Miguel Mazzeo
"...sentimos la íntima proximidad
de lo que estaba perdido en las brumas del tiempo o disperso en un catálogo
de anécdotas inconexas y falseadas. Se vuelven vivas y reales
las hazañas de Tupac Amaru, las esperanzas de tantos alzamientos
de indios, negros, mulatos y zaparrastrosos que oligarquías crueles
y rapaces ahogaron en sangre..."
John William Cooke, Apuntes sobre el
Che
I
¿Por qué rescatar hoy la figura de John William Cooke?
¿En qué intersticios del presente percibimos los destellos
de su vieja militancia? ¿Cómo explicar la abrupta reaparición
de ese pasado? Cooke, es posiblemente, la impronta de un sueño
que revisita la memoria, la cicatriz de un proyecto emancipatorio que
no fue, la memoria de los logros y fracasos de una historia colectiva,
un bagaje de sabiduría de luchas derrotadas, de sabiduría
periférica. Una memoria ejemplar confeccionada con retazos de
heroicidades horizontales y masivas, con cuotas de la intrepidez de
hombres "ordinarios" a los que la praxis (acción y
conciencia) y el vínculo inmediato con la vida de las clases
subalternas convertía en luchadores y en organizadores extraordinarios.
El trajinar de Cooke nos remite a la épica de los hombres simples,
la que supo conmover a Georg Lukács.
Cooke es entonces "caballito de
batalla" para oponernos a las memorias del poder que construyen
el pasado desde las asimetrías del presente y "punta de
lanza" para restituir la memoria crítica de los oprimidos.
Es un componente más de una comunidad de memoria y discurso,
necesaria para consolidar una identidad y reconocernos en el colectivo,
para fortalecer y expandir la organización popular, para construir
un nuevo imaginario sintético y eficaz para la independencia
y la libertad, para constituirnos como pueblo y sujeto y dar a luz un
proyecto común. Es punto de partida "metodológico",
brújula en el tropel de nuestras incertidumbres y contingencias.
Se trata entonces del rescate de un
pasado que no es tradición consolidada sino pasado próximo,
presente histórico. Cooke hace menos complicada la tarea de las
nuevas generaciones militantes (con predisposiciones revolucionarias)
y alivia las dificultades de este proceso de desarrollo intrauterino,
ya que se trata de una figura que aporta a la superación de la
tensión entre la herencia y la necesidad de inventar. Cooke permite
que las desaveniencias del presente aniden en un pasado que las ilumina
un poco. Por supuesto, no se trata de edificar burdos historicismos
a modo de conjuro o de invocar al pasado para que resuelva los problemas
del presente.
Nuestro interés por la figura
de John William Cooke no parte (no podría partir jamás)
de inquietudes académicas sino políticas, aunque vale
la aclaración, intentamos alejarnos de la exaltación acrítica
y la reivindicación folklórica. Percibimos, apesadumbrados,
que desde algunos espacios el rescate de la figura de Cooke puede parangonarse
con aquel cuarteto que recreaba el estilo de la vieja guardia tanguera
y que, dirigido por el maestro Feliciano Brunelli , tocaba el tango
haciendo notar su carácter "histórico", su pertenencia
exclusiva al pasado. Estas reconstrucciones no por casualidad fueron
auspiciadas por intereses estrictamente comerciales.
Por esa línea, que algunos llaman
revival, transitan las recuperaciones de memorias indefinidas, imaginarios
agotados y de instrumentos inútiles, supuestamente de cara a
un proyecto de y para el campo popular. Nos convocan indefectiblemente
a preservar porciones de algún orden anterior. Suelen caracterizarse
por la insistencia en torno a la viabilidad del populismo o del neocorporativismo
social - cristiano y otras formas ?los más sutiles venenos burgueses
de agonía prolongada? que no modifican las condiciones de existencia
de las clases subalternas y que justamente se caracterizan por hablar
en nombre de ellas (he aquí condensados, tal vez, algunos de
los significados más productivos del concepto "populismo").
Aunque intenten disimularlo, los modos de percepción capitalocéntricos,
les afloran en las palabras y sobre todo en las opciones. En este marco
se hacen visibles las vacilaciones hijas de la derrota, y descollan
los especialistas en mistificaciones y los custodios de acervos míticos.
Así, por ejemplo, se construye alterando los procesos históricos
(el trastorno cronológico en si mismo sería inocuo) un
Cooke peronista "superador" del guevarista, un Cooke "auténtico",
el de los años cuarenta y cincuenta, el "verdadero",
el sensato. Mientras que una operación complementaria desdibuja
al de los sesenta al insertarlo en un conjunto contradictorio: el "campo
nacional" entendido como espacio común y conciencia compartida
de fuerzas sociales objetivamente antagónicas, restándole
importancia al hecho de que las clases dominantes invocan el interés
nacional como un sucedáneo del clamor por el orden social, conminándolo
así a la promiscuidad y negando sus intolerancias sustanciales.
Este tipo de construcciones (fantasmagorías que, lamentablemente,
aún conservan cierta eficacia) hablan de las constelaciones bajo
las que se desarrollan: un presente de resignaciones y transacciones
para roer un poco la galleta del Estado. Hayden White consideraba a
las reconciliaciones producidas en el ocaso de las tragedias como las
más sombrías ya que estas son de índole de las
resignaciones de los hombres a las condiciones impuestas.
También están los que
no toman en cuenta la falta de correspondencia evidente, los que persisten
en relaciones rotas, porque confían en los poderes del ritual
y en su capacidad de cohesión. Esos son los que, aferrados a
las viejas simbologías que no exigen la coherencia con prácticas
transformadoras, pretenden conjurar la incertidumbre política
con estampas milagreras y con un lirismo cursi. Constituyen las huestes
de idiotas útiles de los (neo)liberales, al igual que los nacionalistas
de derecha de la década del treinta.
Justamente de estas reposiciones y estas mitologías se alimenta
un sector del marxismo argentino ?que probablemente perdure en la historia
como producción discursiva de elites académicas? que se
considera heredero de una tradición de izquierda "heterodoxa"
e inmaculada. O sea: esta izquierda se nutre de las imágenes
y los mitos populistas para construir su propia imagen, distorsionada
claro está, de Cooke. Operación que indefectiblemente
los lleva a justificar su exclusión del panteón marxista.
El purismo los conduce a una búsqueda retrospectiva del marxista
argentino portador de la línea correcta y del lirio blanco, lo
que los encamina directamente hacia idealización de grupos minúsculos
y anecdóticos y, sobre todo, inocuos. Dueños de los artefactos
para medir pertenencias políticas, y sobre todo teóricas,
dadores exclusivos de las credenciales marxistas, su culto de la heterodoxia
no logra ocultar su oculta vocación por las verdades absolutas.
Gesto típico de esta izquierda es la negación de la posibilidad
de los desarrollos intersticiales.
Pero tanto unos como otros (populistas
y puristas) se quedan en los primeros escarceos, en los rencores prescritos,
en una perturbación (angustia) inicial y pasajera que no quieren
prologar a riesgo de afectar su "orden" y verse desposeídos
de sus mundos pequeños y coherentes. A su modo, ambos ?como decía
Joseph de Maistre? son libremente esclavos, hacen lo que quieren pero
no perturban los planes generales de las clases dominantes.
Paula Halperín, analizando el Film Los Hijos de Fierro (de Fernando
"Pino" Solanas y Octavio Getino, finalizada en 1974, aunque
iniciada en el año 1972), muestra una mirada crítica hacia
la figura de Cooke que partió justamente de los códigos
y las regiones indefinidas del populismo y que la izquierda no tiene
en cuenta: "La figura del negro, mezcla de Cooke y Hernández
Arregui , ideólogo más radicalizado que el resto y que
desaparece sin más hacia el final del film, es muchas veces criticado
por el Hijo Mayor por su cerrazón y su falta de flexibilidad
política en su crítica a las acciones sindicales de los
burócratas, dice el Negro: - aquí el problema es político,
no gremial! Contesta el Hijo Mayor: - los gremialistas tienen sus grandes
limitaciones. No pueden alzarse contra el gobierno sin perder el gremio.
Hay que unirse para que la gente esté unida..." .
Mientras la ideología populista
ocultaba (y oculta) campos de batallas y pretendía (y pretende)
ligar a militantes de base con burócratas sindicales, los planteos
de Cooke se destacan por cuestionar radicalmente este tipo de "síntesis"
inviables. Por otro lado Cooke no consideraba la adhesión al
peronismo como algo esencial y metapolítico, sin necesidad o
posibilidad de explicación. No hay en Cooke una celebración
del primitivismo, no hay celebración de alienaciones populares
(disfrazada de romanticismo) que es lo que hacen muchos "compañeros
del campo nacional y popular".
Cooke percibe las contradicciones del
campo popular (en su tiempo reflejadas en el movimiento peronista ),
las tensiones entre lo hegemónico y lo contrahegemónico
en ese mismo campo e intenta operar en la contradicción para
saldarla a favor de los impulsos heréticos, potenciándolos.
El revolucionario se instala siempre en el seno de esa contradicción.
Cabalga en ella junto a lo que está en proceso de conformación.
Aspira a la preforma. Se me ocurre que la identificación de esas
tensiones puede verse como el primer paso para salirse de la mirada
populista. Cooke busca en las prácticas del peronismo los elementos
críticos del orden establecido. O sea, en Cooke, el peronismo
resistente está en contra del otro peronismo. Es parte de otra
tradición.
El Cooke más genuino debe buscarse
en la política de los organismos de base (de la clase obrera
principalmente) y no en la política nacional burguesa del peronismo
oficial, que igual que la izquierda tradicional lo consideraba un componente
externo. Un Cooke que de seguro será dato molesto para todos
aquellos que hoy prefieren sumarse a una política nacional burguesa
en lugar de construir una política popular.
Por otro lado, y volviendo a Los hijos de Fierro, no podemos dejar de
señalar la contradicción que implica la conciliación
propuesta en el diálogo citado por Paula Halperín en el
marco de un genero como el gauchesco que se caracteriza precisamente
por una lógica de guerra y por presentar antagonismos radicales,
donde ciertas alianzas suelen ser imposibles.
Corre el año 2004... En un afiche
callejero, donde se destaca el rostro de José Ignacio Rucci (referencia),
se lee una sentencia: "él no hubiera votado la ley de flexibilización
laboral". Estamos frente a una típica superstición
populista que, en algún punto, entronca con el horizonte de la
narración de Los Hijos de Fierro. No necesitamos tomar como referencia
la actuación en los '90 de los dirigentes sindicales vinculados
a Rucci en los '70 para explicar por que sí él hubiese
votado esa ley tan nociva para los intereses de los trabajadores. El
pensamiento de Cooke aporta a la dilucidación de la cuestión:
se trata de la continuidad de una lógica, la de la burocracia
sindical, la lógica de la adaptación al poder. Incluso
debemos especular con la posibilidad de una oposición y ensayar
una explicación de los modos que aprovecharía para mantenerse
funcional a la lógica de los sectores que impulsaron la reforma.
Nosotros no queremos quedarnos con símbolos
moribundos y con las ceremonias de los cultos antiguos que, al decir
de Michelet, están llamadas para consagrar las nuevas solemnidades.
Debemos interrogar todos los silencios y todos los olvidos.
II
Nuestro interés surge entonces de la constatación de la
hegemonía de la cultura neoliberal y sus valores: la indeterminación,
el pragmatismo y el naturalismo de los que viven su dominio como realización.
Las clases dominantes han impuesto determinadas condiciones de “normalidad”,
le han asegurado un rumbo fijo al devenir. De este modo, todo proyecto
de transformación radical está en conflicto con el futuro,
lo desafía y se le opone. Nosotros, para liberarnos del sometimiento
a las visiones estrechas y transitorias, de la cualificación
y del reblandecimiento, estamos obligados a constituirnos como anomalía.
Obligados a entrever los espacios vacantes donde insertar palabras y
prácticas originales.
El historiador uruguayo Félix Real de Azua decía que "hurgar
en la historia es, ni más ni menos, que hurgar en la vida de
nuestros muertos. Los más queridos y los más odiados,
los anhelados y los temidos. El historiador se inmiscuye en las tumbas
para hacer hablar a los ociosos, para que le cuenten sus placeres y
sus glorias, sus miserias y mezquindades, sus intenciones, sus victorias
y sus fracasos. El historiador es un autopsista de los pensares fenecidos..."
(destacado nuestro) . Nosotros no estamos de acuerdo con esta afirmación.
Nuestro presente hace que cualquier intento de autopsia ?típica
modalidad académica? se convierta en asesinato liso y llano.
Porque Cooke exhibe vitalidad renovada. Está aquí, no
como la reliquia que nos interesa o como la fuerza antigua que presiona
y condiciona nuestros pasos, tampoco como reservorio de todas las respuestas.
No. Entre otras cosas porque han cambiado las preguntas y los riesgos.
Cooke está como dato molesto ante nuestro desarme moral e intelectual,
como hito insoslayable de las tradiciones revolucionarias en la Argentina,
como ejemplo de intelectual (en sentido gramsciano) operativo, funcional
a los intereses mediatos e inmediatos de las clases populares.
Cooke, en los márgenes de distintas
tradiciones, excomulgado de toda estética populista y marxista
ortodoxa, está como el nombre de la convergencia, que es siempre
el encuentro de herejes de distintas iglesias, como el nombre de una
intersección de nuevas preocupaciones. Cooke está como
representante de una época que soñaba futuros mientras
se esforzaba por despertarse. Cooke está como figura que desautoriza
todos los sectarismos, aunque todavía cuesta darse cuenta.
La vigencia de Cooke es, por lo menos en parte, un catálogo de
nuestras limitaciones: Porque desde la izquierda se sigue definiendo
al pueblo en forma negativa (claro, nunca en forma explícita)
como los “no conocedores” de la teoría (la verdad
revelada), lo que convierte a buena parte de la sociedad en sospechosa.
Porque se sigue restringiendo el campo de los cambios radicales a saberes
específicos y determinados que no están en condiciones
de integrar otros saberes. Porque se niegan los problemas que la teoría
no prescribe. Porque la "síntesis" se concibe, al modo
idealista, siempre a posteriori, siempre sabiendo lo que viene, sin
dejarle lugar al "salto" dialéctico (la dialéctica
real no conoce de antemano lo que viene). Porque se prescinde de la
creatividad popular. Porque no está lo suficientemente desarrollada
la vocación por la participación de las masas en las soluciones
definitivas. Porque a la izquierda aún le cuesta concebir a la
Nación como preludio de lo social. Porque se sigue considerando
que la subjetividad es un epifenómeno de las redes causales objetivas
y al sujeto como agente del determinismo objetivo sin tomar en cuenta
la especificidad de sus acciones. Porque se confunde el concepto con
la jerga. En fin, porque no se han superado los designios de una matriz
iluminista y eurocéntrica de la cultura que refuerza las tendencias
ilustradas y teoricistas de la izquierda y el molde determinista de
sus discursos autoreferenciales.
Algunos sectores de la izquierda argentina
se parecen a los poetas malditos franceses que Cooke contrastaba con
Ernesto Che Guevara, poetas que después de la derrota de la Comuna
de París de 1871 y la frustración consiguiente, en un
contexto de confusión y decadencia ?recordemos que Arthur Rimbaud
se convierte en el lecho mortuorio?, experimentaron repugnancia por
el género humano, asumieron que estaban condenados a padecer
el insoportable mundo burgués y renegaron de la vida misma. Cedieron
en masa a la fatiga de la razón. Actitud que, debemos reconocer,
no dejaba de tener un toque idealista, en última instancia estos
poetas consideraban que sin la posibilidad de la revolución no
había vida posible. Pero lo fundamental y lo injustificable era
que habían perdido la confianza en el pueblo.
John William Cooke interpela a los intelectuales
que minimizan las perspectivas de las luchas actuales por la ausencia
de un proyecto contrahegemónico, como si este fuera factible,
incluso simplemente imaginable, sin el desarrollo de estas luchas. Cooke
se opone al marxismo entendido como un determinismo limitado. No considera
a la subjetividad como un epifenómeno de las redes causales objetivas.
El sujeto no aparece como agente del determinismo objetivo. Reivindica
la especificidad de la acción del sujeto. ¿Cuál
es la naturaleza de la subjetividad revolucionaria? ¿Cómo
surge?: de la praxis. Cooke, influenciado por el joven Luckacs, asume
una posición cercana al praxeocentrismo, con sus ribetes activistas,
voluntaristas. Se trata de la praxis como acción revolucionaria.
No la simple acción de transformar la naturaleza. No la adaptación
del sujeto a las condiciones del objeto (gesto típico de toda
burocracia).
Cabe la filiación con Rosa Luxemburgo:
en la animadversión compartida hacia los planes y recetas que
debían signar el desenvolvimiento de las movilizaciones populares,
en la explicación siempre dialéctica y viva que considera
a la organización como el resultado de la lucha, en la negativa
a considerar a la "evolución" del Estado burgués
como creadora de condiciones para los cambios revolucionarios, en la
certeza de que la praxis "acelera" las condiciones objetivas.
Cuando Lenín decía que era más útil pasar
por la experiencia de una revolución que escribir sobre ella,
o cuando Rosa Luxemburgo decía que "históricamente
los errores cometidos por un movimiento verdaderamente revolucionario
son infinitamente más fructíferos que la infalibilidad
del comité central más astuto", prefiguraban aquella
controvertida, aunque rigurosa, afirmación de Cooke "es
mejor equivocarse con el Che que acertar con Codovilla".
John William Cooke nos interpela. Irónicamente
nos diagnóstica un pathos nacional comatoso y la conducta neurótica
a través de la cual intentamos resolver los conflictos en forma
imaginaria, se burla de los que, con el aire de las figuras de El Greco,
apelan al marxismo como símbolo de distinción intelectual
y nos recuerda que la confianza en el pueblo y en sus organizaciones
autónomas es estratégica, que los cambios radicales (sí,
las revoluciones) implican la afirmación del pueblo como sujeto
de poder. Marginal y fuera de su ámbito, Cooke, como Walter Benjamín,
asume a la distancia el papel de analista de la neurosis general.
Para Cooke cabe lo que él mismo
decía sobre el che: "seguirá formando parte de nuestra
circunstancia mientras haya quienes compartan ese proyecto para la transformación
del mundo, que él enriqueció teóricamente y sirvió
hasta las últimas consecuencias..." .
El discutido juego de las ucronías:
(Si Evita viviera sería...) deja en parte de ser un juego cuando
uno indaga por los espacios presentes desde los que se resignifica una
figura histórica. En los últimos tiempos hemos detectado
una importantes cantidad de jóvenes que se interesan por Cooke,
que leen sus textos, que designan con su nombre distintos colectivos
políticos y culturales. La mayoría milita en organizaciones
sociales. Y esto no es un dato aleatorio.
Como no podía ser de otra manera
una figura como la de Cooke sólo podía ser recuperada
desde una identidad de la resistencia. No casualmente su nombre ha comenzado
a resonar en las gargantas de estos jóvenes que lo recuperan
junto con las antiguas experiencias y la conciencia que habita las regiones
subterráneas.