Sobre las miserias del movimiento estudiantil realmente existente
Martín Cortés
I
Una de las grandes preguntas que parecen atravesar
a los espacios de organización de los estudiantes universitarios
es su relación con aquello que, ambigüedades mediante, está
“por fuera” de la Universidad: la sociedad, el pueblo, los
pobres, los trabajadores, la clase obrera, los movimientos sociales,
etc. A continuación desarrollaré algunas ideas al respecto,
que por momentos tal vez puedan ser algo esquemáticas, un poco
extremas y ligeramente provocadoras, pero ellas no tienen pretensión
de verdad sino tan sólo de constituir disparadores para la discusión.
“Ustedes amplían el espectro de lo posible”,
le dijo el entusiasta y siempre admirador de la juventud Jean Paul Sartre
a Daniel Cohn-Bendit allí por el mayo parisino. ¿Y qué
decir de Deodoro y la Reforma del 18? ¿De Julio Antonio Mella?
¿Y de Fidel Castro y sus compañeros de la Facultad? ¿De
las cátedras nacionales y las cátedras marxistas, momentos
de acalorados debates, probablemente inéditos en la historia
de la Universidad argentina? ¿De la función casi mítica
del Cordobazo, donde obreros y estudiantes resistían a la policía
de Onganía?
El peso histórico del movimiento estudiantil
en los grandes momentos políticos de Argentina y América
Latina es incuestionable. Allí donde se tratara de picos de movilización
social y tiempos de conmoción y transformaciones políticas,
la Universidad era un “hervidero”. Y la juventud, en términos
más generales, también daba muestras permanentes de compromiso
y activación. Y si de cambios al interior de la Universidad hablamos,
lo recién dicho es todavía más pertinente. Ninguna
sucesión “escalonada” de paros –activos o no
activos, con clases públicas o carpas frente a Ministerios- ha
logrado por sí misma más que algún aumento parcial
de salarios o algún mejoramiento de las condiciones de trabajo
de los docentes. Pero jamás una transformación sustantiva
de la Universidad ha corrido más que por parte de los estudiantes.
Quizá, forzando un poco a Lenin, podría decirse que los
docentes librados a su propio proceso de lucha no pueden superar más
que una conciencia “tradeunionista”; necesitan de la conciencia
desde afuera –aportada por la vitalidad del movimiento estudiantil-
para dotar de un sentido radical sus reivindicaciones. Aunque la rigurosidad
de esta analogía roce lo impresentable, nos sirve quizá
para agregar otro problema a los discursos circulantes en el movimiento
estudiantil realmente existente de nuestros días: la idea del
“apoyo a la lucha de los docentes”. Aunque los docentes
no están fuera de la Universidad, se produce una relación
de exterioridad entre ambos cuerpos, de modo que el estudiante apoya
una lucha que no sería la suya. Sin embargo, no es de ese “afuera”
del que me quiero ocupar aquí; aunque se estructure de manera
idéntica y exprese en parte el mismo problema.
Atendamos entonces la pregunta que estaría en
cuestión en el planteo: la búsqueda de “algo”
afuera de las paredes de la facultad que legitime políticamente,
en un sentido transformador, la práctica militante al interior
de los pasillos universitarios. ¿Qué sustenta esta búsqueda?
Quizá la idea de que existe un sujeto por fuera de la práctica
universitaria que porta de un modo privilegiado las contradicciones
de la sociedad. Vale decir, en el pueblo/los pobres/los obreros/los
movimientos sociales se sintetizaría de manera más eficaz
la dominación capitalista. Hasta aquí podemos acordar
en la medida en que no todas las esferas de la sociedad expresan de
la misma forma las tensiones inmanentes de un orden opresivo. Ahora
bien, el modo en que se realiza la selección encubre al menos
dos problemas:
-La cuestión del “sujeto revolucionario”
Entramos aquí en el terreno de la discusión
histórica sobre la cualidad de sujeto privilegiado de la transformación
de las diversas fuerzas sociales existentes en el campo de los sectores
subalternos. Soslayando ese enorme problema, se trata en realidad de
una cuestión todavía anterior, la de establecer si dicho
privilegio responde a una determinación unívoca y por
ende permanente (al estilo del proletariado fabril por su “posición
en el proceso productivo”, cuestión por demás compleja
y necesaria de profundizar) o si, por el contrario, existen formas de
antagonismo variables y que pueden asumir diferentes niveles de radicalidad
en función de determinadas coyunturas históricas. Y aún
tomando cualquiera de las dos opciones, resta preguntarse cuál
es la relación entre los sujetos indicados como revolucionarios
(por cualquiera de las dos vías anteriores) y las demás
fuerzas sociales que también pretenden reivindicarse tales. La
misma puede ser de complementariedad en la medida en que otros sujetos
sean considerados también como portadores de conflicto, es decir,
como parte del mismo conflicto –básicamente, el capitalismo-,
aún cuando no en la misma intensidad o con el mismo grado de
agudeza. Pero si sólo vale un sujeto determinado la relación
ya no será entre sujetos, sino más bien sujeto-objeto,
donde las prácticas de quienes no conforman el núcleo
de la transformación sólo valen en función de aquél.
El problema aparece entonces cuando el sujeto universitario
se desdibuja como tal, y no es en sentido estricto un sujeto producido
por una sociedad contradictoria (o sea, un sujeto contradictorio) sino
un objeto puro que reconoce la validez de sus prácticas en función
del “afuera”. Aquí, por obra de una especie de ironía
epistemológica, la relación Sujeto-Objeto que la investigación
universitaria produce de manera permanente, concibiendo la realidad
como un Objeto sin vida a ser comprendido por el Sujeto-Investigador
se invierte: es el universitario un mero objeto cuya existencia adquiere
sentido en función del sujeto privilegiado de la emancipación.
Todo lo cual da pie para el desarrollo de la segunda cuestión:
-El vaciamiento de contradicciones de la práctica
universitaria: decía Hegel, y en esto Marx fue bastante fiel
a su “maestro”, que toda singularidad es –con sus
mediaciones específicas- expresión de la universalidad.
Esto significa que no existen esferas de la sociedad que, valga la redundancia,
estén exentas del núcleo mismo de estructuración
de la sociedad. De esta manera, una sociedad antagónica y contradictoria
como la que en suerte nos tocó habitar estará expresada
a su modo en cada uno de sus momentos particulares, como es, por ejemplo,
la Universidad. Su carácter contradictorio estará dado
por las mediaciones específicas que la vinculan con el universal,
entre ellas la producción de conocimiento, la docencia, etc.
Sin embargo, la pregunta por el afuera, esto es, por la relación
entre Universidad y Sociedad, suele ser inmediata. El movimiento es
el de salir a la búsqueda del sujeto exterior y abandonar la
problematización por la propia práctica al interior de
las paredes de la facultad. El conflicto es vivido como una situación
que circula por la sociedad y entra en el aula en momentos de “excepción”,
como pueden ser huelgas docentes o de otros trabajadores, problemas
edilicios agudos, represiones policiales, etc. Es sintomático
que los momentos de mayores discusiones y más acalorados debates
de nuestros tiempos están en estrecha relación con problemáticas
que son explicadas como externas. Así, más de una vez
nos encontramos haciendo malabares para ligar un texto a la problemática
acuciante de la actualidad, ¿y si no fuera ese el sentido político
de un texto?¿si no dice nada de la inmediata coyuntura no es
válido para momentos políticos?¿qué concepción
de saber se esconde tras ese supuesto? Quizá un texto clásico
que no dice nada de la coyuntura inmediata es más político
justamente por eso, por brindar la posibilidad de mediar la realidad
y comprender su constitución más profunda. Pero los tiempos
de agitación no son para leer, eso queda para los “academicistas”,
encerrados en la torre de marfil de la élite académica
y de espaldas al pueblo oprimido que se encuentra clamando por nuestro
auxilio.
Pensemos por un momento en qué es el aula bajo
estos supuestos. Antes bien, ¿qué forma y contenido tiene
la práctica que se lleva adelante dentro de un aula? Para ser
breve en este punto y no desarrollar temas que escapan al núcleo
de este texto, me limito a mencionar el carácter no neutral de
la disposición de los cuerpos dentro del aula. La misma da cuenta
de una forma de concebir el espacio que es, en términos generales,
de dominación, de circulación asimétrica del saber,
de modo de subrayar a cada momento que no se trata de una producción
social y colectiva sino de un bien privado que es transmitido. Y la
cuestión del contenido es todavía más compleja
y sí hace al argumento central de esta reflexión: los
textos (podríamos decir que un estudiante frente a un texto es
una de las imágenes más expresivas de lo que es la Universidad)
son letra muerta, un conjunto de proposiciones a ser aprendidas en función
de una carrera (de obstáculos, cuantos menos haya mejor) hacia
ningún lugar. Los modos de leer hoy no aparecen ligados a un
ejercicio crítico, ni siquiera en la inmensa mayoría de
los círculos militantes, porque, justamente, la militancia está
ligada con ese mítico “afuera” y no está implicada
en el acto mismo de lidiar con un material escrito. Predomina por el
contrario un proceder instrumental que coloca al texto en función
un fin que lo supera y aplasta. En el caso de un estudiante que transita
la Universidad en la búsqueda de un título habilitante
para el buen desempeño en el mercado laboral, uno podría
decir que es relativamente comprensible, si bien también es criticable.
Pero el problema central es en el caso del activismo: cuando allí
el modo de transitar la facultad no se detiene en la espesura de pensar
críticamente en virtud de un hacer a-crítico puesto en
función del exterior, estamos definitivamente frente a un cuadro
donde lo que debe ser cuestionado es la propia mirada con que se construye.
¿No hay una promesa del “afuera” que permite mantener
intocables los cimientos de la propia práctica al interior de
la facultad?
II
De modo que una primera conclusión que podemos
establecer es que la pregunta por el afuera es eminentemente ideológica,
pues encubre mucho más de lo que revela. Abre la puerta para
preguntarse por el vínculo entre dos lugares que aparecen pre-constituidos
para luego relacionarse. Y cierra de ese modo la posibilidad de preguntarse
por las contradicciones internas del ámbito universitario, que,
en tanto forma específica de las contradicciones sociales, dan
cuenta de una relación particular entre Universidad y Sociedad.
Podríamos decir, a fin de sistematizar –y quizá
también de esquematizar- que se oponen aquí dos tipos
de relación bien diferentes: una relación exterior, dada
por el encuentro entre dos ámbitos preexistentes y la puesta
de uno al servicio del otro y una relación inmanente, donde las
tensiones propias de un ámbito son una expresión (singular,
o sea, con sus mediaciones específicas y particularidades dadas
por su propia conformación histórica –historia de
la Universidad, en este caso-) de la universalidad, esto es, de las
contradicciones generales de la sociedad. La operación ideológica
no es otra que la de obturar la posibilidad de pensar esta segunda relación
a partir de instituir la primera como horizonte insuperable, no sólo
ya en el orden político sino también epistemológico,
pues la Universidad deviene también un espacio desde el cual
se conoce, comprende y resuelve el afuera (y sólo resta ir a
avisarle al afuera las resoluciones que hemos considerado como las más
apropiadas y eficaces para “ellos”).
Pues bien, toda ideología revela su verdadera
densidad en sus efectos, o sea, en sus consecuencias políticas.
Una vez que se concibe que las contradicciones y, por ende, la lucha
real (más allá de las reivindicaciones “gestuales”
propias del ámbito universitario) están afuera, la práctica
interior queda completamente vaciada de sentido, al menos en términos
de una dimensión de disputa. Así, se estructura un tipo
de relación completamente viciada de instrumentalidad. Una instrumentalidad
concreta basada en la construcción política dentro de
la facultad para una política cuyo campo de conflicto está
por fuera. De ese modo, no solamente la política universitaria
no es un fin en sí mismo, sino que ni siquiera es considerada
como política más que en la medida en que provee cuadros
para la lucha real que acontece en la sociedad. Y esto no se limita
sólo a la sencilla crítica a los partidos de izquierda
–donde estos problemas son del orden de lo evidente-, sino al
sentido general que en última instancia sobrevuela las prácticas
del movimiento estudiantil realmente existente. Pues ese sentido no
se sustenta en una decisión de priorizar un campo de lucha (afuera)
por sobre otro (adentro) sino en algo anterior, del orden de la mirada
que estructura la realidad: la idea de que la lucha está afuera
y no adentro, o que, en versiones más matizadas, la función
del adentro es “dejar entrar” la lucha de afuera, ya sea
a través de la solidaridad, las charlas, las declaraciones, en
una palabra, el apoyo que puede brindársele a una entidad ajena.
Pero, además, también existe una especie de instrumentalidad
“adjudicada” a los sectores hacia los que el movimiento
se dirige. Y en ese caso es la idea de que a tales sectores les sirvan
(¿?) las iniciativas emprendidas por los estudiantes llenos de
buena voluntad.
Ahora bien, el sentido de estos planteos no es la impugnación
los vínculos establecidos con organizaciones de cualquier tipo,
sino más bien interrogar las bases sobre las cuales esas relaciones
se construyen. En este punto es importante subrayar la complejidad del
problema, a fin de que no quede retratada una situación de responsabilidad
o falta por parte de tales o cuales activistas. A lo que apunto es a
señalar características del movimiento real, no de algunos
de sus exponentes individuales. Porque en última instancia el
problema es justamente el de comprender cuál es, hoy, el movimiento
estudiantil realmente existente. Sólo desde ese lugar pueden
pensarse las variantes organizativas y de acción a llevar adelante.
Y quizá ese espacio vacío, sin explicar, es al que se
le rehúye, sobre todo en contextos de reflujo en la activación
y movilización.
Bien sabía Marx, a partir de su propia experiencia
militante, que la capacidad organizativa y de intervención política
del proletariado está en estrecha relación con la situación
en que se encuentra el movimiento real, vale decir, con la correlación
de fuerzas sociales que éste es capaz de construir. Y bien sabía,
además, que en etapas primigenias de organización o en
tiempos de derrota y reflujo, proliferaban las sectas. Pequeñas
y compactas organizaciones llenas de promesas de porvenir, y vacías
de incidencia en la historia efectiva. Sobre esta breve alusión
histórica como fondo, podría sintetizar, de manera análoga,
la tesis central de este texto en la siguiente frase:
La pregunta por el afuera es la forma que asume en
este momento específico del movimiento estudiantil argentino
la imposibilidad de leer las condiciones reales en que el mismo se encuentra.
Aquello que la búsqueda, por momentos frenética,
de un sujeto exterior a la Universidad que sintetice y exprese la pureza
de la lucha emancipatoria encubre es la miseria en el movimiento se
encuentra sumido. Vale decir, la relación instrumental que el
procedimiento ideológico produce no es responsabilidad de las
diversas formas sectarias que en él se cobijan sino de una situación
trágica que acontece al interior del movimiento y cuya señal
es tan tenue que apenas si se puede hablar de ello. Si consideráramos
–a la manera de Deodoro Roca- la Universidad como un lugar a habitar
en un sentido fuerte, vale decir, como un mundo propio, podríamos
decir que lo ventajoso de los abundantes discursos extraterrestres es
que nos permiten no hablar de la Tierra, que no es más ni menos
que el virtual páramo que habitamos. Aún así, el
problema del discurso extraterrestre no es del marciano que lo emite
(aunque nunca hay que descartar cierta necesidad de acudir a las más
diversas herramientas –incluido el psicoanálisis- para
comprender la subjetividad militante) sino de las condiciones históricas
que le dan lugar.
Precisamente por ser parte de la sociedad argentina,
nuestra tragedia no es otra que la de la sociedad argentina. No es este
el lugar ni para una historia ni para una sociología del movimiento
estudiantil de los últimos treinta años; alcanza con señalar
que la dictadura y el terrorismo han despedazado las tradiciones de
lucha de la Universidad argentina y que todavía no parece asomar
un movimiento real que pueda recuperar de un modo sustantivo ese legado.
El movimiento estudiantil de hoy es huérfano de los años
setenta y es además producto de su derrota. No puede inscribirse
a sí mismo en esa historia (apenas si puede reconocerla como
su historia) y su forma de existencia es el más genuino resultado
de una política del terror y la individualización que
configura un sujeto estudiante que aspira a distinguirse del colectivo
–los estudiantes- al que pertenece en función de una lógica
de mercado que ha despolitizado (en el sentido de la activación,
sobra aclarar que este es un problema eminentemente político)
su tránsito por la Universidad.
Habría que aclarar que lo recién dicho
cuenta “a grandes rasgos”, esto es, haciendo importantes
excepciones a la hora de aludir a un sinnúmero de activistas
y militantes que revientan su existencia en los pasillos universitarios.
Pero quizá no es tan pertinente la aclaración en la medida
en que es justamente a esa práctica a la que aludo. No por admirable
ni sacrificial deja de ser cuestionable, ni dejan de valer los problemas
en que ella está inmersa. Es justamente allí en la militancia
universitaria donde deben formularse las preguntas por el lugar del
que se parte. Precisamente en ese lugar es imperioso reconstruir una
historia de las luchas estudiantiles y permitir que las sucesivas generaciones
universitarias se reencuentren en un mismo camino. Pues la crisis del
movimiento actual comienza por la derrota de su última expresión
real de resistencia y confrontación, y debe buscarse allí
un (re)comienzo; no para imitar, ni siquiera para homenajear, sino simplemente
para reconocernos como un sujeto con una historia propia. Ella incluye
los más diversos modos (imprescindible ser profundamente auto
críticos con ellos) de constitución política propia
y en relación con otros sujetos sociales. Sólo un sujeto
con historia puede tomarse a sí mismo en serio y reelaborar sus
interrogantes de manera compleja sobre una realidad por demás
compleja. En este sentido, la sencillez de la pregunta por el afuera
es sintomáticamente cómplice con una complejidad que termina
por evadirse.
III
Aquí vienen entonces algunas conclusiones o
interrogantes finales. De lo dicho hasta ahora podemos afirmar que:
- La pregunta por el afuera es ideológica en
la medida que encubre un vacío que se prefiere no reconocer antes
que enfrentar en toda su densidad
- Esto produce un tipo de relación entre el “adentro”
y el “afuera” predominantemente instrumental, que no reconoce
especificidad alguna en la práctica universitaria y que la vacía
de sentido crítico.
- Si la Universidad está vacía de vitalidad en su activismo,
no es porque esa sea su condición esencial, sino justamente porque
su estado actual es producto de una derrota trágica del movimiento
popular argentino.
- De manera que cuando se desmerece la condición contradictoria
de la práctica universitaria y se busca la salida hacia la “verdadera”
síntesis exterior, se reconoce –aunque sea tácitamente-
esa derrota en toda su intensidad, pues justamente uno de sus grandes
propósitos fue el de instalar un único sentido (el del
orden) en toda práctica social.
Naturalmente, toda esta reflexión no debería
tener por conclusión el abandono de la legítima y necesaria
pregunta por la relación –en términos emancipatorios-
entre las luchas universitarias y las luchas sociales en general. Ni
siquiera desmerezco el más básico interrogante por la
relación entre Universidad y Sociedad. Más bien, pareciera
ser necesario suspender la pregunta por el afuera tal como hoy la formulamos.
Esto no implica dejar las actividades y los vínculos con las
más diversas expresiones sociales ajenas al ámbito universitario.
Antes que ello, supone la posibilidad de replegarse para comprender
una relación que ya existe, vale decir, que no se funda en cuanto
ambos sujetos se conocen sino que le es por mucho anterior y ancla en
el modo en que ambos (con sus mediaciones específicas, claro)
son expresiones contradictorias de un orden conflictivo. De modo que
suspender la pregunta no significa no formularla, así como tampoco
supone poder responderla de manera eficaz. Implica tan sólo la
posibilidad de que esa misma pregunta deje de ser ideológica:
ya no estará allí para opacar un fondo trágico
sino para reconocerlo como su punto de partida.
El más sencillo indicador de que las actuales
formas de buscar el mítico “afuera” carecen de eficacia
política real es, justamente, el hecho de que la deliberada exclusión
de los problemas internos a la Universidad abona a la imposibilidad
de poder construir desde una posición activa en términos
de sujeto político. No casualmente, los momentos de mayora agitación
política no se caracterizan por este tipo de preguntas, sino
más bien por el establecimiento de lazos orgánicos entre
diferentes actores sobre la base de la existencia conflictiva de ambos.
En la actualidad, sin esos lazos, es imperioso suspender esa búsqueda
y asumir que, en tanto universitarios, no “intervenimos”
en la lucha de clases sino que, en todo caso, expresamos una dimensión
particular. Quizá partiendo de estas determinaciones, sea posible
reconstruir la facultad como un espacio de lucha, que ya no lo será
en función de sujetos que son construidos como externos; ni siquiera
lo será por sí misma sino centralmente en función
de su historia, que sólo puede ser recuperada asumiendo su legado
y habitando la contradicción que allí descansa.