Miguel Mazzeo
Muchas veces, la divisa posmoderno/a, se utiliza en espacios de militancia popular para definir -y descalificar- un conjunto de formulaciones y experiencias. En efecto, la designación también abarca prácticas, aunque los involucrados en las mismas, a veces, no estén al tanto.
Ocurre que el sobrenombre ha desarrollado una excesiva polisemia. Desde el punto de vista de la izquierda vieja, todo lo que cae fuera de sus binarios y andrajosos esquemas y de sus limitados horizontes interpretativos es susceptible de ubicarse en la cuadrícula correspondiente a lo posmoderno.
Así, por ejemplo, un mundo de categorías son identificadas y desechadas por posmodernas, cuando, en realidad, en muchos casos, son más tributarias de las versiones heterodoxas del marxismo, productos que arrastra su corriente cálida, hijas de las tradiciones emancipatorias de Nuestra América, reactualizaciones de viejas identidades plebeyas. O simplemente son categorías nuevas, o mejor: en un proceso abierto de pariciones, "están siendo nuevas". Lo mismo suele ocurrir con el pensamiento crítico, reflexivo y hermeneúticamente situado que reivindicamos.
Esto no niega en absoluto la realidad de una izquierda posmoderna que suele estar emparentada con algunas versiones del autonomismo.
El problema es que también existe un ancho universo que difiere notoriamente de los postulados posmodernos (y del autonomismo más ingenuo y ramplón) y que no siempre es reconocido, ya sea por dogmatismo, purismo o por otras limitaciones congénitas. Se trata de un universo que excede los moldes y guiones tradicionales y que rompe con las clasificaciones preestablecidas.
Más grave aún, la izquierda vieja no reconoce que el universo de algunas corrientes del denominado autonomismo y de los grupos que reivindican la noción de poder popular, es expresión genuina de un ciclo de luchas populares y de una experiencia de masas. Tampoco acepta que ese universo, a su vez, está expresando un agotamiento de los modos políticos que esa misma izquierda vieja se empecina en sustentar.
Lejos de asumir esta realidad, la izquierda vieja ve en las nuevas expresiones un reflejo de la adopción de una vía "fracasada": el zapatismo. Por un lado niega la incidencia central del proceso histórico local, de las experiencias de base, de los azares de la recomposición del campo popular, que suministraron y suministran la clave singular de decodificación de los sucesos de Chiapas, así como de otras experiencias como la del Movimiento Sin Tierra (MST), del Brasil, por ejemplo. Por otro lado, además de recurrir a un criterio de “triunfo” un tanto ortodoxo y simplista, no logran entender algo que es evidente: experiencias como las del zapatismo, y otras bajo el signo de la autonomía y el poder popular son, en alguna medida y más allá de sus limitaciones, la expresión del categórico fracaso (y no de la derrota) de la izquierda vieja. El fracaso de todo lo que auspicia formas de elitización de la tarea revolucionaria y de resolución desde arriba.
Desde la izquierda vieja se tilda de posmoderno a todo lo que parte de los siguientes presupuestos: la crítica al antiguo régimen emancipatorio y a las estrategias revolucionarias tradicionales, la crítica al partido como herramienta de emancipación, y sobre todo, la crítica a un tipo de racionalidad y a una idea de totalidad.
Paradójicamente la crítica a "un tipo" de racionalidad burguesa y a una forma de asumir la totalidad, sin renunciar a las chances de otra razón y otra totalidad, les sirve a los que están más identificados con una narrativa posmoderna estricta para detectar y para adjudicarle a las nuevas expresiones radicales fidelidades al viejo régimen emancipatorio o para considerarlas como representantes de la "metafísica de la sustancia".
Debemos alejarnos de los tópicos y fetiches de la izquierda vieja que rechazan los aspectos de la posmodernidad que atentan contra su ciudadela: el pensamiento polarizante, las teorías totalizadoras (en el sentido de la totalidad cerrada), sus moldes estables, hiperacionales, su fe ciega en las posibilidades de conocer la "verdad objetiva", su saber positivo, técnico - productivo.
La izquierda vieja rechaza el terreno de la crítica posmoderna que gira sobre sus taras más evidentes (de hecho, en estos aspectos, la posmodernidad se ensaña con un espantajo), a esta altura ¿quién duda que la izquierda vieja vive una época de decadencia intelectual?. Hace rato que no dice y hace nada nuevo, hace tiempo que viene reescribiendo el mismo libro (un manual, claro) y el mismo libreto. Una nada sucede a otra nada.
II
No podemos dejar de reconocer que en la crítica posmoderna a la izquierda vieja hay elementos certeros. En efecto, muchos de sus núcleos están agotados: reproducen las lógicas del capital, son opresivos, se ajustan a un recetario y chocan con la realidad, etc. Pero hay otros tantos que la burguesía arrojó al basurero de la historia por sus capacidades a la hora de construir órdenes alternativos al capital, capacidades disruptivas, rebeldes. Sin escarbar demasiado, identificamos algunos que resplandecen: sujeto, memoria, experiencia, conciencia política popular, proyectos de emancipación, poder de los subalternos, organización, etc.
Una izquierda radical a tono con el presente y el futuro, debe discutir los terrenos blandos de la crítica posmoderna, su predilección por las superficies y su consiguiente falta de profundidad, su tendencia a subordinar la política a otras prácticas incluyendo la crítica literaria (no olvidar las “textualizaciones”), su rechazo a todo lo que signifique identidad, organización, presencia y conciencia, la negación a reconocer la posibilidad de que, por fuera de las representaciones, exista algo así como la "realidad". ¿Es el pensamiento el sujeto de la vida, el demiurgo de lo real? Asimismo debe cuestionar el perspectivismo escéptico ("no hay hechos, no hay realidad, sólo interpretaciones").
Nuestra praxis está de acuerdo en la deconstrucción de muchos paradigmas de la modernidad, por eso podemos coincidir con las corrientes posmodernas en una serie de combates epistemológicos. Pero debemos tener en claro que desde los requerimientos concretos de un proyecto emancipador, un conjunto de nociones centrales de la galaxia posmoderna presentan algunos problemas de traducción, o dicho de otro modo: severas limitaciones a la hora de la política1.
¿Cómo decodificamos políticamente, en el marco de nuestras construcciones de base y nuestras luchas cotidianas, nociones tales como "acontecimiento incondicionado" (Alian Badiou), "multitud" (Michael Hardt - Antonio Negri), o "grito" (John Hollloway)?. Y más complicado (y más posmoderno) aún: ¿cómo confrontar con el poder dominante desde las "proyecciones a - lógicas del inconsciente"? ¿Cómo pensar el cambio social con "agentes no sujeto"?
Los interrogantes no deberían ser interpretados como el acto de precipitarse en el dogmatismo de la izquierda vieja, o, como se diría de una posición posmoderna y en código Heideggeriano: como "una caída en la metafísica de la mismidad". No. Simplemente constatamos que, como decimos desde hace muchos años, la política aborrece el vacío. Ahora estamos en condiciones de agregar que también detesta la metafísica.
¿Qué prácticas sociales y políticas pueden inspirarse en esas nociones y otras nociones representativas de la posmodernidad? ¿han servido y sirven para luchar contra la dominación y la explotación? ¿han servido y sirven para luchar contra la brutalidad del capital?. No se trata de hacer el elogio de la "racionalidad eficiente", sino de discutir el potencial emancipador del universo categorial y político de lo que se denomina posmodernidad.
La verdad es que no sabemos a ciencia cierta cuáles son las posibilidades de estas nociones y su universo. Incluso, plenamente conscientes de los riesgos políticos de la soberbia, seguimos considerando la posibilidad de la propia incapacidad en la tarea de la decodificación. Por lo tanto, como no estamos tratando de corroborar un conjunto de certezas predecesoras, creemos que bien vale ponerlas a dialogar con la realidad, sólo así podremos tener indicios de sus capacidades de producir lazo social, prácticas antisistémicas y núcleos de poder popular.
Por cierto, como pensamos desde experiencias concretas, no dejamos de acumular evidencias, hacer síntesis y sacar conclusiones. Hasta ahora las evidencias no son muy auspiciosas. Los experimentos que pretendieron inspirarse en los códigos posmodernos, han sido frustrantes. El balance teórico - práctico no resulta muy favorable. El "debe" incluye la reedición de modas teóricas2, militantes - intelectuales que celebran las limitaciones de las organizaciones populares, que alimentan sus tendencias a la autoreferencialidad y al aislamiento y que, finalmente, las tornan permeables a la cooptación del Estado o carne de ONGs, ámbitos de rencillas menores y corruptelas varias. No es casual la compatibilidad del fervor posmoderno con el populismo realmente existente.
De cara a un proyecto emancipador, la modestia deviene estratégica. Pero por lo general ha sido escasa en los grupos, en la mayoría de los casos provenientes de medios universitarios, que, convencidos de las bondades antisistémicas del arsenal posmoderno, buscaron incidir en las construcciones de base. En un sentido fueron coherentes con sus postulados: "deconstruyeron", pero no las redes del sistema de dominación sino las incipientes organizaciones populares. No hay diálogo posible cuando se asumen poses predictivas o apocalípticas. Cuando abruma la jerga y nunca aparece el núcleo descarnado.
Sabemos que es muy difícil construir sin certezas. De hecho vemos cómo los jóvenes se sienten atraídos por las organizaciones y grupos que les ofrecen algunas prefabricadas y rotundas. Junto con ellas viene un organigrama completo, tareas bien concretas, un horizonte troquelado. Y una falsa seguridad. Eso explica que las organizaciones de la izquierda vieja, a pesar de sus rigideces y esquematismos, aún conserven un activo militante juvenil, que periódicamente, agobio lógico de por medio, es reemplazado por nuevos contingentes.
Es muy difícil convocar a espacios que intenten la construcción conjunta de las certezas. Más difícil aún es asumir desde el vamos que esas certezas pueden ser transitorias. Pero es el único camino que conduce a una orilla otra. Ésta, posiblemente, sea la única certeza que reivindicamos.
Asimismo consideramos que no podemos renunciar a comunicar las experiencias y a convertirlas en significado colectivo de transformación social y política.
Las luchas por la emancipación no pueden prescindir de un horizonte universalista, ni de algunas herramientas y categorías proporcionadas por la "modernidad" que pueden y deben ser resignificadas y actualizadas.