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EL POST- KIRCHNERISMO


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Juan Correa


El sueño de los poderosos es la perpetuidad en el poder. La Argentina acuna esos mismos sueños en sus protagonistas civiles y militares. Alguna vez Onganía soñó con quedarse 20 años; tuvimos militares genocidas con objetivos sin tiempos; Alfonsín se ilusionó con un nuevo movimiento histórico; y los Kirchner fantasearon con una reedición del PRI mejicano, que se conservó 70 años en el poder.
Pero cada cual tuvo su Cordobazo, su Malvinas, su Semana Santa. Su Waterloo.
Parece injusto que socios privilegiados del crecimiento económico post-devaluación, se hayan convertidos en los aguafiestas del matrimonio presidencial. El enemigo menos pensado, a juzgar por los resultados electorales obtenidos por el kirchnerismo, hace menos de un año, en los lugares que fueron epicentros del conflicto. O por la circunstancia de que quienes pedían mano dura para los piqueteros, terminaron protagonizando más de cuatrocientos cortes de ruta; un delirio insurreccional sólo imaginado por febriles mentes de ultraizquierda.
La Argentina es un país inesperado. Después del conflicto agropecuario, se empieza hablar de post-kirchnerismo.

Los pequeños productores y las brujas de Garay

El conflicto agropecuario enfrentó a dos socios del crecimiento económico post-devaluación: los productores agropecuarios y el gobierno. Pero fue mucho más que eso.
La magia es una explicación a la que se suele acudir para explicar lo inesperado. Y la magia tiene sujeto: brujas, encantadores, adivinas, magos. El sujeto del acontecimiento mágico producido en la Argentina en los meses de marzo y abril de 2008 se denominó: pequeños productores.
El primer discurso oficial reactivo a los primeros cortes de rutas era pura racionalidad: el sujeto mágico no existía (como las brujas) y por lo tanto su contrincante se encarnaba en la pérfida oligarquía rural.
Cuando los cortes de ruta se masificaron apareció una nueva versión sobre estos sujetos mágicos generadas en racionalidades que sustentan el saber científico tan caro a nuestra izquierda vernácula: en realidad los sujetos mágicos no sólo existían, sino que además conducían una auténtica rebelión agraria, que seguramente concluiría con una reforma agraria integral.
La versión de la FAA, que se autoproclama representante de los pequeños productores, es menos delirante, pero identifica una comunidad de intereses de los pequeños productores con los grandes terratenientes, apelando a identificar como enemigo a un actor oculto en la disputa: el puñado de empresas multinacionales que se llevan la parte del león de los agronegocios y han sido subsidiados por el gobierno. Un aporte interesante, si no obviara que los grandes terratenientes son accionistas de los pools de siembra y de las terminales de agronegocios , por lo que la FAA está "durmiendo con el enemigo".
Cuando ya se ha llegado a una instancia de negociación, el sujeto mágico se ha hecho tan popular y visible, que se estira como un chicle. No es para menos, el gobierno ha anunciado mano dura a la pérfida oligarquía, y compensaciones a los sufridos pequeños productores. Y este gobierno tiene antecedentes en esto de aplicar justicia sin perder la ecuanimidad. Así castigó a los punteros corruptos del aparato clientelar del justicialismo, pero acogió a los militantes peronistas honestos (es decir, a todos menos Duhalde y su mujer).
La Subsecretaría para los pequeños productores ha generado una inusual expectativa y se ha convertido en un lugar de disputa de quienes asumen dispares representaciones del sujeto mágico. Lamentablemente lo que está en juego son subsidios y no políticas que cuestionen el modelo agropecuario. Basta repasar la trayectoria del kirchnerismo para advertir que estos subsidios y las disputas por participar en el reparto de "los vueltos del modelo" serán funcionales a aumentar la fragmentación de los intereses populares.
En territorios donde no existe la magia, y después del tironeo, los mariscales de la contienda: los grupos más concentrados con inversiones en agronegocios, los grandes terratenientes y el gobierno, ratificaron su voluntad de arreglar sus conflictos en marcos institucionales. Y, mas tarde o mas temprano, .renegociarán sus acuerdos para volver a ser socios que, como bien precisó el Dr. Kunkel, "no significa cogobierno". Este acuerdo inmortalizado en la foto que publica Clarín Rural, donde Cristina Fernández y Miguens de la SRA estrechan sus manos, debe conservarse en el archivo de la memoria histórica, junto a las declaraciones y comunicados de quienes en estos días dieron su nota de color, desvergüenza, oportunismo, delirio y cinismo.

Isabel Perón en los funerales del transversalismo

La derecha mediática jugó fuerte en la coyuntura. Según sus editorialistas, los impuestos confiscatorios al patriótico empresariado rural confirmaban el regreso de los Montoneros asociados a Chávez y Fidel Castro. Hubo una vuelta al pasado, pero no fue precisamente el regreso de los Montoneros y de las consignas por "la Patria Socialista".
El acto en Plaza de mayo, en defensa del gobierno popular, revivió la ortodoxia justicialista, aquella de "la Patria Peronista". Las columnas más importantes fueron aportadas por el Sindicato de Camioneros y los punteros del conurbano. La presencia de un puñado de militantes de Derechos Humanos, Hebe de Bonafini y algún artista popular, no pudieron disimular que un puntero de José C. Paz movilizó más que todo el transversalismo junto.
Así como el alfonsinismo era mucho más que "los radicales", el kirchnerismo prometió ser mucho más que "los justicialistas". La pureza, en estos casos, no significa una apuesta más elevada, sino la demostración de un fracaso, la comprobación de que la máscara ya no puede ocultar el retorno de los conocidos de siempre, y de que empezó el tiempo del retroceso. A Cristina Fernández le ha tocado lidiar con estos tiempos y empezó en desventaja. Queriendo emular a Evita consiguió parecerse Isabel, que sólo pudo conseguir la mitad menos amable de lo acumulado por Evita: el odio de los oligarcas.
Las últimas elecciones presidenciales mostraron una ruptura de las clases medias de las grandes concentraciones urbanas con el proyecto kirchnerista. En el interior le había ido mucho mejor, al compás del bienestar sojero. Ahora se rompió el idilio y las clases medias urbanas de las ciudades rurales estuvieron a la cabeza de los cacerolazos en el interior.
Y ya se sabe, cuando cruje el barco del gobierno, las ratas afinan el oído, estimulan el sentido del olfato y de la vista.

El síndrome de Boca Juniors.

El ingeniero Macri pudo haber elegido ser Presidente de la Unión Argentina de Rugby, o de la Federación Argentina de Tenis, o hasta incluso presidente de River (los millonarios) pero eligió a Boca Juniors para proyectarse como figura pública. Cuestión de olfato, o de cálculo matemático de los votos que se necesitan para ser presidente. Los bosteros no tienen glamour pero dicen ser la mitad más uno.
Con un partido inventado (el PRO) pudo ganar la Capital, pero su olfato le dice que para ser presidente tiene que conducir al Boca Juniors de la política, es decir al Justicialismo.
Lo anterior viene a explicar por qué cuando los votantes de Mauricio en la Capital agarraron la cacerola, el fulano se hizo el distraído cediéndole toda la iniciativa a Elisa Carrió. Mauricio sabe que el justicialismo lo permite todo, incluso ser neoliberal. Pero nunca le perdonaría que fuera gorila. Y en el imaginario de este justicialismo aggiornado Grobopatel es un emprendedor exitoso y acompañante viajero del matrimonio presidencial. El gorila es Miguens. No tiene cabida la sugerencia de que Miguens y Grobopatel puedan ser socios.
Macri apuesta a una implosión del matrimonio gobernante y se reserva la carta de ser el que ofrezca orden en el caos. Algo así como el Duhalde del 2002. Por las dudas sigue cultivando las viejas relaciones con el Justicialismo, con los punteros de Capital, con Scioli, con los ex menemistas, no se expone y espera su turno.

El regreso de la Alianza

En el clímax de las exageraciones mediáticas, la tapa de Página 12 acusó a los dirigentes de las cuatro organizaciones rurales que asumían la representatividad de los intereses rurales de ser "Los 4 Jinetes del Apocalipsis". En esa misma edición, el Sr Verbitsky desgranaba sus argumentos vinculando el conflicto agrario con redes golpistas.
Hubo una vuelta al pasado. Pero no fue precisamente la vuelta de los milicos. Fue la vuelta de la Alianza, la vuelta de los radicales con un nuevo mascarón de proa llamado Elisa Carrió.
Como Macri, apuestan a ser la sucesión en el postkirchnerismo. Pero la Carrió, como el Partido Radical, no puede disfrazar su antiperonismo. Van a asentar sus posibilidades electorales en el descontento de las clases medias urbanas y rurales recreando una Alianza donde puedan convivir Alfonsín, Prat Gay, Miguens, Olivera, Bussi, Binner, los radicales K, Toti Flores, Lanata y algún justicialista mal retribuido.

La política barra-brava

En el pico del conflicto agropecuario se escucharon algunas voces que alertaban sobre los inconvenientes de que en la Argentina se empiece a imponer una cultura política de "barras-bravas". Es decir que los conflictos de intereses se diriman en espacios abiertos: rutas cortadas, plazas movilizadas. Esas voces surgieron de voceros que expresaban al gobierno, pero también de los grupos más concentrados en inversiones en agronegocios. La cuestión no es menor para quienes desde hace años se han acostumbrados a resolver sus conflictos a través del lobby: El lobby es una palabra inglesa que designa la antesala de los edificios, los parlamentos y los despachos ministeriales, donde subrepticiamente circulan tráficos de influencias, valijas persuasivas, regalías y aprietes. Por extensión, el lobby ha sido la forma preferida de nuestros gobernantes y los grandes empresarios para disputar o conciliar sus intereses.
En la política del lobby, el gran público no se entera de lo que se discute. En la política hecha en rutas cortadas y movilizaciones masivas, algunos temas salen a la luz, y se eleva la discusión política del conjunto de nuestro pueblo.
Por ejemplo, a raíz del conflicto agropecuario se puso en discusión que en políticas impositivas se puede hacer una distinción entre pequeños propietarios y grandes terratenientes. Se trata de retenciones que representan el 10% de la recaudación impositiva.
¿Qué ocurriría si se discutiera en las rutas y en las plazas la cuestión del IVA, que es el impuesto a los pobres, que afecta directamente a los alimentos y a la canasta básica y representa el 30% de la recaudación impositiva? ¿Qué puede pasar si la pelea por la tajada chica de la torta impositiva, se extiende a la tajada grande y se empieza a discutir en serio que la mayor carga impositiva no la pueden soportar los que menos tienen?
Tiene razón este gobierno "empeñado en distribuir la riqueza" y los empresarios "sometidos a una insoportable presión impositiva" que la política " barra-brava" y abrir estas discusiones es un lamentable error y un pésimo ejemplo para la ciudadanía.
"No hay que avivar giles", dice un dicho popular. La izquierda duerme la siesta del conservadurismo, pero no vaya a suceder que alguien se avive y eche la primera piedra a rodar.

La vocación marginal

Alguna vez alguien dijo que se vive como se piensa, o se termina pensando como se vive. La cita es muy apropiada para echar una mirada a nuestra izquierda, que desde la realidad de vivir en la marginalidad, empieza a pensar marginalmente. Convierte así una circunstancia histórica, una mala racha, que puede explicarse en el contexto mundial, en una vocación política.
¿Hay oportunidad histórica para la izquierda en el post-kirchnerismo?
Desde lo objetivo se abre una oportunidad muy interesante. El problema no es si hay posibilidad de entrar en el juego grande de la política y tener incidencia efectiva. El problema es si hay decisión de hacerlo.
Creo que el elemento más saliente del pensamiento marginal es el conservadurismo. Desde el conservadurismo cualquier iniciativa está mirada con desconfianza y la resistencia a los cambios está bonificada.
La forma más explicita del conservadurismo se expresa en los partidos tradicionales de nuestra izquierda, que siguen repitiendo las mismas consignas y los mismos rituales de hace 100 años como si nada hubiera cambiado. Bastardeando a los clásicos, que justamente se caracterizaron por los agudos análisis del capitalismo de su época, repiten textos y propuestas que desconocen las transformaciones del capitalismo, las modificaciones en el mundo del trabajo, la aparición de nuevas problemáticas para los pueblos del mundo. Un mundo que ya no garantiza trabajo estable, abastecimiento de petróleo, alimentos baratos y seguridad ecológica.
Pero el conservadurismo es un virus que también es parte de quienes se proclaman antipartido y abjuran de modelos y discursos que huelen a arcaico. Es interesante repasar el recorrido realizado en Argentina por quienes desde distintas perspectivas asociaron organización a burocracia. Los resultados son demoledores: desaparecieron, son parte del gobierno, o no pueden imaginar su supervivencia por fuera de una vinculación con el Estado que les resuelva, lo que dejaron de hacer al desechar la organización. Así pueden escribirse unas cuantas historias de vida que resumirían el tránsito de ser voceros de la plena horizontalidad a la condición de funcionarios; el tránsito de la lucha aislada y corporativa a la rosca febril por acceder a una oficina gubernamental (y sus recursos financieros). Y en esos recorridos no hay aparente contradicción entre un discurso ideológico radicalizado y una práctica política oportunista y funcional a los intereses dominantes. Esta paradoja fue sintetizada brillantemente por uno de los protagonistas de estos recorridos: "en el Gobierno me dijeron que no les importaba que fuera anarquista, lo único que me pidieron es que no los criticara”.
Finalmente, el virus del conservadurismo también se ha incorporado en aquellas organizaciones (muy pocas) que pudieron eludir las trampas del dogmatismo y el oportunismo. Las posibilidades políticas que premian la coherencia, adquieren el carácter de amenazas. Se privilegia conservar el prestigio sobre arriesgar políticamente. Y en ese dilema está claro que hacer historia o docencia es mucho menos riesgoso que hacer política.
Resulta paradójico que cuando se cumplen 100 años del nacimiento del Che, el virus más extendido en la izquierda argentina sea el conservadurismo. Y en consecuencia el perfil del militante de izquierda políticamente correcto es aquel que encarna las prevenciones ante lo nuevo. Porque, precisamente, el Che (y la revolución cubana) encarnaron la ruptura con el conservadurismo de la izquierda latinoamericana de su época, fueron diferentes por su vocación de poder para transformar la sociedad.