Victoria Aldunate Morales
Ni leyes VIF, ni ministerios, ni campañas de
“sensibilización”, ni votaciones de senados recalcitrantes
y machos… En el medioevo, con Inquisición funcionando y
hogueras por montones, las mujeres se autoorganizaban, algunas “vendiendo”
modelos cristianos y otras con un descaro sólo digno de feministas
y lesbianas…
La antigüedad había irrumpido con su propiedad privada,
luego de exterminar a las sociedades matrilineales a punta de guerras
y sangre. La biblia, los filósofos, la democracia griega, entre
otros, ya se habían encargado de negarnos, no tres veces, si
no cientos de veces y de borrar todo el conocimiento neolítico
de las sociedades de la diosa. La derrota materna que denunciaba Engels
en sus escritos, ya había sucedido, y la artificiosa creación
de “La Familia” para encerrar a las mujeres, ya se desarrollaba,
cuando las calles del medioevo se repletaban de mujeres…
“DEVOCIÓN”: RESISTENCIA A LA IGLESIA
PAPAL
Mujeres golpeadas que escapaban de sus casas, mujeres
rechazadas por haber sido mancilladas en una violación, jóvenes
que antes de ser obligadas a casarse con un viejo escapaban y se dedicaban
a vagar… Eran fugitivas. Cientos de parias que cuando lograron
verse unas con otras, decidieron juntarse para sobrevivir.
Así surge un movimiento femenino –o feminista-
cuyo sentido se entiende a duras penas en esta lógica lineal
en que hoy leemos la realidad, pensando que el pasado fue menos osado
que el presente.
No, en occidente, decenas de comunidades de mujeres
se juntaron para la autodefensa. Especialmente se documentan estas comunidades
en Europa. Y parece ser que eran necesarias justo allá donde
la opresión era muchísimo mayor que en nuestros pueblos
indígenas que antes de ser, desgraciadamente, “descubiertos”,
seguían viviendo en comunidad con sus dioses y diosas, reconociendo,
en muchas de sus civilizaciones, el poder de las mujeres, la homosexualidad
y la divinidad de la tierra como una madre que no se vende ni se compra…
En Europa en cambio, las mujeres no tenían la
suerte de ser indias y con toda su blancura, habían ido siendo
brutalmente sometidas, poco a poco. Pero desde el siglo 12 comenzaron
a rebelarse abiertamente o no, muchas de ellas. A menudo recurrieron
al recurso de agruparse bajo el signo de una supuesta “devoción”.
Rezaban y adoraban a Dios, lo que ya era dudoso pues esos siglos estuvieron
llenos de sociedades herejes, que se agrupaban en la devoción
a un dios con el que tenían algo así como “acción
directa”.
Los cátaros, los bogomili, los ascéticos
–como San Francisco, defensor de los pobres y animalista- aborrecían
las Iglesias, declaraban el Antiguo Testamento un instrumento demoniaco
y denunciaban a los curas por fornicadores, enriquecidos y cínicos.
Estos grupos por lo general, hombres y mujeres, donde las mujeres también
predicaban, viajaban por las ciudades, yendo como una especie de hipis
apóstoles, diciendo sus verdades al pueblo. Las mujeres pobres
y fugitivas en cambio, eligieron las comunidades asentadas en un territorio
específico y a veces debieron atrincherarse para no ser desalojadas.
PRODUCTORAS, MÉDICAS, LAICAS
No sólo había fugitivas en las calles
medievales, también muchísimas mujeres pobres que no tenían
un lugar en el mundo. Por esto se agrupaban para sobrevivir juntas.
A muchas, se les llamó beguinas. Desde el siglo
13 en adelante, se multiplicaron las comunidades femeninas semirreligiosas.
No eran monjas ni estaban presas, salían cuando querían
y podían tener amores con hombres por fuera de las comunidades.
Inclusive podían dejar la comunidad para juntarse con algún
hombre si así lo decidían en algún momento. El
ingreso en estas comunidades no exigía el rechazo a la pareja
heterosexual. Tampoco estaban sujetas a las disposiciones de la curia
y para sobrevivir, realizaban diversos trabajos manuales y médicos.
Mantenían en sus dependencias talleres artesanales, de textiles,
de maderas y otros diversos materiales con los que fabricaban bienes
de consumo igual que lo hacían los maestros varones que mantenían
aprendices en sus casas medievales.
Cuando los maestros artesanos comenzaron a organizarse
en gremios de artesanos, es decir a institucionalizar su trabajo para
que la sociedad lo pagara como ellos consideraban justo, otra de las
medidas que tomaron fue dejar en claro que las mujeres no entraban en
su negocio. No querían competencia femenina. Se sabe de duros
enfrentamientos en Flandes de gremios masculinos con comunidades de
mujeres productoras. La guerra fría contra las comunidades de
mujeres de parte de alianzas y complicidades masculinas, ya en el siglo
15, llegan a apartarlas totalmente de la posibilidad de sobrevivir de
sus producciones. Se les prohíbe vender lo que hacen, apenas
se les deja el trabajo del cuidado de enfermos, pero en un rol secundario
–igual que hoy las enfermeras-. Los médicos son ellos,
porque cuando la medicina se institucionaliza también, las mujeres
ya están siendo quemadas por brujas por practicar sanaciones
en base a sus conocimientos ancestrales de yerbas y procedimientos para
salvar vidas.
Así, cuando a las mujeres comienza a negárseles
el trabajo, a quemárselas por brujas, locas o por antojo de los
curas, comienzan, coherentemente, a desaparecer las comunidades porque
ya no tienen ni qué comer o directamente porque son allanadas
por herejes…
Lo mismo sucede con los cátaros, ascéticos,
bogomilis y otros. Son torturados y asesinados sus cabecillas por herejías…
La limpieza sexista e ideológica se hace bien. El renacimiento,
el colonialismo, las monarquías, las criminales cruzadas, ya
no tienen que lidiar con estas enemigas que son las mujeres de comunidades
ni con los denunciantes de sus degeneramientos, y pueden trasladarse
tranquilamente -mientras dejan la “casa familiar ordenada”-,
con su cruz y su fálica espada desde Europa a las, según
estos ignorantes, Indias, a matarnos a nosotras y nosotros…
JUETTE, UNA SANTA BRUJA…
En la ciudadela rebelde de Juette, en Huy (Bélgica)
entre los años 1150 y 1180 se oyó hablar de Juette. Su
historia, que ella contó en su lecho de muerte a un cura que
la reprodujo, dice que fue una niña que a los 13 años
fue casada por conveniencia con un viejo rico algo decrépito
para ese periodo de la historia, de 50 años. El padre de Juette
era recaudador de impuestos y como a todas las niñas, su padre
la vendió a otro varón. Ambos ganaban, el padre se quitaba
un peso de encima quedando emparentado con un hombre rico, y el marido
se llevaba una doncella para desvirgar alegremente.
Juette, la niña, tuvo varios embarazos y partos,
varias muertes de hijos también –tal vez abortos- y al
final se quedó con dos hijos vivos. Para su felicidad, su marido
murió de viejo luego de cinco años de matrimonio. Sin
embargo, como era de esperar, su padre le ordenó casarse de nuevo.
Una mujer no podía vivir sola. Pero ella, ahora ya de dieciocho
años, se negó rotundamente.
Su padre la llevó ante el obispo de la aldea,
quien la sometió a un juicio en una corte repleta de curas y
otros machos. Cosa extraña, el alegato de defensa lo hizo ella
misma diciendo que ya se había dado un esposo: Cristo. Nada menos
y nada más.
Hizo un discurso católico de castidad y de rechazo
al sexo, “al cuerpo y a sus miserias”, y logró lo
que quería. No la casaron.
Se sabe que siguió criando a sus hijos en la
casa que le había quedado luego de su viudez. Cuando su padre
muere, sus primos y hermanos que consideraban que el viejo padre se
había puesto blando con ella, volvieron al ataque. Un hombre
acaudalado, allegado a la familia es el elegido para futuro marido,
y aunque Juette se da cuenta y lo expulsa de su casa, una noche, sus
primos la invitan a cenar y la retienen hasta el momento en que se presenta
el “galán”.
En la casa del siglo 13, incluso en las más
ricas, no existían lugares cerrados donde alguien, y especialmente
las mujeres, pudieran refugiarse. Cuando se apagaba el fuego de las
chimeneas y se iba la luz, ellas quedaban expuestas a las atribuciones
sexuales de los hombres (esas que tanto odiaba Juette). Ella no se duerme
y espera, cuando oye que el hombre se acerca, comienza a gritar, presa
de extraños espasmos. Dice que la virgen “esplendida”
está frente a ella, que la salvará de la lujuria masculina,
que la santa señora la oye y la ve, que en realidad, los está
mirando a todos y castigará a cualquiera que la toque. Nadie
quiso discutir con la virgen y todos aterrorizados del castigo de ese
dios terrible que la respalda, dejaron tranquila de una vez a Juette.
AUTODEFENSA DE MUJERES
Antes de que en alguna cabeza cupiera la idea de una
posesión demoníaca, ella anunció (y/o actuó)
más y más apariciones de mujeres santas. Nunca de hombres
santos. No le gustaban los hombres… Comenzó a hacer obras
de caridad, a cuidar enfermos, a ayudar a morir a los agonizantes, cuidaba
a los leprosos. Dilapidaba sus rentas en los pobres. Decía que
a dios no le gustaba que la gente tuviera demasiado dinero. Y es cierto
que muchos ricos intentaban salvarse de la ira divina con limosnas,
pero Juette iba mucho más lejos, vendía hasta sus muebles
para dar dinero al refugio de leprosos, donde además se quedó
viviendo por diez años.
Se comentaba que comía, dormía y se bañaba
con los leprosos. Sus hermanos la acusaban de loca y le quitaban lo
que podían de sus bienes. Mientras, las santas siguen apareciéndosele,
y generalmente le soplan secretos sobre los actos pecaminosos de curas
y hombres influyentes del pueblo. Secretos que ella usa tan bien que
nadie se atreve a actuar en su contra.
A los 30 años, se va a vivir a una casa vecina
al leprosario, en las afueras del pueblo, y nunca más sale de
ahí. Lleva a vivir a su lado a otra mujer. Decía que era
su “sirvienta”. Sirvienta, amiga o pareja lésbica,
aquella compañera de Juette, se encargó de ser sus ojos
y oídos en el pueblo. Juette sigue enterándose exactamente
de quién se acuesta con quién, qué obispo con cuál
otro, qué hombre de renombre es cornudo, qué señoras
devotas tienen amantes, que macho se acuesta con hombres, y se entera
de todos los placeres prohibidos de los poderosos. El chantaje sigue
su curso y nadie se atreve a desafiarlo. Esta mujer no parece tener
mucho que perder y no necesita de ellos para vivir.
Es por esa época que comienza a recibir más
y más mujeres en su fortaleza. Jóvenes prófugas
del matrimonio, adultas arrancando de los golpes, mujeres estigmatizadas
por sus comunidades, diversas fugitivas. Juette las recibe a todas.
Cuando alguna joven se va con un hombre, ella la amonesta, pero luego
la vuelve a recibir y dice a todo el pueblo que fue el hombre quien
la envolvió con sus artes sexuales ante las que la joven inocentemente
“cayó”…
La comunidad de autodefensa de Juette, sigue actuando
durante 30 años en el pueblo de Huy, hasta que ella muere a los
70 años de edad. Cuando se filtra la noticia de la muerte de
la líder, llegan varias comitivas que conminan a las mujeres
a salir pacíficamente y a volver a sus matrimonios y a sus familias.
Ellas, necias, se niegan y demandan seguir encerradas en su fortaleza,
pero el obispo, sin ya ningún chantaje que lo obligue a nada,
deja la tarea del desalojo a hombres armados.
¿SANTA JUETTE? ¡NO JAMÁS!
Al cabo de decenas de años, algunas voces de
monjas en el territorio actual de Bélgica, intentaron santificar
a Juette "por su pureza", pero, claro, la Iglesia se negó
rotundamente –menos mal-. La Santa Iglesia había soportado
a Juette mientras vivía, ahora, muerta, pensaba enterrarla definitivamente.
Pero no pudo, ella pasó a la historia en esos libros algo marginales
que ocupan a historiadores e historiadoras testarudos, a investigadores
incesantes y a feministas vociferantes.
No, Juette no fue una santa bajo ningún punto
de vista y está bien, ninguna mujer la necesita metida en un
Iglesia. Ella existió, resistió y se rebeló con
muchas otras, apelando a la ancestral costumbre femenina de hacer comunidad.
Comunidad para ayudar a cuidar a las guaguas, comunidad para ayudarse
mutuamente a abortar embarazos que no traerán ninguna marraqueta
bajo el brazo, comunidad para producir, para trabajar y divertirse.
En definitiva, comunidad que se autodetermina como grupo y como individuas.
No necesitaban Ley VIF ni ocho cuartos, sólo su fuerza, audacia
y ganas de salvarse de todas las violencias.
Memoria Feminista, feministas autónomas
Algunas Fuentes: Georges Duby. "Mujeres del SigloXII”
Ed. Andrés Bello../Margaret WadeLabarge "La Mujer en la
Edad Media “ Ed. Nerea/“Historia de las Mujeres”Tomos2
y 3Varios AutoresEd. Taurus/ Carlos Fisas “Mujeres, amores y sexo
en la Historia” Ed. Plaza & Janes
Carpeta Didáctica. Mujeres Medievales. Clara
Martínez Tomás, España.
http://www.feministautonoma.blogspot.com/