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Guido Galafassi *

La serie de hechos sucedidos en la Argentina de los últimos años que se suman a la renovada serie de procesos de conflictos, resistencias y movilizaciones sociales en América Latina en las última década, han servido de acicate para que desde muchos lugares y adoptándose lecturas venidas de los países centrales, se comiencen a pensarlos bajo las categorías de la “acción colectiva” y los “nuevos movimientos sociales”, reemplazando de manera importante la visión más dialéctica que implicaba considerarlos como procesos de resistencia, cambio y movilización social, en donde las cuestión del conflicto entre clases sociales tenía una predominancia marcada. Esta nueva visión implica justamente considerar a los participantes de los fenómenos como sujetos cuasi autónomos e independientes; es decir se habla de movimientos sociales en donde justamente lo que se destaca, a partir de esta categorización, es su unidad en tanto “portadores de identidad” o en tanto su capacidad para “movilizar recursos” y construir un eficaz seguimiento de los “emprendedores movimientistas”, restándole importancia a las conexiones dialécticas y causales de una realidad compleja. Más que ante “el regreso del actor”, estaríamos en realidad ante un “nada hay más allá del actor”.
Argentina en particular y América Latina en general, ha venido recuperando en estas últimas décadas su histórico papel de oferente de recursos naturales (commodities -  materias primas) para el mundo industrializado, apareciendo, en consonancia dialéctica y en algunos puntos la también tradicional disputa en torno a  la “liberación nacional” (y en parte también liberación social). Cada uno de estos fenómenos, reaparecen obviamente resignificados de acuerdo al tiempo y lugar en que nos toca vivir; pero tanto el proceso de “transformación bolivariana” de Venezuela como la rebelión y toma de poder en Bolivia por parte de las clases sociales más postergadas y explotadas, como el levantamiento del Zapatismo Chiapaneco, las revueltas en Oaxaca, o la revuelta en Argentina del 2001, así como el más antiguo proceso del MST en Brasil, guardan una serie de correlaciones históricas fuertes y evidentes, que solo pueden ser vistas prestando atención al proceso de la totalidad dialéctica de la realidad latinoamericana en tanto periferia subdesarrollada funcional al proceso histórico de globalización. La identificación de sujetos cuasi-autónomos por parte de las teorías dominantes a partir de la categoría “movimiento social” –a secas- en tanto sujetos sucesorios ante la “muerte de la clase obrera”, no nos permiten identificar la complejidad de procesos interrelacionados y por el contrario solo crean una ilusión de individuos sociales -que por cierto nada de nuevo tienen en la teoría social- en donde lo importante es solo su identidad, su accionar específico o su aparición como resultado de la buena gestión de los recursos existentes.
La crisis en la que estuvo sumida la Argentina de frente a la imposición del modelo neoliberal con convertibilidad y que se detonó en diciembre de 2001, muestra a las claras la complejidad dialéctica de los fenómenos sociales y de los procesos de dominación, resistencia, cambio y movilización social. Fue la disputa entre modelos político-económicos y la reacción de los sujetos más desfavorecidos en tanto clases postergadas y explotadas lo que caracterizó a la Argentina de los últimos años. Negar la dimensión económico-política de los conflictos para tratar de interpretarlos simplemente como la emergencia de nuevos movimientos portadores de nuevos sujetos y nuevas banderas en donde lo característico es su “nuevo repertorio de acciones” conlleva una mirada un tanto sesgada hacia solo ciertos aspectos de los fenómenos que sin ser ubicados en su contexto corren el peligro de definir solo una explicación parcial de lo que viene sucediendo, perdiendo de vista el núcleo del problema
Fue precisamente la puesta en discusión de un modelo político-económico que comenzaba a entrar en crisis y que había dejado a millones de personas afuera (de un ingreso básico a algunos y de tasas de rentabilidad aceptables a otros), lo que desencadenó las rebeliones y revueltas desde diciembre del 2001 hasta bien entrado el año 2002. Ya desde algunos años anteriores, fundamentalmente a partir de diversas protestas en las regiones directamente afectadas por la política de desmantelamiento de un inconcluso régimen de desarrollo capitalista regional, se comenzó a gestar una resistencia social y una lucha por los ingresos básicos, a la que se sumó una reflexión crítica que buscaba revalorizar las nociones comunitarias de democracia (entendiendo por democracia no solo los aspectos formales de la elección de cargos), en concordancia con una democracia más participativa o inclusiva en sentido integral. En los meses posteriores a la rebelión popular de diciembre de 2001, el debate neoliberalismo-capitalismo-democracia estuvo fuertemente presente en todas las organizaciones políticas y sociales tomando cuerpo también en los medios de comunicación (manejados como en todo el mundo, por grandes corporaciones económico-financieras). Este incipiente proceso de discusión se hizo posible gracias a una compleja correlación dialéctica entre imposición de un modelo excluyente que descuidaba desde el punto de vista capitalista incluso el mercado interno y a la emergencia –en parte como reacción- de una serie numerosa y diversa de organizaciones populares y movimientos sociales, tanto en el ámbito urbano como rural. La crisis política de  esta etapa democrática surgida en 1983 más la profunda crisis del modelo económico capitalista de corte aperturista, desindustrializador y neoliberal , fue llevando a que en los años noventa, diferentes grupos sociales que iban quedando excluidos de la sociedad, comenzaran a organizarse para retomar un proceso de luchas y protestas que había quedado anulado con la fuerte represión (30.000 desaparecidos) de la dictadura militar iniciada en 1976 y la clara derrota de todo movimiento insurgente de los años setenta, años en los cuales la revolución parecía, para muchos, estar al alcance de la mano. Pero estos movimientos de protesta tenían un carácter por cierto renovador, pero no por esto en las antípodas de aquellos de décadas anteriores, al ser las grandes masas de desocupados (trabajadores al fin) los que iniciaron y predominaron en todo este proceso. La renovada sociedad argentina que producía pobreza y desocupación en un extremo y alta concentración económica en el otro, gestaba renovadas organizaciones sociales con renovadas prácticas políticas de protesta. Es que la dinámica propia del proceso histórico imprime lógicas formas cambiantes en las luchas y conflictos, sin por esto significar una apertura de aguas indisoluble. Así, hacia fines de los años noventa, una infinidad de movimientos de (trabajadores) desocupados, más diversos movimientos agrarios (campesinos y trabajadores rurales), más organizaciones de obreros que recuperaron productivamente sus fábricas abandonadas por los empresarios, conformaban un conjunto muy diverso de formas de lucha y resistencia en donde no solo el modelo económico era puesto en duda, sino también y en correlación con lo primero, el modelo político de la democracia representativa. El punto culminante llegó con la insurrección popular del 19 y 20 de diciembre de 2001, donde aparecen además las asambleas barriales conformados mayoritariamente por sectores de clase media urbana que hasta el momento habían sido los principales defensores del modelo.
Del “que se vayan todos” al “con Dios y con el campo”
La serie de conflictos, protestas y procesos de movilización social en la Argentina de la última década estuvieron signados por directrices históricas devenidas de la desigual sociedad de capitalismo periférico, en donde la puja entre clases y fracciones de clase y el antagonismo económico-político son vectores estructurantes del proceso. Es por esto que las variables del individualismo metodológico son claramente insuficientes para analizar una serie de hechos y procesos que bien poco tienen que ver con una mirada sesgadamente individualista y funcional de la realidad.
La consigna “que se vayan todos” utilizada en el levantamiento popular de diciembre del 2001 sorprendió a todos tanto por su espontaneidad como por su súbita e inesperada aparición. Pero este "que se vayan todos" original estaba ingenuamente sustentado en la creencia de que era la "política" (por la acción de los políticos profesionales) la causante de todos los problemas de la Argentina. A pesar de esto, un espíritu fuertemente crítico al modelo de democracia representativa dominado por profesionales de la política estuvo efectivamente presente en el levantamiento popular. Esto es lo que permitió en los meses posteriores la organización de las asambleas populares (que funcionaron en base a un intento de practicar una democracia directa) en Buenos Aires y otros centros urbanos y una acción más mancomunada con los sujetos sociales que desarrollaban una lucha contra el sistema desde antes (pero con diversas estrategias y objetivos), como los movimientos de trabajadores desocupados,  los trabajadores de empresas recuperadas y hasta con algunos movimientos de trabajadores y/o pequeños productores agrarios y campesinos. En este proceso de debate, reflexión y acción colectiva, la consigna "que se vayan todos" fue cualificándose y llenándose de un contenido más complejo, por lo cual pasó incipientemente a significar “que se vayan todos los mentores del modelo neoliberal, incluyendo al poder económico” (Galafassi, 2002). Por lo tanto, aquí se comenzó a ligar, aunque más no sea parcialmente desde una visión crítica, la vigencia de la democracia representativa profesional con la existencia de una economía capitalista.
Un par de años después, solo se mantenían algunas de ellas, pero con un número abultadamente menor de participantes y fundamentalmente con aquellos ciudadanos con un mayor nivel de compromiso con la realidad social y política, quedándose el resto de la población en su habitual “exilio interno” cumpliendo con los cánones establecidos por el mercado y la democracia representativa. Como se dijo más arriba, estas asambleas estuvieron mayoritariamente conformadas por sectores de la “clase media urbana”, quienes paradójicamente, y luego que la efervescencia hubiera pasado, le dieron mayoritariamente su voto al candidato neoliberal a jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires Mauricio Macri, quien araño el poder en las elecciones realzadas durante el 2003 y finalmente lo alcanzó durante el 2007. El vacío político de varias décadas y la “limpieza” efectuada por la dictadura ayudan seguramente a explicar este fenómeno supuestamente contradictorio. Es más que evidente que el “Argentinazo” pregonado por varios partidos de izquierda se acercó más a una fábula que intentara revertir la derrota en tantos años de neoliberalismo que a la triste realidad de un país neo-conservador “elegido libremente” en elecciones democrático-representativas. Fue buena parte de la clase media (trabajadores especializados, profesionales y pequeña burguesía) la que apoyó a este nuevo representante político del neoconservadurismo fuertemente ligado al ex – presidente Carlos Menem. Importantes sectores de las clases medias, se involucraron fuertemente en las campañas por la “seguridad” con movilizaciones masivas durante los años posteriores al 2001, exigiendo mando dura policial, tolerancia cero y endurecimiento de las penas, desconociendo absolutamente las causas económicas y sociales del problema junto al proceso de corrupción político-policial que nutre y sostiene a toda la problemática de la inseguridad. Pero sin lugar a dudas, el broche de oro se vivió durante el actual año de 2008. Los sectores más acomodados de estas clases medias urbanas, se manifestaron masivamente a favor de los reclamos de la burguesía agraria a favor de no poner limitaciones a las reglas del mercado. Paradójicamente la bandera de la democracia estuvo otra vez presente, pero esta vez en tanto sinónimo de “libertad” para el juego abierto de la oferta y la demanda. Consignas típicas de los tradicionales principios anti-populares tuvieron un importante protagonismo: “Con Dios y con el Campo”, “Montoneros nunca más”, etc.
Volviendo a la crisis de principios de este siglo, a medida que avanzaba el año 2002 entonces, la protesta de los sectores de la clase media se fue diluyendo en intensidad hasta casi desaparecer y reaparecer luego bajo bandera neoconservadoras. Por el contrario, las organizaciones más ligadas a las clases populares basadas fundamentalmente en los diversos movimientos de desocupados no solo continuaron su lucha sino que incluso profundizaron sus reivindicaciones logrando a principios de 2002 adhesiones y comprensión en el resto de la sociedad, proceso que se fue revirtiendo nuevamente hacia fines del mismo año y durante el 2003 en consonancia con la dilución de la protesta y la “huida al mundo privado” de las clases medias. El proceso de reflujo de las clases medias a su posición de histórico apoyo al modelo se completa hacia el año 2003 con el creciente rechazo hacia toda forma de protesta popular y especialmente hacia los piquetes o cortes de ruta de los movimientos de desocupados, por considerarlos “molestos” al ritmo de vida cotidiano (en el lockout de la burguesía agraria del 2008, se vio el efecto contrario, por cuanto las clases medias urbanas apoyaron masivamente los cortes de ruta y la política de desabastecimiento llevadas adelante por los primeros y que duró más de 100 días). El consenso hacia la criminalización de la protesta en consonancia con la campaña por la seguridad forman parte del mismo fenómeno de fuerte quiebre y enfrentamiento entre clases de la sociedad argentina post-dictadura.
Lejos quedan hoy los sueños supuestamente rebeldes del 2001, sueños que incluso pretenden encarnar tanto el populista-liberal gobierno de los “K” (que ha demostrado incluso una inusitada precariedad en términos de “cintura política”), como los sectores más conservadores y neoliberales cercanos o que hoy oportunistamente se acercan a la burguesía agraria que solo, obviamente, puja por sus propios intereses, lo que por otro lado es más que esperable en tanto define su perfil de clase. La liviandad de la militancia piquetera, que se movilizaba fundamentalmente atrás de la zanahoria de los planes sociales se esfumo rápidamente a partir del populismo y la dádiva kirchnerista y la izquierda fosilizada se quedo nuevamente sin sujeto para su lucha (algunos ilusos, los más claramente oportunistas, pretendieron ver en los pequeños productores rurales –aliados fuertemente a la más rancia oligarquía agraria- los nuevos motores del cambio).
La dictadura del ´73 no solo derrocó una vez un gobierno democrático sino que lo más importante es que interrumpió un largo proceso de luchas que comienza en Argentina a finales del siglo XIX con las protestas y organizaciones anarquistas. No podemos dejar de reconocer la suprema eficiencia de esta “limpieza” si es que queremos comenzar, en alguno sentido, a revertir la triste historia de estas últimas décadas.

 

 

Docente e investigador CONICET-UNQ

Cfr. por ejemplo a: Aspiazu y Nochteff, 1994; Basualdo, 2000; Gigliani, 2002; Pucciarelli, 2002, Mallimaci, 2002; Mira, 2003;

cfr. Gomez, 2002.