- Anda como tristona la zurda- comentó Carlos, siempre tan sensible, aunque se haga el duro.
- Mucha ingratitud...- acompañó Gerardo con un dejo de tristeza.
Conozco a los parroquianos del bar de la calle Perú. Empiezan hablar de bueyes perdidos, del número que salió a la quiniela, de cómo va a formar Boca el domingo y después aparece un comentario político. Una nadita; alguien dice algo como al pasar. Otro le contesta en el mismo tono... y a la media hora se armó una polémica, que como ya dije incluye a todo el personal. En la que voy a comentar ahora, participó también un gato barcino.
Marzo había venido caluroso y llovedor pero esa tarde el cielo estaba despejado y corría un vientito fresco, por lo que me acomodé en una de las mesas de la calle, casi pegado a la mesa de los debates.
-La adversidad de los resultados electorales ha minado su autoestima –sumó Marcelo, el veterano, que presume de sabio, sobre todo cuando las mozas pueden escucharlo.
-Siempre le fue como el culo- acotó la moza petisa mientras tomaba el pedido a Tito, que llegaba demorado.
-Señorita, Ud. se olvida de la elección de Alfredo Palacios...
Las dos mozas son muy ácidas. Pero la petisa es peor.
-Tengo veinticinco años, señor
Alberto que simula estar dormido, pero está siempre al acecho, cambió la conversación. Yo casi aplaudo ese acto de solidaridad entre machos. Porque el viejo es medio nabo pero no es cuestión de dejarlo humillar por esa petisa ácrata. Pero tengo que disimular. Y a la muy turra no le dejo propina.
- El punto en discusión es: ¿Por qué los barbudos son ingratos?
Ya lo dije, Alberto, además de solidario, es un maestro para llamar la atención. Y siempre alguno pregunta.
-Marx, Lenin, Trotsky, el Che y toda la biblioteca. Porque después de ese desvío primaveral del 2001; del que se vayan todos y los barbudos también; sucedió lo que siempre pasa y coincido con el compa Gerardo que la izquierda es dogmática y pelotuda. Después de quemar a los santos volvieron en procesión a las iglesias, y de rodillas. Volvieron a recitar sus salmos. Sin que cambie nada. Porque el proletariado sigue tan ciego, sordo, mudo y peronista como antes.
Yo estaba pensando: ahora mete un bocadillo Tito, pero no, el muy despistado se entretenía tirándole miguitas a un gato barcino.
Alberto había quedado apichonado por el incidente con la moza.
Gerardo, sacudido por la mención de Alberto, con el que nunca coincidieron -peor aún sospechaba que era peronista- se vio obligado a retomar la palabra.
- Como Uds. saben, yo soy marxista. Pero voy a dar un ejemplo de Jesucristo....
Por causas no muy claras, el gato barcino dio un aullido, y saltó sobre la mesa haciendo un desparramo de copas y pocillos.
Todos lo miramos a Tito sospechando que el muy desalmado lo había quemado con el cigarro. Disimulando se incorporó a la polémica.
- Antes de hacer olas hay que analizar todas las posibilidades. En mi pueblo, Miguelito Rimoldi se suicidó porque decía que su mujer hacía dos años que no le hablaba. Después se supo que la pobre mina se había quemado muda. Analicemos lo del gato. Cuando se volvió loco todos me miraban, como diciendo “qué le hiciste Tito?” ¿Y si el gato tiene su ideología, y le molestó que lo nombraran al Jesucristo, a Marx y todos esos…? Uds. están hablando que los barbudos son ingratos, que no les dan pelotas a sus fieles. ¿Pero están seguros que los escuchan? Pueden ser sordos, son gente grande. El Che es el más pibe y está por cumplir cien años.
- Dijo el maestro Fontanarrosa, que la infidelidad es la base del matrimonio- agregó Alberto para completar el delirio.
Y empezó una larga perorata sobre las herejías de Lenin, de Mariategui, de Fidel, pero no pudo redondear la cuestión. Una morocha robusta que debe ser la lava-copas, -siempre las lava-copas son morochas- se había acercado a la mesa y enfurecida pedía explicaciones por lo sucedido con el gato.
Alberto, el veterano, hizo coraje y enfrentó a la fiera. Que, para ser justos, era muy atractiva.
- Ud. nos ofende señorita. Con los caballeros nos encontrábamos abocados a un debate sobre la fidelidad y de pronto ese gato...
-Ese gato es nuestro gato. Y la fidelidad es una discusión de perros. En este bar pueden decir todas las pavadas que quieran, pero sin lastimar. Porque será un animal pero tiene su sensibilidad...
La dejaron que se desahogara; nadie se va a poner a pelear con una mujer. Cuando vio que no les respondían, lanzó una última mirada de reprobación y pegó la vuelta para la cocina. Pero no se quedó conforme con eso; antes de pasar detrás de la barra, siguió con la monserga. Y concluyó:
- Y nuestro gato tiene nombre. Se llama Baku.
Tito siempre se anota para dar el cierre.
- Vieron... yo le dije. Encima el gato se llama Baku. Pero ese es el nombre abreviado así que ya se pueden imaginar cual el nombre completo. En mi pueblo había a un tipo se llamaba Cartesio Coristiadis. Y le decían Caco, para hacerlo mas corto…
Avellaneda, 7 de marzo de 2008