Ecuador
Mario Unda
El proyecto del gobierno de Correa es un reformismo capitalista, cuyo
principal sujeto sería el Estado. Propone: 1) Recuperar el papel
del Estado como “rector de la economía”. Esto supone:
a) recuperar la capacidad de acción del Estado mediante una nueva
arquitectura institucional que permita rehacer la capacidad de acción
orientadora del estado (reorganización de ministerios, ministerios
coordinadores, recuperar el rol de planificación,...); b) recuperar
el territorio nacional como espacio de la soberanía estatal;
es el componente “nacionalista” del proyecto, pero no es
un nacionalismo como en los años 70, sino un “nacionalismo
del siglo 21”: su base territorial ya no es el Estado-nación,
sino una posible reconfiguración de la base de acumulación
regional: el área andina, Sudamérica. Es distinto, además,
porque ya no se propone las nacionalizaciones: pretende renegociar con
el capital transnacional (telefonía celular, minería,
petróleo). 2) Normar el funcionamiento del capital: asegurarle
un ambiente propicio para la reproducción y la acumulación
(dinero barato, subvenciones, exenciones de impuestos, programas de
recuperación productiva, incentivos para la pequeña y
mediana producción), pero sin los “excesos” neoliberales
(la pugna con la banca por los intereses; la eliminación de la
tercerización laboral).
Sin embargo, la burguesía real no es reformista,
y encabeza la oposición. Para suplirla, el proyecto debe reforzar
el Estado, y pasar de un Estado que refleja los intereses faccionales
de uno u otro grupo oligárquico a un Estado que represente los
intereses generales de la burguesía. De todas formas, el gobierno
busca acercar a grupos empresariales, por ejemplo a través de
los programas sociales (“socio país”, ferias libres).
Esto explica los ataques de Correa a los movimientos sociales, sobre
todo a los más organizados e independientes. Si no los puede
funcionalizar, se convierten en un estorbo para su proyecto, que recoge,
distorsionándolo, el programa de la resistencia popular al neoliberalismo.
La dinámica de la movilización popular puede encontrar
un más allá de la resistencia contra el neoliberalismo
y un más allá de la reforma (luchas contra el TLC, revocatorias
de mandatos de Bucaram, Mahuad y Gutiérrez). La lógica
de la movilización ya ha descubierto democracias más altas
que la democracia liberal, mientras que la democracia de Correa no rebasa
los marcos liberales, representativos y delegativos, en la cual el Estado
y la tecno-burocracia tienden a expropiar las potencialidades transformadoras
de la sociedad en movimiento.
Pero de allí no se deduce un “no”
en el referéndum, sino un “sí” propio, el
“sí” de los movimientos populares a su lucha de décadas,
capaz de contribuir a la reconstrucción de un espacio de izquierda
autónomo.
Socialismos y progresismos
Cuando Fernando Lugo, hace poco elegido presidente
del Paraguay, estuvo en el Ecuador, calificó a estos nuevos gobiernos
sudamericanos (Evo, Chávez, Correa, Lula, Tabaré, el suyo
propio) utilizando los términos “social y progresista”.
Puede parecer lo social y lo progresista demasiado ambiguo; de cualquier
manera, como caracterización, es mucho más certero que
la “revolución ciudadana” o el “socialismo
del siglo 21”. Y es más certero porque el proyecto del
gobierno de Correa es una reforma capitalista, y en ese marco no hay
espacio alguno para socialismos de ningún tipo. Alejandro Moreano
decía en broma, cuando comenzaba este gobierno, que no estamos
maduros ni siquiera para el liberalismo, mucho menos para un socialismo
del siglo 21.
El “socialismo del siglo 21” se convirtió
en un recurso discursivo que ni el propio gobierno se ha tomado muy
en serio. Más allá de una o dos conferencias, no hay una
intención ni siquiera de definir en términos políticos
y programáticos –mucho menos en términos teóricos–
de qué se trata. En cambio, el carácter progresista está
mucho más claramente definido en los actos del gobierno, tanto
si miramos todo el año y medio, un poco más, que lleva
de ejercicio, como si miramos los espacios cortos. Tomaremos como ejemplo
lo hecho por el gobierno en los meses de mayo y junio.
La “recuperación del Estado”
La reforma capitalista contempla, en primer lugar,
la “recuperación del Estado”; un “recentramiento
del Estado” que comenzó prácticamente desde el inicio
del gobierno, y que ha incluido la redefinición de ministerios,
la creación de los ministerios coordinadores, la recuperación
de la planificación estatal y el peso que se le ha dado al Senplades
(Secretaría Nacional de Planificación del Desarrollo),
la revitalización del Banco de Fomento, la reorientación
del área social, la creación de la Ageci (Agencia Ecuatoriana
de Cooperación Internacional),… Todo un empeño dirigido
a construir una nueva arquitectura institucional que permita lograr
una mayor “racionalidad” de las posibilidades de acción
estatal, justamente para que el Estado pueda convertirse en el actor
central del cambio (que es uno de los elementos fundamentales de la
ideología del gobierno) y sea capaz de orientar el desarrollo
de la economía y la acción social (el “papel rector”,
o “trazar la cancha”, como se dice). En los meses que comentamos,
por ejemplo, se produjo la absorción del INNFA (Instituto Nacional
del Niño y la Familia) por el MIES (Ministerio de Inclusión
Económica y Social).
Un segundo aspecto de esta recuperación del
estado es la “recuperación de la soberanía”,
esta política relativamente nacionalista del gobierno. Estos
últimos meses se ha hecho más notorio por el ataque colombiano
en la frontera norte. La defensa de la frontera norte, el fin del convenio
de la base de Manta, el TLC, etc.: recuperar el territorio nacional
como un espacio de soberanía de la política estatal, pero
no desde la perspectiva de un desarrollo más o menos autónomo
del mercado interno, en el sentido de los nacionalismos de los años
70, sino de recuperar recursos para el desarrollo económico nacional
(por supuesto, de un desarrollo capitalista).
En la ronda de discusiones entre la Comunidad Andina
y la Unión Europea, la posición ecuatoriana y boliviana
marcó esa tendencia, opuesta a la visión de simplemente
insertarse y asimilarse a los mercados desarrollados, expresada por
los gobiernos de Colombia y Perú. Detrás de la posición
ecuatoriana está la visión de crear un espacio de soberanía
regional, que es a veces el área andina, a veces Sudamérica,
y que ha enlazado con los momentos más “radicales”
de la política exterior brasileña: insinuar una OEA sin
EU, proponer una política de seguridad sudamericana, también
sin los EU,… Es como si los nacionalismos de los años 70
hubieran pasado a ser, estos sí, nacionalismos del siglo 21;
porque, evidentemente, con las condiciones creadas por la “globalización”
capitalista y el despliegue de las políticas neoliberales, las
propuestas centradas exclusivamente en el mercado nacional no tienen
ahora mayor viabilidad. La única posibilidad real es impulsar
un mercado regional más amplio, que puede ser Sudamérica.
El único problema de esa propuesta es que depende del Brasil,
pues en América Latina no existe ninguna otra economía
capaz de servir de eje articulador.
Es importante mencionarlo porque el Ecuador no tiene
un peso económico suficiente como para influir decisivamente
en estos procesos, pero podría sumarse a una corriente regional:
cuando Correa retomó la propuesta del eje Manta-Manaos mostró
la intención de incluirse con ventaja en una posible reorganización
de la base territorial de acumulación de capitales a escala regional.
Es también un nacionalismo distinto por sus
objetivos: en los años 70 la lucha era por la nacionalización
de los recursos (el petróleo, las 200 millas de mar territorial);
el nacionalismo actual se plantea una renegociación con el capital
transnacional. Lo hemos visto durante este gobierno: renegociaciones
con las empresas de telefonía celular, mineras y petroleras.
La reversión de las concesiones mineras debe entenderse como
un mecanismo para obligar a las empresas mineras a renegociar bajo nuevas
condiciones, dejando más recursos en el país, acogiendo
reglamentaciones más claras y posiblemente un asocio con el Estado
(y para eso se plantea la creación de la Empresa Nacional de
Minería). Recordemos también que, cuando asumió
el gobierno, dictó el famoso decreto de revisión de la
participación estatal en los dineros provenientes de los excedentes
sobre el precio por barril fijado en los contratos, el famoso “99-1”;
luego, en las conversaciones habidas en mayo y junio, el gobierno acuerda
una redistribución “70-30”, y en los primeros contratos
que se firmaron ya el mes pasado, el Estado va a obtener 67 centavos
por cada dólar. El esquema, como se ve, es presionar a las transnacionales
para que renegocien y no se produzcan estos festines, estas sangrías
de recursos que significó el predominio de las políticas
neoliberales.
Normar el capital, o la increíble y triste historia de la “burguesía
realmente existente”
Que sea una propuesta de renegociación debe
vincularse con otro elemento. En la reforma capitalista está
involucrada una reforma al funcionamiento del capital. No puede haber
una reforma capitalista si no se ponen ciertas reglas al funcionamiento
del propio capitalismo. Normarlo como forma de asegurarle un ambiente
propicio para la reproducción y la acumulación (dinero
barato, subvenciones, incentivos).
Durante todo el período neoliberal (que en el
Ecuador comenzó en 1981, cuando Oswaldo Hurtado subió
al gobierno tras la muerte de Roldós, y se mantuvo claramente
hasta el gobierno de Gutiérrez), el Estado fue privado de su
capacidad de controlar los movimientos del capital. Los resultados pudimos
verlos y sentirlos en la crisis bancaria de 1999. El gobierno de Correa
busca que el Estado recupere cierto control sobre la marcha de la economía;
a eso apuntó su primer enfrentamiento con la banca por las tasas
de interés (y nuevamente habría que recalcar: se trata
de controlar y orientar, no de expropiar ni de hacer ninguna reforma
radical; tan no se trata de eso que en semanas anteriores el propio
Correa, en un programa de televisión, se permitió alabar
el buen funcionamiento del Banco Pichincha).
Estos últimos meses, que vieron un crecimiento
notable de la inflación, sirvieron también para mostrar
la dirección en que pretende ir el gobierno: un Estado que incida
en las condiciones en las cuales se genera la producción dando
más facilidades para el sector productivo, tanto para los pequeños
como para los grandes productores: allí los subsidios para la
importación de agroquímicos, la urea subsidiada, el “mandato
agrario”, las exoneraciones de impuestos, más subsidios
en el plan de reactivación agraria,… Pero todo esto a cambio
de que las ganancias se mantengan en un cierto nivel “razonable”
que no esquilme a los consumidores, sobre todo a los de menos recursos;
así que el gobierno establece la faja de precios para el arroz
(el 19 de junio). Ofrecerle, entonces, al capital ciertas condiciones
para que pueda seguir obteniendo ganancias, siempre y cuando no se produzcan
“abusos y excesos”. También los conceptos de “abuso”
y “exceso” son ambiguos, pero ¿qué se le va
a hacer?
Lo propio se plantea en el intento de normar la relación
capital-trabajo. El mandato laboral, que elimina la tercerización,
pero no la intermediación, es una muestra de eso. Que las relaciones
capital-trabajo funcionen normalmente, tratando de frenar los excesos
(la multa a Pinto). Esto de “excesos” ha salido de boca
de los propios funcionarios gubernamentales: el ministro de Trabajo,
Antonio Gagliardo llegó a definir la explotación como
el exceso (pero, la explotación es la norma del funcionamiento
del sistema, no un exceso).
Propio de la mentalidad expresada por el gobierno,
se ven excesos “en los dos lados”: por eso el ataque a los
contratos colectivos, al derecho de organización y de huelga
de los trabajadores públicos, a la huelga solidaria. Todo lo
cual, más allá de las motivaciones y de los discursos,
es absolutamente funcional –y provechoso– para el capital
en su conjunto.
Se trata, entonces, de un gobierno que busca una reforma
del capitalismo: crear condiciones en las cuales se siga normalmente
produciendo plusvalor, y éste pueda ser normalmente apropiado
por los empresarios, pero en las cuales no se produzcan abusos y excesos,
y en las cuales haya también espacio para el desarrollo de la
pequeña y mediana producción. Un par de ejemplos: también
en el campo agrario, y desde el inicio de su gestión, algunas
políticas sociales, en algunas zonas, compraban a los pequeños
campesinos los productos de la alimentación escolar, y más
recientemente el gobierno anunció que su intención era
que se entregaran 600 millones de dólares en beneficio de las
pequeñas y medianas explotaciones agrícolas.
Pero el problema de todo esto es que la burguesía
de carne y hueso es muy poco reformista; se acostumbró al ambiente
creado por la orgía neoliberal, y no está muy dispuesta
a entrar en este plan de reformas. Y lo que vemos constantemente es
la oposición de las Cámaras Empresariales, del Comité
Empresarial, de la Asociación de Bancos, de la AER (Asociación
Ecuatoriana de Radiodifusión), la AECTV (Asociación Ecuatoriana
de Canales de Televisión), la AEDEP (Asociación Ecuatoriana
de Editores de periódicos),… La burguesía, como
sujeto, es muy poco reformista, y nacionalista menos todavía,
porque está totalmente vinculada a los flujos de los capitales
globalizados, y buena parte de sus procesos de reproducción y
de acumulación depende del vínculo con los mercados mundiales.
Así que uno de los grandes problemas políticos
del proyecto de Correa es que se trata de una propuesta de reforma capitalista
en condiciones en que los propios capitalistas no parecen muy dispuestos
a las reformas. El resultado tiende a ser necesariamente un reforzamiento
del papel del Estado, porque si no existe el sujeto social, real y concreto,
de la reforma, el Estado tiene que suplir este papel. Si en la época
anterior el Estado fue manejado en función de interés
faccionales, incluso familiares, de grupos empresariales, a lo que puede
aspirar el proyecto de Correa es a un Estado que represente los intereses
generales de la burguesía.
Y en ese sentido necesita mucho más apoyarse
en un nexo con los capitales transnacionales, porque eso puede darle
a la propuesta un piso de respaldo que no encuentra directamente en
el capital “local”. Y por eso también el gobierno
hace esfuerzos por atraer a sectores empresariales. En algunas políticas
sociales ya hay participación de grupos empresariales; por ejemplo,
en el plan “socio país” están vinculados Supermaxi
o Tía; en el programa de ferias libres se han sumado 10 empresas:
La Fabril (aceite La Favorita, margarina Klar), panadería California,
Nirsa (sardinas Real, atún Mar Brava), ingenio La Troncal, huevos
Casanova, fideos Toscana, Avícola Fernández, Big Cola,
Rey Leche y La Europea.
Con esto, el gobierno ha logrado acercarse a sectores
capitalistas que no están directamente vinculados a los gremios
empresariales; recordarán ustedes, hace unos meses, la reunión
mantenida por Correa con 70 empresarios, que descuadró a las
Cámaras; entre ellos estuvieron Pedro Kohn y Roque Sevilla. Una
infidencia periodística señalaba los empresarios que visitan
el palacio de gobierno: Roberto Goldbaum, María Belén
Correa, Ignacio Pérez Arteta, Ricardo Estrada y César
Monge. Si se plantea una reforma capitalista, se necesita el respaldo
de algún sector de la burguesía; no basta con el difuso
apoyo de los ciudadanos.
El gobierno, los movimientos populares, el referéndum
Para terminar: si es que la propuesta es una reforma
capitalista centrada en el Estado como actor fundamental, y busca una
apertura hacia el sector empresarial y espacios de renegociación
con el capital transnacional, entonces se explica el por qué
de la posición de Correa frente a los movimientos sociales, sobre
todo los más organizados, los más representativos, los
que tienen mayor capacidad de movilización, los más independientes,
y la izquierda: si no los puede funcionalizar, se convierten en un estorbo.
Y resultan un estorbo porque Correa ha recogido efectivamente en su
programa electoral, en algunas políticas gubernamentales y en
ciertas reformas constitucionales parte del programa de la lucha social
de los últimos 30 años. Pero al recogerla, la distorsiona
en la perspectiva de la reforma capitalista, y se genera una clara distancia
con la perspectiva de la movilización social.
Vamos a decirlo claramente: no es que la movilización
social haya sido anticapitalista o socialista; el horizonte máximo
de la lucha social durante este último período ha sido
detener al neoliberalismo. Sin embargo, la dinámica de la movilización
puede encontrar un más allá de los límites de la
mera resistencia al neoliberalismo y, obviamente, más allá
de la reforma. Se pudo verlo en la lucha contra el TLC, y de modo nítido
en las movilizaciones masivas de las últimas crisis políticas:
en ellas se partió de la crítica al gobierno de turno
y al congreso, y se terminó encontrando la revocatoria del manato
de tres presidentes (Bucaram en 1997, Mahuad en el 2000, Gutiérrez
en 2005), el “fuera todos”; y una perspectiva de democracia
radicalmente diferente a la democracia liberal.
Correa debe ser conciente (o por lo menos tener intuiciones)
de que la movilización social representa un riesgo para una propuesta
de reforma centrada en el Estado. No ha llamado a ninguna movilización
importante; el festejo de inicios de año no fue una movilización
de lucha, sino apenas un escenario de reconocimiento de fuerzas. Lo
contrario a lo que ya está haciendo la derecha, que utiliza la
movilización como un recurso de lucha social (Nebot, los evangélicos,
los colegios católicos). En este período preelectoral
podríamos encontrarnos con un escenario en que la calle sea ganada
por la movilización de la derecha.
Su relación con los movimientos sociales y con
la movilización refleja una visión para nada democrática.
La concepción de democracia que tiene Correa no va más
allá del liberalismo. Cuando la polémica con Acosta, Correa
dijo: “El primer paso para lograr el cambio es dejar de lado las
falsas democracias. Nos quieren hacer creer que todo el mundo puede
debatir interminablemente”. Uno puede decir que eso fue porque
el trabajo de la constituyente se estaba dilatando y perdiendo tiempo,
que se generaba una mala imagen de la Asamblea y que, gracias a ello,
la derecha ganaba terreno. Sin embargo, a renglón seguido, Correa
reafirma y aclara: “Democracia no es que participen todos. Básicamente
es cumplir el mandato que nos dio el pueblo”. Ese es el esquema
de la democracia representativa, delegativa: uno escoge al representante,
y el representante se convierte en el soberano que ejecuta lo que entiende
que el pueblo le ha indicado. Una democracia en la cual el Estado y
la tecno-burocracia tienden a expropiar las potencialidades transformadoras
de la sociedad en movimiento.
Y tiene que ser así, dado que la propuesta está
centrada en el Estado, movido por la lógica técnico-administrativa
a la cual le estorba la intromisión de la lógica de la
movilización social.
Ahora bien: eso no quiere decir que yo esté
por el “no” en el referéndum. Al contrario. También
está en juego la posibilidad de dar continuidad y desarrollar
las luchas populares. Está en juego la posibilidad de asestar
una nueva derrota al neoliberalismo, a sus impulsores y beneficiarios.
Está en juego la posibilidad de fortalecer el avance de la conciencia
social, su búsqueda de justicia y de igualdad, de profundizar
la brecha que ha ido labrando frente a las distintas formaciones políticas
de la oligarquía, frente a sus representantes ideológicos,
aparentemente no partidarios ni políticos (la gran prensa, las
jerarquías eclesiásticas, católicas y evangélicas).
Está en juego la necesidad de hacer frente y detener la ofensiva
de las derechas unidas, que pretenden hacerse fuertes movilizando el
lado conservador y timorato de las mentalidades sociales.
Cuando es todo esto lo que está en juego, no
cabe una posición neutral, no cabe pretender situarse “más
allá del bien y del mal”. Pero debe ser un “sí”,
cualificado, un sí nuestro, autónomo, un sí a las
luchas de 30 años contra el neoliberalismo y la democracia restringida.
No puede ser un sí que simplemente reafirme al gobierno de Correa,
tiene que ser un sí que critique al gobierno, de modo claro y
desde la izquierda; lo contrario sería entregar toda la lucha
social de los últimos 30 años a un mero juego de reforma
burguesa. El tema es cómo la izquierda y los movimientos sociales
reconstruyen un espacio de izquierda autónomo, crítico,
que no le haga el juego a la oposición oligárquica y que
no se confunda con la crítica de las viejas y nuevas derechas.
Quito, 4 de agosto de 2008.
* Sociólogo. Militante del grupo Refundación Socialista.