Iñaki Gil de San Vicente
El tema de la violencia desde un punto de vista filosófico,
político, histórico tiene una explicación muy simple
y es que a nadie le gusta que le pisen ni una sola vez. Por lo general,
por ejemplo a ti, cuando te pisan dos veces adviertes al que te ha pisado
tras intentar averiguar si la primera vez fue fortuita, casual e involuntaria
o por el contrario, premeditada y consciente; pero muy difícilmente
permanecerás pasiva tras la segunda pisada, sobre todo si ha
sido alevosa, y estoy seguro que reaccionarás de alguna manera
cuando te hayan pisado por tercera vez. Aquí tendríamos
que extendernos en el problema de las relaciones entre la agresividad
humana como comportamiento con base natural pero sociohistóricamente
condicionado, y la reacción violenta posterior al proceso que
va de la advertencia defensiva a la amenaza preventiva, proceso ascendente
que da el paso cualitativo a la violencia defensiva, al no surtir efecto
alguno todo el conjunto de advertencias anteriores, que no han logrado
detener la violencia externa que se sufre, la serie de pisotones, por
seguir con el ejemplo.
Dolorido por los pisotones que sufres, tú reaccionas de forma
más o menos agresiva y hasta violenta al cerciorarte, como hemos
visto, que esas agresiones no son fortuitas sino voluntarias, premeditadas.
En la medida en que esos ataques continúan, aumentan las posibilidades
de que, tarde o temprano, estalles y te defiendas, aplicando determinados
grados de violencia defensiva, o de resistencia no violenta, o de pacifismo
activo, etc., resistencias que realizarás según la gravedad
de los pisotones y de la ferocidad de quien o quienes te los hacen,
de la correlación de fuerzas que exista de modo que, tal vez,
ante una fuerza externa apabullante te interese más reaccionar
de una forma o de otra, de las posibilidades de obtener amparo y ayuda
oficial en ese momento, etc. He dicho que puedes responder con diversas
tácticas defensivas porque, en la realidad, lo que suele ocurrir
es que cuando ascendemos de los casos individuales y fugaces, a las
situaciones estructurales de explotación colectiva, se produce
un salto de las simples respuestas momentáneas a una forma de
resistencia en la que las masas oprimidas buscan desarrollar la interrelación
ágil de todas las formas de resistencia y de lucha, escogiendo
alguna en concreto o varias de ellas, o todas incluso, según
los casos, las relaciones de fuerza, los objetivos, etc. Incluso a nivel
individual, todas y todos nosotros tendemos en nuestra vida cotidiana
a buscar esta interacción de comportamientos defensivos, escogiendo
los más efectivos según las situaciones. Podría
poner cualquier otro ejemplo, y el problema seguiría siendo exactamente
el mismo porque la resistencia a la violencia externa, explotadora e
injusta es una especie de “ley de vida”, de “instinto
de supervivencia”, o como quieras denominarlo.
Fíjate que entrecomillo estas expresiones, y lo hago para huir
de todo biologicismo y de toda interpretación reaccionaria y
reduccionista de la etología animal aplicada mecánica
y erróneamente a la especie humana. Más aún, reconozco
que he empezado la respuesta basándome en la reacción
individual a una pequeña violencia externa, pero ahora doy el
siguiente paso y afirmo que debemos analizar esta cuestión desde
el punto de vista colectivo e histórico, desde el punto de vista
de las grandes violencias estructurales que actúan en el interior
de las sociedades en defensa de las minorías poseedoras de los
medios de producción, o que quieren apoderarse de dichos medios
expropiándoselos al pueblo que los posee de forma colectiva,
comunal, no privada. He empezado con el ejemplo individual por simple
pedagogía, como mera introducción, ya que en nuestra especie,
el “instinto de supervivencia” es una ley social colectiva,
por tanto tendencial es decir, que depende del desenvolvimiento del
conjunto de las contradicciones sociales para expresarme material y
espiritualmente.
Entramos así de lleno en la dialéctica entre lo colectivo
y lo individual en la acción humana como expresión, ésta
dialéctica, de una realidad superior que engloba y determina
a la anterior, y que no es otra que la dialéctica entre las fuerzas
productivas y las relaciones sociales de producción, o si se
quiere, la dialéctica entre lo colectivo y lo objetivo, por un
lado, y lo individual y lo subjetivo por otro lado. Semejante interacción
permanente es la que nos explica, por ejemplo, que debamos recurrir
además de a otras razones, también a las de índole
psicológico y psiquiátrico para comprender por qué
permanece pasivo o pasiva alguien a quien le pisan reiteradamente, por
qué un colectivo humano, muchas mujeres en sus casas, una asamblea
obrera, una nación oprimida y explotada, permanece pasiva, sin
sublevarse, en medio de la violencia explotadora. Desde una lectura
marxista del psicoanálisis, la pregunta que debemos hacernos
no es sobre por qué estalla la violencia de las masas en un mundo
injusto, sino por qué esas masas aceptan pasivamente esa injusticia
que padecen y por qué incluso sectores de ellas colaboran con
la injusticia, con la opresión, volviéndose contra sus
propios familiares, amigos y amigas, ayudando al poder explotador a
fortalecer su dominación. La pregunta debe ser: por qué
el esclavo es feliz en su esclavitud.
Una respuesta obviamente errónea es la que sostiene que toda
violencia es mala, venga de donde venga, porque dios a hecho al ser
humano esencialmente “pacífico”, siendo el diablo
el responsable de sus actos violentos, que son por ello mismo pecado.
Dios no ha hecho al ser humano sino a la inversa, pero el error decisivo
de esta respuesta es que, por un lado, es directamente antihistórica
en su formación general, es decir, no sólo no cuadra con
la experiencia histórica, sino que además, por otro lado,
en la historia concreta, el pacifismo práctico, el real, no el
ideal, sólo ha beneficiado a la violencia opresiva, explotadora
e injusta. Quienes sostienen esta tesis falsa dicen, además,
que Jesucristo dijo que si te pegan en la mejilla una vez, ofrécela
otra vez al que te ha pegado, pero no dicen qué dijo ese tal
Jesucristo sobre qué había que hacer si te pegaban por
tercera vez. Dejando de lado que yo soy uno de tantos que ponemos en
duda la existencia histórica de “Jesucristo” como
individuo concreto que existió realmente, que no como mito socialmente
construido en base a los intereses del poder imperial romano a partir
de un montón de tradiciones orales tardíamente escritas,
muy dispares y hasta irreconciliables entre sí, dejando esto
de lado, cito este caso para desautorizar a los pacifistas extremos
y absolutos que van buscando desesperadamente dogmas que justifiquen
de algún modo el absoluto fracaso histórico del pacifismo
a ultranza. O para decirlo más directamente, que justifique el
por qué el pacifismo a ultranza ayuda a reforzar la explotación
de la mayoría por la minoría, aun sin pretenderlo.
De hecho, otros “Jesucristos” creados por diferentes corrientes
político-religiosas defienden la resistencia violenta, son independentistas
revolucionarios, o por el contrario y según otras tesis, existió
un Jesucristo colaboracionista con el invasor romano; también
los hay que argumentan que Jesucristo fue un místico muy cercanos
a rituales mistéricos y esotéricos, por no olvidarnos
de los “Jesucristos” alienígenas y extraterrestres.
En realidad, estos y otros “Jesucristos” han sido creados
históricamente dentro de las diferentes corrientes político-religiosas
para intentar zanjar metafísica e idealistamente el problema
de la violencia, sin llegar a resolver su contradicción interna.
Otro tanto podemos decir de Alá y del Islam en lo que concierne
a la violencia, así como a las diversas interpretaciones sobre
el derecho a la violencia defensiva en la Grecia clásica y en
la Biblia. ¿Qué contradicción interna? La contradicción
irreconciliable que existe entre la explotación y su ética,
y la lucha contra la explotación y su ética correspondiente.
Esta contradicción aparece nítidamente a lo largo de los
debates sobre si las personas, clases y pueblos explotados tenían
o no derecho a la rebelión, derecho a sublevarse contra el poder
que los explotaba y explota, es decir, derecho a la violencia defensiva.
Obsérvese que hablo de “derecho a la rebelión”
que no del manido “derecho a la resistencia”. El primero
es mucho más concreto y preciso que el segundo, pero sin el cual
no podría existir. El segundo, el derecho a la resistencia, está
siempre constreñido por las restricciones que le quieren imponer
los sectores reformistas que saben que es históricamente imposible
negar su realidad, su práctica por las masas; que saben que por
mucho que se condene la violencia “venga de donde venga”,
al final, siempre resurge el derecho a la rebelión llevado a
la práctica, en la acción.
En el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel defendía su derecho
a la rebelión contra los invasores en base a la voluntad de Yahvé,
el “dios de las batallas”, pero existían quienes
defendían la mansedumbre y la pasividad bajo la dominación
extranjera porque ésta no era sino un castigo de Yahvé
pues el pueblo había incumplido sus mandatos. Muy probablemente,
la Biblia reflejaba a su modo la experiencia anterior del pueblo egipcio
cuando, sin permiso de los ocupantes hicsos, ejercitó su derecho
a la violencia para expulsar a los invasores hicsos a lo largo de un
conflicto -¿guerra de “liberación nacional”?-
que a grandes rasgos duró del -1674 al -1565. Muy probablemente
también, la Biblia reflejase a su modo, de forma idealista y
muy manipulada y tergiversada por las reescrituras posteriores, la cantidad
de experiencias históricas anteriores a la primera escritura
datada de la Biblia, del -900 al -700 aproximadamente, hechos basados
en la inacabable lista de sublevaciones y rebeliones contra el poder
establecido en toda el área del Oriente Medio. El mito del “ángel
caído” al rebelarse contra dios, que aparece casi al comienzo
de la Biblia no sería, según muchas interpretaciones,
sino el reflejo de una larga experiencia anteriores de luchas dentro
y fuera de Palestina. El “ángel caído” aplicó
su derecho a la resistencia y fue apoyado, según muchas tesis,
por la “sublevación de los arcángeles” contra
la tiranía de dios. No hace falta decir que dios, ángeles
y arcángeles son sólo los nombres dados a las castas y
clases dominantes que, con sus correspondientes apoyos en el pueblo
y en los Estados circundantes, se enfrentaron violentamente durante
generaciones por el control del poder, aplicando cada una de ellas sus
correspondientes derechos a la violencia.
Alrededor del -509 los romanos tampoco pidieron permiso a los etruscos
para proclamarse independientes e instaurar en Roma una república
patricia, sino que simplemente ejercitaron su derecho a la sublevación
e insurgencia. Poco después, en -442, Sófocles elevó
a inmortal tragedia el mito popular griego de Antígona, refleja
el derecho a la rebelión práctica del pueblo en defensa
de sus viejas costumbres frente a las nuevas imposiciones del Estado
representado por Creonte. Pero casi un siglo más tarde, entre
-370 y -347, interpretando las ideas de Sócrates, Platón
defendió en Critón la obligatoriedad del cumplimiento
incondicional de las leyes existentes, anulando el derecho a la rebelión
y a la resistencia defendido por Antígona. Ahora bien, los esclavos
que se sublevaban contra los amos romanos bien de forma individual o
bien colectivamente, no se inquietaron por debatir con sus amos si tenían
derecho o no al recurso de la violencia, sino que la practicaron de
múltiples formas, y especialmente en las tres grandes sublevaciones
esclavas sostenidas entre -138 y -73.
Pocos años después, las diversas corrientes político-religiosas
que crearían el cristianismo, se contradecían frontalmente
entre ellas al sostener unas que el verdadero mensaje de Jesucristo
estaba resumido en su afirmación de que no venía a este
mundo a traer la paz sino la espada, mientras que otros afirmaban que
el verdadero era el pacifista, el que afirmaba que quien a hierro mata
a hierro muere, el que decía que había que dar al César
lo que es del César y a dios lo que es de dios, o dicho en términos
actuales, que había que ceder ante el invasor romano y ante la
casta sacerdotal judía dominante, ambas aliadas estrechamente,
y el que también hacía loas al manso y humilde de corazón…
Que muchas de estas afirmaciones sean falsas, apócrifas e intercaladas
posteriormente, esto no quita nada al hecho cierto de que tantas contradicciones
sólo reflejan la objetividad de la práctica de la violencia
por las masas explotadas y la obsesión enfermiza de las clases
ricas por imponer el pacifismo servil y manso a cualquier precio. En
cierta forma, los sectores más reaccionarios ganaron la batalla
en la construcción del cristianismo porque los adeptos a esta
nueva fuerza político-religiosa se caracterizaron por su total
pasividad durante la heroica resistencia del pueblo “judío”,
según la definición actual, a la criminal invasión
romana del +70 dirigida por Tito. Mientras el pueblo luchaba a muerte
contra la alianza entre el invasor y la clase rica judía, el
cristianismo permaneció indiferente.
El derecho a la rebelión no pudo desaparecer a pesar de todos
los ataques en contra por la simple razón de que dentro mismo
del cristianismo existió una corriente que lo justificaba siempre
y cuando el poder terrenal se enfrentaba a la palabra de dios, y la
negaba y contradecía con sus decisiones. En la Edad Media, la
inmensa mayoría de las resistencias pasivas o activas, de las
sublevaciones campesinas y urbanas y de los movimientos heréticos,
legitimaban sus razones en el derecho a sublevarse contra la Iglesia
corrupta, contra el príncipe satánico, contra el papa
anticristo, etc. Pero, además de estas razones que siempre han
pervivido dentro del cristianismo pese a las persecuciones atroces de
que han sido objeto, el derecho a la sublevación estaba también
teorizado por la tradición democrática de las asambleas
germanas en la elección y revocación del príncipe
y/o del rey por el resto de las castas guerreras al principio y luego
de las familias nobles desde la Alta Edad Media, costumbre que fue celosamente
protegida por estas clases dominantes para derrocar a los malos reyes
en la medida de sus fuerzas. Por su parte, las monarquías en
ascenso, en centralización y en extensión y profundización
estatal aumentaron y endurecieron sus ataques contra este derecho antiguo
de las primeras castas y familias dominantes.
Podemos hacernos una idea sobre cómo las clases explotadas en
el medioevo fueron desarrollando una “teoría” sobre
su derecho a la insurgencia y a la rebelión, analizando el comportamiento
de la Iglesia y de los feudales durante las llamadas “cruzadas”.
Estos poderes se adjudicaron el derecho a la violencia ofensiva y atacante
cuando el avance del Islam demostró que no sólo era una
amenaza político-religiosa para el feudalismo, sino sobre todo
una mortal amenaza socioeconómica ya que la razón decisiva
de las victorias del Islam no era tanto su fuerza militar, sino su inicial
contenido de progreso humano, de mucha menor injusticia y explotación
social, de mayor respeto a los pueblos y a sus culturas, etc., ventajas
todas estas que convencían a muchas clases campesinas brutalmente
explotadas por el feudalismo cristiano y a muchos pueblos oprimidos
por los Estados católicos y dominados por Roma, para que aceptaran
el Islam. Las llamadas “cruzadas” se basaron en el derecho
a la violencia atacante e injusta que se otorgaba Roma a así
misma, y que delegaba en los ejércitos cruzados. Por ejemplo,
los sermones histriónicos e histéricos de san Bernardo
de Claraval durante la preparación de la segunda cruzada en 1145-47,
ensalzaban la violencia cristiana contra los infieles por ser estos
contrarios a dios.
Ahora bien, la pregunta que con el tiempo empezaron a hacerse las gentes
explotadas era: si es justa y necesaria la violencia cristiana contra
el que niega a dios, ¿no lo es cuando la Iglesia y los nobles
también reniegan de dios, se sus mandamientos de caridad, virtud,
templanza, amor, compasión, reparto de riquezas, etc., y se dedican
a hacer todo lo contrario de lo que dicen? ¿Por qué la
violencia cristiana es justa contra el infiel pero no es justa contra
el explotador? La respuesta es tan directa e inmediata que ni Roma ni
las clases feudales pudieron detener la multiplicación de protestas
de todas clases. Fue en este contexto cuando se demostró de nuevo
la utilización sistemática del pacifismo por parte del
poder opresor, en este caso por Roma y el feudalismo, ambos en crisis.
Un ejemplo paradigmático es el de la orden franciscana fundada
por Francisco de Asís, canonizado en 1228, justo dos años
después de su muerte. Esta orden pasó por muy fuertes
tensiones internas entre corrientes muy diferentes en la radicalidad
del pacifismo y de corrientes filosóficas. Fue la intervención
autoritaria de Roma, sus presiones sobre Francisco de Asís para
que rompiera con las fracciones más coherentes y radicales, para
que amoldara la orden a una vida menos austera y estricta, que no contradijera
totalmente a la creciente opulencia y riqueza vaticana, la que reorientó
a la orden hacia una vida cristiana compatible con el aumento de la
corrupción eclesial. Roma había conseguido que la orden
franciscana apareciera ante las masas hambrientas y desesperadas como
una vía de consolación resignada no perseguida por la
Iglesia, sino admitida y legal, haciendo de ella un efectivo bastión
contra la radicalidad violenta que se extendía cada vez más.
Al final Francisco de Asís murió con un estado de ánimo
tan bajo y desesperado que adelantó la sensación de fracaso
vital que hundió a Gandhi poco antes de su muerte.
La historia entera de la Edad Media está surcada por esta lucha
entre, por un lado, el pacifismo oficial católico y el derecho
a la insurgencia en general; y por otro lado y concretamente, los diferentes
derechos a la resistencia que se libraba a su vez en cuatro frentes:
la de las masas explotadas contra el feudalismo recurriendo al justicialismo
y milenarismo cristiano; la de los pueblos contra la centralización
creciente de los Estados mercantiles; la de las antiguas clases feudales
contra esta misma centralización, y la de las ciudades y sus
burguesías comerciantes contra diversos poderes papales, imperiales
y feudales. El derecho a la resistencia, a la insurgencia y al ejercicio
de la violencia bullía en el interior de estas durísimas
confrontaciones bélicas. Eran derechos sentidos y practicados
como colectivos en el caso del campesinado y de los pueblos, como estamentales
y sectoriales en el caso de las clases feudales en retroceso histórico,
y como individuales y regidos por la incipiente ideología del
contrato social por parte de la ascendente clase burguesa. Pero estas
diferentes formas de interpretar y ejercitar el derecho a la violencia
defensiva indica que cada bloque social lo entendía y practicaba
como lo que era para dicho bloque: un derecho inalienable y a la vez
una necesidad para sobrevivir como tal bloque, como campesinado, como
clase y/o pueblo explotado, como nobleza en declive y como burguesía
en ascenso.
Que existieran, como mínimo, cuatro bloques de definición
e interpretación del derecho a la defensa violenta, esta diversidad
tiene su origen en el hecho de que cada grupo social, cada clase, pueblo,
etc., interpretaba su realidad desde y para sus necesidades, siempre
bajo las presiones en contra del grupo social dominante, de la clase,
sexo, nación y Estado dominante. Los miembros de estas clases
poderosas, reaccionaron bien pronto. Dante Alighieri fue uno de los
intelectuales de esta época, en el siglo XIV, que planteó
propuestas pacifistas para avanzar hacia un imperio mundial que acabara
con toda las violencias, abriendo un sendero por el que avanzarían
otras propuestas que, como veremos, fueron luego reformuladas por diversos
pacifismos modernos que encontraron en Kant uno de sus referentes básicos,
como veremos. Mientras tanto, según aumentaba el desarrollo mercantil,
estos problemas se agudizaron, lo que explica la creciente preocupación
de las clases dominantes para mantener seguro su poder. La obra entera
de Maquiavelo es una muestra de la complejidad de estas contradicciones
en choque permanente. Recordemos que en 1513, Maquiavelo había
publicado El Príncipe, obra en la que palpita la contradicción
entre el derecho a la violencia del poder y la tendencia a la sublevación
del pueblo si es tratado de forma abusiva. Por ejemplo, en 1521 Lutero
defendía el derecho de la alianza entre nobles y burgueses para
sublevarse contra Roma, pero negaba totalmente el derecho de los campesinos,
artesanos y trabajadores a sublevarse contra la explotación que
sufrían a manos de los protestantes ricos, explotados que practicaron
su derecho a la resistencia armada en la Guerra del Campesinado, aplastada
con una ferocidad inhumana.
Fue al final de este período cuando J. Bodín (1529-96)
intentó limitar el derecho de rebelión a simple derecho
de resistencia cuando el Estado actuaba claramente en contra de los
preceptos de la Iglesia, pero sin aceptar la ejecución del monarca,
derecho, necesidad y deber que sólo se podía realizar
si el rey era un usurpador. En 1651, Hobbes escribe en su Leviatán
que la autodefensa es la mayor necesidad del ser humano, pero que debido
a la carencia de condiciones de vida, los hombres han de pactar un “contrato
social” materializado en un Estado con poderes absolutos que garantice
la libertad imprescindible para cada persona. Sin ese “contrato
social” entre personas libres, éstas terminarán
matándose unas a otras. El Estado, el Leviatán todopoderoso,
garantizará que eso no ocurra dejando que cada ser humano disfrute
de su parcela de libertad. Ahora bien, Hobbes afirma que los súbditos
tienen derecho a la sublevación contra el Estado si este abusa
de su poder acabando con todo resquicio de libertad. En 1690 Locke sigue
defendiendo el derecho a la resistencia siempre que el poder establecido
se comporte contra la ley natural, contra los derechos de la persona
establecidos por la “ley natural” interpretada por el poder
legislativo. Incluso un racista conservador de la talla de David Hume
(1711-1776), defensor de que el pueblo cediera parte de sus derechos
a un Estado fuerte que garantizase la paz social, aceptaba a regañadientes
el derecho a la resistencia contra la opresión cuando ésta
era ya insoportable.
Lo que caracteriza a todos estos autores es que vivieron y pensaron
dentro de la primera oleada de luchas revolucionarias burguesas, la
que va desde el estallido de las luchas sociales urbanas en la Florencia
y norte de Italia de los siglos XII-XV, hasta justo el comienzo de la
segunda oleada de luchas revolucionarias burguesas, la iniciada por
la feroz e implacable guerra de liberación de los EEUU contra
la ocupación británica, que a su vez era una lucha de
clases interna y una compleja interacción de luchas etno-nacionales,
nacionales e internacionales, de modo que esta revolución burguesa
debe insertarse en el contexto de una auténtica “guerra
mundial”. Los momentos cúlmen de esta primera oleada no
son otros que las guerras revolucionarias de liberación nacional,
y a la vez de lucha de clases interna, en los Países Bajos y
en Inglaterra contra la opresión de imperio español apoyado
por Alemania y el Vaticano, en los siglos XVI-XVII. Las aportaciones
y las limitaciones de estos autores, y de otros no citados, deben enmarcarse
en este contexto sociohistórico insalvable para ellos. En cuanto
burgueses que eran, excluían del concepto de “ciudadano”
a todas las clases no burguesas, explotadas y oprimidas, excepto a la
nobleza, y restringían el derecho de voto y de libertad política,
social, cultural, etc., en función de la propiedad privada: sin
una cantidad precisa de dinero no se podía votar. De igual modo,
excluían a las mujeres, extranjeros y “salvajes”
de estos y de otros derechos. Por tanto, el derecho a la resistencia
quedaba negado para la inmensa mayor parte de la población, que
debía acatar sumisamente la ley burguesa en cualquiera de sus
formas por brutales que fueran.
Un endurecimiento de esta exclusión práctica y prohibición
legal del ejercicio de los derechos burgueses a las masas explotadas,
se produjo precisamente a raíz de la entrada en escena de la
oleada de revoluciones burguesas. Antes de seguir es necesario precisar
que aunque ahora hablados de dos oleadas revolucionarias, ambas están
integradas en la primera fase histórica de revoluciones burguesas,
la fase histórica que culmina a mediados del siglo XIX, y que
data, como hemos dicho, de las primeras luchas urbanas en Florencia.
Lo que ocurre es que en esta primera fase histórica se producen
dos oleadas internas: la primera hasta mediados del siglo XVIII y la
segunda desde entonces hasta la mitad del siglo XIX. A partir de aquí,
la burguesía mundial renuncia a dirigir y encabezar revoluciones
y no por miedo al feudalismo, sino por miedo a las clases trabajadoras.
Pues bien, hecha esta aclaración necesaria, hay que seguir diciendo
que fue precisamente a raíz de cuatro revoluciones de una dureza
espeluznante que la intelectualidad burguesa, y con ella las direcciones
políticas de esta clase social, iniciaron un giro aún
más reaccionario en contra del derecho a la resistencia. Las
cuatro guerras revolucionarias fueron, en orden cronológico:
la norteamericana de entre 1775-83; la guerra revolucionaria de liberación
nacional y de clase dirigida por Túpac Amaru desde noviembre
de 1780; la revolución francesa desde 1789, y la independencia
revolucionaria de Haití entre 1791 y 1804. Desde luego que hubo
muchas más prácticas del derecho de los pueblos a la violencia
emancipadora, pero éstas fueron las que más impactaron
en la intelectualidad burguesa.
Kant teorizó las razones básicas del endurecimiento autoritario
y represivo burgués en esta cuestión crucial, giro reaccionario
que no puede separarse del resto de sus ideas, tema que no desarrollamos
ahora. Pero, por efecto de la dialéctica objetiva de las contradicciones,
en Kant no pudo dar una respuesta convincente al por qué de su
rechazo del derecho de resistencia, como se comprueba leyendo La paz
perpetua escrita en 1795, sobre todo su Apéndice I. La contradicción
irresoluble en Kant y en toda la ideología burguesa, radica en
que, por un lado, se insiste en la paz perpetua y en los derechos “objetivos”,
“naturales” e “inalienables”, pero, por otro
lado, se hace una loa al mercado, al comercio, al dinero, a la expansión
económica, negando la explotación inherente al capitalismo,
como el mismo Kant expresa en La paz perpetua. Incapaz de salir de ese
agujero sin fondo, Kant no tenía otra opción que saltar
por encima de la realidad sociohistórica, buscando agarrarse
al vacío de la ética pura, abstracta e inexistente. Así,
reconoce una y otra vez que los pueblos que son oprimidos, avasallados
e invadidos responden con la violencia defensiva e insiste en el papel
jugado por la guerra en la evolución humana, pero inmediatamente
después, olvida esta permanente lección y echa a volar
por la utopía de los pacíficos y civilizadores beneficios
que genera la expansión comercial europea. Más aún,
en determinadas frases parece que Kant fuera consciente de su contradicción
ya que, tras sostener incluso que hay que reprimir a los rebeldes que
se sublevan ilegalmente contra la injusticia, y tras sostener que hay
que aplazar las reformas necesarias hasta llegar a mejores tiempos,
sin embargo, en la mitad de esa argumentación reaccionaria desliza
una ambigua matización de que eso se ha de realizar “en
algunos casos”, sin precisarlos. La pregunta inmediata es ¿y
en el resto de casos, vale el derecho a la resistencia que en otros
no vale? ¿Quién decide cuándo sí y cuándo
no se puede practicar ese derecho? Antes estas interrogantes cruciales,
Kant no responde, se escapa escondiéndose en los tópicos
reaccionarios de la filosofía política burguesa.
No es casualidad, en modo alguno, el que desde entonces los movimientos
reformistas que se han ido desligando de la izquierda y de la lucha
revolucionaria para caer de un modo u otro en la defensa del capitalismo,
todos ellos se hayan caracterizado por tres identidades sustantivas:
aceptar la filosofía kantiana o neokantiana, rechazar la teoría
marxista de la explotación asalariada y del Estado como instrumento
de poder, y rechazar la dialéctica materialista. Una constante
que recorre a estas características es la del mito del pacifismo
en cualquiera de sus formas, especialmente en la aceptación del
parlamentarismo burgués y muy especialmente, cuando las contradicciones
llegan a un extremo inaceptable para burguesía, a la aceptación
de la tesis de Kant sobre la necesidad de reprimir a los rebeldes. Además
de esta raíz histórica, el reformismo tenía otras
raíces más, entre las que destacan las corrientes pacifistas
del socialismo utópico y, más tarde, las corrientes pacifistas
creadas a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Pero, de nuevo,
por debajo de tanta palabrería inútil, la práctica
de las clases y pueblos explotados desde aquél 1795 kantiano
se orientaba en sentido opuesto a La paz perpetua. Basta recordar aparte
de las revoluciones ya citadas y de las resistencias de los pueblos
a la expansión imperialista francesa en la era napoleónica,
también las luchas obreras y populares desde finales del siglo
XVIII a los salvajes efectos de la revolución industrial en Gran
Bretaña, y a partir de aquí y de forma ascendente, el
endurecimiento de la lucha de clases según avanzaba el capitalismo,
y de las luchas anticoloniales e independentistas de los pueblos en
todas partes.
Kant murió en 1804 en medio de una larga conflagración
bélica que podemos definir como el tercio de siglo de “guerras
napoleónicas”. Cuando éstas terminaron, las potencias
victoriosas se reunieron en 1815 en el Congreso de Viena, que puede
ser definido como el fracaso histórico del pacifismo kantiano
porque dichas potencias no tuvieron en cuenta la enrevesada interacción
entre moral, ética y política propuesta por Kant para
asegurar la paz perpetua bajo la protección del crecimiento mercantil.
Además de otras decisiones, en ese Congreso las potencias victoriosas
tomaron todas las medidas necesarias para acabar definitivamente (¿?)
con la práctica del derecho a la rebelión por parte de
los pueblos y clases explotadas, pero, de nuevo, fracasaron, como veremos.
Muy significativamente, en ese 1815 se creó la primera organización
con objetivos estrictamente pacifistas en los EEUU, un país que
estaba lanzado ya en la vía del genocidio de las naciones indias,
de la expansión del esclavismo y de la explotación obrera
interna, y sobre todo, que preparaba su inminente “doctrina Monroe”
de 1823, adelantada por Quincy en 1819, y que iba unida a una propuesta
de pacto con Gran Bretaña para desplazar a las potencias europeas
que habían firmado los acuerdos de Viena de 1815-17. De hecho,
fue a partir de estas fechas cuando comenzó a tomar cuerpo lo
que ahora es la doctrina oficial yanqui de “guerra preventiva
en defensa de los intereses nacionales”, doctrina que ya está
en enunciada en esencia en toda la teoría de la guerra elaborada
desde el siglo –V, por poner un fecha, en la Grecia clásica
y en la antigua China. Como veremos, la doctrina de guerra preventiva
no hace sino legitimar el derecho imperialista a la aplicación
de la violencia injusta cuando la clase burguesa lo estime necesario.
Tras el largo ciclo de las “guerras napoleónicas”,
que fue otra larga “guerra mundial” en la que se dilucidó
cuales iban a ser las potencias dominantes y cómo se repartieron
buena parte del mundo entre Gran Bretaña y los EEUU., la pugna
entre el derecho práctico pero ilegalizado a la violencia defensiva
por parte de las y los explotados, y el derecho legal pero inhumano
a la violencia capitalista, esta irreconciliable pugna, no se había
resuelto sino que se había agravado, pese a la irrupción
oficialmente organizada del pacifismo y a la fuerza de la ideología
kantiana en la intelectualidad burguesa. Aunque el Congreso de Viena
y los planes yanquis, estabilizaron relativamente la expansión
capitalista, como lo había logrado también relativamente
el Tratado de Wetsfalia de 1648, en la realidad social bien pronto,
en 1830 y en 1848, las masas explotadas se defendieron con su violencia,
de manera que, siempre dentro de este continente, se inició un
ciclo ascendente de recurso a la interacción de todas formas
de resistencia, lucha y autodefensa por parte de las clases y pueblos
explotados al margen de lo que pensaba la clase dominante. Este ascenso
innegable, que entraría en una nueva fase en 1917, se topó
con toda serie de oposiciones legales, de trampas y de maniobras reformistas
e integradoras por parte de las diversas burguesías, todas ellas
destinadas directa e indirectamente a acabar con las crecientes formas
de interacción de las resistencias populares. Incluso la Iglesia
católica y las restantes sectas del cristianismo desarrollaron
“movimientos de apostolado social” con el objetivo prioritario
de contener el avance del socialismo y de las defensas violentas de
los y las explotadas.
De la misma forma en que las guerras de independencia en las Américas
a comienzos del siglo XIX, y las sublevaciones esclavas y de las naciones
indias originarias habían demostrado la impotencia absoluta del
pacifismo, el expansionismo yanqui en todas sus formas y la guerra de
Secesión en Norteamérica, volvieron a confirmarlo, como
sucedió en todo lo relacionado con la Comuna de París
de 1871. En esta vorágine de conflictos y guerras de todas clases,
la respuesta de los sectores “humanistas” de la burguesía
sólo pudo plasmarse en “logros” como el de la fundación
de la Cruz Roja Internacional en 1863, apenas más. La revolución
mexicana de 1910-17 fue otro ejemplo concluyente, entre los muchos disponibles,
sobre cómo los pueblos ejercitan su derecho a la rebelión
sin pedir permiso a nadie, de la misma forma en la que los EEUU y el
resto de potencias burguesas tampoco pedían permiso, y apenas
avisaban con antelación, a los pueblos a los que presionaban,
amenazaban, invadían y ocupaban. Seguían chocando en el
campo de batalla dos derechos iguales al ejercicio de dos violencias
irreconciliables, la injusta y la justa, y en estas circunstancias,
es decir, cuando chocan dos derechos iguales, sólo la fuerza
decide.
Pero con respecto al pasado mediato e inmediato en el que las masas
explotadas apenas pudieron dar cuerpo teórico a su derecho a
la insurgencia, limitándose por lo general a las utopías
radicales de los movimientos milenaristas, justicialistas y heréticos,
a diferencia del pasado, desde pocos años antes de la oleada
revolucionaria de 1848-49, las clases explotadas empezaron a crear su
propia teoría de la violencia con su correspondiente visión
ético-moral. El amplio movimiento socialista del siglo XIX refleja
en general este proceso creativo, y su parte más elaborada y
concreta, el marxismo, terminó por construir esa teoría
en sucesivas fases, siendo una de las más importantes la de 1871-1917,
por poner dos fechas emblemáticas. La teoría de la violencia
revolucionaria, con su inherente contenido ético-moral, era y
sigue siendo una parte de una visión científico-crítica
más amplia, en la que no nos extendemos ahora. Recordemos cómo
la ideología burguesa por mediación de Kant a finales
del siglo XVIII, respondió restringiendo el derecho a la rebelión
atemorizada por la creciente participación de las masas en las
cuatro revoluciones arriba citadas.
Se trató de una restricción muy severa y estricta, pero
que no resolvía el problema central como hemos visto en las contradicciones
de Kant, y ello fue debido a que todavía no se había hecho
patente e innegable la irrupción del proletariado revolucionario
a escala internacional y mundial. Al no aparecer todavía de manera
irreversible esa nueva contradicción irreconciliable entre el
derecho a la violencia de la burguesía y el derecho a la violencia
del proletariado, por eso mismo, la marcha atrás realizada por
Kant no podía suponer aún una innovación contrarrevolucionaria
cualitativa. Ésta sólo podría pensarse y darse
una vez que el proletariado mundial, las naciones oprimidas por el imperialismo
y las mujeres y todos los colectivos y grupos explotados, aparecieran
decididamente en la lucha mundial. Los años transcurridos entre
1815 y 1848 fueron un adelanto, pero la primera irrupción de
la nueva violencia revolucionaria teóricamente asentada en el
marxismo, se materializó definitivamente entre 1871 y 1917. Veremos
las dos fundamentales respuestas dadas por la burguesía: la decisiva
y práctica, y la minoritaria, propagandística e ideológica.
La guerra mundial de 1914 fue en sus inicios otro estremecedor ejemplo
sobre cómo el imperialismo utiliza sin miramientos su derecho
a la violencia opresora, y únicamente a partir de verano-otoño
de 1916 y sobre todo a partir de la revolución bolchevique de
octubre de 1917, el capitalismo empezó a preocuparse en serio
por presentar un plan alternativo a la carnicería, únicamente
por miedo a la revolución que ya estaba minando el orden capitalista
y debilitando muy seriamente a sus ejércitos con sus argumentos
irrebatibles. Los famosos “14 Puntos” del presidente norteamericano
W. Wilson, de 1918, y especial el catorceavo en el que se defiende una
especie de derecho abstracto y burgués a la autodeterminación
de los pueblos, parecían certificar la victoria definitiva del
pacifismo kantiano, pero tampoco sirvieron de nada porque una cosa era
la propaganda burguesa en una situación crítica y revolucionaria
a nivel mundial, y otra cosa eran los verdaderos intereses reaccionarios
del capitalismo en esas condiciones. Las dos décadas transcurridas
entre 1918 y 1939 fueron simples años de tránsito entre
dos guerras mundiales que reflejaban la crisis absoluta del imperialismo
capitalista. Dos décadas repletas de revoluciones, contrarrevoluciones,
fascismos, militarismos y urgentes e intensivos rearmes para la siguiente
guerra en medio de la total inoperancia de la Sociedad de Naciones fundada
en 1919, para evitar para siempre otra guerra mundial como la de 1914-18.
La crisis de 1929 agudizó todos los problemas de modo que, a
la postre, estalló la guerra de 1939-45, precedida por otro sin
fin de “guerras menores” igualmente sangrientas.
Pero a diferencia de 1918, momento en el que la burguesía vencedora
sólo tuvo como alternativa propagandística los 14 Puntos
de Wilson, y como alternativa práctica la mezcla de revanchismo
contra los vencidos y de urgencia por acabar con la URSS, en 1945 la
burguesía yanqui se presentaba al mundo como la potencia hegemónica
que había planificado el futuro en Bretton Wodd, que se había
dotado de instituciones internacionales adecuadas, como la ONU, que
había pactado con la URSS una política de bloques y de
coexistencia pacífica, y que se sentía con fuerzas sobradas
para dirigir el mundo. Pero a pesar de toda su fuerza, aun quedaba pendiente
el escabroso problema del derecho a la rebelión de las masas
contra la injusticia, un derecho que se había practicado siempre,
que entre 1918 y 1939 había sido constante, y que se había
incrementado si cabe durante la segunda guerra mundial. Por ejemplo,
en la Europa capitalista de 1945 la asunción de este derecho
por los pueblos que habían llevado el peso de la lucha contra
el nazi-fascismo, mientras que sus burguesías colaboraban abierta
o solapadamente con el invasor, había sido uno de los frenos
fundamentales que abortaron los planes imperialistas de atacar a la
URSS hasta exterminarla, utilizando parte del ejército nazi derrotado.
Otro freno era la propia fuerza y prestigio de la URSS, y otro no menor
era la moral de lucha de los ejércitos yanqui y británico,
no tan sólida como lo deseaban sus Estados Mayores, e insuficiente
para garantizar la victoria en el caso de una prolongada guerra contra
la URSS. Además, los pueblos colonizados y oprimidos por el imperialismo
ampliaban sus movimientos de liberación nacional reduciendo la
extracción de sobreganancias imperialistas.
Fue en este contexto defensivo para las potencias capitalistas victoriosas,
y para los EEUU, el que determinó que no tuvieran más
remedio que aceptar la siguiente declaración que aparece en el
Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos, votada a finales de 1948: “Considerando esencial que
los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho,
a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la
rebelión contra la tiranía y la opresión”.
Vemos aquí que, por un lado, se recomienda la existencia de un
“régimen de Derecho” que garantice el ejercicio de
las libertades. Se trata de una propuesta muy antigua en la historia
de la política, un tema de permanente debate en la Grecia clásica,
y que posteriormente se ha discutido incluso dentro de las dictaduras
al plantearse en ellas la conveniencia o no de algunas reformas. Y por
otra parte, que tal régimen de Derecho tiene el objetivo de cortar
toda posibilidad a la insurgencia, de modo que no existan excusas para,
por ejemplo, el ejercicio de la guerrilla o de cualquier otra forma
de violencia defensiva. Tampoco estamos descubriendo aquí nada
nuevo. De hecho, las posibilidades abiertas por ambas vertientes han
dado y dan mucho juego a la acción política legalizada,
incluso a las tácticas mentirosas y tramposas que prometiendo
mejoras y reformas sólo buscan desunir a los oprimidos, confiarlos
y debilitarlos para, más adelante, proceder a su exterminio.
Tucídides nos cuenta cómo los espartanos ya utilizaron
trampas de estas para acabar con las periódicas sublevaciones
del pueblo esclavizado.
Ahora bien, al margen de lo dicho y sin olvidarlo nunca, el valor crucial
de las palabras citadas, no es otro que el reconocer oficialmente que
la rebelión contra la tiranía es el “supremo recurso”
que les queda a los pueblos que sufren la opresión. Desde que
se aprobó la Declaración estas palabras han sido un problema
creciente para el imperialismo, un problema nunca resuelto definitivamente
a pesar la sistemática puesta en acción de tres vías
para desautorizarla: primera y fundamental, olvidar dicha declaración
en la práctica y seguir machacando a los pueblos y clases rebeldes;
segunda y muy importante, ir poniendo cada vez más exigencias,
condiciones y requisitos muy difíciles de cumplir por un pueblo
y/o clase explotados para que sus violencias defensivas sean admitidas
como legales por las instituciones imperialistas, por la ONU, etc.;
y tercero y como estrategia reaccionaria dotada de un fundamental contenido
ideológico, normativo, cultural y político, dar la vuelta
al argumento de 1948 de la ONU y presentar como tiránico y opresor
al socialismo y a todo movimiento directa o indirectamente anticapitalista,
democrático y progresista, y como libertador, justo y bueno a
todo movimiento que defienda la propiedad privada de las fuerzas productivas,
la libertad de mercado capitalista y el derecho de la “civilización
occidental” para defenderse ella y defender sus conquistas históricas,
su progreso, derechos y libertades.
Las tres alternativas del imperialismo a su derrota parcial en lo que
concierne a la Declaración Universal de los Derechos Humanos,
han sido aplicadas en diversas combinaciones desde entonces, pero, además
de la primera, la tercera ha ido en aumento desde que en 1947 se reunió
un grupo selecto de ultraconservadores en un balneario suizo creando
la Mont Pelerin Society, dirigida por von Hayek y que pronto integró
a intelectuales reaccionarios de la talla de von Mises, M. Friedman
y K. Popper, éste durante un tiempo, y que con el paso de los
años abriría sus puertas a muchos premios Nobel, recibiendo
cuantiosas ayudas económicas de grandes corporaciones, monopolios
y transnacionales capitalistas, inicialmente yanquis y británicas.
Una de las prioridades de este grupo fue la de adaptar a las condiciones
de la segunda mitad del siglo XX las tesis de la escuela austriaca,
neoclásica o marginalista del último tercio del siglo
XIX, decididamente antimarxista, y cuya expresión más
conocida era la denominada por Marx “economía vulgar”.
La adecuación de las tesis individualistas e idealistas del marginalismo
preimperialista a la fase keynesiana y taylor-fordista del imperialismo
de entre 1945 y 1975, o los “treinta gloriosos”, era la
tarea imprescindible y previa para asentar luego la contraofensiva neoliberal
cruda y dura aplicada sistemáticamente gracias a las dictaduras
militares más atroces, como fue su primera experiencia moderna
bajo la dictadura de Pinochet en Chile con el apoyo vital de los EEUU
desde 1973 hasta 1988, formalmente; o gracias a las duras políticas
de austeridad, recortes de ayudas y gastos sociales y públicos,
recortes de salarios directos e indirectos, privatizaciones, recortes
de derechos democráticos, políticos, sindicales, elementales,
etc., y todo ello gracias a una ampliación de las leyes y medios
represivos de los Estados.
Como sucede muy frecuentemente en la historia de la ideología
burguesa, las declaraciones sucintas y escuetas de algunos políticos
tienen mucho más valor teórico que la palabrería
hueca, ostentosa y abstrusa de los profesionales del servilismo ideológico,
o intelectuales. Márgaret Tatcher dijo una vez, cuando era primera
ministra, que la sociedad no existía, que sólo existían
los individuos, las personas consideradas individualmente. Nos encontramos
ante la ideología reaccionaria en su expresión elemental,
la que niega la existencia de lo colectivo y por tanto de las clases
sociales, de los pueblos, etc. Sin estos sujetos colectivos no existe
explotación ni opresión, ni por tanto dominación
alguna, sino sólo la elección racional de la persona egoísta
e individualista que mira por proteger sus derechos. Volvemos a los
siglos XVII-XVIII pero con el agravante de que ahora esa ideología
tiene más experiencia que entonces y, sobre todo, conoce ya a
su enemigo mortal: el comunismo como movimiento real y el marxismo como
teoría de ese movimiento. Si entonces aquella ideología
admitía restrictiva y selectivamente, como hemos visto, el derecho
a la rebelión y a la insurgencia, ahora ya ni eso, porque ahora
se afirma que todo derecho es sólo individual, que no existen
derechos sociales y colectivos porque no existe sociedad ni colectividad
alguna. Desde esta base, ya no tiene sentido ni siquiera la Declaración
Universal de los Derechos Humanos. Y en la práctica, el imperialismo
actúa ignorándola y conculcándola todos los días.
Las recientes declaraciones del actual presidente de los EEUU, George
Bush, legitimando el uso de la tortura y negando así la vigencia
del Artículo 5 de dicha Declaración, que condena y prohíbe
tajantemente su empleo, es uno de tantos ejemplos.
Certificada la desaparición de lo social, de lo colectivo, ya
no hay derecho alguno a la resistencia por parte de las personas explotadas,
porque éstas no existen como colectivo, sino, a lo máximo,
como agregado informe y caótico de individuos insolidarios y
egoístas que coinciden fugazmente en la defensa de sus caprichos
particulares, para disolverse en la nada una vez logrados o antes incluso.
Pero frente a esos átomos que vagan a la deriva, sí existe
la coherencia de la elite, de la casta dominante, culta y sabia, responsable,
que acepta el destino heroico de proteger el sacrosanto derecho de la
propiedad privada de las fuerzas productivas. Los discursos de Bush,
la ideología de los neoconservadores y de los fascistas, destilan
esta ideología y la materializan prácticamente en doctrinas
como el derecho a la guerra preventiva en defensa de la civilización
cristiana y capitalista. Bien mirado y salvando todas las distancias,
hemos retrocedido hasta las tesis reaccionarias de Platón, de
su mundo dirigido por una minoría de sabios y doctos, los hombres
de oro, protegidos por un grupo de soldados encargados de su defensa,
y que viven todos ellos gracias al trabajo de la mayoría explotada.
Estas ideas están profundamente ancladas en el pensamiento occidental
y forman la base de buena parte del método sociológico,
de la sociología como “ciencia de la sociedad”. Lo
único que le ha añadido el neoliberalismo de M. Tatcher
ha sido llevar a la coherencia solipsista extrema el individualismo
burgués.
Sin embargo, en muy poco tiempo la historia demostró a M. Tatcher
lo erróneo de sus tesis, su imposibilidad material ya que ahora
mismo sectores cualificados de antiguos aliados, amigos y discípulos,
militantes fanáticos del individualismo burgués, están
reculando, dudan cada vez más sobre si se pueden mantener a ultranza
unos principios que están llevando al capitalismo al borde de
la crisis sistémica. No hay duda de que la razón fundamental
de tales reflexiones, y de los problemas crecientes que las motivan,
es el ejercicio del derecho a la insurgencia y a la rebelión
por parte de los pueblos, de las clases, de las mujeres, es decir de
la humanidad trabajadora. La resistencia a la explotación actúa
dentro mismo de la dialéctica de la totalidad entre las fuerzas
económicas y las fuerzas políticas, ambas sociales y humanas,
con mayor o menor conciencia según las circunstancias, pero presente
siempre. La dialéctica entre la leyes económicas estrictamente
endógenas e internas del capitalismo en el momento del análisis
particular, y las leyes políticas y sociales exógenas
y externas a las económicas, esta dialéctica de la totalidad
concreta es inconcebible sin la presencia de la acción humana
consciente, sin la acción subjetiva de las masas explotadas que
se expresa como acción objetiva y fuerza material cuando ejercita
el derecho y la necesidad a la insurgencia, a la violencia defensiva
contra la tiranía y la opresión.
En el momento de la síntesis teórica que sustenta internamente
a la praxis revolucionaria, la dialéctica entre lo económico
y lo político se presenta como una sola, como un proceso unitario
en su desenvolvimiento material, proceso en el que la acción
revolucionaria contra la tiranía resume, sintetiza y plasma en
su unidad viva los respectivos análisis parciales que corresponden
a las diferentes subtotalidades y contradicciones específicas
del modo de producción capitalista. Es por esto que resulta,
además de imposible, también anticientífico y contrarrevolucionario
negar la permanencia del choque entre el derecho burgués a su
violencia, y el derecho proletario a la suya, el choque entre la ética
capitalista y la ética comunista, entre la democracia burguesa
y la democracia socialista. Por tanto, no queda otra opción que
optar por el capital o por la humanidad trabajadora, no existen alternativas
intermedias, equidistantes, neutrales. La postura pretendidamente intermedia
de “condenar la violencia venga de donde venga”, de oponer
a “toda violencia”, repite todos los errores aquí
expuestos. Quiere situarse por encima de los conflictos sociales pero
refuerza ¿sin quererlo? los intereses de la opresión.
En realidad, es la postura más cobarde, egoísta y ruin
que pueda alguien imaginarse porque quiere quedar bien ante el opresor
y los y las oprimidas, sin enemistarse con nadie, sin mirar a la realidad
cara a cara, dejando que el fuerte aplaste al débil, para mantener
una imagen de pureza ética absoluta. Son sepulcros blanqueados.