Abriéndonos la cabeza

La farsa neodesarrollista y las alternativas populares en América Latina y el Caribe

Mariano Feliz y Maria Orlanda Pinassi

La historia reciente del giro conservador en la región pone en cuestión las dificultades de los movimientos populares para irrumpir y subvertir las estructuras sociales del capital en sus diferentes formas.


La farsa neodesarrollista y las alternativas populares en América Latina y el Caribe

El capitalismo fue incapaz de introducir en América Latina el ciclo de sus revoluciones típicas. Para garantizar su desarrollo, el capital tuvo que recurrir a menudo a dictaduras crudas. Siempre ha oscilado entre el conservadurismo, la revolución política (por la cúpula) y las reformas de superficie, de alcance social restringido, culminando en la contrarrevolución preventiva como último recurso de autodefensa.

(Florestan Fernandes, 1973: 71)1

Nuestra experiencia nos ha enseñado que, sobre todas las cosas, debemos ser pacientes, perseverantes y decididos. A veces pasan meses sin que nada aparentemente suceda. Pero si se trabaja con ejercicio de estas tres cualidades, la tarea siempre ha de fructificar; en una semana, en un mes o en un año. Nada debe desalentarnos. Nada debe dividirnos. Nada debe desesperarnos.

Agustín Tosco2

En este último período, América Latina y el Caribe atravesaron dos décadas de proyectos de orientación general neodesarrollista. Por procesos diferentes, nuevos gobiernos asumieron la tarea de intentar enfrentar las limitaciones del proyecto hegemónico del neoliberalismo en crisis en la región.

En algunos casos, procesos populares de masividad proyectaron en el Estado propuestas de transformación más o menos radical de las sociedades. El caso de la Revolución Bolivariana en Venezuela, desde 1999; el Proceso de Cambio en Bolivia, a partir de 2005; o aun la Revolución Ciudadana en Ecuador, desde 2007, se presentaron como programas de irrupción del pueblo trabajador que posibilitaron modificaciones reales en los regímenes políticos constitucionales. Esas transformaciones aparecieron como alternativas al programa neoliberal, pero, como procesos abiertos –de intensidades y ritmos diferentes–, enfrentaron y enfrentan las presiones desarrollistas del capitalismo globalizado. Reformas que apuntan a construir un Estado plurinacional en Bolivia, que incluyen a la Naturaleza como sujeto de derecho en Ecuador o los primeros pasos en la construcción del Estado Comunal en Venezuela son avances notables en el camino del cambio social en la región.

En otros procesos, las fuerzas políticas en el Estado enfrentaron el programa neoliberal con políticas de alivio social, pero no tuvieron ninguna disposición de encontrar vías para proyectar las demandas más radicales de sus pueblos. Los de Argentina y Brasil son –entre otros– ejemplos de procesos de esta naturaleza. En Argentina, el movimiento social más disruptivo (el liderado por los movimientos piqueteros a comienzos de los 2000) pudo ser neutralizado por la potencia política de la estructura del Partido Justicialista (PJ) como expresión actual del peronismo (en su nueva forma, como kirchnerismo). En Brasil, por su parte, el Partido de los Trabajadores (PT) concluyó con su integración sistémica (iniciada años antes), ganando las elecciones en 2003, pero sin la disposición de impulsar transformaciones sociales más profundas. En otros territorios, movimientos populares fragmentados y debilitados fueron incapaces de siquiera impulsar cambios en las fuerzas políticas gobernantes, aun si en algunos casos pudieron propiciar algunas reformas parciales de corte redistributivo. El caso de Chile o el de Colombia han sido ilustrativos al respecto. En Centroamérica y el Caribe, por su parte, se evidencia la indivisible relación que el proyecto neodesarrollista tiene con la barbarie de las intervenciones institucionales, militares y civiles, contra los pueblos afectados por flagelos sociales y ambientales. La violencia de la MINUSTAH (Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización en Haití) en Haití3 y los crímenes de las bandas rivales en El Salvador o los del narcotráfico en México, ejercen un enorme control sobre las poblaciones en la pobreza. En muchos casos, miles de personas huyen de la miseria social en sus países en la búsqueda de trabajos cada vez más precarios en los países vecinos. En mayor o menor medida, el conjunto de la región se vio atrapada en procesos de similares características.

Todos estos procesos políticos se vieron condicionados por la coyuntura del capitalismo internacionalizado, con su renovada impronta extractivista, y la tendencial transición hegemónica desde Occidente a Oriente (es decir, simplificando las cosas, de EE.UU. a China). El capitalismo a escala global atravesó el punto alto de un proceso de valorización especulativa exacerbada (expresión final de la crisis del ajuste neoliberal global) y el inicio de la crisis tardía neoliberal en el centro en el segundo quinquenio de la década de 2000. La primera fase creó un marco propicio para la avanzada regional de los rasgos más destructivos del neoextractivismo; también, promovió la reproducción ampliada de aquellos rasgos más regresivos de las facetas neodesarrollistas de las distintas estrategias de desarrollo. El alza en los precios internacionales de las materias primas favoreció, en nuestra región, la construcción de hegemonías políticas basadas en la redistribución marginal de los ingresos antes que transformaciones más profundas en las formas de producción y reproducción social. Las experiencias más radicales (con el caso de la República Bolivariana de Venezuela como punto más alto) fueron –como señalamos– la excepción más que la regla. La crisis en el centro, desde 2008, comenzó a desbaratar las condiciones generales expansivas y contribuyó a crear un marco general menos propicio para cambios siquiera leves, favoreciendo a la vez el avance de fuerzas reaccionarias.

Las dificultades de los movimientos sociales para imponer su agenda de cambio radical se tornaron más evidentes a partir de ese momento. Con marcados obstáculos para articular las demandas en un proyecto colectivo de masas, los movimientos populares fuimos contenidos e incorporados parcialmente en la estrategia dominante. Esa estrategia no pudo, en general, romper con la impronta histórica del desarrollismo en sus diversas versiones. Las “urgencias” de la construcción hegemónica y las contradicciones de la geopolítica y la política “de Estado” operaron para frenar o bloquear las sendas más ofensivas de los procesos sociopolíticos más avanzados en marcha. En casos como los de Bolivia, Ecuador o Venezuela, las dificultades fueron evidentemente grandes. En los dos primeros, la reforma constitucional fue el pináculo del cambio, que luego prácticamente se detuvo. En Venezuela, el momentum del cambio radical fue profundo hasta al menos la muerte de Hugo Chávez, en 2013, a partir de lo cual las dificultades políticas se multiplicaron. Si bien es evidente que el giro conservador y rapaz del imperialismo actuó como un condicionante creciente (en especial, como es evidente en estos días en Venezuela), las complejidades de la construcción de poder popular y las dificultades estratégicas sumaron elementos.

Mucho más débil fue el cambio en aquellos países donde la ‘toma del poder’ por parte del pueblo nunca se planteó como proyecto. Mucho más fácil fue allí que las fracciones de las derechas tradicionales y los sectores capitalistas más concentrados pudieran presentarse como alternativas políticas en el nuevo contexto. En países como Argentina o Brasil, las fuerzas políticas que arribaron al gobierno a comienzos de los 2000 se propusieron de entrada la construcción de formas de “crecimiento con inclusión” o “capitalismo en serio”, sin intención de superar el régimen social de explotación. En general, esas fuerzas políticas (también en Uruguay con el Frente Amplio) llegaron al gobierno con el fin de recomponer las condiciones para la acumulación de capital en la periferia. Partieron de la hipótesis de que ello sería compatible, a mediano plazo, con formas de redistribución parcial de ingresos y construcción de ciudadanía, aunque no necesariamente con el fortalecimiento del poder popular.

La historia reciente del giro conservador en la región pone en cuestión las dificultades de los movimientos populares para irrumpir y subvertir las estructuras sociales del capital en sus diferentes formas. Esto parece ser evidente cuando las consecuencias políticas de las luchas populares no logran consolidar procesos que simultáneamente fortalezcan la construcción del poder popular y radicalicen la crítica social.

Este giro “a la derecha” ha sido encarado activamente por gobiernos llamados progresistas (como el de Brasil con Lula y Dilma, o en el Uruguay de ‘Pepe” Mujica y Tabaré Vázquez), pero también por gobiernos de impronta más radical (como el de Evo en Bolivia). Por supuesto, este cambio se ha acelerado en aquellos países donde las derechas tradicionales o las nuevas derechas han logrado desplazar a esas fuerzas autoproclamadas progresistas; en Brasil, por la vía de un golpe de Estado; o en Argentina, por la vía de las elecciones. Si, como señalamos, la faceta redistributiva y popular/populista del neodesarrollo tuvo enormes limitaciones, el giro conservador en él (y más allá de él) expresa la propia naturaleza de las demandas sistémicas. ¿Es el ajuste tendencial, la “sintonía fina” como la denominó en 2011 la presidenta argentina Cristina Fernández, un tiempo necesario en el camino del neodesarrollo? La superación neodesarrollista hacia la derecha apareció a la vez como camino inevitable de una estrategia reformista y, a la vez, como expresión de los límites para la estrategia de construcción de poder de las organizaciones populares. La caracterización del momento actual como mero “regreso del neoliberalismo” proyecta como alternativa la matriz política del “volveremos” de los movimientos políticos que sostuvieron el neodesarrollo como estrategia. Ese recurso aparece privilegiando las políticas del mal menor convertido en estrategia y, por ello, conduce –como explicaba Gramsci– a un callejón sin salida para las fuerzas populares.

Se abren múltiples interrogantes en la nueva etapa que se ha iniciado. ¿Los progresismos tienen una debilidad congénita para canalizar las ansias populares de cambio social radical? ¿Solo pueden operar como amortiguadores de las luchas populares, como cara amable de proyectos sociales injustos? Y, si eso fuera así, ¿qué papel tenemos los movimientos populares de la región para evitar que esos procesos se consoliden como medios para la reproducción ampliada de la explotación, el saqueo y la muerte? Las trampas del neodesarrollo nos han dejado con un sabor amargo, al parecer. En la batalla contra la avanzada neoliberal de las décadas anteriores, no hemos sabido superar los límites de un Estado social precario que promete el desarrollo (capitalista) como medio universal de inclusión.

Pero, ¿qué tipo de inclusión puede ofrecer un Estado construido sobre la base de las relaciones sociales capitalistas y patriarcales en nuestras sociedades, atravesadas por la colonialidad? Por otra parte, ¿cómo se vincula la inclusión en un marco capitalista con las demandas de cambio social por parte de los movimientos populares?

¿Es posible que debamos volver a pedir lo imposible? El cambio social radical, revolucionario, nos convoca a todas y todos a una batalla integral que suponga una lucha en, contra y, sobre todo, más allá de las formas sociales que hoy nos atraviesan: más allá del Estado, del capital, de la mercantilización de la vida.

¿Y cómo hacer? ¿Cuáles son las mediaciones necesarias para proyectar ese cambio social? La construcción de formas del poder popular, donde la participación activa, donde el protagonismo del pueblo sean ejes articuladores del cambio, aparece como elemental. ¿De qué manera podemos superar las formas organizativas que replican la jerarquía, verticalidad y opresión que impone el sistema? Esa es la búsqueda más importante, sin dudas. Lograr la construcción de procesos colectivos y diversos que nos permitan canalizar nuestras esperanzas, nuestros sueños y proyectos de transformación, se convierte en una de las prioridades.

Este libro presenta una serie de trabajos realizados por académicos y/o militantes populares de la región. Cada uno de ellos hace, a su manera, un intento de problematizar las contradicciones de estos procesos de cambio, el lugar de las organizaciones populares y las necesidades tácticas y estratégicas. Sin pretender ser respuestas contundentes o acabadas, intentan de conjunto aportar elementos para comprender la coyuntura actual y, sobre todo, proveer pistas para renovar las prácticas de cambio social radical que hoy, nuevamente, se presentan como indispensables.

Esta compilación ha sido un esfuerzo colectivo de muchos meses que no podríamos haber realizado sin el apoyo y acompañamiento de muchas y muchos. En particular, yo, Mariano, quisiera reconocer a Melina, quien siempre acompaña mis ideas y proyectos, aportando su mirada aguda y su colaboración intelectual y amorosa. Y yo, Maria Orlanda, agradezco la colaboración de Camilla Marcondes Massaro, Roberta Traspadini y Ana Raquel de Oliveira Alves en la organización y revisión de los textos en portugués. Finalmente, nos gustaría agradecer a las y los compañerxs de Herramienta, que pusieron tanto esfuerzo para que este libro llegara a buen puerto.

Dedicamos este libro a todxs lxs compas perseguidxs por el capital, por todxs lxs compas encarceladxs, torturadxs, asesinadxs, desaparecidxs por el Estado militarizado de Argentina, Brasil y toda America Latina. Santiago Maldonado, militante solidario con lxs Mapuche, hoy desaparecido por las fuerzas de represión del Estado argentino, José Claudio Ribeiro da Silva y Maria do Espírito Santo da Silva, líderes anti-extractivistas y ambientalistas (Pará, 2011), Amarildo Dias de Souza, albañil, negro y pobre (Río de Janeiro, 2013); Ricardo Nascimento, cartonero, negro y pobre (San Pablo, 2017); Clodiodi de Souza, trabajador de la salud, indígena guarani-kaiowaá (Mato Grosso do Sul, 2016), y todxs lxs compañerxs caídos en las luchas, presentes. A Facundo Jones Huala, líder Mapuce, injustamente preso.

Mariano Féliz y María Orlanda Pinassi

Agosto de 2017