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A propósito de “Estado y marxismo. Un siglo y medio de debates” compilado por Mabel Thwaites Rey

 

“Una vez planteada la pregunta, ya no iba a desaparecer.”
Doris Lessing en La grieta, p. 51.

“Pero una idea necesita tiempo para dar a revelar sus facetas, sus luces y fuegos cambiantes.”
Don De Lillo en Libra, p. 40.

“Nadie puede considerarse guardián de dogmas y textos sagrados.”
Nikos Poulantzas en Estado, poder y socialismo, p. 2.

 

Por Esteban Rodríguez*

 

Althusser solía decir que “solo una teoría ‘finita’ puede ser realmente abierta.” Si somos materialistas rigurosos, tenemos que concluir o mejor dicho debemos empezar reconociendo que el marxismo es una tarea pendiente, una praxis que hay que reinventar todo el tiempo, un campo que debemos explorar permanentemente porque todo el tiempo lo estamos reescribiendo a partir de las nuevas apuestas teóricas, pero sobre todo, a partir de las nuevas experiencias que se hacen cargo de las empresas inconclusas y de los nuevos interrogantes que plantea cada nuevo estado de cosas para esas experiencias.

Si volvemos sobre el Estado una vez más, y lo hacemos desde la perspectiva “marxista”, lo hacemos con la siguiente sospecha: El Estado que le toco a Marx es muy distinto al Estado con el que tuvieron que medirse Lenin, Gramsci, Poutlanzas, Miliband, Foucault, Offe, Negri o Holloway y muy distinto –agregamos también- con el que tenemos que medirnos nosotros ahora, acá, en Latinoamérica. Eso no habla mal de Marx, mal que le pese a los marxistas. Marx no escribió para las futuras generaciones sino con el deseo de intervenir críticamente en la sociedad que le tocaba. Es como si Marx nos hubiera prevenido: Tarde o temprano, cada nueva generación tendrá que medirse con el Estado y deberá ensayar alguna respuesta y esa respuesta no se responde apelando a la bibliografía donde fuimos entrenados, con los autores que nos maravillaron y decidimos hacerlos nuestros de una vez y para siempre. Si hacemos del pasado el lugar de la autoridad dejamos de ser materialistas para volvernos fetichistas, dogmáticos, tradicionalistas. Cada nueva generación, tiene el derecho a tener una tesis, y esa tesis puede impugnar la perspectiva de los autores clásicos. No hay, o no puede haber vaca sagrada en el marxismo.

¿Qué es el Estado? ¿Qué es el Estado para el marxismo? Y sobre todo ¿qué es el Estado capitalista y el Estado socialista? ¿Cómo función, cuál su papel? La respuesta a semejantes preguntas no fueron cuestiones sencillas de responder, incluso para el propio Marx, al que sorprendemos arribando a diferentes conclusiones para casa caso concreto que se disponía analizar. No había una única hipótesis, o no se podía aprehender la cuestión postulando una sola tesis. Estamos ante una serie de interrogantes con montones de lagunas no solo en la propia escritura de Marx, sino en el marxismo de la IIª y la IIIª Internacional. Como nos recuerda Ralph Miliband, la cuestión fue desatendida, simplificada y hasta desautorizada por el marxismo ortodoxo, ese marxismo positivista, tributario de las posiciones economicistas, que tendía a cargar todo a la cuenta de los modos de producción.

En efecto, no debería perderse de vista, que para el propio Marx, la pregunta por el Estado, es una cuestión que ha sido saldada de diferentes maneras. Sabemos de memoria que el Estado tiene el monopolio de la fuerza, pero debemos saber también que tiene el monopolio de la identificación, que hay una dimensión negativa pero también una dimensión positiva que se averigua en la construcción de los lazos sociales. Basta repasar las tempranas páginas de “La cuestión Judía.” Pero sabemos también que no es lo mismo el Estado liberal organizado en torno a la lógica de la representación o la alienación política, que el Estado bonapartista, reorganizado en torno a las prácticas carismáticas y clientelares o la fetichización política. Y que no es lo mismo la dictadura del proletariado que la Comuna.

Lo que quiero decir es que en Marx no vamos a encontrar una “teoría general del Estado”. No existe una concepción más o menos sistemática sobre el Estado. No vamos a hallar en Marx un libro como “El capital” referida a esta problemática. Lo que no significa que Marx no haya  abordado la cuestión. Al contrario, como sugerimos recién, si revisamos su bibliografía lo sorprendemos volviendo todo el tiempo sobre semejantes preguntas. El tema merecía una atención permanente no solo en sus escritos periodísticos, que después se transformaban en libros, sino también en su correspondencia privada.

La pregunta por el Estado, entonces, será una pregunta recurrente y transversal. Recurrente porque hay que responderla no perdiendo de vista las particulares condiciones históricas de la lucha de clases; y transversal porque las relaciones políticas no constituyen una instancia separada y separable de las relaciones económicas, no son el mero reflejo de las relaciones de producción, sino que constituyen su nudo, van creando dialécticamente las condiciones para que las relaciones de producción sean de esa manera y no de otra. La pregunta por el Estado no se responde mecánicamente apelando a las relaciones de producción.

Como dijo Engels, “todo es relativo y nada absoluto.” “Lo que le falta a estos señores es dialéctica.” (Engels; 386) No hay que perder de vista las interacciones entre las distintas esferas: la economía condiciona a lo político y a lo cultural, pero también lo político y lo cultural, condicionan a lo económico. Si el Estado no es una escenografía que decora las relaciones de producción, tampoco debería acotarse su influencia a la mera reproducción de las relaciones de producción. Basta echar una ojeada al “Dieciocho Brumario de Luís Bonaparte”, sugería Engels en la correspondencia a Honrad Schmidt, para darse cuenta del protagonismo que tienen las relaciones políticas. No cabe duda que en el sistema capitalista la situación económica es la base, “pero en el curso del desarrollo histórico de la lucha, ejercen influencia también, y en muchos casos prevalecen en la determinación de su forma, diversos elementos de la superestructura: formas política de la lucha de clase y sus resultados, es decir, las Constituciones impuestas por la clase triunfante después de su victoria, etc. las formas jurídicas, e incluso el reflejo de todas esas batallas reales en el cerebro de quienes participaron en ellas, las teorías políticas, jurídicas y filosóficas, las convicciones religiosas y su evolución posterior, hasta convertirse en un sistema de dogmas. Hay una interacción de todos esos elementos, dentro de la interminable multitud de accidentes.” (Engels; 379) De modo que si el elemento económico es el determinante solo puede llegar a hacerlo en última instancia diría Engels en una frase que haría después famoso a Althusser.

La pregunta por el Estado, entonces, será respuesta de diferentes maneras. Salvo que dejemos de ser marxistas y creamos que la historia terminó en el siglo XIX o en 1917. Para decirlo brevemente: El Estado no siempre será el mismo Estado. Por más que lo nombremos siempre de la misma manera, por más que definamos al Estado como aquello que está ahí, que tiende a reproducir los términos de las relaciones de producción, el Estado no siempre tuvo el mismo lugar, ni siquiera para la propia burguesía o para las distintas fracciones de la burguesía, a las que, dicho sea de paso, las sorprendemos dos por tres disputándose el sentido de las políticas hegemónicas que debería asumir el Estado.  

Estas diferentes interpretaciones en torno al Estado, antes de estar informándonos sobre supuestas contradicciones en la obra de Marx o en el marxismo, nos están hablando –me parece- de la imposibilidad de pensar en términos de “teoría general”. No se puede acotar la problemática a una definición sistemática que formulemos de una vez y para siempre. Estamos ante una cuestión compleja y abierta que reclama diferentes respuestas según las circunstancias. Como dice Zavaleta: Si hay una teoría del Estado es la historia de cada Estado. ¿Acaso la categoría de bloque histórico que postulaba Gramsci, y que le servía para explorar las relaciones dialécticas entre el las relaciones de producción y el estado ampliado (dominación y hegemonía), no es un bloque histórica nacional, es decir, una relación orgánica que hay que analizarla sin desapercibir también las condiciones particulares para cada caso?

Todos estos temas son los problemas que se repasan en el libro “Estado y marxismo” coordinado por Mabel Thwaites Rey. Un libro que revisa un siglo y medio de debates, de discusiones -entonces- interminables en torno al Estado. En el recorrido que se nos propone se dan cuenta de aquellas querellas que se disputaban el sentido actual que tenía el Estado, pero también de los pasadizos secretos o de los libros que no se podían citar, pero que sobrevolaban como fantasmas. Porque muchos de estos autores reescribieron a Marx con las lecturas de los textos que provenían de una tradición política contraria.

Este libro propone volver a discutir el Estado, porque parte de la siguiente sospecha: tenemos Estado para rato y si no lo pensamos nosotros también, lo pensarán las elites en sus propios términos y en función de los intereses de clase que representan y atienden.

Además, el libro, propone volver a reflexionar sobre el lugar que tiene el Estado en la sociedad, y al hacerlo retoma una vieja hipótesis que considera vigente: la centralidad del Estado como instrumento emancipatorio; la actualidad del Estado en los procesos de transformación social. El Estado sigue siendo otra herramienta política para crear mejores condiciones a los procesos de lucha que llevan a cabo los movimientos sociales, políticos o culturales. Vigencia que se justifica, para decirlo con las sospechas de Mabel, porque interpelar al Estado significa recuperar la existencia de lo nacional, la oportunidad para repensar lo regional, para –con todo- hacer frente a lo global.

Eso por un lado, porque por el otro, recuperar la noción del Estado implica reconsiderar la existencia de lo público colectivo condensado en determinados aparatos como lugar donde se cristalizan debates, que son también las relaciones de fuerza. En efecto, al impugnar la neutralidad estatal, en tanto falsedad ideológica, no significa que debamos desentendernos –incluso- del Estado burgués. El Estado no es un bloque monolítico, exterior a la lucha de clases; en la medida que es la expresión cristalizada de determinadas relaciones sociales contradictorias y desiguales, se impregna de todas ellas. No hay sólidos perfectos, siempre hay fisuras y hay que saber jugar con ellas para propagar la fractura. Volver sobre el Estado será tener en cuenta la dimensión contradictoria de lo estatal, no perdiendo de vista la materialidad del Estado, las prácticas que la componen, las relaciones sociales a través de las cuales se las reproduce, impugna o disputa.

Así como no hay que esperar a la revolución para construir el comunismo (sociabilidad colectiva y solidaria que se va anticipando en las experiencias sociales a través de las cuales se organizan los sectores subalternos), la destrucción del estado burgués o mejor dicho, la transformación radical del Estado comienza mucho antes, que la toma del estado, sea a través de la revolución o ganando una elección. Las luchas prefigurativas de las que nos habló alguna vez Gramsci no se limitan a la anticipación del comunismo o la creación de un doble poder. También apuntan a la clausura espacios de represión o identificación fetichizante en el Estado y a la apertura de espacios de organización social. En ese sentido, pensar al Estado como una estructura política contradictoria, significa advertir los núcleos de buen sentido que pueden llegar a interpelarse (siempre en el marco de procesos de lucha) para incidir sobre el sentido que está en juego en cada una de las prácticas que componen al Estado.

Una disputa que no está exenta de riesgos, mucho de los cuales fueron ampliamente analizados por Lenin, Gramsci o Poutlanzas, vaya por caso el ministerialismo, el transformismo, o la reacción del adversario. Pero la advertencia a tiempo de los peligros no sortea de por sí a los escollos y tampoco los resuelve. Por eso es importante realizar estas disputas, al interior de los procesos de lucha y no fuera de ellas.

El extrañamiento con el que suele pensarse al Estado burgués, suele ser la consecuencia de la teoría bolchevique del doble-poder, pero también de las circunstancias desfavorables que nos tocan. Esa exterioridad con la que suele percibirse a lo estatal (el Estado no soy yo, es el otro, un otro que se presenta con una sola cara) no nos está hablando de la realidad del Estado sino cómo quedaron correlacionadas las fuerzas en el período inmediatamente anterior, es decir, nos está informando sobre la derrota pasada, de la fragmentación actual, pero también de las luchas que no logran todavía salir a la superficie, que no logran coordinarse o articularse, nos habla de la mezquindad, de la pereza teórica pero también de la falta de imaginación política.
 
Para decirlo con las palabras de Henri Lefebvre: “si las fuerzas sociales se estancan, si no entran en acción, cualesquiera sean ellas, si se equilibran entre sí, si se neutralizan, el Estado forma siempre un bloque. Un bloque aparentemente monolítico. No hay fisuras ni hendiduras en el aparato estatal. No hay movimiento, no hay posibilidades políticas en esos períodos de estancamiento, aparte de la acción dentro del Estado, aceptando sus estructuras. (…) Pero cuando las fuerzas sociales empiezan a moverse, parecería que temblara la tierra bajo este edificio que daba la impresión de ser tan sólido y equilibrado. Y enseguida aparecen fisuras donde antes veíamos una pared vertical. Y lo que parecía una simple fisura se convierte en una honda grieta. Inmediatamente todo se desplaza en ese gigantesco edificio, en ese aparato estatal, y el bloque se pone en movimiento. Y se presente la posibilidad de cambiar algo en él.” (Lefebvre; 78/79)

En definitiva, como se puede advertir, el marxismo no es la respuesta para todas las preguntas, sino el pretexto para continuar ensayando la crítica, orientando nuestras dudas, formulando preguntas, la excusa para continuar debatiendo pero poniéndole el cuerpo a las sospechas que tanteamos colectivamente; para aventurarnos en la experiencia.

Termino entonces citando otra vez a Althusser, y de paso completo la frase con la que empezamos este ensayo, una frase o mejor dicho un legado que los autores de “Marxismo y Estado” recogieron en sus intervenciones:

“La idea de que la teoría marxista es ‘finita’ excluye por completo la idea de que sea un teoría ‘cerrada’. Cerrada es la filosofía de la historia, ya que encierra en sí y anticipadamente todo el curso de la historia. Sólo una teoría ‘finita’ puede ser realmente abierta a las tendencias contradictorias que descubre en la sociedad capitalista, y abierta también a su porvenir aleatorio, a los impredecibles ‘sorpresas’ que no han cesado de marcar la historia del movimiento obrero; abierta y por lo tanto atenta, capaz de tomar en serio y asumir a tiempo la incorregible imaginación de la historia.”


Bibliografía citada:

Althusser, Louis; "El marxismo como teoría finita" en AAVV, Discutir el Estado, posiciones frente a una tesis de Luis Althusser, Folios, Bs. As., 1983.
Engels y Marx; Correspondencia. Cartago, Bs. As., 1973.
Lefebvre, Henri; Los marxistas y la noción de Estado. (1960) Carlos Pérez editor. Bs. As., 1968.
Miliband, Ralph; El Estado en la sociedad capitalista. (1969) Siglo XXI, México, 1970.
Poulantzas, Nicos; Estado, poder y socialismo. (1978) Siglo XXI, México, 1979.


* Abogado y Magíster en Ciencias Sociales en la Universidad Nacional de La Plata. Docente, investigador y extensionista en la UNLP y UNQ. Autor de “Vida lumpen: bestiario de la multitud” (2008) “Estética cruda” (2003); “La invariante de la época” (2001); “Contra la prensa” (2001) y “Justicia mediática. Las formas del espectáculo” (2000). Coautor de “La radicalidad de las formas jurídicas” (2002); “La criminalización de la protesta social” (2003); “Pensar a Cooke” (2005), “Políticas de terror. Las formas del terrorismo de Estado en la globalización” (2007) y “Reflexiones sobre poder popular” (2007). En la UNLP se desempeña como Profesor de “Teoría Social del Estado” (Fac. de Periodismo y Comunicación Social) y “Estado, sociedad y poder” (Fac. de Humanidades y Ciencia de la Educación). En la UNQ (Universidad Nacional de Quilmes) como Profesor de “Estado, poder y comunicación”. Miembro del colectivo cultural La grieta.