Javier Torres Molina
Cuarenta años después del intento guerrillero de Ernesto
Che Guevara en Bolivia, todavía quedan rastros de su paso por
Ñancahuazú. Los últimos días de la guerrilla
se pueden reconstruir a través del testimonio de algunos campesinos
y campesinas que vieron atravesar por su zona un grupo de combatientes
armados, sucios y harapientos que intentaban interactuar con la gente
del lugar, buscaban alimentos y se escapaban del ejército. En
La Higuera algunos de sus habitantes todavía recuerdan el miedo
que la propaganda militar había infundido en ellos y en sus oídos
todavía resuenan los disparos que acabaron con la vida del Che.
La Higuera es un pequeño pueblo de campesinos que cuenta con
solo veinte casas sin electricidad y si se destaca de los numerosos
pueblos de similares características que se encuentran en Bolivia,
es porque fue el último poblado donde pasó Ernesto Che
Guevara y su guerrilla antes de caer en combate el 8 de octubre de 1967
y sobre todo porque ahí lo asesinaron al día siguiente.
Como si fuera cualquier ciudad de Cuba, el rostro del Che está
presente a través de pinturas en algunas casas que rodean la
pequeña plaza del pueblo y en pocos metros se encuentran dos
bustos: uno en el mismo centro de la plaza y otro de mayor tamaño
se ubica al lado de una cruz, sobre una leyenda que dice “tu ejemplo
ilumina un nuevo amanecer”.
También hay un mural que realizaron dos rosarinos donde hay
una frase del Che que está junto a los campesinos que desde siglos
habitan esas tierras, a los zapatistas y entre pañuelos de las
Madres de Plaza de Mayo y bicicletas de Pocho Lepratti.
La escuela donde el Guevara permaneció preso una noche y donde
luego fue asesinado ha sido convertida en un museo –permanece
ahí intacta la silla donde el Che estaba sentado cuando le dispararon-
y el pueblito tiene frente a la plaza una importante construcción
donde funciona la escuela hasta quinto grado, un pequeño centro
de salud y un albergue para los visitantes construidos gracias a la
solidaridad del gobierno cubano.
Por su historia y porque existe otra localidad con el mismo nombre
los pobladores prefieren hablar de su lugar como La Higuera del Che.
Mochilas pesadas
Más que en el museo, los últimos días de Guevara
y sus guerrilleros se pueden reconstruir a través del testimonio
directo de algunos de los habitantes del lugar. Cuarenta años
después todavía quedan con vida un puñado de personas
que lo vieron y que tuvieron algún contacto con el Che.
Uno de ellos se llama Manuel Cortéz y en 1967 tenía 21
años. En la noche oscura junto al monumento del Che y bajo el
cielo estrellado como no se puede apreciar en las ciudades, Manuel espontáneamente
cuenta que vio al Che y a sus compañeros en una fiesta que se
realizaba en un paraje cercano a La Higuera que se denomina Abra del
Picacho, en la casa de Próspero y Doña Elisa.
Había músicos, cerveza, chicha, algo de comida y el encuentro
se realizaba con normalidad hasta que de repente vieron aparecer al
grupo de guerrilleros.
La primer reacción fue de miedo y hasta algunos empezaron a
escaparse, hasta que Inti Peredo, -uno de los combatientes bolivianos-
los llamó: -¡Compañeros, compañeros, vuelvan,
no se vayan, nosotros no le vamos hacer nada!-. Luego el Che Guevara
se presenta y hace lo mismo con cada uno de sus guerrilleros.
Poco a poco fueron entrando en confianza, los campesinos les convidaron
de beber, Guevara pidió que toquen música del lugar y
cuando los músicos lo estaban haciendo les dijo a sus guerrilleros
que bailen entre ellos.
A cada instante el Che miraba por sus largavistas en todas las direcciones
y Manuel se acercó y le preguntó – sin conocer de
que se trataba ese aparato- porqué hacía eso y el Che
le respondió que era porque el ejército boliviano los
estaba persiguiendo y que podía haber un combate en cualquier
momento.
Después de estar un rato compartiendo con los lugareños
los guerrilleros siguieron su marcha, pero dos campesinos preguntaron
si querían que lleven algunas de las mochilas que tenían
porque las veían muy pesadas. Caminan con ellos dos cuadras,
pero después les dicen que se volvieran; no había armas,
no tenían instrucción militar. Guevara saca cigarros,
se los regala, saca su pipa, la enciende y les da dos palmazos a cada
uno y le dice: - ¡Así me gusta, éstos hombres son
valientes!.
Manuel recuerda que al Che se lo veía cansado y que por el asma
tosía a cada momento.
Era el 18 de septiembre de 1967 y Guevara en su Diario en Bolivia escribirá
que “los campesinos nos trataron muy bien” para enseguida
anotar “al llegar a La Higuera todo cambió”.
En La Higuera
A pesar que Manuel compartió un rato con los guerrilleros en
la fiesta tenía miedo que le roben sus chanchos. Por eso se adelantó
a la marcha de ellos, fue a su casa y los escondió. Desde ahí
vio como de dos en dos pasaban por la calle de La Higuera, cerrando
la marcha el Che que iba sobre una mula y traía otra con carga.
Cuando lo vio le preguntó si no lo había visto antes –Manuel
le contó que sí- y el Che continuó su camino.
A pocos metros de donde ahora está la plaza, todos los guerrilleros
se reunieron para establecer un transitorio campamento. Algunos se dirigieron
en distintas direcciones a conseguir alimentos y fue así que
dos de ellos fueron a la casa de Manuel y le preguntaron si tenía
huevos para venderles. Manuel les dio alrededor de cuarenta y los soldados
del Che le preguntaron cuanto le debían pero Manuel les dijo
que como venían caminando de lejos se los regalaba.
Además Manuel -como ningún campesino del lugar- conocía
los billetes verdes con que los guerrilleros pagaban todos los alimentos
que consumían.
Al poco rato se escuchan varios disparos: un grupo de soldados del
ejército boliviano divisa al grupo y empieza el combate en La
Higera, donde van a caer tres guerrilleros: Miguel, Julio y Coco Peredo.
El Che se parapeta sobre unas piedras, espanta la mula y empieza a
disparar intensamente. Manuel se acomoda como si tuviera un arma y fuera
el Che y muestra la dirección hacia donde iban dirigidos los
disparos:
–Seguramente era para agrupar a sus hombres, porque de esa posición
no veía a los otros soldados- dice. Los guerrilleros se agrupan
junto al Che y se escapan rompiendo algunos cercos hacia donde confluyen
las quebradas de La Higuera y del Churo.
Cuando los del ejercito boliviano se encuentran con los pobladores
les dicen que todos se queden en sus casas porque si los ven los pueden
confundir con los guerrilleros y los pueden matar. Además preguntan
si los habían ayudado con alimentos y responden que no.
Por varias noches ningún poblador de La Higera salió
de su casa.
“Gracias niña”
Irma Rosado también tenía 21 años cuando el Che
pasó por La Higuera. Vive sola desde que enviudó hace
varios años y es dueña de una tienda de comestibles que
se lama “La estrella”.
Recuerda que por ese tiempo el ejército a través de la
radio implementó una propaganda donde se expresaba que los guerrilleros
violaban a las mujeres, se quedaban con el ganado y los cultivos de
los campesinos y asesinaban a las autoridades locales. Mucha gente del
lugar decidió alejarse por miedo y a medida que corrían
las noticias de la presencia guerrillera en la zona los habitantes se
encerraban en sus casas.
Bajo ese contexto Irma vio pasar por el pueblo a una veintena de guerrilleros
y luego sintió un intenso tiroteo:
- El tiroteo venía de arriba, se veía como ellos se tiraban
por las piedras y se iban por ahí- expresa señalando el
frente de su casa-. Tenían dos mulas cargadas, los soldados los
persiguieron hasta las doce de la noche y se volvieron. Al otro día
bien temprano los fueron a buscar por el río, no los encontraron
y fueron a llamar más militares para que vengan y han hecho campamento
aquí todos, alrededor de La Higuera.
Después de varios días lo vio al Che Guevara herido de
bala, con sus zapatos rotos, la ropa ensangrentada, el pelo largo, sucio
y enredado y la barba que le cubría todo su rostro.
Con una mujer para la que trabajaba, fue a la escuela donde se encontraba
preso el Che y le dieron de comer. Estaba pálido y solo para
comer le quitaron las esposas.
Cuando le dio el plato de comida Guevara le dijo a Irma “Gracias
niña”.
La caída
La oscuridad impide que se vea el rostro de Manuel, solo se aprecia
que es una persona mayor que tiene puesto un sombrero y su pulóver
con vivos claros hace que su figura se destaque en la noche. Solo detiene
su relato para pedir un cigarrillo y solicita ayuda para prenderlo,
ya que no conoce el funcionamiento de un encendedor.
Por varios días los guerrilleros estuvieron escondidos en una
cueva –al día siguiente Manuel señalará desde
el camino la dirección aproximada- y que por las noches sacaban
papas de un cultivo para alimentarse que pertenecía a Pedro Peña,
que enseguida notó las huellas y que le faltaban papas. Una noche
se subió a un árbol para observar esa situación
y al día siguiente se dirigió a Pucará –
un pueblo más grande donde estaban asentados los militares- e
informó donde se encontraban escondidos Guevara y sus compañeros.
Al poco tiempo más de mil soldados se dirigieron a la zona para
enfrentar a la veintena de guerrilleros que comandaba el Che Guevara.
El combate duró varias horas y sobre el atardecer Manuel lo vio
al Che otra vez en La Higera: - Llega abrazado de un soldado, estaba
herido en la pierna izquierda, lo paran en la puerta de la antigua escuelita
y le sacan muchas fotografías los militares y lo meten adentro-.
En la escuela-prisión del pueblo el Che permanecía junto
con otro de sus compañeros. Los soldados vigilaban constantemente,
pero según el relato de Manuel, cuando la mayoría se fue
a cenar lo dejaron pasar a hablar con el Che a cambio de algo para comer.
Manuel cuenta que pudo estar frente a frente con el Che y que éste
le contó que había venido a Bolivia a establecer un campamento
de entrenamiento de guerrilleros sobre todo para combatir en Argentina
y que como el ejercito boliviano lo empezó a perseguir no les
quedó más remedio que combatir y que la lucha que estaba
llevando a cabo era para que no hubiera gente que no tuviera nada que
comer al mismo tiempo que existían otros que tenían demasiado.
Desde hace cuarenta años Manuel Cortéz brinda el mismo
relato a todos los visitantes y muestra orgulloso varias publicaciones
de todo el mundo donde aparece su fotografía, inclusive un artículo
de una revista italiana lleva por título “El último
hombre que estuvo con Guevara”.
Su asesinato
La escuela donde el Che estuvo prisionero queda a dos casas de donde
todavía vive Manuel. La noche del 8 de octubre de 1967 vio pasar
a dos soldados bebiendo cervezas y rompiendo sus envases contra el suelo.
A las pocas horas escuchó los disparos, fue a la escuela pero
no lo dejaron pasar. Los soldados se mostraban eufóricos, se
abrazaban entre ellos y decían: -Ahora nos vamos a poder ir a
La Paz, a Cochabamba y no vamos a tener que estar combatiendo por estos
lugares-.
En cambio algunos de los habitante de la Higuera se tranquilizaron
y decían que ahora no iban a tener más miedo y que los
del ejército se iban a ir. Algunas mujeres en cambio con el trascurso
de los días se juntaban a rezar y a pedir por el alma del Che.
Irma Rosado explica que lo hacían porque “se trataba de
una persona que había venido de lejos, que había pasado
hambre y que todo eso lo hacía por nosotros”. Seguramente
eso explique porque al lado del monumento con el rostro del Che los
pobladores hayan decidido poner una cruz.
A otra señora sus padres le contaron que el Che y sus compañeros
estuvieron en su casa donde comieron un chivo que les compraron. Como
su hermanita tenía denge, el Che la revisó y le dio unos
remedios. Cuando se enteraron de su muerte la madre se lamentaba y decía.
– ¿Y ahora quién nos va a dar medicinas gratis?.
Desde hace unos pocos años, la salita de salud de La Higera
es atendida por una pareja de médicos cubanos enviados por el
gobierno de la isla.
La lavandería de Vallegrande
En las primeras horas de la mañana un helicóptero aterrizó
en La Higera para trasladar el cuerpo del Che a Vallegrande y los campesinos
lo pudieron ver claramente: sus ojos estaban bien abiertos.
En esa ciudad estuvieron enterrados –desaparecidos- por treinta
años los restos del Che y de varios de sus compañeros.
También fue el lugar donde exhibieron el cuerpo sin vida del
Che. Existen varias fotografías donde se muestra el cuerpo limpio,
su barba recortada. A su alrededor los militares muestran al mundo el
cuerpo como trofeo de guerra.
Se trata de una lavandería ubicada en el fondo de lo que es
ahora un moderno hospital y está tal cual se la ve en las fotos.
La única diferencia es que toda su superficie se encuentra escrita
con grafittis que reivindican la lucha que el Che y sus guerrilleros
intentaron en Bolivia. Hay escritos de gente de varias partes del mundo
realizados en diferentes épocas. La lavandería está
aislada del hospital y a lo lejos no se ven más que baldíos.
El silencio, la soledad del lugar y lo intacto de la lavandería
hace que el tiempo retroceda cuarenta años y no es difícil
imaginar los rostros sonrientes e impunes de los militares festejando.
Tampoco es difícil pensar en la figura del Che Guevara tendida
en el cemento y visitar ese lugar resulta algo parecido a estar en un
velorio, homenajeándolo hasta la victoria, siempre.