Martín Bergel
Introducción
Desde hace unos años se asiste en algunas partes del mundo a la emergencia y aparente consolidación, en el horizonte de las tradiciones consagradas de la izquierda, de un campo relativamente difuso y difícil de delimitar: el de los “autónomos”. Aunque en su configuración actual no es difícil advertir influencias más o menos directas de constelaciones ya establecidas –el anarquismo, el marxismo consejista y/o libertario, los movimientos del ´68, ciertas tradiciones comunitarias indígenas, el operaismo italiano-, su reciente despliegue se enmarca en un ciclo histórico de la política que reclama tratamiento específico. Su irrupción, en efecto, no puede entenderse sin considerar la crisis general de las izquierdas que se precipitó en torno a la caída del Muro y el eclipse de los socialismos reales -crisis de incontables consecuencias que, conjugada con el ascenso del neoliberalismo en todo el planeta, involucró no sólo a las tradiciones leninistas y comunistas, sino también a las diversas figuraciones de los modos de la política guevarista-guerrillerista, socialdemócrata y nacional-popular-, ni tampoco su necesaria ubicación histórico-social dentro de la problemática de la globalización, con su estela de mutaciones en áreas tan diversas y sustantivas como el trabajo, las comunicaciones, y el mismo Estado-nación.
También en los últimos años, sobre todo luego de la rebelión popular que terminara con el gobierno del presidente argentino Fernando de la Rúa en diciembre del 2001, puede constatarse la presencia de un extendido juicio, muchas veces aparecido apenas bajo la forma de una imagen o una intuición, que coincide en otorgar a ciertas experiencias sociales y políticas desarrolladas en territorio argentino un lugar prominente en ese reverdecer mundial de los movimientos autónomos. La imaginación política de las izquierdas, sobre todo las más afectadas por el ciclo abierto con el movimiento altermundialista, se vio en efecto conmovida por el abigarrado espectro de experiencias –grupos piqueteros, asambleas barriales, fábricas ocupadas por sus trabajadores, grupos de comunicación alternativa y arte político- 1 que habían protagonizado el proceso anterior y sobre todo posterior a diciembre de 2001. Con todo, esa sospecha acerca de la contribución proveniente de la Argentina al emplazamiento del campo mundial de los autónomos, ha tendido a permanecer en ese estado sin el beneficio de exámenes más precisos. En este texto, escrito en interioridad subjetiva al propio despliegue de ese campo, me propongo desarrollar una primera aproximación que historice el haz de cuestiones que suscita la noción, no exenta de problemas, de “autonomismo argentino”.
El problema del nombre
Si la utilización de cualquier gentilicio lleva implícita siempre la potencial violencia aplanadora y totalitaria de los lenguajes unificadores, el caso que nos ocupa reclama a las palabras especial delicadeza. “Autonomismo argentino” es un nombre económico de presentación que inmediatamente, si pretendemos justicia para el campo que designa, es necesario desbrozar. En la Argentina reciente se ha desarrollado en efecto un conjunto de experiencias que o bien se reconocen o son reconocidas, aún laxamente, dentro de las orientaciones generales que guían al campo genérico de los autónomos. Y, sin embargo, un primer obstáculo para su abordaje radica en la dificultad de adjudicar a ese conjunto de experiencias un nombre común. Se trata de una cuestión mucho más compleja de lo que aparece a primera vista, y que conlleva profundas consecuencias políticas.
Un conocido militante de las más originales experiencias autónomas de la ciudad de Rosario señala, parafraseando un texto situacionista, que “el autonomismo no existe; es sólo un invento de los antiautonomistas”. 2 Ciertamente, una paradoja trama el espacio de los movimientos autónomos en Argentina: su consistencia interna y aún su visibilidad son, por lo general, producidas desde su exterior. El “autonomismo” comenzó a cobrar entidad como tal a partir de que en los últimos años fue reconocido y vituperado por las izquierdas no autónomas, en particular las partidarias. Los periódicos de los partidos de izquierda, en particular los trotskistas, repetidamente han construido la categoría de “autonomismo”, sólo para descalificarla.
Es que “autonomismo argentino” comporta, para quienes se ubican en el espacio de la autonomía, una inocultable incomodidad. De un lado, surge una distancia inmediata frente a las implicancias del sufijo “ismo”. Para los militantes autónomos, “no hay autonomismo, sino prácticas de autonomía”. 3 He allí un rasgo que, según hemos de ver, configura una de las especificidades de los autónomos argentinos: el reconocimiento de la superioridad epistemológica y política del momento práctico, y el celo por la irreductible singularidad de cada experiencia. 4 El autonomismo, entendido ahora como un conjunto de premisas políticas, funciona a menudo apenas como un horizonte implícito que brinda materiales para la acción, antes que como una identidad política. En rigor, a este respecto es posible identificar dos tipos de militantes autónomos. Por un lado, hay quienes en su accionar político desarrollan prácticas afines al campo autónomo, pero no tienen relación de identificación alguna, ni teórica ni política-afectiva, con ese campo. 5 Por otro, están quienes sí reconocen empatía, en mayor o menor medida, con las “tradiciones de la autonomía” (sobre todo con el zapatismo). Pero aún en este caso, la palabra “autonomismo” u otra identificación o referencia definida tiende a ser rechazada.
Esa aprensión por los nombres, que nace de la radical sospecha con que las experiencias autónomas argentinas juzgan cualquier atisbo de “ideología”, merece algunas consideraciones. De una parte, es indudable que ella surge del hastío que la sobreideologización de las izquierdas partidarias ha producido en numerosos militantes. En Argentina existe un verdadero sistema de partidos de izquierda que configura una subcultura a menudo salvajemente parasitaria de cualquier forma de movilización social. No casualmente muchas voces han creído hallar en la existencia de esa subcultura parte de las causas del debilitamiento de las energías sociales liberadas tras la rebelión popular de diciembre del 2001. Frente a prácticas de captura o de cooptación de algunos movimientos (las asambleas barriales o algunos grupos piqueteros, por caso), en muchos militantes surge, casi naturalmente, un rechazo por cualquier aspecto que aparezca como ideológico. Por otra parte, esa relación tensa con las palabras surge de un vínculo a menudo complejo entre teoría y práctica. Hay algunos grupos o personas que, provenientes muchas veces de la Universidad, aún sin integrar formaciones partidarias tienden a volcar lecturas en ámbitos colectivos de un modo que genera asimismo desconfianzas. Es lo que sucede con la utilización de algunas jergas, fácilmente remisibles a autores como Gilles Deleuze o Toni Negri. La paradoja resultante estriba en que la dimensión teórica que sobresale en muchos militantes autónomos argentinos –un rasgo que, en una mirada comparativa, hace diferencia frente a culturas políticas de otras latitudes-, en su despliegue en el espacio público militante retorna como sospecha frente al “teoricismo” y la ya mencionada superioridad atribuida a las prácticas. Y es que, finalmente, es en el terreno de las prácticas donde se encuentra una de las mayores riquezas del “autonomismo argentino”: la invención del piquete como forma de autoorganización de los desocupados, el tejido de una red de fabricas de desocupados, o la creación de una Cátedra Experimental de autoformación en la ciudad de Rosario son sólo algunas muestras de ello.
El temor o la sospecha frente a ciertas inclinaciones que potencialmente llevarían a entronizar una “Iglesia autonomista” aparecen como legítimos, en tanto no es difícil observar de parte de algunos militantes la repetición de posturas que, sin el beneficio de exámenes críticos, devienen una suerte de recetario de lugares comunes. Tal el caso, por ejemplo, de algunas intervenciones demasiado adheridas a concepciones fijas de lo que debe entenderse por “horizontalidad”, u otras que vuelven sobre remanidos argumentos acerca del carácter siempre heterónomo de cualquier vínculo con los grandes medios de comunicación. El privilegio de un pensamiento inextricablemente ligado a las prácticas que sostienen los más interesantes grupos autónomos aparece así como fuente de creatividad y de heterodoxia. Si el término autonomismo, u otros semejantes, resulta inhibidor de esa tendencia, su rechazo estaría plenamente justificado. Con todo, esa dificultad de las experiencias autónomas para auto-nominarse –que debe computarse como un déficit en su propia voluntad de “darse su propia ley”-, retorna, como veremos más adelante, como uno de los principales escollos para su propio desarrollo.
Las fuentes del movimiento autónomo
Si el propio “campo autónomo” encuentra tales dificultades de autodefinición, ¿a qué referir su noción? Aquí opto por un concepto amplio y laxo. El campo autónomo al que aludo refiere a un conjunto inarticulado de experiencias sociales y de pensamiento cuyos primeros orígenes no se remontan a más de quince o veinte años, pero que, alimentado por procesos locales, nacionales y globales, se ha visto intensificado en calidad, cantidad y visibilidad apenas en el último lustro.
Una mirada en perspectiva a ese campo autónomo permite señalar que su composición y características actuales se derivan de la yuxtaposición y entrelazamiento de dos procesos históricos de diverso orden. De un lado, un proceso histórico-social; de otro, uno que es dable cernir desde una perspectiva propia de la historia intelectual. Los movimientos y grupos autónomos en Argentina –y muy probablemente en otras partes del mundo- encontraron su génesis y su posterior desarrollo en esa doble matriz.
La historia de la sociedad argentina durante el siglo XX comporta una reconocida excepcionalidad que se destaca y recorta frente a la mayoría de los países latinoamericanos. Argentina supo ser un país de índices económicos y sociales inhallables en otras naciones del continente. El capitalismo agroexportador que se terminó de fraguar hacia 1880, centrado en la producción de carnes y cereales, determinó el ingreso de ingentes capitales y recursos que permitieron una acelerada modernización y el surgimiento de una poderosa clase media. Ciertamente, a todas luces ese proceso estuvo desigualmente repartido tanto en un nivel social como en otro geográfico –la hipertrofia de algunas ciudades, muy particularmente Buenos Aires, fue un tema recurrente de la literatura crítica de ideas-; pero, de conjunto, en las primeras décadas del siglo la economía argentina podía preciarse de exhibir indicadores sólo parangonables a los de los más poderosos países del mundo, al tiempo que –según la mirada de algunos historiadores- un conjunto de instituciones surgidas tanto del Estado como de la sociedad civil acababan por configurar un modelo societal democrático, participativo y abierto para decenas de millares de personas a posibilidades reales de ascenso social. 6 La crisis económica de 1929 trajo aparejada un conjunto de fenómenos que –superpuestos a otros de naturaleza política leídos en clave de declive moral generalizado- ensombrecieron el panorama recién descripto. Pero, aún así, el perfil de la sociedad argentina no se resquebrajó; antes bien, el surgimiento del peronismo en la década del ´40 aseguró una radical profundización de los alcances de la ciudadanía social que determinó un modelo de sociedad particularmente integrada. Y aunque los avatares de la historia política avanzaron por carriles de una virulencia suficientemente aguda como para ser descripta por un afamado historiador en términos de una “larvada guerra civil”, 7 hasta 1976 la Argentina siguió siendo un modelo de sociedad salarial de sesgo redistributivo que sobresalía en el concierto latinoamericano por sus altos niveles de cohesión social.
La dictadura del ´76, además de aplicar sistemáticamente el terror estatal, dio inicio a una radical transformación socioeconómica que acabó por reconfigurar brutalmente a la Argentina. Y si el cariz de un Estado benefactor y una sociedad dinámica extensamente desarrollados resultaban excepcionales en el contexto continental, el ciclo neoliberal que se abrió en ese momento y se continuó con los gobiernos democráticos subsiguientes resultó también singularmente intenso, aunque esta vez en un sentido inverso. Fue sobre todo durante la presidencia de Menem (1989-1999) cuando alcanzó a consumarse lo que Maristella Svampa ha llamado “la gran mutación”: la violenta caída de una sociedad que encontraba en trágica ironía el destino sudamericano que algunas voces de antaño habían vislumbrado como llave de redención social. La “latinoamericanización” de la Argentina encontraba su realización en el reverso de lo anhelado por importantes corrientes intelectuales y políticas del pasado. 8
Los rasgos más salientes de ese proceso pueden sintetizarse en el advenimiento de una inédita tasa de desempleo (que llegó a rondar, según cifras oficiales, el 20%), piedra de toque de la marcada pauperización de los sectores populares, y de una también notoria caída de las clases medias. 9 De conjunto, al decir de Svampa, “las transformaciones de los ´90 desembocarían en un inédito proceso de ¨descolectivización¨ de vastos sectores sociales”. 10 Ese proceso encontraría su clímax en la crisis social y política del 2001.
Este marco de deterioro de las condiciones materiales de vida de amplias capas de la población, sobredeterminado por la crisis radical de legitimidad del conjunto de las élites políticas sobrevenido con la crisis del 2001 y el descrédito de un conjunto de instituciones cuyo papel central en la historia argentina le había otorgado un papel crucial en la estructuración de relaciones sociales jerárquicas y verticales (fundamentalmente, los poderosos sindicatos de tradición peronista, aunque también, de modo más complejo y no unívoco, el ejército y la Iglesia), explican el escenario de surgimiento y potenciación de movimientos sociales y grupos de sesgo más o menos autónomo. La “retirada del Estado” iniciada en 1976 y potenciada durante el menemismo tuvo efectos ambivalentes: si de un lado dejó en el desamparo social a millones de personas, de otro las “liberó” de constricciones sociales y políticas. El debilitamiento relativo de la identidad peronista, durante décadas indeleblemente presente en el conjunto de los sectores populares, contribuyó también a que ello aconteciera. 11 (Todo esto debe no obstante relativizarse en vistas de la capacidad de reproducción, en las nuevas condiciones de crisis y descomposición social, de una lógica de producción de relaciones sociales de dominación absolutamente medular para entender la realidad argentina y latinoamericana: la del clientelismo, que tanto en las provincias del Interior como en los barrios populares del Gran Buenos Aires continúa siendo una matriz clave para la maquinaria tanto estatal como de los aparatos sindicales y partidarios). En suma, fue ante los resultados generados por un triple proceso: el desguace de un Estado social de importante desarrollo, el avance implacable de lógicas de polarización y exclusión social generadas por la penetración e intensificación del poder desestructurador del mercado –impulsadas por el proceso de globalización capitalista de las últimas décadas-, y la distancia respecto a “los políticos”, crecientemente percibidos como una corporación autocentrada en sí misma e incapaz de resolver los problemas cotidianos de la gente, que cobró vida desde fines de los ´90 una miríada de experiencias de autoorganización social. En condiciones de crisis social y de profunda desconfianza en las mediaciones institucionales y partidarias, se extendió de modo a veces imperceptible un clamor de autoprotección y de necesidad, a veces desesperada, de recreación autónoma de lazos sociales. Así, frente al proceso de radical descolectivización de los años ´90 se irguió un caudal de energía y creatividad social destinado a recomponer espacios en los que la vida fuera posible. He aquí el origen de las más interesantes prácticas e invenciones sociales que dieron cuerpo a muchos de los movimientos y grupos autónomos.
Pero ese proceso se solapó a otro de distinto orden. En los últimos veinte años en la Argentina surgieron numerosas experiencias (revistas, agrupaciones surgidas en la Universidad, colectivos de pensamiento o de investigación militante) que, ubicándose a distancia crítica de las tradiciones de izquierda heredadas, vinieron a alimentar renovadamente un “pensamiento autónomo”. Algunas de esas experiencias, sobre todo las más recientes, son protagonizadas por gente joven que inició su socialización política directamente en formaciones de ese tinte (tal el caso ejemplar de la Cátedra Experimental de Producción de Subjetividad de Rosario). Pero la mayoría exhibe una característica diferente: la de estar animadas por ex militantes de partidos de izquierda u organizaciones políticas de los años ´70.
En efecto, muchas de esas experiencias surgieron de un balance crítico y un ajuste de cuentas (implícito o explícito) con las formas políticas hegemónicas en las izquierdas de Argentina y el mundo. Quienes tras las derrotas de los ´70 y los efectos del colapso de los socialismos reales en los años ´80 persistieron en sostener una voluntad política, comenzaron a destilar, del análisis de los modelos perimidos, nuevas ideas y orientaciones para la praxis política. La forma partido apareció entonces en el banquillo de los acusados, tanto por considerarse agotada como dispositivo activo de intervención como por promover en su interior relaciones sociales alienantes y basadas en la disciplina. 12
Muchos de esos grupos acompañaron de lecturas heterodoxas su toma de distancia respecto de las tradiciones organizacionales y políticas de la izquierda. Más aún, esas lecturas a menudo se convirtieron en la práctica específica que dio sentido a las agrupaciones y colectivos de personas en su tránsito post-partidario. La ruptura con una organización disciplinada y que pautaba al detalle el cuadro general de la vida de sus militantes con frecuencia resultó traumática. De allí que la salida de un partido a menudo determinó el abandono de toda actividad política. Pero también pudo significar la apertura a una curiosidad nueva que debía colmarse con ideas también nuevas.
La cultura política e intelectual argentina predispuso que ese caudal de lecturas que sirvió de soporte en la búsqueda de orientaciones ante la crisis de los modelos partidarios proviniera, en gran parte, del posestructuralismo francés. Argentina había sido ya sitio privilegiado de recepción de la obra de Louis Althusser. Los años ´80 y ´90 asistieron en cambio a una proliferación de núcleos de lectura de autores como Foucault, Castoriadis, Deleuze y Badiou. Todos ellos contribuyeron a horadar las antiguas certidumbres de los militantes llegados de la izquierda partidaria, al tiempo que abrían continentes teórico-prácticos nuevos que eran recibidos como bocanadas de aire fresco. 13
La obra de Michel Foucault gozó de una temprana recepción en algunos círculos intelectuales argentinos de comienzos de los años ´70. Pero fueron los textos que configuraron un acceso novedoso a la problemática del poder -especialmente Vigilar y Castigar, de 1975-, los que pudieron ser leídos e incorporados en relación a la coyuntura política latinoamericana. Foucault fue para muchos la vía privilegiada de acceso al eje ciego de la ortodoxia izquierdista, la cuestión del poder. Y en ese sentido su lectura abonó un uso que podía precipitar tanto una “crisis del marxismo” y un abrazo de las democracias liberales realmente existentes que retornaban en el cono sur a mediados de los ´80, como otro que antes que desestabilizar por entero al marxismo lo obligaba a renovarse. 14
Ahora bien, si las lecturas de Foucault salpicaron desordenadamente diversos espacios de recepción, hasta aterrizar incluso en sede académica, las revistas y grupos que surgieron y se organizaron en función de leer a Castoriadis, Deleuze o Badiou fueron más compactos y a la vez autónomos respecto a las instituciones formales, y por ello más enfocados a un horizonte de praxis política (en diversos grados y formas). En ocasiones, sus intervenciones tendieron a adherirse a las perspectivas, conceptos y hasta jergas de alguno de esos autores, transformado en gurú intelectual y hasta objeto de culto. Castoriadis resultó importante para muchos ex militantes de organizaciones trotskistas por provenir él mismo de una agrupación de ese signo. Algunos de sus textos de la etapa de Socialisme ou Barbarie resultaron un insumo estimulante para quienes pretendían seguir pensando en la necesidad de la (auto)organización de los trabajadores y otros grupos sociales. 15 Deleuze en cambio ofreció algunas herramientas de pensamiento para tematizar cuestiones prácticas novedosas, como la de las redes. Badiou, más riguroso en términos filosóficos y por ello más difícil de abarcar, sobre todo en los últimos años supo brindar, en grupos de estudio, en sucesivas visitas y a través de la infatigable labor de la revista Acontecimiento (difusora local de su pensamiento), un arsenal de conceptos para pensar la política como esfera irrenunciablemente autónoma, así como para reproponer una teoría del sujeto y, en un terreno un poco menos abstracto, desplegar las categorías propias de una praxis radicalmente crítica de la noción de representación.
En esta historia de recepciones político-intelectuales debe computarse un lugar de primer orden al impacto del zapatismo. De diversos modos, las transformaciones en los modos de pensar la política generadas tras la irrupción del EZLN y de la voz del Subcomandante Marcos en el espacio público global, atravesaron un conjunto significativo de grupos universitarios, colectivos y movimientos sociales. 16 En Argentina, como en otras partes del mundo, la palabra zapatista vino acompañada de la de una serie de intelectuales que apoyan e impulsan el proceso de renovación de las izquierdas inaugurado con el levantamiento del EZLN en 1994. Entre otros, deben mencionarse aquí a Ana Esther Ceceña y, sobre todo, a John Holloway. Quien esto escribe recuerda el profundo impacto causado por este autor en una conferencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en 1995. Holloway proponía allí al zapatismo como la vía de acceso no sólo a un nuevo universo teórico-práctico, sino a una ética militante que tomaba distancia del modelo sacrificial dominante en las tradiciones de la política setentista aún muy presentes en las formaciones de izquierda. Las palabras de Emma Goldman con las que Holloway elegía culminar su alocución (“si no puedo bailar no quiero ser parte de tu revolución!”) eran testimonio de la apertura a una nueva sensibilidad en las relaciones sociales y políticas de la militancia de izquierdas. 17 Posteriormente, su conocida obra Cambiar el mundo sin tomar el poder alimentó nuevos debates y tomas de posición dentro del creciente campo político antiestadocéntrico.
Finalmente, un capítulo también importante en esta travesía se ha configurado en torno al influjo reciente de la constelación post-operaista italiana. Esa tradición, que tiene en su centro a Toni Negri, era ya conocida por algunos grupos en Argentina al menos desde los primeros años ´80. Entre otras, las revistas Praxis y El Rodaballo, impulsadas por Horacio Tarcus, en su afán de renovar el marxismo difundieron la obra de Negri. Pero fue a partir de la explosión generada por las polémicas suscitadas por el libro Imperio de Negri y Hardt que esta corriente alcanzó importante presencia. Paradójicamente, fue el éxito editorial de esta obra el que colaboró en descentrar en esa franja a la figura de Negri, lo que permitió que en los últimos años otros autores como Maurizio Lazzarato, Sandro Mezzadra, Franco Berardi (Bifo) y Paolo Virno comenzaran a conocerse. De todos ellos, además de Negri, ha sido la filosofía política de Virno la que ha dejado una más acusada impronta. 18 Con todo, más allá de algunas cuestiones tales como la apelación a investigar la composición actual del trabajo vivo en función de extraer de su naturaleza contemporánea nuevas orientaciones para su organización, 19 el rechazo genérico por las tradiciones nacional-estatistas o, en menor medida, un horizonte normativo que impele a un tiempo a resguardar el carácter irreductible de las singularidades sin perder de vista la tarea de “trabajar el común” (de un modo que evite una pura filosofía de la diferencia; tal el cometido esencial del concepto de multitud que, como recuerda Virno, “no se contrapone al Uno, sino que lo redetermina”), 20 cuesta encontrar los trazos concretos de la influencia post-operaista. Salvo algunos intentos que por adoptar aproximaciones demasiado literales del enfoque y el lenguaje de Negri tienden a encorsetar en categorías rígidas los procesos sociales reales, no es dable hallar demasiadas tentativas que exploren los más originales caminos abiertos por esta corriente, tales como las investigaciones acerca de la presunta hegemonía del trabajo inmaterial en el capitalismo posfordista, o la pesquisa acerca de la materialidad de los sujetos llamados a desarrollar una globalizzazione dal basso (globalización desde abajo). 21 Incluso las hipótesis más recientes de Negri acerca de un supuesto nuevo pacto entre movimientos sociales y gobiernos progresistas en Latinoamérica han tendido a tener escasa influencia. 22
En fin, sin dudas otras capas más tenues de lecturas contribuyeron también a configurar una corriente de pensamiento autónomo. Y lo interesante es que, si parte sustancial de este conjunto de “prácticas teóricas” se originó en colectivos y grupos provenientes de la Universidad o de las clases medias, una serie de canales diversos permitió cierta circulación de ideas en algunos movimientos sociales populares de base. Desde talleres de (auto)formación a prácticas específicas de composición entre colectivos de investigación-militante y diferentes experiencias sociales y políticas (prácticas propiciadas ejemplarmente por el Colectivo Situaciones), 23 pasando por la Ronda de Pensamiento Autónomo (un espacio de reunión y debate mensual de experiencias de muy diversa índole que aceptan compartir problemas y preguntas comunes en la tarea de “construir la autonomía”) y el peregrinaje más asistemático de ciertas nociones a través de medios de comunicación alternativos, un abanico de formas de contacto e hibridación de culturas políticas permitió que al menos parte de los autores e ideas antes referidos permeen la actividad de algunos movimientos. En esas zonas de hibridación, donde acontece más cabalmente el ensamble de las dos matrices de origen de los movimientos autónomos (la social y la intelectual), vieron la luz algunas de las formaciones más interesantes del “autonomismo argentino”. 24
Singularidades
En el recorrido necesariamente sintético del impacto del conjunto de autores y referencias que incentivaron el surgimiento de una corriente de pensamiento autónomo, hemos bordeado los contornos de una problemática de honda presencia en la cultura de izquierdas del continente: la que ha alcanzado su mayor densidad teórico-política en los meandros del concepto de marxismo latinoamericano. Esta categoría encierra y sintetiza, en los dos términos que la componen, las tensiones derivadas de las complejidades del aterrizaje en América Latina de ideas y doctrinas originadas en otras realidades, fundamentalmente europeas. En rigor, esta cuestión involucra no sólo a las ideas de izquierda ni se reduce al siglo XX, sino que abarca al entero asunto de las doctrinas políticas y sociales del continente en la Modernidad, en un problema que el crítico brasilero Roberto Schwarz ha denominado el de “las ideas fuera de lugar”. 25
Frente a esta cuestión, la cultura de izquierdas latinoamericana del siglo XX supo adoptar posiciones polares: si en su inicio, en época de hegemonía del positivismo, tendió a reprisar los desarrollos europeos sin atender a las especificidades locales (y así el marxismo, inficionado de positivismo evolucionista, arribó a estas costas adherido a postulados mecanicistas generados en Europa), desde los años ´20 y ´30 ese prisma tendió a invertirse, hasta acabar, ya en la segunda mitad del siglo, cuando la hegemonía cultural se había desplazado a un nacional-populismo que teñía el entero campo político del continente, en la sospecha y la inquina frontal ante las ideas provenientes de Europa. Entre ambos, lo mejor del pensamiento de izquierda adoptó una postura creativa, que no por enfocar las especificidades locales y nacionales dejó de pensar al interior del horizonte más vasto de la necesidad de una emancipación universal (antes bien, acaso precisamente para mejor captar las singularidades latinoamericanas se sirvió de lo más avanzado y novedoso del pensamiento contemporáneo mundial). Como se sabe, la figura que más cabalmente expresó este movimiento de ideas fue el peruano José Carlos Mariátegui, y de allí que la invención de un marxismo latinoamericano (igualmente atento a los dos polos de la ecuación) tienda a remitirse a su nombre. 26
Pues bien: la recepción del conjunto de referencias teóricas que, provenientes sobre todo de Europa, alimentaron un campo autónomo en Argentina, actualiza de algún modo las tensiones y complejidades que se presentaron históricamente en torno a la problemática del marxismo latinoamericano. Puede decirse incluso que las actitudes polares recién mencionadas vuelven a hacerse presentes en el caso que nos ocupa. Aquí también, como hemos mencionado ya, algunos usos de categorías y jergas han producido análisis que, sino estériles, a menudo no han logrado desmarcarse del efecto de rechazo que los lenguajes encapsulados generan fuera del circuito que les da origen. Y aquí también, y de modo tanto más extendido, la pervivencia de una estructura de sentimiento nacional-populista reactiva frente a las novedades del pensamiento contemporáneo ha producido una suerte de bloqueo tradicionalista que ha obturado la extensión de ese pensamiento. 27
Pero también aquí, replicando el gesto mariateguiano de mixtura creativa de elementos locales y pensamiento contemporáneo, una serie de experiencias híbridas (en el sentido de una apertura a distintas constelaciones político-intelectuales) ha favorecido el surgimiento de un abanico de invenciones teórico-prácticas que ha dado cuerpo a lo mejor y más singular del campo autónomo argentino. Hemos mencionado ya a las más importantes y masivas invenciones prácticas: los piquetes, las asambleas, la ocupación de fábricas. Cabe mencionar otras menos conocidas pero acaso incluso más originales. 28 Pero además de ellas, es posible abstraer una serie de desarrollos y postulados teóricos de los cuáles se destilan las más singulares contribuciones de eso que, a riesgo de hipóstasis, convenimos en llamar pensamiento autónomo argentino:
Un pensamiento situacional. Como hemos mencionado ya, un rasgo que exhiben algunas de las trayectorias más interesantes y productivas del pensamiento autónomo es la del desarrollo de hipótesis singulares encadenadas al despliegue de prácticas también singulares. Pensar en situación es despojarse hasta donde sea posible de los saberes heredados. Esta “epistemología militante”, en palabras de Franco Ingrassia, “lleva implicada una relación muy pragmática y activa entre los conceptos y las intervenciones”. 29 Estas premisas se han desarrollado en el trabajo de diversas experiencias de investigación militante, la más conocida de las cuales es la que lleva a cabo sostenidamente desde hace varios años el Colectivo Situaciones. Las prácticas de escritura que llevan a cabo se encuentran atadas singularmente a las prácticas, al punto que la propia distinción entre teoría y práctica idealmente queda suspendida. 30 Situaciones ha construido así un camino fructífero (que ha dado origen a numerosos libros y publicaciones, muchos de ellos surgidos a partir de prácticas de composición con experiencias sociales y políticas singulares), en polémica con las perspectivas llamadas extrasituacionales: ya las de la militancia tradicional de izquierda, ya las de los científicos sociales académicos, que a pesar de sus diferencias comparten una misma mirada exterior a las experiencias sociales que acaba por “objetualizarlas” y restarles potencia. Con todo, este pensamiento interior a las prácticas no es exclusivo del Colectivo Situaciones, y de allí que pueda decirse que configura quizás el rasgo más notorio de las experiencias de pensamiento autónomo en Argentina. 31
Estado técnico-administrativo. Este concepto proviene de la extremamente sugerente deriva de pensamiento de Ignacio Lewkowicz, probablemente quien con mayor rigurosidad y creatividad estaba meditando desde Argentina las mutaciones acaecidas en la escena contemporánea. 32 El Estado en la contemporaneidad se halla desfondado, roto. Esto no quiere decir que haya dejado de existir, sino que las instituciones que lo habían transformado en el actor central de la Modernidad han perdido su eficacia. Y junto con ellas, se han desquiciado también la subjetividad propia de la era estatal (la ciudadanía nacional) y el discurso que la instituía (la historia nacional). Todo ello acontece porque nos es dado habitar lo que Lewkowicz denomina la era de la fluidez. Un tiempo en que la operatoria tanto del mercado como de las maquinarias de la información y la opinión han pulverizado la consistencia del lazo social estatal moderno. 33
Nuevas formas de subjetivación. Pero lo más original del pensamiento de Ignacio Lewkowicz, aquello que conecta más directamente con el pensamiento situacional de varios núcleos de la militancia autónoma en Argentina, tiene que ver con las modalidades que adoptan las estrategias de subjetivación contemporáneas. Hoy, cuando todo lo sólido de la Modernidad se disuelve en el aire, han cambiado también las operaciones relativas a la búsqueda de la emancipación. Si en tiempos de solidez del lazo social y de una lógica de la dominación fundada en el Estado moderno la política crítica debía subvertir, romper, revolucionar el orden establecido, en la era de la fluidez se trata de lo contrario: allí donde domina la liquidez y la inestabilidad, las formas de subjetivación que pretendan producir formas de vida otras en el vendaval capitalista deben re-ligar, componer, incluso desacelerar el tiempo desquiciado de la contemporaneidad. 34 En palabras de Franco Ingrassia, “de lo que se trata es de poder generar, en un contexto de dispersión, formas de cohesión alternativas a las generadas por los circuitos de valorización del capital. En este sentido, las prácticas militantes se reformulan, centrándose en la constitución de secuencias autónomas de reproducción de la vida social.” 35
Límites
El campo de experiencias autónomas que hemos abordado presenta una serie de limitaciones cuyos efectos no pueden dejar de hacerse notar. Cabe indicar aquí el modo en que las asambleas barriales surgidas luego de diciembre de 2001 entraron en una fase de declive pronunciado que vino a desmentir el potencial subversivo que se había adivinado en ellas, o los modos en que muchos movimientos, sobre todo piqueteros, pudieron ser cooptados por la maquinaria estatal. De esas limitaciones, aquí nos detendremos apenas en una, a nuestro juicio central para entender la debilidad relativa del campo autónomo en el conjunto de fuerzas sociales y políticas que diagraman el escenario argentino actual. 36
Hemos mencionado anteriormente la dificultad del conjunto de experiencias autónomas para presentarse en sociedad con un nombre común. En torno a este asunto radica una diferencia sustantiva frente a configuraciones autónomas de otras latitudes: a diferencia del zapatismo o de los movimientos sociales de la autonomía italiana, las experiencias argentinas adolecen de la falta de un discurso capaz de apuntalarlas en el espacio público; un discurso que sirva como propagador de un imaginario que por su propia existencia impulse la multiplicación de nuevas experiencias, y que además retorne como factor de empoderamiento a los proyectos autónomos. La ausencia relativa de un sentimiento compartido que signifique al “campo autónomo” argentino como una “comunidad en marcha”, facilita la dispersión y el carácter episódico de algunas iniciativas basadas en la autoorganización de lo social y en la horizontalidad. 37
Desdoblemos esta tesis. En un primer nivel, las significativas contribuciones del pensamiento autónomo que hemos atisbado, tienen un eco y un alcance limitado. Si han tenido una circulación en algunos de los movimientos que hemos mencionado, no han siquiera rozado a muchos otros. De allí la rareza de experiencias que han resultado innovadoras en un terreno práctico, pero que siguen presas de representaciones e identidades heredadas (mencionamos ya la paradoja de fábricas recuperadas de obreros autoorganizados que sin embargo siguen siendo partícipes de un imaginario peronista). En suma, mientras en un terreno práctico algunos movimientos –asambleas, fábricas, piqueteros, escraches- han encontrado importante capacidad de propagación y contagio, la ausencia de un arsenal de conceptos y miradas compartidas 38 (reverso del resguardo de lo singular y del énfasis en lo local/situacional de las más interesantes trayectorias de pensamiento autónomo) debilitó la capacidad de generación y generalización de una nueva auto-representación de muchos de esos movimientos.
Un segundo nivel permite en efecto comprobar que esa ausencia relativa de un conjunto de conceptos difundidos y generalizados en las experiencias de autoorganización se acompaña de la presencia tenue o casi inexistente de una narrativa que instale en el espacio público la historia, los hitos y las perspectivas futuras del proyecto de la autonomía en Argentina. Resulta sintomático de esa carencia la cuasi invisibilidad en que transcurrió a fines de 2006 el quinto aniversario de la rebelión popular que derribó al gobierno de Fernando de la Rúa y permitió soñar con la posibilidad de consumación del viejo anhelo de una autogestión generalizada de lo social. Esa rebelión, en la que participaron centenas de miles de personas, parece haber evaporado sus marcas del cuerpo de la sociedad.
Y es que, junto a la ausencia parcial de una narrativa común capaz de inscribir su sello en los estratos de memoria y en las luchas por la significación que atraviesan a la sociedad argentina, la rebelión popular del 2001 y, más específicamente, el conjunto de los movimientos y grupos autónomos, carecieron relativamente de una dimensión que, si podía ser ya crucial para la política moderna de comienzos de siglo XX, parece serlo tanto más hoy. Las narrativas que tienen vocación proyectiva suelen culminar en un horizonte voraz de futuro que se configura bajo la forma del mito. Como quería Mariátegui, y como lo saben también los grupos que otorgan centralidad a la dimensión mitopoiética de las luchas (como el colectivo de “comunismo literario” italiano Wu Ming), todo movimiento o ciclo político que se quiera vivo debe alimentar su curso biográfico de un mito, entendido como la dimensión imaginaria que proyecta una emoción común capaz de generar un círculo virtuoso de identificaciones parciales e incitaciones compartidas a la acción entre grupos y personas singulares. Esa sensación de pertenecer a una comunidad de iguales de potencia siempre incrementada, que en las reverberaciones contemporáneas de la autonomía italiana se presenta bajo el nombre de multitud y que ha estado presente también en la producción simbólica zapatista al menos en sus momentos de mayor fulgor, no es igualmente detectable en los movimientos autónomos argentinos.
A modo de conclusión: el lugar de los movimientos autónomos en la tradición política argentina y latinoamericana
Subsiste entonces un dilema que atraviesa no solamente al campo de la autonomía en Argentina: ¿cómo producir esa dimensión imaginaria y/o mitopoiética sin caer en ideología? ¿Cómo preservar la singularidad irreductible de las prácticas, que aparece como uno de las fuentes de creatividad de los autónomos argentinos, promoviendo al mismo tiempo una narrativa de empoderamiento común? Al parecer, apenas tenemos algunas sugerencias para algo parecido a una respuesta a estos cruciales interrogantes. Tal por ejemplo las indicaciones que provienen de conceptos como el de “red difusa”, del Colectivo Situaciones, o, en otra vena, la apelación –no exenta de ironía- a un “retorno” a un “leninismo deseante” del militante autónomo malagueño Javier Toret. O, también desde un ángulo muy distinto, los señalamientos de Wu Ming acerca de cómo evitar que los mitos devengan fetiches (impidiendo que muten de baterías de energía social a herramientas de instrumentalización heterónoma al servicio de nuevos líderes o formaciones semejantes). 39 En fin, se trata de cuestiones que permanecen abiertas, y que probablemente habrán de hallar respuesta en experimentos prácticos antes que en conceptos. La Otra Campaña zapatista tal vez ha sido la apuesta más ambiciosa en este sentido, pero su suerte parece haber sido menos auspiciosa de lo esperado.
Con todo, aún con sus debilidades e intermitencias, el campo de movimientos autónomos emergente en Argentina y América Latina puede estar llamado a ocupar un lugar de peso en la historia de las tradiciones políticas del continente. Y ello porque su presencia remueve no solamente aspectos enquistados en el campo de las izquierdas, relanzando un proyecto emancipatorio a la altura de los valores más altos de la Modernidad, sino, más decisivamente, porque la imaginación democrático-radical que trae consigo embiste contra aquello que puede considerarse el núcleo duro de la cultura política latinoamericana. Los movimientos autónomos en Argentina y en América Latina han venido a interrumpir la matriz estadocéntrica y las lógicas autoritarias que se derivan de ella. Ciertamente, desde la irrupción del zapatismo se ha avanzado mucho en este sentido, pero el camino a recorrer es todavía arduo.
El campo de los movimientos autónomos tiene así una preciosa tarea histórica por desarrollar: la de contribuir al combate del conjunto de rasgos que configura con inusitada fuerza el tronco principal de la política del continente (un tronco que tiene sus versiones de izquierda y de derecha): clientelismos, estatismos, caudillismos, nacionalismos. Si tiene éxito aunque sea relativo en esta tarea de desmontaje de estas “rocas duras” de la política latinoamericana, habrá realizado sino una revolución social una verdadera revolución político-cultural.
1 Este texto tiene una pretensión histórico-problemática antes que descriptiva, y por eso me limito aquí a una mención rápida de los grupos autónomos y los movimientos sociales enrolados en la rebelión popular de 2001 (por otra parte suficientemente estudiados por una abundante bibliografía reciente). Los movimientos piqueteros, nacidos en algunas localidades del interior del país en 1996 y desarrollados sobre todo posteriormente en el conurbano de la Capital Federal, surgieron como una respuesta organizada ante el fenómeno de la desocupación de masas que advino durante el gobierno de Carlos Menem. Actualmente hay decenas de grupos y movimientos piqueteros, aunque la hábil política mixta de cooptación y aislamiento y/o represión llevada a cabo por el gobierno de Néstor Kirchner ha tendido a debilitar al entero espacio piquetero. Sólo una porción menor de esos movimientos, por otra parte, es habitualmente relacionada al campo de los grupos autónomos. La mejor radiografía histórico-social del surgimiento y características del conjunto de movimientos piqueteros se encuentra en Maristella Svampa y Sebastián Pereyra, Entre la ruta y el barrio. La experiencia de las organizaciones piqueteras, Buenos Aires, Biblos, 2004 (2da. edición ampliada). Sobre el MTD de Solano, el grupo piquetero más identificado con el proyecto de la autonomía, véase Colectivo Situaciones y MTD de Solano, Hipótesis 891. Más allá de los piquetes, Buenos Aires, De Mano en Mano, 2002. Las asambleas barriales surgieron en las grandes ciudades argentinas como continuación directa de las movilizaciones que derribaron al gobierno de Fernando de la Rúa y mantuvieron en vilo a la entera clase política por varios meses. En los primeros meses de 2002, en su momento de mayor fulgor, superaron las 150 en todo el país, con una media de gente que osciló inicialmente entre las 50 y las 200 personas. Pero miles de personas, muchas sin experiencia política previa, pasaron ya sea brevemente por esos encuentros semanales en los que se discutía sobre temas que involucraban asuntos que iban desde lo barrial hasta lo nacional. Su importancia cualitativa puede captarse en las reveladoras declaraciones del ex presidente Eduardo Duhalde, quien a comienzos de su gobierno, en 2002, llegó a desafiarlas públicamente al afirmar que “no se puede gobernar con asambleas”. Las asambleas barriales se destacaron por el indoblegable celo con el que custodiaron la horizontalidad en la toma de decisiones. Hoy apenas sobrevive un puñado de ellas, con una participación muy menguada, pero su herencia puede observarse en otros movimientos sociales que han adoptado muchos de sus rasgos (por ejemplo, movimientos barriales contra la especulación urbana y la construcción de megatorres). El mejor análisis problemático de la experiencia de las asambleas barriales puede hallarse en Ezequiel Adamovsky, “El movimiento asambleario en la Argentina: balance de una experiencia”, en El Rodaballo, no. 15, invierno 2004. Véase, también, Hernán Ouviña, “Las asambleas barriales. Apuntes a modo de hipótesis de trabajo”, en Revista Theomai, Universidad de Quilmes, número especial, invierno de 2002; y Martín Armelino, Germán Pérez y Federico Rossi, “Entre el autogobierno y la representación. La experiencia de las asambleas en la Argentina”, en Federico Shuster, Francisco Naishtat, Gabriel Nardacchione y Sebastián Pereyra (comps.), Tomar la palabra. Estudios sobre protesta social y acción colectiva en la Argentina contemporánea, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2005. La toma y recuperación de fábricas por sus propios trabajadores se inició con anterioridad a la rebelión del 2001, pero se potenció con ésta. Aunque cada una de las fábricas sin patrón -más de 160 en todo el país- reconoce una historia y una trayectoria singular, en todas se destaca el énfasis en la autoorganización del trabajo. Habiendo obtenido algunos importantes éxitos legales que permitieron la expropiación parcial o plena de las instalaciones o instrumentos y maquinaria de trabajo, de los tres pilares de los movimientos del 2001 el de las fábricas es probablemente el que goza de mejor salud (ello pasando por alto un sinnúmero de problemas organizativos, legales y políticos en cada una de ellas). V. Eduardo Magnani, El cambio silencioso. Empresas y fábricas recuperadas por los trabajadores en la Argentina, Buenos Aires, Prometeo, 2003; Julián Rebón, Desobedeciendo al desempleo. La experiencia de las empresas recuperadas, Buenos Aires, Picasso-La Rosa Blindada, 2004; y colectivo lavaca, Sin Patrón. Fábricas y empresas recuperadas por sus trabajadores. Una historia, una guía, Buenos Aires, Cooperativa de Trabajo lavaca, 2004. Finalmente, cabe anotar la existencia de un conjunto de colectivos y experiencias contraculturales, de investigación militante y de comunicación alternativa, provenientes muchas veces de la Universidad, y que, coaligados a algunos de los movimientos sociales populares, han alimentado con ideas y prácticas el “área autónoma”. El origen de algunas de esas experiencias es narrado por Raúl Zibechi en Genealogía de la revuelta. Argentina: la sociedad en movimiento, La Plata, Letra Libre, 2003. Este mapa sumario y necesariamente no exhaustivo de los más importantes movimientos sociales que tanto han sostenido prácticas de autoorganización y horizontalidad como impulsado un “pensamiento autónomo” puede completarse de muchos modos. Aquí opto por mencionar algunas experiencias muy recientes, como las Asambleas ambientales que en varios lugares del país han mantenido un sostenido y a menudo exitoso combate contra empresas multinacionales -la mayoría, ligadas a la minería- que pretenden instalarse en las cercanías de pequeñas ciudades del interior (los casos más resonantes son los de Gualeguaychú y Esquel); o, en un registro muy diverso, la singular experiencia de autoformación e investigación militante de la Cátedra Experimental de Producción de Subjetividad de la ciudad de Rosario (véase www.catedrasubjetividad.com.ar).
2 Entrevista a Franco Ingrassia, Buenos Aires, 1 de octubre de 2006.
3 Entrevista a Karla Castelazzo, militante de variadas experiencias autónomas, en la Universidad y en el movimiento asambleario, Buenos Aires, octubre de 2006.
4 Ese sesgo ha alcanzado estatuto no sólo práctico sino también teórico a través del sostenido trabajo del Colectivo Situaciones, a cuya proyección internacional se deben buena parte del conocimiento y las imágenes que se tienen del “autonomismo argentino”. Con todo, ese privilegio de la singularidad de cada experiencia práctica no es exclusivo de Situaciones sino que es patrimonio de la mayoría de los autónomos argentinos.
5 Tal es la situación probablemente predominante en la mayoría de los grupos y experiencias que aquí consideramos dentro del campo de los autónomos. Ejemplarmente, es el caso de muchos de los trabajadores de las fábricas recuperadas, o de los militantes de la Asamblea Ambientalista de Gualeguaychú. Las prácticas de autoorganización y horizontalidad que llevan a cabo en muchos casos no han llegado a astillar sus identidades políticas. Muchos de ellos, por caso, continúan considerándose peronistas. Resulta sintomático de esta situación la siguiente anécdota referida por Patricio Mc Cabe, otro militante autónomo histórico: “Hace poco tuvimos una experiencia que ilustra un poco eso. La Asamblea barrial de Villa Pueyrredón nos hizo llegar un pedido para que armemos un taller sobre autonomía y marxismo autonomista. Entonces tuvimos 7 u 8 encuentros en esa Asamblea: en los dos primeros discutimos los clásicos, y en las cinco reuniones restantes toda la línea de la autonomía. Ellos sentían que estaban en el espacio de la autonomía, pero no sabían de qué trataba el autonomismo. Y cuando descubren de qué se trata, experimentan un rechazo bastante fuerte. Les ponía muy en duda su formación histórica partidaria de izquierda. Las tesis que acercábamos no tenían demasiada llegada. Cuando se enteraron cuáles eran las discusiones del autonomismo, no les simpatizó en lo más mínimo….Pero, más allá de eso, sus prácticas concretas eran definitivamente autónomas”. Entrevista a Patricio Mc Cabe, Buenos Aires, octubre de 2007.
6 Cf. Luis A. Romero, La crisis argentina. Una mirada al siglo XX, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pp. 19-32.
7 V. Tulio Halperin Donghi, Argentina en el Callejón, Buenos Aires, Ariel, 1995 (ed. orig. 1964).
8 “Durante la década del 90 asistimos al final de la ¨excepcionalidad argentina¨ en el contexto latinoamericano. Más allá de las asimetrías regionales y de las jerarquías sociales, esta ¨excepcionalidad¨ consistía en la presencia de una lógica igualitaria en la matriz social.” V. Maristella Svampa, La Sociedad excluyente. La Argentina bajo el signo del neoliberalismo, Buenos Aires, Taurus, 2005, p. 47.
9 Según apunta José Nun, el porcentaje de los llamados “nuevos pobres” (estratos provenientes de las clases medias) creció, en el área de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, de un 3,% a comienzos de los ´80 a un 26% en 1996. V. J. Nun, Democracia ¿Gobierno del pueblo o gobierno de los políticos?, Buenos Aires, FCE, 2000, p. 135.
10 M. Svampa, La Sociedad Excluyente, cit., p. 47.
11 El peronismo, enigma que ha suscitado desde su origen infinidad de interpretaciones intelectuales y políticas, atraviesa en el presente, sobre todo desde la presidencia de Menem, una serie de mutaciones que están lejos de haber sido cabalmente esclarecidas. Si, al decir de Halperin Donghi, el menemismo liquidó la “sociedad peronista” –entendida como el conjunto de fuerzas sociales que estructuraban un horizonte de expectativas centrado en el Estado social surgido en la coyuntura que llevó a Perón al poder, en 1943-46- (Cf., Halperin Donghi, La larga agonía de la Argentina peronista, Buenos Aires, Ariel, 1994), el kirchnerismo y la recompuesta hegemonía del peronismo sobre la totalidad del sistema político disponen un conjunto de nuevos interrogantes sobre la extraña pervivencia de un movimiento político que ha mostrado a lo largo de su historia una singular capacidad de transfiguración y adaptación. Con todo, la inmediata identificación con el peronismo de los sectores populares ya no parece ser el baluarte indestructible de años atrás. Tanto los mitos políticos peronistas, como el espacio de sociabilidad familiar como matriz de reproducción de la identidad peronista, parecen haber perdido al menos parte de su eficacia en los últimos años. Un ensayo de aproximación parcial a esta cuestión crucial puede hallarse en M. Svampa y S. Pereyra, Entre la ruta y el barrio, op. cit., pp. 37-42.
12 La crítica a la forma partido puede seguirse en dos textos significativos representativos de líneas teóricas diferentes: Ignacio Lewkowicz, “¿Fin del partido? La militancia no se rinde” en Revista Acontecimiento, no. 2, Buenos Aires, invierno de 1991; y Horacio Tarcus, “La secta política. Ensayo acerca de la pervivencia de lo sagrado en la Modernidad”, en El Rodaballo, no. 9, Buenos Aires, verano 1998/99.
13 Tal el relato ofrecido por Patricio Mc Cabe (proveniente de una organización partidaria de izquierda) en la entrevista antes citada. Los ejemplos, no obstante, pueden multiplicarse.
14 Ambas alternativas son repasadas en clave de autobiografía intelectual por Oscar Terán, uno de los introductores de Foucault en Argentina y América Latina. Cf. “Filosofía, historia y política. Un recorrido”, en O. Terán, De utopías, catástrofes y esperanzas. Un camino intelectual, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006, pp. 23-24.
15 Entrevista a Patricio Mc Cabe, cit.
16 Una cuestión que merece una detenida reflexión –que aquí no podemos dar- es la de los usos del zapatismo por los movimientos y grupos autónomos argentinos. Da la impresión de que el vínculo con el EZLN fue importante en extensión, pero discontinuo en intensidad y, por lo general, poco creativo. Acaso resulta más interesante y productivo el modo en que los movimientos sociales italianos –por poner un punto de comparación- tejieron una relación con las ideas y con la simbología zapatista más intensa y a la vez más creativa y menos basada en el modelo del puro solidarismo internacional.
17 La conferencia de Holloway fue publicada bajo el título “El Primer Día del Primer Año: reflexiones sobre los zapatistas” en el número 8 de la revista Dialéktica, Buenos Aires, 1996.
18 V. al respecto Martín Bergel, “Para leer a Virno en América Latina”, en El Rodaballo, no. 15, otoño de 2004.
19 Un incisivo ensayo en esa dirección se encuentra en Franco Ingrassia, “11 ideas precarias para un sindicalismo biopolítico”, en El Viejo Topo, no. 212, octubre de 2005. Consúltese asimismo los numerosos trabajos del colectivo Nuevo Proyecto Histórico, disponibles en www.colectivonph.com.ar.
20 P. Virno, Gramática de la multitud. Para un análisis de las formas de vida contemporáneas, Buenos Aires, Colihue, 2003, p. 16.
21 Una reciente e interesante excepción que pone en juego algunas de las intuiciones del pensamiento radical italiano contemporáneo acerca de las formas del trabajo en el capitalismo cognitivo de nuestros días puede hallarse en Colectivo ¿Quien Habla? (Colectivo Situaciones, Nicolás Barraco, Marzo y Kris), Lucha contra la esclavitud del alma en los call center, Buenos Aires, Tinta Limón, 2006.
22 Cf. A. Negri y G. Cocco, GlobAL. Biopoder y luchas en una América Latina globalizada, Buenos Aires, Manantial, 2006.
23 Sobre el significado de la composición, operación de creación común de pensamiento de dos singularidades, v. del Colectivo Situaciones el texto “Sobre el Método”, en Hipótesis 891, cit.
24 Dos movimientos piqueteros, los MTD (Movimiento de Trabajadores Desocupados) de Solano y de La Matanza, se muestran como experiencias en las que esa hibridación ha tenido ejemplarmente lugar. Ciertamente, conviene no exagerar la importancia de esos espacios de composición. Como hemos mencionado ya, la mayoría de los movimientos que aquí consideramos laxamente dentro de un campo autónomo (las fábricas recuperadas, por caso) han innovado más en las prácticas que llevan a cabo que en el modo en que se las representan.
25 R. Schwarz, “Las ideas fuera de lugar” [1971], en Florencia Garramuño y Adriana Amante (org.), Absurdo Brasil. Polémicas en la cultura brasilera, Buenos Aires, Biblos, 2000.
26 Sobre este asunto, véase, entre otros, los siguientes textos significativos: José Aricó (ed.), Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano, México, Cuadernos de Pasado y Presente, 1980; y Oscar Terán, Discutir Mariátegui, Universidad Autónoma de Puebla, México, 1985.
27 Esa estructura de sentimiento puede constatarse tanto en espacios de militancia y movimientos sociales, como, de modo a veces más estridente, en boca de franjas significativas de intelectuales. Esos intelectuales reaccionan ante algunos desarrollos del pensamiento y la política contemporánea que comprometen algunas certidumbres del pasado, empezando por la idea de nación. Para un excelente análisis crítico de ese discurso cf. Ezequiel Adamovsky, “La patria de la emancipación (y la angustia por la nación en la cultura argentina)”, en El Rodaballo no. 16, Buenos Aires, verano de 2006. En la misma línea, véase también mi propio análisis de las reacciones configuradoras de un “bloqueo nacional” a las hipótesis de Paolo Virno sobre la rebelión popular argentina de 2001 y, más en general, a las conexiones entre ella y el movimiento altermundialista en “Lo local, lo global, lo múltiple. Una lectura de la relación entre la rebelión popular argentina y el movimiento de resistencia global”, en El Rodaballo, no. 14, Buenos Aires, invierno de 2002.
28 Mencionemos dos muy significativas. En la segunda mitad de los años ´90, la entonces recién surgida agrupación H.I.J.O.S., que nuclea a jóvenes que reclaman justicia para sus padres, muertos o desaparecidos por la represión estatal de los años ´70 (y que, significativamente, aún cuando reivindican la memoria para las organizaciones revolucionarias de esos años, a diferencia de ellas se organizan de modo horizontal), desarrolló una práctica de producción de justicia popular que asumió el nombre de escrache (con suficiente éxito como para que luego sea adoptada por otras muchas experiencias). Allí donde un conjunto de leyes aprobadas por el régimen político democrático había dejado impunes a los autores de atroces crímenes y violaciones a los derechos humanos perpetrados durante la dictadura del ´76, el escrache buscaba producir un escenario de visibilización y de construcción de condena social de algunos de esos criminales. El escrache consiste en la identificación del lugar de morada de algún miembro de las organizaciones represivas, y en el tendido de un largo trabajo en el tejido barrial que sirva a los fines de iluminar que allí vive y desarrolla sus actividades cotidianas un asesino de la dictadura. Ese trabajo de varios meses culmina en el escrache propiamente dicho, el asedio festivo y no violento, cargado de producción simbólica, de la vivienda del sujeto en cuestión. Ese marcaje ciudadano, en ausencia de un marco legal estatal que haga justicia, ha sido pensado como un modo de producción de justicia y memoria comunitaria desde abajo. Al respecto, véase del Colectivo Situaciones, “Conversaciones con H.I.J.O.S.”, Cuaderno de Situaciones no. 1, Buenos Aires, octubre de 2000. En un orden diverso, a fines de 1999, en ocasión de las elecciones que catapultaron a la presidencia a Fernando de la Rúa, un grupo de jóvenes provenientes de la Universidad impulsó una experiencia asimismo singular. La ley electoral argentina, que establece la obligatoriedad del voto, prevé la posibilidad de exención de tal compromiso a todo ciudadano que se encuentre a más de 500 km. del lugar de votación. Esta disposición busca proteger a aquellos que por razones laborales o semejantes se encuentren lejos de sus distritos electorales. Pues bien, ante esa situación, y en la creencia de que al menos en esa coyuntura el voto no decidía nada sustantivo, alrededor de 400 personas, sobre todo jóvenes, protagonizaron una fuga de la ley electoral. Para ello, fundaron un movimiento que recibió el nombre de 5Ø1 (en alusión al kilómetro 501, punto imaginario de fundación de una política y una democracia otras), que tras meses de reuniones en asambleas horizontales se desplazó el día de la votación a una localidad distante en más de 500 km. de la Capital Federal en la que realizó numerosas asambleas y actividades recreativas. Ese anunciado gesto de reinterpretación y politización de la ley electoral, alcanzó gran repercusión y generó numerosos debates. El movimiento 5Ø1 acabó dispersándose, pero muchos de sus integrantes impulsaron posteriormente diversas experiencias autónomas, algunas de ellas ligadas al movimiento altermundialista. V. los manifiestos de 5Ø1 “Carta a los no votantes” y “Hacia otra democracia” en Acontecimiento, no. 18, Buenos Aires, 1999. Para un balance pormenorizado de esa experiencia véase asimismo Martín Bergel, “5Ø1. Balance de una experiencia política”, en El Rodaballo, no. 10, verano de 2000. No es exagerado afirmar que el movimiento 5Ø1 guarda un parecido de familia con La Otra Campaña zapatista.
29 Entrevista a F. Ingrassia, cit.
30 Así lo señala también Franco Ingrassia: “Entendemos al pensamiento, en su nivel más genérico, como facultad de invención, capacidad de resolver problemas. Nos alejamos aquí de cualquier noción que equipare al pensamiento con la actividad mental. Proponemos otra perspectiva. Se piensa con todo el cuerpo, con prácticas y conceptos, y también a través de percepciones y afectos”. Cf. F. Ingrassia, “El pensamiento argentino después de la Argentina”, en El Rodaballo no. 15, invierno 2004, p. 82.
31 Esa misma perspectiva situacional puede hallarse también, entre otros muchos trabajos, en Ana María Fernández (y colaboradores), Política y Subjetividad. Asambleas barriales y fábricas recuperadas, Buenos Aires, Tinta Limón, 2006.
32 Escribimos en tiempo pasado porque, para desazón de quienes lo conocimos y aprendimos y nos deleitamos con su modo de pensar y hacer pensar, Ignacio murió junto a su esposa en un trágico accidente en 2004, apenas con 42 años.
33 Todo ello señala, por vías diferentes a las de Negri y Hardt, la evaporación del concepto moderno de soberanía, que se verifica en el pasaje de la figura del ciudadano (propia de la Modernidad) a la de consumidor (hegemónica en la era de la fluidez). Cf. I. Lewkowicz, “Del ciudadano al consumidor. La migración del soberano”, en Pensar sin Estado. La subjetividad en la era de la fluidez, Buenos Aires, Paidós, 2004.
34 “Si la fluidez es el modo de existencia en los tiempos mercantiles, será necesario forjar los procedimientos de pensamiento y de intervención capaces de marcar este terreno. Pero también será necesario pensar nuevas estrategias de subjetivación en relación con una dominación que no sabe –ni pretende saber- de fundamentaciones sólidas. En definitiva, la tarea subjetiva en los tiempos neoliberales requiere de otro tipo de operaciones. Ya no es preciso desligar, romper, subvertir sino ligar, afirmar, sostener. Dicho de otro modo, nuestro punto de partida no son las instituciones estatales sino las destituciones mercantiles (…) Transformar un fragmento en una situación es una estrategia sofisticada pero imprescindible en los tiempos contemporáneos. Esta estrategia consiste en la fundación de una lógica sin remisión a otra (ya sea estatal o mercantil). Y sin remisión implica el asentamiento de un espacio y un tiempo situacionales, es decir, autónomos”. Cf. I. Lewkowicz y Grupo Doce, Del Fragmento a la Situación. Notas sobre la subjetividad contemporánea, Buenos Aires, 2001, pp. 96-98.
35 F. Ingrassia, “Autonomía y dispersión”, en El Viejo Topo, no. 222/223, julio de 2006.
36 Este acápite retoma la tesis central desplegada en Martín Bergel y Bruno Fornillo, “Siete puntos para un balance de la rebelión popular argentina del 2001”, en Contrapoder no. 9, Madrid, 2004.
37 Hace unos pocos años, pareció que Autodeterminación y Libertad, el partido político de nuevo tipo liderado por Luis Zamora que obtuvo significativos resultados electorales y escaños en las cámaras legislativas, pudo cumplir un rol importante tanto como cuña entre el sistema representativo y los movimientos sociales autónomos, como agente de producción de una escena favorable a la convergencia entre esos movimientos. Pero su actuación, que reprodujo lógicas personalistas y querellas de poder internas, acabó por desilusionar a aquellos que veían con simpatía a esta agrupación.
38 Ausencia que parece contrastar con el espacio de la autonomía italiana, en el que el imaginario común que lo atraviesa y le da señas de identificación se encuentra permanentemente alimentado por el conjunto de conceptos que han desplegado Negri y otras figuras de la constelación post-operaista.
39 Señala Wu Ming: “¿Cómo es posible impedir que los mitos cristalicen, se alienen de la comunidad que los quiere utilizar para contar su lucha por la transformación del mundo volviéndose contra la propia comunidad? Nuestra respuesta –que no puede ser sino una respuesta parcial si queremos evitar el error absolutista del que estamos hablando- es la siguiente: contando historias. Hace falta no parar de contar historias del pasado, del presente o del futuro, que mantengan en movimiento a la comunidad, que le devuelvan continuamente el sentido de la propia existencia y de la propia lucha. Historias que no sean nunca las mismas, que representen goznes de un camino articulado a través del espacio y el tiempo, que se conviertan en pistas transitables. Lo que nos sirve es una mitología abierta y nómada, en la que el héroe epónimo es la infinita multitud de seres vivos que ha luchado y lucha por cambiar el estado de cosas. Elegir las historias justas quiere decir orientarse según la brújula del presente. No se trata por lo tanto de buscar una guía (ya sea ésta un ícono, una ideología o un método), un Moisés que pueda confundirnos a través del desierto, ni una tribu de Levi a la vanguardia de las otras”. Amador Fernández-Savater, “Mitopoiesis y acción política. Entrevista a Wu Ming”, en El Rodaballo, no. 15, invierno de 2004, pp. 72-73.
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