Michael Löwy*
Es frecuente indicar como fecha de origen
del marxismo en América Latina la traducción del primer
volumen de El Capital en 1895 por Juan B. Justo, fundador del Partido
Socialista Argentino (1986). Sin embargo, leyendo los escritos de Justo,
sobre todo su obra más ambiciosa, Teoría y práctica
de la historia (1909), lo que se encuentra es una mezcla ecléctica
de tesis marxistas, liberales y positivista. Partidario del libre cambio
y de las guerras de la "civilización moderna" contra
los indígenas "salvajes" de la Patagonia, difícilmente
podría ser considerado como un adversario del imperialismo.
De hecho, el primer pensador marxista
importante en América Latina, y uno de los espíritus más
inventivos en la historia del socialismo del continente, es sin duda
José Carlos Mariategui (1895-1930), fundador del Partido Socialista
Peruano (1928), adherente a la Tercera Internacional. El pertenecía,
al igual que el chileno Luis Emilio Recabarren y el cubano Julia Antonio
Mella, a la primera generación del comunismo latinoamericano,
formada bajo el impacto de la Revolución de Octubre y del ascenso
de luchas obreras y populares a lo largo de los años 1920. Más
allá de este contexto histórico, gracias la originalidad
y el vigor de sus análisis, sigue teniendo una notable actualidad.
Pensador independiente y crítico, Mariategui y no aceptaba la
tesis del Comintern (después de 1927) según la cual una
transformación "democrático burguesa y anti-feudal"
-es decir, una forma de progreso capitalista- era una etapa necesaria
para resolver los problemas urgentes de las masas populares -sobre todo
campesinas- en el Perú; por el contrario, consideraba a la revolución
socialista como la única alternativa a la dominación del
imperialismo y de los terratenientes. Y sobre todo creía que
esta solución socialista podía tener como punto de partida
las tradiciones comunitarias del campesinado andino: "el pasado
inca ha entrado en nuestra historia no como reivindicación de
los tradicionalistas, sino de los revolucionarios. En esta medida constituye
una derrota del colonialismo... la revolución ha reivindicado
nuestra más antigua tradición".
Mariategui denominó a esta tradición
"el comunismo inca". La expresión se presta a controversias
(¡aunque fue también utilizada por Rosa Luxemburgo!). Su
análisis se apoya en los trabajos del historiador peruano César
Ugarte, para quien los fundamentos de la economía inca eran el
ayllu, conjunto de familias ligadas por el parentesco, que disfrutaban
de la propiedad colectiva de la tierra, y la marca, federación
de ayllus que tenían la propiedad colectiva de las aguas, pasturas
y bosques. Mariategui introduce una distinción entre el ayllu,
creado por masas anónimas a lo largo de miles de años,
y el sistema económico unitario fundado por los emperadores incas.
Al mismo tiempo, Mariategui distinguía
muy categóricamente entre el comunismo agrario y despótico
de las civilizaciones precolombinas y el comunismo de nuestra época,
heredero de las conquistas materiales y espirituales de la modernidad.
En una extensa nota a pie de página que constituye en realidad
uno o de los puntos fuertes del libro (Siete ensayos de interpretación
de la realidad peruana), hace la siguiente precisión, que no
ha perdido actualidad 60 años más tarde:
El comunismo moderno es una cosa distinta del comunismo incaico […]
Uno y otro comunismo son producto de diferentes experiencias humanas.
Pertenecen a distintas épocas históricas. Constituyen
la elaboración de disímiles civilizaciones. La de los
incas fue una civilización agraria. La de Marx y Sorel es una
civilización industrial […] La autocracia y el comunismo
son incompatibles en ésta época, ; pero no lo fueron en
sociedades primitivas. Hoy un orden nuevo no puede renunciar a ninguno
de los progresos morales de la sociedad moderna. El socialismo contemporáneo
-otras épocas han tenido otros tipos de socialismo que la historia
designa con distintos nombres- es la antítesis del liberalismo;
pero nace de su entraña y se nutre de su experiencia. No desdeña
ninguna de sus conquistas intelectuales. No escarnece y vilipendia sino
sus limitaciones.
Pronunciándose en contra de los sueños de restauración
del Tawantinsuyo (el Imperio inca), escribió en el programa del
Partido Socialista Peruano que funda en 1928:
El socialismo encuentra tanto en las comunidades indígenas como
en las grandes empresas agrícolas, los elementos de una solución
socialista de la cuestión agraria […] Pero esto, así
como el aliento al libre desarrollo del pueblo indígena y a la
manifestación creativa de sus fuerzas y de su espíritu,
en absoluto significa una tendencia romántica y antihistórica
de reconstrucción o resurrección del socialismo inca,
que correspondía a condiciones completamente superadas, y del
cual no resta, como factor utilizable en el marco de una técnica
de producción perfectamente científica, más que
los hábitos de cooperación y socialismo de los campesinos
indígenas.
La proposición mas audaz y herética de Mariategui, la
que levantará las mayores controversias, es la que resulta del
paso de sus análisis históricos sobre el “comunismo
inca” y sus observaciones antropológicas sobre la supervivencia
de prácticas colectivistas, a una estrategia política
que hace de las comunidades indígenas el punto de partida de
una vía socialista propia de los países indo-americanos.
Esta estrategia innovadora es la que presentará en las tesis
que envió a la Conferencia Latino-Americana de Partidos Comunistas
(Buenos Aires, junio de 1929):
Nosotros creemos que entre las poblaciones “atrasadas”,
ninguna como la población indígena de origen inca presenta
condiciones tan favorables para que el comunismo agrario primitivo,
subsistente en estructuras concretas y con un profundo espíritu
colectivista, se transforme, bajo la hegemonía de la clase proletaria,
en una de las más sólidas bases de la sociedad colectivista
preconizada por el comunismo marxista.
Traducido a términos concretos de reforma agraria en el Perú,
esta estrategia significa la expropiación de los grandes latifundios
en beneficio de las comunidades indígenas:
Las “comunidades” que han demostrado bajo la mas dura opresión
capacidades de resistencia y persistencia realmente sorprendentes, representan
un factor natural de socialización de la tierra. El indígena
tiene hábitos de cooperación arraigados […] La “comunidad”
puede transformarse en cooperativa, con un mínimo esfuerzo. La
atribución a las “comunidades” de la tierra de los
latifundistas es, en la sierra, la solución que reclama el problema
agrario.
Como señala Alberto Flores Galindo, el rasgo esencial del marxismo
de Mariategui -en contraste con el de los ortodoxos del Comintern- es
el rechazo de la ideología del progreso y de la imagen lineal
y eurocentrica de la historia universal. mariachi y fue acusado por
sus críticos ya sea de tendencias "europeizante es"
(por los apristas) ya sea de "romanticismo nacionalista" (por
los estalinistas): en realidad su pensamiento es una tentativa de superar
dialécticamente este tipo de dualismo cristalizado entre el universal
y el particular.
En un texto clave, -Aniversario y Balance-,
publicado en su revista a Amauta en 1928, esta tentativa está
formulado en algunos párrafos que resumen de modo vibrante su
filosofía política y parecen constituir su mensaje para
las generaciones futuras del Perú y América Latina. Su
punto de partida es el carácter universal del socialismo:
El socialismo no es, indudablemente, una doctrina indo-americana […]
Incluso si nació en Europa, como el capitalismo, no es tampoco
específica o particularmente europeo. Es un movimiento mundial,
al que no escapa ningún de los países que se mueven en
la órbita de la civilización occidental. Esta civilización
conduce, con una fuerza y con medios de los que ninguna otra civilización
ha dispuesto, a la universalidad.
Pero insiste, simultáneamente, en la especificidad del socialismo
en América Latina, enraizado en su propio pasado:
El socialismo está en la tradición americana. La organización
comunista primitiva más avanzada que conoce la historia es la
de los incas.
Nosotros no queremos ciertamente que el socialismo sea, en América,
calco y copia. Debe ser creación heroica. Debemos dar vida, con
nuestro propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indo-americano.
He aquí una tarea digna de una nueva generación.
Sin embargo, la generación que dejó sus huellas en el
comunismo latinoamericano tras la muerte de Mariátegui escogió
más bien la vía del calco y de la copia. En efecto, a
partir de fines de los años 1920 y hasta el fin de los años
1950, devino hegemónica en la izquierda del continente la traducción
al castellano del “marxismo-leninismo” estalinista importado
de la URSS.
A partir de 1927, la estrategia adoptada por el Comintern estalinizado
en China fue extendido al conjunto de los países llamados semicoloniales;
para la América Latina esto significa que las condiciones económicas
y sociales no están maduras para una revolución socialista,
por lo cual es preciso entonces luchar por una primera etapa histórica,
una revolución democrática, nacional y anti-feudal, en
alianza con la burguesía progresista.
La adopción de esta doctrina tan rígida no se produjo
sin resistencias. Así, en 1931 el Partido Comunista de El Salvador,
fundado un año antes por Farabundo Martí -que había
combatido con Augusto César Sandino en Nicaragua- se puso a la
cabeza de un levantamiento contra la dictadura militar en su país.
Decenas de miles de campesinos, soldados y obreros tomaron parte en
la insurrección -que no tenía el apoyo de Comintern-,
que será finalmente ahogada en sangre Fue el único levantamiento
de masas dirigido por un Partido Comunista en la historia América
Latina y servirá de inspiración, en los años 1980,
al combate del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional.
La estrategia de lucha "anti-feudal"
del movimiento comunista fue también cuestionado por los disidentes
en la izquierda radical: así, en Bolivia, la corriente trotskista
partidaria de la "revolución permanente" -es decir
de la transformación de las revoluciones democráticas
de los países semi coloniales en revoluciones socialistas, en
un proceso ininterrumpido, bajo la dirección política
de los trabajadores, siguiendo el ejemplo de la revolución rusa
de 1917- devendrá durante los años 1940 y 1950, una de
las principales fuerzas del movimiento obrero y, sobre todo, del sindicato
minero. La oposición vendrá también de parte de
intelectuales marxistas de diferentes tendencias. Así pudo verse
el desarrollo en el curso de los años 1940 y 1950, en el campo
de la historia económica marxista, de un análisis que
rechaza el concepto de "feudalismo" (o "semi feudalismo")
como caracterización de las sociedades latinoamericanas desde
la época colonial hasta el siglo XX. Evidentemente que este análisis
estaba en contradicción con la historiografía oficial
de movimiento comunista, e implícitamente, con su estrategia
política. Según Caio Prado Junior- dirigente comunista
brasileño, o Nahuel Moreno, Milcíades Peña y Luis
Vitale, -ligados a la corriente troskista- el capitalismo es dominante
en estas economías, desde la colonización hasta la dominación
imperialista actual.
Entre los pensadores marxistas independientes
de esta época, el politólogo argentino Silvio Frondizi
(1907 1974) es uno de los más interesantes. Su obra La realidad
argentina, ensayo de interpretación sociológica (1955-56)
-redactado en colaboración con un equipo de jóvenes entre
los que estaban Milcíades Peña, Marcos Kaplan, Ricardo
Napuri- desarrolla un análisis simultáneamente económico,
social y político de la formación social argentina, teniendo
como eje central la interpretación del peronismo como fenómeno
"bonapartista" -es decir un régimen autoritario, supuestamente
"por encima" de las clases sociales pero al servicio de la
burguesía, pero basado en un respaldo popular significativo,
según el modelo de Napoleón III, estudiado por Marx en
El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Según Frondizi y sus amigos,
el fracaso del peronismo demuestra la incapacidad de la burguesía
argentina -así como la de los otros países del continente-
para cumplir una verdadera revolución democrática. Esta
tarea histórica no podrá ser encarada si no es bajo la
dirección de los trabajadores, pero en este caso "no se
trata ya de realizar la revolución democrático burguesa
como etapa cerrada sí misma, sino de realizar las tareas democrático
burguesas en marcha hacia la revolución socialista”.
Es precisamente lo que ocurrirá
cuatro años más tarde, con el triunfo de la revolución
cubana contra la dictadura del general Fulgencio Batista dirigida por
Fidel Castro (1956), su desarrollo "ininterrumpido" hacia
el socialismo (1960) y su confrontación victoriosa contra la
invasión patrocinada por los Estados Unidos (1961). Esta evolución
radical constituye de hecho una ruptura con alguno de los dogmas fundamentales
de marxismo estaliniano: rol dirigente del Partido, carácter
nacional democrático de la revolución, imposibilidad de
la vía armada. Inaugurará un nuevo capítulo de
la historia del marxismo latinoamericano, con la aparición de
la corriente castrista o mas bien guevarista.
En efecto, el médico argentino
Ernesto "Che" Guevara (1928-1927), convertido en el curso
de los años 1957-58 en uno de los principales comandantes de
la guerrilla castrista, es quien encarna, en su forma más radical,
lo novedoso de la experiencia cubana y la tentativa de extenderla al
resto del continente. Por su búsqueda heterodoxa de una vía
cubana de transición al socialismo diferente del modelo soviético,
por sus reflexiones utópicas sobre "el hombre nuevo",
y sobre todo por su dramática decisión de dejar el puesto
en el Ministerio de Industria del gobierno revolucionario cubano para
relanzar la lucha armada en otro parte del mundo, y finalmente, por
su muerte trágica en las montañas bolivianas el 8 de octubre
de 1927, Guevara marcó la imaginación de toda una generación
de marxistas latinoamericanos.
El marxismo guevarista, que se plantea
el objetivo de tirar abajo la dominación imperialista norteamericana
sobre América latina y abrir la vía socialismo -(“no
hay otra revolución por hacer, revolución socialista o
caricatura revolución", escribía el Che Guevara en
su "Carta a la Tricontinental" de 1966)- se caracteriza por
el voluntarismo, por una fuerte carga ética y utópica,
por la elección del campo como lugar estratégico -y del
campesinado pobre como principal base social- y por el acento puesto
en la guerra de guerrillas iniciada por un pequeño núcleo
de militantes (el foco).
En general, las guerrillas urbanas o
rurales de inspiración guevarista en los países semi industriales
del Cono Sur de América Latina fracasaron y sus dirigentes -Carlos
Marighella en Brasil, Mario Santucho en Argentina, Miguel Henríquez
en Chile- fueron diezmados. Por el contrario, en América Central
tuvieron más éxito: el Frente Sandinista de Liberación
Nacional (FSLN) logró derrocar la dictadura del general Somoza
y tomar el poder (durante una decena de años) en Nicaragua, en
tanto que en El Salvador, al cabo de una década de guerra civil,
los militares y la oligarquía no lograron terminar con la guerrilla
del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN)
y debieron negociar con él.
Otros marxistas -socialistas o comunistas-
influenciada por el socialismo cubano pero que rechazaban la estrategia
de lucha armada, intentarán la aventura de una transición
pacífica y democrática al socialismo. El caso más
interesante fue el Chile de la Unidad Popular (1970-73), con la presidencia
de Salvador Allende, una experiencia que asociaba reforma progresistas
-como la nacionalización del cobre- con la movilización
popular. Como se sabe, el golpe militar del general Pinochet, patrocinado
por los Estados Unidos, puso fin con un baño de sangre, a dicho
intento.
La revolución cubana no sólo
inspiró la guerra de guerrillas y la experiencia chilena, sino
también una renovación del pensamiento económico
marxista en América Latina. Es el caso, por ejemplo, de la teoría
de la dependencia -André Günther Frank, Theotonio dos Santos,
Luis Mauro Marini- que propondrá un nuevo marco de análisis
de la economía y de las sociedades latinoamericanas en ruptura
con él "desarrollismo": las raíces del "subdesarrollo"
del continente no se encuentran en "vestigios arcaicos" o
"semifeudales", sino en la estructura capitalista dependiente
de estos países, sometidos a la dominación del mercado
capitalista mundial y del imperialismo norteamericano en particular
-una dominación estructural de la cual sólo podrá
liberarlos una revolución socialista.
Entre los movimientos aparecidos en el
nuevo contexto político y cultural creado por la revolución
cubana, uno de los más importantes fue sin duda el cristianismo
de la liberación, es decir el vasto movimiento social de inspiración
simultáneamente cristiana y marxista, que se desarrollará
en América Latina a partir de comienzos de los años 1960
y encontrará su expresión más consecuente, después
de 1971, en la teología de la liberación. Sin la práctica
de este movimiento social, de este cristianismo de la liberación,
no se podrían comprender fenómenos sociales e históricos
tan importantes en la América Latina de los últimos 30
años como el ascenso de la revolución en América
Central -Nicaragua, Salvador- la emergencia de un nuevo movimiento obrero
y campesino en Brasil, el Partido de los Trabajadores) (PT), el Movimiento
de los campesinos Sin Tierra (MST), o el levantamiento de los indígenas
zapatistas de Chiapas.
No es fácil presentar una visión
de conjunto de la posición de la teología de la liberación
en relación al marxismo. Por una parte, existe una gran diversidad
de actitudes -que van desde la utilización prudente de algunos
elementos, a una síntesis integral (por ejemplo, en la corriente
Cristianos por el Socialismo).
En realidad el interés -muchos hablan de “fascinación”-
que los teólogos de la liberación manifiestan por el marxismo
es más amplia y más profunda de lo que supondría
la utilización de algunos conceptos "socio-analíticos".
Se relaciona también con los valores del marxismo, con sus opciones
ético-políticas y su anticipación de una utopía
futura. Gustavo Gutiérrez, que puede ser considerado como el
fundador de esta corriente, es quien ofrece la visión más
penetrante en este sentido, subrayando que el marxismo no se limita
a proponer un análisis científico, sino también
una aspiración utópica de cambio social. Critica la visión
cientificista de un Althusser, que "impide ver la unidad profunda
de la obra de Marx y, en consecuencia, comprender adecuadamente su capacidad
de inspirar una praxis revolucionaria radical y permanente".
Los teólogos de la liberación
-y los "cristianos de la liberación" en un sentido
amplio no se limitan a utilizar las fuentes marxistas existentes. Van
también a innovar y reformular, a la luz de su cultura religiosa,
pero también de su experiencia social, algunos temas fundamentales
del marxismo. Un ejemplo notable es la utilización, al lado de
los términos "clásicos" de trabajadores o proletario,
del concepto de pobre.
La preocupación por los pobres
es una tradición milenaria de la Iglesia, que se remonta a los
orígenes evangélicos del cristianismo. Los teólogos
latinoamericanos se sitúan como continuadores de esta tradición,
que les sirve constantemente de referencia e inspiración. Pero
están en ruptura profunda con el pasado en un punto capital:
para ellos, los pobres ya no son esencialmente objeto de caridad, sino
los sujetos de su propio liberación. La duda o la asistencia
paternalista deja lugar a una altitud de solidaridad con la lucha de
los pobres por su autor emancipación. Aquí se da la articulación
con el principio verdaderamente fundamental del máximo, es decir,
"la emancipación de los trabajadores será obra de
los trabajadores mismos”. Este cambio es posiblemente la novedad
política más importante y más rica de consecuencias
aportada por los teólogos de la liberación en relación
a la doctrina social de la Iglesia. Tendrá también inmensas
consecuencias en el terreno de la praxis social.
Desde el fin de los años 70, otro
tema jugará un rol creciente en la reflexión marxistas
de algunos pensadores cristianos. La afinidad electiva entre combate
bíblico contra los ídolos y la crítica marxista
del fetichismo de la mercancía. La articulación de ambos
en la teología de la liberación fue ampliamente facilitada
por el hecho de que Marx mismo utilizaba generalmente imágenes
y conceptos bíblicos para su crítica del capitalismo.
Esta problemática será
objeto de análisis profundo e innovador en el notable libro conjunto
de Hugo Assmann y Franz Hinkelammert, La idolatría del mercado.
En ensayo sobre la economía y la teología (1989). Esta
importante contribución es la primera en la historia de la teología
liberación, que está explícitamente dedicada al
combate contra el sistema capitalista definido como idolatría.
La doctrina social de las Iglesias no había ejercido, generalmente,
más que una crítica ética con respecto a la economía
"liberal" (es decir, capitalista); lo que subraya Hugo Assmann
es que sería preciso también una crítica precisamente
teológica, que desenmascare al capitalismo como falsa religión.
¿En qué consiste la esencia del la idolatría del
mercado? Según Hugo Assmann, en la teología implícita
del paradigma económico mismo, y en la devota práctica
fetichista cotidiana es donde se manifiesta la "religión
económica" capitalista. La teología del mercado,
desde Malthus hasta el último documento del Banco Mundial, es
una teología ferozmente sacrificial: exige que los pobres ofrenden
su vida en el altar de los ídolos económicos.
La crítica del culto fetichista
de la mercancía era para Marx una crítica de la alienación
capitalista, desde el punto de vista del proletariado y de las clases
explotadas -pero también revolucionarias. Para la teología
de la liberación, se trata del combate entre el verdadero Dios
de la Vida y los falsos ídolos de la muerte. Pero los dos toman
posición por el trabajo vivo contra la reificación., por
la vida de vida de los pobres y de los oprimidos contra la potencia
alienada de las cosas muertas. Y sobre todo, marxistas no creyentes
y cristianos comprometidos apuestan a la auto-emancipación social
de los explotados.
La caída del muro de Berlín
en 1989 y la derrota del sandinismo en 1990 sacudieron a muchos militantes
e intelectuales marxistas. Algunos individuos y corrientes políticas
sacaron la conclusión de que es imposible cualquier cambio radical
y se unirían a las variantes latinoamericanas del social libera.
Es el caso sobre todo del Partido Socialista Chileno, que todavía
bajo Salvador Allende se reivindicaba marxista, pero que devendrá,
a lo largo de los años 1980 y 1990, una fuerza gestionaría
del modelo neoliberal establecido. El ejemplo más espectacular
es el Partido de los Trabajadores (PT) brasileño, cuya la cultura
política marxista -una convergencia entre guevarismo, trotskismo
y teología liberación- se traducía todavía
en 1990 en un documento programático radicalmente anticapitalista,
"El socialismo petista"; sin embargo, tras la victoria electoral
de su dirigente Luis Inacio Lula da Silva, electo Presidente en el 2002,
los principales cuadros -comenzando por el mismo Lula- se convertirían
ellos también en administradores de una política de tipo
social liberal.
Pero cuando algunos decretaban el fin
de las utopías -sino lisa y llanamente de la historia- y el triunfo
definitivo del capitalismo neoliberal, surgía en las selvas de
Chiapas una nueva revuelta, que tendrá impacto mundial: el EZLN,
el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y su portavoz,
heredero del guevarismo y de la teología de la liberación.
El primer núcleo del EZLN, alrededor
del "subcomandante Marcos", era guevarista. Por supuesto,
la evolución del movimiento lo condujo muy lejos de este origen,
pero el levantamiento de enero de 1994, así como el espíritu
mismo del ejército zapatista conservan algo de esta herencia:
la importancia de la lucha armada, el lazo orgánico entre los
combatientes y el campesinado, el fusil como expresión material
de la desconfianza de los explotados hacia sus opresores, la disposición
para arriesgar la vida por la emancipación de los hermanos. Estamos
lejos de la aventura boliviana de 1967 pero cerca de la ética
revolucionaria tal y como la encarnaba Guevara.
La teología de la liberación
es también una de las fuentes de Zapatismo. Sin el trabajo de
concientización de las comunidades indígenas y la autoorganización
para luchar por sus derechos, promovida por monseñor Ruiz y miles
de catequistas desde los años 70, es difícil imaginar
que el monumento zapatista hubiese podido tener semejante impacto en
Chiapas. Por supuesto, ese trabajo no tenía vocación revolucionaria
y rechazaba toda acción violenta. La dinámica del EZLN
será muy distinta, pero esto no impide que, por la base, en las
comunidades indígenas, muchos zapatistas -y no de los menores-
hayan sido formados por la teología de la liberación,
por una fe religiosa que optó por el compromiso con la auto-emancipación
de los pobres.
Pero el EZLN es también y sobre
todo el heredero de Emiliano Zapata. Es a la vez el levantamiento de
los campesinos e indígenas, el Ejército del Sur (dirigido
por Zapata) como ejército de masas, así como la lucha
intransigente contra los poderosos que no apunta a apoderarse del poder,
el programa agrario de redistribución de tierras, la organización
comunitaria de la vida campesina -lo que Adolfo Gilly llama "la
comuna Morelos" -sobre las raíces colectivistas del antiguo
calpulli precolombino. El EZLN es el resultado de la fusión de
estas diversas fuentes políticas y religiosas con la cultura
maya de los indígenas de Chiapas, con su relación mágica
a la naturaleza, cono su solidaridad comunitaria, su resistencia a la
modernización neo-liberal. El neo-zapatismo se reclama de esta
tradición comunitaria del pasado, precapitalista, premoderna,
precolombina. Mariategui se refería al “comunismo inca”:
podría hablarse, en el mismo sentido, de "comunismo maya".
Probablemente sin conocer los escritos de Mariategui, los fundadores
y militantes del Ejército Zapatista de cierto modo han restablecido
su lectura marxista heterodoxa de la historia de América Latina....
Es imposible concluir este breve
recordatorio de la historia del marxismo en América Latina sin
mencionar el debate sobre el socialismo del siglo XXI, que se desarrolla
en el curso de los últimos años, no solamente en Venezuela,
sino en muchos países de América Latina, a partir de sorprendentes
intervenciones del comandante Hugo Chávez, en las que la "revolución
bolivariana" se reclama no sólo de Simón Bolívar
y su sueño de unidad continental, sino también de Marx,
Engels, Rosa Luxemburgo, Trotsky, José Carlos Mariátegui
y Ernesto Che Guevara. Aunque el proceso de transformación social
en Venezuela no dejó de radicalizarse desde 1998, es demasiado
pronto para prever cuál será su futuro. Pero es un hecho
que la cuestión del socialismo está o hoy nuevamente en
el orden del día de América Latina...
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• Traducido del francés
por Aldo Casas.
J.C. Mariategui, “La tradición nacional”, 1927, Peruanicemos
al Perú, Lima, Amauta, 1975, pág. 121.
J.C. Mariategui, Siete ensayo..., Buenos Aires, Gorla, 2004, págs.
67-68.
J.C. Mariategui, “Principios programáticos del partido
socialista”, 1928, Ideología y Política, Lima, Amauta,
1971, pág. 161.
J.C. Mariategui, “El problema de las razas en América Latina”,
1929, Ideología y Política, ídem, pag. 68.
Ibíd., pags. 81.82
A. Flores Galindo, La agonía de Mariategui. La polémica
con la Comintern, Lima, Desco, 1982, pág. 50.
J.C. Mariátegui, “Aniversario y Balance”, 1929, Ideología
y Política, op. cit., pág. 248-249.
Existió también, algunos años mas tarde, el levantamiento
“rojo” de 1935 en Brasil, bajo la dirección de un
joven militar ganado para el comunismo, Luis Carlos Prestes. Pero este
movimiento, que contaba con el apoyo de Moscú, fue sobre todo
una iniciativa local de algunos militares de izquierda, rápidamente
reprimida.
S. Frondizi, La Realidad Argentina. Ensayo de interpretación
sociológica, tomo II, Buenos Aires, Ed. Praxis, 1956, pag. 234.
Silvio Frondizi será asesinado en 1974 por la Alianza Anticomuista
Argentina (la Triple A).
Gustavo Gutiérrez, Théologie de la liberation-perspectives,
Bruselas, Lumen Vitae, 1972, pág. 244.
H. Assmann, F. Hinkelammert , A Idolatria do Mercado. Ensaio sobre Economia
e Teología, San Pablo, Vozes, 1989.
* Michel Löwy (nacido en 1938 en Brasil) es el director de investigación en sociología en el CNRS (Centro Nacional para la Investigación Científica) en París. Es antropólogo, abogado, mediador y ha escrito con amplitud sobre filosofía política e historia de las ideas. Es un especialista en marxismo latinoamericano, tema sobre el que ha escrito varios libros. Löwy es un ecosocialista. En 2001, juntamente con Joel Kovel, escribió el Manifiesto Ecosocialista.[1] Es autor de muchos libros, incluyendo "Walter Benjamin: aviso de incendio. Una lectura de las Tesis", "Pensamiento del Che Guevara", "Redención y utopía. El judaísmo libertario en Europa Central. Un estudio de afinidad electiva" y "Guerra de dioses: religión y política en América Latina".