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La guerra civil en Colombia, debates en una encrucijada

Guillermo Martín Caviasca

“Algunos luchan un  tiempo y son buenos. Otros luchan mucho tiempo y son mejores. Pero están los que luchan toda la vida. Esos son los indispensables”.

Discutiremos en este texto las implicancias de las declaraciones de Hugo Chávez sobre el conflicto colombiano y sobre la inviabilidad del método guerrillero. Lo haremos a la luz de la historia del siglo XX y las diferentes vías que se dieron los trabajadores para avanzar en su emancipación y lograr la independencia nacional. El caso de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia es el actor que obliga a estas definiciones, dada la persistencia de su lucha militar y la agresividad del Estado colombiano. Este no pretende ser un artículo neutral ni académico, por el contrario buscamos discutir la pertinencia de diferentes métodos de lucha y reflexionar sobre las ideas de progreso y revolución.
Hay determinados momentos políticos en que las posiciones se contornean con mayor claridad. Son momentos en que los enfrentamientos y la emergencia de actores controvertidos cobran tal dimensión que hacen imposible ignorarlos, ya que ignorarlos implica también una toma de posición. Durante esos momentos la lucha se tensa de tal forma que todos desnudamos, con mayor precisión que de costumbre, nuestras aspiraciones y posiciones ideológicas. Lenin escribió hace ya mucho tiempo un texto sobre el comportamiento político en momentos de flujo y reflujo de la lucha popular. Subrayaba que en las situaciones históricas marcadas por la arrogancia de las fuerzas reaccionarias es cuando más nítida surge la frontera entre los revolucionarios y aquellos que no lo son.
La emergencia del Comandante Chávez y su proyección latinoamericana constituye uno de esos momentos: en pleno auge neoliberal delimitó aguas, profundizó debates y crispó el escenario latinoamericano dando oxígeno a los luchadores sociales, políticos, antiimperialistas y revolucionarios. Un teniente coronel se levantaba contra un régimen que cumplía todos los requisitos de la democracia formal. Fue una bocanada de aire fresco en una región donde la noche de las dictaduras, las revoluciones derrotadas y las democracias neoliberales parecían haber matado la política y desterrado a los trabajadores de las grandes discusiones nacionales.
Hoy sucede algo similar con la guerra civil en Colombia y la presencia de las FARC, en gran parte por la acción del presidente Chávez. Su intervención en el conflicto colombiano ayudó a multiplicar su dimensión regional y mundial y exponer ante el mundo las atrocidades cometidas por el Estado terrorista de Colombia. Esta exposición obligó a los gobiernos a posicionarse frente al régimen de Álvaro Uribe, que combina las características de las peores épocas de Latinoamérica: consenso neoliberal y terrorismo de Estado. Sin dudas esta exposición pública no podía implicar ningún riesgo para las FARC, que -a pesar de ser defenestradas como terroristas y narcotraficantes- son la principal oposición a los gobiernos de la oligarquía colombiana y la injerencia yanqui.
Hasta este punto la intervención de Chávez no implicaba ninguna novedad. Simplemente se enlazaba con la profundización de una línea antiimperialista. Además, podía ser considerada con una autodefensa frente a un régimen como el colombiano cuya consolidación incontestada implicaba un riesgo geopolítico para los Estados en procesos de reformas progresistas como Venezuela y Ecuador (o para cualquier régimen popular).
Pero la línea de intervención chavista en el conflicto colombiano cambió justo después del anuncio público de la muerte del comandante de las FARC Manuel Marulanda. Chávez declaró que los guerrilleros debían liberar la los rehenes sin contrapartida alguna; los llamó a abandonar la lucha armada en las mismas condiciones y dijo que usar las armas para transformar la realidad es un método que ya pertenece a los anaqueles de la historia. Además inició una serie de gestos de acercamiento (tácticos, suponemos) al régimen colombiano y condenó cualquier iniciativa de los venezolanos de manifestar su asco ante la presencia en sus tierras de un personaje tan deleznable como Uribe.
Este accionar nos obliga a debatir y definir varias cuestiones. Por ejemplo, las características que deben asumir las políticas de los Estados frente a los conflictos sociales de otros Estados. La contradictoria unidad del campo popular donde entramos nacionalistas, populistas, reformistas, marxistas (y las más diversas combinaciones de estas ideologías). Las cuestiones que hacen a la unidad y la solidaridad revolucionaria y antiimperialista. Y las contradicciones políticas e ideológicas internas de cada proceso revolucionario particular y de las organizaciones que lo protagonizan.

Los movimientos nacionales policlasistas

Antes de pensar la situación actual es bueno hacer un raconto de los caminos que los pueblos latinoamericanos siguieron en la  búsqueda de su emancipación a lo largo del siglo XX. Inicialmente creemos que todo gran proceso de transformación social e independencia nacional incluye en su seno un amplio abanico de corrientes ideológicas, como también un amplio espectro de clases y fracciones de clase que están interesadas en la independencia y el progreso. Esto evidentemente coloca en una misma trinchera a grupos con diferentes intereses de largo plazo que muchas veces se manifiestan como contradicciones en la cotidianeidad del proceso. Los movimientos nacionalistas populares o “populistas” expresaron un momento particular de la historia de nuestros países, momento en el cual una burguesía nacional aún débil y una clase trabajadora de reciente formación podían convivir bajo banderas nacionales enfrentado al viejo sistema oligárquico imperialista.
En América Latina conocemos la experiencia de amplios movimientos de masas  bajo liderazgos fuertes e ideologías nacionales, populares y antioligárquicas con diferente grado de antiimperialismo. Por ejemplo el peronismo, el APRA, el cardenismo, el MNR, el varguismo, etc. Pero también regímenes militares que intentaron políticas similares con menor base de masas como el caso de Velazco en Perú. Todos ellos produjeron o intentaron llevar adelante procesos de inclusión social de los trabajadores y desarrollo económico bajo las normas de un capitalismo con fuerte presencia del Estado en la economía. En el caso colombiano el emergente de ese proceso de maduración nacional fue Elicer Gaitán (líder disidente de la elite política liberal), ahogado en sangre por la oligarquía.
En general estos movimientos encararon el problema de la fuerza incluyendo a fracciones importantes de las fuerzas armadas tradicionales dentro o a la cabeza de los procesos. La cuestión de la hegemonía hacia el interior de los movimientos es entonces el tema fundamental. Y esto se relaciona con el frente de clases que expresan y la etapa histórica en que desarrollaron sus propuestas.
Esos regímenes que (muchas veces con desprecio) se los llamó populistas, sin duda mejoraron la situación de sus pueblos y la soberanía  de sus países en lo que respecta a soberanía y bienestar social, pero no pudieron generar condiciones de reproducción en el tiempo (a pesar de que muchos lograron cambios estructurales en sus sociedades). Así chocaron con fuertes contradicciones internas y externas basadas en la naturaleza intrínseca de la “alianza” que era su sustento, que incluía desde trabajadores hasta grandes empresarios, y la naturaleza misma del desarrollo capitalista. Es por esta razón que los mismos movimientos que fueron progresistas en una etapa respondieron al desafío de sus limitaciones estructurales con una profunda reconversión hacia la derecha luego (ver los casos del peronismo, el aprismo, etc.).

Un pantallazo sobre las experiencias guerrilleras latinoamericanas

En la segunda mitad del siglo XX surgieron un nuevo tipo de movimientos sociales transformadores de ideología claramente socialista. Estos movimientos buscaron construir la hegemonía de las clases subalternas (trabajadores, campesinos, pobres en alianza con sectores de la pequeño burguesía), sobre el conjunto de las clases interesadas en la independencia y la justicia social. En estas experiencias la clave pasó por la capacidad de un conjunto de revolucionarios de organizar una fuerza armada popular en condiciones de jaquear militarmente a las fuerzas armadas del régimen y, entonces, producir una crisis de dominación que resquebrajara el sistema. Si esa fuerza era capaz de expresar a un sector de las masas populares organizadas tenía amplias posibilidades de transformarse en alternativa de gobierno.
La “vanguardia”, fue concebida como una organización o frente revolucionario de liberación nacional, con una estructura que buscaba acomodarse a las tesis leninistas, de ideología socialista, cuyo método de lucha era principalmente el militar, debía garantizar la orientación revolucionaria del proceso y “generar las condiciones” para el enfrentamiento victorioso entre las clases trabajadoras y las clases opresoras. Las experiencias guerrilleras fueron numerosas (y lo son). Pero muchas no llegaron a pasar de su fase inicial. Sólo algunas llegaron a consolidarse como parte de un movimiento de masas más amplio, invirtiendo los planteos de la tesis foquista.
El FSLN en Nicaragua, el FMLN en El Salvador, la guerrilla guatemalteca en un caso triunfaron y en los otros dos no estuvieron lejos de hacerlo. Lo grave de estos procesos no es que mostraran la inviabilidad de la lucha armada, todo lo contrario. En estos países los acuerdos de paz garantizaron la integración y desmovilización de las fuerzas guerrilleras, pero las causas de la guerra civil siguieron intactas. Hoy Guatemala y El Salvador son países en los que pareciera no haber futuro ni esperanza, en la que la gente emigra mucho más que durante la guerra civil y donde mueren muchos más jóvenes por violencia lumpen que los que caían antes luchando por la liberación de su país. Y este diagnóstico lo podemos extender a todo Centroamérica.
La guerrilla peruana (PCP y MRTA) pasó de su etapa embrionaria y llegó a tener niveles de inserción y prestigio teniendo en el haber de su derrota muchos más errores propios (el sectarismo del PCP alejó a la guerrilla de importantes aliados y activó a sectores que debieron ser neutralizados) que aciertos ajenos. La guerrilla argentina (Montoneros y PRT) tuvo un período de inserción e influencia política (en el caso de Montoneros dentro del movimiento popular mayoritario y dentro del Estado), que sin dudas superaba su capacidad militar, llegando a ser actores determinantes dentro de la fracción obrera más combativa y de la juventud. Nuevamente errores propios  fueron definitorios en su derrota.
El caso mexicano es contemporáneo, allí dos fuerzas guerrilleras operan con diferente perfil y estrategia: el zapatismo y el EPR. Aunque su viabilidad como alternativa de poder está claramente condicionada a la existencia de un movimiento popular mucho más amplio que las propias fuerzas, nadie duda de su pertenencia al campo popular, colaborando en el enfrentamiento al sistema y en la construcción de contra hegemonía aún dentro de un país poderoso con una burguesía moderna y una sociedad compleja como la mexicana.

Chile, un caso particular

Chile merece una mención aparte, ya que el proceso revolucionario chileno se desarrolló a través de un proceso donde las fuerzas populares construyeron herramientas de acumulación principales dentro del sistema democrático. En este país durante gran parte del siglo XX la clase obrera participó de frentes de izquierda con independencia de clase, frentes que no fueron a contramarcha de las luchas populares, sino que intentaron expresarlas. Siendo un caso único en su tiempo, hay varias décadas después (y en un contexto internacional y clima ideológico diferentes) experiencia con paralelismos. Por ejemplo,  la del Frente Amplio de Uruguay o el Partido de los Trabajadores de Brasil, que terminaron accediendo al gobierno pero con una fuerte hegemonía burguesa en su seno y con los sectores populares encuadrados  detrás (como dato es indudable los frentes actuales son mucho más burgueses y disciplinadores de la clase obrera que los vilipendiados populismos). El caso chileno, en cambio, planteó explícitamente una transición democrática hacia el socialismo y la construcción de poder popular con la estructura del Estado como eje. Tesis que podemos relacionar con el caso venezolano pero que no debe  olvidar la larga acumulación previa y el nivel organizativo avanzado social y político alcanzado por las masas chilenas.
Y aún así este proceso popular fue derrotado por una operación desestabilizadora de la burguesía de largo alcance  y que se ganó el consenso de las capas medias. Un golpe de mano del ejército y el decidido apoyo norteamericano fueron los determinantes finales. Peor hubo causas que deben ser una enseñanza: el no haber desarrollado con suficiente amplitud los organismos autónomos de las masas (bases del nuevo Estado) por respetar las estructuras del viejo Estado. Esta contradicción transición hacia el nuevo sistema desde las estructuras del viejo, respondió, en el caso chileno, a intentar mantener un acuerdo tácito de convivencia democrática, que garantizaría que si las reformas se realizaban institucionalmente el socialismo sería aceptado. El problema es que las clases dominantes respetan sus leyes mientras sirven a la reproducción de su base material, cuando esto deja de ser así, recurren a cualquier método de lucha aunque antes lo hayan vilipendiado.  Dentro de las instituciones tradicionales las reformas profundas son generalmente bloqueadas y más aún posibles experiencias de autogobierno o poder militar de las propias masas. El camino chileno terminó ahogado en sangre, aunque no era “armado”. 
Pero hacia el final del régimen pinochetista surge una organización guerrillera de gran importancia, el FPMR, que alcanza (y conserva a pesar de su derrota militar) gran prestigio en los barrios pobres de las grandes ciudades y en segmentos de la polarizada sociedad chilena. La apertura democrática con su represión legitimada fue la razón de su derrota. Pero la potencialidad de al propuesta rodriguista de romper con una transición ordenada que preservara el modelo neoliberal y los privilegios institucionales de la derecha, sigue siendo legítima.

Hasta aquí echamos una ojeada sobre algunos de los movimientos que lucharon por la transformación social y la independencia de nuestra América. Los movimientos populares o populistas no fueron más eficientes que las organizaciones guerrilleras. Más bien algunos de estos, como el caso del APRA, la “revolución mexicana” o el peronismo menemista terminaron siendo ampliamente reaccionarios. Mientras que la mayoría de las organizaciones guerrilleas quedaron en el camino hacia sus objetivos.

Colombia, el terror infinito

En este país hermano hace casi 60 años un emergente líder popular, Elicer Gaitán, prometía reformas antioligárquicas. Apoyándose en los campesinos y en los trabajadores, llamaba a transformar las estructuras arcaicas de la sociedad colombiana. Su asesinato desató una ola de masacres contra el pueblo y abortó un proceso modernizador de reformas democráticas y económicas que hubiese permitido la inclusión de las masas y transformado el cerrado sistema oligárquico. Muchos campesinos se armaron como autodefensa, pero la sociedad colombiana quedó dividida a fuego, sin el más mínimo espacio para la disidencia dentro de la legalidad, marcada por masacres que desde entonces recaen periódicamente sobre los que se cuestionan levemente el orden de cosas.
De ahí que los sesentas dieran a luz en Colombia a la guerrilla, al igual que en toda América Latina pero en condiciones que le permitieron una rápida expansión (FARC, ELN, M19, EPL, etc.). Los ochentas vieron el intento de esta guerrilla de unificar una propuesta política de frente electoral de cara a probar escenarios que no implicaran la guerra. El resultado fue el genocidio de los que dieron la lucha política legal. Un frente electoral completo, la Unión Patriótica, fue exterminado.
En los noventas Colombia también tuvo sus “acuerdos de paz”. Dos organizaciones se acogieron, el M19 y el EPL. Nuevamente fueron asesinados los que salieron de la selva y sus candidatos electorales. Y a esto hay que sumar el asesinato permanente de dirigentes sindicales, estudiantiles, indígenas, campesinos, barriales, etc. etc….
Hoy, apoyada en la etapa más agresiva del imperialismo yanqui, la oligarquía colombiana colocó a los paramilitares en el gobierno, sin mediaciones y lo hizo mediante su perfeccionado sistema electoral con el consenso de la opinión pública a través de la dictadura mediática. Unificó represión paramilitar, militar, de inteligencia, informativa y clandestina bajo el mando único centralizado del Estado. Y con la intervención directa de EEUU e Israel, se lanzó contra las FARC, la guerrilla más poderosa (como antes lo había hecho contra el ELN).
 
El campo popular no es monolítico y no existe un centro del cual emanen todas las verdades. Muchas veces en una operación ideológica mecánica se identificó una fuente única de verdades absolutas y se aspiró a la construcción de una política unificada mundial del socialismo, lo que es sin dudas deseable pero sumamente riesgoso. Los que siguieron a la URSS así les fue, lo mismo para China y esto es así también para Cuba, Venezuela o quien sea. Esto se relaciona con la diversidad de las sociedades nacionales y su desarrollo desigual. Entonces, aspirar a la existencia de un centro mundial de política puede ser un grave error: la materialización de las transformaciones de cada sociedad se debe primordialmente a causas internas. A lo que deberíamos aspirar es a la solidaridad y mutuo apoyo de los que luchamos por un horizonte socialista.
Podríamos pensar que Latinoamérica es una sociedad, pero la unidad latinoamericana es más bien una aspiración, una necesidad que tiene bases materiales, históricas y culturales sólidas. Pero las divergencias de la formación de cada una de nuestras sociedades y de sus respectivos Estados son suficientes como para que tengamos dinámicas propias. América Latina es una región particular respecto de otras regiones, y esto hace que la influencia e implicación de los procesos históricos entre los diferentes países sea muy grande, pero una política revolucionaria de dimensiones latinoamericanas debe contemplar los diferentes grados de desarrollo de cada sociedad tanto económico como político.
Con esto queremos decir que no se puede imponer una dirección “populista” o reformista democrática a un movimiento guerrillero marxista, menos aún si tiene una fuerte raigambre histórica y social. También, en el plano de la política, se debe evitar la tentación de hacer política pensando que las necesidades internas de subsistencia de una revolución nacional particular están por arriba de las necesidades de incentivar la lucha popular en otra nación, y en esto las FARC siempre fueron autónomas. Y en el plano de la ideología y las identidades, la coherencia del nacionalismo, el marxismo y el populismo es posible siempre que se respete la experiencia de cada sociedad y de sus clases oprimidas y mientras se acuerde en los objetivos de soberanía y justicia social. Esa debería ser la enseñanza de las décadas anteriores.

Por otra parte Chávez planteó el agotamiento de la lucha armada como método. Es raro (y contradictorio) viniendo de Chávez, cuyo asenso meteórico a la categoría de líder de masas se originó en un intento de toma del poder del Estado por parte de un grupo de militares en una acción armada de características conspirativas. Ya desde el vamos esto desmentiría la afirmación del presidente.
También dentro de esa descalificación parecen entrar todas las acciones armadas y estrategias de lucha destinadas a enfrentar invasores, o regímenes vendepatria de cualquier tipo. La historia de la humanidad nos muestra un sinnúmero de cambios políticos más o menos revolucionarios en los cuales la violencia organizada fue central para su conclusión exitosa. Tanto en guerras entre países con sistemas diferentes o en guerras civiles que enfrentan clases con intereses antagónicos la violencia ha sido, en algún punto de la lucha, ineludible.
Pero es probable que Chávez se haya referido a la guerrilla rural. Esta es tan vieja como la humanidad, durante milenios fue el campo el lugar de asentamiento de la mayoría de la población y los campesinos los sujetos de la explotación. Fue natural que el campo fuera el escenario primordial de la lucha. Pero se podría argumentar que las cosas han cambiado, que la población rural se encuentra en constante disminución y, que, aún en Colombia (donde subsiste una clase campesina numerosa), esta no ha dejado de disminuir en los últimos cuarenta años tanto en número como en centralidad para la estructura económica colombiana.
Es cierto, una guerrilla rural difícilmente pueda hacerse del poder apoyada por una base exclusivamente campesina. Más aún si para la clase dominante estos pueden ser exterminados sin que esto afecte su tasa de acumulación. Por eso, justamente, es central la ampliación del marco político de la guerrilla hacia espacios a los que ésta no llega directamente. En ese sentido el “bolivarianismo” es fundamental como identidad para aglutinar a amplias masas opositoras, populares y antiimperialistas, sobre todo en el definitorio ámbito urbano (donde se encuentra el grueso de la clase trabajadora), que vive la experiencia de la guerra civil principalmente por los crímenes del Estado, la propaganda monolítica y el cierre autoritario de las vías para reformas que impliquen mejores condiciones laborales y sociales.
Es aquí donde las apreciaciones del comandante Chavez parecieran ser más desconcertantes. Si el bolivarianismo es central parae la ruptura del cerco que el Estado colombiano tiende sobre los diferentes actores de oposición y especialmente, en esta etapa, sobre las guerrillas, el hecho de que el máximo referente popular latinoamericano de esa identidad desautorice la política de las FARC tendrá consecuencias negativas sobre el movimiento popular colombiano y sobre todo sobre sus actores guerrilleros. Si bien las FARC (y también el ELN) se han consolidado sobre una base propia, el cambio de correlación de fuerzas a favor del campo popular debería construirse sobre una convocatoria más amplia que la misma guerrilla y en este sentido el bolivarianismo es una apuesta con futuro para contrarrestar el consenso neoliberal represivo con una identidad popular amplia.
Pero si hasta hace pocas semanas Chávez era “un miembro del secretariado de las FARC” al decir de la dirigencia colombiana ¿qué paso en el camino? Indudablemente la ofensiva militar terrorista sobre las FARC y el conjunto de los movimientos populares de la sociedad civil asestó fuertes golpes políticos a la guerrilla (y al campo popular en su conjunto con el asesinato de 24 líderes sindicales, para mencionar solo un ejemplo) que incluyen, como marco, grandes movilizaciones impulsadas desde la derecha con consignas de paz y bien capitalizadas por el gobierno que propagandiza el consenso de sus políticas y el rechazo a la guerrilla.
Sin dudas algunos golpes fueron fuertes, pero no definitivos, en el plano militar. Por eso no creemos que el paso de una situación de equilibrio estratégico entre la guerrilla y el Estado a una de defensiva y sus repliegues consecuentes sea razón suficiente para restarle apoyo a una organización, la más fuerte, que enfrenta al Estado más reaccionario de América Latina. Y, más aún, en el preciso momento en que la derecha de ese Estado está en el poder. La lucha armada sigue siendo claramente en Colombia una opción no sólo estratégica sino necesaria en el momento actual, en algunos casos es casi una actitud defensiva. Se pueden discutir las formas de la misma, sus tiempos, pero no la opción general.

Cuestión nacional y geopolítica

Creemos, en primer término, que el marco nacional de cada proceso impone determinadas limitaciones. Que las relaciones de fuerzas internas y externas de un Estado influyen en sus opciones políticas públicas por sobre estrategias de mayor alcance. En nuestro caso, el chavismo como movimiento popular es la expresión de un frente de clases amplio, donde el pueblo trabajador es un actor movilizado pero poco organizado y sobre todo en proceso de maduración. El chavismo parece cabalgar sobre dos caballos: el del “populismo” nacionalista y antiimperialista y el de un proceso de transición al socialismo. Y estos dos caballos galopan armónicamente en algunos tramos pero en otros no. Así se manifiestan dos políticas sobre Colombia, una de aparente neutralidad entre gobiernos antagónicos que busca equilibrios regionales que favorezcan más al Estado propio, y otra de solidaridad activa con el movimiento popular colombiano que interviene en la política regional en función de un objetivo revolucionario estratégico.
En nuestro país, Argentina, se dio en el 73 una situación que sirve para reflerxionar. Algunos jefes guerrilleros de entonces la explican así: Perón vio el cambio de la situación internacional y consideró que la Argentina se encontraba cercada (golpes en Uruguay, Chile y Bolivia, más dictadura en Brasil) y consideró que lo correcto para sobrevivir era conciliar con los países del cerco imperialista para romper ese cerco. Evidentemente los Montoneros no consideraron lo mismo y, por esa y otras razones, se enfrentaron a Perón. Esta política del viejo líder puede ser comprendida, pero para un revolucionario los abrazos con Pinochet o Bánzer (por más que fueran con los dedos cruzados) implicaban algo más: abandonar a las organizaciones chilenas o bolivianas a su suerte y consolidar la estabilidad inicial de esos nefastos regímenes. La conclusión de la política de Perón fue igualmente infeliz, ya que el golpe en nuestro país sucedió más allá de la posición de las organizaciones guerrilleras.
Este ejemplo comparativo tiene algunas limitaciones. Primero, que si bien el imperio contraataca en América Latina, aún no ha llegado a una situación análoga a la del 73-75. Segundo, que Venezuela no parece cercada, por el contrario cuenta con la solidaridad de los países más importantes del continente. Tercero, que la renta petrolera se encuentra a niveles desorbitados y la situación internacional preanuncia que seguirá por un tiempo a ese nivel. Y, por ultimo, que las guerrillas colombianas son justamente colombianas, no venezolanas, y se les puede discutir, aconsejar, opinar, pero no ordenar ni dictaminar. Más aún teniendo en cuenta que uno de sus grandes aciertos fue no seguir los consejos de plegarse a los proceso de paz de los 90 que, para la mayoría de las organizaciones revolucionarias, significó su liquidación como opción política sin que sus países lograran ningún cambio positivo. Es más, la experiencia es que en todos lados el régimen se consolidó y la situación social empeoró.

La guerrilla colombiana y sus métodos

Pero, suponiendo que la situación haya cambiado en este nuevo milenio ¿qué alternativas justifican hoy la desmovilización de la guerrilla? Si no aparece una alternativa política sólida no es culpa de la guerrilla, como maliciosamente algunos insinúan. Desde el exterminio de 5000 miembros civiles de la Unión Patriótica en los 80 (justamente en el marco de un proceso de paz con las guerrillas), el Estado colombiano no para de masacrar dirigentes sociales y políticos (no sólo guerrilleros). En Colombia hay 10.000 presos políticos (500 de FARC una cifra menor del ELN) 2800 asesinatos políticos selectivos en los últimos 10 años, 30.000 desaparecidos y 2800 masacres campesinas que produjeron  cuatro millones de desplazados y exiliados. Y nadie acusa a las FARC de ser responsables de esto. Simplemente se dice, desde una prensa monolítica, masiva y sin contestación, que son “terroristas” y “sanguinarios” porque secuestraron a Ingrid Betancourt, a otros militares y políticos del régimen, y a tres agentes de inteligencia yanqui que operaban en tareas contrainsurgentes (pero no los torturaron y los alimentaron bien, según parece…), para obtener la libertad de sus compañeros (los que no fueron asesinados en el lugar en que el terrorismo estatal los encontró y que luego sobrevivieron a las torturas salvajes y a las condiciones penosas de detención). La verdad, la desmovilización de la guerrilla no parece la mejor opción.
Pero la acusación hacia las FARC de lumpenizada, en disgregación y debilitamiento de sus fines políticos viene principalmente del mismo campo popular y por ello es mucho más peligrosa que la propaganda enemiga. Está claro que las FARC no trafican drogas. Es más, los carteles son sus enemigos y no por competencia sino por sostener el precio de la coca que venden los campesinos y evitar su explotación por los narcos. De allí se financia en parte (impuestos a los narcos). Lo que sí esta probado es que los militares colombianos sí son narcos, como los paras y los terratenientes, y que todos ellos hoy son los dueños del Estado. Se dice que el secuestro es inhumano y que las FARC son muy duras política e ideológicamente. El secuestro de diversos personajes políticos (en general de segundo orden), militares capturados en combates y tres agentes de la CIA puede ser hasta cierto punto discutible desde el punto de vista de que no son personajes centrales, pero la guerrilla detuvo a estas personas por dos razones: una, la que se discutió últimamente, para canjearlos por sus propios compañeros, la otra, para financiarse.
En cuanto a la primera de las razones, creemos que el canje es legítimo, aunque sin duda su eficacia es relativa frente a un gobierno cuya valoración de la vida es mucho menor que la que la guerrilla hace de la misma. En ese sentido, frente a un Estado no dispuesto a negociar los rehenes se vuelven una carga (el caso del MRTA en la embajada de Japón en 1996 es un  dramático ejemplo de esta situación). La guerrilla debe sostener rehenes como cualquier Estado y eso implica control territorial y un gran esfuerzo logístico, a la larga el riesgo del rescate por las fuerzas del Estado y el dilema de ejecutar rehenes no es menor, con el costo político que las FARC conocen bien. Pero las FARC no son la única organización revolucionaria en tomar rehenes ni en sostener presos por mucho tiempo. Por el contrario ha sido un método utilizado por la mayoría de las guerrillas latinoamericanas; es común en las fuerzas de resistencia de medio oriente y lo fue para chinos o vietnamitas, con el agregado que éstos no vacilaban en la ejecución.
La segunda razón para mantener rehenes, habíamos señalado, es la recaudación de fondos. El cobro de impuestos por la guerrilla sólo puede ser sostenido por su capacidad de detener a los que no pagan. No conocemos muchas formas de financiamiento de una organización guerrillera; es claro que las cuotas de los simpatizantes o aportes desde la propia base social no cubren los gastos mínimos de la guerra (ni de una política bien desplegada). Los aportes de empresarios u organizaciones y Estados extranjeros implican obvios riesgos de tributación política y en última instancia depender de ellos no parece lo más seguro. Sacarle dinero a los que más tienen es, sin dudas, una política tributaria justa.

Una reflexión sobre teoría revolucionaria y revolución

Creemos que existen tres ángulos desde los cuales se puede pensar una revolución. Uno es el de la ideología que orienta el conjunto del proceso. Esa ideología es la que se ha venido desarrollando desde el mismo surgimiento del capitalismo como sistema y que aún tiene su punto teórico cúlmine en la obra de Marx. Es la forma de ver al mundo tal cual es para interpretarlo y transformarlo. La reflexión sobre la práctica social fue el camino que permitió el desarrollo de la teoría revolucionaria y este desarrollo siempre fue “pegado” a las condiciones concretas de la práctica social. Desde Lenin a Mao, de Gramsci a Mariátegui, de Ho Chi Ming al Che, el acervo ideológico de los revolucionarios ha crecido. Pero muchos se equivocaron y, presas de la enorme influencia que una revolución triunfante produce en su tiempo, han pretendido hacer “calco y copia” (parafraseando a Mariátegui) de la misma, y han fracasado. Las FARC construyeron su propia doctrina con autonomía, priorizando su propia experiencia, la de los trabajadores y campesinos colombianos, y ése fue el acierto que las fortificó frente a las crisis de los modelos revolucionarios clásicos.
Esto es así porque en un segundo ángulo de abordaje cada sociedad expresa un conjunto de relaciones y problemas a resolver que le son propios (aunque lo universal siempre está presente). Por eso fracasaron los que quisieron copiar la revolución cubana y sólo triunfaron, o llegaron a disputar el poder, los que fueron encontrando su propio camino, haciendo de su propia praxis. Una praxis que permite a lo revolucionarios ser “causa interna” en su sociedad, actores políticos emergentes de las masas oprimidas que resisten, asimilarse a su experiencia como elemento cualitativamente superior y desarrollar los elementos de teoría que permitieran comprender y dar respuestas a las tareas concretas de transformación estructural que nuestros países exigen.
Por último y desde un tercer punto de observación (pero no por ello de menor importancia), el desarrollo de la revolución en cada sociedad nacional es desigual y tiene formas y tiempos propios. Esto no anula lo general de un proceso revolucionario (la integralidad de la lucha, la construcción de poder popular y la orientación socialista), pero que le da forma, tiempo e identidad propia. La existencia o no de un partido revolucionario hegemónico, el mayor o menor desarrollo de la organización militar del pueblo, las posibilidades dentro del sistema electoral, la mayor o menor presencia de cuestiones campesinas o indígenas, etc. se encuentran en esta última categoría.
A todos los que buscamos la verdadera independencia y la justicia social nos une la defensa de los intereses de los trabajadores y los explotados en general. La convicción que estos intereses son los de la Patria porque los trabajadores son los que producen con su trabajo las riquezas y no tienen otro interés que el que los ata a su tierra y a sus compañeros. Es por ello que la orientación socialista es inseparable de la lucha por la soberanía nacional y la construcción de un nuevo régimen político popular. En esta línea pensamos que la ideología de un movimiento antiimperialista esta relacionada con la hegemonía que hay en su seno. Y que la comprensión de la relación de unidad y diferencia entre los movimientos antiimperialistas latinoamericanos es parte de toda política verdaderamente popular. Es por ello que no se puede tirar por la borda la experiencia de una organización revolucionaria existente por la hipotética formulación de una corriente democrática liberal inexistente.

La guerrilla colombiana  (y no sólo ella) tiene futuro

El régimen colombiano y el imperialismo yanqui apuestan todos sus recursos al debilitamiento y disgregación de la guerrilla colombiana. A su desaparición como factor de poder por largo tiempo. Es parte de una estrategia continental que se relaciona con el secesionismo en Bolivia, la desestabilización en Venezuela y el despliegue de la IV flota. Esto en primera instancia, porque también tiene políticas destinadas a encuadrar a la burguesía brasileña, limar las aristas autónomas del gobierno argentino y consolidar la integración de Perú dentro se los regimenes vasallos. La existencia de una guerrilla poderosa en Colombia es el primer obstáculo a superar para garantizar una estabilidad prolongada al principal aliado yanqui en la región. Por lo tanto la guerrilla debe ser defendida por ser la primera trinchera de combate.
Pero la revolución la hacen los pueblos y sólo la construcción de un poderoso movimiento popular contrahegemónico generará las bases para una nueva ofensiva revolucionaria en el país hermano. ¿Qué es la construcción de poder popular sino la capacidad de las clases subalternas de darse sus propias organizaciones en todos los planos? De tener su propia política, su propia justicia, su propia cultura y sus propias fuerzas armadas. La guerrilla colombiana evolucionó genuinamente desde el campesinado, tiene una larga experiencia como autodefensa de las propias clases oprimidas. ¿Por qué apostar a su desarme? ¿Cuántas décadas deberán en el futuro los colombianos transitar para regenerar nuevas estructuras militares propias? Porque si bien revolucionarios deben ofrecer su disposición a una salida no violenta que incluya las reformas democráticas y sociales mínimas necesarias, nos preguntamos ¿en el marco social y político colombiano la resistencia armada no cobra clara legitimidad hasta para muchos reformistas burgueses bienintencionados?
La guerrilla colombiana es una respuesta a una formación social anacrónica. Las viejas clases dominantes sólo pueden subsistir mediante el terror y el apoyo externo. Una formación social que responde más a las características de los viejos Estados oligárquicos de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX pero que mediante el ejercicio de la violencia sistemática ingresó al siglo XXI buscando metamorfosearse en oligarquía neoliberal. Como dijo Mariátegui esta “mediocre metamorfosis” no implica progreso social, por el contrario, perpetúa las condiciones de explotación y deformación dependiente del Estado en nuevas condiciones del capitalismo mundial. La extrema violencia de la sociedad colombiana es consecuencia de esto. Y la guerrilla es lo opuesto, es la necesidad de cambio radical acumulada como una olla a presión por décadas. Por eso la guerrilla subsistirá.

En los 90 el mundo vivió una triste noche. La “caída del muro de Berlín” llevó a muchos a perder las esperanzas en la posibilidad de que los cambios sociales profundos estuvieran al alcance de la lucha de los hombres. En ese momento el imperialismo se lanzó con toda su furia asesina sobre países soberanos y los movimientos revolucionarios latinoamericanos naufragaron unos tras otros entre la defección, el transformismo y la derrota. En esos años las FARC de Colombia permanecieron incólumes, crecieron y se mantuvieron como una señal de que la lucha por el cambio total, de la naturaleza misma de la sociedad era viable. Sostuvieron en alto las banderas de la revolución, no se transformaron al posibilismo posmoderno ni aceptaron las reglas del sistema. Por eso respaldamos a la guerrilla colombiana y debemos seguir haciéndolo, desde nuestra militancia, con nuestro pensamiento o acción. Porque en Colombia se juega una batalla del destino de Latinoamérica en un momento en el cual las clases reaccionarias recuperan su agresividad en varios países de nuestra patria grande. Porque les agradecemos haber seguido luchando y tenemos confianza en la victoria.

 


Argentina, julio de 2008