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«La tierra muestra a quienes valen y a quienes no sirven para nada.»
 Opinión de un campesino citada por Jean Pierre Vernant en Mythe et Pensée Chez les Grecs. (Vol. 2, París, 1971.)

María Emilia de la Iglesia

La discusión del campesinado ha atravesado la mayor parte de la historia política de los países oprimidos y gran parte de los movimientos revolucionarios los han tenido como protagonistas, por ejemplo la Revolución Rusa (1917), la Revolución Mexicana (1910), la Revolución Cultural China, la Revolución Cubana, el Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua, Argelia, Vietnam, el zapatismo en México, los cocaleros en Bolivia, el MST en Brasil y la lista no termina…
Desde la antropología, la sociología y también la comunicación se ha tratado de definir, de entender a este actor, llamándolo según el momento histórico y la concepción: campesino, indígena, pequeño productor, productor familiar, trabajador rural, agricultor, chacarero, trabajador sin tierra, entre otros. Las teorías sociales fueron el soporte ideológico de los proyectos políticos de tecnificación o modernización para las teorías desarrollistas y de liberación y cambio social para las teorías llamadas de la Dependencia.
Para las teorías desarrollistas de los años ‘60, enmarcadas en la visión de “Paz y Progreso” difundida por el gobierno estadounidense de John F. Kennedy, la solución para evitar el descontento social era influir en los estilos de vida del campesinado, generando una visión de progreso sostenido en aras de frenar los crecientes movimientos revolucionarios que atentaban contra la “democracia”.

Tomando como caso a teóricos de la comunicación claves de esa época, como Everret M. Rogers y Lynne Svening en “La modernización entre los campesinos” éstos consideran al campesinado como una subcultura dentro de otra general. Los principales elementos de esta subcultura campesina son 1) la desconfianza mutua de las relaciones personales; 2) una percepción de que lo bueno está limitado; 3) dependencia y hostilidad hacia la autoridad gubernamental; 4) facilismo; 5) falta de espíritu innovador; 7) aspiraciones limitadas; 8) ausencia de dilación de la satisfacción; 9) visión limitada del mundo; 10) escasa empatía”.

La solución  para los futuros problemas de hambre y superpoblación en el mundo eran para estos teóricos, hace 38 años atrás, fomentar, desde distintos frentes, el pasaje de los campesinos de una economía de subsistencia a una de mercado: “Técnicamente es posible duplicar, o aún triplicar, rápidamente la producción agrícola (y aumentar la calidad nutritiva de los alimentos que se produzcan) en los países subdesarrollados, generalizando la adopción de fertilizantes químicos, variedades de semillas mejoradas, maquinaria agrícola e irrigación. Desafortunadamente, esta nueva tecnología aún no ha llegado a la mayoría de los agricultores. No se trata de llevar la tecnología agrícola adecuada a los agricultores de subsistencia, sino también de persuadirlos de las ventajas de las ideas nuevas frente a los usos tradicionales” .
Desde la visión de la comunicación que estos autores tenían, los medios masivos podían “inyectar culturalmente dosis de cosmopolitismo, de desarrollo y modernidad”, junto con agentes externos como: extensionistas rurales (cuadros técnicos) y maestros.
Según estos autores los campesinos son: “productores de agricultura de subsistencia, y habitantes rurales tradicionales, que raras veces son autosuficientes. Los campesinos son agricultores que se ocupan en gran parte (pero no necesariamente en su totalidad) en la producción de subsistencia. Consumen la mayor parte de los alimentos y otros artículos que producen”.  Aclaran que no son tipos de subsistencia “pura”: “el campesino busca su subsistencia no la reinversión…Vende su cosecha para obtener dinero, pero con el mismo obtiene bienes y servicios que necesita para subsistir y para mantener su status social, y no lo utiliza para aumentar la escala de sus operaciones” .

En la vereda de enfrente, Paulo Freire  tanto en su libro “Extensión o comunicación” como en “Pedagogía del oprimido” plantea una revisión crítica a los teóricos del desarrollo: “En la modernización, de carácter puramente mecánico, tecnicista, manipulador, el centro que decide el cambio no se encuentra dentro del área en transformación, sino fuera de él. La estructura que se transforma, no es sujeto de su transformación.
En el desarrollo, por el contrario, el centro de decisión se encuentra en el ser que se transforma, y su proceso no se verifica mecánicamente. De esta manera, si bien todo desarrollo es modernización, no toda modernización es desarrollo”
Desde las teorías de la dependencia es clave la denuncia acerca de la explotación de los países centrales, que concentran el poder, hacia la periferia pobre, así como la necesidad de liberación de todos los oprimidos, es decir el fin de las situaciones de injusticia. “En la invasión cultural, es importante que los invadidos vean su realidad con la óptica de los invasores y no con la suya propia. (…) Una condición básica para el éxito de la invasión cultural radica en que los invadidos se convenzan de su inferioridad intrínseca. (…) Los valores de éstos pasan a ser la pauta de los invadidos. Cuanto más se acentúa la invasión, alienando al ser de la cultura de los invadidos, mayor es el deseo de éstos por parecerse a aquellos: andar como aquellos, vestir a su manera, hablar a su modo.
Freire basó su pedagogía en la alfabetización de campesinos en Brasil, a quienes conocía y respetaba y a partir de ellos, de su visión de mundo y junto con ellos buscaba la transformación revolucionaria. Tenía una lectura de sus vidas, de sus modos de ser y apuntaba a desnaturalizar los prejuicios y prenociones gestadas desde el poder, sobre el modo de ser campesino:
¿Hemos preguntado, investigado, procurado saber las razones, probables que llevaron a los campesinos al silencio, a la apatía, frente a nuestra intención dialógica? ¿Y dónde buscar estas razones, si no en las condiciones históricas, sociológicas, culturales, que los condicionan? (…) Los campesinos no rechazan el diálogo porque sean por naturaleza reacios a él. Hay razones de orden histórico-sociológico, cultural y estructural que explican su rechazo al diálogo .

Escuchar y obedecer, no poder participar, no tener derechos de ningún tipo, para Freire los campesinos “introyectaron el mito de la ignorancia absoluta” y es en la estructura latifundista donde se encuentra la explicación del mutismo campesino.

(…) Por ser una estructura cerrada, que obstaculiza la movilidad social vertical ascendente, el latifundio implica una jerarquía social donde los estratos más “bajos” se consideran, por regla general, naturalmente inferiores. Para que éstos se consideren así, es preciso que haya otros que los consideren de esta forma, y que se consideren, a sí mismos, superiores.
(…) Es en estas relaciones rígidas y verticales, donde se constituye, históricamente, la conciencia campesina como oprimida .

Desde otro enfoque, John Berger en “Puerca Tierra” plantea que: “La vida campesina es una vida dedicada por entero a la supervivencia. Esta es tal vez la única característica totalmente compartida por todos los campesinos a lo largo y ancho del mundo”.

Berger, con la claridad que lo destaca, plantea al campesino como clase de supervivientes, y aclara “La palabra superviviente tiene dos significados. Denota a alguien que ha vivido y superado trances muy duros. Y también denota a la persona que ha seguido viviendo cuando otras han desaparecido o perecido”. Este autor adopta el segundo sentido del término en relación con el campesinado: “Los campesinos eran aquellos que continuaban trabajando, a diferencia de los muchos que morían jóvenes, emigraban o terminaban en la pobreza más total”.

Claude Auroi plantea que “la resistencia de los “vencidos” ha girado alrededor de  dos polos esenciales para la comprensión de los movimientos agrarios: la cohesión de la comunidad y  el apego a la tierra” .
La aspiración a la tierra no corresponde necesariamente a un interés pequeño burgués de propiedad privada, sino que implica la exigencia de un lugar de trabajo y del concepto de que la tierra pertenece a los antepasados, quienes descansan en ella.

Por más de un siglo y medio, tanto en sistemas capitalistas, como socialistas, los administradores y los teóricos se han visto confundidos por el sujeto campesino, y su capacidad de sobrevivir a todos los pronósticos de cambio o extinción. Hasta Marx y Engels auguraban su desaparición a partir de la tecnificación y el creciente proceso de proletarización de la clase oprimida y los describieron como “un jeroglífico indescifrable para los hombres civilizados”

Para Berger: “Todavía hoy se puede decir que los campesinos componen la mayor parte de los habitantes del globo. Pero este hecho oculta otro más importante. Por primera vez en la historia se plantea la posibilidad de que esa clase de supervivientes pueda dejar de existir. Puede que dentro de un siglo los campesinos hayan desaparecido. En la Europa Occidental, si los planes salen conforme fueron previstos por los economistas, en veinticinco años no quedarán campesinos”.

“Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos”

La situación del campesinado en los últimos treinta años se ha ido modificando, debido a las políticas agrarias enmarcadas en el neoliberalismo y a partir de los procesos de deslocalización y  desterritorialización de lo rural, consecuencia de la penetración de la globalización en los territorios . Sin embargo, para muchos autores paradójicamente esa fuerza homogeneizadora también provoca la emergencia y visualización de las particularidades, que aquella idea unificadora de la modernidad no permitía reconocer. Según Jesús Nuñez . “La globalización ha traído, como resistencia cultural, la emergencia de grupos culturales dispersos y no excluyentes como los indígenas, campesinos, mujeres, ambientalistas, gays, entre otros que han provocado la movilización de ideas a nivel mundial sobre la existencia y la necesidad de ser del otro olvidado y excluido”.
En este contexto la idea de ruralidad y las formas de ser y estar del campesino se han modificado.
El auge de las comunicaciones, de “estar conectados con el mundo”, la privatización de las necesidades y la globalización, modifican los territorios, y modifican a quienes transitan esos territorios y los habitan. Para Jesús Nuñez: “(La ruralidad) pasó de ser territorios definidos por el uso exclusivo de actividades primarias de la agricultura y la ganadería, para convertirse en espacios dinámicos e interconectados en el que coexisten las actividades primarias, las agroindustrias y los usos residenciales y de esparcimiento de una sociedad urbana cada vez estresada que comienza a fijar la mirada en espacios y culturas para el sosiego y enfriamiento de la vida materializada y “recalentada” de los ciudadanos modernos. No es una vuelta a lo rural sino una nueva forma de verla ”.
Al ser parte del proceso de este cambio de las ruralidades, el campesino es reconceptualizado como “aquella persona que habita y trabaja, sola o con su familia, en un territorio rural dinámico, dentro de una cultura híbrida, en estrecha interrelación con los actores sociales del mundo globalizado en la provisión de alimentos frescos, productos agroindustriales y artesanales en pequeña escala y en la prestación de servicios ambientales aprovechando los biodiversos recursos naturales y culturales de su entorno” .

Ahora bien, toda hipótesis sobre lo que es propio del campesinado debe enmarcarse en la posición de clase de este grupo, porque más allá de ser propietario de la tierra, al igual que el obrero está sometido al capital, por ende, la clásica distinción obrero-campesino no juega un papel decisivo.
Verónika Bennholdt-Thomsen plantea que los campesinos son la base de la acumulación del capital en el campo, califica la subordinación del campesino al capital a través del mercado como “subsunción al mercado”: los productores sufren la expropiación de un plusproducto, porque trabajan más tiempo que el socialmente necesario para esos productos, a la vez no pueden aumentar la producción y menos pensar en invertir. Entonces, se ven obligados a producir en desventaja, mientras que  la circulación de mercancías los pone en “igualdad” con el capital, sin que dicha igualdad de condiciones exista realmente.
Sin embargo el campesino tiene la posibilidad de sustraerse parcialmente de la entrega total a la valorización del mercado, porque puede retirarse a la producción para el autoconsumo . De alguna manera, la resistencia y la desconfianza que plantean los campesinos ante lo que aparece como progreso, es una forma alternativa de resistencia al capital.
La producción para la subsistencia no es considerada como producción social, las diferentes familias, organizan su producción con diferentes combinaciones trabajando más o menos para la subsistencia o para el mercado. De una u otra forma, la tendencia desde hace unos años es que la tierra no alcanza para que viva toda la familia, los productos de los campesinos no pueden competir con la producción a gran escala, y los intermediarios se quedan con gran parte del excedente campesino. Entonces, o arriendan la tierra a empresas que le puedan pagar más de lo que produce por año, o trabajan la tierra y trabajan a la vez por un salario, o migran. Muchas familias son forzadas a partir hacia las grandes ciudades donde se encuentran con la respuesta del “progreso y la modernización” en la cara de la periferia y la marginación. En otros casos, el hombre migra temporalmente a las cosechas o zafras de la zona u otras provincias. Asimismo, es otra práctica común que un miembro de la familia sea el que migre y envíe remesas al resto para poder seguir viviendo en el campo.

 

 

Un recorrido por la historia argentina de acumulación de la riqueza

La situación del campesinado argentino es muy particular y en algunos aspectos se distancia de la noción tradicional del campesinado latinoamericano, sobre todo en lo que implica el derrotero histórico en la distribución de tierras, la proporción entre mayor o menor subsistencia o mayor o menor participación en el mercado y sobre todo en la efectividad que se tuvo en el genocidio de los pueblos originarios que habitaron este suelo, quienes tenían prácticas de producción para la vida y de comunidad muy sólidas, opuestas a los cánones de la modernidad.
Históricamente la Argentina fue un proveedor importante de carnes y cereales a la economía mundial. Estos alimentos (carne vacuna, trigo, maíz, girasol, etc.) eran los mismos alimentos básicos requeridos para el consumo popular masivo en el orden del mercado interno. Se trataba de una producción centrada en la región pampeana, mientras que en las regiones extrapampeanas se producían los tradicionales cultivos  industriales, en su mayoría orientados al mercado interno: caña de azúcar, algodón, yerba mate, etc. y también se producían frutales.  En ese sentido, en la Argentina se producían casi la totalidad de los alimentos que consumía su población, salvo algunos productos tropicales.

Algunos autores plantean el desarrollo económico del país en 3 grandes etapas de acumulación económica :
La economía “agroexportadora” (1880-1930), donde se consolida la figura del terrateniente, construido en base al exterminio y acorralamiento de los pueblos indígenas en las campañas promovidas por el Estado. En esta época el país “negocia” con ingleses y franceses, principalmente, exportando materias primas e importando manufacturas de estos países.
La tierra y la producción se organiza de tres modos: en sistema de arrendamientos, la hacienda con mano de obra asalariada o encasillada y el sistema de colonias agrícolas. El modo de distribución de la tierra argentino fue uno de los más regresivos y “antidemocráticos” de la llamada periferia opulenta (Canadá, Estados Unidos y Nueva Zelanda) donde los productores familiares pudieron obtener terrenos y, en consecuencia, no se consolidó un régimen terrateniente al estilo argentino.

La  “industrialización por sustitución de importaciones” (ISI) (1930-1970)  donde el debate  gira en torno a qué usos debía darse a la renta agraria y en qué medida debía utilizarse para promover un proceso de industrialización. Surgieron juntas reguladoras de precios de granos y carne y se fomentó el crecimiento de las economías regionales que abastecerían de materia prima a las industrias argentinas y al consumo del mercado interno.

La de “apertura al exterior”, “ajustes estructurales” o “valorización financiera” (de mediados de los años 70 a esta parte)
El cambio en el sector, con el auge de la soja transgénica y del paquete tecnológico que ésta trajo aparejado, tiene un vínculo casi directo con el modelo económico instaurado desde mediados de los años setenta en el país, que se basó en el endeudamiento externo y en la importancia que fueron asumiendo las actividades e intereses financieros en la economía nacional. El país transita un proceso de reprimarización de la economía, a partir de la importancia que se le asigna en la actualidad a las exportaciones de granos (principalmente trigo-soja y maíz).
Este modelo de agricultura tiene sus raíces en el modelo norteamericano de desarrollo agrario y agroindustrial y fue potenciado en escala mundial durante la denominada “Revolución Verde”, en la última mitad del siglo XX. En la actualidad está asociado a la revolución biotecnológica y la ingeniería genética.
 En Argentina, a partir del Decreto de Desregulación de 1991 se dieron procesos de  concentración y centralización del capital en la agroindustria y la distribución final de los alimentos (el denominado supermercadismo) y un conjunto muy limitado de empresas fue adjudicándose la exclusividad en la provisión de semillas y otros insumos agropecuarios a los productores agropecuarios.
Es decir que la renta de la tierra no dejó de existir pero cambió el modo en que es apropiada y quiénes son los principales favorecidos. Si bien los grandes terratenientes siguen siendo algunos de sus beneficiarios, también lo son las grandes empresas agroalimentarias (los proveedores de la semilla y de los insumos – como Nidera y Monsanto-, las grandes empresas procesadoras de la materia prima agraria –como Cargill-, los supermercados, entre otros). La contracara son los miles de campesinos y pequeños productores desplazados del campo, sumidos en la miseria, sin oportunidades, una “Agricultura sin agricultores”, donde los desmontes y la represión a las familias que resisten, forman parte del paisaje cotidiano.

Según Susana Aparicio “En este contexto la ciudad y la industria ya no atraen gente que resulta del subempleo agropecuario y los paisajes urbanos y rurales han sufrido fuertes cambios respecto de las imágenes tradicionales” . La autora señala como principal cambio la expansión de la frontera, es decir la “pampeanización” de las economías regionales, como segundo proceso dinámico destaca la nueva integración al mercado mundial a través de la provisión de alimentos frescos y “seguros”: frutas secas y algunas hortalizas para “mercados exigentes” y  también advierte la retracción de producciones para el mercado interno.

En cuanto a la evolución de los trabajadores permanentes en las explotaciones agropecuarias según datos del INDEC y de los Censos Agropecuarios, Aparicio demuestra cómo se ha resquebrajado la producción familiar y la gente que vivía en el campo tiende a desaparecer y cómo el sistema ha expulsado a los trabajadores del campo:

                                         


  Tipo de Trabajador                           

1969

1988

2002

Asalariados

281101

348410

229690

Trabajadores familiares            

647195

308874

204455

 

 

 

Porcentaje de asalariados respecto de la población económicamente activa agropecuaria:

 

1991

2001

Total País

46

55

Córdoba

42

52

 

¿Existe el campesinado en Argentina?

A diferencia de otros países latinoamericanos, como México, en nuestro país no se desarrollaron con profundidad los debates acerca de la cuestión del campesinado como categoría social en la estructura social agraria.  
Para Norma Giarraca y Miguel Teubal “en los años setenta, había consenso acerca de que estábamos frente a una franja de proporciones importantes en la estructura social, formada, en su mayor parte, por unidades que raramente se mantenían fuera del mercado, que cuando podían utilizaban mano de obra asalariada y que en la mayoría de los casos, habían sido generadas al calor del desarrollo agroindustrial de la caña de azúcar, del algodón, la yerba mate, el té, la vid, etc. No eran campesinos al estilo latinoamericano ni totalmente capitalistas” .
En 1960 los “productores medianos y pequeños” ocupaban el 45% de la superficie y producían  47% de la producción total, mientras que la economía campesina, ocupaba sólo el 3% de la tierra, frente al 17% que ocupaba en Ecuador, y el 14% en Guatemala. Esto indicaba la importancia relativa que tuvieron los productores familiares, de tipo “farmer” (al estilo estadounidense o canadiense) y la menor importancia  relativa del campesinado tradicional, salvo en regiones extrapampeanas.
El concepto “campesino” era reservado por la Antropología a los grupos donde existiera un mayor peso indígena o fuertes particularidades étnicas, “mientras Francisco Delich (1970), sociólogo, postulaba la singularidad del campesinado argentino, imposible de asemejarlo al marco latinoamericano”
Giarraca y Teubal sostienen que con el regreso a la democracia (1983)  algunos especialistas utilizaban la categoría “campesino” para caracterizar a toda el segmento de la agricultura familiar y proponían políticas públicas basadas en créditos internacionales para sostenerla, tecnificarla y desarrollarla. Mientras que otros reprochaban un uso exagerado del concepto y proponían ajustar las definiciones y utilizar diferentes categorías sociales (campesinos, chacareros, trabajadores sin tierra) para diseñar políticas públicas destinadas al sector .
Hoy no está vigente la discusión sobre cuál es el  modo correcto de conceptualizar al campesino, al agricultor familiar, sino que el debate pasa por el acceso a la tierra, por la defensa de los recursos naturales, por las condiciones de vida del sector y el arrinconamiento y desaparición acelerada de pequeños y medianos productores, fruto del modelo de agronegocios, de la ampliación de la franja rentable de las tierras, a partir de la incidencia de las nuevas tecnologías. El debate debe entrometerse con la distribución del ingreso y también con la fragmentación y condiciones paupérrimas del trabajador rural en un contexto de pobreza y desocupación estructural.
Las trincheras de resistencia

Este modelo de acumulación, basado en los agronegocios, los “pools de siembra”, los agrotóxicos y las semillas modificadas genéticamente, es llevado adelante por sectores de poder transnacional y avalado por políticas locales (cómplices del saqueo de los recursos naturales y de la transferencia de recursos  hacia manos privadas) que descartan a quienes no pueden acceder a las “leyes del mercado” y profundizan un sistema de exclusión de las mayorías,
Según Giarraca y Teubal en los últimos tiempos, tierras consideradas “marginales” para el modelo de agricultura industrial cuyo bastión es la pampa húmeda, comenzaron a ser de interés para grandes productores agropecuarios y fondos de inversión volcados al agro.
A partir de esta situación el control de la tierra se convirtió en un eje de disputa y se acrecentaron los conflictos en zonas rurales consideradas “extra pampeanas” como Santiago del Estero, Salta, Chaco, Formosa o zonas de Córdoba, sobre todo con lo que se refiere a tenencia legal y desmontes.
“Dos mecanismos más recurrentes: la violencia rural por parte de “policías” o guardias privadas al servicio de particulares y contra los bienes y la seguridad personal de los campesinos y pequeños productores; y el caso de la contaminación, en los cuales los paquetes tecnológicos utilizados por los grandes emprendimientos agrícolas perjudican directamente la viabilidad de los cultivos y la salud de las familias campesinas. Estos son modos de expulsión de los agricultores de sus tierras y de desarticulación de la agricultura familiar” .

Pero frente a toda hegemonía hay resistencias, los movimientos campesinos a nivel mundial nucleados en la Vía Campesina se oponen a este modelo y son actores importantes entre los movimientos antiglobalización.
La conformación de estas organizaciones campesinas posibilitan la aparición de “un discurso del derecho”, empoderando a los campesinos para que puedan reclamar y defender su legítima posesión frente a las usurpaciones de empresas o particulares, las que la mayor parte de las veces son apoyadas por los poderes públicos, así como también defender su modo de vida, sus prácticas, y su identidad cultural.
Para Alfonso Serna “El campesinado que participa en las luchas actuales es un actor heterogéneo que enfrenta la crisis del sector y de la economía en general. La diversidad proviene, además, de su dimensión en expresiones locales, regionales y plurirregionales, siempre en torno de la problemática de mejorar su situación económica y social.

El movimiento campesino, en sus fines, ha tendido a agruparse en tres tipos:
1. El que lucha por la tierra.
2. El que lucha por el control del proceso productivo (Bartra, 1991).
3. El que lucha por la defensa del medio ambiente (Toledo, 1992)” .

 La Asociación de pequeños productores del Noroeste de Córdoba (APENOC) surgió en el año 99 por el problema concreto de los desalojos silencioso de tierras al que venían siendo forzados los campesinos y para conformarse en una herramienta gremial y de proyección del campesinado como sujeto político de derechos.
En la organización son más de 300 familias que pertenecen a 14 comunidades y parajes rurales: La Batea, San Roque, Los Escalones, Cachiyuyo, El Sur, Cañada Larga, Agua de Ramón, Las Pirguas, Las Abras, Iglesia Vieja, El Chacho, Paso Viejo, El Duraznal, Serrezuela
 “Al principio éramos 5 comunidades, que decidimos unirnos, que pensamos en la ASOCIACIÓN. Fuimos aprendiendo con  otras organizaciones con más experiencia, compartimos sus luchas y nos fortalecimos (...) de a poco, con ayuda de la Radio, de los comentarios de boca en boca, fuimos creciendo, abriéndonos a otras comunidades” .
Hace tres años Apenoc conforma el Movimiento Campesino de Córdoba (MCC),  que es un movimiento a nivel provincial de diferentes agrupamientos de campesinos con cierta trayectoria territorial, entre ellos UCATRAS (Unión de campesinos Traslasierra), Unión campesina del Noroeste (UCAN), Organización de Campesinos unidos del Noroeste de Córdoba (OCUNC), Organización de Trabajadores Barriales Unidos (OTRABU), El Valle (Alta Gracia), familias de la zona de Cruz del Eje y la Red de Comercio Justo (Cba.)
La lucha de este movimiento es la misma que la otras organizaciones campesinas del país que conforman el Movimiento Nacional Campesino e Indígena de Argentina (MNCI), como el MO.CA.S.E.-V.C (Movimiento Campesino de Santiago del Estero – Vía Campesina), la Unión de Trabajadores Rurales Sin Tierra, de Mendoza (UST), la Red PUNA, en Jujuy, y el Movimiento de Campesinos de Salta. La de defender sus tierras y su trabajo, querer una reforma agraria integral y preservar el patrimonio y la biodiversidad de los montes. Estas organizaciones se conforman en cooperativas para comercializar de una manera más justa sus productos. Además de sostener las redes informales de cooperación mutua entre las familias que conforman cada comunidad. Los campesinos se organizan por asambleas de cada comunidad, en éstas se discuten las problemáticas de la comunidad y de la organización, y se designan delegados, que participan de las reuniones de delegados de Apenoc, en éstas a la vez se eligen otros representantes que participan de las reuniones del Movimiento Provincial y del Movimiento Nacional Campesino Indígena. La organización tiene áreas de trabajo como tierra, producción, salud, mujeres, jóvenes, formación, niños. Las mismas fueron surgiendo de acuerdo a las necesidades.

El Noroeste de la provincia de Córdoba es una región semi-desértica, cercana a las Salinas Grandes de La Rioja. Los campesinos tienen en su mayoría cabritos y una actividad fuerte es el carbón, los hornos de ladrillo, por ese motivo hay muchos hacheros. En otras épocas había canteras y minas funcionando, hoy la región está sin esas fuentes de trabajo y se observa un gran abandono.
El cierre del ferrocarril en los años ’90 es parte de este abandono; generaba fuentes de trabajo, era un potente medio que comunicaba las localidades del interior de la provincia, favorecía la comercialización de carbón, leña y  distintos productos del campo, y proveía de agua y mercadería a las comunidades.
La ausencia del Estado se percibe en las vidas cotidianas de las comunidades del noroeste cordobés: los caminos intransitables, el cierre de los puestos sanitarios, la falta de políticas de prevención de enfermedades como el Chagas y la tuberculosis, la disminución de presupuesto destinado a políticas sociales, a educación.
La economía campesina es considerada marginal, ya que en términos meramente económicos, no aportaría al producto bruto provincial, es por esto que no existe al momento voluntad política para apuntalar seriamente a este sector. Por lo que no resulta fácil para un campesino conseguir créditos que fomenten una mejora en su producción y por ende, en su vida.

En cuanto a los recursos hídricos en los dos embalses del departamento de Cruz del Eje, existe una concentración del mismo en manos de medianos y grandes productores empresarios.
Desde la época de la dictadura se construyó el “Dique Pichanas” que distribuye desigualmente el agua entre los parceleros/ empresarios (margen derecha del río) y los campesinos que son mayoría (margen izquierda del río), lo que imposibilita aún más que los campesinos produzcan, siembren y cosechen (algodón, zapallos, frutales, etc.) trayendo aparejada la muerte de los animales por falta de agua. Frente a esta situación productores en zona bajo riego, se organizaron en “La asamblea del Agua” para lograr una distribución justa y acceso a los turnos de riego. También con la organización campesina se han logrado mejoras y construcciones de infraestructura para captar agua. Ya que la falta de este recurso natural es un problema en todas las comunidades (las que están bajo riego y las que no) y por eso, el modo de reservar y contener el agua, es una preocupación constante, debido que en algunas comunidades la salinidad es tan alta que se necesitan grandes perforaciones para conseguir pozos de agua apta para el consumo humano.
      La mayoría de los pequeños productores de esta zona tienen problemas con la tenencia legal de la tierra. El 60% que son campesinos, tienen el 6% de la tierra.
En Córdoba, se aprobó una ley de “Saneamiento de títulos”; en 1999, pero no ha sido reglamentada. Los poseedores dueños de la tierra siguieron siendo desalojados sin resistencia, por ignorancia de sus derechos, y falta de organización de los campesinos. De un relevamiento que realizó APENOC, el 80 % de las familias se encontraban en situación de poseedores veinteñales, siendo casi el 100% de las familias desconocedoras del marco jurídico que contempla la posesión veinteñal.
Por lo general las tierras son rematadas como “limpias”, sin ocupantes, constatando la desinformación y connivencia para lograr el remate, porque los diarios que publican los edictos no llegan a las zonas rurales, además muchos campesinos no sabe leer ni escribir y los jueces de paz ocultan información, sin olvidar la cadena de complicidades y corrupción del sistema jurídico, en favor de los que poseen más poder económico.
En el noroeste cordobés, como en otros lugares del país, se criminaliza la protesta de los campesinos, Apenoc tuvo imputados grupos de campesinos que resistían la usurpación de sus posesiones cuidando una puerta de alambre en los caminos de acceso, en la comunidad del Duraznal, así como cuando manifestaban en el momento del remate para hacer conocer a la sociedad, la situación injusta que vive el sector campesino.
La lucha por la tierra de parte de estos movimientos no constituye un “hambre por la tierra” sino que la tierra ocupada debe satisfacer la vida. Entonces, la exigencia por la tierra debería entenderse, como la exigencia de socializar la producción, ya que el uso comunal que le dan muchas familias tiene que ver con la cultura ancestral de vivir con la tierra y no de ella.


Capítulo de la Tesis de Licenciatura en Comunicación Social “Los niños y la formación de la identidad campesina” UNLP, 2006

Roggers Everett M, y Lynne Svenning, La modernización entre los campesinos, México, Fondo de Cultura Económica, 1973.

Ídem.

Ídem.

Freire, Paulo, “¿Extensión o comunicación? La concientización en el medio rural, Buenos Aires,  Editorial Siglo XXI., 1973. Pág. 64.

Freire, Paulo, Pedagogía del oprimido, México, Siglo XXI, 1970, quincuagésima segunda edición, 1999. Pág. 197.

Freire, Paulo “¿Extensión o comunicación? La concientización en el medio rural”, Bs. As, Editorial Siglo XXI, 1973, Pág. 52.

Ibídem, Pág. 52.

Auroi Claude “Las frustraciones de la participación agraria en el Perú” en Identidades andinas y lógicas del campesinado, Perú, Mosca Azul Editoriales, 1986.

Marx y Engels, Obras escogidas (14 tomos), Bs. As, Editorial Ciencias del Hombre, 1976. Tomo 1, Pág. 159.

Martín Barbero, Jesús, Las identidades en la sociedad multicultural en II Simposio, Venezuela: tradición en la modernidad, los rostros de la identidad. Aleman y Fernández (comp.), Caracas, Ediciones de la Universidad Simón Bolívar, 2001.

Núñez, Jesús R. Saberes y educación. Una mirada desde las culturas rurales. Instituto Pedagógico Rural Gervasio Rubio. Universidad pedagógica experimental libertador, Venezuela.

Martín Barbero, Jesús, Las identidades en la sociedad multicultural en II Simposio, Venezuela: tradición en la modernidad, los rostros de la identidad. Aleman y Fernández (comp.), Caracas, Ediciones de la Universidad Simón Bolivar, 2001 en Nuñez, Jesús R. Saberes y educación. Una mirada desde las culturas rurales. Instituto Pedagógico Rural Gervasio Rubio. Universidad pedagógica experimental libertador, Venezuela.

Nuñez, Jesús R, ob. cit.

Muñoz, L El nuevo rol de lo rural en el seminario internacional de desarrollo rural, 2000, http: //www.clacso.edu.ar/-libros/rjavemesa1/Muñoz.rtf, Colombia, en Núñez, Jesús R. Saberes y educación. Una mirada desde las culturas rurales. Instituto Pedagógico Rural Gervasio Rubio. Universidad pedagógica experimental libertador, Venezuela.

Nuñez. Jesús R, ob. cit.

  Bennholdt-Thomsen, Verónica, Campesinos: Entre producción de subsistencia y de mercado, México: Universidad Nacional Autónoma de México, Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, 1988.

Entender  la PRODUCCIÓN PARA LA SUBSISTENCIA como la producción material y los servicios para el autoconsumo en los marcos de una unidad doméstica donde la meta es el consumo, el trabajo es gastado en forma privada. Mientras que la PRODUCCIÓN DE MERCANCIAS está orientada hacia el valor de cambio, su objetivo es la venta , y el trabajo es el medio, a través de los precios.
Ambos forman un conjunto y constituyen una relación de producción, la forma como se combinan refleja el mecanismo de expropiación del trabajo y su apropiación como plustrabajo.
La producción para la subsistencia no desaparece con el capitalismo, ni en el campo ni en la ciudad, ya que es una conquista de la ideología capitalista que este trabajo permanezca invisible. 

 

Giarracca Norma, Teubal Miguel (coordinadores). El campo argentino en la encrucijada. Estrategias y resistencias sociales, ecos en la ciudad, Buenos Aires, Alianza Editorial, 2005.

Aparicio Susana, “Trabajos y trabajadores en el sector agropecuario de la Argentina” en El campo argentino en la encrucijada, Buenos Aires, Alianza Editorial, 2005, Pág. 193

  Giarracca Norma, Teubal Miguel (coordinadores), El campo argentino en la encrucijada. Estrategias y resistencias sociales, ecos en la ciudad. Pág. 30.

Ídem.

Ídem.

Ídem.

Ídem.

La Vía Campesina se constituyó en el primer encuentro realizado en Mons, Bélgica, en mayo de 1993. Siete meses después tiene lugar la primera jornada de lucha, cuando la Organización Mundial de Comercio (OMC), incorpora en su agenda el tema de la agricultura.
La 2da Conferencia tiene lugar en Tlaxcala, México, en abril de 1996, cuando 19 campesinos del Movimiento Sin Tierra de Brasil son asesinados el 17 de abril, y en cuyo honor se establece que en cada aniversario se celebrará el Día de las Luchas Campesinas. Ese mismo año en la Cumbre Mundial de la FAO en Roma, la Vía Campesina plantea que no se debe patentar la vida y lanza el concepto de Soberanía Alimentaria: el derecho de los pueblos a elegir sus políticas alimentarias. La tercera cita de Vía Campesina se realiza en Bangalore, India en 2000, donde el debate gira en torno a la construcción de alianzas y a la equidad de género. Fuente: declaración de Vía Campesina en: www.viacampesina.org

Serna Alfonso, El movimiento campesino en México: una identidad fragmentada.

Cartilla de Formación interna “Apenoc. Nuestra realidad, nuestra organización, nuestros símbolos, las luchas”