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Hernán López Echagüe (1)

Puerto Esperanza, Misiones

En las primeras imágenes hay cedros, lapachos, cañafístulas de ramas acicaladas con orquídeas, y un hombre robusto, de mucho hueso, que camina por un sendero selvático acarreando una motosierra. Su tarareo tiene de asiento el rumor de pasos sobre hojas secas rumbo al pulmón del oquedal. Es un día soleado, que realza la vehemencia de los relumbrones verdes, aunque el cielo, en el cuadro, está ausente. El hombre, con indolencia, sacude el cordón de la motosierra. Zumbido estrepitoso y continuo. Primer plano de los aguzados dientes de la sierra machacando el talón de un árbol; música autóctona, de bombos y flautas quejumbrosas, perturbada por el restallido de una secuencia de árboles de alto tronco precipitándose sobre el suelo. Voz en off: “La selva misionera, con sus especies características, ha pasado a ser historia. Poco de ellos podremos encontrar hoy en Misiones. El progreso, las grandes fábricas, hacen que estos sean reemplazados por otras especies como las coníferas. Lamentablemente, esto no podrá ser visto por otras generaciones”. El hombre de la motosierra, empleado de Alto Paraná, empequeñece los ojos, evita dirigirlos a la cámara, dice: “Venimos acá a las cinco de la mañana y nos quedamos toda la semana, tenemos campamento, que está a tres kilómetros. Trabajamos de lunes a viernes, todos los días”. Recibe ochenta centavos por cada árbol que derriba y libra de gajos. Una pala mecánica barre el monte, apresa los troncos con su pinza posterior y los conduce a una planchada, en donde los almacena, a la espera de los camiones que habrán de trasladarlos al aserradero. Plano abierto del monte saqueado, ahora un páramo en llamas. El fuego se esparce con ansiosa vivacidad por todos los recovecos del terreno, volutas de humo atezado se remontan sobre un horizonte de cenizas en suspenso, el ramaje de los árboles convertido en brasas. Off: “Este monte nativo se ha transformado en un campo sin árboles”.

Bernardo Preukschat, el realizador del video, continua mudo, el control remoto entre las manos, la mirada taciturna en la plomiza pantalla del televisor. “El que vivencia todo esto tiene otra filosofía de vida que el que se cría en el pueblo o en la ciudad. Vos estás ahí y sentís que es otra cosa, la naturaleza, el aire, sentís que hay vida, animales silvestres, aves rarísimas, árboles de decenas de años, que la empresa de celulosa mata en unos días”. Ha visto el video infinidad de veces y nunca logra sortear el decaimiento. “De la selva tropical sólo nos queda, por ahora, el cuarenta por ciento”.

La papelera Alto Paraná es propietaria de trescientas cincuenta mil hectáreas, poco más del diez por ciento del territorio misionero; cada día desmantela treinta y cuatro hectáreas de monte nativo y acto seguido, en la tierra lacerada, enquista sus pinos ortopédicos.

Colonia San Antonio, departamento San Miguel, norte de Corrientes

Hablan a media voz, con extremada timidez procuran vaciarse de una obediencia atávica que sólo los ha encaminado a la desolación. Montenegro, Ramiro, Flores, Yolanda, Villalba, los hermanos Almirón. Producen sandías, melón y zapallo para la venta; mandioca, batatas, porotos y maíz para consumo familiar; algunas familias tienen gallinas, acaso un par de ovejas, una vaca lechera, un viejo arado. Sus desventuras no difieren de las que deben tolerar y sobrellevar los habitantes del campo en buena parte del litoral. Hijos que se marchan a la caza de buena fortuna en las grandes ciudades y, al cabo de meses, regresan cabizbajos; continuo menosprecio de las autoridades provinciales; amenazas, desconocimiento de su derecho sobre la tierra que labran. A Gualberto Villalba intentaron expulsarlo de su campo; irrumpieron hombres de civil con armas largas, lo golpearon, le advirtieron que lo matarían si no abandonaba de inmediato el lugar. “Hicimos la denuncia, hay fotos, testigos, tenemos todo, pero el juez de paz y la policía de la zona están con los que tienen plata, como siempre, señor”. Las huertas y chacras de las doscientas familias que habitan la colonia están asediadas por plantaciones de cultivo de soja transgénica y sus avionetas del demonio.

-La otra vez, cuando hubo la fumigada en un campo vecino, nadie le dio importancia, había viento del este, seguimos trabajando pero había un olor impresionante pero nadie le dio bolilla, parecía sólo un olor. Pero la gran sorpresa fue al día siguiente, cuando vimos las plantas de la sandía, el maíz, zapallo, melón, tenían todas muertas las hojas.

-El sol era impresionante, así que entre el calor y el vapor se mantuvo ese olor casi dos días ahí, vaya a saber hasta dónde llegó, no sólo a nosotros, también a las cosas naturales, un carpincho, las aves.

-El veneno nos mató toda la cosecha de sandía, lo único que nos da unos pesos porque la exportamos a Misiones.
-Eso quiere decir que el zapallo y la sandía no son parientes de la soja.

-Está destruido el zapallo y la tierra queda afectada. Y, ¿qué vamos a hacer nosotros? ¿Cómo nos vamos a defender? Acá no hay una solución ni del gobierno ni de la municipalidad. Va a llegar el momento en que no vamos a tener más nada.
-Yo he visto a árboles grandes, como el paraíso, a eso le afecta, al laurel también.

-Porque yo digo, si un hombre agarra un veneno, ya le queda, y se acumula y llega un momento en que basta un poquito para que le haga mal.

-Nosotros contratamos un técnico, un ingeniero agrónomo, para que nos explique, y él decía que estos productos que echaron, que era una mezcla, echaron un glifosato que le dicen, y otro producto 2-4D, que aparentemente es un producto hormonal, que se mete dentro de uno y le puede generar malformaciones al chico de la mujer embarazada.

-En esta zona generalmente se toma agua del aljibe, de pocitos que se cavan hasta la primera napa, a seis metros, más o menos. Vos estás tomando el agua que cae en la primera napa, y ahí es donde primero llegan estos productos.
-Hubo productores con problemas graves de pulmón. Además, vinieron empresas a esta zona con fumigadoras de muy alta presión que el aire lo lleva muy lejos, es lo que uno cree que está afectando a nuestra comunidad. En esta última década aparecieron muchas fumigadas y difusión de los agrotóxicos.
-Yo sufro mucho de la cabeza, ataques de cabeza, entonces voy al médico y él me dice: “¿A vos alguna vez no te afectó el veneno?”. ¡Y yo qué sé! Tantas veces andan fumigando, y yo chupando el aire con veneno, capaz que estoy afectado por eso pero uno no sabe, ¿viste? Despacito a uno le va afectando.

-Con esta quemada total de la sandía, mis hermanos tuvieron que irse a buscar trabajo en otra zona.
-Nosotros peleamos para que se nos reconozcan nuestros derechos sobre la tierra. Aquí nos piden los papeles, pero hoy viene cualquiera de otro lado, sin papeles, sin nada y te hace lo que quieren.

-El Instituto Correntino del Agua y el Ambiente, lo único que quiere es hacer negocio. Yo una vez le pregunté a un inspector del instituto qué sabía de todo este tema de la soja y la fumigada con ese 2,4D, y me dijo: “No, nosotros no nos metemos con eso”. Y yo le dije: “No, preguntaba nomás, porque como ustedes son los que saben del ambiente, ¿de qué ambiente sabe, entonces, señor. ¿Del de su casa?”.

De acá, de mi campo, sabe, no me voy, me van a tener que sacar muerto, dirá, cuando lo dejemos en la tranquera de su rancho, Gualberto Villalba. Le creo.

Capitán Bermúdez, Santa Fe

Al ingresar en la ciudad todo comienza a oler mal, muy mal. Como la historia oficial argentina. Mixtura acre de huevo podrido con repollito de Bruselas y coliflor en pleno hervor; vaho que abomba, invade el olfato, ataca y se asienta en la garganta. Es que está soplando el viento del este y trae consigo las emanaciones que escupen las chimeneas de Celulosa Argentina. El olor, sumado a la llovizna persistente y viscosa, le proporcionan a la ciudad una apariencia poco acogedora. Cuesta creer que en este lugar las personas puedan vivir plácidamente, indiferentes por completo a la fetidez del aire, desplazándose de un lado a otro con naturalidad, ensimismados en sus ocupaciones, haciendo el amor, tomando mate en el umbral de su casa, conversando en una esquina, de buen ánimo, como en este momento lo hacen tres mujeres. Quizá porque la pituitaria, con el paso del tiempo, acaba acostumbrándose a cualquier inmundicia; al final de cuentas, a metros del Riachuelo habitan miles de personas que tienen olfato y respiran sin quejarse. En Finlandia, los que residen en las inmediaciones de las plantas de celulosa tienen una respuesta tan mordaz como cretina: “El dinero huele”.

“Ese olor a huevo podrido que sentiste es ácido sulfhídrico, vos lo respirás y te mata los glóbulos rojos. Los liquida, no podés respirar mucho porque te hace daño, dos gramos y medio por litro de cloro elemental, de gas cloro, mata a las personas”, me tranquiliza Víctor Zoratti, hombre largo y flaco, ingeniero químico que trabajó treinta y ocho años en Celulosa Argentina. Todos los Zoratti pasaron por la empresa; el abuelo y el padre, que vinieron de Italia, y también uno de los hijos de Víctor. “Mi padre trabajaba donde se producía cloro, y para que no le hiciera mal le daban leche, una botella de leche, pero hace unos veinte años se llegó a comprobar que la leche fijaba el cloro al cuerpo, a la grasa”. Empezó a trabajar en 1958, a los quince años, tomaba muestras de los fardos de paja de trigo que transportaban en camiones. Capitán Bermúdez era una fiesta. La empresa empleaba tres mil doscientas personas, buenos sueldos, coche, almacén de ramos generales, andar ataviado con el mameluco de Celulosa Argentina comportaba un privilegio, el día siete de cada mes, puntualmente, cada obrero recibía su salario; el florecimiento de la fábrica alentó el emplazamiento de otras industrias, Electroclor, Colpal, Porcelanas Verbano y el Frigorífico Depauli. Empresas que en 1994 cayeron en el infortunio. Ahora, Celulosa Argentina es propiedad de la uruguaya Fanapel, emplea cuatrocientas personas y la ciudad, lóbrego revés de lo que fue, está sumergida en una pasmosa desocupación.

Zoratti habla de prisa y con precisión de ingeniero. “Acá siempre se dijo que como éste es un río caudaloso las dioxinas se disuelven en un kilómetro. ¿Cómo pueden saberlo, si el efecto es acumulativo? Las cosas van cambiando. Los rayos solares en una época eran buenos, ahora resulta que el poder de los rayos solares es acumulativo, lo que vos te pescaste no se va más del cuerpo, el daño de las radiaciones solares no lo eliminás. Acá se fabricaba el gamexane, es cancerígeno, se usaba como polvo para matar las hormigas. El tetacloruro de carbono, que se usaba en unas bombitas para apagar incendios, era carbono con cloro cuatro, cancerígeno. El solvente que usaban los tintoreros para la limpieza a seco, tricloroetileno, cancerígeno a más no poder. Los furanos, las dioxinas y las clorinas no son biodegradables, son acumulativos. A lo mejor dentro de diez años empieza a morir gente como moscas y se dan cuenta que es porque la vaca está comiendo un pasto contaminado sobre el río Paraná. Pero, ¿cómo vas a poder comprobar que fue por la celulosa?”.

El razonamiento de Zoratti es sensato. Determinar con absoluta certeza el origen de un cáncer no es sencillo. En Finlandia, hogar de la sociedad Metsä-Botnia, el Instituto para la Investigación Estadística y Epidemiológica del Cáncer reveló que los casos de cáncer de piel, en particular melanomas en la cabeza, han aumentado considerablemente; he visto el informe que publicó la revista científica “International Journal of Cancer”. En 1953 la incidencia del melanoma era de 1.5 por cada 100 mil hombres y de 1.8 por cada 100 mil mujeres; en el 2003, la tasa alcanzó 12.8 por cada 100 mil hombres y 10.4 por cada 100 mil mujeres. Los investigadores están afligidos, no saben a ciencia cierta a qué factor de la naturaleza atribuir el desmesurado incremento.

Zoratti se pone a enumerar casos de dolencias y trastornos cuyo lugar común es la incertidumbre acerca de la causa: “Acá ha habido malformaciones de nacimiento, yo tuve en mi familia, le llaman displasia atanatofórica, nadie pudo asegurar por qué se produce, pero ha habido muchísimos padecimientos, como la piba de acá la vuelta, también criaturas que fallecen en el vientre materno o nacen y fallecen en poco tiempo; el nene de la sobrina de Laura, hace cuatro meses que está en neonatología. Hay un pibe que tenía problemas de alergias y lo llevaban a especialistas y no le encontraban la vuelta, entonces decidieron cambiarse de barrio, y se fueron y a los quince o veinte días fue notoria la mejoría. Está el caso de Angelita Bernarde, que inició un juicio por contaminación por los problemas que tiene en la garganta. El caso de Raúl Alonso, que trabajaba en la empresa, con el amianto, y se murió de cáncer a los pulmones, porque con el amianto se fabrican los diafragmas para las células electrolíticas donde se producen el cloro y la soda cáustica; el amianto es una fibra muy finita que entra al organismo por las vías respiratorias y se clava en los alveolos de los pulmones y empieza a formar quistes. Agustín Spinetti, pobrecito, él trabajaba con el cloro seco, porque el cloro tiene que estar seco y para secarlo se usa ácido sulfúrico”. Una conversación muy agradable, desde luego. No quiero escucharlo. El escozor en la garganta, en el paladar, en la nariz, persiste. Llevo poco más de una hora en Capitán Bermúdez y ya deseo mandarme mudar, regresar de inmediato a Nueva Palmira. “Acá se usa cloro elemental y azufre para la cocción, y los efluentes no son tratados, no hay planta de tratamiento hasta ahora. Nunca jamás se controlaron los gases del medio ambiente, eso te lo firmo. Y si hubo algún control fue trucho. Una vez, en una gran bajante del río, iban camiones y con las palitas cargaban pasta de celulosa que estaba depositada en el suelo del río y la llevaban a la fábrica que había acá cerca para producir papel”. En 1993, con otros colegas, elaboró un proyecto de saneamiento de efluentes; pero a la empresa se le antojó un despropósito gastar un millón de dólares en una obra trivial.

En un papel, sobre la larga mesa de madera añeja, Zoratti traza líneas, escribe fórmulas químicas que me resulta ímprobo comprender, diseña una caldera recuperadora, un digestor contínuo. “Si en Fray Bentos van a usar el sistema ECF, sin cloro elemental, y blanqueo mediante gases oxigenados y dióxido de cloro, con calderas de recuperación de reactivos químicos, se forman indefectiblemente mercaptanos, terpenos, ácido sulfhídrico. Y el anhídrido sulfúrico, que mezclado con el agua, con la humedad del ambiente, forman el ácido sulfúrico, uno de los componentes de la lluvia ácida. O el monóxido de azufre, SO2, que con el agua hace SO3 y con el agua hace otra vez ácido sulfúrico y sigue la lluvia ácida”.

A través de los cristales de la ventana entreveo un cielo de gotas, abatido por la bruma, apolillado. Zoratti me ha hundido en un extraño sobresalto. El es el Eternauta y yo soy Juan Salvo, acaso Favalli, y fuera, casi transparentes, irradiando una débil luz de trasmundo, están cayendo copos de apariencia irreal. “Vos te preguntarás por qué no me quejaba antes, y eso también me dicen algunos de mis hijos, me lo echan en cara: ¿Ahora te das cuenta, por qué no gritabas antes? Pasa que entonces no había noción de lo que era contaminar, yo te doy fe de que no había noción, ninguna. Era el trabajo, era el progreso, nada más”.

Isla del Corte, río Gualeguaychú

“Cuando llueve estás jodido, la lluvia arrastra todos esos remedios de la soja para acá y mata todos los pescados, pero ellos, los de la soja, dicen que no. En los tiempos en que no plantan soja, pescado hay. Y también el fertilizante ése que le ponen. Queda todo el río aceitoso. Al sábalo no le hace nada, pero vos lo agarrás, lo sacás de la red, y ves el manchón de aceite. Yo lo he comido, porque no puedo elegir, loco, y a las horas se te viene para arriba una cosa como combustible, lo eructás, loco, el estómago no lo quiere más, se te viene como un combustible para la boca. A las dos horas, dos horas y media que lo comés, ya te empieza a trabajar el estómago, lo eructás y sale como un olor a gas, como una cosa amarga”.

La boca de Montenegro, pescador de siempre, debe de andar lanzando vestigios de glifosato, uno de los virulentos herbicidas que se utilizan en el cultivo de la soja transgénica, la RR (Roundup Ready), cordial invención de los grandes laboratorios y empresas del norte. Monsanto, digamos. Soja pervertida genéticamente que, voraz, vertiginosa, crece en todas partes. Una plaga. Alimento que, vaya contrasentido, envenena paulatinamente al que lo siembra, lo fumiga y lo consume; arruina la tierra, ocasiona el éxodo de millares de pequeños productores. Las consecuencias del glifosato en los hombres, producto químico de amplio espectro, indicado por Monsanto para eliminar plantas no deseadas, como pastos anuales y perennes, hierbas de hoja ancha y especies leñosas, son graves e insondables. Lesiones en glándulas salivales, inflamación gástrica, daños en células sanguíneas, trastornos reproductivos, aumento de la frecuencia de tumores hepáticos en el hombre y de cáncer tiroideo en mujeres. Irrita sobremanera las membranas mucosas, en particular las conjuntivas y bucales. Los síntomas de envenenamiento incluyen irritaciones dérmicas y oculares, náuseas y mareos, edema pulmonar, descenso de la presión sanguínea, reacciones alérgicas, dolor abdominal, pérdida masiva de líquido gastrointestinal, vómito, pérdida de conciencia, destrucción de glóbulos rojos, electrocardiogramas anormales y daño o falla renal. Sus efectos carcinogénicos han sido verificados por diversos científicos. Al decir de un estudio que realizaron oncólogos suecos, y que publicó el Journal of American Cancer Society, existe una clara relación entre la exposición al glifosato y el brote del linfoma no Hodgkin (LNH), una delicada forma de cáncer.

El suelo absorbe el producto y lo conduce hacia las primeras napas de agua potable, por lo tanto cabe suponer que el malestar nauseabundo que padece Montenegro también lo padecen animales y vegetales que consumimos: vacas, gallinas, ovejas, conejos, cerdos, tomates, lechugas, manzanas, rabanitos y papas. Intoxicación a largo plazo cuyo origen, años después del roce directo, en otra geografía, resulta complejo determinar.

“Yo soy médico general de familia, hago toda la medicina desde el embarazo hasta la muerte del abuelito”, dice Darío Gianfelici, del hospital `Doctor José M. Miranda´, de Cerrito, Entre Ríos. “Me interesé en esto porque empezaron a aparecer dos patologías: la muerte del bebé durante el parto y la otra que se llama muerte fetal precoz. Es una situación donde se produce el embarazo, la bolsa, la placenta, pero no se produce el bebé. Hoy en día se entiende que este embrión murió antes de ser visible. Esta última patología ha aumentado en forma extraordinaria en toda la zona de Paraná campaña y la provincia. Así fue que comencé a investigar qué era lo que había cambiado para que antes no sucediera y ahora sí. Para el año 2000, cuando empecé, ya llevaba dieciocho años trabajando en Cerrito. Tenía idea de lo que era el pueblo antes y después de la soja. He visto gente que se ha muerto de cáncer a los treinta años, los problemas de gestación, aumento en problemas de fertilidad. Desde 1994 al 2004 las dermatitis se quintuplicaron. Las enfermedades respiratorias aumentaron entre un cien y un doscientos por ciento”.

En la última década, en Entre Ríos, la soja devoró las tierras de seis mil productores.

Gualeguaychú, domingo 27 de abril, 2008

Miles de voces y pancartas sobre un puente: “No a las papeleras. Sí a la vida”. Contadas palabras que, diría un cabalista, ocultan y contienen muchas otras. Una llave. Oportuna para abrir otras puertas, otros debates, y dirigir la mirada hacia otras partes. Hacia geografías cardinales. Es que capitalismo y ecología son términos discordantes, incompatibles, fundados en lógicas por completo reñidas entre sí. Y la loca codicia del capitalismo, que Thomas Carlyle supo resumir ciento cincuenta años atrás, está en todas partes, no sólo en la costa de Fray Bentos: “Nosotros luchamos contra la Naturaleza, y, por medio de nuestros incansables motores, salimos siempre victoriosos y cargados de botines”. (2)


(1) Periodista, escritor. Autor de Crónica del ocaso. Apuntes sobre las papeleras y la devastación del litoral argentino y uruguayo (Editorial Norma, Buenos Aires, enero de 2007).

(2) Thomas Carlyle (1795-1881), ensayista e historiador escocés. Tomado de Rebels Against the Future. The Luddites and their War on the Industrial Revolution. Lessons for the Computer Age, Addison Wesley ed., EE.UU., 1995, de Kirpatrick Sale.