¿Hay vida después de Cromañón?
QUE NO SE CAIGA EL ROCK
por Jorge Falcone
“los jóvenes quieren un poco de amor
perdamos el miedo al ROCKANROLL
no dejes que el miedo destruya tu amor
no dejes que nada destruya tu amor
no dejes que el gobierno destruya tu amor
no dejes que tu religión destruya tu amor
no dejes que la escuela destruya tu amor
no dejes que las leyes destruyan tu amor
no dejes que la soledad destruya tu amor
no dejes que la miseria destruya tu amor
no dejes que nada destruya tu amor”.
Los Gardelitos
Desde lejos no se ve
Y cuanto vale ser la banda nueva…
El rock nacional involucra a sus flamantes cultores y a quienes fuimos testigos del momento en que abandonaron los covers en inglés para adoptar definitivamente nuestra lengua. Desde arriba o desde abajo de un escenario, en cada sala de ensayo o en el propio barrio, todos esos constituimos “el palo”.
En el caso particular de quien escribe estas líneas, a la edad que hoy tienen los fans de Callejeros -salvo honrosas excepciones (como es el caso de Gieco, Moris, o Manal)- me identificaba más con la canción latinoamericana “de protesta” que con la llamada “música progresiva nacional”, considerada por buena parte de la militancia de entonces como näif y evasiva. Eso no impidió que, en un curso de formación política encarado por los Montoneros, el compañero a cargo, un nostálgico porteño de Flores, nos entusiasmara a todos con sus temas rockeros predilectos, ya fueran grabados o interpretados en vivo por él mismo. Más tarde, y producto de la onda expansiva nacionalista que dejó el conflicto de Malvinas, quienes por aquellos días enfrentábamos a la dictadura militar más feroz de nuestra historia comprobamos la capacidad movilizatoria del rock nacional, y encontramos en los célebres conciertos celebrados en el Estadio Obras un terreno fértil para profundizar el debate al que gran parte de la juventud argentina parecía predispuesta. Los pibes demandaban buena memoria a los ídolos del ayer que pretendían reciclarse: Al Piero que volvió “Manso y tranquilo” le pedían “Para el pueblo lo que es del pueblo”, al Cantilo que en la “movida madrileña” inventó Punch, le exigían “La Marcha de la Bronca”. Porque el rock genuino reclama rupturas con la sociedad de consumo y el pensamiento impuesto, y porque los jóvenes argentinos llegaron a la democracia hartos de lobotomías informativas. Tiempo después, el consumo de drogas invadió mi entorno afectivo, decidiéndome a profundizar en ese universo musical indómito que, según supuse, me permitiría comprender -y acaso compartir- códigos e imaginarios que se me estaban escapando fatalmente. Fiel testimonio de dicha preocupación es el texto que grabé con mis amigos de La Mancha de Rolando para el tema “Perder Conexión”, del CD “Animal Humano”, y que tuve oportunidad de interpretar en vivo ante un numeroso público rockero, en un recital de dicha banda brindado en el boliche porteño La Colorada, del barrio de Caballito. Pero mi comprensión más profunda del potencial contestatario y transformador que el rock encierra se dio cuando, en la primavera de 1997 comencé a registrar lo que luego serían aproximadamente 30 entrevistas a grupos barriales (algunos hoy consagrados) para compaginar esa encuesta en un largometraje documental cuyo objetivo oscilaba entre promover aquellos nuevos valores musicales y echar un poco de luz sobre el tema, para desmontar ciertos prejuicios adultos al respecto. Acaso mi necesidad actual de poner en común estas reflexiones por escrito sea un síntoma más del ya largo proceso de “digestión” de aquella experiencia tan movilizadora, lo que también me ratifica el camino escogido por la inteligencia emocional para la comprensión de la realidad, peculiaridad que habitualmente me lleva a ponerle el cuerpo a ciertos dilemas muchísimo antes de entender racionalmente porqué lo hago. Lo cierto es que mis hipótesis principales de aquel entonces fueron las siguientes:
- En cada barrio hay un pibe cantando nuestra historia
- Muchos letristas de rock se constituyen -aún sin saberlo- en una suerte de “Rodolfos Walsh anónimos”, frecuentemente más audaces que muchos periodistas de profesión.
- La banda de rock barrial opera como un enclave identitario desde donde los más jóvenes se guarecen de una sociedad excluyente, diseñada por los adultos.
A la fecha, no sólo estoy en condiciones de convalidar mis presunciones, sino que considero que el rock nacional constituye una de las ideologías vigentes que más códigos de lealtad y valores de confraternidad ha conservado. En una sociedad vapuleada y descreída, el rock mantiene a resguardo algo así como lo que para nuestros mayores fuera la “palabra de honor”. Y sigue engendrando lucidez.
Estoy tan solo y triste aquí, en este mundo abandonado
No poca verba se ha gastado de un tiempo a esta parte para facilitar la comprensión del “escenario Cromañón”. Tratando de ensayar nuevas hipótesis y de no explayarme sobre lo ya dicho, me limitaré a subrayar -como punto de partida de mi análisis- la situación de desamparo de buena parte de la juventud de los sectores más castigados de la sociedad, que hoy ven como remota hasta la más elemental utopía de bienestar. Como si esto fuera poco, del soldado Carrasco a María Soledad Morales (pasando por Walter Bulacio) la democracia no los ha rigoreado demasiado menos que la dictadura. Esos pibes y pibas desangelados que pueblan las esquinas, los pools y las salas de juegos electrónicos de allende la Gral. Paz son hoy el principal sustento de las bandas de mayor repercusión popular, como Los Piojos, La Renga, La 25, Los Gardelitos, Villanos, etc. A esta altura no resulta muy audaz afirmar que la periódica reunión de la familia rockera supone la celebración de un ritual de re-conocimiento y ratificación que incluye una comunicación verbal (las letras de cada banda, los cantitos de la barra, la inscripción en los “trapos”) y otra no verbal (el peinado, la indumentaria, la gestualidad) A la vez, iniciada la ceremonia de un recital, ésta trae consigo el casi infaltable ejercicio del pogo, suerte de forcejeo entre fans que disputan un lugar preferencial en primera fila, frente a su banda; y el mosh, verdadera comprobación de lealtad del público a sus músicos, capaces de arrojarse sobre la multitud con la garantía de que serán barajados, paseados por la platea sobre muchas manos, y devueltos finalmente al escenario. Resulta imprescindible comprender la energía que el rock desata, pues sólo eso explica que para curtirlo haya que encontrarse en montón. Toda esa polenta no se puede encerrar en un disco. Es a la luz del contexto y la liturgia descritos que puede intentarse una aproximación a los móviles de un pibe que -desoyendo la advertencia de sus ídolos- se lanza a disfrutar de un instante fugaz de protagonismo, y enciende una bengala para prolongar cuanto sea posible ese “aquí y ahora” que lo recorta del anonimato cotidiano.
Vamos a brillar, mi amor!
Somos los mismos de siempre
La mayoría de las tribus suburbanas que componen un público como el de Callejeros sobrevive en su barrio haciendo changas esporádicas o estirando las horas en el kiosko o la esquina. Existencia gris apenas interrumpida cuando pinta una fecha de su banda. Sólo entonces aquellas tribus vuelven a comprobar que siguen vivas. Cualquier sacrificio será válido pues para llegar primero. Y el objetivo superior, acaso, será topar cara a cara con sus ídolos, obtener algún autógrafo o merchandising de ocasión. O producir la hazaña individual de hacerse ver inevitablemente, montado/a a hombros de otro fan. Pero encender una bengala es el recurso que cuenta con mayores posibilidades de capturar la atención de la banda. Y ese logro es la garantía final de que la espera no fue en vano. El éxtasis total.
Jamás fue de esos chorritos soretes que aventajan a un obrero
Cuál es el punto de inflexión capaz de convertir una fiesta en tragedia … En el caso del rock en general -y de Cromañón muy en particular- acaso haya que buscar la punta del ovillo en la ruptura de esos códigos de lealtad propios del rock. Esto debe sondearse exactamente en el momento en que algún sector del público -aún desde los móviles que aquí se aventuran- hace caso omiso al consejo de su referente musical (pero ético a la vez), abandona por un breve instante la corporación rockera y, por ser uno en la multitud, arriesga lo más preciado que tiene: su pertenencia al palo. Aquí no se pretende ejercer un análisis de entomólogo sobre un fenómeno sicosocial determinado desinsertándolo de la sociedad que lo engendra y contiene, pero detenerse en un aspecto tan específico como la violación del pacto de convivencia rockera supone reparar puntualmente en el hecho de cómo incide la situación general en este ámbito particular. Más aún cuando la “corporación rockera” recurre a menudo a la delimitación de lealtades y traiciones, como lo demuestra -por citar un ejemplo próximo- el contrapunto vivido por Pato Fontanet y un fan del montón que, cuando el primero amenazó con no volver a tocar si se seguía “bardeando” con pirotecnia, este replicó airadamente desde la multitud: “Callate, Indio Solari!”. Para quienes adherimos visceralmente al “fenómeno ricotero”, “escrachar” al Indio significa prácticamente una herejía. Pero quien escribe estas líneas entiende que el fan de marras reaccionó desgarrado y con ira ante la posibilidad de que otra banda “grossa” “se corte por la libre” y se disuelva como hicieron Los Redondos, dejando en el desamparo a una amplísima franja de pibes cuya única esperanza pasa por reconocerse socialmente en torno a la escucha y celebración de su banda. Y “eso no se hace”, está claro. Pero, si sucede, es vivido como traición al palo. Los que abandonan el juego cagándose en sus seguidores pueden ser los políticos truchos, pero nunca un loco del palo. Esta paranoia ante el posible abandono que supone una decisión individual capaz de “suspender la fiesta” acaso sea una secuela más del feroz avance del individualismo y la cultura del “sálvese quien pueda” vividos durante los 90’s. El “rock chabón” inauguró esa década cantando -por ejemplo- en el tema “Ya no sos igual”, del disco “Puente Alsina”, placa debut de Dos Minutos: “Carlos se dejó crecer el bigote / y tiene una nueve para él, / ya no vino nunca más / por el bar de Fabián / y se olvidó pelearse / los domingos en la cancha. / El sabe muy bien que una bala / en la noche, en la calle, espera por él”. Y así sentencia al vago que cambió la barra por una placa de La Federal. Otra manifestación del rock, mucho más glamorosa, inaugura el Siglo XXI en la voz de Babasónicos, cantando: “Estoy mirando a tu novia / ¿y qué? / Ella me gusta / y yo a ella también…”. Sin obviar la diferente extracción social de las bandas citadas, se pueden sacar muchas conclusiones respecto del actual éxito abrumador de este último tema, así como del vertiginoso ascenso del grupo que lo interpreta. El autor de estas líneas entiende que la gran familia rockera tiene muchos presupuestos que revisar si desea “que la fiesta continúe”. Fundamentalmente preservar ese espíritu de cuerpo tan característico del palo, y ese acuerdo tácito entre banda y fans, capaces de completar una letra cuando el cantante calla. Y, en lo sucesivo, de entender al toque que si el ídolo pide un “cese del fuego” es porque nos está cuidando. Y no porque “se puso la gorra”.
Cualquiera que pase por alto este tipo de consideraciones (y otras tantas que seguramente se me estarán escapando) cometerá la riesgosa arbitrariedad reduccionista de evaluar al público de rock como una “horda de forajidos”. Con las conocidas consecuencias que tales juicios contra la juventud suelen arrastrar en un país con la historia del nuestro. A dónde el 30 de diciembre pasado, en el barrio del Once, reapareció un fenómeno archiconocido por los argentinos: La muerte joven. Pero consumada la tragedia, también apareció un atributo de la juventud argentina que se suponía “en desuso”: La moral heroica de los que sobrevivieron al humo y volvieron por los suyos, escena de la que debieran tomar nota los sectores dirigentes, afectados por la amnesia crónica de cualquier actitud de grandeza.
Deja entonces que me mate el rock
Hundió su nariz en la espuma de las olas
Mal podríamos reclamarle al rock que depurara sus venas de fármacos, pero sí más atención al rocker para advertir que, a la larga, hasta la banda más bardera, si quiere picar en punta, arregla con Santaolalla y se rescata. Acaso porque los sueños más inolvidables se experimentan despierto. En un país central el rock puede conducir al Nirvana con que soñó Kurt Cobain, pero en uno periférico sólo conduce a una “reservación apache” desde donde sobrevivir haciendo “el aguante”. Si cualquier Día de la Primavera -siendo jóvenes o ya no- fuéramos capaces de recorrer los bosques de Palermo observando atentamente las imágenes que exhiben las remeras de los miles de jóvenes y jovencitas que allí se dan cita para disfrutar de un día de sol, escuchar su música, fumar ocasionalmente un porrito y -fundamentalmente- seducirse, comprobaríamos un detalle previsible: Marley, Hendrix, o Luca ganan por afano. Todos ellos se carbonizaron intentando abrazar el sol. Desde Tanguito hasta El Carpo, cada setiembre convoca a una fiesta pagana en donde Eros se da cita con el disfraz de Tanathos. Y esto es así desde que el rock existe, porque ni a Elvis ni a Morrison les bastó con la realidad. Acaso sea hora de que los fans del género -y cada uno de sus cultores- revisemos a fondo si no es suficiente plenitud la que proporcionan música, encuentro con el semejante y ceremonia de cuerpos sudados que se rozan. Y seamos capaces de gritarle por la cara a rockers tan queridos como Korneta Suárez (Los Gardelitos), antes de que se inmolen, o a Pity Álvarez (Intoxicados) -que manifestó en reciente reportaje de la Revista Rolling Stone “Me quiero morir. Quiero pasar de grado”- , antes de que boqueen al pedo, bajá un cambio, loco, te precisamos a nuestro lado haciendo el aguante!. Porque TODOS -desde el último fan hasta el músico que no entiende qué hace en la cima de los Top Ten- somos responsables de que cambie de una vez por todas la suerte en el PutyClub. Y es importante que reaccionemos nosotros porque esta sociedad que nos dejaron los genocidas ha demostrado suficiente anomia como para contemplar hasta hace poco la inmolación de Charly sobre un escenario pensando “es un loco lindo”, o su raudo vuelo hacia una pileta de hotel, tarareando “me tiré por vos”. Está claro que el rock no celebra a media agua. Pero si se trata de algún exceso, que sea pues el de la pasión. Esos cuerpos sudados, musculosos y tatuados, con pechos turgentes y piercing provocador, con cabello encendido y pantalón hip-hop, no se han hecho para ser enfundados en nylon y apilados en la morgue. Sino para coger a mansalva. Siempre supuse que eso pretendía el rock. Por eso preferí este ritmo urbano por sobre el tango de velorio, con la sola excepción de quienes lo están renovando (desde Adriana Varela a la Buenos Aires Negro, oriundos ellos también del rock).
Resumiendo: En una Argentina con su trama social desgarrada, todo el peso del modelo de exclusión se descarga sobre los polos extremos del arco generacional, los que abandonaron el aparato productivo, y los que no pueden ingresar. Para muchos de estos últimos compatriotas el rock representa uno de los pocos espacios de contención con que cuentan. No debemos permitir que un poder corrupto y corruptor se convierta en El Flautista de Hamelín que conduzca al exterminio a la gran familia rockera. Porque “los de afuera son de palo”. Y los de adentro somos “del palo”. Hoy más que nunca, el rock debe cuidar de su público. Y su público debe cuidar del rock. Porque sumamos un gran número quienes no podríamos vivir sin él.-
A La Negra Mariana Sillota, novia del Pato Fontanet,
intoxicada el 30 de diciembre en República Cromañón
y muerta el 13 de enero a las 23.45 hs
en la Clínica de la Trinidad de Palermo.
A Toni Mercado,
líder del Sindicato del Blues.
Al Negro Miguel,
líder de Wasnáo.
A mi amigo Juan Pablo Franco,
para que nunca olvide
-aunque pueda verduguearlo un jefe careta-
que durante las 24 hs del día
él es el líder de La QK del Quía.
A todos los que deseamos que el rock sea una fiesta que dure para siempre.