Reinaldo Iturriza Lopez
A pocas horas de iniciarse las elecciones regionales, Caracas duerme
con un ojo abierto. Aunque escaso, el tráfico es mayor de lo
que es común cualquier domingo en la madrugada - la vista me
alcanza hasta las avenidas Bolívar y México. No transcurre
un solo minuto sin que se escuche - a lo lejos, en dirección
oeste - el tronar de algún cohetón. Tronar que se convertirá
en tormenta a golpe 4 de la mañana, hora establecida para el
toque de diana que convoca el chavismo.
La lluvia que azotó - literalmente - buena parte del país
el pasado jueves, no ha vuelto a caer en Caracas. Tal vez regrese hoy
domingo en horas de la noche, según informan los meteorólogos.
La oposición ha hecho de la lluvia un tema de campaña,
como era de esperarse. La mala fama les precede: no olvidamos las palabras
del alto jerarca de la Iglesia católica, José Ignacio
Cardenal Velasco, quien el 16 de diciembre de 1999, un día después
de que el pueblo venezolano refrendara la Constitución Bolivariana,
declarara: "Es una calamidad que ha caído sobre Venezuela".
El país entero entendió que no se refería a la
lluvia que no cesaba de golpear a buena parte de nuestro territorio,
y que produjo los terribles deslaves que le desfiguraron el rostro al
estado Vargas a punta de carajazos. Se refería a Chávez,
al pueblo que lo había elegido y que había votado por
la nueva Constitución. La lluvia, la muerte, eran castigos divinos.
Poco más de un año después, cierto 12 de abril,
el mismo José Ignacio Cardenal Velasco estampaba su rúbrica
en el acta que convalidaba el golpe de Estado contra la Constitución
y contra todo.
Y después no se explican por qué uno vota por el chavismo
así llueva. Después quieren hacerse los que no entienden
por qué uno hace tronar ese cielo. Está claro cámaras:
esa gente no sabe nada de relampagueo.