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Esto no es un ajuste

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22.Nov.17 :: Venezuela

Algunos dicen que lo que pasa es que el gobierno no se anima a tomar medidas –sea en la dirección que sea– por los costos político asociados y los riesgos que implica en el contexto de la susodicha guerra. Pero para ser francos, cuando miramos las cosas en retrospectiva, la realidad es que el no tomar medidas se instrumentalizó en la práctica en una medida en sí misma, en el sentido de que el vacío institucional dio lugar al más brutal ajuste producido por la vocación especulativa del mercado.


Esto no es un ajuste

20 noviembre, 2017 15 y Último Editorial 9 Download PDF
pipa

Por regla, los llamados “ajustes económicos” surgen como parte de una decisión política manifiesta. Desde un punto de vista convencional o clásico, suelen entenderse como un conjunto de acciones deliberadas tendientes a “equilibrar” una economía.

Sin embargo, desde un punto de vista más concreto, se habla de ajustes estructurales como un “paquete” de reformas tendientes a garantizar que, tales o cual país, obtenga el visto bueno del FMI, el BM, calificadoras de riesgo, etc., a objeto de adquirir o renegociar deuda, recibir inversión extranjera, estimular la economía, etc.

En el primer caso –el de adquisición o renegociación de deuda– de lo que se trata es de que el país en cuestión ofrezca garantías de cumplir con los pagos comprometidos. Por tal razón, “ajustar” suele ser sinónimo de reducción del mal llamado “gasto público” y de privatizaciones, que son las formas más directas de liberar o recibir recursos para pagar.

Pero en el segundo y tercer casos suele ser sinónimo de reducción del costo de la mano de obra, lo que en consecuencia implica reformas en el mundo laboral, que eufemísticamente denominan de “flexibilización”: se abarata el despido, elimina la estabilidad, aumenta la edad de jubilación, quitan derechos, imponen más horas de trabajo, etc. La idea es que los trabajadores y trabajadoras les salgan más “baratos” a los patronos, que entonces se ven “estimulados” a contratarlos y a invertir.

Como es sabido, esta política degenera en una competencia precarizadora entre países a ver quién paga menos y verse más atractivo a los ojos de los inversionistas.

De más no está recordar que estas medidas pueden tomarse juntas o separadas, y que cuando se toman juntas, el “paquete completo” incluye la devaluación del signo monetario. El razonamiento es siempre el mismo: la devaluación busca estimular la economía, bien por la vía de abaratar la inversión extranjera ( gastan menos los “inversionistas” a la hora de cambiar a la moneda local), o bien la de hacer atractiva la producción para la exportación (los exportadores reciben más moneda local al cambio de lo que generen por concepto de las ventas en el exterior). Pero como señaló claramente von Mises, el gurú de los neoliberales, en realidad, el motivo de fondo vuelve a ser abaratar el trabajo, solo que como eso no suele ser muy elegante ni producente afirmarlo, funciona mejor la perorata de la competitividad.

Así las cosas, ajustes económicos los ha habido mucho y muy variados. Tan solo en 2016, según la OIT, 105 países realizaron reformas laborales y a sus sistemas de pensiones bajo estas premisas. Macri avanza fuertemente en esta dirección en Argentina. Y lo mismo Temer en Brasil. En Venezuela, se ha “ajustado” varias veces: en 1961, 1983, 1989 y 1996. En los dos últimos casos, con el aval del FMI.

Ahora, como dijimos al inicio, la característica común en todos estos casos es que los ajustes surgen como resultado de una decisión política manifiesta. Nunca se había visto que se diera por la vía del hecho u oficiosa. Y decimos “nunca se había visto”, pues todo indica que esto es lo que estamos padeciendo ahora los venezolanos: un ajuste-de-hecho expresado –entre otras cosas– en un violento desbarajuste de precios.

Un ajuste, pues, que no es un ajuste en sentido estricto, pero que –como la pipa de Magritte, que no es un pipa aunque luzca como tal– tiene todas sus características: gracias a la liberación de facto de los precios y la devaluación tanto oficial como oficiosa (vía paralelo) del bolívar, hoy el salario de los venezolanos y venezolanas es de los más bajos del mundo. Y por la misma razón, en términos reales, la inversión social también ha disminuido, por más que el gobierno se esfuerce en mantenerla en términos nominales. El consumo es otro que se ha contraído, lo que en teoría desestimula las importaciones, y por tanto, libera divisas que, entre otros usos, tiene el de servir para pagar deuda. Lo único que no ha ocurrido es lo de las privatizaciones, si bien no es menos cierto que las presiones en esta materia están a las órdenes del día.

Hace poco más de tres meses decíamos en este mismo espacio que en materia económica –como en la naturaleza– el vacío no es tolerado, de suerte que todo espacio que no se ocupa, todo aquello que no se hace o no pasa, rápidamente es suplantado por otra cosa. Al menos desde el 1º de mayo pasado, cuando el presidente anunció la creación de una comisión para evaluar la viabilidad de un congelamiento de precios (pedido a gritos por los asistentes al acto del Día del Trabajador), todos y todas hemos estado esperando se tomen medidas para proteger el salario y acabar con la denominada “guerra económica”. Sin embargo, lo único que ha pasado desde entonces –allende los aumentos salariales– es la entrega de una ley de precios acordados a la ANC que no se ha aprobado y el anunció de un esquema de precios idem para 50 productos o rubros de los que tampoco se sabe mucho (por cierto que, tempranamente, advertimos que se iban a disparar la escasez y la especulación en respuesta a este anuncio si no se tomaban medidas correctivas y mientras más se tardaran los acuerdos).

Algunos dicen que lo que pasa es que el gobierno no se anima a tomar medidas –sea en la dirección que sea– por los costos político asociados y los riesgos que implica en el contexto de la susodicha guerra. Pero para ser francos, cuando miramos las cosas en retrospectiva, la realidad es que el no tomar medidas se instrumentalizó en la práctica en una medida en sí misma, en el sentido de que el vacío institucional dio lugar al más brutal ajuste producido por la vocación especulativa del mercado. Seguramente no fue la intención. Pero en todo caso -y esto siempre es lo más importante- ha sido el resultado con todo y sus consecuencias.