Frank Molano Camargo
La lucha de clases en Honduras entra en un nuevo periodo, el pueblo defendiendo
los intentos de democratización y los espacios posibilitadotes
de cambio abiertos por Zelaya
La historia de Honduras puede escribirse en una lágrima. País
de pinos en primavera eterna y de montañas difíciles, por
él han corrido largos ríos de sangre en una larga noche
de odio y de temor.
El golpe militar contra el gobierno de Manuel Zelaya, ha sido justificado
por la derecha internacional como el resultado "natural" de
la sociedad hondureña ante la pretensión de Zelaya de "violar
la Constitución" al proponer una encuesta para justificar
su reelección en 2010, así se pondría fin, dicen
ellos al expansionismo chavista en Centroamérica. Sin embargo,
lo que estas interpretaciones ocultan es que el golpe fue diseñado
y preparado por el empresariado neoliberal, los monopolios imperialistas
y la cúpula militar a su servicio, opuestos a los intentos de cambio
y democratización que el gobierno de Zelaya y los movimientos sociales
hondureños impulsan. El golpe constituye una seria amenaza para
los pueblos de la región que como Nicaragua y El Salvador buscan
un orden distinto al neocolonialismo impuesto por Estados Unidos a lo
largo del siglo XX.
El presente escrito, ubica el golpe militar en un escenario nacional e
internacional caracterizado por la pugna entre el proyecto de las clases
dominantes respaldadas por Estados Unidos, que defienden el sistema de
privilegios históricos y se enfrentan al emergente sector democratizador
de Honduras que durante el gobierno del liberal Manuel Zelaya, logró
una recomposición político social, creando nuevas oportunidades
de democracia e igualdad.
Una lágrima de temor y miedo como historia nacional
Honduras es un pequeño país centroamericano, con 112.088
km2 de extensión y casi 8 millones de habitantes. Gran parte de
su población tiene en la piel la herencia de los Mayas, mientras
las clases dominantes están conformadas por un pequeño núcleo
de terratenientes, burgueses intermediarios y una casta militar conformada
por migrantes de origen europeo. Su nombre, Honduras se debe, según
los historiadores, a la manera en que los colonialistas españoles
desde el siglo XVI se refirieron a lo profundo del mar en la costa norte
del país.
A comienzos del siglo XX, el país se convirtió en el modelo
de "Banana Republic", primero bajo el dominio omnímodo
de Sam Zemurray que fundó la Cuyamel Fruit Company, principal competencia
de la UFCO. Luego, a partir de 1930 cuando Zemurray fusionó su
empresa con el monopolio imperialista de la UFCO, Honduras fue el modelo
de republiqueta neocolonial norteamericana. Fue desde Honduras que se
planeó el derrocamiento del presidente democrático Jacobo
Arbenz de Guatemala en 1953.
Hacia la década de 1980 Honduras era un enclave militar estadounidense,
a tal punto que en los medios internacionales se referían a esta
nación como "un ejercito con país". En 1984, Honduras
fue ocupada como base militar del ejército de los Estados Unidos
para detener la Revolución Sandinista y el avance de los movimientos
populares en El Salvador y Guatemala.
Al comenzar la década dos acontecimientos marcaron el panorama
político hondureño: en 1981 se creó la Asociación
para el Progreso de Honduras APROH, una organización corporativa
presidida por el jefe de las Fuerzas Armadas y los grandes empresarios,
la APROH se convirtió en el verdadero poder de Honduras, para lo
cual usaba, según las circunstancias a los dos partidos tradicionales
(Nacionalista y Liberal) o al Ejército. El Presidente de APROH
era el jefe de las fuerzas armadas y el vicepresidente el empresario más
poderoso del momento. Su prioridad era la lucha contra el comunismo internacional,
el mantenimiento del sistema de privilegios, la alineación con
los Estados Unidos, la exclusión política de las organizaciones
populares y la negación sistemática de los derechos del
pueblo. La APROH estuvo acompañada por dos de las corrientes de
la fanática derecha internacional: la secta cristiana "Iglesia
de Unificación" del reverendo Moon y la Fundación Cubana
– Americana.
El segundo acontecimiento se dio en 1982, bajo la férula del Pentágono;
los militares convertidos para entonces en una poderosa "burguesía
burocrática" y la burguesía intermediaria, integrada
por familias de empresarios y terratenientes como los Rosenthal, los Ferrari,
los Canahuati Larach y los Facussé, pactaron (redactaron) la actual
Constitución. Este pacto consagraba el sistema de privilegios de
las clases dominantes, que solamente fue modificado en 1999, cuando en
pleno auge del modelo neoliberal se restringió, más no se
acabó, el poder político y económico de los militares,
siendo relevados por la burguesía intermediaria, agrupada en el
Consejo Hondureño de la Empresa Privada (COHEP).
Bajo el amparo constitucional en las últimas tres décadas
en Honduras se aplicaron medidas antipopulares: el modelo contrainsurgente
de "Seguridad Nacional", pues a pesar de que allí no
prosperaron las guerrillas revolucionarias, la lista de desaparecidos,
torturados, encarcelados del pueblo está integrada por líderes
campesinos e indígenas, estudiantes y obreros, las listas de los
condenados eran elaboradas por APROH. Desde 1985 se instaló el
modelo maquilero en la costa norte del país que fue la base para
el cambio de modelo económico en la década de 1990. Este
nuevo modelo le dio un mayor protagonismo al empresariado y restringió
en parte el poder económico, más no político, de
los militares.
El lugar de Honduras en la estrategia de dominación neocolonial
La política neocolonial norteamericana contemporánea para
los países de Centroamérica se estructura a partir de varias
piezas articuladas como sistema de dominación: el TLC, que aún
no ha sido firmado por Honduras; el control de la economía por
parte de los monopolios imperialistas; la garantía de que el país
siga cumpliendo su papel de emplazamiento militar norteamericano en el
continente a partir de la base estadounidense Palmerola, (la más
grande de la región construida por Estados Unidos en 1985); y por
último la aceptación por parte de las burguesías
de un lugar subordinado, pero con algún rédito, en el orden
global.
En tal situación, las clases dominantes de los diferentes países
buscan estrategias para articularse al orden global, como socios minoritarios
y agentes del imperialismo; esto porque a Centroamérica se le han
asignado ciertas tareas en la división internacional del trabajo
impuesta por la globalización imperialista: desaparición
de cultivos y producción tradicionales, tales como arroz, frijoles,
carne de pollo, carne de cerdo, res y otros y su reemplazo por "la
nueva agricultura" producción y procesamiento de frutas (piñas,
melones, naranjas), flores, tallos, plantas y otras plantaciones agrícolas
exóticas, así como "nuevas" producciones de carnes:
tilapia, suhsi de camarones, carne de Codorniz, Faisán, Cocodrilo…
El turismo y sus diversas modalidades, se están desarrollando activamente;
explotación del agua y otros recursos abundantes en el país.
Las burguesías centroamericanas están en un desesperado
proceso de reconversión, unas están metidas en el sector
de energía denominado biocombustibles: etanol, biodiesel y biomasa.
Otras, se han asociado al capital extranjero, en el negocio del turismo.
Hay otras que se han vuelto empresarios fruteros, camaroneros, etc. Algunos
están metidos en el negocio del software, televisión por
cable, fibra óptica, etc. Para todas estas clases dominantes cualquier
obstáculo a su objetivo de ser parte de la "globalización",
es asumido como un asunto de vida o muerte, de ahí el incremento
de los conflictos entre las elites y los movimientos populares en la región.
En Honduras unas pocas familias unidas a los monopolios imperialistas
concentran más del 90% de la riqueza, el poder político
y los medios de comunicación. Los empresarios Jaime Rosenthal Oliva
y Gilberto Goldstein dirigen el Grupo Continental, uno de los más
poderosos y quienes están tras del golpe contra Zelaya.. Este grupo
monopoliza la banca, la agroindustria y los grandes medios de comunicación:
Diario Tiempo, Canal 11 y Cable Color. Otros ricos empresarios que se
oponen a la democratización de la sociedad hondureña son:
José Rafael Ferrari (medios de comunicación), Juan Canahuati
(maquila, Grupo Lovable), Camilo Atala (finanzas), José Lamas (explotación
de la madera), Fredy Násser (telefonía y energía
térmica), Jacobo Kattán (textiles), Guillermo Lippman (industria
del azúcar) y Rafael Flores (construcción). Miguel Facussé,
condecorado por el Senado colombiano en 2004 con la Orden Mérito
a la Democracia, es uno de los magnates más fuertes de Centroamérica,
quien incursionó en el negocio de la palma aceitera. En 1992, apoyó
la ley de Modernización Agraria que favoreció la concentración
de la propiedad de la tierra, al comprar tierras a los campesinos a menos
del 10% de su valor. La monocultura de la palma causó una fuerte
reducción de la producción alimentaria, pero convirtió
a Facussé en uno de los mayores productores de palma en Centroamérica.
Por otro lado, 1 millón y medio de hondureños vive en los
EEUU, la mayoría en condiciones de ilegalidad, se suelen llamar
"mojados" y aportan a sus familias con las remesas, lo que hoy
constituye gran parte del presupuesto del estado, al tiempo que entidades
como Western Union, Gigante Express se enriquecen cobrando comisiones
por las remesas.
Además, diferentes comunidades resisten a la voracidad de los empresarios,
por ejemplo, casi medio millón de habitantes negros, los pueblos
garifonas de la costa hondureña se enfrentan con el empresario
Rosental Oliva por el control de sus territorios, que quieren ser reconvertidos
a un megaproyecto turístico. También el empresario Facussé
ha expropiado tierras de los pueblos garifonas para sus megaproyectos
de palma aceitera.
Los movimientos sociales y la izquierda hondureña
Con el modelo represivo de la década de 1980 se produjo una debacle
de la izquierda hondureña y de los movimientos sociales. El Partido
Comunista se disolvió en 1990 dando origen a una concertación
democrática, que hoy se denomina Partido de Unificación
Democrática, que apoya al presidente Zelaya. El movimiento obrero
fue diezmado, igual que el movimiento campesino e indígena; no
obstante las implicaciones del modelo económico y político
actual ha llevado a los sectores populares a reorganizarse para defender
sus derechos básicos. Una de las principales coaliciones es la
Alianza Cívica por la Democracia, en la Zona Occidental del país,
que aglutina diferentes sectores sociales. Otra es la Coordinadora Nacional
de Resistencia, tal vez la más importante coalición popular,
al lado del Bloque Popular. Los indígenas han desarrollado sus
luchas con la Confederación de Pueblos Indígenas de Honduras
– COPINH.
Todos estos movimientos desarrollan luchas contra el modelo minero depredador
que está llenando el país de lagunas de cianuro, contra
la construcción de represas, la depredación de los bosques,
una política petrolera que disminuya los costos de la gasolina
importada, contra la ocupación militar norteamericana y por la
democratización de la sociedad hondureña.
El gobierno de Manuel Zelaya y la aparición de un nuevo campo en
la lucha de clases
En el año 2005 el Partido Liberal presentó a Manuel Zelaya
Rosales como su candidato presidencial, el cual triunfó derrotando
al candidato del gobernante Partido Nacional, Porfirio Lobo Sosa. Zelaya
asumió el mandato en enero de 2006, parecía que se trataba
de una nueva "vuelta de tuerca" en el orden neocolonial; sin
embargo la dinámica del movimiento popular hondureño y un
contexto internacional favorable a los cambios democráticos en
América Latina, llevaron a Zelaya a un "giro político
inexplicable e intolerable" para las clases dominantes y el imperialismo.
Zelaya proviene de una familia de terratenientes madereros, implicada
en los años 80 con grupos de extrema derecha y represión
sobre comunidades campesinas. Desde muy joven hizo parte del establecimiento,
militando en las filas liberales y siendo funcionario de carrera en diferentes
gobiernos tanto del partido Nacional como del Liberal.
Durante el primer año de su gobierno (2006) enfrentó una
ola de protestas populares, de parte tanto del magisterio, que exigía
el cumplimiento del estatuto del docente como derecho adquirido y conquista
laboral; como de los taxistas y otros transportadores que exigían
una rebaja en los precios de la gasolina. Inicialmente Zelaya se mostró
continuista, es decir desconoció las demandas populares, pero los
roces con la administración norteamericana y las diferencias con
sus "hermanos de clase", lo llevaron a reorientar sus coordenadas
políticas.
En el año 2007 el gobierno hondureño se enfrentó
con la embajada de Estados Unidos que defendía a las tres importadoras
de derivados del petróleo quienes durante 85 años habían
monopolizado su importación: las estadounidenses Esso y Texaco
y la holandesa Shell. Zelaya las despojó de los tanques de almacenamiento
de combustible al comprar los productos a otra empresa estadounidense
(Conoco Phillips) que ganó una licitación. Con esta medida
se logró la disminución del precio de la gasolina, favoreciendo
los intereses de los taxistas y otros transportadores. Sin embargo este
gesto fue interpretado por Estados Unidos como un desafió a su
autoridad; el embajador de Estados Unidos en Honduras, Charles Ford, acusó
a Zelaya de expropiación y amenazó con esperar "instrucciones
de Washington" para definir que comportamiento tomar ante el gobierno
hondureño.
Además, para hacer sustentable esta política de bajo costo
de la gasolina, Zelaya se acercó a Venezuela y a su propuesta de
PETROCARIBE como una forma de compra de carburantes al crédito,
con el pago del 50% y el restante 50% pagadero en 25 años con el
1% de interés, con la oportunidad de invertir una parte del capital
ahorrado en proyectos de inversión social. Esta fue una alternativa
criticada por la oposición de derecha que se quejaba de los acuerdos
de Zelaya con el "comunismo internacional".
Otro tema de discordia con las clases dominantes hondureñas fue
la intención del gobierno de proteger los bosques hondureños,
en contra de la voracidad predatoria de los empresarios que con la tala
ilegal afectan a las comunidades indígenas. Tampoco esta medida
fue bien recibida por las clases dominantes, quienes no entienden por
qué si Zelaya proviene de la elite maderera ahora afecta la libertad
de empresa.
Ante la oposición empresarial y los cuestionamientos por parte
del gobierno norteamericano, Zelaya se la jugó por fortalecer las
alianzas con gobiernos democráticos de América Latina, a
finales de 2007 estableció relaciones con Nicaragua y Venezuela
y en 2008 decidió hacer parte del ALBA - Alternativa Bolivariana
para las Américas. La reacción del empresariado, agrupado
en el Consejo Hondureño de la Empresa Privada COHEP, ha sido clara,
en uno de sus comunicados de 2008 manifestó: "El sector privado
manifiesta su desacuerdo con esta iniciativa unilateral del poder Ejecutivo,
que desconociendo nuestra historia, tradiciones y cultura, pretende comprometer
al país en una alianza política, militar e ideológica
dañina para el futuro del pueblo hondureño y de la libre
empresa".
Tanto el COHEP como los diputados de los partidos tradicionales, incluído
el propio presidente del Congreso, Roberto Micheletti (el presidente golpista),
rechazaron la firma del tratado que incorpora a Honduras al ALBA y se
comprometieron a dejarlo como letra muerta sin ninguna viabilidad.
En el 2009 dos asuntos tensionaron aún más el campo de la
lucha de clases. En primer lugar el impulso a un decreto de aumento del
salario mínimo, que ha tenido una beligerante oposición
del Consejo Hondureño de la Empresa Privada (COHEP), que se niega
a cumplir el decreto de alza del salario mínimo.
También a comienzos del 2009, Zelaya empezó a promocionar
una iniciativa para crear condiciones políticas que posibiliten
un nuevo ordenamiento jurídico político, impulsando luego
de las elecciones de 2010 una Asamblea Constituyente, que cuenta con el
respaldo de los movimientos sociales y de la Izquierda. Para esto en las
elecciones de junio de 2009 se crearía una cuarta urna de consulta
popular. Esta iniciativa "rebosó la copa" de la intolerancia
derechista, el Tribunal Supremo Electoral, la Fiscalía General,
la Corte Suprema de Justicia, el Congreso de la República, el partido
Liberal (al cual pertenece Zelaya) y los mandos militares declararon ilegal
la consulta, aduciendo que era una maniobra reeleccionista que violaba
el ordenamiento constitucional vigente.
De parte de los movimientos sociales, las medidas de Zelaya fueron vistas
como oportunidades para el pueblo y como decisiones que debían
ser apoyadas. Tanto el Bloque Popular como la Coordinadora Nacional decidieron
apoyar activamente las iniciativas políticas tendientes a la democratización.
En un comunicado de mayo de 2009, el Bloque Popular manifestaba:
"Manifestamos al Pueblo Hondureño que a la oligarquía
y a las transnacionales no les preocupa la reelección o el continuismo,
lo que les preocupa es que con una nueva constitución perderán
sus privilegios de dominación sobre el trabajo y apoderamiento
de nuestros recursos naturales, servicios públicos y mercados para
seguir obteniendo ganancias multimillonarias y atentando contra nuestra
soberanía e independencia. Es por eso que hacemos este llamado
a todo el pueblo para que apoye la consulta popular".
Todo esto alteró la tranquilidad de las clases dominantes, quienes
empezaron a poner en marcha la estrategia golpista. El 24 de junio Zelaya
destituyó al General Romeo Vásquez, Jefe del Estado Mayor
Conjunto, por haberse negado a distribuir las tarjetas de votación
de la consulta, ante esto el Ministro de Defensa y otros jefes militares
renunciaron. A su vez la Corte Suprema apoyó a los mandos militares.
El 28 de junio, día de la consulta popular, grupos especiales del
ejército arrestaron a Zelaya y a otros miembros del gobierno, maniobrando
con el argumento de que el gobierno había renunciado voluntariamente,
El Congreso inmediatamente nombró a Roberto Micheletti, presidente
del Congreso, como presidente encargado hasta enero de 2010 y estableció
el toque de queda, al tiempo que se ha iniciado no solamente el desmonte
del gobierno de Zelaya, sino una nueva oleada de persecución contra
el movimiento popular.
El 29 de junio el Consejo Hondureño de la Empresa Privada (COHEP)
se manifestó en favor del golpe de Estado y respaldó la
decisión legislativa de designar al presidente del Congreso, Roberto
Micheletti: "No se está cambiando un Presidente por otro.
Se ha logrado en un marco de unidad nacional, mantener la institucionalidad
y el respeto a la Constitución y las leyes", dice el comunicado
de los empresarios.
Mientras tanto a nivel internacional, es pasmoso, por no decir cínico
el silencio cómplice del gobierno norteamericano de Barak Obama,
quien además de expresar preocupación no ha movido un dedo
para exigir el restablecimiento del gobierno de Zelaya. Otros gobiernos
latinoamericanos, principalmente los gobiernos democrático populares
de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, han exigido la vuelta al gobierno
del presidente depuesto.
Los movimientos populares de Honduras han llamado a la desobediencia civil
y a la movilización contra el régimen ilegítimo que
se ha establecido. La lucha de clases en Honduras entra en un nuevo periodo,
el pueblo defendiendo los intentos de democratización y los espacios
posibilitadotes de cambio abiertos por el presidente Zelaya y las clases
dominantes, respaldas por Estados Unidos, decididas a defender sus privilegios.
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