-A propósito del libro Los dominados y el arte de la
resistencia, de James Scott
(Editorial Era, México)
Hernán Ouviña
Cuando el gran señor pasa, el campesino sabio hace una gran reverencia
y silenciosamente se tira un pedo
Proverbio etíope
Antonin Artaud solía expresar que el punto de partida de toda
creación teatral debe ser la puesta en escena. No se refería,
por supuesto, solamente a lo que acontece sobre las tablas, sino también
a lo vivido entre bambalinas y cobertizos: mascaras, gestos, sonidos,
danzas, gritos, iluminación, pantomimas, silencios y demás
accesorios del montaje que hacen posible un “teatro integral”.
Desde esta perspectiva, la representación dramática deja
de ser una especie de paréntesis de lo cotidiano, para convertirse
en un espectáculo total que (re)inventa la vida misma.
De manera análoga, y teniendo como principio
que la política no puede reducirse al escenario público,
James Scott indaga en los mecanismos cotidianos a través de los
cuales los dominados resisten a su situación opresiva: encubrimiento
lingüístico, códigos ocultos, anonimato, cultura
oral y ambigüedad intencional nos remiten a esa práctica
de la resistencia, ejercitada a diario por los desvalidos, en las redes
asimétricas del poder que los sujetan.
Amalgamando historia y literatura, Los dominados y el arte de la resistencia
nos ofrece una caracterización detallada de las diversas dimensiones
de este arte de disimular, haciendo hincapié en una concepción
del poder que descubre sus contradicciones, posibilidades y tensiones
inmanentes: mientras que el discurso público es la descripción
abreviada de las relaciones explícitas entre los subordinados
y los detentadores del poder, según Scott, el discurso oculto
remite a aquellas conductas “fuera de escena”, marginales
a la observación directa del dominador. Su análisis privilegia,
además, las cuestiones relacionadas con la dignidad y la autonomía,
por lo general consideradas como secundarias en la explotación
material. La denigración, ofensa y ataque de los cuerpos son
el basamento sobre el que se asienta, de acuerdo al autor, gran parte
de los discursos ocultos de los oprimidos.
Scott desliza una hipótesis provocativa: a los
grupos que carecen de poder les interesa, mientras no recurren a una
verdadera rebelión, conspirar para reforzar las apariencias hegemónicas.
Si aceptamos esta afirmación -polémica sin duda-, entonces
autores como Gramsci y Lukacs devienen teóricos del orden más
que de la inestabilidad social y política. La teoría de
la hegemonía, así como la de falsa conciencia, son puestas
en duda, en tanto conciben al sujeto de manera integrada, poniendo énfasis
más en los mecanismos de dominación que en las prácticas
de resistencia y liberación.
El libro está estructurado por diferentes ejes,
atravesados todos por la misma inquietud: poner en cuestión la
noción tradicional de subordinación, en el marco del debate
contemporáneo sobre las relaciones de poder. En su primera parte,
caracteriza al discurso público y al oculto, como dos dimensiones
puestas en juego tanto por débiles como por poderosos. Luego,
tal como mencionamos, revisa la noción de falsa conciencia y
hegemonía en clave crítica, cuestionando que la incorporación
ideológica de los grupos subordinados reduzca per se los conflictos
sociales. En tercer lugar, describe las formas elementales del disfraz
político en sus múltiples modalidades: el anonimato, los
eufemismos, el refunfuño, los chismes y los rumores, por nombrar
solo algunos artilugios utilizados en la vida cotidiana por los grupos
subordinados. Ni total obediencia hegemónica, ni oposición
abierta, estos mecanismos de resistencia le permiten al desvalido no
exponerse a los ojos del poder. En el apartado siguiente, aclara que
pueden ejercerse modalidades más elaboradas, que anclan por ejemplo
en la cultura oral, los cuentos populares, los carnavales y las fiestas,
como voces disfrazadas -aunque no ocultas- de los dominados, que apuestan
a debilitar las normas culturales autorizadas. En estos casos, la protesta
asume un carácter deformado, a raíz de que las relaciones
asimétricas de poder propician la producción de formas
“estratégicas” de manipulación que socavan
un genuino entendimiento. Por último, los dos capítulos
finales se dedican a desarrollar y ampliar la noción de infrapolítica
plebeya, entendida como ámbito discreto de conflicto político.
Lo dicho entre líneas -e incluso el silencio- constituye una
forma de evitar la exposición suicida, operando a partir de una
especie de “guerra de guerrillas” que pugna por rebasar
los límites de lo que está permitido en escena.
El libro fue escrito en 1990, cuatro años antes
del alzamiento zapatista. No es casualidad que la primera versión
en castellano haya aparecido en México. La rebelión chiapaneca
significó algo así como una “demostración
empírica” de los planteamientos efectuados por Scott. La
ruptura del silencio -en tanto primera manifestación pública
del discurso oculto- que aconteció el 1 de enero de 1994, implicó
la aparición en escena de la palabra indígena -al grito
de ¡Ya Basta!- reprimida durante muchísimo tiempo en la
región. En ese momento, los subordinados pudieron reconocer en
qué medida sus reclamos, sus sueños, su cólera
eran compartidos por otros oprimidos con los que no habían estado
en contacto directo. Y así ocurrió tras la difusión
de la Primera Declaración de la Selva Lacandona.
Pero el discurso del EZLN no es el único que
puede analizarse según los parámetros establecidos por
Scott. El libro cobija sin duda una enorme potencialidad para dar cuenta
de las nuevas dinámicas de confrontación de los movimientos
sociales en Argentina. Colectivos artísticos y contraculturales,
movimientos de trabajadores desocupados, asambleas barriales, asociaciones
campesinas, estudiantes auto-organizados, obreros que gestionan empresas
recuperadas, feministas autónomas, y un sin fin más de
organizaciones anticapitalistas ligan buena parte de su discurso político
a acciones cotidianas y formas territoriales de in(ter)vención
desvinculadas de lo que Guy Debord llamó la sociedad del espectáculo.
La generación de espacios sociales apartados de la semántica
del poder es una constante en estos movimientos de insubordinación.
Allí cobran vida y se expanden relaciones sociales opuestas tanto
a la dinámica mercantil como a la jerarquización estatalista.
Esta dimensión ha sido descuidada por los investigadores académicos,
que tienden a restringir la praxis política a las manifestaciones
callejeras o a las rebeliones abiertas -tales como el 19 y 20 de diciembre
de 2001-, desmereciendo los actos que se realizan colectivamente “fuera
de escena”. La hipótesis de Scott es que este tipo de insurrecciones
o formas de resistencia explícitas no pueden entenderse sin tener
en cuenta, en paralelo, los ámbitos de socialización en
los cuales dicha disidencia se alimenta y adquiere sentido.
Haciendo un breve balance, podemos expresar que el
pasado siglo fue, para buena parte de las corrientes marxistas, una
época plagada de axiomas y certidumbres. Quizás ese haya
sido uno de sus grandes errores. A contrapelo, James Scott se atreve
a poner en cuestión numerosos postulados y definiciones, momificados
por la ortodoxia científica. Hacía falta, por tanto, una
abundante cuota de oxigeno que, sin caer en el reformismo, revitalizara
el papel de la crítica en el análisis de los movimientos
sociales. Esta bocanada de aire fresco sobrevuela el conjunto de sus
capítulos, que nos motivan a pensar y actuar dialécticamente.
El ejercicio bien vale la pena en tiempos en que se postula el fallecimiento
indefectible de la teoría del puño levantado. Al terminar
de leer el libro, uno tiende a sospechar que, como mínimo, se
está velando al muerto equivocado.