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La maquinaria propagandista opositora: ¿Un problema de salud pública?


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jueves 14 de mayo de 2009

Reinaldo Iturriza Lopez

Desde el momento en que la estrategia de la máquina propagandística opositora es aniquilar, sin más, la democracia en Venezuela, propósito que pasa por la sistemática criminalización o invisibilización de la base social del chavismo, por el ocultamiento deliberado de las agresiones y crímenes que contra ella se cometen regular e impunemente; desde ese momento que es desde siempre, es sencillamente inaceptable que a estas alturas de la historia todavía los haya quienes pretendan, desde la acera digamos democrática, intervenir en el debate público sobre el "problema político" de los medios, apelando a una postura de defensa del derecho a la libertad de expresión que, cuando pasa por alto lo fundamental: la estrategia de la máquina propagandística opositora, es de hecho una defensa en abstracto del derecho a la libertad de expresión.

Pongo en duda la postura de Vladimir Villegas, según el cual el tal "problema político" se solucionaría "transformando radicalmente los medios del Estado y abriéndolos a la crítica, al debate sin cortapisas y a la difusión de los más diversos puntos de vista sobre la vida, la política, la cultura y la economía". El punto es éste: si una transformación tal habrá de ocurrir no será para resolver los problemas derivados de los efectos que produce la máquina propagandística opositora, sino porque ese debe ser el horizonte de cualquier revolución orientada a la radicalización de la democracia, con todo lo que esto implica en términos de apertura a la crítica y debate sin cortapisas.

De manera que el problema está mal planteado: no se resuelve el "problema político" de los medios "transformando radicalmente los medios del Estado", por la sencilla razón de que la transformación de los medios públicos es un proceso que no depende de la resolución del primer problema.

Se dirá que es imperativo neutralizar los efectos que produce la máquina propagandística opositora. El problema, uno adicional, es cómo. Al respecto, sorprende la casi absoluta unanimidad de los voceros gubernamentales en torno a la idea de que algunos medios opositores se habrían convertido en un problema de "salud pública". Nadie en su sano juicio pondrá en duda que los medios opositores habrán producido no pocos desquiciamientos. No por casualidad desde 2002 recorre nuestras calles aquella consigna: "Chávez los tiene locos". Pero si realizáramos el necesario ejercicio de memoria, desde sus inicios la consigna se ha entonado, principalmente, con un significado que pudiera resumir así: «Por más que lo hayan intentando, aquí estamos y aquí seguimos, en revolución, recuperando espacios, ejerciendo poder, ocupando las calles, visibles los que fuimos invisibles, riendo, cantando y avanzando mientras ustedes intentan detenernos». Basta con ir a los archivos y verificar que siempre fue así.

Cosa muy distinta es cuando se habla de los medios opositores como de un problema de "salud pública", cuando de lo que se trata, ciertamente, es de un problema político. Así como es inaceptable que se reduzca un problema político a los márgenes estrechos del derecho, no podemos permitirnos caer en la tentación de la medicalización de la política. Ésta última es de impronta tan conservadora como la defensa en abstracto del derecho a la libertad de expresión. El problema del término "salud pública" es que presupone la existencia de individuos sanos y enfermos. Si la máquina propagandística opositora produce un discurso según el cual existe una "normalidad" democrática amenazada por una "patología" chavista, suerte de cáncer social que habría que extirpar, mal podríamos nosotros reproducir un discurso análogo, según el cual habría individuos enfermos y sanos, o medios que enferman y otros que sanan, como si la revolución no tuviera suficiente con sus propias taras.

Si continuáramos abusando del término "salud pública" y consolidáramos, por consiguiente, esta incipiente medicalización de la política, no estaríamos contribuyendo, en lo absoluto, a neutralizar los efectos de la máquina de propaganda opositora. Al contrario, estaríamos reproduciendo la misma lógica que pretendemos combatir.

¿Cómo neutralizar, entonces, sus efectos? ¿Cerrando Globovisión? Por cierto, ¿alguien habló de cerrar Globovisión? Sospecho que se trata, como ha escrito Ernesto Villegas, de una tormenta en un vaso de agua. Pero vuelvo y repito la pregunta: ¿cerrando Globovisión? No lo creo. De hecho, si respondiéramos afirmativamente estaríamos eliminando de entrada la pertinencia de la primera pregunta: ¿cómo neutralizar sus efectos? Y que yo sepa es imposible neutralizar los efectos de una cosa que no existe.

Para neutralizar los efectos no de un canal de televisión, sino de toda una máquina de propaganda y su estrategia de aniquilamiento de la democracia, lo que hace falta es crear las condiciones que hagan posible la producción de un saber que sepa plantarles cara, un saber que nos permita identificar sus giros tácticos, sus planes de acción, sus flancos débiles y la valoración que hacen de nuestros propios flancos débiles. Un saber no indignado, porque la indignación siempre es reactiva y contraproducente. Porque de hecho, uno de los propósitos de la máquina de propaganda opositora es incitar la indignación, el malestar, el resentimiento, la tristeza y la desmoralización en nuestras filas. Porque presas de la indignación, somos débiles.

Si bien es cierto que la radicalización democrática de los medios públicos no depende de que resolvamos el problema de los medios opositores, también es cierto que una cosa y la otra dependen, esas sí, de que sepamos producir un saber no reactivo. En otras palabras, el problema no son las armas en manos ajenas o nuestras propias armas. El problema es que tenemos que aprender a usarlas.