Massimo Modonesi
Sin ser una opción deseable y generalizable a todo tiempo y
espacio, la abstención y el voto nulo pueden ser una manifestación
política contundente, una señal de reapropiación
de la política frente a unas elecciones de ordinaria administración
y de mero reciclaje institucional como las que se avecinan en México.
Aun sin ofrecer alternativa, el gesto político de la abstención
o del voto nulo expresa una oposición, un rechazo o una crítica,
al negar o cuestionar la legitimidad de un sistema político en
su contenido y/o su forma. En toda elección, la cifra de participación
a los comicios es un dato que puede ser visto como un referéndum
de aprobación o desaprobación del sistema de partidos.
Es notable, en el México de hoy, el repudio hacia una clase política
tripartita, al interior de la cual las diferencias aparecen mínimas
frente a la abundancia de las similitudes. Pero una mirada minimalista
que resalta las especificidades de cada partido y reconoce el “menos
peor”, implica un cálculo y una lucidez que no corresponden
al sentido común de gran parte de la población, cuyos
cálculos se consumen en la búsqueda de estrategias de
sobrevivencia en medio del despojo y del abuso, entre la espada privada
de la explotación y la pared pública del patrimonialismo
y el clientelismo.
La oferta partidaria para las elecciones de 2009 no parece cubrir el
espectro de las opiniones políticas de los mexicanos. Seguramente
no alcanza a representar el malestar de los excluidos, de los desposeídos,
aunque pueda activar falsas ilusiones o apelar al intercambio mercantil
clientelar pescando en las peores expresiones de la cultura política
mexicana y contribuyendo a reproducirlas. Allá donde el malestar
se transforma en enojo, las elecciones aparecen como farsa, después
de haber sido tragedia, como ejercicio autoreferente de sectores de
la clase política que, cíclicamente, requieren abrevar
de la delegación y efectuar un rito de ungimiento. En efecto,
en el repudio hacia una forma específica de la política
–este sistema de partidos- es evidente en México el desgaste
del electoralismo que apareció paulatina y crudamente detrás
de la promesa democrática. En su camino a la normalidad de la
democracia procedimental, México ingresó directamente
a la prolongada crisis de las democracias occidentales. La institucionalización
de la política en un país surcado por clivajes clasistas
y racistas necesariamente opera una mutilación, simula una representación
para ocultar la obscenidad.
Es indiscutible que un rechazo al sistema de partidos bien podría
y debería expresarse en la formación de un nuevo partido
que expresara otra idea de la política y otro proyecto de país
o en la simple organización y movilización como ejercicio
práctico de antagonismo y autonomía. Todo esto no sólo
es posible sino que está ocurriendo en el México de hoy.
Otros partidos -electorales o no- están gestándose, múltiples
formas de politicidad surgen de la organización y la movilización
popular que, con mayor o menor éxito y trascendencia, afloran
a lo largo y ancho del país.
La política antagonista no se agota en el ejercicio electoral,
a veces lo prescinde, a menudo lo padece, pero siempre puede aprovecharlo.
¿Porqué no mandar oportunamente un mensaje claro de repudio
a este sistema y sus protagonistas mediante el voto nulo y la abstención?
La alternativa de un voto “tapándose la nariz” no
garantiza una oposición parlamentaria eficaz y es un cheque en
blanco para la perpetuación de aparatos políticos que,
en el mejor de los casos, requieren una refundación. Una refundación
que lamentablemente pasa por su superación y no por su conservación.
El voto útil por los partidos de la extinta Coalición
para el Bien de Todos es inútil para propósitos de transformación.
Es un voto conservador, un voto defensivo anclado en una actitud subalterna
que ubica en el marco de la reglas de dominación existente los
márgenes de maniobra y los espacios de resistencia y renegociación.
No sólo la abstención y el voto nulo son posturas políticas
legítimas sino que también en la coyuntura actual pueden,
en gran escala, marcar una ruptura, aunque fuera simbólica, respecto
de una partidocracia al interior de la cual han degenerado hasta las
formaciones políticas de origen y vocación popular.
¿Pensamos seriamente que si no vota el 70 u 80% del padrón
electoral, los electos con 10% del total de electores serán legítimos
representantes populares? ¿No será una oportunidad para
cuestionar el sistema y mostrar sin tapujos su ilegitimidad? ¿No
será que la legitimidad es un arma indispensable cuando la legalidad
se reduce a un instrumento de reproducción del poder de quienes
la elaboran? Si de castigar electoralmente al PAN y al PRI se trata,
¿no será más eficaz y significativo un repudio
mayoritario que un par de puntos porcentuales “regalados”
a otros partidos?
Las elecciones pueden ser una oportunidad para evidenciar la falta
de representatividad de un sistema político cuya gangrena puede
resultar larga y dolorosa. Dicen los cínicos que los pueblos
tienen los dirigentes que se merecen. Agregaría, siempre y cuando
los hayan elegido…
Desde el rechazo, que no en el silencio, es prioritario no cultivar
ilusiones sobre la reforma de lo irreformable y construir nuevos instrumentos
políticos a la altura de las urgencias y las necesidades de la
mayoría de los mexicanos.