Venezuela

El bucle (VII): “la renta del petróleo no es el futuro del país pero sin la renta del petróleo no tenemos futuro”

Luis Salas Rodriguez
12.Jul.19 :: Venezuela

la condición de posibilidad de salida a esta situación pasa irremediablemente por reactivar la industria petrolera, tanto de extracción como de refinación, a la par de hacer lo mismo con el tema eléctrico y el agrícola. Lo que no sea esto está condenado a ser perdida de tiempo y recursos que no tenemos, lo que incluye todos los experimentos monetarios y cambiarios, tal y como quedó demostrado con la “liberación” cambiaria, que no ha traído la lluvia de inversiones prometida ni la traerá, lo mismo que El Petro, encerrado como está en su laberinto.


El bucle (VII): “la renta del petróleo no es el futuro del país pero sin la renta del petróleo no tenemos futuro”

Por: Luis Salas Rodríguez
Hay que acabar de una vez con el síndrome de la rana hervida
La intempestiva publicación de los indicadores económicos por el BCV, desató una ola de especulaciones sobre las razones que llevaron a sus autoridades a hacerlo, tras tres años de apagón estadístico. Como suele suceder, no hay consenso al respecto y seguramente nunca lo habrá. Pero en lo que todos estamos de acuerdo es que, sean cual hayan sido estas razones, dichos indicadores vinieron a ponerle números oficiales a la situación extrema que atravesamos como país.

Y cuando digo extrema me gustaría decirlo en el sentido de que se encuentra en su grado máximo de ebullición, como reza el diccionario, pues eso significaría que ya no puede empeorar. Pero lamentablemente no parece el caso. Y es que a ese “grado máximo” todavía no hemos llegado, si bien todo se está alineando para llevarnos hacia él.

A lo que me refiero con extrema, es a que la situación actual es muy grave, pero puede ser mucho peor. Entre otras razones porque quienes están llamados en primera línea a evitarlo no solo no parecen estar conscientes de esa circunstancia, sino que incluso parecen decididos a complicarlo todo cada vez más.

En esta medida, aunque no era el interés inicial de este texto hacer otro diagnóstico de lo mal que estamos, creo necesario insistir en algunas cosas porque ser realistamente conscientes de la gravedad situación es una condición necesaria para evitar que males mayores pasen. No es suficiente, pero no es necesaria. Debemos salir del estado de shock continuado al que nos hemos visto sometido y acabar de una vez con el síndrome de la rana hervida sopena quedar rostizados para siempre.

En ese sentido, si lo que se va a describir más abajo parece de película de terror, sepa que el caso no es adoptar el tono catastrofista y manipulador del oposicionismo. Pero sepa también que la alternativa a dicho catastrofismo manipulador y chantajista no puede ser el indolente “aquí no está pasando nada” del gobierno y sus glosadores. Si la situación es grave, es mejor estar plenamente conscientes de ello, en vez de hacernos los locos y no tocar el tema, esquivarlo para no quedar como quintacolumnistas, o peor aún, erigir una especie de culto a la roncha y el pasar trabajo como si eso fuese un designio del destino del cual no podemos escapar o una señal de autenticidad revolucionaria.

¿El punto de no retorno a la bacheletización?
Lo que quiero decir, es que nos encontramos a poco de cruzar el punto de no retorno, no hacia el socialismo del cual nos habló el comandante Chávez y la gran mayoría adoptamos como proyecto de país, sino hacia una profundización definitiva del bucle regresivo en el que nos vemos envuelto en los últimos seis años.

Y el tema es que, de cruzarse dicho punto (del cual, por definición, ya no podremos volver), el país acabará convertido en una especie de tierra de nadie bastante parecida pero peor a lo que ya vemos en varias zonas: sin autoridad (que no sea la ley del más fuerte), sin servicios, sin energía, sin comunicación, sin comercio formal ni producción de nada y en algunos casos tal vez ya hasta sin gente. Quedaremos reducidos a una suerte de Casas Muertas pero a escala nacional, a partir de lo cual lo más probable es que terminemos formalmente intervenidos incluso con la venía del actual gobierno, no por los gringos, Colombia o el Grupo de Lima, sino por alguna coalición burócrata de la ONU o los Brics que serían al alternativa “buena” y no sangrienta a la invasión de Trump.

Puede sea una exageración lo que estoy diciendo y espero sinceramente que lo sea. Pero más allá de lo que indican los números y señalan las tendencias, tomemos en cuenta que a comienzos de este 2019 cuando el oposicionismo golpista y pro invasión comenzó a exigir la entrada de ayuda “humanitaria”, el gobierno sistemáticamente negó esta posibilidad no solo por ilegal y violatoria de la soberanía (que lo era), sino argumentando que no hacía falta. Y bastante por cierto que se escribió en contra, para lo cual pueden revisarse los miles de tuits y textos de los influencers y propagandistas oficiosos desdeñando la posibilidad, denunciando que tras de eso se encontraba la USAID, Soros, que era incluso un insulto a la dignidad plantearse si quiera la idea.

Sin embargo, pocas semanas después del fracaso oposicionista en la frontera y el fake de la quema de los camiones, el gobierno comenzó a aceptar la ayuda humanitaria (con ese nombre) de Rusia y China y desde entonces también el sistema ONU se encuentra supervisando al país y trayendo ayuda junto a la Cruz Roja. Seguramente el argumento es que se trata de una jugada diplomática para descomprimir la tensión guerrerista y deslegitimar las banderas golpistas. Tienen sentido y el efecto inmediato fue ese: pero eso no altera el resultado a la larga. A final de cuentas ha terminado pasando que el país se encuentra por la vía de hecho “monitoriado” por la comisión Bachelet en cuanto Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en acuerdo con el gobierno nacional.

En el país real: con cifras oficiales
Así puestas las cosas, volviendo el tema de los indicadores del BCV, ¿cuál es el cuadro actual del país según los mismos?

Si tomamos como referencia el último trimestre de crecimiento de la economía venezolana (el primero de 2013) y lo comparamos con el último publicado por el BCV (tercero de 2018), hay que comenzar señalando que el PIB sufrió en ese intervalo una contracción de 52%. Se dice fácil, pero eso significa que la economía venezolana hoy tiene menos de la mitad del tamaño de hace 6 años.
Y en términos concretos, su PIB, que es tanto como la magnitud de su producción de riqueza para el sostenimiento de la población, a finales de septiembre del año pasado equivale al tamaño de diciembre 1999. Es decir: en 6 años retrocedió 20, lo que resulta tanto más complicado si se toma en cuenta que la población venezolana actual no solo monta 8 millones de personas más que la de 1999 –a los que habría que descontarle los que han emigrado, entre dos y 4 millones según las diversas fuentes- sino que se trata de una población que viene de alcanzar durante la primera década del siglo XXI, un nivel de vida mucho mayor al de la última del siglo XX.
En el mismo lapso, el sistema financiero se contrajo 70%, el PIB petrolero 43%, la industria manufactura 76%, la construcción 95% y el comercio 79%. Mientras, las importaciones y exportaciones hoy son un tercio de lo que eran en 2012. Como resultado, el poder adquisitivo y el consumo de hogares muestra contracciones igual de dramáticas.
Y considérese que estamos hablando del tercer trimestre de 2018, o sea, no hemos hecho referencia a los 9 meses transcurridos desde entonces a la fecha. Sobre estos meses algunas cosas se publicaron y otras no (en sentido estricto, lo más actualizado –como el INPC- se publicó hasta mayo 2019). Y entre las que no, se encuentra el PIB. Pero además, debemos tener presente que cosas realmente graves han ocurrido en este lapso.
Desde este punto de vista, para hablar de 2019 debemos partir del hecho que el desempeño de la economía durante los tres trimestres de 2018, fue el peor de los últimos seis años. Un elemento importante a tener en cuenta es el vertiginoso salto registrado por los precios. Y es que según el BCV, el INPC de 2018 fue de 130 mil %. Esto es muy por debajo que todas las demás estimaciones no oficiales: pero es 150 veces más alta que la registrada en 2017 y más de 400 veces de las proyectada por la autoridades, si tomamos en cuenta las estimaciones presupuestaria de noviembre 2017 para el ejercicio 2018 . Ahora, el tema es que los picos más pronunciados de 2018 sucedieron durante último cuatrimestre, con los 127% de septiembre y 123% de noviembre. A los que hay que sumarle el 196% y el 114% de enero y febrero de este 2019. Si partimos de la hipótesis planteada por Pasqualina Curcio de que el ataque a la moneda y su consecuente impacto sobre los precios son las principales causas del malogrado desempeño de 2018, tenemos que aceptar entonces que luego del tercer trimestre 2018 y lo que va de 2019, las cosas no han hecho sino empeorar. Durante el último trimestre de 2018, el INPC promedio fue 102% mensual: 7 puntos por encima del trimestre anterior y el doble del primero de 2018. En el acumulado, de agosto 2018 a mayo 2019, la variación del tipo de cambio fue de 17.519%, mientras que la inflación en el mismo período de 28.403%. El impacto de esto sobre el PIB no lo ha hecho público todavía el BCV.
A lo que habría que sumarle el impacto de los apagones de marzo. Apagones que, en términos reales no han culminado y más bien son administrados de tal forma que no afecten a la capital del país y a los cuales se añadió el desabastecimiento de gasolina, que tanto como la falta de luz, agua y gas afecta amplias zonas del país. Y desde luego, todos los otros costos y paralizaciones generadas por las aventuras golpistas e intervencionistas del oposicionismo.
Pero como si todo lo anterior fuera poco, tenemos que agregar a esta contabilidad los efectos contractivos que, paradójicamente (aunque no sorprendentemente), ha tenido el Plan de Recuperación iniciado en agosto. Para decirlo con un solo dato, suministrado por Pasqualina Curcio: entre agosto 2018 y mayo 2019, el BCV contrajo en términos reales la cantidad de bolívares en circulación en un 67%, en medio de su salto de talanquera al monetarismo neoliberal más simplista consistente en creer que el déficit fiscal y el “exceso” de liquidez monetaria son las causas de la inflación. Esto trajo como resultado un descalabro del poder adquisitivo de la mayoría de la población, lo que se evidencia en la severa contracción del consumo, que es por cierto lo que explica la ralentización de la inflación a partir de febrero.
A este respecto, valga comentar lo siguiente: como se señaló en la más reciente editorial de 15 y último, resulta extraño por qué el gobierno no esté alardeando de su logro de ralentizar el ritmo de crecimiento de los precios apelando a la ortodoxia monetarista más rancia. Como se dijo en aquella ocasión, sobre este punto pensamos que, después de todo, es consciente de la fragilidad de este logro, en la medida en que desacelerar el ritmo de aumento de los precios no significa desaparecer sus causas, que a estas alturas del partido son muchas, muy variadas y siguen latentes. Pero adicionalmente, y esto es lo fundamental, termina pasando que no se hace mención al tema, porque también se es consciente de que el costo de la política antiinflacionaria es muy alto y sobre todo desigualmente repartido, en la medida en que recae sobre los asalariados y en general sobre los perceptores de ingresos de medio hacia abajo. Es algo que hemos venido denunciando: el quid de la política antiinflacionaria consiste en contraer lo más posible el poder adquisitivo de la población, tanto para que no compre dólares en el mercado paralelo –aquellos que aún pueden, al menos– y se estabilice el tipo de cambio, como, para que en general compre menos de todo y por esta vía los precios tengan menos presión para subir.
Alguno podrá decir que esto demuestra que si es cierto que la cantidad de dinero en circulación es la causa del aumento de los precios. Y que la prueba es que al contraerse dicha cantidad los precios ralentizaron. Pero se trata de una falacia, que recuerda al chiste aquel de un médico que le diagnóstico a su paciente como causa de su fiebre el hecho de estar vivo. Y para demostrar su punto le inyectó un veneno y lo mató. Y luego alegó en su defensa que tras matarlo se había puesto frío, lo que probaba lo correcto de su diagnóstico. Aquí pasa más o menos lo mismo: si recortas la liquidez en bolívares (lo que incluye recortar el presupuesto público), disparas el tipo de cambio, dejas que los precios suban mientras rezagas el salario, etc., y haces en consecuencia que se contraiga el consumo, es verdad que los precios van a bajar o al menos subir más lento, pero porque estás matando al paciente de mengua o dejándolo en estado catatónico como queda alguien luego de sometido a una lobotomía en este caso monetaria.
La caída de la producción petrolera y los efectos más severos del bloqueo económico que comenzarán a sentirse con especial fuerza en este segundo semestre de 2019, son la guinda de esta contabilidad preocupante. Con respecto a lo primero, según el último reporte de la OPEP, la producción petrolera venezolana en mayo 2019 fue de 1.050.000 barriles diarios. Si tomamos en cuenta el mismo informe pero de diciembre de 2012, cuando la cifra reportada fue 2.743.000 B/D, estamos hablando de una estrepitosa caída por el orden del 60%. Y en cuanto al tema del bloqueo, adicional a la no compra del petróleo venezolano por los Estados Unidos y la apropiación ilegal de CITGO, hay que tomar en cuenta que medidas como la prohibición de vuelos de carga y personas desde los Estados Unidos a Venezuela, suponen, entre otras cosas, que importaciones vía currier con las cuales se venía abasteciendo ciertos circuitos de consumo, o bien no podrán seguir operando, o bien sus costos aumentarán debido a la triangulación forzada. A mi modo de ver esto todavía no se nota porque no se ha agotado la existencia de lo ya importado. Pero cuando esto pase el panorama será otro.
Si sumamos todos estos factores, dando por hecho que el gobierno no muestra ninguna intención de cambiar su estrategia económica, ¿qué podemos decir de las proyecciones en cuanto a la contracción de la economía venezolana para éste 2019 tomando en cuenta que ya vamos por la mitad? De hecho, ¿cuál será de por sí la proyección del gobierno? Solo como ejercicio mental: si suponemos un escenario “optimista” -aunque para nada realista- y asumimos que sería la mitad de la de 2018, estamos hablando que para el 31 de diciembre de 2019 a la hora del Feliz Año la economía venezolana podría llegar a ser un 35% de lo que era en 2012, lo que nos pondría a la cabeza de las mayores catástrofes económicas actuales incluso por encima de países en guerra abierta. ¿Es eso viable? ¿Es vivible? Dada la capacidad de aguante demostrada por las venezolanas y los venezolanos durante todo este tiempo seguramente encontraremos las formas. ¿Pero qué tipo de vida sería? ¿A qué nos estaríamos dedicando todos para (sobre)vivir?
Lo más preocupante es que si tomamos como referencia lo que el gobierno dice de sus planes de manera ligera, muchas veces metafórica y más como arenga o coaching, debemos asumir dos cosas: la primera es que en sus proyecciones las cosas estarían “bien” ya no en el segundo semestre o el año siguiente como tiene más o menos cuatros años asegurando, sino para 2021, por lo que en sus cálculos todavía nos queda año y medio de calvario. Pero además, que en realidad están convencidos, dogmáticamente e inexplicablemente convencidos, de que será la iniciativa productiva privada la que nos sacará de esta situación hacia el “brillo económico, social y cultural”. Sobre este aspecto ya nos hemos referido: más allá de las ideologías y las preferencias de cada quién, el problema de la apuesta a eso es que matemáticamente hablando es un suicidio en el sentido que son cálculos que no dan por ninguna parte. Para que el sector privado venezolano y las exportaciones no tradicionales sean la punta de lanza de la recuperación, y suponiendo los empresarios privados venezolanos tengan toda la voluntad de hacerlo -lo que es otro debate- se necesitaría que estos aumenten más de 350 veces su capacidad productiva actual para generar riquezas suficientes al país como para regresar al año 2012. A ese ritmo, se necesitarían unos 25 años de crecimiento sostenido, lo que además de voluntad y todo eso supone un contexto internacional favorable y receptivo para las exportaciones no tradicionales venezolanas, lo que es un cálculo insostenible en grado sumo.
Pero además pasan otras dos cosas. La primera es que en esa proyecciones fantabulosas nadie parece estar tomando en cuenta que el aumento de la capacidad productiva de un país como el nuestro, además de divisas para financiarlo, depende de la energía y el combustible que tengas para alimentarlo. Ya sabemos lo que está pasando con la gasolina y el diesel. Pero adicionalmente, tenemos el cangrejo del Sistema Eléctrico Nacional. Para decirlo de nuevo en cristiano: simple y llanamente no tenemos energía eléctrica disponible para hacer lo que el gobierno dice que va a hacer. Lo que ya era así antes del apagón. Y suponiendo se logren activar algunas líneas productivas importantes, en las condiciones actuales eso solo se hará restando energía a otros consumidores, seguramente residenciales y del interior del país ya que en Caracas contamos con ciertos privilegios al respecto.
Lo otro es que como resultado de la política monetaria y cambiaria a la que hicimos mención numerales más arriba, así como a la impositiva y de aduanas en general, pasa que hoy día sale más barato y simple importar que producir a lo interno. Eso es lo que explica la proliferación de “bodegones” por toda Caracas, que en realidad son locales donde se venden cosas hasta no hace mucho de consumo masivo paro ya no (diablitos, atún en lata, aceite de oliva, chocolate de taza, etc) . Y es que si bien la hiperinflación se ralentizó los últimos meses, en el agregado los precios han subido mucho más que el tipo de cambio. A esto hay que sumarle el necesario aumento de la concentración y el reforzamiento de las posiciones monopólicas y oligopólicas, favorecido por la desaparición de la competencia de los más pequeños y medianos. Polar, desde luego, es el mejor ejemplo. Pero por caso el año pasado la Montserratina fue adquirida por la Plumrose, en un caso típico de absorción transnacional de un productor local en tiempos de crisis.
En este ínterin, el país se esta convirtiendo en un territorio despedazado, donde por una parte tenemos pequeños enclaves exclusivos de los ricos de siempre y los de ahora que cuentan con recursos necesarios para vivir (en divisas, claro está), importando y comprando todo lo que les haga falta, desde plantas eléctricas o de potabilizar agua hasta chuchería y licores, con capacidad de viajar fuera del país si se les presenta alguna complicación, requerimiento o antojo espacial. Más abajto en la escala, tenemos profesionales y prestadores de servicios varios, que por lo general viven de las divisas que logran sacarle a los primeros por trabajos realizados, que reciben remesas o son receptores por cualquier otra vía de divisas o criptomonedas en cantidades superiores al promedio general. Estas dos “clases” son las que los “influencers” retratan como demostración de lo relativo (cuando no ausencia) de la crisis venezolana cuando se las consiguen o las van a buscar en los locales típicamente oposicionistas de las mercedes o los alternativo-chic que florecen como “emprendimientos” en el otro lado de la ciudad. Pero el tema es que también existe “el resto”: todos aquellos que van quedando a la intemperie, obligados a vivir con bolívares devaluados, tanto funcionarios públicos como trabajadores en su sentido más amplio y pensionados, la masa de quienes están volviendo a quedar fuera de los circuitos de consumo y formalidad, flotando hacia y en la pobreza como en un revival de los 80 y 90, hasta llegar a quienes caen en la indigencia absoluta y la situación de calle.
¿Atrapados sin salida?
Como decía al inicio, la intención no es pintar un escenario catastrofista ni pesimista de la realidad actual, pero si necesariamente realista, pues la posibilidad de un rehacer o hacer algo distinto, pasa por ser plenamente conscientes de la situación en la que nos encontramos. De lo lo contrario, seguiremos engañándonos y no solo posponiendo la recuperación sino –lo que es peor- acostumbrándonos a la nueva “normalidad” precaria, con ayuda humanitaria gestionada por el propio gobierno y con el visto bueno de la Bachelet cuando anda simpática.

Pudiéramos todavía incluso agregar cosas que no hemos tocado, como el tema de la deuda, de la cual existen compromisos a pagar por el orden de los 19 mil millones de dólares este año y unos 70 mil hasta 2022. Y ya sabemos lo desastroza e ineficaz política adoptaba por el gobierno en esta materia, que para lo único que sirvió fue para ponerse en peor situación a la hora de enfrentar el cerco internacional.

A mi modo de ver, y ya para terminar, como lo he dicho en anteriores ocasiones, la condición de posibilidad de salida a esta situación pasa irremediablemente por reactivar la industria petrolera, tanto de extracción como de refinación, a la par de hacer lo mismo con el tema eléctrico y el agrícola. Lo que no sea esto está condenado a ser perdida de tiempo y recursos que no tenemos, lo que incluye todos los experimentos monetarios y cambiarios, tal y como quedó demostrado con la “liberación” cambiaria, que no ha traído la lluvia de inversiones prometida ni la traerá, lo mismo que El Petro, encerrado como está en su laberinto.

No está de más aclarar que plantear que nada de lo que hagamos tiene sentido sino se reactiva la producción petrolera, significa hacer apología de lo que se suele llamar rentismo. Ciertamente debemos diversificar la producción de otros bienes, sustituir importaciones y todo eso. Pero para todo eso se necesitan condiciones. Y el tamaño de la devastación ha sido tal que tenemos que empezar por crear las condiciones que no existen y en los tiempos más cortos. Y lo único que puede funcionar en corto es la producción petrolera, que pese al bloqueo tiene infinitamente más posibilidades y ventaja comparativa que cualquiera de los otros experimentos actuales y motores que no prenden. Si lo queremos ver así, estamos en un escenario shumpeteriano, donde la destrucción de la economía nacional crea las condiciones para reconstruirla.

Pero esta reconstrucción -como cualquier otra- pasa por lo más básico: y lo más básico aquí es el financiamiento, la matriz energética, lo que tenga mayor efecto multiplicador y garantizar el alimento de la población. Y de allí que la ecuación irremediablemente debe ser: petróleo + electricidad + agricultura = recuperación, sobre un marco institucional que pase por incorporar (y no por excluir, como se viene haciendo) al tejido productivo alternativo construido en la década pasada aliado con el Estado. Valga agregar que esto no será suficiente, hay que hacer muchas cosas más. Pero es lo primero que hay que hacer para que se pueda hacer lo demás. De nuevo podemos comparar con la medicina: si el paciente está muriendo lo primero que hay que hacer es revivirlo con algún tipo de impulso lo verdaderamente fuerte que detenga y reverse la tendencia a apagarse. Y hasta nuevo aviso o mientras alguien demuestre lo contrario, eso solo lo da el petróleo en las condiciones nuestras.

Por eso el título de este texto, sacado de unas reflexiones de Asdrúbal Baptista, el teórico del rentismo petrolero que todo el mundo cita a la hora de hablar del tema, a propósito de su experiencia en el gobierno de Caldera II. “la renta del petróleo no es el futuro del país, pero sin la renta del petróleo no tenemos futuro”. La prueba de esta afirmación es lo que acabamos de describir: de la peor manera llegamos al posrentismo solo para vernos obligados a empezar de nuevo si no queremos regresar a a finales del siglo XIX. Pero de eso hablaremos con detalle en la próxima entrega.