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Seis hipótesis deodorianas en torno a la Universidad[1]


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Hernán Ouviña

Se nos ha pedido un breve texto en torno a la Reforma Universitaria. Qué mejor que levantar el guante remitiendo a algunas reflexiones realizadas por quien fuera el máximo artífice teórico-político de este inédito proceso de insubordinación estudiantil que, a poco de andar, cobró proyección continental al calor de las luchas revolucionarias y anti-imperialistas que proliferaban como hongos en nuestra América profunda. Así pues, lo que siguen son simples balbuceos, ordenados bajo la forma de hipótesis, que intentan rescatar del olvido ciertas propuestas lanzadas de manera provocativa por el joven iconoclasta Deodoro Roca en varios de sus -poco conocidos- escritos. A noventa años de aquella histórica rebelión, y más allá de las notables distancias temporales que nos obligan a repensar sobre nuevas bases la praxis social y (por lo tanto) universitaria, consideramos que hoy estamos en presencia de lo que el autor del Manifiesto Liminar caracterizó como “un mundo preñado de acontecimientos”, cobrando muchos de sus planteos plena vigencia en la actualidad. Tamaña oportunidad ésta, entonces, para ofrendar sus ideas a modo de apuntes sueltos, en pos de sacudir la modorra intelectual a la cual se nos tiene tan acostumbrados en las “altas casas de estudio”. He aquí el convite:

1. Ir a nuestras universidades a vivir, no a pasar por ellas (“La nueva generación americana”, julio de 1918)

Para Deodoro, habitar la Universidad implica desentenderse de ese espacio -simbólico y material- como mera instancia de transito. Ambas dinámicas son inversamente proporcionales: dejar de concebirla como lugar de paso es la condición de posibilidad para vivirla como un territorio propio, constituido no tanto por un conjunto de descascarados muros y vetustos pizarrones, sino esencialmente por vínculos humanos específicos (muchos de ellos, por cierto, jerárquicos y autoritarios, aunque en tensión y disputa permanente con dinámicas horizontales y democráticas que pugnan por desbordarlos). Quizás pueda leerse como síntoma de este obtuso capricho despolitizador, que para buena parte de la militancia universitaria los pasillos (lugar cada vez más de simple peregrinación) sean la instancia prioritaria y casi exclusiva de activación estudiantil. Habitar la Universidad resultará sin duda un ejercicio esquizofrénico, en la medida en que nuestra lucha será al mismo tiempo dentro, contra y más allá de ella misma. Pero se sabe: solo se trans-forma aquello que se conoce, y solo se conoce aquello de lo que se es protagonista vivencial y no mera víctima o espectador circunstancial.

2. El mal de las Universidades es un mero episodio del mal colectivo. La institución guarda una correspondencia lógica con las demás instituciones sociales (“La Universidad y el espíritu libre”, enero de 1920)

No es posible, nos dice Deodoro, imaginar a las Universidades como islas ensimismadas. Frente a la tentación de “encapsular” la problemática educativa dentro del estrecho horizonte que delinean cuatro paredes o un sin fin de contenidos curriculares, es preciso entender que su núcleo traumático se encuentra a la vez dentro y fuera de ella. Es la totalidad social (el “sistema capitalista”, para denominar a las cosas por su nombre y dejar de apelar a eufemismos genuflexos) quien le da sentido y fundamento último a esta parte maldita que habitamos. De ahí que sea una tarea acuciante visibilizar las interconexiones que ligan y dotan de sentido no solamente a las Facultades entre sí, sino también y sobre todo a éstas con el resto de la sociedad. A ello apuntaba la conocida consigna del mayo francés “de la crítica de la Universidad a la de la sociedad de clases”, aunque no como derrotero lineal e inevitable, sino en tanto devenir contradictorio y desnaturalizante en donde el proceso mismo de lucha funda nuevos vínculos e imaginarios de significación rupturistas.

3. Es necesario ponerse en contacto con el dolor y la esperanza del pueblo, ya sea abriéndole las puertas de la Universidad o desbordándola sobre él. Que de la acción reciproca entre la Universidad y el pueblo surja nuestra real grandeza (“La nueva generación americana”, julio de 1918).

En consonancia con la tesis anterior, y varias décadas antes de que el Che pregone que la Universidad debe “pintarse de pueblo”, Deodoro postula la necesidad de una dinámica reciproca entre la praxis universitaria y el pensar-hacer de los de abajo. No hay, como pretenden muchos militantes ortodoxos, una acción unidireccional, sea ésta desde la Universidad, arremangándose los pantalones para sumergirse en el subsuelo de la patria, o bien partiendo unívocamente de los sectores subalternos, que asomarían su nariz en el armazón institucional facultativo utilizando una “escalera” construida a base de huesos de políticos traidores, como reza el patético y clásico cántico estudiantil (que dicho sea de paso, omite cuestionar el hiato de la Universidad burguesa como “alta” casa de estudios). Más bien lo que acontece es una relación dialéctica de mutua contaminación y metamorfosis, en pos de una transformación radical (léase: de raíz) de las relaciones que constituyen esa misma totalidad social. Como expresaba Gramsci: se debe ir del sentir al saber y de éste a aquel; o mejor aún: realizar un convite de saberes diversos y complementarios, en un ida y vuelta en donde la relación pedagógica se extienda a toda la sociedad, tendiendo a disolver progresivamente toda arbitraria -pero necesaria, desde la perspectiva reproductora de la realidad actual- distinción entre ambas esferas.

4. Hacer estallar una revolución en las conciencias (“La revolución de las conciencias”, octubre de 1918)

Este ejercicio cotidiano requiere gestar, en palabras deodorianas, una “nueva sensibilidad”, que debe tener como punto de partida “la conquista de la cultura”. Es asombroso el paralelo con las tesis de Antonio Gramsci -en ese entonces un joven mlitante socialista y antipotivista- quien apelaba a la transformación del sentido común y a la construcción de una nueva cultura política que presuponga una crítica civilizatoria de lo existente. Esto es algo olvidado por las organizaciones de izquierda, que hoy parecen restringir la lucha universitaria a la disputa por una cantidad X de ladrillos, cosificando las relaciones sociales en un conjunto de paredes a revocar. Sin desmerecer este tipo de demandas (como puede ser la del “edificio único” en el caso de la Facultad de Ciencias Sociales), cabe reflexionar en torno a esta operación que transfigura lo que debería constituir el piso desde donde pararnos para (re)pensar la actual Universidad en crisis, en techo infranqueable de nuestras exigencias y deseos en tanto comunidad educativa. Asimismo, esta hipótesis es complementaria de las dos anteriores, que pueden leerse como llamados de atención tanto para ciertas agrupaciones “independientes” (que restringen su disputa a juntas de carrera y consejos directivos, abstrayéndose en forma total de lo que acontece por “fuera”, haciendo caso omiso del precepto de Deodoro Roca que expresa que “el universitario ‘puro’ es una cosa monstruosa”), como para la mayoría de los partidos de izquierda clásicos (que ven a la Universidad como un aséptico espacio de donde extraer militantes, e instrumentalizan cualquier actividad o proyecto que vaya a encararse en el seno de las Facultades, como un mero medio para un fin externo y corporativo: el suyo en tanto “orga”).

5. Estar siempre dispuesto -cualquiera sea la edad y la circunstancia de la vida- a volver a ser estudiante (“La nueva generación americana”, julio de 1918)

La humildad y apertura, la escucha y el diálogo, conforman de acuerdo a Deodoro el acicate constante del aprendizaje como precepto general de la práctica política, cualquiera sea el territorio en disputa. Y esto incluye, en primer lugar, a la propia Universidad, que se pretende ajena a lo que el trovador cubano Santiago Feliú llama la loca manía de desaprender. El “no lo sé” debe ser una brújula a la cual acudir sin miedo como estudiante de la vida misma, toda vez que se reconozca que no hay itinerario preconcebido, en la medida en que -mal que les pese a los “alquimistas de la revolución”- carecemos de modelos. Y es que debemos convencernos de que, por definición la revolución es anti-definicional. Por ello hay que desconfiar de aquellos que se pretenden iluminados-poseedores de la verdad (obrera o universitaria, poco importa), más que de quienes recurriendo al método (auto)crítico asumen que la aplicación de axiomas es siempre dogmatización. De ahí que el tener como motor militante la pregunta inquieta, lejos de equivaler a pasividad, tiende a operar como un filoso aguijón para perezosos.

6. Naturalmente, la Universidad con que soñamos no podrá estar en las ciudades. Sin embargo, acaso todas las ciudades del futuro sean universitarias (“La nueva generación americana”, julio de 1918)

Podemos arriesgar que lo que está planteando Deodoro aquí es una crítica civilizatoria, que nos obliga a (re)pensar no solo a la Universidad, sino incluso a ésta vis a vis la relación campo-ciudad, sobre bases totalmente nuevas y opuestas a las vigentes. Si resulta “natural” considerar que la Universidad con que soñamos no podrá radicarse en las ciudades, será entonces necesario pasarle el cepillo a contrapelo a esa urbanidad moderna e inhumana en donde hoy se enquistan nuestras atareadas “casas de estudio”. Una nueva realidad espacio-temporal, será la arcilla sobre la cual se amalgamen esas ciudades en ciernes, no ya compuestas por cemento, vorágine y alienación, sino por un cúmulo de prácticas, formas de sentir y saberes múltiples que irradien una subjetividad “muy otra”, cuya noción del tiempo quizás haya que rastrear más en ámbitos rurales que en urbanos. ¿Se generalizará acaso ese tipo de dinámica dialógica de enseñanza-aprendizaje mutuo, deviniendo las ciudades del futuro universidades a cielo abierto, al punto de disolverse toda distinción entre unas y otras en la topografía de la sociedad “autorregulada” de la que hablaba Gramsci? No lo sabemos. Para conocer la respuesta no queda otra que comprometer a diario el pensar-hacer con la realidad, y continuar exigiendo lo imposible. Porque como dice el poeta, de lo posible ya se sabe demasiado.


[1] Artículo que será publicado próximamente, junto a otros textos referidos a la Reforma Universitaria, por la Agrupación Plan B.