Aldo Casas
Exposicion en Catedra Libre. UBA
1) En relación al tema que nos convoca, “Soberanía
estatal, protagonismo popular y Socialismo del Siglo XXI en Venezuela”,
me permitiré introducir un cierto cambio de palabras y de énfasis.
Quiero invitar a pensar juntos la realidad venezolana y latinoamericana
en términos de soberanía popular o, mejor aún,
de poder popular, mediación estatal y Socialismo del siglo XXI.
2) El protagonismo popular es imprescindible, pero insuficiente. El
verdadero desafío y la clave para asegurar la continuidad de
un genuino proceso revolucionario es que la participación llegue
a ser efectiva y continuada auto-actividad y contra-hegemonía,
que se conforme, en suma, como poder popular de hecho y de derecho.
Sabemos por los informes que desde allí llegan y por algunos
compañeros que han escrito sobre ello, que en la Revolución
Bolivariana se viene haciendo camino en este sentido. Hay diversas organizaciones
que en el campo, en los barrios pobres y en determinados lugares de
trabajo impulsan y/o protagonizan experiencias de poder popular. Tienen
nombres, experiencias y capacidades diferentes, en muchos casos son
muy dinámicos, capaces de movilizar y afirmar su autonomía
contra burocratismos y manipulaciones, pero no han logrado acercarse
siquiera a conformar un poder que, con raíces por abajo pueda
al mismo tiempo tiempo elevarse a construir poder popular a escala nacional,
para marcar rumbos y ritmos del proceso.
3) Afirmar que en la construcción de poder popular está
una de las claves del proceso, no implica evadir o desconocer la relevante
cuestión de las relaciones con el Estado. En las luchas sociales
y políticas de nuestro tiempo existe la insoslayable, cambiante
y siempre conflictiva mediación estatal. Y para enfrentar esto
no basta la sumaria “definición” de que el actual
Estado venezolano es un Estado burgués. Ciertamente, no es ni
podría ser un “Estado obrero”: pero limitarse a repetir
semejante banalidad sirve poco o nada. Es preciso escudriñar
en concreto las diversas determinaciones del nuevo Estado bolivariano
que, no debe olvidarse, nació sobre las cenizas del viejo Estado
de la Venezuela “puntofijista” y el viejo sistema de partidos,
literalmente demolidos por la irrupción de las masas en la vida
política. Comenzando por reconocer su rol progresivo en cuanto
sirvió (no sin contradicciones) para enfrentar y poner freno
a las pretensiones y agresiones del imperialismo y abrir al menos potenciales
espacios de mayor independencia regional con iniciativas como la del
ALBA. Los críticos de la revolución bolivariana que ignoran
esto no se ponen “a la izquierda”, sino por fuera la lucha
de clases y la lucha política real. Otro factor a considerar:
las tensiones y enfrentamiento con la burguesía “puntofijista”:
la gran mayoría de la burguesia en Venezuela desconfía
y conspira contra el Estado bolivariano. También cabe reconocer
su rol re-distributivo y social, desigual pero innegable, sobre todo
en áreas como cultura, educación y salud. Cierto es que,
una y otra vez, las insuficiencias o la inamovible hostilidad del aparato
burocrático-estatal hacia la movilización y lo plebeyo
obligaron a recursos excepcionales como las “Misiones”,
pero también lo es que estas hicieron sus tareas aprovechando
y utilizando también recursos del Estado. Dicho todo lo cual,
podemos y debemos afirmar también que, en un sentido opuesto,
dicho Estado es también quien facilita que la “boli-burguesía”
se enriquezca a su sombra y multiplica los frenos directos o indirectos
a los reclamos y la acción directa de los de abajo.
4) Lo que acabamos de señalar sirve como recordatorio de que
la profundización de un proceso revolucionario requiere que el
poder popular esté en condiciones, llegado el momento, de afrontar
un proceso de ruptura radical con lo anterior y asumir la conformación
de un Estado-no Estado (como en algún momento dijera Lenin).
Pero ninguna ley histórica y mucho menos algún “principio”
teórico nos impone creer que todo cambio revolucionario deberá
quedar supeditado a ese momento. Y mucho menos autoriza a pontificar
que recién entonces podría pensarse y actuar en la transición...
Por el contrario, la vida misma muestra que es posible y necesaria una
transición que desafíe desde ahora el orden del capital
y ponga en marcha al menos los rudimentos de un nuevo metabolismo económico
social. También la vida nos enseñó que solamente
así se podría evitar que este estado-de-nuevo-tipo (o
estado obrero) se convierta en un Nuevo Leviatán, imponiéndole
el imprescindible pero limitado rol de instrumento auxiliar y transitorio
del poder obrero-popular, la movilización ininterrumpida y la
emancipación social.
5) Por lo demás, el Socialismo del siglo XXI para ser tal deberá
asumir que la revolución requiere no sólo un cambio en
las relaciones de producción. Debe ser también una ruptura
radical e irreversible con la división social jerárquica
del trabajo, así como una redefinición completa del paradigma
productivo-tecnológico-cultural impuesto por el capital: producir
de otro modo, producir otras cosas. Terminar con la explotación
del hombre pero también con la explotación de la naturaleza.
Estas cuestiones que parecieron secundarias a los revolucionarios en
la primer mitad del siglo XX, se nos presentan hoy como desafíos
insoslayables y urgentes. Lo que se juega no es sólo la suerte
de la revolución, sino la supervivencia misma de la humanidad.
6) Finalmente, debemos pensar el futuro de la revolucion en Venezuela
en el contexto y como parte del proceso de toda América Latina,
y en las convulsiones de la mayor crisis conocida del capitalismo mundial.
Porque Venezuela sufre los efectos de la crisis, y seguramente los sufre
más de lo que sería inevitable, porque se demoraron medidas
radicales exigidas desde hace tiempo por los trabajadores y organizaciones
populares. No es casual entonces que sea ahora cuando la prometida radicalización
del rumbo socialista prometida por Chavez tras las elecciones pareciera
traducirse en hechos contundentes como lo son las recientes nacionalizaciones.
Por eso la burguesia se indigna no solo en Venezuela, y vemos que la
patronal Argentina hecha espuma por la boca y reclama retaliaciones.
Nos cabe no sólo respaldar y defender esas decisiones soberanas,
sino comprender y acompañar los reclamos de quienes comprenden
que la nacionalización es sólo un paso, que requiere de
otros, tales como la implementación de la gestión obrera
y una planificación asumida por las organizaciones populares.
La crisis aparece entonces como amenaza, desafio y oportunidad. Desafío
y oportunidad para el liderazgo de Chavez, desafío y oportunidad
para los movimientos sociales y políticos emancipatorios en Venezuela,
desafío y oportunidad para todos nosotros, al que deberemos responder
intensificando y reforzando la construcción de lazos reales y
efectivos de colaboración de las organizaciones populares latinoamericanas,
con iniciativas como el ALBA de los movimientos populares u otras que
vayan en similar dirección.
7) Algunos rechazan la idea de que exista en Venezuela una revolución
en marcha, porque no se parece a la Revolución de de Octubre
de 1917, ni a la Revolución China, ni a la Cubana; porque no
existen ni Partido Bolchevique, ni Ejército Popular de Liberación,
ni Comandancia Guerrillera... Es cierto, y sin embargo, allí
está la revolución: casi diría que no parecerse
a las anteriores no representa una carencia sino una confirmación
adicional de su potencialidad. Después de todo, fue Marx quien
nos previno que, lejos de sujetarse a cualquier “modelo”
las revoluciones proletarias
se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente
en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado,
para comenzarlo de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y
cruelmente de de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad
de sus primeros intentos.
Por lo tanto, debemos estar dispuestos a reformular nuestras hipótesis
estratégicas. Y en este sentido, me limitaré a decir que
considerándome tributario de la rica tradición teórico-política
del “consejismo” en su más amplio sentido y de las
“lecciones” derivadas de una extensa experiencia latinoamericana,
siento que insistir en la idea mas o menos clásica del “doble
poder” tiene limitada utilidad. A la luz de la situación,
experiencia y conciencia actual del movimiento obrero, es muy poco creíble
la perspectiva cultivada por pequeñas organizaciones que privilegian
su fortalecimiento por encima de cualquier otra construcción,
suponiendo que, llegado el momento, la crisis hará que broten
organismos de tipo soviético listos para que “la dirección
revolucionaria” los conduzca en el asalto al poder. Por otra parte,
incluso si admitiéramos que por alguna imprevisible combinación
de circunstancias se concretara tan improbable hipótesis, cabe
preguntarse: ¿semejante “poder” tendría realmente
la capacidad de impulsar la reconstrucción radical de la sociedad?
Creo que la respuesta debe ser negativa. Y digo que debemos apostar
y aportar, en cambio, a un proyecto que articule utopía y realismo
de un modo original: un realismo a largo plazo, que nos prepare estratégicamente
para librar una batalla de muy largo aliento, hasta forzar un cambio
general en la correlación de fuerzas que permita infligirle derrotas
decisivas al capitalismo imperialista. Y una utopía “corta”
que nos permita “soñar con los ojos abiertos” al
afrontar las tareas inmediatas, asumiéndolas con espíritu
insumiso y buscando en cada fisura o grieta del sistema, tal y como
ya se dijo, ir mas allá del capital.