse cada uno como partido-vanguardia, lo que los lleva a priorizar la lucha contra fuerzas afines que les disputen el mismo espacio. Otro aspecto determinante es que las experiencias de izquierda que pretenden expresar identidades sociales -o contribuir a crearlas- no pueden reducir su acuerdo al plano electoral o a las convergencias partidarias. El mejor Frente Amplio en Uruguay, aquel que fue parido en los 70’, contribuyó con la creación de sus Comités de Base a la participación masiva de trabajadores, intelectuales, vecinos que no eran parte de ninguna estructura partidaria, pero sí se sentían protagonistas de una cultura de izquierda anticapitalista y plebeya. Eso ya hace tiempo que es parte del pasado en la vecina orilla, pero podría perfectamente ser tomado aquí, porque el espacio anticapitalista -aún siendo minoritario en términos sociales- es mucho más amplio que las estructuras orgánicas de los diversos partidos, como puede observarse en más de una convocatoria del Encuentro Memoria, Verdad y Justicia. Eso significaría romper con las lógicas autoreferenciales de las principales vertientes trotskistas, algo que parece muy difícil que ocurra.

A su vez, espacios como el encabezado por Luis Zamora en la Capital mantiene un piso de votos constante –algo más del 4%- que se repite elección tras elección y le permitió conseguir un nuevo legislador en la ciudad; pero no parece trascender el respeto que genera en ciertos espacios la figura de su referente ni ir más allá de la General Paz. Un acuerdo con el FIT, por tanto, podría garantizarle a la izquierda un nivel fuerte de disputa electoral.

Si abordamos las corrientes de lo que en algún momento se denominó Izquierda independiente u hoy Izquierda Popular, lo primero que salta a la vista es la seria dificultad para hablar de un espacio común que mantenga un campo de miradas, perspectivas, referencias afines que tornen posible hablar de un espacio. Sectores que podríamos definir como cercanos a ese espectro acompañaron la experiencia del FIT desde el reagrupamiento Poder Popular. Con la figura de la fundadora de Correpi, María del Carmen Verdú como figura más visible, mantuvieron una coherencia programática y política que les permitió ser parte de la buena elección del FIT desde un espacio propio. La gran pregunta, por los elementos que mencionamos más arriba, es si es posible constituir una cuarta pata del FIT o a la hora de las grandes decisiones no van a ser convidados de piedra.

Por otro lado, casi antagónico, una de las fuerzas provenientes de este espectro, Patria Grande -la que más ha crecido en militancia en los últimos años-, mostró claramente la deriva de su estrategia que de acercamiento satelital al kirchnerismo, amenaza con transformarse en una fuerza que actúe como corriente interna dentro del rearmado donde confluyen el PJ y el K. Esto fue lo sucedido en CABA, donde especularon con que la candidatura de Itaí Hagman pudiera entrar en la lista final para Octubre compitiendo dentro de Unidad Porteña. Esas expectativas fallaron, pero nada indica que esa estrategia se vaya a modificar, sino todo lo contrario, como se pudo ver en el acuerdo de La Mella con La Cámpora en la mayoría de las elecciones estudiantiles de la UBA realizadas en Septiembre así como en el publicitado apoyo a Filmus en Octubre. Parece –al menos en CABA- haberse instalado definitivamente como una fuerza orgánica del kirchnerismo. Esa deriva generó críticas internas y en la Provincia de Buenos Aires, el armado propio de un espacio de Patria Grande junto al Movimiento Popular la Dignidad, otra fuerza de este espacio que ha crecido en construcciones territoriales y referencia en los últimos tiempos. A pesar de la discusión con los sectores dominantes en Capital este espacio decidió no llevar candidatos en la categoría de Senador en la Provincia de Buenos Aires en las PASO, en un claro guiño a que sus votantes cortaran boleta por Cristina. Salvo en algunas ciudades -La Plata, Lujan, Tandil a modo de ejemplo- esa estrategia no les permitió superar las PASO ni obtener buenos resultados en Octubre.

Los acercamientos directos o laterales al kirchnerismo ofrecen una interesante discusión para los destinos de un espacio que parece sufrir de una suerte de tupacamarización por parte del K en primer lugar y, en menor medida, por parte del FIT. En lo que respecta a la convergencia alrededor de la figura de Cristina, sin duda el argumento principal es la unidad para rechazar el ajuste del macrismo y el convencimiento de que alrededor de ella se articula el principal espacio visualizado por franjas sociales amplias con capacidad de hacer pagar costos políticos al macrismo. El argumento no deja de tener cierta cuota de verosimilitud. Sin embargo olvida cuestiones fundamentales: que el ascenso del macrismo fue posible, al menos en parte, en base a ciertos aspectos de continuidad estructural del neoliberalismo contenidos en el propio ciclo K así como de sus tácticas de convivencia con la derecha, para lo que basta con revisitar gran parte de las votaciones del FPV en la Legislatura de la Ciudad durante los sucesivos mandatos del PRO; que la estrategia principal de Cristina pasa por un acuerdo con el PJ para 2019 y lo que se discute es en qué condiciones. Que se erija en una fuerza centroizquierdista por fuera del PJ es, sino imposible, muy difícil -como exponíamos más arriba-; aún en el caso de que se presente como fuerza de centroizquierda despegada del PJ, el perfil hegemónico de esa fuerza se basa en la supuesta construcción de un capitalismo social, es decir neokeynesiano. La política es esencialmente concebida como construcción desde el Estado dirigido por una capa de jóvenes administradores progres que se van a encargar de garantizar redistribución. Es decir, se trata de un horizonte de renuncia a cualquier intento de ir más allá del sistema vigente. El problema es que a nuestro entender en la actual fase del capitalismo no hay ninguna posibilidad de retornar al Estado de Bienestar capitalista sencillamente porque los cambios estructurales del sistema lo tornan imposible. El propio periplo en nuestra región de los gobiernos progresistas y la experiencia de Syriza en Grecia debería decirnos que no hay espacio para medias tintas. En lugar de volcar fuerzas militantes, subjetividades y militancia a modificar la relación de fuerzas en el seno de la sociedad civil con prácticas que tengan como horizonte el socialismo, esas derivas nos conducen a absolutizar la lucha institucional y electoral. Al mismo tiempo lleva irremediablemente a la subordinación estructural de militancia popular a corrientes que son parte fundamental de la gobernabilidad sistémica de este país, como sin duda lo es el PJ. Una cosa es la unidad de acción en las luchas con todos/as los que quieran enfrentar este proyecto gubernamental y otra muy diferente es la integración, cooptación y mimetización con fuerzas antagónicas en lo estratégico.

El espacio participó en experiencias de otro tipo en CABA y en Santa Fe. En la provincia del litoral, Ciudad Futura construyó una lista de diputados que recogió una buena elección del 3% en las PASO. De esa manera proyecta a nivel regional la referencia que ya había construido en la ciudad de Rosario basada en los trabajos de Giros y el Movimiento 26 de Junio. En Octubre arañaron el 4% dejando relegados a espacios como el que referencia al periodista Carlos Del Frade y al propio FIT. Aún así, la atomización de las referencias que podrían constituir un polo de izquierda de importancia parece ser un mal agravado en Santa Fe. En Capital Federal, el MP la Dignidad fue a las PASO con una lista que disputaba una interna con Claudio Lozano y viejos referentes del socialismo como Polino. Pueblo en Marcha, dirigido por el Frente Popular Darío Santillán, marchó junto a los restos del Proyecto Sur de Pino Solanas. Ninguna de las experiencias pasó las PASO. Desde el punto de vista meramente electoral y teñido de pragmatismo está claro que una centroizquierda no K no tiene ningún espacio posible, lo que se puede ver en los malísimos resultados del otrora fuerte Degenarismo o el propio Solanas. Desde el punto de vista estratégico, lo que es más grave, ir separados a las elecciones, sin intentar generar al menos un polo propio y subordinados de hecho a esos sectores en franca descomposición, a muchos de los que miramos con simpatía esos espacios nos resulta sencillamente incomprensible.

Si la mirada sobre el proceso electoral es imprescindible, sus resultados no son para nada suficientes para dibujar el escenario venidero ni mucho menos para discutir qué tareas estratégicas debe encarar la izquierda revolucionaria. Ése es el motivo de la segunda parte de este trabajo.

(Continuará)