México 1968-2008
Fernando Matamoros Ponce •
Constelación y renovación de la esperanza
La fecha de 1968 en el 2008 puede ser otra cita del pasado con el presente,
un ir más allá del tiempo de los vencedores, una mirada
de esperanza del hombre inacabado. En ese pasado se encuentran imágenes
dialécticas, una lucha contra los dioses del poder mercantil,
mito terrorifico de la barbarie del capitalismo. En este sentido, la
mirada melancólica del ángel de la historia de Walter
Benjamin (Sobre el concepto de historia, Tesis IX) nos recuerda que
la acción revolucionaria puede detener el tiempo del reloj del
Capital. Este ángel lucha contra el viento del progreso que,
a pesar de todo, canta nuevas promesas para la redención de las
historias y muertos del pasado. El ángel anuncia las posibilidades
del cambio, una necesidad inscrita en la historia de los vencidos, esos
millones de partículas luchando o emigrando en búsqueda
de bien-estar. Su mirada espantada reclama el deseo renovado por el
dolor de los muertos, esas heridas del trabajo-concreto, lucha de clases
activa en el presente del mundo de las resistencias, delirios en estos
tiempos de fantasmagoría totalitaria de la mercancía.
Plasma los sueños alejados de las condiciones objetivas de la
privatización y dominación. Sus ojos, abiertos sobre el
pasado, son las puertas del alma por donde podría irrumpir la
revolución, aquella que no culminó y cuyas resistencias
y pensamientos rebeldes e insumisos siguen preguntando como caminar
para lograr otro mundo. Son reflexiones que se vuelven acciones para
el instante del todavía-no-aun (Bloch, 1976) en el presente.
Entonces, la matanza del 2 de octubre de 1968 en México, parte
de las prácticas del poder y pieza fundamental de la maquinaria
del capitalismo, es una de esas profundas llagas que siguen sangrando
sin cicatrizar. A cuarenta años de las revueltas de 1968, los
muertos, imágenes dialécticas de ese poder, se revuelcan
en sus tumbas. No pueden sino estar inquietos por la presencia de su
memoria, ya que las estructuras del poder les quieren echar más
tierra para atraparlos en el estático pasado de los expedientes
de la Historia oficial. Cientos de muertos y desaparecidos, de los cuales
no se sabe nada, salen de sus sepulcros anónimos para recordarnos
que el enemigo no ha dejado de vencer y que la justicia es una palabra
vaciada de los contenidos de luchas, sin los sujetos que exigen castigo
a los responsables institucionales del capital, aquellos protegidos
por leyes soplando el viento de la violencia.
No es sorpresa ni azar que el espectro de la lucha de clases inquiete
a los guardianes del orden establecido. Existe una guerra por la apropiación
de imágenes de la historia, una movilización de la memoria
contra el olvido. Así, por ejemplo, en Francia, la gente respetable
y posmoderna considera a los movimientos de 1968, junto a sus símbolos,
como responsables de frenar el progreso del neoliberalismo. Desde está
perspectiva de enterrar el pasado, Nicolas Sarkozy no dudó en
cuestionar este momento histórico. Evocó el espectro de
1968, como la causa de la “caída” de Francia, en
tanto que potencia económica y se preguntó si su herencia
“debe ser perpetuada o liquidada definitivamente” , ya que
impide la acumulación para el desarrollo de su civilización
neoliberal. Resaltamos que las palabras están ligadas a sujetos
concretos de lucha de clases y recomposiciones de los bloques económicos
a nivel mundial. Sin embargo, en el centro de estos discursos se expresa
el sujeto en el instante de peligro. Sus palabras, no solamente significan
la insistencia de olvidar las esperanzas del pasado y los muertos, significan
también el deseo de liquidar a las conquistas de la lucha de
clases y todo lo que sobrevive en medio de las reformas estructurales
de acumulación de capital; incluyendo la memoria que media las
conquistas de 1968: una constelación de derechos, sindicales,
laborales, ingresos, jubilaciones y múltiples formas de redistribución
social del ingreso.
Hay que subrayar que no es el único problema de gobernantes e
intelectuales europeos. Estos discurso comparten la ideología
del historicismo de los vencedores que anunciaron desde 1989 el fin
de la historia organizado con el pensamiento posmoderno: acabar con
las ideologías de los macro-discursos. En México también
encontramos esa preocupación de enterrar la memoria de la historia
de los vencidos en lo más profundo del olvido. Ricardo Martínez
Martínez (2004) menciona que varios actores institucionales insisten
en las lógicas de la historia del así fue y confinan en
el pasado a los hechos sociales vaciados de su sentido de lucha de clases.
Insisten que el pasado, 1968 “ya pasó”, que olvidemos
la sangre derramada por las estrategias del poder, que “miremos
adelante”, y no atrás. Esto significaba para el expresidente
Vicente Fox hacer actuar la supuesta imparcialidad de la justicia que,
como hemos visto en los últimos años, organiza la violencia
institucional, legal y jurídica con la militarización
del presente .
Los contenidos sociales y políticos en los discursos quieren
asegurarnos de sus verdades, únicos caminos de su civilización,
convencernos que en lo que queda de humano en el capitalismo se encuentra
la reconciliación necesaria para acabar con tanta violencia.
Nos inundan de discursos mediáticos de los hechos de violencia
de ese periodo que abría tantas esperanzas, anuncian e insisten
que la injusticia es responsabilidad de algunos hombres malvados (expresidentes
y militares sin control —algunos fallecidos, otros vivos—,
paramilitares y policías corruptos, etcétera), que violaron
la ley y justicia del “sistema humanista” del capitalismo
con sus leyes justas de guerra civilizadora.
Sin embargo, a pesar de la insistencia del olvido, millones de personas
y colectivos rememoran sucesos contenidos en nuestra historia. Como
chispa prenden la vida, atizan la esperanza violentada por los velos
de la ignominia y el perdón. Familiares de sobrevivientes y desaparecidos
del Frente Nacional Contra la Represión (FNCR) y otros más
son el eco de los muertos reclamando justicia en la actualidad, es la
dignidad que no puede ser aplastada. Exigen Comisiones institucionales
de la verdad sobre ese año de dolor y enfrentamiento. Denuncian
los métodos de la democracia del terrorismo que aniquiló
luchadores sociales de ese periodo. Si recordamos 1968 con la constelación
que determina los discursos en el presente, podemos centrar en las autoridades
e instituciones la lógica del olvido y perdón llamando
a la reconciliación de las contradicciones, una síntesis
de la historia que avanzaría linealmente en su modernidad, sin
regresar a las significaciones del pasado. En este sentido, la fecha
de 1968 con los acontecimientos del instante-vivido-esperanza dan vida
a las imágenes dialécticas contenidas en el presente,
deseos y aspiraciones de cambio, inscritos entre el olvido del dolor
constante de las derrotas y la conmemoración oficial del olvido.
Son una guerra contra el olvido, contra la liquidación de la
memoria, un olvido que enfrenta la rememoración constante de
la remembranza vivida en nuestros cuerpos, sufriendo las consecuencias
del totalitarismo hecho democracia mediante discursos militarizados.
El ángel de la historia en 1968
En la actualidad se perciben otra vez los actos fúnebres de ese
año de dolor y remembranza. Silencio, labios murmuran gritos,
los de las victimas. Miradas destellan el fuego mesiánico que
sigue ardiendo en los ataúdes del pasado. Estas expresiones iluminadas
y profanas se reflejan en nuestro espejo, proyección del rechazo
de la oscuridad de las leyes de la modernidad capitalista.
Con la constelación de luchas de los años cincuenta, ferrocarrileros,
maestros, médicos y estudiantes, adyacente a la memoria de las
victimas de 1968, escuchamos en México, en los gritos del presente,
los ecos cercanos del ayer: “2 de octubre no se olvida”.
Son sujetos de la historia, de luchas y esperanzas. En respuesta se
oyen discursos, los del horror de la guerra y la pax orquestado por
el poder del Capital, quien presenta a sus actoras: democracia, justicia
y libertad.
Así, en México, las Comisiones y Fiscalías gubernamentales
hablan de 68 como escombro a despejar, ya que no lo pueden refutar.
La Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos
del Pasado (FEMOSPP), órgano de la Procuraduría General
de la Republica (PGR) inició sus indagatorias para castigar a
los responsables del genocidio perpetuado por las autoridades en 1968
y 1971, descartando las responsabilidades del gobierno de los Estados
Unidos de Norteamérica y de la Unión Soviética
(Cf., Castillo García, Gustavo, 2004). El pasado de 1968 se presenta
como parte del mito del progreso, un imperioso progreso de la acumulación
de los tiempos homogéneos vaciados de los contenidos sociales
que lo hicieron nacer. En los medios de comunicación y expedientes
de la Historia se escucha nuevamente que fueron los “malos gobernantes”
los que impidieron el triunfo de la democracia, justicia y libertad.
A semejanza de los estudiantes extremistas, bien clasificados e identificados
por las normas y leyes de la sociedad, estos diabólicos gobernantes
fueron los enemigos que frenaban su Modernidad.
Como Hitler y otros dictadores del mundo, fueron presentados como culpables
de deslices humanos, errores, no calculados en la maquinaria triunfante
de la Civilización capitalista. Se trata para ellos de injusticias
sistémicas, equivocaciones de la lógica mercantil que
hay que corregir. Los muertos son la responsabilidad de algunos desquiciados
por el poder y ambición de la corrupción. En suma, como
en las competiciones de las olimpiadas de 1968, no es el sistema capitalista
el responsable de los muertos del 2 de octubre. Son las errores humanos
particularizados los que hay que amonestar. Así, a 36 años
de la masacre del 2 de octubre se anunció que había llegado
la hora de la justicia y su aplicación. El exdirigente del movimiento
estudiantil, Jesús Martín del Campo (citado por Saldierna,
2004) afirmó que los responsables deberían ser condenados
a la cárcel. Como si el sistema de injusticia en México
pudiera ser reformado en su profundidad, Martín del Campo y muchos
otros siguen pensando que resulta posible aplicar la justicia en el
sistema capitalista, sui generis injusto. ¿A quienes hay que
ajusticiar? ¿A los presidentes? ¿A los militares y policías,
empleados criminales del sistema? ¿A los jueces que no han hecho
justicia desde decenas o cientos de años? ¿A los abogados
y estudiantes, en particular los de sociología, que viven estimando
y haciendo valoraciones sistémicas de la injusticia y justicia,
que callan, por ignorancia o por miedo, a las consecuencias de la comodidad
capitalista posmoderna? ¿A los ciudadanos, quienes cómplices
del pasado y del presente, guardan silencio ante la ignominia? En todo
caso, insistimos, ¿no es el capitalismo con sus sistemas democráticos
de justicia el culpable de tanto dolor?
Sin embargo, y a pesar de todos los ungüentos discursivos de la
sociedad del espectáculo (Debord, 1992), las llagas históricas
de la lucha de clases no sanan para preguntar el por qué tanta
miseria, injusticia y sufrimiento. Actúan en los procesos de
reconfiguración política para no repetir los errores del
pasado y actuar con ellos afín de impedir que se reproduzca la
objetivación del Capital. Las venas abiertas de América
Latina (Eduardo Galeano, 1983) no cauterizan, son las huellas del México
profundo. Sinónimo de bronco, salvaje, bárbaro, tosco
y obstinado. Sigue soñando con otra vida, Otro Mundo en su tiempo
de resistencia y rebeldía para rescatar la dignidad todavía
viva, a pesar de años de dominación —represión
traducida en etnocidios, genocidios. En el presente, lo humano actúa
con la memoria del fuego (Galeano, 1991).
Espantado por la naturaleza en ruinas, el ángel de la historia
(Walter Benjamin) mira el mundo, un mundo de guerras, destrucciones,
derrotas y muertes. Contempla las piedras, los muros, de la trágica
historia de Tlatelolco, de los Cuauhtémocs del presente que actúan
su tiempo como parte de la esperanza. Horrorizado sueña con el
tiempo de las esperanzas del pasado en el presente de los vencidos.
Mira los relámpagos de la hstoria. Quisiera apostar sobre estos
instantes deslumbrantes que se renuevan en las experiencias de los acontecimientos
del presente. Así, a la luz de los faros de la historia de la
resistencia, los neozapatistas revolucionarios, los campesinos de Atenco
y los miembros de la APPO en Oaxaca, herederos del pasado de resistencias
y rebeliones de la década de los sesentas y del 1968, persisten
desmedidamente en querer destruir la buena política autorizada
en sus espacios públicos institucionales. Son los locos que cuestionaban
el cocktail estalinista. Son los irredentos jóvenes que envejecieron
juvenilmente con el pasado, creyendo que, a pesar de todo, otro mundo
es posible. Irracionalmente, rompen las normas y reglas de la política,
caminan abajo y a la izquierda. A veces se pierden, se equivocan, pero,
con la paciencia de los revolucionarios, esperan en la oscuridad que
los rayos de las noches de tormenta del pasado los iluminen. Sus miradas
quieren redimir los instantes de lo posible. Rememoran a los muertos
para no morir en el olvido, concentran imágenes-relámpagos
del pasado y juntan los restos del espejo estrellado de la historia
para enfrentar mitos de la democracia capitalista.
Los muertos, un caminar con las esperanzas
En el contexto de la llamada Cuarta Guerra Mundial por el subcomandante
Marcos, la humanidad enfrenta el neoliberalismo. Los revolucionarios
vuelven a apostar para ganar, pues, como hemos mencionado, saben que
si pierden, ni sus muertos ni su memoria conocerán la paz. Así,
si miramos el año de 1968 en México, no lo hagamos románticamente
en la melancolía y las lagrimas, creyendo que las instituciones
no cumplieron su deber con la historia o pensando que traicionan la
historia de nuestras conquistas. Nuevamente, la experiencia y el conocimiento
de 1968 son los rayos de las tormentas del pasado en la subjetividad
del presente. Se trata de una luminosidad de la cual nos debemos apropiar,
ya que nos permite actuar contra el totalitarismo que estamos viviendo,
noche de errores de los vencidos por los cuales seguimos sufriendo.
Entonces, la mirada fugaz y adolorida del ángel hacia el pasado
nos permite cuestionar a aquellos que siguen creyendo en el progreso
y la justicia corporativa (ya mediada por el poder), aquella que debería
sanar las heridas, la ignominia que se construye con y en las instituciones
jurídicas del capitalismo. No hay que seguir mirando al pasado
para cerrar las heridas impuestas por la injusticia, sus leyes, que
prometen lo inalcanzado de generación en generación. Pues,
cada vez que se menciona la palabra justicia aparecen los fantasmas
luciferinos de las nuevas sanciones, lógicas capitalistas genoci-diarias
de la privatización. No se trata de ver los orígenes de
la justicia o injusticia, pero de mirar atentivamente las cicatrices
de la historia, cepillar la historia a contrapelo (Tesis VII). Esto
permite resaltar los antagonismos de la historia oficial, estrellar
el espejo de las identidades del poder y la dominación, ver que
la guerra de baja intensidad, silencio o miedos de los gobernantes,
expresa nuestras fuerzas. No actúan sin objetividad de la lucha
de clases, su estrategia militar es parte del antagonismo de la crisis
del Capital. Mirar al pasado permite evitar traiciones, errores, así
como las recuperaciones del sistema.
La metáfora del ángel renueva las esperanzas de los instantes
del tiempo de la insurrección revolucionaria. Son las miradas
de los insurrectos en el mundo durante los últimos años;
son las resistencias acumuladas durante 500 años, se expresan
en las rebeldías de los indígenas zapatistas desde 1994;
son las redes de resistencias de la Comuna de Oaxaca en 2005-2006. Son
las acciones que no esperan que las grandes masas lleguen al escenario
para cambiar el mundo. Esas partículas rememoran los instantes
de los sueños revolucionarios para no morir en el olvido re-actualizado
en las conmemoraciones de los vencedores. Construyen el tiempo de la
rebelión cotidiana contra el imperio del fetiche de la mercancía.
Saben en sus madrigueras que a cada instante pueden brotar los posibles.
Desde la clandestinidad, impuesta por los tratados económicos
internacionales y planes de contrainsurgencia (ver la militarización
anunciada en los diseños de la Seguridad en el Plan Puebla Panamá,
actualizado en el Plan Mérida en México, retomado del
Plan Colombia), se abren brechas por donde se filtran esperanzas acumuladas.
No se trata solamente de resistencia, de detener el viento de la represión,
sino también de socavar la certidumbre del así es y así
será para que llegue el Mesías (Tesis, XVIII, apéndice
b), redimir el pasado.
Aunque penetrados por la sociedad y sus ideologías de Progreso
e Inseguridad, múltiples actores en diversos espacios, editoriales,
artistas, poetas, militantes de partidos y sindicatos, comunidades indígenas,
amas de casa, homosexuales, etcétera, salen de sus trincheras,
de sus selvas controladas en la guerra de baja intensidad. Actúan
con el pasado para frenar el tren de la catástrofe humana. Al
contrario del tiempo vacío y homogéneo de la historia
oficial, existe el tiempo de 1968-2008, una constelación de lucha
de clases renovándose en el presente contra la violencia de los
designios impuestos por el capitalismo. Esas fechas, años de
resistencias y rebeliones, cristalizan los dulces sueños de la
resistencia de la utopía inscrita en las pesadillas de la historia
oficial: condenas a la guerra en su paz-totalitaria de lo policíaco
y militar. Son el terrible re-cuento de las ideologías y cuentas
configurando los cuerpos robotizados de su humanidad. Pero, son también
recuerdos del recuerdo del pasado en el presente, viven las esperanzas
en la soledad del silencio de la comunicación monopolizada por
los medios mitificados del totalitarismo de la libertad y democracia
institucional y electoral.
El pasado de esperanza y utopía de lo posible de las barricadas
comunitarias de la libertad de 1968 en el universo irredento se renueva.
Con Frantz Fanon (2002), tenemos que seguir pensando en nuestra locura,
histeria y paranoia, objetivación de los rastros de una verdad
y autenticidad del tiempo mesiánico de la aventura, aquel que
sigue actuando fuera del tiempo de lo admisible. Las significaciones
irrelevantes para la ley del poder, como tantos profetas imaginando
otro mundo que el mundo real, siguen siendo bienaventuradas en la renovación
de la memoria invisible de las artes de la resistencia, pensar lo pensado
para reorganizar el pensamiento del todavía-no existe, creer
y concretizar la utopía posible contra la posmodernidad y su
libertad totalitaria.
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