La fragua
La historia del Flaco barbudo -más conocido como San Precario-
es la de cualquier chico humilde del conurbano bonaerense. Nacido en una
familia de escasos recursos, transitó su vida escolar en una carenciada
escuelita del barrio de San Francisco Solano. Desde niño, debió
sufrir la precariedad de la escuela pública y esto lo vemos reflejado
en la anécdota que él mismo rememora para nosotros.
Es un día de calor en el Cielo, y los santos se sientan en sus
playeritas a tomarse una fresca. Junto a otros compañeros beatificados
-entre los que se encuentra San Tucho, quien, vale aclarar, no bebe por
ética revolucionaria- el Flaco le cuenta a Víctor Sueiro,
nuestro enviado especial al lugar, aquellos años de infancia desgraciada:
"La muy turra de mi vieja me mandaba a la escuelita del barrio que
era una cagada. Acá está San Tito a mi lado que no me deja
mentir y te va a decir que éramos 42 pendejos por aula y las sillas
no alcanzaban para todos así que muchos nos sentábamos en
el piso. Además, la maestra era una de esas limadas que le daba
al rivotril como si fueran caramelos y que llegaba a la escuela a cualquier
hora porque venía de la loma del orto. Fijate vos en qué
contexto tenía que estudiar yo. Un día, me estaba volando
la cabeza para entender unas fracciones y siento un golpe en el marote.
Fá, pensé, debe ser eso que llaman conocimiento súbito
y no, che, era un pedazo de cielorraso que me había partido la
nuca".
Por éste y otros motivos, el Flaco abandonó tempranamente
la escuela y se insertó de manera precoz en el mundo del trabajo
precarizado. Como Rodolfo Walsh tuvo múltiples oficios (de los
terrestres, primero): fue empleado de McDonald's -donde sus reiteradas
caras de ojete ante la manada de pendejos que se abalanzaban sobre el
local después de la escuela le impidieron lograr el título
de "Empleado del Mes"; encuestador; vendedor de enciclopedias
ignotas; empleado municipal en la ciudad de La Plata; mano humana de campañas
políticas; trabajador del cementerio y hasta levanta-quinielas.
Así, transcurrió su vida entre trabajos en negro y contratos
semanales...pero todavía faltaba lo peor.
La muerte quiso llevárselo una tarde gris de otoño cuando
un gerente de Recursos Humanos al volante de una 4x4 lo embistió
en plena calle mientras doblaba contramano. Así le cuenta a Víctor
Sueiro el momento de su muerte: "Para esa época yo laburaba
como repartidor de helados a domicilio, en una motito que andaba a todo
pedo. Doblé contramano para ahorrar un par de cuadras porque viste
que los forros te pagan por cada pedido que hacés y cuando agaché
la cabeza para revisar el bidón de nafta de la zanellita ya está,
tenía la camioneta encima".
El entierro fue precario y, como una ironía del destino, su alma
fue a descansar a la zona del cementerio en la que se desempeñara
en vida: a las tumbas de los indigentes y NN cuyos cuidadores no reciben
propina (ni sueldo). Sin embargo, las almas caritativas que lo conocían
y apreciaban de cuando recorría los cien barrios porteños,
de vez en cuando se acercaban a rezarle un versito: "Flaquito, Flaquito,
que venda muchos zapallitos", imploraban las verduleras o "Barbeta,
Barbeta, que se me vayan los hongos de la cajeta", formulaban las
trabajadoras sexuales. Así comenzaron los pequeños milagros:
"los milagros precarios". A la de la pizzería de la esquina
del barrio, le estiraba la muzzarella para hacerla rendir el doble, al
cuñado le consiguió changas de hasta una semana y a la panadera
le hacía levar el pan dulce hasta tres veces más de lo normal.
También se le adjudica el milagro de conservarle el gas a la sidra
una vez abierta durante 48 horas y otros dicen que es el autor de la multiplicación
de los choripanes cada 17 de octubre.
Pero los sufrimientos del trabajador precarizado no terminan en la tierra
y la vida y muerte de San Precario nos ilustran sobre los padecimientos
ad eternum de esta clase. Nos cuenta el Flaco: "Cuando llegué
al Cielo no me recibió San Pedro sino San Cayetano con un contrato
de tercerización en la mano y al grito de ¡prepará
el ano! San Precario nunca hubiera imaginado que los trabajos más
pesados estarían en el Cielo. Su primera misión fue interceder
por una estación de servicio en La Matanza que sufría un
choreo todos los santos días de Dios; también recuerda cuando
lo mandaban a controlar la abstinencia de alcohol a las reuniones de la
UOCRA y a evitar que las fiestas en Villa Arguello terminaran en piña.
Pero la experiencia y la bronca que el Flaco había acumulado en
toda su vida de trabajador precarizado le permitieron organizar a los
santos que ya estaban hartos de ser los forros de los bienaventurados
más marketineros. De a poquito fue convenciendo a San Turrón,
el santo (mojigato) que no falta en las mesas navideñas, a San
Tander, el santo de los empleados bancarios y a San Tillana, el santo
de los docentes con dos cargos que no tienen tiempo para preparar las
clases. A ellos se sumaron los ya consagrados por el pueblo: Santa Gilda,
el Gauchito Gil (cuya vida pueden leer en el libro de Sebastián
Hacher Rivera de la flamante Editorial El Colectivo), la Difunta Correa
y San la Muerte. Luego de largas asambleas y calurosas discusiones alrededor
de la antigua parrillita de Luzbel no sólo se organizaron sindicalmente
sino que alumbraron un nombre para su agrupación: "Los santos
que no se comen ninguna", con el cual iniciaron su gran lucha.
Y así termina la infeliz historia de San Precario, el santo que
sigue sufriendo la flexibilización laboral hasta después
de muerto.