Apuntes en torno a la experiencia de las asambleas barriales, los movimientos piqueteros y las empresas recuperadas*
Hernán Ouviña
A los “exploradores urbanos”, cuya insistente búsqueda subterránea de una nueva vida cotidiana les costó la vida
Referirnos a las experiencias de construcción “autónoma” en territorio argentino implica quizás retrotraernos siglos atrás. Los movimientos y tradiciones que aspiran a la autodeterminación tienen en nuestro suelo una larga historia. Podríamos remontarnos incluso a los orígenes mismos del Estado y la consiguiente creación de un mercado nacional, aludiendo a las luchas libradas por los diversos pueblos originarios que habitaron tanto la región andina como la patagonia. Así, las comunidades mapuches, kollas o guaraníes, por nombrar solo algunas, desplegaron formas precursoras de resistencia y autoafirmación emparentadas con la autonomía.
También los primeros contingentes migratorios, que sobre todo desde España e Italia arribaron a la Argentina a principios del siglo pasado, trajeron consigo una frondosa experiencia de auto-organización y lucha anticapitalista. Anarquistas, socialistas libertarios y sindicalistas revolucionarios tendieron a conformar espacios y movimientos animados por el ejercicio de la democracia de base, la crítica práctica al parlamentarismo y la tendencia a la acción directa.
Ya más cercanos a nuestro momento epocal, habría que mencionar las múltiples experiencias desarrolladas durante los tumultuosos años ’60 y ’70, en donde coordinadoras fabriles anti-burocráticas, comisiones vecinales y de villas miserias, comunidades eclesiásticas de base, agrupamientos campesinos y de pequeños productores, estudiantes combativos e incluso organizaciones político-militares, ejercitaron prácticas y crearon instancias que, en muchos casos, anticiparon las formas de resistencia venideras. No casualmente el terrorismo de Estado intentó desmembrar de raíz estas experiencias, a través de la desaparición forzada de personas y la imposición del disciplinamiento social generalizado. Con el retorno de la democracia, serán los organismos de derechos humanos quienes reinventen durante los años ’80 la práctica política en nuestro país.
Pero sin duda pensar en hoy en la autonomía posible nos reenvía al 19 y 20 de diciembre de 2001. Ha transcurrido media década desde aquellas multitudinarias jornadas en donde cientos de miles de personas recuperaron el espacio público, decididos a marchar al ritmo de cacerolas exigiendo ¡Que se vayan todos!. En ese entonces, las sucesivas movilizaciones, tan espontáneas como destituyentes, derribaron a cinco presidentes en menos de tres semanas, en un contexto signado por el surgimiento y la multiplicación de instancias de auto-organización social (de las que las asambleas vecinales, los movimientos piqueteros y las empresas recuperadas fueron quizás la expresión más radical) en los principales barrios capitalinos, del conurbano bonaerense y, en menor medida, del resto del país. Casi todas las instituciones en que se apoyaba el orden social y político fueron cuestionadas de raíz, resultando “la política” -en tanto esfera separada del hacer social creativo- tajantemente rechazada, con la particularidad de que este movimiento insurreccional prescindió de todo tipo de organizaciones centralizadas para llevar a cabo esta “apuesta sin garantías”.
Autogestión, horizontalidad, articulación en red, democracia directa, y autonomía (por nombrar sólo unas pocas palabras de las tantas escuchadas) eran mucho más que consignas resonando en las calles. Ambitos de organización y de toma de decisiones no convencionales crecieron como hongos luego del vendaval neoliberal que azotó el territorio argentino en los años ‘90. Nuevas formas de pensar-hacer política se hicieron visibles. No obstante, el derrotero de estas instancias de autodeterminación no tuvo una orientación predefinida. Antes bien, la densidad asociativa que involucró, supuso senderos y bifurcaciones múltiples, así como variados tiempos e intensidades, aunque en todos los casos se evidenció una profunda crisis de la heteronomía capitalista (es especial sus momentos estatal-mercantiles), alcanzando incluso a las formas sindicales y partidarias de organización.
No es nuestra intención reseñar aquellos días y noches de finales de 2001 y comienzos de 2002 en donde lo extraordinario pareció devenir algo cotidiano. Intentaremos, ante todo, esbozar una breve genealogía y caracterización de algunos de los movimientos sociales y políticos que emergieron, o bien cobraron visibilidad, luego de aquellas calurosas jornadas de insubordinación de masas: movimientos de trabajadores desocupados, asambleas barriales, colectivos artísticos y contraculturales, asociaciones campesinas, medios alternativos de comunicación, estudiantes auto-organizados, feministas autónomas, comunidades indígenas, obreros autogestionando empresas recuperadas, y un sin fin más de organizaciones y prácticas con proyección anticapitalista, daban cuenta de la diversidad de las potencias desplegadas, que involucraron una enorme recuperación del protagonismo, recobrando la capacidad colectiva y autónoma de deliberación y acción.
Estas originales formas de protesta y autoafirmación respondieron en parte a una nueva estructura socio-económica marcada por una paulatina des-industrialización y una estrepitosa pérdida de derechos colectivos, aunque también a la lenta pero sostenida recomposición del tejido social desmembrado a sangre y fuego por la última Dictadura Militar. Así, si en las décadas pasadas la mayoría de las luchas remitieron al espacio laboral -predominantemente el fabril- como ámbito cohesionador e identitario, en los últimos diez años las modalidades resistencia social tendieron a exceder la problemática del trabajo, anclándose más en prácticas de tipo territorial, antagónicas con respecto al proceso de globalización capitalista en curso. Al margen de sus particularidades, todas ellas expresan un cierto desencanto con relación a los partidos políticos y, en especial al Estado, como espacios únicos de canalización y resolución de sus demandas. Asimismo, difieren de las organizaciones tradicionales por lo que Slavoj Zizek (2000) llama “una cierta autolimitación, cuyo reverso es un cierto excedente”. Es decir, que si por un lado son renuentes a entrar en la disputa habitual por el poder, subrayando su resistencia a convertirse en una estructura partidaria rígida que aspire a devenir en futura mayoría gubernamental; por el otro dejan en claro que su meta es mucho más radical, en tanto luchan por una transformación integral del modo de actuar y de pensar.
En la mayoría de estos casos mencionados, se fueron generando lo que James Scott denominó “espacios sociales apartados de la semántica del poder”, en donde cobraron vida y se expandieron, no sin contradicciones y ambivalencias, relaciones sociales opuestas tanto a la dinámica mercantil como a la jerarquización “estado-céntrica”. Amén de su carácter múltiple, nosotros vamos a aludir sobre todo a movimientos y espacios urbanos (y dentro de ellos a tres en particular) ya que consideramos que los ámbitos de tipo rural suponen una dinámica diferente tanto en un plano espacio-temporal como por la pre-existencia (o no) de lazos comunitarios en el territorio simbólico-material habitado.
Vale la pena resaltar que las hipótesis y caracterizaciones que plantearemos no son producto de una reflexión personal, sino ante todo la síntesis de una búsqueda colectiva. Nuestras conjeturas alrededor de las prácticas “autónomas” en el territorio argentino forman parte de un intercambio y socialización de saberes y experiencias en común, compartido con activistas e integrantes de algunos de estos ámbitos. A contrapelo de muchas teorizaciones idelizantes del proceso abierto en Argentina, cuya falta de anclaje concreto en relación a las contradictorias dinámicas de construcción política emergentes tras diciembre de 2001 denotan lo que el compañero Miguel Mazzeo (2005) ha denominado “la producción de reflexión solo a partir del pensamiento”, nuestra intervención es una invitación al debate colectivo en pos de rescatar a la política como praxis emancipatoria. No es sobre sino desde ellos, con vocación militante, que intentaremos hablar. No obstante, vale la pena reconocer una falencia: en nuestro país la teoría parece “corretear a la práctica”. Haciendo una analogía, podemos expresar que si durante los años 80 se vivió en Italia, en palabras de Michael Hardt, una teorización sin movimientos, en Argentina ocurre lo contrario: una movilización permanente casi sin autorreflexión. Por eso resulta sumamente acuciante poder avanzar en una discusión sobre una problemática que atraviesa a buena parte de quienes aspiramos a la reinvención de la política.
Nos centraremos entonces en tres experiencias que, si bien en algunos casos preceden al 19 y 20 de diciembre de 2001, es con esta insurrección popular que irrumpen definitivamente en el escenario público del poder. Este enfoque restringido no responde solo a la extrema diversidad de las resistencias, sino además a un interés político inmediato: hacer visible y priorizar aquellas prácticas que más se acercan a (más no se mimetizan aún, sino que a lo sumo prefiguran) lo que sería una política “autónoma” en ámbitos urbanos. Las asambleas barriales, los movimientos piqueteros y las empresas recuperadas (o más bien los obreros autogestionarios), son la evidencia en acto de que Argentina constituye un laboratorio de constante experimentación alrededor de formas potencialmente “autonómicas” que apuntan a garantizar -no sin ambigüedades- la producción y reproducción de la vida, bajo reglas que emanen del propio colectivo que la integra. No haremos foco tanto en las demandas explícitas de estos movimientos, como en sus propias prácticas y en su capacidad de elaborar nuevos sentidos, territorialidades, valores, vínculos y saberes. Pero previamente vale la pena aventurar ciertas hipótesis con respecto a ellos.
Algunas hipótesis en torno a la “autonomía”
La primera es no concebirlos como una ruptura total con el pasado y las “viejas” tradiciones políticas. Si bien es cierto que como expresa Gilles Deleuze “resistir es crear”, esta creación no surge como una construcción ex-novo, sino como una amalgama entre constelaciones de lucha resignificadas, e innovaciones que rompen con todo los anquilosado de las experiencias pasadas. Podríamos decir, parafraseando a los zapatistas, que estos movimientos “son los mismos pero diferentes”. Es decir, que si bien constituyen un quiebre con todas aquellas prácticas y formas de pensar instrumentales, jerárquicas y sustitucionistas, propia de la izquierda ortodoxa y del movimiento obrero burocratizado, recuperan sin embargo algunos elementos y cuestiones que aún hoy se nos presentan como válidos y vigentes. Por eso sería más correcto leerlas como una mixtura desbordada por prácticas creativas, que combina al mismo tiempo continuidad y ruptura, pasado y presente, con respecto a las formas tradicionales de pensar y hacer política. El caso del EZLN, desde su nombre mismo, es paradigmático al respecto, pero también puede aplicarse a las experiencias en curso en Bolivia, Venezuela o Argentina. Basta remitirnos al nombre mismo que le ha otorgado identidad a los trabajadores desocupados que cortan rutas nacionales en Argentina: piqueteros. El término se remonta cuanto menos a la segunda mitad de siglo XIX y alude, por si hiciera falta mencionarlo, a la clásica práctica desarrollada por los obreros en huelga frente a las puertas de la fábrica. También merece recuperarse la experiencia que portan ex-militantes, muchos de los cuales integraron organizaciones revolucionarias en décadas pasadas. Ese acerbo debe valorarse profundamente. Lo contrario (hacer tabula rasa) sería reivindicar un recomenzar de cero a lo Sísifo.
Una segunda cuestión es desprendernos de la arraigada concepción “espectacular” de la praxis emancipatoria, reificada incluso por varias corrientes supuestamente autónomas. Nuestra cultura política parece encontrarse aún permeada en grado sumo por una lógica que tiende a privilegiar la dimensión espasmódica y de confrontación abierta de la lucha de clases, olvidando que ésta situación resulta por lo general excepcional. Reconocemos que sin duda resulta difícil sustraerse a la fascinación que provocan combates frontales como los vividos entre el 1 y el 12 de enero de 1994 en Chiapas, o el 19 y 20 de diciembre de 2001 en Argentina; más aún para quienes participamos activamente en una u otra de esas jornadas, sea físicamente o brindando solidaridades a la distancia. Sin embargo, consideramos que deberíamos hacer foco en la infrapolítica cotidiana que aspira a la autonomía, más que en estos episodios mediatizados. Aquella que, de forma subterránea e intersticial, permitió que fueran posibles no sólo resonantes rebeliones populares, sino también -y sobre todo- profundas metamorfosis de la subjetividad de masas en los últimos años en nuestro país. Esta dimensión subterránea de la política ha sido por lo general descuidada por buena parte de los investigadores académicos, pero también por algunos referentes de los movimientos sociales, que tendieron a restringir las nuevas radicalidades políticas emergentes en nuestro continente a las manifestaciones callejeras o a las rebeliones abiertas -tales como el 19 y 20 de diciembre de 2001-, desmereciendo los actos y experimentaciones cotidianas realizadas de manera colectiva “fuera de escena”. Partimos del supuesto de que este tipo de insurrecciones o formas de resistencia explícitas no pueden entenderse sin tener en cuenta, en paralelo, los ámbitos de socialización en los cuales dicha disidencia se alimenta y adquiere sentido.
En tercer término, y ligado a lo anterior, creemos que la edificación de organismos e instancias que apuestan a la autonomía tiene como precondición la creación y experimentación de nuevas relaciones sociales no escindidas de lo cotidiano 1. Los proyectos productivos de trabajo realizados por los piqueteros, las empresas “recuperadas” de carácter autogestivo y los emprendimientos asamblearios, constituyen instancias donde lo político y lo económico, lejos de verse como compartimentos separados, se amalgaman concretamente. Los tres movimientos plasman así de manera embrionaria, en sus prácticas territoriales mismas, los gérmenes de la sociedad futura por la cual luchan, en la medida en que ensayan “aquí y ahora” una transformación integral de la vida 2. No sin obstáculos y ambivalencias, intentan generar desde su cotidianeidad una nueva sociabilidad insumisa y no capitalista, desligada de la lógica espectacular. Se amplía, pues, la esfera de lo político, arraigando ésta cada vez más en el seno mismo de la sociedad civil y menos en el aparato estatal.
En cuarto lugar, es importante también no olvidar que el Estado es al mismo tiempo maquinaria antagonista con respecto al poder popular, lugar-momento de disputa y cristalización de la lucha de clases, e instancia mediadora de las potencias expansivas de nuestra construcción autónoma. La sobredeterminación de cada una de estas dimensiones dependerá de diferentes factores, entre los que se destaca el grado o nivel de la correlación de fuerzas en que se encuentren los sectores subalternos. Esta tensión, inherente a la lucha misma dentro, contra y más allá de la sociedad capitalista (de la cual la forma-Estado, a no olvidarlo, es parte constitutiva), es sintetizada por Claudio Albertani (2003) en los siguientes términos: “Los Estados-nación siguen ahí; son nuestros enemigos y también son nuestros interlocutores. No podemos bajar la guardia: tenemos que presionarlos, hostigarlos, acosarlos. En ocasiones habremos de negociar y lo haremos con autonomía”. La autonomía, por lo tanto, requiere la no subordinación de los sujetos en lucha a los tiempos e iniciativas del Estado; pero esto no debe equivaler a absoluta ausencia de vinculación con respecto a él.
Asimismo, consideramos que no puede hablarse de LA “autonomía” (con mayúscula y a secas) como punto de partida, sino más bien de variadas y contradictorias experiencias de construcción política, basadas en la experimentación constante y renovada, cuyo horizonte -o faro utópico, para utilizar la feliz expresión de Ernest Bloch- es la autonomía integral. Esto implica hablar de ella como una “tendencia” que asume además múltiples formas. No es posible, pues, pensar la autonomía como un nuevo dogma, aplicable en tiempo y lugar haciendo abstracción de la situación concreta vivida. Afirmar que la búsqueda de la autonomía se centra en el ejercicio de la libertad no es decir mucho. Cómo se encarna esta escueta definición en instancias y prácticas determinadas, no puede responderse a priori y de manera unívoca. Diremos más bien que debe entenderse como un proceso social abierto, complejo y multifacético, más que en términos de un evento político pre-definido. Desde esta perspectiva, la autonomía es en buena medida anti-definicional. En tanto diversidad, avanza a tientas, en la neblina del ensayo y error, sobre el filo de una navaja y sin receta alguna.
Como sexta hipótesis, podemos afirmar que en los tres casos mencionados estamos en presencia de un heterogéneo movimiento de movimientos, el cual al margen de sus notables particularidades, avanzó en estos años en la conformación de “espacios públicos no estatales”, entendiendo bajo esta denominación a un tipo de instancia que involucra formas de intervención colectiva y de participación voluntaria de obreros, vecinos y trabajadores desocupados, bajo lógicas que se distinguen de las que tradicionalmente guiaron a los órganos de gestión pública, por no estar acotadas al ámbito estatal ni al mercantil. En este sentido, estas modalidades de participación inauguran novedosos escenarios de vivencia democrática y autogestiva, permitiendo retirar del Estado y de los agentes privilegiados del sistema capitalista el monopolio exclusivo de la definición de la agenda social. Los “espacios públicos no estatales” se construirían por lo tanto en esa especie de zona gris entre el mercado y el Estado, pero no como ámbitos complementarios con respecto a estas dos esferas, sino en tanto potencial impugnación de la existencia de estas mediaciones que apuntan a organizar la vida misma en función del proceso de acumulación capitalista. La noción nos obliga entonces a repensar y revisar el concepto de política. En este punto, consideramos que es preciso trascender las categorías tradicionales que identificaban política con Estado.
De ahí que, como complemento, resulte pertinente resaltar el indudable carácter plural de los sujetos que apuestan a la creación de estos espacios. Ello requiere revisar el erróneo axioma suprahistórico del proletariado (fabril, en sus definiciones exacerbadas) como actor privilegiado y jerárquico en la proyección de una alteridad no capitalista. Las “encarnaduras” y premisas de una construcción autónoma en nuestro país están siendo moldeadas por un variopinto abanico de movimientos y actores de la sociedad civil que operan de hecho como “catalizadores” de su masificación y arraigo territorial, no tanto “concientizando” como generando complicidades en función de prácticas de afinidad. El desafío es cómo pensar la irradiación y el convite de estas “vanguardias” (en plural y con minúscula, por si cabe aclararlo) bajo una lógica no vanguardista, de manera tal de ayudar a parir renovados espacios de coordinación transversal de las luchas, que dejen atrás los hegemonismos y la tendencia a la homogeneización propios de la cultura política de la izquierda clásica.
Teniendo en cuenta todas estas cuestiones, en los siguientes apartados caracterizaremos brevemente a estas formas de construcción tendientes a la autonomización, resaltando en los tres casos una experiencia emblemática, para luego mencionar ciertos rasgos que atraviesan transversalmente a estos movimientos, y que -creemos- permiten delimitar algunas de las principales potencias desplegadas al calor de estos procesos de autoafirmación, así como ciertos obstáculos y contradicciones que han limitado su expansión. En el análisis, intentaremos ir más allá de los piquetes, la toma de fábricas y las reuniones deliberativas y asamblearias en plazas y esquinas, adentrándonos en la cotidianeidad que los constituye como tales.
Tres experiencias urbanas desde el abismo
Las empresas recuperadas
Si bien hay algunas experiencias embrionarias de “recuperación” 3 de empresas durante la década del ’90, la mayor parte de ellas fueron “tomadas” entre 2001 y 2002, y al poco tiempo puestas a producir de modo autogestivo, como una respuesta frente a situaciones de quiebra o vaciamiento por parte de sus dueños legales. Ante la huida del capital, y su financiarización, los trabajadores re-territorializan las relaciones productivas (entendidas en un sentido amplio) sobre nuevas bases. “Ocupar, resistir y producir” es la consigna levantada por ellos, no en términos de un derrotero lineal y teleológico, sino entendido como el devenir contradictorio que han debido transitar buena parte de las empresas en pie de lucha. Hoy en día existen casi 200 en esta situación, que aglutinan a más de 10 mil trabajadores “sin patrón”. Salvo unas pocas excepciones, en su totalidad son pequeñas y medianas, y más de la mitad de ellas está en la provincia de Buenos Ares. El 95% de las empresas se convirtieron en cooperativas por decisión de una asamblea de los propios trabajadores, y más del 70% reparte los ingresos de manera totalmente igualitaria. Un dato que vale la pena destacar es que en las empresas en donde hubo mayor conflictividad, la capacidad de producción utilizada asciende al 70%, mientras que en las que la dinámica de lucha y resistencia fue menor, promedia el 35%. Es decir, en aquellas donde el antagonismo fue más agudo, se tendieron a generar vínculos más fuertes entre productores, y a la vez menos jerárquicos (Fajn, 2003, Zibechi, 2006).
De esta forma, mientras los patrones abandonaron sus espacios tradicionales subsumidos en la hegemonía del capital financiero, las y los obreros tejieron y fortalecieron redes de reproducción social alternativas al mando del capital. Como han señalado numerosos analistas, a la deserción empresarial los trabajadores han respondido con la ocupación en un doble sentido: toma del espacio físico de la empresa, y recuperación de la capacidad autogestiva en el proceso de trabajo. Varias de ellas han construido, además, instancias educativas y culturales en sus respectivos predios. Así, donde antes solo primaban relaciones alienantes y de explotación, hoy se fortalecen bachilleratos para jóvenes y adultos, bibliotecas populares y centros culturales.
Dentro de esta variedad de experiencias, podemos destacar el caso de la fábrica Zanon, ubicada en la sureña provincia de Neuquén. Ocupada en octubre de 2001, ya en marzo de 2002 ponen a funcionar la maquinas, comenzando un proceso de creciente aprendizaje y autogestión, pese a las enormes dificultades que se les presentan. Zanón logró concitar como ninguna otra empresa la solidaridad de buena parte de la población. Hoy tiene más de 400 integrantes (empezaron siendo 250), y ha incorporado incluso a trabajadores desocupados de varias organizaciones “piqueteras” de Neuquén. Todas las decisiones relevantes son refrendadas a través de asambleas. Han creado una línea de cerámicos con diseños mapuches y aumentaron la producción de 30 mil a 350 mil metros cuadrados de cerámicos por mes, llegando al 60 por ciento de la capacidad instalada (ANRED, 2006). Es la empresa de cerámicos más importante de Argentina, y la única en toda Latinoamérica que -con tres pulidoras- logra elaborar desde la materia prima hasta el producto terminado. En los últimos años, además, pasaron de un sueldo de 800 pesos a un salario promedio de 1800. Desde el comienzo del conflicto han tenido una política constante de solidaridad hacia los sectores más golpeados por las políticas neoliberales, al donar en reiteradas ocasiones cerámicos y dinero para fondos de huelga, construyendo en paralelo viviendas y centros de salud. Como nota de color, vale la pena mencionar que meses atrás, la historia volvió a darle la razón a los obreros de Zanón: El juez Rafael Barreiro extendió la prórroga que venían exigiendo los ceramistas para continuar la autogestión de la planta de cerámicos del parque industrial neuquino a nombre de la Cooperativa FaSinPat (Fábrica Sin Patrón) hasta 2009.
Los movimientos piqueteros
Surgida entre 1996 y 1997, la modalidad del “piquete” crece en volumen y fuerza, generalizándose a finales de la década del ’90 a buena parte del territorio argentino, siguiendo una dinámica de acción que transita de la periferia al centro del país 4. Resignificando las caracterizaciones primigenias del obrerismo italiano, podemos decir que el piquete es acción antagonista desplegada contra la expoliación por parte de la “fábrica social”. En la medida en que la sociedad misma deviene un instancia de confrontación donde la producción y la reproducción tienden a confundirse, la potencialidad de la praxis piquetera está dada por bloquear la circulación 5. El piquete no es entonces una práctica efectuada por el “ejercito industrial de reserva”, sino ante todo una modalidad contemporánea de la lucha en un capitalismo posmoderno que cada vez indistingue más entre producción y circulación, y en donde el capital se desterritorializa y asume una creciente movilidad (Colectivo Situaciones y MTD de Solano, 2002).
Cabe destacar que, en los piquetes, las asambleas son no sólo órganos de decisión política, sino auténticos dispositivos de regulación de la vida tomando como parámetro la solidaridad y el compañerismo. De esta manera, tal como expresa Pablo Perazzi (2002) poco a poco el piquete “deja de representar únicamente una medida de acción directa -y por lo tanto de duración limitada-, expresando cada vez más un modo de organización relativamente estable que suele exceder la inmediatez del reclamo puntual”, buscando tornar visible idearios político-sociales, a través del traslado de la oscura realidad barrial a una geografía pública.
Por ello, si los primeros piquetes se produjeron a cientos de kilómetros de los principales centros urbanos, a medida que crecía la capacidad de movilización y envergadura de las diferentes organizaciones de trabajadores desocupados, los cortes asumían una dinámica de acción centrípeta. Es así como en noviembre de 2000 se realiza en distintos puntos del conurbano bonaerense un piquete coordinado en escala. De ahí en más, la cantidad de prácticas de este tipo irán en aumento, a tal punto que durante los primeros seis meses de 2002 llegan a realizarse más de 1600 piquetes a nivel nacional.
Sin embargo, sería incorrecto reducir a estos movimientos a la interrupción o bloqueo del transito. De hecho, buena parte de las acciones que los constituyen como tales se encuentran por fuera del piquete: en los barrios y espacios autogestionados por ellos mismos. En efecto, al igual que los zapatistas y los sin tierra, en dichos ámbitos intentan componer instancias de subsistencia autónomas con respecto al mercado y al Estado. A ello apuntan los múltiples “emprendimientos productivos”: fábrica de grasa, herrería, panadería, bloquera (producción de ladrillos), cuadrillas de construcción, elaboración de artículos de limpieza, salas de salud, roperos y farmacias comunitarios, merenderos, huertas orgánicas, comedores populares, y demás prácticas cooperantes.
Hay que tener en cuenta que las organizaciones piqueteras tienen varias dimensiones. La más visible es la que remite a su denominación. A nosotros nos interesa remarcar el trabajo comunitario que efectúan “tras bambalinas”, porque consideramos que es lo que nos permite hablar de una tendencia a la autonomización. Esta práctica cotidiana ha tenido no casualmente muy poco eco en la prensa. En todos los casos, han alentado una variada microeconomía artesanal que apunta a la subsistencia colectiva y al autoconsumo. Algunos movimientos han llegado incluso a realizar emprendimientos de mayor envergadura (como fábricas textiles y talleres metalúrgicos) y también cooperativas de autoconstrucción de viviendas. En este sentido, y al igual que los trabajadores de las empresas “recuperadas”, los piqueteros realizan una importante tarea de recomposición de los lazos sociales, erosionando las bases simbólico-materiales del mundo clientelar peronista. Efectivamente, hay una segunda dimensión, que es la de la acción colectiva, visibilizada en las rutas y calles. Pero lo que la gente por lo general ignora es que este tipo de acciones directas suele ser el último recurso que utilizan las organizaciones una vez agotadas las instancias de exigencia hacia el Estado.
La Unión de Trabajadores Desocupados de Gral. Mosconi (Salta), no sin contradicciones, es uno de los ejemplos más claros de esta tendencia a la autonomía. Surgida en 1997 en los primeros piquetes en la ruta nacional 34, ha llegado a imponer un convenio “piquetero” respetado por las empresas multinacionales de la región, que mejora las condiciones laborales de los trabajadores del Departamento Gral. San Martín, por encima no solo de la Unión Obrera de la Construcción de la República Argentina (UOCRA), sino inclusive del otrora poderoso sindicato de los petroleros. Una particularidad de este movimiento es que no cuenta con comedores populares ni aceptan los clásicos bolsones de comida otorgados por el Estado. Entre sus demandas prioritarias se encuentran la recuperación de los “recursos naturales”, el resguardo del medio ambiente y la creación de “trabajo genuino”. En los últimos años, incluso, han resignificado la práctica del piquete bajo la modalidad de bloqueo de acceso a las empresas multinacionales que explotan los recursos de la región. Día a día realizan un fuerte trabajo comunitario volcado hacia la comunidad de Gral. Mosconi, haciéndose cargo en muchos aspectos de las funciones que el municipio desempeñaba y hoy tiene abandonadas. Así es como han logrado construir salas de primeros auxilios y salones de uso múltiple en los barrios más marginados, refaccionado y ampliado el hospital de la ciudad, agregado juegos infantiles a las plazas, y continúan desmalezando calles y caminos. Por ello no es de extrañar que buena parte de los desocupados de la región defina a la UTD como un “Municipio paralelo” 6. Una fábrica de ropa, un centro de reciclado ecológico de plástico, viveros, decenas de huertas y ladrilleras, 20 cooperativas de vivienda que ya han construido 160 casas en forma autogestiva, un proyecto de recuperación de la madera muerta, una escuela rural en un paraje indígena, y una flamante Universidad Popular, son los proyectos más destacados, aunque no los únicos. Como contracara de esta inédita experiencia, la población ha sufrido sucesivas represiones, que han dejado como saldo cinco muertos, doscientos heridos de bala de plomo, y cientos de activistas procesados.
Las asambleas barriales
Surgidas tras las jornadas insurreccionales del 19 y 20 de diciembre de 2001 -en respuesta a la necesidad de sostener en el tiempo una forma de lucha que encontraba en los “cacerolazos” su principal referente-, las asambleas barriales expresan como ningún otro movimiento el ejercicio de una democracia in-mediata que no reconoce liderazgos ni escisión entre dirigentes y dirigidos. Según relatan los vecinos participantes del “argentinazo”, ya en esos días se comienzan a reunir en plazas y esquinas cientos de hombres y mujeres que, en función de la cercanía territorial, confluyen en puntos neurálgicos de cada uno de los barrios capitalinos 7.
La apelación al carácter de “auto-convocados” es permanente entre los asambleístas, pudiéndose generar -a través de una política de experimentación continua- una radical horizontalidad casi sin precedentes en las últimas décadas 8. Durante este aprendizaje transversal y des-jerarquizador, se ha debatido de todo: desde lo más insignificante y capilar, hasta las formas disímiles que deberían asumir las nuevas comunidades mundiales por fundar. La frase repetida de manera insistente por una integrante de la asamblea de Scalabrini Ortiz y Córdoba sintetiza esta hipótesis: “Entre todos hacemos todo. Acá no hay encargado”.
Si bien en un comienzo funcionaban a través de plenarios de deliberación en donde el voto operaba como mecanismo resolutorio, casi la totalidad de ellas ya no asume esa modalidad para la toma de decisiones, sino que llegan a un acuerdo basándose en el consenso. Esto no anula la diversidad ontológica que cada espacio asambleario cobija, sino que evidencia una notable madurez social ligada a una nueva forma de construcción política basada en la confianza, el respeto y la escucha de esa pluralidad habitada por el hacer-pensar. Se ha pasado, en palabras de un vecino de la asamblea Gastón Riva de Flores, “de la declamación a la pregunta”.
De manera similar a los piqueteros y las empresas “recuperadas”, la lucha de las asambleas por la defensa y expansión de “espacios públicos no estatales” se fue convirtiendo en motor activador de la dinámica vecinal. Esto ha estado vinculado a la gestación de una nueva subjetividad, constituyente de relaciones que reestablecen un sentido comunitario y desprivatizador en la propia vida cotidiana en ese territorio en disputa que es el barrio. En este sentido, se han logrado generar proyectos materiales que intentan afianzar la autonomía del colectivo barrial con respecto a la lógica capitalista, potenciando la capacidad humana del hacer. El mejor ejemplo de ello han sido las comisiones de trabajo y economía solidaria, que en conjunto apuestan a desoir -no sin dificultades y tentaciones- las “loas” mercantiles y estatalistas que pugnan por desarticular o domesticar los embriones de autogestión asamblearia, plasmados en emprendimientos productivos, de distribución y consumo de diferente envergadura.
Una cuestión que merece la pena resaltarse es que numerosos vecinos que quizás no participan más, físicamente, de la asamblea de su barrio, mantienen todavía una vinculación permanente con ella a través de variadas redes de intercambio y apoyo que exceden en demasía a la propia reunión semanal. A tal punto esto es así que en varias ocasiones, ocurre que el arraigo territorial de la asamblea es inversamente proporcional a la cantidad de miembros que la componen. De ser cientos de vecinos vociferando de manera caótica, hoy han quedado -luego de sucesivos tamices- comprometidos activistas que pueden ser vistos como sedimentos del 19 y 20 de diciembre de 2001, materializados en prácticas cooperantes, periódicos alternativos, bibliotecas y ollas populares, comisiones de trabajadores desocupados, talleres de serigrafía, de salud reproductiva y de autoempleo, merenderos, bachilleratos para jóvenes y adultos, grupos de arte callejero, y un conjunto más de actividades colectivas, allí donde antes existían bancos quebrados, predios abandonados, terrenos baldíos, espacios privatizados o lazos de solidaridad rotos.
Una de las experiencias más emblemáticas es sin duda la de la Asamblea “20 de diciembre” de Parque Avellaneda (también conocida como “La Alameda”), que funciona en un predio “recuperado” desde hace cinco años por vecinos del barrio del Floresta, ubicado en Lacarra y Directorio. Allí, además de un Centro Cultural, un merendero y un comedor comunitario donde se alimentan 200 personas del barrio, funciona una cooperativa de trabajadores textiles desde donde se denunció, durante 2005 y 2006, la actividad de talleres clandestinos y el trabajo en condiciones de esclavitud de inmigrantes ilegales (Videla, 2006) 9. La Cooperativa “20 de diciembre” agrupa a seis emprendimientos productivos: taller de corte, diseño y costura, parrilla, panadería, centro de copiado y servicios para la construcción. Meses atrás, y luego de sucesivas movilizaciones de vecinos y organizaciones sociales, la propia Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires declaró de “utilidad pública y sujeto a expropiación” el predio ubicado en la emblemática esquina, autorizando su ocupación temporaria durante los próximos dos años, lo cual es un indicador del trabajo territorial construido en el barrio, solventado en la defensa de los trabajadores migrantes.
El despliegue de potencias transversales
Ahora bien, ¿Qué virtudes y potencias desplegadas son comunes a los procesos descriptos? Mencionaremos algunas de las que consideramos pueden aportar a una construcción “autónoma” transversal.
Apelación a la acción directa. La acción directa -expresada en “escraches”, cortes de rutas, puentes y calles, bloqueos de accesos a empresas e instituciones estatales, ocupaciones de predios, quema de comisarías, y procesos de deliberación pública- se ha instalado como una de las formas más efectivas y contundentes que invocan estos movimientos y organizaciones para visibilizar sus conflictos e interpelar a los centros de poder. En casi todos los casos, esta práctica implica una ausencia de las mediaciones tradicionales, en particular aquellas vinculadas con el Estado y los partidos políticos 10. No obstante, es importante entender que estos procesos no deben asimilarse con el “espontaneismo” puro o total. Si bien los piquetes, las empresas recuperadas y las asambleas surgieron de esta forma, fueron generando instancias de planeación, programación y coordinación de sus prácticas en común, aunque aún son sumamente escasos los ámbitos de enlace de tipo transversal que excedan la lógica identitaria original de cada uno de estos movimientos.
Crítica del vanguardismo. Si los partidos políticos y demás organizaciones “revolucionarias” del pasado siglo se caracterizaron por una constante autoproclamación de vanguardia, pretendiendo dirigir o hegemonizar las diferentes luchas, la mayoría de estas experiencias se alejan de esta concepción. De ahí que, siguiendo a Ezequiel Adamovsky (2003) podamos decir que al igual que las células, cada uno de estos espacios y proyectos en curso crecen por multiplicación, “no tanto aumentando el número de personas y la cantidad de recursos de un grupo, sino impulsando la creación de nuevos nodos”. Esto se evidencia en la actitud de vecinos, piqueteros u obreros autogestivos: en cada caso, lejos de buscar “acumular” poder a través de la suma de adherentes y militantes (precepto básico de cualquier partido político), apuestan a que germinen experiencias similares, llegando a aportar recursos y compañeros para que puedan fructificar 11. En muchos casos, este antivanguardismo expresa asimismo una concepción anticorporativa de la lucha que se libra. La resonancia de la consigna zapatista “para todos todo, para nosotros nada” es clara en organizaciones como la UTD de Gral. Mosconi, cuyo principal referente suele expresar: “Primero el pueblo y después nosotros”.
Dinámica asamblearia. Los medios de construcción de estos movimientos no son “instrumentalizados” en función de un fin futuro, por benéfico que éste sea. Antes bien, sus objetivos tienden a estar contenidos en los propios medios que despliegan en su devenir cotidiano, de manera tal que la distancia entre ambos vaya acortándose. Es por ello que podemos expresar que la horizontalidad no es un horizonte lejano al cual se accedería sólo tras el “triunfo revolucionario”, sino una práctica concreta y actual que estructura la acción de los integrantes de cada colectivo en resistencia 12. Es en este sentido que la dinámica asamblearia presente en las experiencias reseñadas prefigura en pequeña escala la sociedad futura, materializando embriones de relaciones sociales superadoras de la barbarie capitalista. En efecto, si bien no en todos los casos ni con la misma intensidad, se evidencia una tendencia a generar espacios de discusión y toma de decisiones más democráticos, potenciando así la autodeterminación individual y colectiva. Estas instancias asamblearias operan como mecanismo fundamental para circular y transparentar la información, y como ámbito privilegiado para el proceso deliberación colectiva. Asimismo, la proliferación de espacios que se definen como “Autoconvocados”, ajenos a los partidos políticos, da cuenta del carácter expansivo de esta dinámica. Como supo sintetizar un desocupado del MTD de Lanús: “Una de las cosas que más nos cautivó fue la forma organizativa, que la cosa se manejara en asambleas, que nadie tuviera el cargo comprado, que todos fueran removibles” (MTD-CTD Anibal Verón, 2000). No obstante, vale la pena advertir que la horizontalidad no debe concebirse como una “técnica o metodología a aplicar”, sino que opera como un principio político que es tanto punto de partido como búsqueda constante. A eso refiere El MTD de Guernica cuando suele afirmar que “es un desafío en el día a día más que una realidad ya hecha”.
Creación de una nueva institucionalidad social. A contrapelo de algunas lecturas antojadizas que pretenden negar lisa y llanamente cualquier “organicidad”, por mínima que sea, denunciándola como burocratización enajenante de las potencias desplegadas, tanto los movimientos piqueteros como las asambleas barriales y las empresas recuperadas han generado instancias sólidas que permiten sostener en el tiempo y fortalecer los diversos proyectos y espacios de lucha. Al margen de sus particularidades y asimetrías, constituyen en todos los casos una nueva manera de organizarse más allá del Estado y el mercado, si bien en tensión permanente con ambos. A distancia, fundan y sostienen una nueva institucionalidad, aunque tendiente a la generación de un “espacio público” que no es equiparable a lo estatal. Si entendemos a las autonomías (con minúscula y en plural) como los procesos a través del cuales nos oponemos a las normas y las instituciones de los otros, sean estos el Estado, los patrones, o el sentido común burgués, estos movimientos sociales pueden pensarse bajo la fisonomía de un solidificado archipiélago de prácticas y valores alternativos a la red de opresión que solventa al capitalismo.
Anclaje territorial y (re)construcción de lazos comunitarios. Podemos definir a la territorialización como aquel proceso que tiende a la autoafirmación de diferentes actores sociales y políticos en un espacio no solo físico sino además simbólico y cultural 13. Coincidimos con Raúl Zibechi (2005) en que frente al proceso de licuefacción del capital caracterizado por el pasaje de un régimen de acumulación fabril fordista hacia uno centrado en la especulación financiera, los nuevos movimientos sociales se constituyen en territorios propios que, aunque con un desarrollo desigual, involucran una “nueva espacialidad” diferente a hegemónica, con posibilidades de duración en el tiempo. El proceso de quiebre y reestructuración propio de la reestructuración capitalista no tuvo una imbricación solo económica sino también profundamente social y política. En el primer caso, supuso el desmembramiento de una matriz de lazos comunitarios desarrollada en torno a la dimensión “bienestarista” del Estado populista. Maristella Svampa y Sebastián Pereyra (2003) sintetizan este fenómeno afirmando que “el movimiento piquetero nace allí donde la desarticulación de los marcos sociales y laborales se realiza de manera brusca y vertiginosa, allí donde la experiencia de la descolectivización adquiere un carácter masivo, allí donde el desarraigo tanto como la desocupación reúnen en un solo haz un conglomerado heterogéneo de categorías sociales”. En el segundo, implicó por un lado una profunda modificación de los límites entre lo público y lo privado, motorizada por el proceso de privatizaciones de los servicios públicos (por ejemplo, en el caso específico de Gral. Mosconi y Cutral-Co, de la empresa Yacimientos Petrolíferos Fiscales) y de descentralización de determinadas funciones estatales, y por otro una profunda “crisis de representación” que involucró tanto a los partidos políticos tradicionales como a las organizaciones sindicales. La reconstrucción de lazos comunitarios antes mencionada puede entenderse como la base principal a partir de la cual se configuran territorialmente -sobre nuevos parámetros- relaciones productivas, imaginarios sociales y vínculos colectivos que pueden leerse como formas autonómicas anticipatorias de una nueva sociedad poscapitalista.
Recuperación del espacio público. Cada uno de estos movimientos y organizaciones tiende a producir o bien consolidar espacios que no son ya estrictamente ni estatales ni privados, sino más bien social-comunitarios. En tanto instancias de “desprivatización” de lo social, permiten recuperar la idea de lo “público” como algo que excede a (y hasta se contrapone con) lo estatal 14. El hecho de que la mayoría de estas experiencias funcionen en ámbitos abiertos, en muchos casos reapropiándose de terrenos anteriormente sumidos en una lógica privada, no hace más que reafirmar esta hipótesis. La recuperación activa de lo “público”, tan imprescindible para la superación de la dinámica mercantil propia de la sociedad capitalista, es practicada a diario en estos ámbitos de experimentación 15. Así, en el caso de asambleas barriales, reformulando el planteo del movimiento feminista, podría decirse que “lo vecinal es político”, por lo que aquello que tanto desde el Estado como desde el mercado es considerado un problema individual, emerge como una cuestión colectiva, a resolver públicamente en el ámbito de la comunidad 16.
Transformación de la subjetividad. Partimos de caracterizar a la subjetividad, siguiendo a Ana Fernández (2006) no como un fenómeno meramente discursivo o mental, sino en tanto proceso de producción que engloba “las acciones y las prácticas, los cuerpos y sus intensidades”. En este sentido, la densidad de las experiencias vivenciales de asambleistas, piqueteros y obreros autogestionarios han ido conformando una sociabilidad en buena medida irreductible a las retóricas del poder dominante, constituyendo un verdadero punto de no retorno. El caso de las empresas recuperadas es emblemática al respecto: tras la ocupación, aparece la percepción (en muchos casos impensable hasta ese momento) de que es posible producir sin patrones, vale decir, de manera autónoma 17. Algo similar acontece en el devenir “desnaturalizante” de vecinos y de trabajadores desocupados, en donde el proceso mismo de lucha funda nuevos universos de significación 18.
Las aristas problemáticas de la construcción “autónoma”
Reseñadas estas características transversales, vale la pena resaltar algunas cuestiones poco problematizadas por quienes reflexionamos y actuamos junto a estos movimientos y espacios, referidas a tres tradiciones y formas de pensar-hacer política que a nuestro entender obturan las construcciones “autónomas”. Ellas son: El autonomismo ingenuo; la izquierda ortodoxa; y el populismo instrumentalista. Resulta claro que no son equiparables ni simétricas entre sí, ni tampoco pueden evaluarse de la misma manera los errores, flagelos y retrocesos que cada una de estas corrientes traen aparejados. Cabe aclarar que si nuestro método es la crítica, entonces el sujeto que crítica no puede estar exento de ella. No será la nuestra una crítica externa, sino ante todo inmanente. Una autocrítica pues, que intenta contribuir un mínimo al menos a superar los escollos y piedras que se nos presentan en el sinuoso camino en el que, preguntando, construimos nuestro andar autónomo.
En el caso del autonomismo ingenuo, confundiendo deseos con realidad, se tendió a trocar la necesidad en virtud. De esta manera, muchos movimientos y espacios radicales surgidos en el contexto del ¡que se vayan todos! post diciembre de 2001, consideraron como propuesta estratégica la arenga hollowayana de “olvidar al Estado y construir nuestra propia sociedad”. Sin embargo, creemos que si bien es cierto que la política emancipatoria no debe ser pensada estratégicamente ya desde el Estado, también lo es que resulta imposible concebirla sin tenerlo en cuenta, aunque más no sea como mediación inevitable de nuestra presente cotidianeidad, o en tanto dimensión antagónica que deberá ser desarticulada en un contexto de ofensiva revolucionaria. Es por ello que, con el correr del tiempo, muchas de estas experiencias autoreferenciales mostraron las múltiples dificultades que se presentan al intentar constituir comunidades cuasi-insulares cuyo horizonte inmediato termina siendo, en no pocas situaciones, lo que Miguel Mazzeo denominó irónicamente el “socialismo en un solo barrio”. De ahí que valga la pena recordar que la lucha es en y (sobre todo) contra el Estado, lo que implica pugnar por clausurar sus instancias represivas y de cooptación institucional, ampliando en paralelo aquellas cristalizaciones que, al decir de Thwaites Rey (2004), tienden potencialmente a una sociabilidad colectiva.
A contrapelo, desestimándolo como importante lugar y momento de la lucha de clases, esta corriente de pensamiento y acciónterminó cayendo -al igual que la izquierda ortodoxa- en la tentadora “eseidad” que concibe al Estado como un bloque monolítico y sin fisuras, al que hay que ignorar, o bien asaltar cual fortaleza enemiga. Así fue como esta retórica cobró protagonismo en los debates al interior de asambleas barriales, movimientos de trabajadores desocupados e incluso empresas recuperadas. Su predica hizo foco en la denostación per se del Estado como institución parasitaria y totalmente “externa” a las relaciones sociales en las cuales estaban inmersos variados proyectos de cooperativismo y autogestión. Lo paradójico resultó ser regla en muchos emprendimientos productivos, culturales, educativos y políticos impulsados desde abajo: el “imperativo categórico anti-estatal” terminó minando las bases de sustentación mismas de estos embriones de contrapoder. Contra ese autonomismo infantil, creemos, es preciso confrontar. Aquel que pretende construir el cambio social ignorando que si bien el Estado expresa el poder político dominante, y como tal es garante -no neutral- del conjunto de relaciones constituyentes de la totalidad social, las formas en que se materializa no deben sernos ajenas. De lo contrario, el paso adelante que podrían haber significado las numerosas construcciones de base en plazas, barrios, escuelas, asentamientos y fábricas, como formas de auto-organización alternativas a la de los partidos políticos y sindicatos tradicionales, quizás no hubiesen devenido un páramo en la actual coyuntura de repliegue.
En cuanto a la izquierda ortodoxa, fiel a su tendencia a “operar sobre el movimiento” de modo tal que confluya con sus intereses partidarios, compelió en numerosas ocasiones a estos espacios emergentes a un desgaste extremo, acercándolos al borde de la fractura o la desintegración. Lo que muchos llamaron tentación “hegemonizante” de los agrupamientos de izquierda, estuvo por demás presente en los ámbitos asamblearios, autogestivos y piqueteros 19. También ha sido una constante por parte de ellos la propensión a interpretar a estas experiencias -así como a las jornadas del 19 y 20- en condicional: Si los sucesos de diciembre de 2001 hubieran tenido una vanguardia que los guiase hacia la luz comunista, el triunfo ya sería un hecho. Si las asambleas, los movimientos piqueteros, y las empresas recuperadas sostuvieran un programa generado por la clase obrera (o mejor aún: por el partido que la “representa”) se estaría más cerca de la revolución; y así sucesivamente. A este error, Henri Lefrevbre lo llamaba el enfoque retrospectivo de lo real por lo virtual. Abandonar dicha lectura -a la cual Lacan definiría, en tono burlón, como de “supuesto saber”- se torna acuciante, debido a la gravedad de la presente crisis. La izquierda en su conjunto debe realizar una profunda autocrítica con respecto a estas modalidades tradicionales de construcción e intervención militante. Por el momento, lejos de ello, muchos partidos han agudizado su patología, llegando a leer a varios de estos acontecimientos políticos como una “constatación empírica” de sus esquemáticos planteos.
Adicionalmente, el axioma “más de lo mismo” (tan caro al marxismo-leninismo) obturó una necesaria mirada crítica que permitiera desmenuzar la profunda metamorfosis operada desde el Estado por parte del kirchnerismo. Es preciso reconocer que las iniciativas gubernamentales impulsadas tras el endeble triunfo electoral de marzo de 2003 (tales como la remoción de los jueces de la Corte Suprema, o el juzgamiento de ex-represores de la última dictadura militar), cristalizaron en términos de políticas públicas demandas históricas de los sectores populares que, como tizón encendido, se mantuvieron alertas y en estado de movilización constante en aquella coyuntura, aunque también implicaron una importante modificación de la contradicción concesión-conquista inscripta en el armazón institucional del propio Estado. Ahora bien, asumir esta parcial y transitoria bifurcación no debe hacernos caer en una concepción “instrumentalista” de la forma-estatal, como la defendida por la tendencia populista. 20
Esta tercera corriente ha cobrado un protagonismo inusitado en los últimos años en nuestro país. En efecto, la dinámica de construcción política parece haber sufrido en Argentina una dinámica pendular sumamente abrupta: del extremo “autonomismo” abrazado en los albores de diciembre de 2001 se ha pasado, por momentos de manera dramática, a una acérrima estadolatría, que amenaza con desmembrar las otrora experiencias de lucha más ricas en términos de radicalidad y autogestión, subsumiéndolas ahora bajo los marcos previsibles del andamiaje estatal. Así, el populismo instrumentalista, corto de miras cuando a apuntar hacia abajo se trata, entiende que la única forma posible de avanzar hacia una sociedad más justa es utilizando el Estado como medio estratégico, desconociendo que el mismo cristaliza una relación social de dominio -material y simbólica- constitutivamente asimétrica, y por lo tanto imposible de convertirse en su reverso. Ciertos movimientos “piqueteros” combativos, devenidos hoy en oficialistas, son la mejor expresión de esta tendencia, que tiende a transfigurar los espacios públicos y comunitarios en monopolio estatal, aunque habría que observar el ambiguo comportamiento de muchas otras organizaciones argentinas en igual sentido.
Algunas palabras para un final abierto
Tal como ha hecho notar Raúl Zibechi, la ambivalencia fundamental de la llamada “nueva gobernabilidad” en curso en Argentina, se da por el hecho de que un gobierno como el de Néstor Kirchner es el primero que reconoce abiertamente el rol fundamental de los movimientos sociales, al mismo tiempo que los ha colocado, desde el principio, en una posición tradicional, asignándoles el rol clásico de elaborar demandas a las que luego sólo el sistema político desde arriba puede dar una respuesta. La tragedia bifronte del populismo hoy parece repetirse como farsa: necesidad de reconocimiento, y a la vez negación explícita de las potencias transversales antes descritas.
Teniendo en cuenta esta particular coyuntura, y los peligros que de ella asoman, varios son los interrogantes que atraviesan a las experiencias autónomas: de qué manera articular lo territorial en términos locales, con las luchas nacionales, regionales y hasta mundiales que se desenvuelvan a diario de forma dramática, o cuáles deben ser los criterios que fomenten la construcción de nuevas relaciones sociales duraderas, evitando tanto el “encapsulamiento” de las resistencias, como la pérdida de la creatividad exploratoria que constituye la columna vertebral de cada movimiento.
Dicho en otras palabras: ¿Cómo renovar la praxis emancipatoria tras la crisis de los “socialismos reales” y de los movimientos de liberación nacional? O bien ¿de qué manera trascender las matrices propias de la izquierda ortodoxa y el nacionalismo populista, sin caer en el tentador canto de sirenas tanto del derrotismo posmoderno como de la “micropolítica insular”? Las respuestas, por supuesto, no son meramente teóricas, sino un producto de la praxis colectiva que se va delineando en el propio andar.
De ahí que “caja de pandora” sea quizás la metáfora más correcta para caracterizar el destino de estos movimientos sociales, en la medida en que su forma de edificación supone una apuesta sin garantías. Esta construcción desde el abismo, creemos, es similar a la definida por Antonio Negri cuando hace alusión al poder constituyente: “Se define emergiendo del vértice del vacío, del abismo de la ausencia de determinaciones, como una necesidad totalmente abierta. Es por esto por lo que la potencia constitutiva no se concluye jamás en el poder”.
A pesar de la distancia, la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, emitida por el EZLN, nos parece que acerca una propuesta de convite frente a la aparente situación de “impasse” vivida en la Argentina. Al fortalecimiento interno de cada una de los movimientos y espacios de resistencia enunciados, deberá acompañarle una tendencia cada vez mayor a la articulación descorporativizante de este crisol de luchas que circundan las cuatro latitudes de nuestro territorio, más allá de los tiempos electorales y sin ánimo hegemonizante ni homogeneizador. Pero, ¿cómo lograrlo?. Hic rhodus, hic saltus, los senderos y desafíos que caminen las rebeliones del siglo XXI deberán afrontar creativamente estos escollos, despojándose de todo dogmatismo, incluso del que se pretende hereje bajo el ropaje de la innovación.
Bibliografía
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* Una versión preliminar de este artículo será publicada en Massimo Modonesi, Claudio Albertani y Guiomar Rovira (comp.)
La autonomía posible. Reinvención de la política y emancipación, Editorial de la UACM, México, en prensa, 2008.
1 Este es uno de los ejes más contrastantes de los movimientos latinoamericanos con respecto a los variados grupos y colectivos que conforman el movimiento “anter-globalizador”, quienes (salvo excepciones, muy notables por cierto) tienden a subsumir sus prácticas a los espasmódicos momentos en que los principales funcionarios de los organismos financieros internacionales se reúnen en ciudades europeas, dando priorizar al carácter mediático y virtual de la protesta por sobre la territorialización y expansión de nuevos vínculos sociales.
2 Durante este contradictorio transito, las instituciones, espacios y prácticas en la que se encarne el proyecto autónomo, deben contener mecanismos que, desde el inicio mismo y en forma progresiva, obturen la burocratización y la división del trabajo. Si bien no con la misma intensidad y generalización, en los tres casos mencionados hay sobrados ejemplos de este tipo de iniciativas.
3 Consideramos que el término remite no solamente al espacio “físico” de la empresa, sino también a la “recuperación de la dignidad” que conlleva el proceso de autogestión del cual aquella es solo una parte, si bien sustancial. Ante la pregunta de una periodista acerca del producto que generaban en una de las tantas fábricas bajo control obrero, uno de sus integrantes respondió que producían vida.
4 Debido a la multiplicidad de experiencias, a lo largo del artículo optamos por centraremos en aquellos movimientos de trabajadores desocupados que, desde una construcción territorial cotidiana de nuevas relaciones sociales, no dependen de ningún partido político ni central sindical. Nos referimos a los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD’s), al Movimiento Teresa Rodríguez (MTR) y a la Unión de Trabajadores Desocupados (UTD).
5 Si bien no podemos ampliarla en el presente texto, coincidimos con la hipótesis formulada por Friedrich Jameson (1998) de que en la fase de subsunción real del capital se vive “un transito de la producción a la circulación”. En este contexto, el piquete (no reductible a un mero “corte de ruta”) adquiere una creciente centralidad en la dinámica antagonista de la lucha de clases.
6 Tanto es así que, en junio de 2001, durante un prolongado conflicto que incluyó semanas enteras de corte total de la ruta nacional 34 y una constante movilización popular, el entonces Ministro de Desarrollo Social Juan Pablo Cafiero llegó a expresar públicamente que “en Gral. Mosconi no hay Estado”.
7 No hay coincidencia total sobre el momento en el cual se gestó la primera asamblea vecinal: mientras algunos la ubican en el barrio porteño de Floresta a finales del mes de diciembre de 2001, otros postulan como instante fundacional el propio miércoles 19 a la noche en la intersección de las Avenidas San Martín y J. B. Justo, en el barrio de Paternal. Sin embargo, de acuerdo a varios compañeros asambleístas, muchas datan -si bien todavía sin nombre ni consistencia plena- desde días antes del estallido popular, como las reuniones llevadas a cabo por los vecinos del barrio de Liniers o los auto-convocados de San Cristóbal. Pero más allá de la discusión que este contrapunto generó, lo cierto es que podemos afirmar que la inmensa mayoría de las asambleas surgieron con posterioridad al 19 y 20, más específicamente entre finales de diciembre y todo el mes de enero de 2002, al menos en el caso de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Ya a partir de febrero y marzo comienzan a funcionar de manera plena las diferentes comisiones que dinamizan el debate surgido en las propias asambleas. Para un desarrollo de este punto, véase Ouviña (2002).
8 Esta dinámica ha sido admitida incluso por el conservador diario La Nación, quien desde su Editorial del 14 de febrero de 2002 llegó a alertar sobre el peligro de que las asambleas puedan “acercarse al sombrío modelo de decisión de los soviet”.
9 Vale la pena señalar que luego uno de esos talleres se incendió, en el barrio de Caballito, con un saldo de seis muertos, algunos de ellos niños.
10 Al respecto, es sintomático el slogan utilizado durante 2002 y 2003, bajo el contexto de mayor efervescencia de estas dinámicas destituyentes, por parte de los Centros de Gestión y Participación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires: “¡Que se vengan todos… los vecinos!”.
11 Así, numerosas empresas “recuperadas” comenzaron a funcionar a partir del aporte solidario realizado por algunas fábricas bajo control obrero. Lo mismo puede decirse de los MTD’s y las asambleas barriales que se expandieron durante 2002 y 2003 en el conurbano bonaerense. Una consigna enunciada por aquellos años ante las amenazas de posibles desalojos condensa este espíritu fraterno: “¡Si tocan a una, nos tocan a todos!”
12 Consideramos que la mayor parte de estas experiencias, en el transcurso mismo de la lucha, fueron percatándose de que la horizontalidad, si bien imprescindible para la construcción permanente de nuevos vínculos, no puede, bajo ningún concepto, devenir en “fetiche” remedio de todos los males. De ahí que la modalidad implementada en casi todos los casos haya sido combinar métodos de participación directa y discusión colectiva con la designación rotativa de delegados, que permitan llevar a cabo las actividades consensuadas. Esta forma de construcción -en tanto contradicción en movimiento- no ha estado exenta de la posible generación de liderazgos ni de la escisión entre dirigentes y dirigidos.
13 De acuerdo a Bernardo Fernandes Mancano (2003) la apropiación del espacio geográfico como territorio multidimensional sigue un proceso histórico cíclico de territorialización-desterritorialización-reterritorialización, signado por cambios permanentes tanto de la producción material como de la ideológica o simbólica.
14 Este eje resulta de particular importante en la discusión actual sobre qué hacer con las empresas privatizadas. Si bien la mayoría de las organizaciones populares propone su “reestatización”, cabe pensar en formas alternativas de control social directo, sobre la base de la expansión de instancias democráticas de gestión colectiva.
15 No casualmente, el Gobierno de la Ciudad ha respondido a la presencia masiva y cotidiana de los movimientos sociales en las calles con la creación de un “Ministerio del Espacio Público” que regula y controla este tipo de espacios, encorsetándolos bajo los previsibles parámetros estatales. En la actualidad, una de las principales funciones de este Ministerio consiste en el enrejado de plazas y parques, acompañado de la instalación de garitas policiales.
16 Al respecto, es interesante reproducir lo que un vecino de la zona norte de Ciudad de Buenos Aires escribió en un mail de comunicación inter-asamblearia: “a este nuevo espacio acuden los parecidos y los diferentes, los de siempre y los de ahora, los sensibles y los duros, los dogmáticos y los poetas, los simpáticos y los serios, los impacientes y los tranquilos y también los desesperados. A diferencia del shopping, en estos espacios tenemos relaciones con el semejante (en todos los sentidos de la palabra), y esto es quizás lo fundamental de la asamblea, porque es a partir del vínculo con el semejante que podremos construir una comunidad que resista al individualismo imperante.” (citado en Quintar, 2003).
17 Esto se constata en los comentarios de Celia, una trabajadora textil de la fábrica Brukman: “Estamos aprendiendo a producir por nosotras mismas, sin patrones ni capataces, sin dirigentes y dirigidos. Ya probamos este fruto prohibido, ¡Y no vamos a dejarlo!” (...) “Me dí cuenta que las mujeres no estamos sólo para cocinar y lavar la ropa, que damos para mucho más. Y ahora que me dí cuenta... no pienso parar”. Entrevista publicada en la Revista Travesías, Buenos Aires, marzo 2003.
18 Así por ejemplo, uno de los Boletines de la asamblea de Scalibrini Ortiz y Córdoba manifiestaba durante el año 2002: “nos dimos cuenta que no podemos salir de esta situación cada uno por la suya, que tenemos que hace algo entre todos. Hemos dado el primer paso: romper el aislamiento”. Y concluía: “Queremos meter la nariz y las manos en lo que siempre nos dijeron que era prerrogativa de otros; de los especialistas, nuestros ‘representantes’, los políticos profesionales”
19 Más allá de ciertas experiencias emblemáticas en las empresas “recuperadas” (Brukman y Grissinopoli), cabe mencionar que los dos principales espacios de coordinación de piqueteros y asambleístas sufrieron rupturas, que los llevaron al borde de la disolución, estando involucrados en ellas los partidos de izquierda. En el caso de los piqueteros se forzó el “quiebre” de la Asamblea Nacional de Trabajadores Ocupados y Desocupados, realizada en su etapa inicial en el municipio bonaerense de La Matanza. En cuanto a las asambleas barriales, la Interbarrial de Parque Centenario (cuya función primordial era potenciar los reclamos de los vecinos de la ciudad de Buenos Aires y, a la vez, crear un espacio en donde puedan discutirse objetivos comunes) poco a poco se fue desvirtuando, deviniendo en arena de resolución de los conflictos y mezquindades de las organizaciones de izquierda más sectarias. A modo de ejemplo, basta recordar que la reunión en donde se debió modificar la dinámica de representación de los asambleístas, concluyó con el canto generalizado de una consigna dirigida a los militantes de partidos: “¡respeten los mandatos, basta de aparatos!”.
20 El enfoque instrumentalista entiende al Estado como un mero aparato técnico, de carácter neutro, pasible de ser manipulado para diversos -y hasta contrapuestos- propósitos por cualquier sector o clase social que logre apropiarse de él o bien “colonizarlo”. Para entender a qué nos estamos refiriendo, vale la pena citar la concepción del Estado enunciada por el gremio Asociación Trabajadores del Estado (ATE) diez años atrás: “El Estado es una herramienta que no es ni buena ni mala en sí misma: un martillo puede ser usado para construir o para destruir, depende quien lo utilice”. ¿Un país sin Estado?, Congreso de Trabajadores Argentinos, Buenos Aires, 1996.