Repensar el ’68 , 40 años después
Aldo Casas •
Si queremos intentar una comprensión efectiva de un determinado
proceso o acontecimiento histórico, conviene comenzar por dejar
de lado cualquiera de las “filosofías de la historia”,
más o menos trascendentes o teleológicas. Tratemos sobre
todo de “des-aprender” las burdas presuposiciones del marxismo
determinista o mejor dicho “pre-determinista”, que pretendía
tranquilizar o fortalecer el ánimo de los militantes con el cuento
de que, sin que importaran las idas y vueltas de la vida, “las
leyes de la Historia” nos llevarían al Comunismo. Como
supo decir con cierta brusquedad Engels, cuando rompía con los
jóvenes hegelianos: “la Historia no hace nada”. Son
los hombres, sus luchas, la lucha de clases entendida en toda su complejidad,
lo único que en realidad cuenta.
Dejemos de lado también el sentido común que evacua cualquier
consideración crítica del pasado suponiendo que lo que
pasó, puesto que ocurrió, es lo que necesariamente debía
ocurrir... Semejante conformismo positivista olvida lo que acabo de
recordar: que la historia la hacen los hombres y que en ese hacer histórico
hay momentos de inigualable riqueza y creatividad que son las revoluciones,
los momentos de lucha revolucionaria, de resultados siempre inciertos
y abiertos. El carácter central de la lucha de clases y sus salidas
inciertas introduce en la historia, en efecto, una parte de contingencia
o azar y un concepto no mecánico de causalidad, una causalidad
abierta: las condiciones iniciales determinan un campo de posibles,
pero no determinan mecánicamente cuál triunfará.
Así pues, no sólo en cada crisis bulle la posibilidad
de salidas distintas, sino que los mismos resultados que parecen definitivos
y sancionados (como suele decirse) “por el Tribunal de la Historia”
y casi siempre condenando a perpetuidad a los vencidos que tuvieron
el atrevimiento de pretender abrir sendas diferentes, pueden y deben
ser una y otra vez re-examinados e incluso, en momentos re-fundacionales,
invertidos. Los vencidos y olvidados de ayer, pueden con nuestra participación,
pasar a ser parte de los triunfadores que en un futuro incierto nos
permitan salir de la prehistoria y construir, a conciencia, la verdadera
histora de la humanidad emancipada. Mientras tanto, y para ello, debemos
aprender a “examinar la historia a contra-pelo”, como quería
Benjamin.
Voy ahora al tema que nos convoca, lo ocurrido en Checoeslovaquia, 1968.
En esta jornada y en los círculos temáticos realizados
se abordaron muchos mas textos y tópicos de los que seria posible
o sensato tratar en una exposición. Parto entonces de un recordatorio
super-sintético: el contexto general del tan convulsionado y
cargado de deseos año 1968, la crísis abierta en el regimen
postestalinista encabezado por Novotny y a partir de enero las reformas
iniciadas desde arriba por Dubcek y su fracción, la irrupción
y pasaje al primer plano de los reclamos y organizaciones de intelectuales,
estudiantes y finalmente obreros, construidos más o menos autónomamente
y desde abajo, un florecer de demandas y debates y proyectos que fueron
el contenido real de esa metafórica “Primavera de Praga”,
que lo fue en realidad de toda Chocoeslovaquia. Primavera cortada ya
en agosto por los vientos helados que llegaron con los tanques y aviones
y centenares de miles de soldados del Pacto de Varsovia. Y con el viejo-nuevo
régimen sostenido por el ejército de ocupación
para imponer la llamada “normalización”, utilizando
para ello a los mismos líderes del pregonado “socialismo
con rostro humano”, Dubcek incluído, para luego expulsarlos
y condenarlos al ostracismo.
En este breve pero intenso periplo, lo que mas puede interesarnos fue
y sigue siendo esa irrupción de los de abajo, la creatividad
y las esperanzas (digo esperanzas, que no es exáctamente lo mismo
que “ilusiones”) expresadas y sostenidas por millones de
obreros, de estudiantes, de hombres y mujeres que quisieron comenzar
a tomar su vida en sus propias manos... Para esta jornada ustedes seguramente
han leído y conversado mucho sobre esto que es, ni mas ni menos,
una expresión de aquello que los marxistas revolucionarios llamaron
“la actualidad de la revolución” que se hace de tanto
en tanto plenamente visible y siempre bajo formas distintas e inesperadas.
Pero debemos tratar de entender también los límites de
tan apasionado y generoso intento y, mensurar la magnitud de la derrota
y consiguiente frustración...
Porque quiero introducir en nuestra reflexión la historia de
lo que ocurrió, no ya en 1968, sino a partir de otro enero, el
de 1989... Cuando el régimen post-estalinista encabezado ahora
por Husak y el Partido de los “normalizadores”, se reveló
incapaz de mantener la represión lanzada contra 100.000 manifestantes
que ocuparon las calles en homenaje a Palach, el estudiante que diez
años antes se inmolara denunciando la ocupación rusa.
Cuando los aparachtikis checoeslovacos, que no podían esperar
ayuda alguna del “hermano mayor”, porque con Gorbachov la
Nomenklatura rusa transitaba ya su propia deblacle, y lo mismo se repetia
con ligeras variantes en todo el mal llamado “campo socialista”,
optaron por ceder la escena, el gobierno y el poder a otro “reformismo”,
no sin tratar de conservar riqueza e influencias a su sombra. Claro
que no se trataba ya de aquellos reformistas del 68 que prometian “un
socialismo con rostro humano”, sino de los que llegaban pregonando
otra “nomalización”. Capitalizando una vasta movilización
de repudio a la falta de libertades y a los efectos socio-económicos
que acompañaban la descomposición de los Estados burocráticos,
con “la revolución de terciopelo” y Vaclav Havel
como mascarón de proa, un nuevo bloque social en formación
prometia volver a ser un país “normal”, o dicho mas
lisa y llánamente, ser un país capitalista, un país
más de la Europa capitalista e incluso de la NATO, con vocación
ahora de extender su area de influencia por sobre las ruinas de lo que
fuera toda “la Europa del Este”. Con lo que llegarían
rápidamente otros vientos helados, que no venian ya del este,
sino desde los cuatro puntos cardinales, porque la ofensiva neo liberal
o neo conservadora de Reagan-Tatcher (binomio al que hoy bien podríamos
agregar, aunque entonces no nos dieramos cabalmente cuenta, a Deng Ziao
Ping) operaba ya en los términos y dimensiones de la llamada
globalización, o mundialización del capital...
Vuelvo ahora hacia atrás, para señalar aunque sea desordenadamente
algunas cuestiones que pueden ayudarnos a comprender lo que en este
accidentado recorrido se ganó, lo que se perdió y, sobre
todo, porqué aquellos “posibles laterales” que seguramente
existieron no pudieron desarrollarse y fueron “invisibilizados”.
Checoeslovaquia era la más alta y contradictoria expresión
de la dialéctica de victorias que se transforman en derrotas
cuando la revolución se frena y se pudre, dialéctica que
marcó el período posterior a la derrota del nazismo. En
la Europa del Este donde se expropió a los latifundistas, al
clero y los grandes capitalistas, hubo desiguales y contradictorios
progresos sociales y culturales, pero no hubo ni poder obrero ni genuino
impulso hacia una efectiva transformación socialista. Incluso
en Checoeslovaquia, que era de lejos el país mas avanzado políticamente,
donde partidos socialista y comunista de masas impulsaron un proceso
revolucionario que fue de inmediato “expropiado” por los
estalinistas locales pero dependientes de Moscú. No sólo
se trata de los rasgos totalitarios, de la falta de libertades, la censura
y mediocridad impuesta como cultura oficial. Se trata de que el trabajo
siguió siendo explotado y alienado, con el agravante de que esa
explotación y alienación se pintaba de rojo y era embellecida
y homenajeada llamándola “trabajo socialista”. Todo
esto es lo que, con el curso de los años y los acontecimientos,
generó una profunda despolitización, desmoralización
y aún cinismo en los mismos trabajadores.
La “Primavera” representó una luminosa posibilidad
de superar ese estado de cosas. No por el proyecto “reformista”
de Dubcek y Ota Sik, apuntado en todo caso hacia un “socialismo
de mercado” (que luego se intentaría y fracasaría
-como no podia dejar de fracasar- en toda la línea), sino porque
por primera vez desde aquel golpe de Praga de 1948 que había
impuesto “el rol dirigente” del PCT, hubo un genuino proceso
de discusión y experiencias mas o menos desarrolladas de organización
y actividad autónomas. Pero la importancia y masividad del proceso
hicieron aún más evidentes sus límites o limitaciones.
Limitaciones que venian dadas por el tremendo retraso desde el que se
partía, en ese Estado que se pretendía socialista pero
consagraba el aplastamiento y atomización de los obreros y su
indefensión ante las exigencias de una burocracia, que con su
autoridad y control del trabajo muerto (vale decir, las fabricas y tecnologías),
se imponía sobre y contra el trabajo vivo, en una imprevista
“personificación” del capital estatizado. Limitaciones
también derivadas de las tremendas y comprensibles ilusiones
en los lideres reformistas que, incluso cuando se los desbordaba y superaba,
siguieron siendo el obligado punto de referencia para las masas. Limitaciones,
en fin, derivadas de la inexistencia de organizaciones políticas
autónomas con capacidad siquiera mínima de ayudar, desde
el seno mismo del proceso, a impulsar, sostener y socializar la autoactividad
y autoorganización de los trabajadores y jóvenes.
Tras la “Primavera”, las consecuencias de la derrota y demoralización
fueron agravadas (hasta límites que casi ninguno supo apreciar
desde la izquierda occidental) por el rol de colaboracionistas que fueron
obligados a desempeñar Dubcek y su fracción. El comunista
catalán Sacristán escribió a una revista que le
habia realizado una entrevista por esos días estas doloridas
líneas: “En fin, la cosa está de todos modos perdida
por ahora. Precisamente porque lo está se agravará. Y
precisamente por eso le hago un último ruego: que si alguna vez
va a publicar la entrevista le feche el 15 de julio de 1989, o 16, o
17, que ya no me acuerdo el día en que se la envié. Pues
se puede temer que con el paso del tiempo la situación en Checoeslovaquia
sea una tal victoria d la reacción que nuestra entrevista carez
ya de sentido si no se da la fecha. Fechada, siempre servirá
para recordar porqué mecanismo el neoestalinismo consiguió
convertir a una población entera -empezando por el proletariado-
que era la única socialista de Centroeuropa en una población
reaccionaria”.
En todo caso, lo cierto es que la “normalización”
aplastó la resistencia, las discusiones, los posibles balances,
el desarrollo mismo de las capacidades críticas. Pero creo que
hubo además, al igual que en Francia despues del 68 o de Italia
tras el “verano caliente” del 69, y en cierta sintonía
con ellos, una contraofensiva capitalista sostenida y perniciosa, en
todos los terrenos incluido el ideológico y cultural, a la que
fue sensible toda la la intelligentsia del supuesto “campo socialista”,
a tal punto que no digamos ya las organizaciones, que no existían
prácticamente, sino los individuos y las mas elementales ideas
del marxismo fueron marginadas, ridiculizadas, abandonadas.
Tengo ahora la impresión de que se produjo también una
transformación social, y que sobre esta se estableció
una nueva hegemonía. En efecto, una capa cada vez mayor de los
aparatchikis, funcionarios, técnicos y toda una franja de la
llamada “moderna clase media”, tránsfugas del régimen
en decadencia y “opositores” mezclados, tejiendo lazos con
“nuevos ricos” internos y capitales occidentales, fueron
conformando un nuevo bloque social oponiendo a la evidente crisis y
descomposición del “socialismo real” no ideas mas
o menos confusas de una “renovación socialista” y
emancipación social, sino la reivindicación pura y dura
de “libertad” y “democracia” en términos
abiertamente capitalistas y burgueses. Vaclav Havel fue la expresión
mas visible y celebrada de esta transformación. Pero mucho más
significativa y trágica es la parábola de Petr Uhl, joven
y brillante líder universtiario que se hizo trotskista en el
68, representante del ala izquierda en la resistencia democrática
al régimen, animador de Carta 77, uno de los pocos teóricos
que intentó comprender la verdadera naturaleza del estado y sociedad
en que vivía con artículos y un libro valioso como El
socialismo encarcelado, pero confiesa apenas diez años después
de la Primavera que se siente como uno de los tres o cuatro maníacos
que todavía intentaban analizar la realildad en términos
marxistas. En el 89 no encuentra más forma de participación
política que ingresar como un funcionario menor en el gobierno
de Havel y es hoy un honesto pero moderado y resignado socialdemócrata.
Para colmo, la caida del comunismo tampoco abrió para los trabajadores,
como en su momento muchos creimos posible, una genuina renovación
de sus organizaciones y concepciones de lucha. Por el contrario, lo
que restaba del PC se socialdemocratizó y el mismo aparato sindical
convertido en instrumento auxiliar de los ajustes neoliberalesas ni
siquiera cumplió con la defensa de los intereses mas elementales
de los trabajadores ni siquiera en términos corporativos...
Seguramente, en aquella atormentada sociedad que, tras el fin inglorioso
del mal llamado socialismo, incluso se escindió en dos naciones
distintas, bullen nuevas contradicciones y “el topo de la revolución”,
para utilizar la metáfora de Marx, sigue cavando y preparando
su reaparición en el momento menos pensado y bajo la forma mas
imprevista. Pero ello no nos exime de revisar, como hemos intendo hacer,
“la historia a contrapelo”. ¿De dónde venimos?
De una derrota histórica, es necesario admitirlo y tomar conciencia
de ello: la que la contra-ofensiva liberal fue tanto causa como consecuencia
y coronamiento de tal derrota. Pero simultaneamente debemos reparar
en que el mundo entero, la humanidad, enfrenta una crisis sin precedentes
y una reorganización política planetaria se está
diseñando... El mercado globalizado y la “guerra infinita”
generan nuevas escalas espaciales, modifican la configuración
de sitios y conflictos, imponen nuevos ritmos de la acción. Algo
se acabó con el cambio de dirección del siglo, entre la
“revolución de terciopelo” y la caída del
Muro de Berlín y el 11 de septiembre. Algo... ¿Pero que?
No lo sabemos con precisión, porque ello supondría una
capacidad “adivinatoria” que no tenemos. Creo con Gramsci
que la ciencia sólo puede preveer el momento de la lucha, no
su resultado, y menos aún resultados definitivos... Termino entonces
diciendo que asistimos a un comienzo que apenas percibimos, entre el
frágil “ya no más” que podemos oponer al viejo
mundo y el “aún no” con que tropieza nuestra utopía
o esperanza.
El camino a recorrer puede ser largo, pero el futuro dura mucho tiempo...
Aunque debiéramos recordar también que si “Otro
mundo es necesario”, es urgente hacerlo posible antes de que el
viejo mundo nos destruya y arruine el planeta.