“…se están intentando soluciones basadas en la simulación y la falsedad, sin darse cuenta que nada estable y duradero se puede fundar en la mentira.”
“Así una comunidad enconada y dividida marcha hacia el abismo…”
“Anhelábamos otras soluciones pero la contumacia gorila las ha hecho imposibles.”
Juan Domingo Perón en Para la historia política de los últimos veinte años, 1963.
Esteban Rodríguez
1. Reformas: entre la tibieza de los dirigentes y la incredulidad de la sociedad.
En los últimos días el gobierno recibió un duro golpe de parte de la derecha social y política, un golpe que se averiguaba en las caras largas de preocupación de conocidos y amigos muy cercanos, pero también –por qué negarlo- en las nuestras. A pesar de que no forme parte del espectro político que reconocemos con el nombre de kirchnerismo, a pesar de que no comparta sus criterios de construcción política, y no comparta si quiera su proyecto de cambio social caracterizado por una ausencia de planes elaborados y una fuerte dosis de improvisación, el golpe que recibió el gobierno lo percibimos como una afrenta que iba más allá, que nos golpeaba también a nosotros, que de alguna u otra manera nos alcanzaba también.
No es mi intención acá ponerme a distinguir cuánto de verdad y cuanto de mentira hay en las acciones populistas del gobierno. No es mi intención tampoco repasar las contradicciones en las que se ha movido el gobierno durante todos estos años. Coincido incluso, a grandes rasgos, que se trata centralmente de una crisis al interior de la clase dirigente tradicional, la misma que continúa custodiando, con muchas idas y vueltas, los intereses de las distintas fracciones de la burguesía. Pero como no somos partidarios de hacer tabla rasa, de considerar a todos cortados por el mismo molde, como entendemos que para la lucha de clases los conflictos al interior de la burguesía y sus elites no son inocentes; y como entendemos que en política hay matices -sobre todo muchos matices-, hay algo que no podemos negar: que el gobierno de Kirchner no fue el mismo que el de Menem; que CFK no es Duhalde y tampoco De La Rua. Me reservo las críticas para cada uno de ellos y de justificar las distancias en otro momento. Para plantear las diferencias me basta ahora con la bronca que sentimos, incluso –insisto-, los que no formamos parte del kirchnerismo.
Pero esos matices se pueden averiguar también muy rápidamente, en la política de derechos humanos del gobierno, en la derogación de las leyes de obediencia debida, punto final y los indultos; en la renovación de la Corte Suprema de Justicia; en la política de comunicación pública que desarrolló para los canales estatales abiertos o para cable; en los aumentos a los jubilados; en la contención de las tarifas a los servicios públicos; en la disminución del empleo en negro. Una serie de reformas para nada desdeñables. Reformas, dirán algunos, que anticipaban otras reformas. Reformas, dirán otros, que estaban para perpetuar en el tiempo el estado de cosas. Reformas para avanzar o reformas para bloquear. Como sea, se trata de una serie de reformas que movieron el tablero para muchos actores políticos y algunos (muy pocos) actores económicos.
Y como decía Maquiavelo en El Príncipe: “Hay que reconocer que no hay nada más difícil de realizar, ni más dudoso, ni más peligrosos de conducir, que iniciar un nuevo orden de cosas. Pues el reformador tiene enemigos en todos aquellos que sacan provecho del viejo orden, y sólo tibios defensores en todos aquellos que sacarían provecho del nuevo orden; esta tibieza surge en parte del temor a sus adversarios, quienes tienen las leyes a su favor, y en parte de la incredulidad de los hombres, que no creen realmente en nada hasta que no hayan tenido experiencia real de ello.”
2. Democracia limitada y prueba piloto.
No hay mayor torpeza en política que los consuelos de tontos, sobre todo si el que los dice se los toma enserio. En los últimos días, después del nefasto bochazo de Cobos (y convengamos que Cobos expresaba la pusilánime postura de muchos kirchneristas, de allí que muchos no hayan experimentado el voto del vicepresidente en términos de traición) y otros legisladores a las retenciones móviles, no fueron pocos los que salieron a poner paños fríos al conflicto, sosteniendo que la democracia había salido fortalecida, que ganaba en calidad institucional.
La democracia –se ha dicho- no es una forma de vida, sino una herramienta para alcanzar determinados fines; pero en los países como la Argentina –además- la democracia (con una estructura social desigual) sigue siendo la lucha por la democracia. En ese sentido el bloqueo a las retenciones tendrá un efecto paradójico: no promoverá un debate público, desinhibido, abierto y vigoroso, sino que lo restringirá una vez más. Me explico: En las actuales condiciones, difícilmente se le ocurra al gobierno poner en discusión ante los parlamentarios reciclados medidas de corte distributivas, no sólo porque corre el riesgo de que vayan a parar al cajón, sino por el desgaste del capital político acumulado que representaron las jornadas pasadas. En esta coyuntura, el gobierno difícilmente pueda afrontar otro conflicto que se demore en el tiempo. No imaginaba al actual staff de diputados y senadores debatiendo en torno a una reforma tributaria progresiva, mucho menos lo imagino ahora. Pero no los imagino tampoco discutiendo la reforma de la ley de radiodifusión, con los operadores de los grandes medios de comunicación (a través de los cuales opera también la burguesía) haciéndoles marca personal, trasmitiendo en cadena y manijeando veinticuatro horas al día a la derecha social.
El rechazo a las retenciones no era simplemente un rechazo a las retenciones sino a otras tendencias que estaban queriéndose perfilar para la agenda del Estado, un rechazo implícito a determinadas medidas tímidas que impulsaban algunos sectores que componen el espectro político kirchnerista, medidas que flotaban como amenaza en el imaginario de algunos referentes de la derecha política que milita desde afuera del kirchenerismo (Menem, Romero, Reuteman, los Duhalde, De la Sota, Alfonsín, Moreau, etc.), pero también desde adentro (Scioli, Moyano, Cobos, etc).
El rechazo a las retenciones, entonces, fue la manera de señalar un límite, pero también la oportunidad de ir más allá de ese límite. Ratificar un rumbo reaccionario para la Argentina. Se trataba de crear mejores condiciones, nuevas oportunidades para la derecha desarticulada y dispersa entre distintas fuerzas políticas. El rechazo a las retenciones es la manera de encorsetar el debate en la Argentina, de reandarivelizar las discusiones en función de acuerdos que nos retrotraigan a los términos consensuados en la década del 90, pero también la prueba piloto de la derecha política articulada en torno a determinadas cuestiones que cuentan con la aprobación de los grandes actores económicos y el consentimiento de la mayoría de los sectores medios.
Con todo, la democracia es la excusa para restringir a la democracia. El parlamento no es un espacio para plantear los desacuerdos, sino los acuerdos en torno a una agenda que nos retrotraiga al neoliberalismo del que no terminamos de salir todavía.
3. Retórica, fetiches y farsa.
En los próximos meses la deuda pública pasará a representar el 56% del PBI. Son los vencimientos de los bonos que el Estado emitió en el marco de la crisis 2001 y 2002. Se dice que la plata de las retenciones estaba para cubrir ese bache, es decir, que las retenciones no apuntaban a la distribución de riqueza sino a pagar esos vencimientos. En todo caso, la distribución había que buscarla en el hecho de que el costo de la misma se lo hacía recaer –y con justicia- a los que mejor les estaba yendo. Se sabe, en una economía globalizada, las deudas hay que pagarla, si no se corre el riego de que se incendie el país, digo, sino te lo operan y te lo incendian.
A la distancia, pienso que lo más atinado, hubiera sido plantear eso: hay que pagar la deuda. Pero claro, un gobierno nac&pop, que había pagado la deuda al FMI, que repetía que le había dado la espalda a los organismos internacionales, no podía salir a decir ahora que tenía que pagar otra deuda, o que la deuda ponía límites a la soberanía. Lo mejor era continuar diciendo lo que la gente, algunos sectores del kirchenerismo o satélites a él (las fracciones de la izquierda nacional y centro izquierda sindical o política), querían escuchar: que era una medida de distribución de riqueza, para hacer más hospitales, viviendas, crear fuentes de trabajo, etc. En todo caso, si así lo fuera –repito- lo sería de una manera indirecta, y habría que haberlo dicho: Haciendo pagar la deuda pública a los sectores que mejor les había ido en los últimos años, se estaban creando mejores condiciones para empezar a debatir aquellas medidas directas de distribución de riqueza.
Pero hay algo más todavía, porque cuando el gobierno decía que lo que estaba en juego con “las retenciones móviles” era la distribución de la riqueza, se dejaba correr por izquierda por la derecha política quien rápidamente le salió a responder levantando la prensa de izquierda, haciéndose eco de las críticas que algunos economistas críticos o movimientos sociales venían haciendo al gobierno: que si querían hacer distribución de riqueza porqué no bajaban el IVA, por qué no ponían impuestos a las transacciones financieras, por qué no gravaban las ganancias de interés o las ganancias de capital o las ganancias de la especulación financiera e inmobiliaria; por qué no ponían impuestos a las ganancias resultantes de los fondos de inversión (a los pools de siembra por ejemplo); por qué no generalizaban las retenciones a otros sectores exportadores (por ejemplo a las exportaciones minerales); por qué le dieron el paraíso fiscal a Techint; por qué no apuestan a una salida productiva que agregue valor a los productos, genere trabajo digno y los haga más competitivos en el mercado internacional; etc. etc.
El gobierno fue víctima de su propio discurso, de la retórica a través de la cual buscaba enmarcar las intermitentes y contradictorias intenciones, es decir, de disimular lo que todavía no había hecho. Esta vez no se apelaba a los derechos humanos sino al discurso “nacional y popular”, una arenga cargada de lugares comunes que abrevaba en la historia maniquea de la Argentina del siglo XX.
A través de la pirotecnia verbal el gobierno creaba las condiciones para polarizar un conflicto que demostraba no poder contener. En efecto, apuntando con consignas cargadas de historias pesadas, ponían al otro en un lugar donde no se encontraba. Categorías que los medios masivos de comunicación se encargaron de desarmar fácilmente poniendo a hablar a De Angelis, mostrando alpargatas, boinas y chiripás. “Oligarca” era una palabra que les quedaba demasiado grande, que no se acomodaba a la realidad, que no se la reconocía en la realidad de los cortes de ruta, al menos. La discursividad del gobierno fue desarmada rápidamente con ese artefacto que reconocimos con el nombre de De Angelis. De Angelis no se adecuaba a la imagen del “oligarca”. Bastaba perseguirlo, dejarlo hablar en paisano para que el discurso del gobierno contra el campo se viniera a pique. De Angelis se parecía demasiado al vecino de cualquier pueblo. No era la oligarquía vestida en Barrio Norte, que averiguábamos en los apellidos que recordaban ese linaje. La derecha que militaba De Angelis no era percibida como derecha, así como tampoco fueron percibidos en su momento Nito Artaza o Blumberg.
Visualizarla, requiere de la imaginación política, inventar nuevas imágenes que pueda poner de manifiesto las contradicciones de aquel discurso movilizado por 4x4, vestido de celeste y blanco, y bendecido por la iglesia.
Hay que tener cuidado cuando se toman prestadas palabras cargadas de historia, porque no siempre tienen la fuerza para recrear escenarios que generan mejores condiciones para las acciones que se pretenden. Caso contrario, se correrá el riesgo de representar una nueva farsa.
4. Déficit de historicidad: subestimación y sobrestimación.
Por una vez, el gobierno coincidió con la izquierda, cuando subestimaba a la clase media argentina. En efecto, el gobierno leyó mal a las elecciones del 2007, y lo hizo porque tiende a subestimar el lugar que ha llegado a ocupar esa clase. Cuando discriminamos el voto, nos damos cuenta que al FPV no lo votó la ciudad sino las periferias y conurbanos de aquellas ciudades. No hace falta demasiada sociología para darnos cuenta que el voto en la Argentina tendió a quedar polarizado otra vez, es decir, fue un voto segmentado según las clases sociales. En otras palabras: la clase media en general dio la espalda a CFK. El gobierno no puede hacer política dándole la espalda a este dato sino con ese dato muy presente.
Eso por un lado, porque por el otro el gobierno sobredimensionó el poder que construyó en los 4 años anteriores desde la gestión, perdiendo de vista que el oxígeno que tuvo (la incuestionabilidad de parte de la derecha, incluso de la derecha del PeJota) se explicaba en la confianza puesta en un gobierno que tenía la tarea de reposicionar a la institucionalidad dañada, a una lógica representativa puesta en tela de juicio, y para lavarle la cara a la eterna clase dirigente, a las elites políticas.
La soberbia de los K no sería sino la sobreestimación de su capital político, quiero decir, la del dimensionamiento exagerado que hicieron del poder acumulado en los años anteriores, un poder que no fue cuestionado porque el resto de la clase dirigente tampoco tenía la legitimidad para hacerlo públicamente puesto que estaban devaluados frente a la sociedad en general, y tuvieron, por eso mismo, rienda suelta para hacer, pero sobre todo para decir.
Sin embargo, debería haberse previsto que tarde o temprano, el kirchnerismo encontraría límites y voces expresando esos límites. El conflicto con el campo constituyó el contexto para pasarles boleta.
En cuanto a los intereses de los grandes actores económicos el gobierno supo manejarse con mucha cautela en estos cuatro años. Pero al plantear la crisis del neoliberalismo como crisis definitiva, al postular el gobierno como bisagra, se estaban comprando un conflicto que, tarde o temprano también, iba a aparecer por algún lado. Las retenciones móviles fueron leídas como la oportunidad para recordarle al gobierno las reglas de juego neoliberales que alguna vez ellos mismos impulsaron.
La derecha política supo aprovechar la ventana de oportunidades que se le abrió con el conflicto con el campo y le permitió encontrar visibilidad para varios cuestionamientos que venía realizando y que no llegaban a tener trascendencia pública. Ni siquiera las elecciones del 2007 fueron una vidriera para poner sobre el tapete aquellas críticas. Lo que quiero decir, es que el conflicto con el campo le permitió a la derecha política fraccionada unificarse y ganarse el consentimiento para los ítems que ahora adquirían notoriedad pública.
El gobierno tendría que haber previsto que un conflicto podría poner en movimiento el silencio de la derecha social. Pero tal como estaban barajadas las cosas, todo indicaba que el gobierno elegiría poner la realidad donde más le gustaba, donde la había militado los años anteriores, sin advertir que los cambios de humor en la arena social empezaban a fermentar.
Este conflicto se construyó sobre la movilidad social de distintos sectores de clase media (chacareros, comerciantes, maestros, estatales, periodistas exitosos y de medio pelo, universitarios, profesionales, etc.). Esa clase media indolente, en su conjunto, constituye –como señaló recientemente María Pía López en un artículo publicado en Página/12- la derecha social. Los sectores que la componen son los mismos que también apoyaron a la dictadura del 76; los que gritaron en el Mundial 78; se enorgullecieron con la toma de las Malvinas; los que sacaron a Galtieri y votaron a Alfonsín; los que voltearon a Alfonsín; esa derecha social es la que apoyó la reforma del Estado menemista; la que sacó a Menem y puso a De la Rua; la que sacó a De la Rua; la que apuntó contra los piqueteros, marchó con ella y volvió a apuntarle. La que estuvo con Blumberg. Estoy simplificando, pero la clase media anónima, que no sabe ponerse en el lugar del otro, que actúa en función para proteger su bolsillo y el bolsillo con los que se siente identificado y fascinado; esa clase media entrenada frente al televisor, interpelada muy bien por los grandes medios masivos de comunicación que saben y tienen recursos para operar las 24 hs del día sobre su sentido común, ha llegado a ser en la historia política argentina un haz en la manga para muchos actores políticos y económicos, una carta que el gobierno no supo manejar, y que no la puede manejar apelando al aparato clientelar o sindical o a la retórica de los movimientos sociales nacionales y populares.
Además, otro dato, que se explica en parte en las jornadas del 2001 (que debería llevarnos a revisar qué fue el 2001): esa clase media inorgánica a los partidos, pero orgánica a las personalidades (mediáticas), ya no se limita a indignarse y expresar su fascismo a través de llamados telefónicos a la radio. Sale a la calle, escracha, golpea ollas, toca bocina, y encima ahora sabe cortar rutas.
5. ¿Populistas o republicanos?
Finalmente el gobierno se equivoca cuando escoge la vía parlamentaria para saldar el conflicto; y que conste que no lo digo porque no se hace cargo del presidencialismo que caracteriza a la Argentina. En realidad el equívoco forma parte de una duda más general: no se decide qué sesgo imprimirle al gobierno de cara el “Bicentenario”. ¿Populistas o republicanos? Una cosa o la otra, no se puede ser populista y republicano al mismo tiempo, una advertencia que –imaginamos- se la debe haber hecho Moyano a la presidenta. Ya lo decía el General: cuando se cabalgan dos caballos al mismo tiempo, ya se sabe como termina la cosa.
Comprendo que la parlamentarización del conflicto fue la estrategia errada para sobrepolitizar, es decir, empañar las voces de los actores sociales con las impresentables voces de la clase dirigente más rancia, la derecha política y al hacerlo, clausurar la las consecuencias del discurso del otro. El tema es que eso no sucedió. Los actores sociales manejaron con cautela su relación con los actores políticos, manteniendo incluso una distancia prudencial, prefiriendo elegir como voceros e interlocutores a aquellos que se había presentado como intérpretes transparentes desde el primer momento: los periodistas (Clarín, La Nación, Crítica y una larga caterva de periodistas alineados). Aquí cabe la el consejo del viejo Vizcacha radical, el Chacho Jaroslavsky, cuando nos advertía moverse con cuidado con esos diarios, que no dudan en atacar a los gobiernos como un partido político y luego, cuando uno les responde, se defienden con la libertad de prensa.
El gobierno jugó en el límite, y en ese límite se justifica el uso de metáforas exageradas que tendían a polarizar el conflicto. Sucede que llegaba a ese límite por pereza política, ante la incapacidad de crear nuevas imágenes fuerza para poner de manifiesto un cuadro de situaciones que no era el mismo que le tocó vivir a Perón en el 54/55.
La actual gestión vive con culpa el populismo que la derecha social y política (por no hablar de la izquierda, pero dijimos que esta no es un problema) le continúan reprochando. Para la derecha política antikirchnerista es un remanente autoritario que impugna y pone en crisis a las instituciones democráticas. Para la derecha política kirchnerista, si bien se justifica en contextos electorales, se transforma o puede llegar a transformarse en un dolor de cabezas cuando llegaron a la banca.
El populismo no es aquello que se opone a la democracia sino, por el contrario, el proceso político que puede contribuir a crear mejores condiciones para la democracia de masas en contextos traumáticos como los que le tocó vivir a los pueblos de América Latina, donde las dictaduras cívico militares y el neoliberalismo nos privaron, entre tantas otras cosas, de una institucionalidad dispuesta a vehiculizar las demandas sociales, sobre todo aquellas que proliferaron de los movimientos sociales.
Como dijo Ernesto Laclau: “Si hay un peligro para la democracia latinoamericana, viene del neoliberalismo y no del populismo.” La emergencia populista es la impronta del peronismo en la política argentina. Por más desgastado que se encuentre el peronismo, por más contradictorio que sea, sigue siendo la única fuerza política susceptible de producir en el corto plazo una “ruptura populista” que pueda crear mejores oportunidades para movilizar a los actores sociales, para continuar politizando las demandas sociales.
No vamos a desconocer que hay una serie de justificados peligrosos, sobre todo para los movimientos sociales autónomos a las estructuras políticas o sindicales, pero más allá de estos riesgos que habremos de correr, el populismo sigue siendo, en América Latina, una de las oportunidades para expandir la democracia. Para ejemplos basta con nombrar a Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Correas en Ecuador, incluso, por qué no, Lula en Brasil.
Sin embargo, después de la crisis con el campo, el gobierno se debatirá esta cuestión. Tendrá que elegir entre una salida populista recostada sobre los movimientos sociales nacionales, el aparato clientelar y los sindicatos tradicionales; o una salida conservadora que haga igualmente hincapié en el clientelismo político y la burocracia sindical, pero también en figuras con mejor imagen pública entre la derecha social como Daniel Scioli.
¿Tendrá margen el gobierno para optar una u otra salida, podrá oscilar entre ambas soluciones o la balanza se inclinará hacia el estatus quo anterior?
Mientras tanto, si el gobierno no revisa lo que hizo, continuará dilapidando su caudal político y las demandas sociales encontrarán otra vez una muralla rigurosamente vigilada.
6. Apoyos condicionados y el riesgo de convertirse en otro cometa Halley.
No quiero dramatizar pero en los últimos días muchos sentimos que el destino del país se estaba jugando en la suerte que iba a correr una resolución del Ministerio de Economía, si entendemos –claro está- que en ella se estaba discutiendo mucho más que eso. Pero como dice un amigo, los términos en que ha sido planteado el “debate”, o el terreno al que ha sido llevado, ha mostrado, a la vez, todos los flancos débiles de una estructura de gobierno que todavía debería entenderse como débil. Y esa debilidad –como me recuerda otro amigo- habría que buscarla no sólo en la derecha social sino en la derecha política militada también al interior de los aparatos tradicionales que componen el PeJota. Ese mismo aparato que le permitió al kirchnerismo ganar otra vez las elecciones, pero que ahora empieza a mostrarle los límites de su apoyo condicional.
En fin, es prematuro para sacar conclusiones, pero coincido en que hay que mirar para adelante, continuar apostando en nuestras experiencias, pero hay que estar muy atentos de lo que allí suceda. La respuesta a semejante cuestión tendrá consecuencias reales sobre todos nosotros.
No estoy diciendo que el futuro de los movimientos y otras experiencias sociales se dirima en esa elección, porque es como decir, que el futuro del país depende otra vez de la interna del PJ, según como se diriman los conflictos en el peronismo. El peronismo no es lo que fue en las décadas pasadas, sobre todo entre las décadas del 40 y el 80. Pero tampoco vamos a hacer tabla rasa de esta cuestión. Insisto: en los contextos latinoamericanos, no será lo mismo la salida populista que la salida republicana. Desconocer las diferencias que existen en un caso y en otro puede llevarnos a transitar el derrotero de la izquierda tradicional, y convertirnos en otra patrulla perdida en el espacio sideral.1
1- Que conste que no nos interesó revisar en este ensayo el lugar lamentable que la izquierda tradicional ocupó en este conflicto, papel que en todo caso certifica no sólo su ostracismo social en la historia de la Argentina sino lo perdido que se encuentra estos tarambanas en el mundo de las ideas. Su militancia al lado de la derecha social, de la Sociedad Rural, la Iglesia, de Carrió, el alfonsinismo, el duhaldismo, nos corrobora la infancia perpetua que parece haber decidido para sí esa izquierda. Hace tiempo que la izquierda en general dejó de tener una inscripción crítica real. Pero la izquierda tradicional (leninista, maoísta o tronquista) nunca fue un problema para la derecha, fue la excusa perfecta y el chivo expiatorio para tantas otras cosas, no lo dudo, pero tal como estuvieron correlacionadas las fuerzas en los distintos momentos de la Argentina, el problema nunca ha sido esa Izquierda, salvo que acotemos la Argentina a la ciudad de Buenos Aires o, mejor dicho a la Universidad de Buenos Aires; aunque pensándolo bien, allí tampoco parece ser un problema, sino el síntoma de la esquizofrenia juvenil de la clase media argentina. Hoy, el problema, es Carrio, Macri, Duhalde. La izquierda –como dijo Bombita Rodríguez- sólo es un problema para los padres que tienen sus hijos en la Universidad, que no obstante financiar sus estudios, los muy desagradecidos se empiezan en cuestionar y en considerarlos sus enemigos. Por eso mismo, y por muchas cosas más que no vienen al caso, la izquierda tradicional es una nota a pie de página en la Argentina.