Argentina

Roland Orellana, morir por un techo

Claudia Rafael
23.Nov.18 :: Argentina

La policía, cada vez más afilada, cada vez más avalada en una práctica sistémica para la que fue entrenada, irrumpió como lobos hambrientos con balazos de goma primero y de plomo después.


Roland Orellana, morir por un techo Guardar
Resumen Latinoamericano/ 22 de noviembre 2018

Por Claudia Rafael

(APe).- Dos balazos. Plomo en la boca. Plomo en la espalda. Ronald Orellana fue asesinado. Como millones de mujeres y hombres en la Argentina de los desiguales no tenía dónde vivir. Esta madrugada pugnaron por ocupar terrenos en descampados de Villa Celina, en el monstruoso distrito de La Matanza. El mismo donde la policía quiso cooptar y asesinó a Luciano Arruga. El mismo donde se hacinan 1.800.000 personas. Una población que supera a las de las provincias de Mendoza o de Tucumán. Una leve diferencia: Mendoza tiene poco más de 1.700.000 habitantes divididos en poco menos de 150.000 kilómetros cuadrados. La Matanza se amontona en escasos 325 kilómetros cuadrados. Es ésa la realidad que empuja a la desesperación. Sin techo. Sin cuatro paredes en las que refugiarse, son cada vez más los que deambulan por las calles de las grandes urbes con las estrellas o un puente mal disimulado que cubra los cuerpos, o la organización colectiva que trata de ocupar terrenos para levantar entre chapas y bloques de cemento una casa en la que cobijarse.

En una historia vieja como la vida misma. Como en aquella película del gran Vittorio De Sica, de 1956, en la que Luisa y Natale, una joven pareja de enamorados, pobres como son pobres los desarrapados y los marginales, ocupan un trozo de tierra y en una sola noche, junto a los vecinos, levantan un techo del que no podrán echarlos. Una antigua ley italiana advertía que no se podría desalojar de un terreno a quien hubiera levantado el techo. Así se llama la película.

Luisa y Natale logran levantarlo con la complicidad de los compañeros de barriada. Roland Orellana, militante de una organización que forma parte de la Confederación de los Trabajadores de la Economía Popular, llegó con sus compañeros al descampado en la madrugada junto a un centenar de familias.

La policía, cada vez más afilada, cada vez más avalada en una práctica sistémica para la que fue entrenada, irrumpió como lobos hambrientos con balazos de goma primero y de plomo después.

El rostro y la sangre de Roland Orellana circulan por las redes sociales con los alaridos de quienes claman por una ambulancia. Con el sonido de los deshauciados que hacen de coro, mientras siguen retumbando las balas, para la tragedia evitable.