Darío Vive
-
-
-
-
Piratas go home (lucha contra el saqueo de los bienes naturales y la destrucción de los servicios públicos)
-
Que la tortilla se vuelva... (contra la precarización de la vida)
-
Ustedes son los terroristas (derechos humanos y lucha contra la impunidad)
-
Con mujeres tendrán que pelear (géneros)
--
Es-cultura popular
 
¿Usted de que se ríe? - Humor
-
Radio bemba (comunicación alternativa)
-
InsurgenTV
 
-
Libros en alpargatas
-
Notas por autor
-
Notas por país
 

Enlaces

Prensa De Frente

Blog

Iconoclasistas

nodo 50

ir a la acción de arte en red exigiendo justicia para Dario Santillan y Maxi Kosteky

aporrea

Indymedia

anred

rebelion.org

la haine

Soberanía estatal, protagonismo popular y Socialismo del Siglo XXI en Venezuela


Este portal sale sin autorización del Rey Juan Carlos I, el Papa Benedicto XVI y el Presidente de los Estados Unidos

 
 
 
 
Convocatoria mundial contra el paramilitarismo y la parapolítica de Uribe
 
Contacto: aquí
 
Libros para bajar
 
Bajar acá
 
bajar acá
 

 

 


Aldo Casas

Exposicion en Catedra Libre. UBA


1) En relación al tema que nos convoca, “Soberanía estatal, protagonismo popular y Socialismo del Siglo XXI en Venezuela”, me permitiré introducir un cierto cambio de palabras y de énfasis. Quiero invitar a pensar juntos la realidad venezolana y latinoamericana en términos de soberanía popular o, mejor aún, de poder popular, mediación estatal y Socialismo del siglo XXI.

2) El protagonismo popular es imprescindible, pero insuficiente. El verdadero desafío y la clave para asegurar la continuidad de un genuino proceso revolucionario es que la participación llegue a ser efectiva y continuada auto-actividad y contra-hegemonía, que se conforme, en suma, como poder popular de hecho y de derecho. Sabemos por los informes que desde allí llegan y por algunos compañeros que han escrito sobre ello, que en la Revolución Bolivariana se viene haciendo camino en este sentido. Hay diversas organizaciones que en el campo, en los barrios pobres y en determinados lugares de trabajo impulsan y/o protagonizan experiencias de poder popular. Tienen nombres, experiencias y capacidades diferentes, en muchos casos son muy dinámicos, capaces de movilizar y afirmar su autonomía contra burocratismos y manipulaciones, pero no han logrado acercarse siquiera a conformar un poder que, con raíces por abajo pueda al mismo tiempo tiempo elevarse a construir poder popular a escala nacional, para marcar rumbos y ritmos del proceso.

3) Afirmar que en la construcción de poder popular está una de las claves del proceso, no implica evadir o desconocer la relevante cuestión de las relaciones con el Estado. En las luchas sociales y políticas de nuestro tiempo existe la insoslayable, cambiante y siempre conflictiva mediación estatal. Y para enfrentar esto no basta la sumaria “definición” de que el actual Estado venezolano es un Estado burgués. Ciertamente, no es ni podría ser un “Estado obrero”: pero limitarse a repetir semejante banalidad sirve poco o nada. Es preciso escudriñar en concreto las diversas determinaciones del nuevo Estado bolivariano que, no debe olvidarse, nació sobre las cenizas del viejo Estado de la Venezuela “puntofijista” y el viejo sistema de partidos, literalmente demolidos por la irrupción de las masas en la vida política. Comenzando por reconocer su rol progresivo en cuanto sirvió (no sin contradicciones) para enfrentar y poner freno a las pretensiones y agresiones del imperialismo y abrir al menos potenciales espacios de mayor independencia regional con iniciativas como la del ALBA. Los críticos de la revolución bolivariana que ignoran esto no se ponen “a la izquierda”, sino por fuera la lucha de clases y la lucha política real. Otro factor a considerar: las tensiones y enfrentamiento con la burguesía “puntofijista”: la gran mayoría de la burguesia en Venezuela desconfía y conspira contra el Estado bolivariano. También cabe reconocer su rol re-distributivo y social, desigual pero innegable, sobre todo en áreas como cultura, educación y salud. Cierto es que, una y otra vez, las insuficiencias o la inamovible hostilidad del aparato burocrático-estatal hacia la movilización y lo plebeyo obligaron a recursos excepcionales como las “Misiones”, pero también lo es que estas hicieron sus tareas aprovechando y utilizando también recursos del Estado. Dicho todo lo cual, podemos y debemos afirmar también que, en un sentido opuesto, dicho Estado es también quien facilita que la “boli-burguesía” se enriquezca a su sombra y multiplica los frenos directos o indirectos a los reclamos y la acción directa de los de abajo.

4) Lo que acabamos de señalar sirve como recordatorio de que la profundización de un proceso revolucionario requiere que el poder popular esté en condiciones, llegado el momento, de afrontar un proceso de ruptura radical con lo anterior y asumir la conformación de un Estado-no Estado (como en algún momento dijera Lenin). Pero ninguna ley histórica y mucho menos algún “principio” teórico nos impone creer que todo cambio revolucionario deberá quedar supeditado a ese momento. Y mucho menos autoriza a pontificar que recién entonces podría pensarse y actuar en la transición... Por el contrario, la vida misma muestra que es posible y necesaria una transición que desafíe desde ahora el orden del capital y ponga en marcha al menos los rudimentos de un nuevo metabolismo económico social. También la vida nos enseñó que solamente así se podría evitar que este estado-de-nuevo-tipo (o estado obrero) se convierta en un Nuevo Leviatán, imponiéndole el imprescindible pero limitado rol de instrumento auxiliar y transitorio del poder obrero-popular, la movilización ininterrumpida y la emancipación social.

5) Por lo demás, el Socialismo del siglo XXI para ser tal deberá asumir que la revolución requiere no sólo un cambio en las relaciones de producción. Debe ser también una ruptura radical e irreversible con la división social jerárquica del trabajo, así como una redefinición completa del paradigma productivo-tecnológico-cultural impuesto por el capital: producir de otro modo, producir otras cosas. Terminar con la explotación del hombre pero también con la explotación de la naturaleza. Estas cuestiones que parecieron secundarias a los revolucionarios en la primer mitad del siglo XX, se nos presentan hoy como desafíos insoslayables y urgentes. Lo que se juega no es sólo la suerte de la revolución, sino la supervivencia misma de la humanidad.

6) Finalmente, debemos pensar el futuro de la revolucion en Venezuela en el contexto y como parte del proceso de toda América Latina, y en las convulsiones de la mayor crisis conocida del capitalismo mundial. Porque Venezuela sufre los efectos de la crisis, y seguramente los sufre más de lo que sería inevitable, porque se demoraron medidas radicales exigidas desde hace tiempo por los trabajadores y organizaciones populares. No es casual entonces que sea ahora cuando la prometida radicalización del rumbo socialista prometida por Chavez tras las elecciones pareciera traducirse en hechos contundentes como lo son las recientes nacionalizaciones. Por eso la burguesia se indigna no solo en Venezuela, y vemos que la patronal Argentina hecha espuma por la boca y reclama retaliaciones. Nos cabe no sólo respaldar y defender esas decisiones soberanas, sino comprender y acompañar los reclamos de quienes comprenden que la nacionalización es sólo un paso, que requiere de otros, tales como la implementación de la gestión obrera y una planificación asumida por las organizaciones populares. La crisis aparece entonces como amenaza, desafio y oportunidad. Desafío y oportunidad para el liderazgo de Chavez, desafío y oportunidad para los movimientos sociales y políticos emancipatorios en Venezuela, desafío y oportunidad para todos nosotros, al que deberemos responder intensificando y reforzando la construcción de lazos reales y efectivos de colaboración de las organizaciones populares latinoamericanas, con iniciativas como el ALBA de los movimientos populares u otras que vayan en similar dirección.
7) Algunos rechazan la idea de que exista en Venezuela una revolución en marcha, porque no se parece a la Revolución de de Octubre de 1917, ni a la Revolución China, ni a la Cubana; porque no existen ni Partido Bolchevique, ni Ejército Popular de Liberación, ni Comandancia Guerrillera... Es cierto, y sin embargo, allí está la revolución: casi diría que no parecerse a las anteriores no representa una carencia sino una confirmación adicional de su potencialidad. Después de todo, fue Marx quien nos previno que, lejos de sujetarse a cualquier “modelo” las revoluciones proletarias
se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos.
Por lo tanto, debemos estar dispuestos a reformular nuestras hipótesis estratégicas. Y en este sentido, me limitaré a decir que considerándome tributario de la rica tradición teórico-política del “consejismo” en su más amplio sentido y de las “lecciones” derivadas de una extensa experiencia latinoamericana, siento que insistir en la idea mas o menos clásica del “doble poder” tiene limitada utilidad. A la luz de la situación, experiencia y conciencia actual del movimiento obrero, es muy poco creíble la perspectiva cultivada por pequeñas organizaciones que privilegian su fortalecimiento por encima de cualquier otra construcción, suponiendo que, llegado el momento, la crisis hará que broten organismos de tipo soviético listos para que “la dirección revolucionaria” los conduzca en el asalto al poder. Por otra parte, incluso si admitiéramos que por alguna imprevisible combinación de circunstancias se concretara tan improbable hipótesis, cabe preguntarse: ¿semejante “poder” tendría realmente la capacidad de impulsar la reconstrucción radical de la sociedad? Creo que la respuesta debe ser negativa. Y digo que debemos apostar y aportar, en cambio, a un proyecto que articule utopía y realismo de un modo original: un realismo a largo plazo, que nos prepare estratégicamente para librar una batalla de muy largo aliento, hasta forzar un cambio general en la correlación de fuerzas que permita infligirle derrotas decisivas al capitalismo imperialista. Y una utopía “corta” que nos permita “soñar con los ojos abiertos” al afrontar las tareas inmediatas, asumiéndolas con espíritu insumiso y buscando en cada fisura o grieta del sistema, tal y como ya se dijo, ir mas allá del capital.