Omar Acha
No caben dudas sobre la necesidad de una crítica radical y sin concesiones de la izquierda, de sus políticas y, sobre todo, de su historia; es decir, de cuáles fueron sus estrategias y qué consecuencias tuvieron. Una postura defensiva es teóricamente conservadora y políticamente reaccionaria. Después de tantos fracasos y de tantas derrotas, un examen sin prejuicios constituye una de las precondiciones para la reconstitución de la voluntad revolucionaria. Sobre este tema de la "crítica" hay mucho más que decir, pero aquí quiero discutir otra cosa. Me refiero a la fobia a los dilemas políticos y a la historia de la izquierda. La lógica de esa fobia es la crítica crítica.
La crítica crítica es la actitud destructora de lo que fue la izquierda en los últimos doscientos años. Para simplificar el tema consideraré a la izquierda argentina del siglo XX como objeto de la crítica crítica. Con eso evadiré extensas discusiones sobre Marx, el bolchevismo, el trotskismo, Cuba, etc.
La crítica crítica rechaza a la izquierda sobreviviente del siglo XX, a la que achaca dogmatismo, verticalismo, caudillismo, vanguardismo, populismo, homofobia, autoritarismo, falta de pragmatismo, leninismo, machismo, oportunismo, centralismo, nacionalismo, sectarismo, ultraísmo, teoricismo, totalitarismo, etcétera, etcétera.
Es cierto que numerosas o todas las lacras detectadas en las izquierdas son ciertas en mayor o menor medida. Basta pensar en la historia de la izquierda para encontrar expresiones de los defectos martillados por la crítica crítica. Ahora bien, ¿la historia de la izquierda fue sólo eso? ¿Fue una cadena de errores y masacres, de opresiones y engaños? ¿Habrá que acordar con las opiniones antirrevolucionarias, progres o derechistas, que deploran el "mesianismo" de querer cambiar las relaciones sociales? ¿Será cierto que la búsqueda de nuevas formas de vida colectiva conduce indefectiblemente a despotismos mayores?
El énfasis desencantado o arrepentido de la crítica crítica repugna de la historia de la izquierda, porque piensa que la recluye en el sótano del fracaso, del que no debería retornar. ¿Para qué?, dice la crítica crítica, ¿Para crear nuevos gulags o grupitos delirantes autodesignados "ejércitos del pueblo"? Pero debe ser discutido si la fobia de la crítica crítica es constructiva y si aporta a una reconstrucción de la izquierda.
La crítica crítica detesta su objeto. Busca aniquilarlo. No aspira a "superarlo", conservando sus "momentos de verdad". Si la crítica crítica se dice de izquierda, la simpatía con la izquierda es superficial. Por ejemplo, adopta los temas de la igualdad, la democracia y la justicia, o si se quiere de la automonía y la libertad, pero mantiene una distancia olímpica con lo efectivamente hecho. En sus versiones populistas asiente a la lucha constante del pueblo o los de abajo, pero las organizaciones de la izquierda fueron siempre parásitos equivocados. Si es posmoderna, la crítica crítica lamenta que no se haya pensado en antiedipos, poderes atravesando los cuerpos, multitudes, acontecimientos, significantes vacíos o vidas nudas. Pero la crítica crítica puede ser también ortodoxamente de izquierda. Así es que puede denostar al bajo pueblo por no haber devenido socialista y haber permanecido atenido al peronismo.
La crítica crítica aplicada a la historia de la izquierda encuentra males absolutos por todas partes. Nada hay recuperable. De las contrariedades no se extrae ninguna enseñanza. Las derrotas fueron merecidas y estaban decididas de antemano. La crítica crítica es arrogante porque ha decidido a priori.
No importa que el programa político de la crítica crítica pueda ser raquítico e incluso permanezca informulado. Lo esencial es que no podría hacerlo, dado que los planteos del pasado han caducado irremediablemente. Si nada queda del pasado, debe existir una política positiva en el hoy, pues sin esa posibilidad de praxis, ¿Dónde se funda la base estratégica para la crítica crítica?
La crítica crítica diluye la facultad interpretativa. Si el objeto de la crítica es insignificante, por estar plagado de fallas y errores, es inútil cualquier interpretación que no sea un catálogo de extravíos.
Para interpretar es imprescindible otorgar una densidad al tema discutido. Sólo la complejidad habilita la interpretación porque si no existe un desafío en el objeto, en este caso, en la izquierda "pasada", el único camino factible es dictaminar su nulidad.
La crítica crítica es abstracta y sectaria. Se satisface con palabras-clave. Por ejemplo, habla de la autonomía, como si no fuera preciso pensar la omnipresencia del poder y la dominación, como si se pudiera estar al margen de relaciones desiguales. Ningunea a la izquierda realmente existente. No es necesaria apología alguna, por ejemplo, de los pequeños partidos políticos de la izquierda marxista, para comprender que si nada significan y sería mejor su extinción se está utilizando un razonamiento sectario. Tampoco es preciso sobrar irónicamente a las reformulaciones del peronismo plebeyo para dar cuenta de la exigencia de hallar fórmulas simbólicas de identificación colectiva. Pero para la arrogancia de la crítica crítica toda política o ideología que no se recueste en las palabras mágicas a la moda en los cafés universitarios o en los grupos de amigos carece de interés. La crítica crítica despolitiza su perspectiva y reitera, a su modo, los errores de la izquierda tradicional.
Sin embargo, las izquierdas también lucharon, fueron heroicas, construyeron cultura, fueron generosas y democráticas. Las izquierdas analizaron y se transformaron. Se hicieron pueblo y clase. Articularon teorías y políticas del saber. Generaciones enteras dieron su vida y deseo por la emancipación. ¿Qué todo esto estuvo acompañado por grandes equivocaciones? Sin duda. Pero justamente fue una historia compleja, que la crítica crítica se priva de elaborar, como si la historia comenzara con Chiapas o Seattle, cuando no con un libro de Holloway o Negri. Así se condena al convencimiento de pequeño círculo y a la auténtica revisión de la izquierda. Esto es inaceptable porque la izquierda debe cambiar.