Colombia y Venezuela

Miami-Cúcuta: el eje terrorista de la gusanería y los paracos

Renan Vega Cantor
03.Mar.19 :: LatinoAméricAhora

Así como Miami va más allá de sus rascacielos, playas y cruceros, en Cúcuta, para completar su desgracia, reina el poder paramilitar, hasta el punto que se le conoce como la “República Independiente de los Paracos”.


Miami-Cúcuta: el eje terrorista de la gusanería y los paracos
marzo 3, 2019 Renan Vega Cantor
Los acontecimientos en curso en Venezuela y la jornada del 23 de Febrero con el fracaso del plan imperial siguen suscitando debate y análisis imprescindibles para enfrentar esa ofensiva y sostener las tradiciones emancipatorias de Latinoamérica. Ese intercambio es el que buscamos continuar reflejando en Contrahegemonía.

Cúcuta se convirtió en el escenario de cantantes que se han hecho en Miami o son patrocinados por los clanes mafiosos del espectáculo musical

¿Qué pueden tener en común Miami y Cúcuta, dos ciudades distantes entre sí por unos 2.200 kilómetros y que además tienen enormes diferencias en cuanto a nivel de vida, desarrollo arquitectónico, potencial económico y riqueza? A primera vista nada, porque en efecto las diferencias son abrumadoras, como lo indican unos datos de tipo general de la capital de Norte de Santander. En Cúcuta, con 750 mil habitantes, 40 de cada 100 no pueden cubrir sus gastos básicos; la tasa de informalidad es del 70%; el 40% de sus habitantes son pobres, 281 mil personas, y el 8.5% vive en la pobreza absoluta, unas 60 mil personas; es la ciudad con mayor exclusión de todo el país; el 1% de la población se desempeña en actividades ilícitas relacionadas con el contrabando de mercancías venezolanas, como gasolina, alimentos y medicamentos; sólo el 25,32% de la población tiene acceso al agua potable, y el 74,68% recurre a fuentes hídricas de origen ilegal; existe un déficit habitacional de 60 mil viviendas y el 90% de los pobres se apiñan en cinco barrios de tugurios; el desempleo reconocido es del 17% y en las calles laboran diariamente 15 mil niños…

En contraste, Miami es un emporio capitalista de riqueza y despilfarro, con 5 millones y medio de habitantes y un ingreso per cápita de 16 mil dólares; es sede de empresas multinacionales, grandes bancos y de compañías de televisión y epicentro de la cultura de masas que domina a América Latina; cuenta con más de 800 edificios de Art Deco; tiene el mayor puerto de cruceros del planeta; por allí salen el 40% de las exportaciones de EEUU hacia el resto del mundo; en ese lugar viven multimillonarios de muchos países del mundo; pero también y como expresión de la desigualdad es la tercera ciudad con más pobres de los EEUU, solo superada por Detroit y El Paso, en Texas.

En conclusión, aparte de los pobres Cúcuta y Miami son dos universos distintos, uno es la meca del despilfarro capitalista de los EEUU y la otra es un desvencijado villorrio, lleno de pobres y huecos.

Sin embargo, en las últimas semanas se ha construido un verdadero eje del terror que ha conectado a Miami con Cúcuta.

Miami y la gusanería

Miami después de 1959, tras el triunfo de la Revolución Cubana, se convirtió en la capital de la gusanería, nombre que se utiliza en Cuba para referirse a los contra-revolucionarios y criminales que salieron de la Isla y se refugiaron en Miami, hoy el lugar del mundo donde se concentra la mayor cantidad por metro cuadrado de torturadores, terroristas, mercenarios y criminales estatales y paraestatales, bajo el cobijo de las autoridades del Estado de la Florida y del gobierno federal. Allí residen y muchos de ellos conspiran contra diversos países de América Latina. En ese lugar cohabitan contra-revolucionarios de Cuba, torturadores de Haití (desde los tiempos de Bébé Doc), guarimberos venezolanos, paramilitares de Colombia, ex militares fugitivos de las dictaduras del cono sur y otras malas yerbas del pantano de la criminalidad.

Por ejemplo, en Miami se refugió uno de los militares que torturó y asesino al cantante chileno Víctor Jara y también allí ha residido el militar argentino Roberto Guillermo Bravo, uno de los responsables de la masacre de Trelew de 1972, cuando remató él mismo a 16 de las víctimas de esa masacre cometida por el Ejército argentino. Luego de su refugio en Miami se convirtió en un próspero empresario que vende “servicios” a la US Army y es contribuyente del Partido Republicano. También Miami fue la guarida de los terroristas y asesinos internacionales, agentes de la CIA y protegido por los EEUU, Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, entre cuyo palmarés criminal sobresalía el asesinato de 73 pasajeros que viajaban en un avión de Cuba en 1976, derribado por una bomba. Estos datos, entre miles, indican que Miami es un refugio de asesinos, los cuales son respaldados e impulsados por la mafia cubano-estadounidense, a la cabeza de la cual se encuentran congresistas como Marco Rubio y Mario Díaz-Balart, no por casualidad los que encabezan la andanada de terror contra Venezuela.

Aparte de todo, Miami se ha convertido en el emporio del negocio de la música, encabezado por la “gusanería cultural” del clan Estefan, alrededor del cual y de otros mafiosos por el estilo se ha constituido un mercado de mercenarios de la música de diversos países del mundo, entre los que sobresalen muchos de los que participaron en el concierto del odio y de la muerte, que se celebró en Cúcuta el viernes 22 de febrero.

Para no ir más lejos, en 2006 se estableció una especie de Grammy Paramilitar, concedido a cantantes y compositores vallenatos de Colombia de dudosa ortografía, como fue el caso de su primer ganador, Poncho Zuleta. De este individuo circuló una grabación en la que, tras una ráfaga de ametralladora, remata diciendo “Nojoda, viva la tierra paramilitar, vivan los paracos”.

Esa zaga la ha continuado en el día de hoy Silvestre Dangond, denominado como “el paramilitar del vallenato” No extraña que haya sido una de las “estrellas” del concierto en la frontera del 22 de febrero. Sobre el mismo dice un comentario de prensa:

“Uno de los cantantes más populares de la música vallenata […] es Silvestre Francisco Dangond Corrales. El máximo representante de la nueva ola del vallenato […] muestra una de sus caras más nefastas ante un público que llena estadios, coliseos y parques alrededor del país: la de militar frustrado […] [al] que le queda perfecto el perfil de ‘paraco’. Basta con ver detenidamente los detalles de su álbum lanzado en 2013, La IX Batalla, en el que parece [ser] uno de los discípulos pródigos de Carlos Castaño”1.

Estos dos aspectos de gusanería predominantes en Miami, la política y la musical, han sido trasladados a Cúcuta, por unos pocos días, lo que dio la falsa impresión de que esta destartalada ciudad se había convertido en Miami. Soñar es barato, el problema es que al despertar el guayabo (la resaca) es intensa y frustrante,

Cúcuta y la paraquería

Así como Miami va más allá de sus rascacielos, playas y cruceros, en Cúcuta, para completar su desgracia, reina el poder paramilitar, hasta el punto que se le conoce como la “República Independiente de los Paracos”. En efecto esta ciudad y sus habitantes han sido asolados por el paramilitarismo desde hace varias décadas, y estos se han convertido en el verdadero poder de la región, en estrecha alianza con políticos locales y regionales, mafiosos, miembros de las fuerzas armadas e incluso sectores de la iglesia católica. Desde Cúcuta se planearon y organizaron terribles masacres contra campesinos de Norte de Santander, y entre lo más infame que se ha realizado allí y en todo el país se encuentran la utilización de hornos crematorios –que revivieron las prácticas del nazismo en Alemania- para incinerar a campesinos y guerrilleros:

“Esto no ocurrió en 1943 en la Alemania nazi. Sus métodos fueron similares, pero la época y el lugar de los hechos está fuera del contexto de la Gran Guerra. Lejos de ser detenidos por las autoridades de la ciudad de Cúcuta, pero sí a tan solo 30 minutos de esta, se registraron estos degradantes relatos que la humanidad creía ya superados luego del horror que fue la aparición del Tercer Reich. Para vergüenza internacional, paramilitares en Colombia acondicionaron como crematorios unas ladrilleras para desaparecer seres humanos”2.

El dominio paramilitar es casi absoluto, ellos son los que gobiernan la ciudad e incluso uno de sus ex alcaldes desde una cárcel de Bogotá ha seguido gobernando. Un buen número de los taxis que circulan por la ciudad exhiben calcomanías de Pablo Escobar y la figura de este capo adorna la principal discoteca. En ese lugar han sido asesinados estudiantes, profesores, jueces independientes, defensores de derechos humanos, dirigentes sindicales y campesinos. No extraña que allí mismo se haya fraguado un atentado contra un candidato presidencial en 2018. La iglesia católica no se escapa a esa influencia y se sabe de un sacerdote que se robó el dinero de los restaurantes escolares de los barrios más pobres. En pocas palabras,

“Es la misma ciudad que irradia decadencia con decenas de personas durmiendo en la calle mientras un BMW último modelo pasa despacio para no estropearse con los huecos del asfalto. O donde la gente del común ya comenzó a validar en sus discursos la necesidad de la “limpieza social”, incluso con las personas venezolanas que llegaron.

Esta es la ciudad que se quedó sin brisa y sin pamplonita, hasta el río se secó porque lo desviaron para una multinacional. […] Una ciudad sin industria pero con personas que humillan a los demás con sus enormes riquezas mafiosas. Un régimen enquistado como un tumor canceroso heredado a bala, coca, masacres contrabando, hornos crematorios”3.

De Miami a Cúcuta: afinidades criminales

Tanto la gusanería de Miami como la paraqueria de Cúcuta tienen afinidades criminales, las cuales son exaltadas y aprovechadas por los poderes políticos, económicos mediáticos de EEUU y Colombia. La oportunidad de juntar esos intereses criminales, a la luz pública porque por supuesto tienen nexos anteriores, se ha dado ahora cuando el gobierno de Donald Trump, cuyas relaciones exteriores están en manos de la gusanería, ha decidido derrocar a Nicolás Maduro, contando con el apoyo irrestricto del gobierno colombiano de Uribe-Duque, con una larga cadena de nexos comprobados con los paramilitares.

La ocasión de desplegar esa santa y criminal alianza se ha dado en los meses recientes, en la medida en que Cúcuta por su ubicación estratégica en la frontera con Venezuela, ha sido designada como el epicentro de la agresión contra el gobierno bolivariano.

Eso explica acontecimientos que se encuentran encadenados, tales como la frecuencia con que merodean por Cúcuta criminales de toda laya (institucionales y para-institucionales) de los EEUU (Usaid, la CIA y otras agencias secretas), y sus halcones más sanguinarios (como el criminal Elliot Abrams) el secretario de la OEA, los congresistas republicanos de la gusanería, presidentes derechistas del continente (como Sebastián Piñera, de Chile, y Mario Abdo Benítez, de Paraguay), mercenarios, tropas de los EEUU y de seguro un sinnúmero de chacales de la muerte, prestos a lanzarse sobre territorio venezolano. Es decir, parte significativa del entable criminal de Miami y sus alrededores se ha trasladado a Cúcuta.

Y eso mismo ha sucedió en el terreno de la música, puesto que por 24 horas Cúcuta se convirtió en el escenario de los cantantes que se han hecho en Miami o son patrocinados por los clanes mafiosos del espectáculo musical. Y, como se sabe, eso no ha sido casualidad, es un complemento de la agresión contra Venezuela, para darle un respaldo aparentemente artístico a la acción imperialista. Eso explica el concierto “Venezuela Aid Live” del 22 de febrero, pocas horas del Día D del 23, cuando llegaron a Cúcuta, algunos en sus jets privados, unos 30 artistas Made in Miami. En ese concierto, de odio y de guerra, desfilaron cadáveres vivientes, mejor sería decir muertos en vida, como José Luís Rodríguez, “El Puma”, admiradores de los paramilitares (Silvestre Dangond), individuos que en su juventud flirtearon con Pinochet (Miguel Bosé), simpatizantes de las “camisas negras” (Juanes), cristianos de éxito (Juan Luis Guerra), entre otros. El mensaje fue claro: hay que ayudar a los “libertadores” de EEUU y Colombia en su arremetida contra Venezuela, y sobre todo darle impulso y ánimo para la agresión que se preparaba para el día siguiente.

Algunos intentaron disimular su papel de cruzados de la guerra y la muerte con mensajes de “paz”, diciendo por ejemplo que las guarimberos que iban a desfilar al día siguiente llevarían rosas y se las entregarían a los miembros de la Guardia Nacional para que los dejaran pasar con la “ayuda humanitaria”, y así Juan Guaidó entraría como el nuevo libertador a Caracas. Eso fue pura apariencia, porque en el fondo todos están convencidos, como El Puma –que ya ni aruña– quien dijo sin rodeos: “Es tan simple y sencillo pedir libertad después de 20 años de dictadura que ya tiende a acabar en toda América Latina, no es mucho pedir. Basta ya de dictaduras de izquierda en América Latina”. Miguel Bosé no se quedó atrás y con un logo en la mano que decía “Paz en Venezuela”, aseguró con un lenguaje propio de la alcantarilla de la gusanería: “Venezuela no es tuya ni de tu compañía de narcos”, refiriéndose al presidente Maduro. Y así, con ese tono tan profundo y poético, fueron los mensajes de la mayor parte de los cantantes que aparecieron en Cúcuta como adalides de la “pax estadounidense”, es decir, la del terror y la muerte.

Lo significativo es el tono verdaderamente artificial de lo que dicen esos cantantes, si se les compara con su vida de derroche, cuando nunca se han preocupado por los pobres, los trabajadores, los perseguidos de sus propios países ni de ningún lugar del orbe. Cuándo Miguel Bosé ha actuado para denunciar los crímenes que comete el reino de España, entre ellos contra los miles de africanos que mueren en alta mar tratando de llegar a la península Ibérica. Cuándo Juanes ha hablado de los miles de dirigentes sindicales asesinados en Colombia. Cuándo ese “genio poético” de la misoginia que es Maluma se ha preocupado por los miles de asesinados del paramilitarismo en Antioquía y Colombia y así sucesivamente.

El objetivo era claro: ablandar a través de la música los corazones de millones de personas, sobre todo en Colombia, para que acepten como normal una agresión imperialista (gestionada a través del territorio colombiano y por el régimen de Uribe-Duque), dizque a nombre de una pretendida ayuda humanitaria.

Al otro día, el sábado 23 de febrero, quedaron al desnudo las pretensiones de “paz” de estos cantantes de pacotilla, cuando las guarimbas fueron traídas por Guaidó, Duque, Piñera y compañía a actuar directamente en la frontera, como lo hicieron, tratando de penetrar en territorio venezolano, sin conseguirlo, y fueron conducidos por la Policía Nacional de Colombia. Y por eso recurrieron a la violencia, al terror, esgrimiendo su odio y rencor, para lo cual contaron con el respaldo de los sicarios con micrófono de los grandes medios de desinformación. Todo eso forma parte de la ilusión de que Cúcuta sea el Miami de Colombia, una vana ilusión de pocas horas, inflada con la venida de miles de turistas que llenaron todos los hoteles del lugar y consumieron hasta el hartazgo.

Pero, luego de que terminó el concierto, y los discursos falsos y banales sobre la Paz en Venezuela ya ni se oían, porque los aullidos de las fieras del espectáculo se habían apagado, los turistas de ocasión se fueron y Cúcuta despertó con su miseria eterna, con los mismos criminales de siempre dominando la vida cotidiana, solo que ahora ese círculo de odio se ha ampliado con los gusanos provenientes de Miami, expertos en matar y torturar, junto con los marines y los servicios secretos de los EEUU, y algunos presidentes derechistas del continente, y el lacayo del Ministerio de Colonias, Luis Almagro. Al fin y al cabo, se acabó la fiesta de la música y se abrió paso a la acción violenta de las guarimbas en los puentes que unen a Colombia con Venezuela. Como en la canción de J. Manuel Serrat: [de cuando Serrat todavía se podía considerar ‘progre’] “Y con la resaca a cuestas/ vuelve el pobre a su pobreza,/ vuelve el rico a su riqueza/ y el señor cura a sus misas.// Se despertó el bien y el mal/ la zorra pobre vuelve al portal, / la zorra rica vuelve al rosal,/ y el avaro a las divisas. // Se acabó,/ el sol nos dice que llegó el final,/ por una noche se olvidó/ que cada uno es cada cual”.

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Notas

1[1]. Fabio Andrés Olarte Artunduaga , Silvestre Dangond: el paramilitar del vallenato, julio 14 de 2005. https://www.las2orillas.co/silvestre-dangond-el-paramilitar-del-vallenato/

2[1]. Disponible en: https://diariodelhuila.com/judicial/las-historias-detras-de-los-hornos-crematorios-de-los-%E2%80%98paras%E2%80%99-cdgint20151114221327112

3[1]. Chrarly Spansky, “Cúcuta y su régimen paramilitar”, El Espectador, marzo 10 de 2018. Disponible en: https://colombia2020.elespectador.com/opinion/cucuta-y-su-regimen-paramilitar

Fuente: lahaine.org