Mike Davis •
28/04/09
La gripe porcina mexicana, una quimera genética probablemente
concebida en el cieno fecal de una gorrinera industrial, amenaza subitáneamente
con una fiebre al mundo entero. Los brotes en la América del
Norte revelan una infección que está viajando ya a mayor
velocidad de la que viajó con la última cepa pandémica
oficial, la gripe de Hong Kong en 1968.
Robándole protagonismo a nuestro último asesino oficial,
el virus H5N1 (conocido como gripe aviar) , este virus porcino representa
una amenaza de ignota magnitud. Parece menos letal que el SARS [Síndrome
Respiratorio Agudo, por sus siglas en inglés] en 2003, pero,
como gripe, podría resultar más duradera que el SARS.
Dado que las domesticadas gripes estacionales de tipo A matan nada menos
que a un millón de personas al año, incluso un modesto
incremento de virulencia, especialmente si va combinada con una elevada
incidencia, podría producir una carnicería equivalente
a una guerra importante.
Mientras tanto, una de sus primeras víctimas ha sido la consoladora
fe, inveteradamente predicada por la Organización Mundial de
Salud (OMS), en la posibilidad de contener las pandemias con respuestas
inmediatas de las burocracias sanitarias e independientemente de la
calidad de la sanidad pública local. Desde las primeras muertes
por H5N1 en 1997, en Hong Kong, la OMS, con el apoyo de la mayoría
de administraciones nacionales de sanidad, ha promovido una estrategia
centrada en la identificación y el aislamiento de una cepa pandémica
en su radio local de brote, seguidos de una masiva administración
de antivirales y –si disponibles— vacunas a la población.
Una legión de escépticos ha criticado ese enfoque de contrainsurgencia
viral, señalando que los microbios pueden ahora volar alrededor
del mundo –casi literalmente en el caso de la gripe aviar—
mucho más rápidamente de lo que la OMS o los funcionarios
locales puedan llegar a reaccionar al brote original. Esos expertos
han observado también el carácter primitivo, y a menudo
inexistente, de la vigilancia de la interfaz entre las enfermedades
humanas y las animales. Pero el mito de una intervención audaz,
preventiva (y barata) contra la gripe aviar ha resultado valiosísimo
para la causa de los países ricos que, como los EEUU y el Reino
Unido, prefieren invertir en sus propias líneas Maginot biológicas,
antes que incrementar drásticamente la ayuda a los frentes epidémicos
avanzados de ultramar. Tampoco ha tenido precio este mito para las grandes
transnacionales farmacéuticas, enfrentadas en una guerra sin
cuartel con las exigencias de los países en vía de desarrollo
empeñados en exigir la producción pública de antivíricos
genéricos clave como el Tamiflu patentado por Roche.
La versión de la OMS y de los centros de control de enfermedades,
de acuerdo con la cual ya se está preparado para una pandemia,
sin mayor necesidad de nuevas inversiones masivas en vigilancia, infraestructura
científica y regulatoria, salud pública básica
y acceso global a fármacos vitales, será ahora decisivamente
puesta a prueba por la gripe porcina, y tal vez averigüemos que
pertenece a la misma categoría de gestión “ponzificada”
del riesgo que los títulos y obligaciones de Madoff. No es tan
difícil que falle el sistema de alertas, habida cuenta de que,
sencillamente, no existe. Ni siquiera en la América del Norte
y en la Unión Europea.
Tal vez no sea sorprendente que México carezca tanto de capacidad
como de voluntad política para gestionar enfermedades avícolas
y ganaderas, pero ocurre que la situación apenas es mejor al
norte de la frontera, en donde la vigilancia se deshace en un desdichado
mosaico de jurisdicciones estatales y las grandes empresas pecuarias
se enfrentan a las regulaciones sanitarias con el mismo desprecio con
que suelen tratar a los trabajadores y a los animales. Análogamente,
una década entera de advertencias de los científicos fracasó
en punto a garantizar transferencias de sofisticada tecnología
viral experimental a los países situados en las rutas pandémicas
más probables. México cuenta con expertos sanitarios de
reputación mundial, pero tiene que enviar las muestras a un laboratorio
de Winnipeg para descifrar el genoma de la cepa. Así se ha perdido
toda una semana.
Pero nadie menos alerta que las autoridades de control de enfermedades
en Atlanta. De acuerdo con el Washington Post, el CDC [siglas en inglés
del Centro de Control de Enfermedades, radicado en Atlanta; T.] no se
percató del brote hasta seis días después de que
México hubiera empezado a imponer medidas de urgencia. No hay
excusa que valga. Lo paradójico de esta gripe porcina es que,
aun si totalmente inesperada, había sido ya pronosticada con
gran precisión. Hace seis años, la revista Science consagró
un artículo importante a poner en evidencia que, “tras
años de estabilidad, el virus de la gripe porcina de la América
del Norte ha dado un salto evolutivo vertiginoso”.
Desde su identificación durante la Gran Depresión, el
virus H1N1 de la gripe porcina sólo había experimentado
una ligera deriva desde su genoma original. Luego, en 1998, una cepa
muy patógena comenzó a diezmar puercas en una granja de
Carolina del Norte, y empezaron a surgir nuevas y más virulentas
versiones año tras año, incluida una variante del H1N1
que contenía los genes internos del H3N2 (causante de la otra
gripe de tipo A que se contagia entre humanos).
Los investigadores entrevistados por Science se mostraban preocupados
por la posibilidad de que uno de esos híbridos pudiera llegar
a convertirse en un virus de gripe humana –se cree que las pandemias
de 1957 y de 1968 fueron causadas por una mezcla de genes aviares y
humanos fraguada en el interior de organismos porcinos—, y urgían
a la creación de un sistema oficial de vigilancia para la gripe
porcina: admonición, huelga decirlo, a la que prestó oídos
sordos un Washington dispuesto entonces a tirar miles de millones de
dólares por el sumidero de las fantasías bioterroristas.
¿Qué provocó tal aceleración en la evolución
de la gripe porcina? Hace mucho que los virólogos están
convencidos de que el sistema de agricultura intensiva de la China meridional
es el principal vector de la mutación gripal: tanto de la “deriva”
estacional como del episódico “intercambio” genómico.
Pero la industrialización granempresarial de la producción
pecuaria ha roto el monopolio natural de China en la evolución
de la gripe. El sector pecuario se ha visto transformado en estas últimas
décadas en algo que se parece más a la industria petroquímica
que a la feliz granja familiar que pintan los libros de texto en la
escuela.
En 1965, por ejemplo, había en los EEUU 53 millones de cerdos
repartidos entre más de un millón de granjas; hoy, 65
millones de cerdos se concentran en 65.000 instalaciones. Eso ha significado
pasar de las anticuadas pocilgas a ciclópeos infiernos fecales
en los que, entre estiércol y bajo un calor sofocante, prestos
a intercambiar agentes patógenos a la velocidad del rayo, se
hacinan decenas de millares de animales con más que debilitados
sistemas inmunitarios.
El año pasado, una comisión convocada por el Pew Research
Center publicó un informe sobre la “producción animal
en granjas industriales”, en donde se destacaba el agudo peligro
de que “la continua circulación de virus (…) característica
de enormes piaras, rebaños o hatos incremente las oportunidades
de aparición de nuevos virus por episodios de mutación
o de recombinación que podrían generar virus más
eficientes en la transmisión entre humanos”. La comisión
alertó también de que el promiscuo uso de antibióticos
en las factorías porcinas –más barato que en ambientes
humanos— estaba propiciando el auge de infecciones estafílocóquicas
resistentes, mientras que los vertidos residuales generaban brotes de
escherichia coli y de pfiesteria (el protozoo que mató a mil
millones de peces en los estuarios de Carolina y contagió a docenas
de pescadores).
Cualquier mejora en la ecología de este nuevo agente patógeno
tendría que enfrentarse con el monstruoso poder de los grandes
conglomerados empresariales avícolas y ganaderos, como Smithfield
Farms (porcino y vacuno) y Tyson (pollos). La comisión habló
de una obstrucción sistemática de sus investigaciones
por parte de las grandes empresas, incluidas unas nada recatadas amenazas
de suprimir la financiación de los investigadores que cooperaran
con la comisión.
Se trata de una industria muy globalizada y con influencias políticas.
Así como el gigante avícola Charoen Pokphand, radicado
en Bangkok, fue capaz de desbaratar las investigaciones sobre su papel
en la propagación de la gripe aviar en el sureste asiático,
es lo más probable que la epidemiología forense del brote
de gripe porcina se dé de bruces contra la pétrea muralla
de la industria del cerdo.
Eso no quiere decir que no vaya a encontrarse nunca una acusadora pistola
humeante: ya corre el rumor en la prensa mexicana de un epicentro de
la gripe situado en torno a una gigantesca filial de Smithfield en el
estado de Veracruz. Pero lo más importante –sobre todo
por la persistente amenaza del virus H5N1— es el bosque, no los
árboles: la fracasada estrategia antipandémica de la OMS,
el progresivo deterioro de la salud pública mundial, la mordaza
aplicada por las grandes transnacionales farmacéuticas a medicamentos
vitales y la catástrofe planetaria que es una producción
pecuaria industrializada y ecológicamente desquiciada.
• Mike Davis es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO.
Traducidos recientemente al castellano: su libro sobre la amenaza de
la gripe aviar (El monstruo llama a nuestra puerta, trad. María
Julia Bertomeu, Ediciones El Viejo Topo, Barcelona, 2006), su libro
sobre las Ciudades muertas (trad. Dina Khorasane, Marta Malo de Molina,
Tatiana de la O y Mónica Cifuentes Zaro, Editorial Traficantes
de sueños, Madrid, 2007) y su libro Los holocaustos de la era
victoriana tardía (trad. Aitana Guia i Conca e Ivano Stocco,
Ed. Universitat de València, Valencia, 2007). Sus libros más
recientes son: In Praise of Barbarians: Essays against Empire (Haymarket
Books, 2008) y Buda’s Wagon: A Brief History of the Car Bomb (Verso,
2007; traducción castellana de Jordi Mundó en la editorial
El Viejo Topo, Barcelona, 2009).
Traducción para www.sinpermiso.info: Marta Domènech y
María Julia Bertomeu