Venezuela

Crónica de unos 90 días anunciados

Jessica Dos Santos Jardim
12.Nov.18 :: Venezuela

¿Y los firmantes de los acuerdos donde y para qué carajo existen entonces? ¿Cómo se supone que la gente debe garantizar que se cumplan los precios? ¿Saqueamos los negocios o volteamos las camioneticas que siguen cobrando el pasaje al precio que les da la gana? ¿Nos matamos entre nosotros mismos? O ¿Cuál es la propuesta cuando denunciar no da resultados y las autoridades te dejan solo en medio del ring?


TRAS
NÓMINA
El Último Round / Crónica de unos 90 días anunciados
12 Noviembre, 2018 Jessica Dos Santos

Por: Jessica Dos Santos Jardim

A los días de la entrada en vigencia de la reconversión monetaria, me animé a ir al banco a buscar efectivo. Los rostros de la gente tenían un aire diferente. La espera fluía muy rápido. Las conversaciones denotaban un halo de esperanza.

Al llegar mi turno, la cajera me pregunto con claridad: “¿cuánto deseas retirar?” y mi mente se quedó en blanco. “¿Me estará jodiendo?”, pensé.

“100 bolívares”, respondí con una sonrisa.

Una voz en mi cerebro me repetía “que bolas ¿ahora te parece maravilloso algo tan común como tener efectivo?”, pero la reflexión no lograba apaciguar mi inmensa alegría: por primera vez en mucho tiempo yo sentía que alguien me había devuelto un poquito de normalidad, un pedacito de la cotidianidad que tanto me hacía falta.

En las horas siguientes, los anuncios no se hicieron esperar: la búsqueda del equilibrio fiscal, una nueva política cambiaria, un salario en 1800, los precios acordados, el censo de transporte, las mil y un facetas del Petro.

En las calles reinaba la expectativa: ¿Ahora si me alcanzará la plata?

Por aquellos días, la SUNDDE empezó a hacer acto de presencia en todos los negocios cercanos a mi casa. Las colas eran enormes, especialmente en las carnicerías y charcuterías.

Yo, como siempre, opté por huir de ellas: Entré en un abasto que se encontraba vacío para comprar un aguacate. “Rellenaré las arepas con esto”, pensé. Pero, cuando me disponía a pagar, entró la policía, y en cuestión de minutos, la encargada del lugar empezó a vender cartones de huevos a precios acordados. Un efectivo de seguridad me entregó uno en mis manos: “toma”.

Al salir, me sentí abrumada: “esta vaina ya la hemos vivido antes”, me dije. Al entrar a mi edificio, una vecina me comentó que había comprado tales y cuales cosas, entre ellas un par de pollos, sin embargo, su narración culminó con un fulminante “ojalá los fiscales no se vayan mañana”.

Los fiscales si se fueron.

Los efectivos de seguridad no tanto: ¡Hoy algunos GNB se dedican a resguardar los locales! Hace días, incluso, vi a uno cómodamente sentado detrás de un mostrador, con su uniforme y armamento en mano: El carajo resguarda el local de unos chinos por la esquina Chimborazo. Al hombre, evidentemente, le pagan por eso: en efectivo y en productos. “Que de pinga”, dije irónicamente, con la frustración a flor de piel.

Hoy de los precios acordados ya nadie se acuerda.

O peor aún: cuando los nombran es para culpar al pueblo por “no hacerlos respetar”.

¿Y los firmantes de los acuerdos donde y para qué carajo existen entonces? ¿Cómo se supone que la gente debe garantizar que se cumplan los precios? ¿Saqueamos los negocios o volteamos las camioneticas que siguen cobrando el pasaje al precio que les da la gana? ¿Nos matamos entre nosotros mismos? O ¿Cuál es la propuesta cuando denunciar no da resultados y las autoridades te dejan solo en medio del ring?

El poder adquisitivo duro tan sólo 15 días y en dos meses el salario perdió 60 veces su valor.

Las tablas complicaron aún más el panorama: la unificación fue hacia abajo. En buena parte de las instituciones públicas, los sueldos más elevados rondan apenas los tres mil soberanos y la mayoría de los bonos han sido eliminados.

Mi primer mes de aguinaldos se fue en un par de productos de higiene personal, los mismos que tenía meses sin poder adquirir, porque toda la quincena se me va integra en comida.

Mientras tanto, las autoridades, que cada día parecen más y más desconectadas de la realidad, me invitan a ahorrar en oro y petros… “para viajar a Estambul, comprarme un televisor gigante o una tremenda nevera en el consorcio chino Alibabá”.

“No se vayan a tomar en cerveza los aguinaldos (…) invierta en petros en vez de comprarse 70 tercios”, dijo el presidente Nicolás Maduro, que, evidente y lamentablemente, tampoco sabe que hasta una birra en Caracas cuesta 200 bolívares:

70×200 = 14.000 soberanos (¿quién habrá recibido tal cantidad en su primer mes de aguinaldos? No conozco a ninguno)

Pronto, muy pronto, el Programa de Recuperación, Crecimiento y Prosperidad Económica arribará a los 90 días, una fecha que las propias autoridades pusieron como “tope” para hacer las respectivas revisiones. Bien, abran los ojos, porque la mayoría de las líneas que lo componen no se están cumpliendo:

Línea 3: Defensa del salario.

Línea 4: Estabilidad de precios.

Línea 9: Sistema de protección de nuestro pueblo (Acá vamos tan mal que hasta los bonos de hogares de la patria están tardando más de una semana en hacerse efectivos).

Pero, además, abran el corazón:

Ya basta de generar falsas expectativas y de emitir declaraciones tan fuera de lugar que hasta se pudieran confundir con el cinismo. Una cosa es no mostrarse derrotado y otra es simular ser el vencedor cuando toda tu tropa está profundamente herida