Jorge Falcone
Una mirada militante sobre la incidencia de la clase media en el imaginario de los argentinos
“Montoneros, el pueblo te lo pide:
Queremos la cabeza de Villar y Margaride”
“Algo habrán hecho…”
Expresiones de la clase media argentina
dedicadas a la militancia revolucionaria
en 1974 y 1976 respectivamente.
“Tanto peca el que mata la vaca
como el que le sostiene la pata,
y el que limpio de culpa me arroje
una piedra en lugar de un garrote”
Gabino Palomares
(cantautor mexicano)
Introducción: El pensamiento “de centro”
Uno de los íconos del progresismo norteamericano en el cine es indudablemente Oliver Stone, quien padeciera la censura del Presidente Bush sobre su documental “Comandante”, basado en una entrevista de tres horas con el premier cubano Fidel Castro. En el epílogo de su recordado filme “Pelotón”, este realizador hace meditar a su protagonista -encarnado por Charlie Sheen- acerca de los “excesos” cometidos por las tropas de su país contra la población vietnamita y sobre la carencia de una adecuada política de acción social capaz de ganar la simpatía de la opinión pública local y, a la larga, la guerra misma. El que habla -en última instancia- es el Partido Demócrata de los EEUU, al que el cineasta adscribe, y cuyo pensamiento (como el de aquel “ciudadano probo” que se llamó John Fitzgerald Kennedy) propone formas más civilizadas de sometimiento de las colonias. La pequeña burguesía intelectual urbana de la Argentina -alguna vez co-partícipe de grandes epopeyas populares- canonizó sin reparos dicho filme.
En una conversación circunstancialmente interceptada por quien escribe estas líneas, uno de los interlocutores manifestó -ante señora adinerada, en café de la bohemia citybelliana (Partido de La Plata, Provincia de Buenos Aires)- que avalaba plenamente la interrupción de “la experiencia totalitaria de Juan Perón” (1946-1955) pero no toleraba la regresión perpetrada por la Revolución Libertadora a partir del masivo bombardeo a la Plaza de Mayo colmada de gente, durante el mediodía del 16 de junio de 1955.
En resumen, recorre el mundo un pensamiento supuestamente centrista (y sensato) que reivindica formas “humanísticas” de opresión, a cambio de que los privilegios formales de sus detentores sean preservados por las clases dominantes. En Argentina, la pendularidad histórica de los sectores que adscriben a semejante ideario, así como su obscena disposición actual a saldar un pasado de sangrientas luchas de clase con homenajes póstumos, viene obstaculizando notablemente el camino hacia una transformación de fondo de las estructuras que generan y sostienen la injusticia social.
¿Cuál es el origen sociológico de estos sectores? ¿Cómo gestaron esta ideología tan solapadamente reaccionaria y prácticamente hegemónica desde el retorno de la democracia?
Sentido último de nuestras epopeyas abortadas
Los sectores progresistas de nuestro país -y de nuestro continente- suelen coincidir en que la llegada de los españoles a estas costas, más que el “choque de dos mundos” supuso el intento de aniquilamiento del que aquí existía y el consiguiente encubrimiento de sus secuelas. Pero -en nuestro país- no necesariamente se detienen a revisar el carácter iluminista y euroreferente (basado en la concepción política de Rousseau y filosófica de Kant) del pensamiento que animó la “Revolución de Mayo de 1810”, considerada mayoritariamente como uno de los hitos de nuestra independencia, que apenas llegó a coquetear con la posibilidad de promover una junta de gobierno encabezada por un monarca inca, dada la conciencia culposa de la mayoría de sus protagonistas respecto de la cultura originaria que estaban ayudando a soterrar. Y son aún menos los que salen a desenmascarar la “Organización Nacional” impulsada por la Generación del 80, constituida por el patriciado autóctono que edificó esta colonia -ayer europea, hoy yanqui- sobre la sangre del criollo y del indio, condenándolos a partir de su Constitución Nacional de 1853 a fragmentar el movimiento histórico social en pro de partiduchos liberales, toda vez que sus intereses peligraran. Esta sucinta reseña nos lleva a sostener que la Nación Argentina -tal y como la concibe el imaginario imperante (y la padecen las grandes mayorías)- ha sido forjada sobre la base de una sucesión de encubrimientos, en pos de construir la gran farsa cosmopolita que sojuzga a los pueblos originarios y sus descendientes en la gran urbe. Puede convenirse por tanto que las grandes puebladas protagonizadas por las mayorías nacionales, desde el 17 de octubre de 1945 hasta el 19 y 20 de diciembre de 2001, no implican otra cosa que denodados intentos de la América Profunda por develarse e imponerse definitivamente sobre la América Cosmopolita. A propósito de lo antedicho, en su tratado sobre “El pensamiento indígena y popular en América”, el filósofo argentino Rodolfo Kusch, sistemáticamente ninguneado por esa academia de la que tanto se diferenció, aporta un tan extenso como esclarecedor párrafo, cuya completa inclusión resulta imprescindible:
“Individualismo, soledad y racionalidad son abstracciones que, evidentemente, culminan el pensamiento europeo al cabo de su evolución, quizás influido más que nada por el individualismo económico. Los que se oponen a este liberalismo, o sea la izquierda, por su parte no están muy lejos del mismo planteo.
Además, Heidegger en el mundo europeo, ha sabido cristalizar nuestro estilo de vida oficial y público en el cual entra la izquierda y la derecha. El enunciado de un ser vacío, la necesidad de enfrentar el tiempo como única solución; y el rechazo de un pensar irracional, encara, al fin de cuentas, la esencia misma de este estilo actual de nuestra concepción del mundo. Agreguemos a ello que los enfoques económicos, sociales y políticos americanos apuntan precisamente a magnificar de alguna manera estos conceptos. Procuran restituir en el hombre su individualidad, su capacidad intelectual y su enfrentamiento con un cierto concepto de la soledad. Son las bases de nuestra sociedad contractual, sociedad esta que no habría podido ser sobrellevada si no se hubieran esgrimido parecidos ideales. Concebimos a la comunidad en términos de contrato, y suponemos que una decisión libre habrá de ubicar a cada uno en dicha sociedad. No habría posibilidad de un gobierno en la Argentina, si esa actitud no fuera esgrimida públicamente, aún en el caso de una tiranía. Constituye, en suma, la base misma de nuestra nacionalidad y pertenece al orden convencional con el cual se consigue un cargo de profesor o un empleo público. Es la convención que fue esmeradamente apuntalada desde Mitre, pasando por Martínez Estrada y hasta novísimos ensayistas, quienes detentan precisamente ese margen de lucidez mental y casuística a las que somos tan afectos.
Claro está que esgrimimos los términos arriba citados de un modo exterior. La exaltación del individuo se hace siempre dentro de ese límite de orgullo típico de toda clase media de mantener una actitud de aislamiento honorable y caballeresco frente a los otros. La misma racionalidad es vista en muchos sentidos como un dogma que usamos especialmente a nivel de vida cotidiana frente a todos los problemas. Y en lo que refiere al domicilio en sentido existencial de habitar un mundo amable, también en este caso esgrimimos una soledad impregnada en lo más hondo con un cierto romanticismo, heredado quizá de las viejas generaciones, y enredado incluso en el origen romántico de nuestras repúblicas.
Pero es indudable que el ideal de una cultura basada en la individualidad, la racionalidad y la soledad, se afianza cuando intervienen aspectos económicos, como la disputa de tierras laborables en el altiplano o la relación entre patrón y obrero no calificado en la gran ciudad. Ahí se abre irremediablemente el abismo entre nosotros y el mundo indígena. Además, la industria y el comercio esgrimidos por el Brasil y la Argentina fomentan una actitud que vuelve la espalda a una América autóctona. Ya sólo la invasión del campesinado en la época de Perón, reactualizó, aunque temporariamente, este antagonismo. La praxis en América lleva a un distanciamiento de las raíces de nuestra nacionalidad. Pero esto, ¿no agranda acaso la contradicción en la cual se halla América?”
Contradicción cultural que periódicamente adquiere jerarquía política, fisonomía y localización diversa, y arrastra un antiguo duelo de imaginarios en pugna: El pensamiento indígena y popular (verdad seminal única, aquí y ahora) y el pensamiento occidental cartesiano (verdad aristotélica como “coincidencia del juicio con la situación”); la vivencia y la retórica; las clases sumergidas y las clases medias urbanas, muy frecuentemente funcionales a los verdaderos dueños del poder que, cuando ya no las precisan, no dudan en aplastarlas.
“La clase media -vuelvo al ensayo de Kusch- nace en términos de estructura cultural a fines de la Edad Media europea y se diferencia de las anteriores en la misma medida como bosquimanos se distinguen de pigmeos, hasta el punto de lograr (…) una rigidez notable respecto a otras clases, especialmente ante la del así llamado ‘pueblo americano’. Por eso, como la sociología no puede tomar en cuenta la verdadera contradicción que vive una clase media en Sudamérica, por ejemplo, la manera como se estrella contra la espesa estructura biológica del peronismo, es inútil que convierta a los integrantes de este credo en una simple ‘mano de obra disponible’, o en un ‘proletariado rural’ que migra a la ciudad o trate de explicar porqué después de 1930, a raíz precisamente del gobierno anterior de inmigración, logra ser aglutinado, al poco tiempo, en torno a una figura carismática”.
Crecida al calor del tímido proceso industrializador de mediados del siglo XIX y ya constituida durante su consolidación, en los 50s, la clase media argentina -compuesta originariamente por pequeños y medianos propietarios rurales y urbanos- se cristaliza y vuelve influyente al calor de la penetración cultural propiciada por las políticas de apertura a los centros de poder mundial impulsadas durante la década del 60. Y ejerce su influencia actual desde las principales urbes del país, fundamentalmente, a partir de la acción reproductora de patrones ideológicos cosmopolitas fomentada desde la universidad, lo que lleva al antropólogo tucumano Adolfo Colombres, en su tratado “Sobre la cultura y el arte popular”, a referirse a ciertas expresiones de dicho fenómeno en los siguientes términos: “El concepto de cultura popular sigue dando pie a graves confusiones, desde que aún se llama con este nombre a los productos de la cultura de masas (que justamente constituye hoy su principal enemiga), así como a una serie de obras de mayor calidad que ciertas minorías realizan para el pueblo, y que van desde el sustitutivismo de una cultura juvenil politizada de tipo estudiantil a las más groseras formas de paternalismo estético, de uno u otro signo ideológico. La auténtica cultura popular es la que hacen los diversos sectores del pueblo a partir de su interacción directa, como respuesta a necesidades compartidas”.
Caso testigo: La Patria en cinco casas
Si ensayamos nuestra capacidad de universalizar lo particular, puede que una anécdota sirva -acaso mucho más que un análisis concienzudo y sistemático- para describir la complejidad del cuadro de situación que se pretende abordar aquí. El ámbito de residencia actual de quien escribe estas líneas es un paraje semi rural bautizado como Barrio Savoia, en las inmediaciones de la estación de trenes de City Bell (Ferrocarril Roca) y cruzando el camino Centenario hacia la izquierda, para quien viaja a La Plata desde Buenos Aires. Allí habito una casita de campo, flanqueada hacia un lado por una de profesionales de clase media y hacia el otro por una de trabajadores más bien modestos. Las circunstancias que pretendo referir, atinentes a actitudes y opiniones de mis vecinos fácilmente reconocibles en el panorama macro de nuestro país, deben ser leídas rotando en torno a mi casa en el sentido de las agujas del reloj, desde la casa que linda con la mía a los fondos y hacia la derecha, hasta la que se sitúa delante de la anterior, al cabo de toda la vuelta.
Casa 1: F. es abogada. Durante la transición democrática militó en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de La Plata y colaboró con el fiscal que tuvo a su cargo juzgar y condenar al General Camps, responsable -entre otros hechos aberrantes- de ser el carnicero de La Noche de los Lápices. J., su marido desde hace 22 años, es personal de custodia en Tribunales. Allí se conocieron. Son afables y eligen una vida bucólica junto a sus dos hijos adolescentes. Ellos me vendieron la casa en la que hoy resido y construyeron otra al lado, ya que adoran la zona.
1er conflicto: Ambos mantienen un pleito legal contra M. A., la vecina que flanquea mi propiedad hacia el otro lado, ama de casa y esposa de un bombero voluntario que reniega de la policía. El diferendo surgió a partir de que esta mujer impulsaba una copa de leche y reclamó perforar la medianera para construir un ventiluz, derecho que le fue negado por los ex propietarios de mi vivienda.
Colofón: Una militante de los derechos humanos litiga legalmente contra una emergente de la comunidad que propone una iniciativa solidaria.
Casa 2: M. A. está ampliando trabajosamente la vivienda de sus padres para instalarse allí con su marido y sus cuatro hijos. Yo le cedí el remanente de algunas refacciones (cemento, pedregullo, arena y tierra) a efectos de facilitarle dicha empresa y -como se trata de una exponente de las fuerzas vivas de la zona- esto me granjeó la simpatía del resto del vecindario, solidario también con la susodicha.
En tales circunstancias conocí a “El Piojo”, un solícito adolescente de tez morena y 16 años de edad, fanático del grupo de rock Los Piojos, que por cinco pesos se hizo cargo de trasladar en carretilla, desde mi casa hasta la de la vecina en cuestión, los materiales que le doné. Con él entablamos una entretenida charla que comenzó repasando las virtudes de las bandas de rock nacional y concluyó cayendo ambos en la cuenta de que soy el padre del letrista y baterista de un conjunto local que el pibe adora, La Caverna.
Colofón: La familia favorecida por mi gesto quedó sumamente agradecida y se comprometió a ocuparse del mantenimiento del frente de nuestras respectivas casas.
Casa 3: Frente a la nuestra, está la casa de W., bohemio comerciante que, poseedor de una arbolada manzana entera, prefiere vivir paredes adentro, cercado por una media sombra negra y custodiado por dos o tres ovejeros. A poco de detectar mi presencia se apersonó en casa portando una barreta cilíndrica de hierro forjado, blandida a la manera de báculo-guía de sus perros guardianes y -casi sin haberse presentado- inquirió “hasta cuándo vamos a tener esta ‘cordillera’ aquí”, en alusión a un montículo de tierra que dejé frente a mi casa para que el vecindario dispusiera de él. Hechas las presentaciones del caso y distendida la situación, me preguntó por un perro vagabundo que frecuentaba mi casa y la de mis vecinas, F. y M. A., recomendándome matarlo antes de que se volviera cimarrón. No hizo falta: días después de esa charla el animal amaneció envenenado en mi parque.
2º conflicto: El hombre no se retiró sin sugerirme desistir del trato entablado con la esposa del bombero, según él “una puntera que tiene dominado al vecindario y lo subleva por cualquier cosa”.
Colofón: Este vecino vaticinó que los de menores recursos envidiarían mi casa y mi condición de propietario haciéndome la guerra en todo, por lo que me convendría estar alerta, como él.
Casa 4: En la transversal que corta mi calle hacia La Plata se yergue la quinta de N., un investigador del CONICET que aduce haber estado exilado en Suecia. Este se presentó oportunamente solicitándome disponer de algo de tierra para su parque, no sin aprovechar la oportunidad para ponerse a mi disposición.
Colofón: “Si esperás algo del resto del vecindario, vas muerto”, sentenció.
Casa 5: Por último, junto a mi casa, hacia el frente (delante de la abogada que me la vendió) hay una casa abandonada y llena de tupida maleza. Recientemente la frecuentó una parejita joven que intentó esforzadamente desmalezarla. Eran del barrio pero igualmente parecían albergar la intención de ocuparla.
3er conflicto: Un buen día arribó en un Duna un rubio, musculoso y bronceado exponente de la clase media universitaria platense, visiblemente furioso ante lo que luego advertí como la violación de la puerta de la propiedad, de la que O. S. se presentó como su dueño. Se quejó de que le habían instalado sin permiso una cama de dos plazas y también protestó porque habían comido dentro. Identificado como abogado penalista, me manifestó que “hace como cincuenta años que soportamos a estos negros y cuando hubo oportunidad de barrerlos a todos, no lo hicimos”. Aterrorizado ante tales palabras -pero particularmente ante su utilización del plural-, reparé en que compartíamos la apariencia gringa, la condición de propietarios y la terminología culta.
Colofón: Esas tres coincidencias le bastaron como para confesarme que en dicha propiedad se había cometido un hecho de sangre, que él había defendido a la victimaria, una señora de escasos recursos, y que ésta no tuvo más remedio que pagarle con la casa. Al cabo de semejante “declaración de principios”, se despidió dejándome su tarjeta para que le avisara si veía intrusos, no sin antes poner a mi disposición su estrecho vínculo con la seccional policial de la zona.
Epílogo: A los pocos días me abordó “El Piojo”, aquel vecino joven y devoto de la banda de rock de mi hijo, para aclararme que el hombre de la parejita de incursores en el predio del abogado platense era su primo. “Que no es delincuente -dijo- y actuó con el permiso del dueño, a quien prometió custodiar la vivienda mientras no estuviera alquilada”.
Conclusión provisoria: Una de las conquistas culturales de la ideología martindehocista tras un cuarto de siglo de vigencia -además de haber naturalizado la coexistencia entre incluidos y excluidos- es un enorme desgaste de la voluntad de acuerdo y transacción entre la Argentina Profunda y la Argentina Cosmopolita, acaso inmejorablemente ejemplificable a partir de la tensión existente entre ese trabajador degradado -y a la vez intolerante- que es el taxista, y ese otro, expulsado con ferocidad del aparato productivo, que es el piquetero, quien -hasta hace poco tiempo- no tenía otra forma de hacerse visible ante la comunidad de no ser mediante el corte de rutas. En este peligroso estado de confrontación latente al interior de los sectores populares -agudizado por la fragmentación social resultante del modelo de exclusión- reside hoy una de las armas más poderosas de las clases que dominan y someten a nuestro país. Pocos intelectuales han desmenuzado los perversos y sutiles mecanismos de este fenómeno como el siquiatra antillano Frantz Fanon, en su insoslayable ensayo “Los condenados de la tierra”, donde nos brinda conceptos tan reveladores como el que sigue : “Mientras el colono o el policía tienen derecho, a cualquier hora del día, a golpear al nativo, a insultarlo y hacerlo arrastrarse ante ellos, usted verá al nativo sacar su puñal en respuesta a la más ligera mirada hostil o agresiva que le dirija otro nativo, pues el último recurso del nativo es defender su personalidad frente a su hermano. Así, la autodestrucción colectiva en una forma muy concreta es uno de los medios por los cuales se libera la tensión muscular del nativo. Todos estos patrones de conducta son una reacción reflexiva de muerte ante el peligro, un comportamiento suicida que demuestra al colono (cuya existencia y dominio se justifican aún más a raíz de los mismos) que estos hombres no son seres humanos razonables”.
Apuntes para un mapa provisorio de nuestra inviabilidad
El Golpe Militar del 24 de marzo de 1976, en Argentina, implicó una operación estratégica de las clases dominantes destinada a recuperar los resortes de todas las decisiones, sepultar definitivamente el modelo de Estado Benefactor y desarticular toda posibilidad de organización y resistencia popular ante la adaptación forzada de nuestro país al Nuevo Orden Internacional. En homenaje a “La Organización Nacional” perpetrada -también a sangre y fuego- por la oligarquía en la segunda mitad del siglo XIX, esa nueva violación de la soberanía popular sería: 1) bautizada como “Proceso de Re Organización Nacional”, 2) liderada ideológicamente por un bisnieto del fundador de la Sociedad Rural (el Ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz), y 3) se abriría paso con una nueva “Campaña del Desierto” que dejaría -otra vez- su correspondiente saldo de masacres, saqueos y cautivas.
La última irrupción genuina -tan desprolija como es costumbre- de las fuerzas sociales autóctonas se produjo durante las jornadas de lucha del 19 y 20 de diciembre de 2001, en que -más allá de cualquier pretensión conspirativa- la movilización popular derrocó, por primera vez en nuestra historia, a un gobierno soberbio, fusilador y autista. Ese hito reciente sigue siendo la gran divisoria de aguas -que muchos dirigentes aún desatienden- entre una vieja y una nueva forma de hacer política. Cuando la gobernabilidad estuvo a punto de derrumbarse, durante un período vertiginoso en el que desfilaron por el ejecutivo cinco presidentes en menos de dos meses, el pragmatismo histórico de la dirigencia justicialista enfrentó el caos social con un hábil piloto de tormentas, el ex senador bonaerense Eduardo Duhalde. Este “sobreviviente de la vieja política” que “huyó a los botes antes de que se hundiera el Titanic menemista”, tuvo olfato suficiente como para advertir -asesorado por sus mandantes- que por las calles de la Argentina venía marchando lo nuevo y tomó drásticos recaudos para salirle al cruce en defensa del statu quo cuando, a principios de 2002, un nuevo frente nacional y popular estuvo a punto de soldarse al grito de “piquete y cacerola, la lucha es una sola”. El freno que pergeñó fue militar, ejemplificador, y dejó el saldo buscado en materia de desarticulación e intimidación de los sectores populares. Sucedió el 26 de junio de 2002 en el Puente Pueyrredón, Avellaneda. Y sus efectos disciplinadores duraron hasta que estuvo lista la nueva y oportuna baraja de recambio del sistema: un dirigente surgido de las entrañas de esa clase media universitaria urbana, actor de reparto de la gran epopeya generacional de los 70s, lo suficientemente escarmentado como para no provocar al Imperio, y lo suficientemente dúctil como para encarnar el deseo profundo de una clase media que, rigoreada desde 1976, parece dispuesta a sostener las apariencias de lo políticamente correcto.
Clase media y derechos humanos: El autismo de los incluidos
Lo afirmado anteriormente no pretende pasar por alto que, a más de dos décadas de recuperada la democracia, la carta de intención de la administración Kirchner se presenta como la más noble de cuantas conocimos desde 1983 a la fecha. También es indiscutible que esta gestión ha revalorizado en parte el rol de la política al impulsar cierto saneamiento institucional, y rescatado el valor de los derechos humanos con numerosos gestos al respecto. Pero, si se insiste en encarnar el legado ético de la generación más altruista que dio nuestra historia reciente, con la expresión de deseos no basta. Sobrevolando lo coyuntural, ya se puede establecer la perspectiva de que, salvo durante la década menemista -dada su inédita alianza entre aristocracia y marginalidad- la nuestra es una democracia clasista, hecha desde y para los sectores medios (que construyen el presente social de referencia desde su agenda mediática). Una democracia -al fin y al cabo- que, desde la Caja del PAN hasta los Planes Trabajar, poco empeño ha demostrado en desmontar los mecanismos profundos de la dependencia y avanzar resueltamente hacia la Justicia Social; y que, desde el Juicio a las Juntas hasta el Museo de la Memoria, tapa con el árbol de la defensa de los derechos humanos el bosque de la legitimación de una deuda externa contraída a sangre y fuego por la oligarquía. Porque sólo una democracia social, como la que encarnó el peronismo -al menos en su primer gobierno- puede rescatar e integrar todos los derechos de una comunidad, como ocurrió con la Constitución de 1949. Y no sólo los derechos a la vida y la libertad -que son aquellos que enfatiza riesgosamente el movimiento de defensa de los derechos humanos-, casualmente los mismos derechos con que saturan sus discursos estas democracias rengas, cosmopolitas y monitoreadas desde el Imperio, para que las clases medias bienpensantes duerman con la conciencia tranquila mientras millones de hermanos siguen muriendo debajo de la línea de pobreza. Es de esperar que -más temprano que tarde- esta ideología lacrimógena con que se ha venido victimizando desde 1983 el sacrificio altruista de una generación entera dé paso de una vez por todas a la recuperación de una moral heroica, que no busque diferencias entre la sobreviviente de la Masacre de Trelew que volvió al combate y el pibe que sobrevivió al humo tóxico de República Cromañón y volvió por los suyos.
En resumen, la gestión de gobierno actual es lo más progresista que se le puede pedir a la clase media argentina hasta que la movilización multisectorial de nuestro pueblo produzca una variación de dicha hegemonía social. Es el “anillo al dedo” con que los dueños del poder intentan, también en los albores del llamado Siglo del Conocimiento, distraer la gestación de una alternativa de poder realmente popular en Argentina. Pero como el nuestro es un continente que se despierta nuevamente, y desde hace más de cinco siglos no se resigna al aborto de su destino emancipador, es de suponer que socialdemocracias, terceras vías y transversalidades no duren aquí por tiempo indeterminado.-
Escritor y documentalista. Fue Director de RRPP de la Sociedad Argentina de Escritores, jurado en numerosos concursos literarios, y publica artículos periodísticos regularmente en diversos medios. Ha editado la crónica testimonial novelada "Memorial de Guerralarga", y una decena de poemarios comprometidos con la realidad sociopolítica de su país. Ejerce como docente de Cine y TV en la Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo, y como realizador cinematográfico en el área de Comunicación y Prensa del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Es miembro del Movimiento de Documentalistas. Ha co dirigido, como discípulo del cineasta tucumano Gerardo Vallejo (Grupo Cine Liberación), el mediometraje "El Otro País. Testimonios desde la marginalidad en Argentina" (Primer Premio UNCIPAR 1988, Categoría Mi País), y dirigido los largometrajes independientes "Pago chico, Patria Grande" (Uruguay, 2003), "Esperando a Sandino. Testimonios de un pueblo en pie" (Nicaragua, 2006) y "En banda. La vida por el rock" (Buenos Aires, 2007).-