Flujo de movimientos y gobiernos de centro-izquierda
James Petras*
En contraste con América del Norte y Europa, los regímenes
políticos, los movimientos sociales y las ideologías en
América Latina experimentan un movimiento constante. En un periodo
de pocos años, el péndulo político puede pasar
de una oleada izquierdista aparentemente radical al centro-izquierda
o incluso a un predominio de la derecha. Del mismo modo, emergen importantes
movimientos sociales que desde sus bases locales o regionales de poder
pasan a ser actores importantes en la escena política nacional,
desempeñan un papel relevante en la liquidación de los
regímenes de derecha e incluso participan en coaliciones gubernamentales,
para luego decaer, especialmente cuando no consiguen satisfacer ninguna
de las mínimas demandas de sus seguidores.
A pesar de este complejo mosaico de cambios relativamente abruptos y
modificaciones del poder político, la configuración social
y la dirección ideológica, muchos escritores, comentaristas,
intelectuales y periodistas estadounidenses, europeos y latinoamericanos
tienen tendencia a establecer generalizaciones excesivas que cubren
toda la región y largos periodos de tiempo, y que reflejan, en
muchos casos, experiencias limitadas en el espacio y en el tiempo, ya
caducas. En la mayoría de los casos estas generalizaciones están
escasamente documentadas, tienen rasgos impresionistas y adolecen de
falta de profundidad empírica, histórica o analítica.
En estos últimos años, aproximadamente desde comienzos
del siglo XXI hasta 2007 (y suma y sigue) algunos de los más
reconocidos intelectuales de Estados Unidos vienen describiendo América
Latina como un vivero de cambio radical, como la sede de los movimientos
sociales más dinámicos y como un ámbito de constante
transformación social de carácter izquierdista. Esta visión
suscita inmediatamente algunas objeciones bastante obvias.
En primer lugar, América Latina en su conjunto no ha experimentado
cambios sociales radicales en el periodo en cuestión. De hecho,
después de 2003 ha habido una disminución de la actividad,
la afiliación y la fuerza social de los movimientos en aquellos
países en los que había movimientos de importancia. Un
simple vistazo a Argentina y su movimiento de obreros desempleados y
ocupaciones de fábricas confirma esta aseveración, del
mismo modo que también la confirma el análisis del movimiento
indígena CONAIE en Ecuador.
En segundo lugar, la mayor parte de América Central, el Caribe
y los países del Pacífico sudamericano nunca tuvieron
gobiernos de izquierdas: México, Guatemala, El Salvador, Chile,
Perú, Ecuador (hasta 2007), Haití (desde 1991) o el resto
de los países insulares caribeños.
En tercer lugar, ningún movimiento social, ni siquiera los más
extendidos e influyentes, consiguió imponer sus programas en
ningún gobierno de la región, a pesar de que en algunos
casos tuvieron un papel destacado para impedir que llegasen al poder
gobiernos derechistas.
En cuarto lugar, ninguno de los autodenominados «gobiernos revolucionarios»
o de centro-izquierda ha intentado llevar a cabo cambios estructurales
de envergadura a pesar de haber ganado elecciones, en algunos casos
con mayorías sustanciales, y a pesar también de contar
con el respaldo de sindicatos, movimientos sociales y organizaciones
indígenas. Excepto Venezuela, ningún gobierno de centro-izquierda
o de centro ha revocado las corruptas privatizaciones de anteriores
gobiernos derechistas neoliberales, ninguno ha tomado medidas de redistribución
de la tierra o las rentas, o de reducción de las desigualdades
y la fiscalidad regresiva.
La singularidad de América Latina es que, a pesar de algunos
levantamientos populares de masas, algunos cambios de sistema político
y cierta preeminencia de los movimientos sociales en determinados países,
la continuidad de las relaciones de propiedad sigue intacta. De hecho,
la tendencia dominante es la de una mayor concentración de la
propiedad, una continua prosperidad y un aumento de los beneficios de
gigantescas empresas de exportación de productos agrarios y minerales
–empresas en su mayoría de propiedad extranjera—,
una continuidad también en la estructura de clases y un aumento
de las desigualdades socioeconómicas. Estas tendencias regresivas
puntúan esta fase de supuesto ascenso de los movimientos sociales.
Una vez más los intelectuales –especialmente de izquierdas—
han sucumbido a la retórica del cambio social, a los actos simbólicos
–estructuralmente ineficaces—, a las identidades culturales
y no a los intereses materiales y a la atracción fatal de la
proximidad de los centros de poder. No pocas veces, algunas de las estrategias
de legitimación de los gobiernos de centro-izquierda consisten
en invitar a una serie de intelectuales de renombre a las ceremonias
de toma de posesión y otros actos de alta visibilidad, que adulan
a estos intelectuales e inflan su importancia ceremonial (organizando
consultas, entrevistas especiales y otras actividades promocionales)
a la vez que se aseguran artículos favorables, libros y otros
tipos de publicidad útil para conseguir la aquiescencia de los
líderes de opinión de las organizaciones de masas.
Faltos de base histórica, muchos intelectuales y periodistas
de izquierda, celebrantes de los movimientos sociales de hoy o de ayer,
siguen considerándolos fenómenos sociales estáticos,
en constante progreso, con su influencia intacta o en aumento, nunca
en retroceso, degeneración o pérdida de su relevancia
política. En cambio, muchos de los líderes de movimientos
hacen a menudo una evaluación distinta de esa trayectoria, al
menos en sus debates internos.
Aclaremos nuestra concepción de los movimientos sociales y de
los gobiernos de centro-izquierda latinoamericanos: No suscribimos ninguna
gran teoría cíclica de auge y decadencia, o ley de hierro
de la oligarquía según la cual los movimientos sociopolíticos
democráticos se transformarían inevitablemente en su opuesto
a medida que consiguen influencia y poder. Descartamos cualquier teoría
fatalista según la cual los oprimidos se convierten, necesariamente,
en opresores. Nuestro análisis de los cambios en la correlación
de fuerzas sociales y de las trayectorias ascendentes y descendentes
de los movimientos sociales está vinculado a un contexto empírico
de crisis y expansión socioeconómica, cambiantes formas
de liderazgo y, por encima de todo, de políticas, alianzas, tácticas
y estrategias.
El principal desafío teórico y práctico al que
se enfrenta cualquier investigador o profesional de la política
latinoamericana es dar cuenta de las continuidades estructurales en
el sistema de clases latinoamericano que se registran en los momentos
de grandes levantamientos sociales, cambios de sistema político
y transformaciones radicales de la opinión pública.
Rechazamos cualquier tipo de explicación simplista que pretenda
que la fuerza de los movimientos sociales ha sido exagerada, que no
ha habido levantamientos reales y que los cambios de régimen
político fueron simplemente un cambio de personalidades. Igualmente
insostenibles son los argumentos en el sentido de que hubo, o hay, transformaciones
profundas y de largo alcance en América Latina, una clara ruptura
con anteriores prácticas neoliberales y de que hay una nueva
configuración institucional que atraviesa el continente y dan
como resultado los nuevos socialismos del siglo XXI.
Una comprensión exacta de la paradoja de «la continuidad
en el cambio» requiere que se especifiquen los niveles de análisis
utilizados. Aquí especificamos cuatro niveles de análisis
del cambio y la continuidad socioeconómicos. En el nivel más
fundamental nos referimos a los cambios en las relaciones de propiedad
y de clase, la propiedad –pública, privada o extranjera—
de sectores económicos estratégicos, la distribución
de las rentas y los recursos, la ideología y las políticas
aplicadas, la protección medioambiental y el saqueo de los recursos
naturales. La política exterior y los alineamientos internacionales
a favor o contra el imperialismo constituyen un primer nivel a tener
en cuenta.
En un segundo nivel de análisis, estudiamos los cambios en materia
de salarios y beneficios, gasto social, subvenciones a las empresas,
fiscalidad regresiva o progresiva; derechos políticos y culturales
específicos destinados a los grupos oprimidos: indígenas,
mujeres, afroamericanos; legislación laboral, sindicatos, seguridad
en los contratos de trabajo y legislación favorable y abaratadora
de los despidos de trabajadores (flexibilidad laboral); prioridades
presupuestarias: aumento de la inversión pública productiva,
creadora de empleo y de incentivos para los pequeños productores,
o incremento de las reservas en divisas, acumulación de superávit
presupuestario y priorización del pago de la deuda, subvenciones
a los grandes exportadores agrarios y de minerales, y protección
de los costosos monopolios nacionales.
Un tercer nivel de análisis nos lleva a centrarnos en los cambios
políticos institucionales (el paso de regímenes militares
autoritarios a sistemas electorales), la total desregulación
de los mercados ante la introducción de intervenciones públicas
seleccionadas, la reducción de la pobreza basada en el mercado
en contraposición a un ingreso mínimo de carácter
estatal, el incremento paulatino de los salarios mínimos ante
la reducción de estos salarios mínimos, y el incremento
de los salarios mínimos nominales contra los aumentos de los
salarios reales.
El cuarto nivel estudia los cambios ideológico-culturales en
la legitimación de los poderes públicos, los gestos simbólicos,
los eventos culturales y el correspondiente desajuste entre las pretensiones
ideológicas y los cambios socioeconómicos. Los gestos
simbólicos y políticos se consideran beneficios psicológicos
sólo en la medida en que conduzcan a cambios sustanciales en
el nivel de vida y el poder político de los movimientos sociales
y las clases populares. De lo contrario, sólo sirven para mistificar
la continuidad de la élite gobernante, la explotación
del trabajo y los recursos naturales y el mantenimiento de las desigualdades
étnicas y de clase.
En general, la pregunta que planteamos es si la asociación, o
alianza, de los movimientos social-populares (MSP) y los gobiernos de
centro-izquierda (GCI) ha mejorado la calidad y cantidad de bienes,
servicios y poder político que detentan sus electores y si han
ampliado el control del Estado y la economía por parte de éstos.
Concretamente, analizaremos si esta alianza MSP-GCI ha mejorado la posición
estructural de las masas en la economía, si ha creado nuevas
formas de representación directa, si ha contribuido a fomentar
su capacidad de movilización social, reducido las desigualdades
entre las clases, aumentado su influencia en la economía, reducido
la fiscalidad regresiva y los incrementos arbitrarios de los precios
del transporte y los servicios básicos. A la inversa, abordaremos
también la cuestión de si la alianza o la relación
entre MSP y GCI ha conducido a la desmovilización de los movimientos,
la cooptación de sus líderes y su división y fragmentación.
¿Los movimientos han perdido miembros y capacidad de influir
en las políticas nacionales? ¿Cómo se ha visto
afectada la distribución de la tierra y el ingreso por la alianza
MSP-CGI?
Al estudiar estos temas en cada país durante un cierto periodo
de tiempo (la década anterior), podremos contar con una base
sustancial que nos permita hacer generalizaciones sobre la trayectoria
política latinoamericana contemporánea.
Desarrollo desigual y combinado en el contexto del mercado mundial
Los movimientos y procesos de cambio socioeconómico en América
Latina pocas veces han adoptado patrones uniformes, al menos durante
los últimos 40 años. A finales de la década de
1960 y comienzos de la del 1970, el Cono Sur, los países andinos,
Jamaica y Guyana eran países con gobiernos de izquierda y poderosos
movimientos sociales, mientras que en Brasil, Colombia, Venezuela, América
Central, República Dominicana, Grenada y México gobernaban
regímenes militares o de la derecha civil. Desde mediados de
los años 70 hasta mediados de los 80, el Cono Sur, Brasil y los
países andinos tenían, en general, dictaduras derechistas
militares y neoliberales, mientras que en América Central florecía
un gobierno revolucionario en Nicaragua. Durante la década de
1990, la mayoría de los países latinoamericanos tuvieron
gobiernos civiles autoritarios y neoliberales surgidos de elecciones
(Argentina, Brasil, México, Chile, Perú, Ecuador, América
Central, Colombia y Uruguay), aunque fueron emergiendo poderosos movimientos
de campesinos, trabajadores del campo y pobres urbanos que hallaron
su expresión en movimientos poderosos o emergentes –como
el de Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), de Brasil;
el Movimiento Zapatista, de México; las Fuerzas Armadas Revolucionarias
de Colombia (FARC); el Movimiento Indígena Campesino Cocalero
(CONAIE), de Bolivia; y el movimiento indígena de Ecuador. Del
mismo modo, la masa de pobres urbanos respaldaba la candidatura de Hugo
Chávez como Presidente de Venezuela, basada en un programa nacionalista-populista.
Los tres primeros años del milenio (2000-2003) fueron testigos
de lo más cercano a un esquema generalizado de radicalización
en la historia reciente, también con muchas diferencias de nivel
y tipos de actividad entre países y movimientos. Éstos
estuvieron relacionados en gran medida con unos precios desfavorables
en el mercado mundial y con crisis financieras y económicas.
Durante este trienio, tuvieron lugar importantes levantamientos populares
que derrocaron regímenes neoliberales en países como Argentina
(diciembre de 2001), Ecuador (2001, 2003 y, más tarde, 2005),
Bolivia (octubre de 2003 y mayo-junio de 2005), Venezuela (abril de
2002, tras tumbar a la junta cívico-militar y restaurar en el
poder al presidente elegido Hugo Chávez), y por último
Perú en 2000. Además, movimientos sociales urbanos y rurales
hallaron su expresión en las masivas ocupaciones de tierras de
Brasil, lideradas por el MST (2000-2002), los bloqueos de carreteras
con barricadas, a escala nacional, y la ocupación de varios centenares
de fábricas por trabajadores desempleados en Argentina (2000-2003);
en Bolivia, fuertes movimientos vecinales urbanos y del campesinado
indígena, así como de los sindicatos, llegaron al umbral
mismo del poder estatal, desarticulando temporalmente las organizaciones
de la clase dominante y exigiendo la refundación del país
(un nuevo orden socioeconómico socialista), por medio de una
nueva asamblea constitucional elegida por los movimientos sociales.
En Ecuador, durante un breve periodo, el movimiento indígena
se unió a una coalición gubernamental de corta vida (72
horas) y más tarde se sumó al funesto movimiento derechista
del coronel retirado Lucio Gutiérrez. En Venezuela, el gobierno
del presidente Chávez, apremiado por los movimientos de masas
propuso nuevos programas generales de bienestar social y la democratización
de las instituciones del Estado despidiendo y encarcelando a los oficiales
militares, los sindicalistas y los ejecutivos petroleros directamente
implicados en el violento derrocamiento del gobierno elegido.
Ni siguiera en el periodo 2000-2003, de radicalización generalizada,
el proceso fue uniforme. Un ex funcionario del Banco Mundial se hizo
cargo del gobierno en Perú y los movimientos se calmaron temporalmente.
Un neoliberal ultraderechista, Alvaro Uribe, asumió la presidencia
de Colombia; el presidente elegido de Brasil, Lula da Silva, giró
acentuadamente a la derecha, adoptando políticas económicas
liberales y firmando un programa de estabilización y librecambio
del FMI. Chile siguió fiel a las políticas pinochetistas
de libre mercado del neoliberal socialista Ricardo Lagos, y México
y América Central tuvieron gobiernos derechistas, a la vez que
el movimiento zapatista era confinado a un papel marginal en la política
nacional e incluso en la regional.
La «nueva ola izquierdista» de América Latina, objeto
de amplios comentarios por parte de escribas, académicos, «expertos»
y periodistas impresionistas, ni siquiera en su momento más álgido
llegó a cubrir algunos de los principales países latinoamericanos
(México, Colombia, Brasil y Chile). Además, sólo
en una ocasión un levantamiento condujo a un auténtico
cambio de régimen, y fue en la reinstalación en el poder
del presidente venezolano Hugo Chávez. En sus momentos más
álgidos, los movimientos de masas llegaron a derrocar a los gobiernos
neoliberales existentes, pero fueron incapaces de sustituirlos por gobiernos
propios en el marco de un régimen de obreros, campesinos y pobres
urbanos.
Los defensores intelectuales de esta «nueva ola izquierdista»
latinoamericana, incluso ante la evidencia claramente en contra, siguieron
escribiendo sobre un «nuevo orden», centrándose únicamente
en los países en los que los movimientos eran fuertes y proyectando
su marcha hacia un futuro poder estatal, falsificando la naturaleza
de clase de los principales arquitectos y ejecutores de las políticas
económicas de Lula, asignándoles del modo más superficial
un carácter popular-nacionalista basándose en los orígenes
de clase trabajadora de Lula y en su pasada retórica socialdemócrata,
asignando un carácter «izquierdista» a gobiernos
y personalidades basándose en las etiquetas de sus respectivos
partidos y no en sus políticas reales (por ejemplo, el Partido
Socialista chileno de la presidenta Bachelet), e ignorando los gobiernos
derechistas existentes (Colombia, Perú, México y América
Central) y los movimientos sociales en retirada en muchos países
(Perú, Ecuador, Chile, Nicaragua, Brasil, Bolivia y El Salvador).
El fracaso de los analistas de izquierdas puede considerarse también
un fracaso de su tenor intelectual: su incapacidad de aceptar el «pensamiento
duro» que exige rendir cuentas del desarrollo desigual de las
transformaciones políticas, la necesidad de un mayor compromiso
social con los movimientos, y no tanto jalearlos con optimismo desde
un segundo plano y dentro del marco de parámetros institucionales
de los gobiernos parlamentarios neoliberales.
Esta breve ojeada al pasado destaca la importancia de reconocer el desarrollo
desigual de los movimiento sociales y los procesos políticos
en América Latina, y la necesidad de ajustarse a un análisis
detallado en lugar de realizar generalizaciones excesivamente optimistas.
Una segunda consideración de importancia a la hora de analizar
los movimientos sociales y los cambios políticos latinoamericanos
es el concepto de desarrollo combinado y divergente. Este concepto se
refiere a la actual tendencia en los países de la región
de mantener altas tasas de crecimiento, acumular miles de millones de
dólares en superávit comercial y reservas de divisas,
y diversificar sus mercados, a la vez que aumentan las desigualdades
de la propiedad, el ingreso, el crédito y las subvenciones. En
otras palabras, las divergencias socioeconómicas entre propietarios
y financieros, por una parte, y trabajadores, campesinos y pequeños
comerciantes por otra, están directamente relacionadas con la
concentración y la centralización del capital en los sectores
de crecimiento exportador.
Dado que los movimientos sociales tienen su base mayoritaria en los
trabajadores y campesinos, y que los gobiernos de centro-izquierda han
abrazado, todos, la estrategia de crecimiento capitalista-agro-mineral,
un régimen de base multiclasista no es compatible o sostenible
a medio plazo. Los gobiernos de centro-izquierda dependen del desarrollo
combinado de las exportaciones agro-minerales y de grandes sumas de
ingresos provenientes de la exportación con el fin de subvencionar
y asegurarse el apoyo de otros sectores burgueses (industria, comercio
e inmobiliario) así como de profesionales de clases medias (abogados,
médicos particulares, propagandistas de los medios de comunicación).
Los gobiernos de centro-izquierda transfieren algunos de los ingresos
que obtienen por las exportaciones a determinados sectores de las clases
medias en forma de subvenciones, rebajas fiscales y salarios más
altos. Conocedores de la evidente divergencia en los intereses de clase,
los gobiernos de centro-izquierda desarrollan estrategias de debilitamiento
de la cohesión y unidad de acción de clase de todas aquellas
clases afectadas negativamente por la estrategia agro-mineral. Por ejemplo,
el presidente argentino Kirchner (2003-2007) combinó un subsidio
mensual de desempleo de 50 dólares con la cooptación de
los principales líderes de los desempleados por el aparato del
estado; gestos y retórica nacionalistas, entre otros, críticas
al FMI; y acuerdos comerciales junto a amistosas relaciones públicas
con el líder nacionalista Hugo Chávez. Otros líderes,
como Evo Morales, esgrimieron en muchas ocasiones el espectro del golpe
de Estado –sin aportar ninguna prueba— junto a símbolos
culturales indígenas y ataques a la oligarquía, a la vez
que subvencionaba y defendía a las principales élites
agro-exportadoras, sus tierras, beneficios y relaciones laborales explotadoras,
y firmaba numerosos y lucrativos acuerdos de inversión en los
sectores de la minería y la energía con multinacionales
extranjeras.
Unas dinámicas de crecimiento divergentes, la concentración
de más ingresos por exportación en manos de la clase capitalista
y un descenso relativo en el acceso a los ingresos del Estado por parte
de las clases inferiores, ha conducido a los movimientos sociales a
replantearse sus relaciones con los gobiernos de centro-izquierda y,
en algunos casos, a romper sus vínculos y poner fin a su apoyo,
aun cuando sean incapaces de construir una alternativa política.
En la mayoría de los casos, la prolongada alianza de los movimientos
sociales con los gobiernos de centro-izquierda ha tenido consecuencias
negativas graves para la estructura interna de los movimientos y su
capacidad para volver a crear alianzas del movimiento, por no hablar
de nuevas alternativas políticas. Dos de los más importantes
movimientos indígenas –CONAIE, de Ecuador, y Cocaleros,
de Bolivia— han perdido una parte de su apoyo de base por sus
alianzas con los gobiernos de centro-izquierda. Muchas comunidades indígenas
se han desvinculado de estos movimientos, limitando la capacidad de
los líderes de éstos para movilizarlos contra sus adversarios
de clase. La desilusión y un sentimiento de traición calan
en la base de los movimientos sociales por debajo de sus líderes
nacionales y sus cuadros locales. Hh
En el caso del MST de Brasil, su alianza de cinco años con el
gobierno de Lula, que incluyó un apoyo electoral fundamental
durante el ataque frontal del presidente a las pensiones y salarios
de los funcionarios y contra los sindicatos de éstos, debilitó
la capacidad del MST de articular una coalición de movimientos
sociales y sindicatos tras su ruptura con Lula.
El auge de los gobiernos de centro-izquierda se benefició de
unos precios de mercado extraordinariamente favorables (a partir de
2003), que les permitió desbaratar las embrionarias organizaciones
radicales de la baja clase media y orientarlas hacia el centro, e incluso
hacia el centro-derecha. Este hecho fue particularmente evidente en
Argentina, Brasil y Bolivia. En Argentina, en el momento de la crisis
financiera de 2001, casi todos los sectores de la clase media temían
la pérdida definitiva de sus ahorros, el empobrecimiento debido
a la congelación de sus cuentas bancarias y la pérdida
de empleos, la bancarrota de los negocios y la total ausencia de crédito.
Como resultado, las clases medias se unieron a los desempleados en sus
manifestaciones callejeras, organizaron centenares de asambleas y comités
vecinales y manifestaron su rencor mediante violentos asaltos a bancos
y autoridades públicas. Con la llegada del gobierno de centro-izquierda
de Kirchner y el auge de los precios de las exportaciones, a la crisis
económica siguió un periodo de expansión, en el
que recuperó el ahorro y la liquidez bancaria y los ingresos
y gastos de los consumidores. La clase media baja abandonó la
calle y se volvió contra los movimientos sociales populares.
La clase media alta se orientó hacia la derecha autoritaria en
busca de seguridad y orden. En la capital, Buenos Aires, contribuyó
a que resultara elegido alcalde el millonario de derechas Mauricio Macri.
En 2006, la dinámica política de una serie de países,
antes asolados por la crisis y radicalizados, giraba a la derecha, y
en algunos casos a la «derecha dura». La rápida recuperación,
consolidación y ofensiva de la extrema derecha fue estimulada
y facilitada por la desmovilización de los movimientos sociales,
por influencia del centro-izquierda, y por la recuperación económica
debida al aumento de los precios de los productos básicos. La
rápida resurgencia de la extrema derecha se manifiesta con claridad
en Bolivia donde, a mediados de 2005, los movimientos indígenas,
obreros y campesinos derrocaron un régimen neoliberal, dominaron
las calles y se hallaron en situación de imponer sus políticas.
Unas políticas fiscales ortodoxas, unos pactos conciliadores
con la oligarquía económica y unos acuerdos con todas
las principales empresas energéticas extranjeras promovidos por
el presidente, Evo Morales, proporcionaron la plataforma política
de relanzamiento de la derecha. La desmoralización y la desmovilización
de los movimientos sociales, la imposición de políticas
fiscales tipo FMI y su incondicional defensa de los grandes intereses
agro-minerales (su «nacionalización» no tuvo nada
que ver con la «expropiación», según sus propias
declaraciones públicas) facilitaron la recuperación y
la ofensiva de la derecha. La fluctuante correlación de fuerzas
entre los movimientos sociales y las clases gobernantes puede entenderse
mejor si se analizan las continuidades y los cambios de los gobiernos
de centro-izquierda y los movimientos en la pasada década, confiando
en nuestros criterios concretos de niveles y ámbitos de cambio.
Argentina
A pesar del grave levantamiento de diciembre de 2001 y de un año
2002 de amplias movilizaciones y organización popular de masas
de trabajadores desempleados y barrios de clase media, más de
200 ocupaciones de fábricas, rechazo general y violento a las
políticas de libre mercado y el derrocamiento del candidato a
presidente (De la Rua) y de tres presuntos presidentes (diciembre-enero
de 2001-2002), la subsiguiente elección del presidente Kirchner
(2003) y sus cuatro años de gobierno se caracterizaron por la
continuidad estructural. En primer lugar, el sector bancario e inversor,
responsable de la crisis financiera, siguió intacto. El presidente
Kirchner contribuyó al refuerzo de las posiciones del capital
extranjero y privado proporcionando incentivos fiscales y subvenciones
a la exportación. A pesar de la presión por parte de la
mayoría del electorado, Kirchner se negó a volver a nacionalizar
sectores estratégicos de la economía privatizados ilegalmente
durante los anteriores gobiernos «cleptocráticos»
de Menem y De la Rua.
Las relaciones de clase siguieron siendo las mismas. La legislación
antiobrera en materia de sindicación, empleo estable, contratación
y despidos y trabajo temporal siguió intacta. El gobierno de
Kirchner negó el reconocimiento jurídico de una de las
principales confederaciones de sindicatos (CTA) y colaboró ampliamente
con la confederación corrupta (CGT) que colaboró con los
anteriores regímenes librecambistas. Las desigualdades en los
ingresos se mantuvieron y en algunos casos aumentaron, especialmente
entre el 20% más bajo de la población y el 20% más
alto.
Los sectores estratégicos privatizados del petróleo, el
gas y las telecomunicaciones siguen en manos del capital extranjero,
mientras que la compra por parte de extranjeros de grandes extensiones
de tierra y explotaciones agropecuarias en Argentina han hecho del multimillonario
estadounidense de origen húngaro George Soros el mayor propietario
rural de Argentina.
En términos estructurales, el gobierno de Kirchner ha sido claramente
una continuación de los anteriores gobiernos neoliberales de
derecha. Además, ha consolidado con éxito la anterior
posición inestable de los propietarios privados de propiedades
estatales privatizadas y ha legitimado numerosas transferencias ilegales
de empresas públicas a manos privadas.
En términos de políticas, Kirchner ha puesto fin a las
ocupaciones de fábricas y ha obligado a devolver a sus antiguos
propietarios algunas empresas ocupadas por los trabajadores, a pesar
de las violaciones por parte de éstos de los contratos laborales
y los procedimientos de quiebra. Kirchner ha mantenido el subsidio de
50 dólares (150 pesos) a las familias trabajadoras que se hallan
en la indigencia, aunque la creciente inflación en su último
periodo de gobierno redujo este subsidio en más de un tercio.
Durante el periodo de gobierno de Kirchner (2003-2007), Argentina creció
a un ritmo de en torno a 7%-8%, el desempleo descendió de más
del 23% al 11%, los niveles de pobreza bajaron de casi un 50% a aproximadamente
un 33% de la población. Sin embargo, el 40% de la fuerza de trabajo
seguía empleada en el sector precario/informal. El motor del
crecimiento fue el gran aumento de la demanda y el precio de las exportaciones
agro-minerales tradicionales argentinas. Con una duplicación
de los precios del grano y la energía, el gobierno de Kirchner
acumuló importantes superávits comerciales y presupuestarios
y grandes incrementos en los ingresos del Estado. Estos beneficios e
ingresos caídos del cielo entraron en los circuitos de producción
y consumo de las clases medias, pero fueron apropiados, en gran medida,
por la agroindustria, el sector bancario, el industrial, el comercial
y las élites terratenientes.
Kirchner dio prioridad a la rápida liquidación de la deuda
contraída con el FMI y a la rápida cancelación
de la deuda externa renegociada, a pesar del dudoso origen, contratación
y utilización de los préstamos por parte de los anteriores
gobiernos militares y «menemistas». Durante la renegociación
de la deuda externa, Kirchner dio prioridad a los pagos de los grandes
poseedores externos de deuda argentina a expensas de los pequeños
acreedores. A la vez que Kirchner aparentaba reducir el tamaño
de la deuda, algunas cláusulas de los acuerdos vinculaban el
pago de la deuda al crecimiento de la economía: a mayor ritmo
de crecimiento, más altos serían los pagos a los acreedores
extranjeros. Teniendo en cuenta la alta tasa de crecimiento de Argentina,
lo que parecía ser un programa de reducción de la deuda
resultó ser lo opuesto, lo que benefició a los acreedores
por encima de las masas del país. Al final de su presidencia,
la deuda argentina había ascendido a más de 160.000 millones
de dólares.
Poco antes de la elección de Kirchner, Argentina estaba cubierta
por una densa red de organizaciones de trabajadores desempleados (piqueteros)
que literalmente controlaban las calles y las carreteras principales
como medio potente para sacarle concesiones del Estado. El desacuerdo
y la hostilidad hacia la política del gobierno encontraron expresión
en comités de barrio de vecindades de clase media con su grito
¡Que se vayan todos! Hacia el final de la presidencia de Kirchner,
las calles estaban en general libres de piqueteros, las asambleas de
clases medias eran un recuerdo distante, se cooptó a muchos líderes
desempleados y se convirtieron en parte de los instrumentos de Estado
dedicados al patrocinio del gobierno. Una de las más llamativas
y políticamente significativas características del régimen
Kirchner fue la desmovilización del movimiento popular de masas
y la pérdida de radicalización de la clase media.
Kirchner neutralizó a un sector sustancial de la población
que exigía la renacionalización de los sectores eléctrico,
del gas y de la electricidad, congelando los precios a los consumidores
y reduciendo así el coste efectivo para los consumidores. Los
monopolios privados respondieron mediante la virtual desinversión
del sector, lo que llevó a cortes de electricidad y reducción
del suministro. Es probable que la presidenta entrante, Cristina Fernández
de Kirchner, suba los precios de los servicios básicos, de acuerdo
con las demandas de las sociedades privadas.
Del mismo modo Kirchner intentó dar satisfacción a las
crecientes expectativas motivadas por el auge de los ingresos por exportaciones,
y para ello impuso controles de precios y limitó la exportación
de carne de vacuno. No obstante, mientras que el empleo y los salarios
aumentaron, las tasas reales de inflación de los alimentos básicos
se duplicaron (más del 20% en 2007) lo que produjo el estancamiento
e incluso el deterioro de las rentas.
A pesar de las continuidades estructurales y de las políticas
llevadas a cabo por el gobierno Kirchner, éste se benefició
de varios factores independientes de sus políticas. En primer
lugar, de unos precios de mercado mundiales sumamente favorables para
todas las exportaciones importantes de Argentina, lo que produjo excedentes
presupuestarios; y de la capacidad del gobierno de subvencionar la industria
y garantizar subidas salariales. En segundo lugar, la depresión
económica de cinco años que precedió a su presidencia
estableció un marco de referencia a partir del cual era fácil
crecer, dada la importante falta de aprovechamiento de la capacidad
de la fuerza laboral; es decir, el crecimiento no dependió de
nuevas inversiones de gran envergadura y a largo plazo o de innovaciones
tecnológicas. En tercer lugar, la austeridad financiera en los
nuevos préstamos impuestos por los acreedores extranjeros, obligó
en realidad a los capitalistas argentinos y al Estado a confiar en una
mayor y mejor utilización de los recursos nacionales. En cuarto
lugar, Kirchner cultivó hábilmente sus relaciones diplomáticas
con el presidente progresista de Venezuela, Hugo Chávez, con
lo que se aseguró una financiación barata, basada en la
compra por parte de Caracas de varios miles de millones de dólares
en bonos argentinos, y en un mercado lucrativo para las exportaciones
industriales y las oportunidades de inversión rentables.
Dentro de los parámetros de las estructuras y los compromisos
de las políticas neoliberales, el gobierno Kirchner logró
la canalización de la financiación pública hacia
sectores productivos y el aumento de aranceles en las agro-exportaciones,
aumentando así los ingresos públicos y frenando al mismo
tiempo el malestar laboral por medio de subidas en el salario mínimo.
El crecimiento económico dinámico, la estabilización
de la política argentina, la desmovilización de la oposición
radical de masas y la consolidación del control multinacional
extranjero y nacional de élite sobre la economía fueron
los logros principales del régimen Kirchner. Ninguno de estos
resultados socioeconómicos puede atribuirse a las políticas
de centro-izquierda o a la presión de los movimientos sociales.
La desaparición del movimiento piquetero y la reconversión
de los activistas urbanos de los tugurios en una vasta máquina
de patrocinio fue evidente en la elección (2007) en que fue elegida
presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que captó mayorías
absolutas en los barrios populosos, por encima de todos los fragmentados
partidos de izquierda juntos, lo que significó que el movimiento
piquetero captara menos del 5%. Los resultados electorales en Argentina
(como en la mayor parte de los demás países latinoamericanos)
refutan las superficiales e impresionistas opiniones del estudioso estadounidense
Mike Davis, según el cual «los barrios de chabolas del
Tercer Mundo forman la nueva y decisiva escena geopolítica».
Muy al contrario, como describiremos más abajo, los tugurios
urbanos (barrios de chabolas, villas miseria, ranchos, etc.) forman
más bien la base de patrocinio de un nuevo tipo de presidentes
neoliberales en Brasil, Uruguay o Argentina.
Brasil
La característica más destacada de la candidatura de Lula
da Silva, antes incluso de su elección, era su abierta y franca
aceptación de los parámetros neoliberales establecidos
por el anterior gobierno de Fernando H. Cardoso. En la primavera de
2002, seis meses antes de su elección, Lula ratificó un
acuerdo del FMI firmado por Cardoso, en el que prometía mantener
la austeridad fiscal, los excedentes presupuestarios para pagar la deuda
externa y la reducción de las pensiones de sector público
(reforma de pensiones) además de promover una economía
abierta. A efectos electorales, Lula hizo vagas promesas en favor de
la reducción de la pobreza, la reforma agraria y la creación
de empleo. Una vez en el poder, Lula mantuvo e incluso incrementó
el proceso de privatización, entre otras la ilegal privatización
del complejo minero de Vale de Doce (vendido por una décima parte
de su valor de mercado por el corrupto gobierno de Cardoso). Se privatizaron
las carreteras, los bancos, las tierras públicas y los fondos
de seguridad social. Las designaciones a todos los puestos económicos
estratégicos (banco central, ministerios de Economía,
Comercio, Finanzas y Agricultura) recayeron en ejecutivos de sociedades
multinacionales y bancos. Durante su primer mandato, (2003-2006) los
jornales y los sueldos se mantuvieron congelados o sujetos a aumentos
mínimos, mientras los financieros locales e internacionales se
beneficiaban de los más altos tipos de interés en América
Latina, de hasta un 18,5% en la mayor parte de su primer mandato. La
redistribución de la tierra tuvo niveles muy inferiores a los
registrados bajo gobiernos previos, mientras que Lula canalizaba la
mayor parte de los recursos financieros y los créditos a la élite
capitalista exportadora de los sectores agrario, minero y energético.
Lula se convirtió en la figura sorpresa de Wall Street y del
BOVESPA (mercado de valores brasileño).
La estructura de propiedad de la tierra, las rentas y la riqueza siguió
estando entre las más desiguales del mundo; la división
racial no se modificó; el número de trabajadores rurales
sin tierra se mantuvo en 4,5 millones de familias; el número
de millonarios y multimillonarios aumentó y su riqueza total
se multiplicó.
La estructura y las estrategias socioeconómicas del pasado se
consolidaron y profundizaron: la continuidad neoliberal definió
la naturaleza del sistema social brasileño con Lula.
En cuanto a las políticas, Lula introdujo varios cambios, entre
otros una importante reducción de las pensiones de los empleados
públicos (que los regímenes previos no pudieron o no quisieron
llevar a cabo). Su gobierno financió un subsidio de subsistencia
a gran escala (30 dólares al mes por familia) aplicable a 10
millones de familias brasileñas pobres, con lo que creó
una vasta red de clientelismo bautizada como «programa de reducción
de la pobreza». Lula financió una subvención a las
cooperativas gestionadas por el MST que tenían problemas económicos
debidos a la importación a gran escala de alimentos baratos,
a la vez que reducía la ayuda financiera a la reforma agraria.
Los frecuentes gestos populistas, entre otros las sesiones fotográficas
de los encuentros presidenciales con los habitantes pobres de las favelas,
proporcionaron a Lula una imagen favorable entre las masas. La militarización
de las favelas con un alto nivel de delincuencia, que incluyó
ejecuciones sumarias, fue la respuesta de Lula al delito. Las frecuentes
intervenciones militares de la policía para desalojar a los ocupantes
de tierras, acompañadas por la quema de sus chabolas, causaron
lesiones y muertes ocasionales entre los desamparados y los sin tierra,
pero tranquilizaron a propietarios, madereros y especuladores de la
tierra.
Lula logró su mayor éxito en el ámbito de la desmovilización
social. La principal confederación sindical de izquierdas, la
CUT, fue cooptada y sometida con sus rebajas de pensiones y programas
de austeridad. El MST se neutralizó políticamente (aun
cuando siguió reivindicando su autonomía) durante los
primeros cinco años del régimen de Lula con una larga
serie de promesas rotas que incluían cuotas nunca alcanzadas
de reforma agraria, subvenciones estatales a sus cooptados y el nombramiento
de algunos líderes del MST para importantes puestos del Instituto
de Reforma Agraria. El nivel de movilización social en el periodo
2003-2006 disminuyó hasta cotas desconocidas desde el advenimiento
de la reanudación de las elecciones. A pesar de una economía
estancada (2003-2005) y una deliberada estrategia económica del
lado de la oferta (supply-side economics), los movimientos sociales
retrocedían y perdían importancia. No fue hasta 2007 cuando
el MST, la CUT y otros movimientos unificaron sus fuerzas para llevar
a cabo manifestaciones y protestas conjuntas de masas.
En política exterior, Lula llevó a cabo una estrategia
de libre mercado que desafió a EEUU a jugar con arreglo a las
normas de reciprocidad mediante la rebaja de las subvenciones y las
barreras arancelarias. Al exigir la reciprocidad librecambista, Lula
dio pruebas de continuidad de sus políticas con respecto a su
antecesor y de una independencia relativa, exigiendo la aplicación
igualitaria de las normas de libre cambio por parte de EEUU. Lula se
puso claramente del lado de EEUU y la UE al quitar importancia al papel
de la explotación imperialista. Por ejemplo, en el Foro Mundial
de Davos 2006, Lula echó la culpa a los líderes y las
políticas de los países del Tercer Mundo por sus problemas,
exonerando así a EEUU, la UE y Japón.
En términos de mantenimiento de la estructura de clase y la política
económica de élite, Lula se identifica claramente con
la derecha neoliberal. Sus políticas presupuestarias descartan
cualquier modificación sustancial y progresista en los gastos
en servicios sociales. Las prioridades económicas de Lula no
incluyen el incremento de los ingresos salariales, la cesión
de tierra a los que no la tienen ni la financiación de los servicios
y salarios de los ámbitos sanitario y educativo.
Bajo la presidencia de Lula el número de multimillonarios creció
hasta 20, poseedores de 46.200 millones de dólares en riqueza
y activos, una suma mayor que la de 80 millones de brasileños
pobres urbanos y rurales. Más del 60% de los multimillonarios
de Brasil hizo su fortuna a través de contratos del gobierno
y privatizaciones de empresas públicas lucrativas, antes y durante
la presidencia de Lula. Los multimillonarios «nuevos» y
«viejos» se beneficiaron de la rápida liquidación
de los pagos crecientes de deuda interna y externa. Sólo en 2007,
las elites extranjeras y nacionales se embolsaron 160.000 millones de
reales (1,7 reales = 1 dólar USA), equivalentes a 59 veces el
gasto en educación.
Durante sus primeros cinco años en el poder (2003-2007) pagó
casi 800.000 millones de reales a las élites titulares de deuda,
más de cuatro veces lo que distribuyó a 40 millones de
brasileños pobres a través de su programa para combatir
la pobreza.
Los programas de reducción de la pobreza no proporcionaron trabajos
decentes ni condiciones de vida más allá del nivel de
subsistencia, en un momento en que los ingresos públicos y los
excedentes presupuestarios eran superiores a los 50.000 millones de
dólares. En cambio el programa de reducción de pobreza
fue administrado por los funcionarios del gobierno, que eran los miembros
del partido de Lula (partido de los trabajadores), y que se aseguraron
de que los beneficiarios votaran por Lula. En un sentido político,
y no social, el programa era un éxito que aseguraba Lula un voto
70-80% en algunas áreas de la alta concentración de financiación
de pobreza.
La política de apoyo a la candidatura de Lula por el MST, con
la esperanza de asegurar un programa completo o siquiera moderadamente
expansivo de reforma agraria, fue un fracaso. La distribución
de la tierra cubrió solamente una tercera parte, menos de una
fracción de lo previsto por los líderes MST. Los créditos
del gobierno y las subvenciones a la exportación fueron, de forma
aplastante, hacia dueños de grandes plantaciones, mientras que
los pequeños agricultores fueron a la quiebra por las políticas
liberales de Lula de importación de alimentos. Por confiar en
Lula, el MST no pudo apoyar a uniones públicas de empleados que
protestaban contra las reducciones de las pensiones. Es decir, la estrategia
política del MST entre 2003-2006 fue un lamentable fracaso; sacrificó
los lazos con las luchas urbanas del sindicato sin asegurarse beneficios
de su aliado, Lula.
Sin embargo, durante el mismo período, el MST siguió organizando
las ocupaciones de tierras y las protestas masivas a favor de la reforma
agraria. A través de su lucha cotidiana, el MST, retuvo a su
base de masas y sus partidarios, como lo evidencian los 17.000 delegados
que asistieron a su convención nacional en 2007. Más importante,
en 2007, la dirección del MST unió sus fuerzas a los sindicatos
izquierdistas anti Lula (CONLUTA) y a la confederación pro Lula
(CORTE) en tres protestas masivas, señalando un mayor grado de
independencia política y una rectificación de sus políticas
conciliatorias previas. Según parece, los líderes del
MST han comprendido la inutilidad de alinearse con un gobierno de centro-izquierda
como el de Lula.
Bolivia
Durante dos años y medio (2005-2008), Bolivia pasó de
un período insurreccional, en el que los movimientos sociales
revolucionarios dominaron y definieron las prioridades políticas,
a un período en el que la extrema derecha ha lanzado una ofensiva
política importante que ha desarticulado la Asamblea Constituyente,
ha dominado el gobierno y las calles en seis de las nueve provincias
y ha forzando al partido MAS, de centro-izquierda, a una lamentable
retirada de casi todos sus compromisos electorales socioeconómicos.
El cambio brusco y profundo en la correlación de fuerzas entre
los movimientos sociales y la oligarquía es, en gran medida,
perceptible en las políticas y prácticas del gobierno
de centro-izquierda del presidente Evo Morales y su vicepresidente García
Linera. El paso de la derecha de ser una fuerza marginada, asustada
y derrotada a una potente, agresiva y avanzada máquina política,
fue el resultado, en gran parte, de varias políticas decisivas
y contraproducentes impuestas por Evo Morales y García Linera
a los movimientos sociales por medio de sus instrumentos sociopolíticos.
En primer lugar, el gobierno del MAS logró canalizar las políticas
a través de instituciones del Estado, a saber, las ramas electorales,
parlamentarias y ejecutivas, socavando por tanto las tácticas
de acción directa de los movimientos sociales, su instrumento
más efectivo de la influencia política.
En segundo lugar, el equipo Morales-García Linera definió
y distorsionó radicalmente varias de las demandas políticas
y socioeconómicas populares principales a fin de acomodarse a
los intereses de la oligarquía y del capital extranjero. Los
pactos y acuerdos formales entre el gobierno y la oligarquía
llevaron directamente a la rápida reconstrucción de la
extrema derecha y a la desmovilización y debilitamiento estratégico
de los movimientos sociales. Estos cambios políticos radicales
pueden resumirse brevemente.
Asamblea Constituyente: del poder popular al revanchismo oligárquico
Una de las demandas políticas fundamentales de los movimientos
sociales revolucionarios durante el período insurreccional (febrero
de 2003 a junio de 2005) fue la convocatoria de una asamblea constituyente
cuyos miembros provendrían de la elección directa de representantes
de los movimientos sociales, comunidades indias y pobres rurales y urbanos.
Morales y García Linera pervirtieron totalmente esta demanda.
En un acuerdo formal con los desacreditados jefes de los partidos oligárquicos,
el presidente y el vicepresidente organizaron elecciones basadas en
las entidades territoriales existentes, en las que los partidos de extrema
derecha se aseguraron la representación amplia necesaria para
bloquear cualquier cambio radical a través de sus potentes máquinas
de patrocinio y el control sobre el 90% de los medios de comunicación
de masas. En las negociaciones previas a la constitución de la
Asamblea, Morales y García Linera aceptaron una cláusula
de votación de la oligarquía según la cual eran
necesarios dos tercios de los votos para aprobar cualquier artículo
de la Constitución. Más tarde, cuando la derecha entró
en la Asamblea en número suficiente para bloquear todos y cada
uno de los cambios sustanciales, o incluso las reformas de procedimiento,
Morales y García Linera intentaron introducir una norma de mayoría
simple pero fueron incapaces incluso de afectar el funcionamiento de
la asamblea. Después de casi un año y medio de parálisis,
no se aprobó un solo artículo sustancial; los movimientos
sociales habían perdido todas sus esperanzas en la «refundación
del Estado» y en la posibilidad de alcanzar cambios sociales significativos.
La derecha utilizó la situación disfuncional de la Asamblea
para organizar manifestaciones callejeras de masas y establecer «redes
cívicas» potentes, dominadas por los oligarcas separatistas
y sus fuerzas paramilitares, a fin de promover un programa en gran parte
de derechas.
El vicepresidente García Linera reconoció, efectivamente,
la debacle total de la Asamblea Constituyente y convocó una conferencia
pluripartidista con participación del partido Movimiento al Socialismo
(MAS) y todos los partidos de extrema derecha, empresarios y oligarcas,
a fin de resolver sus diferencias. En otras palabras, Morales y García
Linera pasaron de un pacto político fallido con la oligarquía
a otro con los mismos resultados desastrosos. Como era de esperar, la
oligarquía y la derecha consideraron la marginación de
la Asamblea como una victoria y utilizaron el nuevo formato para impulsar
su programa aún más agresivamente y exigir, en la práctica,
la rendición total en todos los asuntos principales relativos
a la agroindustria; la ocupación ilegal de tierras públicas;
el separatismo (calificado de autonomía), que incluye el control
provincial total sobre los ingresos por impuestos y regalías,
y un mayor control provincial de las políticas sociales y económicas.
La propuesta pluripartidista llevó rápidamente a un fin
innoble, como la Asamblea Constituyente antes de ella, pero no sin antes
reforzar aún más a la derecha, desmoralizar las clases
populares y demostrar la quiebra de las políticas de Morales
y García Linera de pactos políticos con los partidos oligárquicos.
Al carecer incluso de la seguridad física más elemental
en Sucre, la Asamblea Constituyente huyó primero a una instalación
militar y más tarde a Oruro donde fue protegida por los mineros
y aprobó una constitución contradictoria y ambigua.
La nueva Constitución está sometida a la aprobación
de los votantes en referéndum. Las cláusulas principales
son una mezcolanza de cláusulas «centralista» y cláusulas
«autónomas», que potencian el poder federal y fragmentan
potencialmente el país en unas 30 a 60 «naciones indias»
y en gobiernos regionalistas de derecha. Declarando al mismo tiempo
la intangibilidad de la propiedad privada, la Constitución reivindica
limitar la propiedad de la tierra a 25.000 acres por persona, incluyendo
la posibilidad de un cierto tipo de reforma agraria (la mayoría
de la cual sería invalidada mediante el procedimiento de poner
la tierra a nombre de los miembros de la familia ampliada.) La Constitución
reivindica la propiedad del Estado de todos los derechos del subsuelo
sin por ello denegar a todas las grandes empresas mineras, del gas y
del petróleo todas las reservas subterráneas en su cotización
según el mercado de valores. La Constitución refleja la
ideología y las políticas profundamente contradictorias
del gobierno de Morales y García Linera, que proclama cambios
radicales pero aplica un programa liberal.
Ideología
En la base de estos desastrosos pactos políticos, tácticas
y estrategias del gobierno actual, se halla la ideología del
capitalismo andino basada en la idea de la protección de la propiedad
privada (que incluye la élite de la agroindustria, ese 1% de
la población que posee el 80% de las tierras fértiles),
de empresas mixtas con multinacionales extranjeras que explotan los
grandes recursos naturales, y con campesinos indios de pequeña
propiedad basada en la comunidad. Para sostener el proyecto económico
capitalista, Morales y García Linera necesitaban la colaboración
y el apoyo de los partidos de derecha oligárquicos, lo que condujo
directamente a la firma de los tristemente famosos y fatales pactos
políticos que socavaron totalmente las actividades y la dinámica
de los movimientos sociales. El indigenismo y la retórica de
la defensa de las comunidades indias han sido recursos retóricos
rituales en boca de ambos líderes y desmentidos en la práctica,
como demostraron concretamente sus supuestos socios, con la destrucción
de la disidencia en su reducto económico de Santa Cruz.
Indigenismo
El segundo componente principal de la ideología de Morales y
García Linera era la autonomía política indígena
y local. La ideología del indigenismo varía en significado
y uso según su exponente y propósito político.
En Bolivia hoy ambos líderes hablan de indigenismo con varios
significados contradictorios y confusos, en función del momento
y lugar políticos. El énfasis principal se pone en los
derechos culturales y políticos: reconocimiento de la igualdad
legal, respeto de las normas culturales indias y sus prácticas
jurídicas y reconocimiento del derecho al autogobierno y la autonomía
por parte de las 39 a 60 (dependiendo de las ONG y los antropólogos)
naciones indias.
Morales y García Linera han puesto de relieve el carácter
cultural y democrático de su «revolución»,
negando cualquier pretexto para la transformación de la propiedad
y las relaciones sociales, la expropiación del capital extranjero
o los 25 millones de hectáreas en manos de la clase dominante
agroindustrial. El reconocimiento de varias docenas de «naciones
indias» implica la fragmentación total de Bolivia en una
cadena de mini estados insostenibles, si se llegase a poner en práctica
la ideología del indigenismo. Inútil decir que los dos
líderes no tienen ninguna intención de poner en práctica
la «autodeterminación» indígena, un concepto
ideológico sin fundamento económico y político
prácticos. Sin una redistribución fundamental de la tierra,
una reforma agraria profunda que transfiera la tierra de los 100 clanes
a 2 millones de indios sin tierra, lo que Morales y García Linera
han rechazado categóricamente, la población india no tiene
ninguna base económica para afirmar su autodeterminación.
Peor aún, el énfasis de la ideología indigenista
de Morales y García Linera en la autonomía local (de departamento
y municipal), ha sido aprovechado por la clase oligárquica de
derechas que gobierna en seis departamentos (la media luna) como pretexto
para poner en marcha un movimiento de secesión, tanto de jure
como de facto, para hacerse cargo de la mayor parte de las regiones
ricas en minerales y energía de Bolivia. En respuesta, Morales
y García Linera han retrocedido y reafirmado la supremacía
del gobierno central del Estado y su control total sobre los ingresos
de exportación, la autoridad civil y el poder legislativo.
La ideología indigenista ha tenido poco o nada de impacto en
el aumento de la renta y la resolución de las desigualdades de
propiedad, los contratos con las sociedades multinacionales extranjeras,
los gastos presupuestarios y los ingresos. Las festividades religiosas
indígenas han sido financiadas por el Estado y la ideología
indigenista ha dado una cierta legitimidad popular a la clase política,
básicamente mestiza, que predomina en el gobierno.
Nacionalización
La inmoralidad del gobierno del MAS y su traición a las esperanzas
y aspiraciones de los movimientos sociales revolucionarios y sus sacrificios
políticos se evidencia claramente en el abandono total, por parte
del gobierno, de la nacionalización de la energía y otros
recursos materiales primarios. No se ha nacionalizado ni un solo pozo
petrolero ni un gaseoducto a pesar de los chillidos de Morales asegurando
que «nacionalización no equivale a expropiación».
Por supuesto; la continuación de la propiedad y el control extranjeros
en la elaboración de las políticas no era expropiación,
pero tampoco ha existido una nacionalización en el sentido que
todos expertos, economistas, políticos, periodistas y académicos
emplean este término.
Morales y García Linera simplemente aumentaron los pagos por
royalties y los impuestos a los niveles de la mayor parte de los países
capitalistas occidentales y muy por debajo de porcentajes que se aplican
en Próximo Oriente, Asia y partes de África. Peor aún,
el ajuste de precios al alza en la venta de gas a Brasil y Argentina
estaban aún por debajo de los precios mundiales en un porcentaje
de por lo menos un tercio o la mitad. Después de lograr lucrativos
y provechosos contratos a largo plazo, Petrobras de Brasil y Repsol
de Argentina decidieron hacer nuevas inversiones de gran envergadura
para el aprovechamiento de recursos bolivianos. Es decir, que Morales
y García Linera ampliaron y profundizaron la desnacionalización
de la economía a un coste enorme para la clase trabajadora y
los pobres de la ciudad y el campo, que ven poco o nada de unos ingresos
cada vez mayores.
De acuerdo con sus políticas favorables al capital extranjero,
Morales y García Linera firmaron un acuerdo con la multinacional
india Jindal para aprovechar una de las tres minas principales de hierro
y manganeso de América Latina. La cordillera de Mutún
fue desnacionalizada, se privatizó y se liquidó en condiciones
sumamente favorables para sus nuevos dueños extranjeros. El acuerdo
propuesto de industrializar el mineral de hierro implica el tratamiento
mínimo del mineral en lingotes y tendría lugar después
de que Jindel recuperase su inversión inicial.
Morales y García Linera han firmado contratos con casi todas
las multinacionales extractoras oligárquicas y extranjeras existentes
en Bolivia. Por otra parte, Bolivia ha incrementado su dependencia del
capital extranjero al aceptar la participación de nuevos explotadores
foráneos. A principios de 2008, cuarenta y dos empresas de gas
y petróleo de propiedad extranjera explotan los campos energéticos
bolivianos.
A excepción de un par de operaciones muy marginales, el gobierno
boliviano no ha nacionalizado ni una sola mina, pozo petrolero o campo
de gas de propiedad extranjera. Pagaron un precio excesivo por dos refinerías
propiedad de Petrobras. Y lo que es peor, las condiciones de propiedad
extranjera siguen siendo tan desfavorables como siempre. En casi todos
los casos el estado boliviano aparece como socio minoritario, con poca
influencia sobre las decisiones de inversión, producción
y comercialización. En segundo lugar, los dueños extranjeros
obtienen préstamos subvencionados del Estado boliviano, con un
porcentaje medio del 3%, para financiar gastos corrientes. En cambio,
el estado boliviano pide préstamos al 8% al Banco Andino. Las
empresas extranjeras reciben gas a precios subvencionados. El gobierno
boliviano no ha hecho cumplir o poner en práctica viejos o nuevos
acuerdos y no ha iniciado un sólo proyecto industrial de gran
envergadura, confirmando con ello la economía de estilo colonial
de Bolivia.
La lista de multinacionales extractoras extranjeras con influencia dominante
en la economía boliviana incluye a Petrobras (Brasil), Repsol
(España), Transredes (Enron-Shell), Jindal (India), Total (Francia),
British Gas, Apex Silver (EE UU), Sumitomo (Japón), Ashmore (Gran
Bretaña), British Petroleum y docenas de otras empresas importantes,
que siguieron ganando miles de millones de dólares entre 2006
y 2008. En total, 42 multinacionales extranjeras dominan las industrias
del gas y el petróleo bolivianos, una de las cifras más
altas de todo el mundo.
Hay datos que confirman que el gobierno boliviano ha firmado más
contratos de explotación, muy favorables para las empresas, con
más corporaciones multinacionales del petróleo, la minería
y el gas que cualquier otro país de América Latina. El
hecho de que la mayoría de los nuevos contratos impliquen la
exportación de las materias primas, significa una carencia de
recursos energéticos para desarrollar el consumo interno de Bolivia
y generar empleo industrial y comercial.
Reforma agraria
Después de dos años en el poder y a pesar de repetidas
promesas demagógicas a las comunidades indias y campesinas, Morales
y García Linera han fracasado totalmente en la ejecución
de cualquier tipo sustancial de reforma agraria, y más todavía
en lo que se refiere a tierras fértiles, productivas y de fácil
acceso a los mercados, de los oligarcas y agro-exportadores más
poderosos y más ricos. Al contrario, el régimen, desde
el principio, dio garantías categóricas de que defendería
a los «productores productivos» con independencia del tamaño
de sus explotaciones, algunas de ellas de cientos de miles de hectáreas.
Los niveles masivos de desposesión de la tierra y de pobreza
(70%) continuaron, como en el pasado, entre los electores rurales del
gobierno. Morales y García Linera se explayaron sobre «la
expropiación de las explotaciones improductivas e ilegales»
(tierras públicas arrebatadas y ocupadas por los terratenientes),
pero a partir de finales de 2007, se había redistribuido poca
tierra.
Según un estudio publicado por el Programa de las Naciones Unidas
para el Desarrollo (PNUD), cien familias son propietarias de 25 millones
de hectáreas de la tierra más fértil, mientras
que dos millones de agricultores y campesinos pobres poseen cinco millones
de hectáreas de tierra sobrexplotada. En el estado clave de Santa
Cruz, según el propio Instituto Nacional de la Reforma Agraria
(INRA), 15 clanes familiares poseen 500.000 hectáreas de tierras
fértiles colindantes con los mercados y centros de transporte.
Los poderosos clanes «de los 100 mayores terratenientes»
son los mayores propietarios, accionistas y consejeros de los principales
bancos de Bolivia, emisoras de televisión, plantas de embalaje,
industrias de procesos alimentarios, supermercados y empresas de comercio
exterior.
En el estado de Beni, 10 familias poseen 534.000 hectáreas.
En Pando, 8 familias poseen un millón de hectáreas de
tierra fértil. Esta estructura de poder clan-familia oligárquica
se extiende mucho más lejos del reino económico. Los miembros
del clan ocupan posiciones importantes en la alta judicatura, administrativa
y militar, en los medios de comunicación de masas y en las instituciones
civiles.
El régimen de Evo Morales y García Linera ha garantizado
repetidamente la inviolabilidad de la propiedad de la oligarquía,
así como su fuerza sobre el crédito público (el
80% del cual va a la élite de la agro-exportación). Con
el apoyo económico gubernamental, la oligarquía domina
la maquinaria política y la utiliza para intimidar, y frecuentemente
atacar, a los partidarios del régimen de Morales con impunidad.
Como resultado, la oligarquía ha intensificado su férreo
dominio en los cinco estados orientales de Bolivia. Mediante la fuerza,
la intimidación y la persuasión, la oligarquía
tiene la hegemonía sobre las clases bajas en sus regiones. En
lugar de enfrentarse a la oligarquía, Morales y García
Linera han pretendido reclutarla. En Pando, ofrecieron a un importante
oligarca, el gobernador Fernández, un cargo en su gobierno. El
gobernador Fernández lo rechazó, porque no tenía
ningún deseo de tener nada que ver con los «indios».
Ganancias y política fiscal
Las «políticas económicas estructurales»
diseñadas por Morales ampliaron el poder y la riqueza de la oligarquía
y del capital extranjero. Las políticas socioeconómicas
del régimen fracasaron en elevar el nivel de vida. En su campaña
electoral de 2005, Morales prometió duplicar el salario mínimo
y aumentar sustancialmente los sueldos de los obreros, los maestros
y los trabajadores sanitarios. Dado el masivo aumento de la renta pública
debido a los extraordinarios precios del mercado mundial para las exportaciones
bolivianas de energía y metales, el régimen estaba en
una buena posición para financiar aumentos sustanciales para
los mal pagados empleados públicos y los trabajadores del sector
privado. Nada de esto sucedió. El salario mínimo para
2008 aumentó un 10% -de 70 a 76 dólares al mes-. Con la
actual tasa de inflación del 11%, el aumento real fue de 1 dólar
al mes, con mucho, el salario mínimo más bajo de América
Latina, en el momento de mayor acumulación de reservas extranjeras
(5.000 millones dólares bajo las bóvedas del Banco Central)
en Bolivia.
Aún peor, a los maestros públicos y trabajadores se les
concedió un incremento salarial del 6% -en realidad una disminución
si tenemos en cuenta la inflación-, en un momento en el que la
oligarquía del agro-negocio, la energía de titularidad
extranjera y las compañías petroleras cosechaban grandes
beneficios del registro.
El régimen de centro-izquierda de Morales y García Linera
ha tenido un severo efecto negativo en la organización y actividad
de los movimientos sociales. Ha fortalecido y aumentado el poder institucional
de los partidos de derechas y ha atrincherado al poderoso capital extranjero
en todos los sectores estratégicos de la economía. Las
políticas centrales, las políticas de rentas de los anteriores
y desacreditados regímenes neoliberales permanecen intactas y
los programas de mejora, pobremente dotados, han tenido poco impacto
en los niveles de vida de los indios, obreros y empleados públicos.
La política fiscal ortodoxa del FMI de Morales y García
Linera y su manipulación de los símbolos indigenistas
están aportando poco a los sectores crecientes de la clase obrera,
a los mal pagados empleados públicos (maestros, trabajadores
sanitarios), a los pequeños y medianos empresarios del transporte
y la minería, estudiantes y profesores universitarios, gobiernos
municipales y trabajadores públicos. Los paros laborales, las
huelgas, barricadas y protestas cívicas se han multiplicado por
el declive de los salarios reales entre los maestros de la escuela pública,
el personal hospitalario, médicos, enfermeras, camioneros, cooperativas
de mineros y otros. Morales respondió a las huelgas de los empleados
públicos con reducciones en los sueldos, represión contra
los mineros huelguistas de Oruro y con decretos ejecutivos. El doble
discurso de Morales y García Linera ha conducido a agrias confrontaciones
entre sus partidarios originarios. Por ejemplo, persiguiendo el voto
de los pensionistas, Morales aumentó las pagas y rebajo la edad
la edad de jubilación; una medida loable. Sin embargo, en lugar
de utilizar el excedente de las reservas externas, Morales transfirió
el 30% de los recursos destinados a los gobiernos municipales y estatales
y a las universidades, con un impuesto de hidrocarburos para financiar
los costos del aumento de pensiones, que provocó protestas cívicas
masivas. Aún peor, el ministro de Minas de Morales, que captó
el apoyo de las cooperativas de mineros (empresas pequeñas y
medianas) decidió cooperativizar una gran mina sindical, en detrimento
de la clase trabajadora minera. Tuvo lugar una confrontación
armada y murieron más de dos docenas de personas. Como resultado,
Morales nacionalizó las minas, pacificó a los mineros
y expropió las cooperativas mineras. Morales ha adoptado la táctica
de amenazar a los trabajadores públicos en huelga con represalias
de sus leales indios campesinos que componen el sector más bajo
de su máquina de patrocinio electoral. A pesar de su abrazo a
las políticas fiscales del FMI, la expansión de la explotación
privada extranjera de las materias primas de Bolivia y sus subsidios
al agro-negocio, los precios al alza de las exportaciones agrarias,
energéticas y de metales, han permitido al régimen mantener
su máquina de patrocinio de masas y subvenciones a líderes
indios «populares» y líderes sindicales. La acción
de la clase independiente es esporádica; la derecha controla
gran parte de la acción cívica y en la izquierda no hay
ninguna alternativa política en el horizonte, sobre todo a medida
que se profundiza la confrontación entre Morales y la oligarquía
política de la derecha.
A pesar de las retóricas frases antiimperialistas «compañeros
no jefes», Morales y García Linera han fortalecido y extendido
la presencia de empresas multinacionales en todos los sectores de las
materias primas estratégicas, han apoyado repetidamente un contingente
militar boliviano que ocupa Haití al servicio de la Casa Blanca
y han mantenido las bases militares estadounidenses y reforzado las
operaciones antidroga de la DEA.
Ecuador
El espectacular levantamiento, que duró un decenio, y el abrupto
declive del movimiento CONAIE, de base india, están íntimamente
relacionados con sus tácticas políticas y estrategias.
El periodo de ascensión entre 1990 y 2002, se caracterizó
por la organización de redes que promovían en el movimiento
independiente de acción directa, incluyendo barricadas, incautación
de edificios gubernamentales, huelgas generales y breves sublevaciones
exitosas que llevaron a la ocupación del palacio presidencial
en el año 2000. El periodo de declive empezó con la formación
de un partido electoral, Pachacuti, con las alianzas electorales con
políticos oportunistas y la entrada en los ministerios de un
régimen neoliberal (Lucio Gutiérrez 2003-2005) y su posterior
descrédito. A finales de 2003, CONAIE, el principal movimiento
indio de América Latina, cayó en el caos total, muchos
de sus líderes estaban desacreditados o cooptados y muchas personas
abandonaron sus filas. Pachacuti, el instrumento político de
CONAIE, se alió con el presidente neoliberal Lucio Gutiérrez
y detentó ministerios -Asuntos Extranjeros y Agricultura- hasta
que fueron expulsados u obligados a dimitir. Los rudos y represivos
decretos socioeconómicos y políticos del régimen
de Gutiérrez y la presencia continuada de Pachacuti y CONAIE
a través de ministros y funcionarios del gobierno, desilusionó
a los partidarios indios de CONAIE. En la resistencia popular subsiguiente
y el movimiento de masas que llevaron al derrocamiento de Gutiérrez
en 2005, CONAIE jugó un papel marginal. Con la ascensión
del presidente elegido, Rafael Correa, en los comicios de 2007 y la
elección de una nueva Asamblea Constituyente, CONAIE desempeñó
de nuevo un papel marginal, en el mejor de los casos, contrario a la
candidatura de Correa. Éste ganó cómodamente la
presidencia, con un 52% de los votos, y su referéndum para instaurar
una Asamblea Constituyente, asegurándose un 72% del voto popular.
CONAIE-Pachacuti cosechó menos del 5% de los votos a la Asamblea
Constituyente, mientras que los candidatos de Correa se afianzaron con
más del 70%. El candidato presidencial de CONAIE, el secretario
general Luis Macas, consiguió el 2%.
Claramente, la defunción de CONAIE se relaciona directamente
con la política oportunista de muchos de sus líderes.
Algunos de sus miembros y dirigentes eran profesionales en ascenso de
la clase media-baja o líderes de ONG financiadas por el Banco
Mundial y otras agencias del imperio. El error de la mayoría
de los analistas de CONAIE y de los movimientos sociales en general
es su visión de los movimientos indios campesinos como organizaciones
socialmente homogéneas en las que se entierran las evidentes
diferencias de clase bajo una homogeneidad étnico-identitaria.
Nuestras entrevistas y observaciones de campo en Ecuador en el periodo
2002-2007, revelaron agudas diferencias de clase, con consecuencias
ideológicas y políticas estratégicas.
CONAIE, y todavía más Pachacuti, incluyeron a los propietarios
del transporte, intermediarios comerciales, abogados, trabajadores sociales,
operarios de ONG de financiación extranjera, consultores académicos,
así como a campesinos y granjeros medianos que empleaban a campesinos
pobres y a obreros rurales sin tierra como aparceros y trabajadores
a sueldo. Estas diferencias de clase se reprodujeron en las cooperativas,
las organizaciones comunitarias y en la dirección local y regional
de CONAIE y Pachacuti. Las posiciones de clase divergentes y las relaciones
de explotación en las comunidades indias llevaron a intereses
de clase contrapuestos. Estos intereses de clase divergentes se disimularon
con identidades culturales indias elaboradas por académicos «indigenistas»
(centrados en la identidad) e ideólogos que se unieron a CONAIE
y Pachacuti. En la práctica, estos líderes subordinaron
el movimiento a su ascenso y a los lazos con la élite comercial.
La élite «india» vio en el régimen de Gutiérrez
una oportunidad de ganar influencia para su segmento de clase de la
comunidad india con el acceso a los fondos públicos y a préstamos
baratos, al crédito y al patrocinio político. Esto era
evidente en los líderes de Pachacuti, que ostentaban cargos en
el régimen de Gutiérrez incluso cuando sus bases eran
reprimidas o se les negaba cualquier influencia o beneficio del régimen.
La extinción virtual de Pachacuti a lo largo de 2007, la recomposición
lenta y dolorosa de CONAIE y su papel muy marginal en la nueva Asamblea
Constituyente son irónicos, ya que una de sus demandas principales
a lo largo de su ascenso al poder, en los noventa, era precisamente
una nueva constitución con poderes plenarios.
El llamamiento del presidente Rafael Correa está ampliamente
dirigido a la abolición de la élite sobornable que controla
el Congreso, y su convocatoria de una nueva Asamblea Constituyente y
sus medidas socioeconómicas populistas favorecen a diferentes
sectores de pobres urbanos y rurales. Su revocación del contrato
de explotación de crudo con Occidental Petroleum obtuvo el apoyo
de los sectores nacionalistas, así como su creación de
una comisión de interventores internos independientes para examinar
la deuda externa y determinar si dicha deuda se había contraído
legal o ilegalmente.
En términos de cambio estructural, Correa no tiene ningún
plan para nacionalizar compañías de petróleo extranjeras,
pero las ha abofeteado con un impuesto de exceso de beneficios del 99%
que debe aportar cerca de 800 millones de dólares al tesoro gubernamental.
Al tiempo que zarandea a Occidental Petroleum, Correa no ha aplicado
las mismas normas contra el gigante de la energía multinacional
brasileña, Petrobras, por los mismos agravios. El presidente
Correa ha estructurado una masa de partidarios urbanos, sobre todo en
Quito, tiene un fuerte apoyo en las regiones indias montañosas
y una mayoría de dos tercios en la Asamblea Constituyente que
está redactando una nueva constitución. Con los abundantes
réditos de los altos precios del crudo y el 46,2% de propiedad
estatal de la industria petrolera, Correa está en situación
de mantener una posición relativamente independiente de Washington.
No obstante sus políticas están siguiendo una actuación
equilibrada entre la Casa Blanca y Caracas. Debe señalarse que
15 multinacionales extranjeras todavía explotan el 53,8% de su
petróleo y han seguido extendiendo sus áreas de explotación.
El enfoque del presidente Correa para su programa de reforma social,
la Asamblea Constituyente y la transformación constitucional,
difiere enormemente de la desastrosa estrategia de Evo Morales en Bolivia.
Correa ha utilizado certeramente los poderes presidenciales para aprobar
o decretar cambios y reformas sociales populares promovidas antes del
referéndum constitucional y de las elecciones, asegurándose
así una gran mayoría. Posteriormente, Correa y la Asamblea
Constituyente recientemente elegida asumieron los poderes legislativos,
disolvieron el Congreso y movilizaron a sus partidarios, los recursos
del estado y las medidas legales para minar y neutralizar los intentos
regionalistas de la élite costera para paralizar o minar su presidencia
y la Asamblea. Gracias a los 840 millones de dólares adicionales
en impuestos por exceso de beneficios -muy superior a cualquier medida
propuesta por Bolivia- Correa puede financiar su programa de reformas
fragmentarias. Correa ha firmado una serie de importantes acuerdos de
comercio e inversión con Argentina y un acuerdo conjunto a gran
escala con la compañía petrolera estatal de Venezuela
para construir una gran refinería. En contraste, el presidente
Correa se ha negado a tomar partido en la disputa colombiano-venezolana,
ha cooperado con EEUU en numerosos programas contra el narcotráfico
y ha asumido una intensa presencia del ejército de EEUU y operaciones
de la DEA. Mientras se incrementan los réditos petroleros, Correa
no ha repudiado nada de la deuda externa ilegal, a pesar de haberlo
prometido en la campaña electoral. Ha mantenido la «dolarización»
de la economía y ha respaldado a las grandes compañías
mineras que contaminan el medio ambiente contra las que protestan las
comunidades indias locales. Su gabinete, especialmente sus ministerios
de Economía, Finanzas y Energía son decididamente neoliberales
moderados (Bustamante, Dávalos y Parejo) aunque el presidente
de la Asamblea Constituyente, Alberto Acosta y el nuevo jefe de Petro-Ecuador,
el almirante Homero Arellano, representan la tendencia nacionalista
del gobierno. Las presiones de los intermediarios petroleros privados,
contratistas e importadores de gas relacionados, sin embargo, todavía
controlan 9,5 mil millones de dólares de los 13,5 mil millones
dólares en réditos de petróleo.
Venezuela
La red más extensa e influyente de movimientos sociales radicales
se encuentra en Venezuela. Varios millones de venezolanos son activistas
en las organizaciones de la sociedad civil, promovidos y apoyados «desde
arriba» por el presidente Chávez y «desde abajo»
a través de activistas locales que presionan por una mayor influencia
en el gasto social, en inversiones productivas y en la seguridad nacional
e interior (contra la trama del golpe cívico-militar derechista).
La dicotomía y distinción que hacen algunos ideólogos
de centro-izquierda y académicos que se llaman a sí mismos
marxistas, entre las organizaciones de masas «desde arriba»
y «desde abajo», es simplista y no capta los procesos sociales
dinámicos de crecimiento del movimiento social y de la transformación
en Venezuela. Por ejemplo, la movilización social y el movimiento
más importante fue la marcha de millones de personas que derrotó
el golpe militar derechista del 11 de abril de 2002 y restauró
al presidente Chávez en el poder en 48 horas. Con esta referencia,
las movilizaciones espontáneas, localmente organizadas desde
abajo llevaron a cabo la toma, por masas de trabajadores, de las empresas
de energías estratégicas durante el cierre patronal del
petróleo e industrias relacionadas entre diciembre de 2002 y
febrero de 2003. Fuera de estos movimientos de masa «desde abajo»,
el gobierno, «desde arriba», financió y patrocinó
los movimientos cooperativos y de producción a pequeña
escala, las brigadas de alfabetización y salud, movimientos para
las cocinas de comida para indigentes y la red de comités electorales
para reelegir a Chávez y derrotar un referéndum promovido
por la derecha. Algunos de los movimientos sociales de la red que han
logrado sus metas inmediatas (restaurar al presidente Chávez
en el cargo y la producción en la industria petrolera) se han
amalgamado con otros movimientos sociales «desde abajo»
-como la fundación de una nueva confederación sindical-
y «desde arriba» en forma de cooperativas de producción.
Muchos movimientos sociales empezaron desde arriba, adquirieron vida
propia, desarrollaron sus propias agendas sociales y, en algunos casos,
entraron en conflicto con los chavistas y burócratas de la oposición,
funcionarios federales y municipales y ministros del gobierno (de Agricultura
y Trabajo, sobre todo).
Como respuesta a las políticas conservadoras de elegir o nombrar
funcionarios chavistas y a las tácticas dilatorias del funcionariado
de la oposición, empotradas en la administración pública,
Chávez «desde arriba» animó y estimuló
nuevas formas de gobierno local directo, así como la nueva red
de iniciativas «desde abajo» para un mayor poder local.
Los activistas de los movimientos y los funcionarios progresistas han
creado miles de comunidades locales (barrio), comunales (ciudad-extensa)
y los consejos, con varios grados de autonomía social. Varias
fábricas fueron expropiadas por el Estado, «desde arriba»,
otras fueron ocupados y, con el tiempo, tomadas por los obreros «desde
abajo» y autogestionadas. La confederación del sindicato
de clase independiente (UNT) se organizó contra los jefes moribundos
del CTV respaldados por la CIA. Dentro del UNT, se desarrollaron dos
tendencias: una tendencia que exigía autonomía absoluta
del gobierno y que en realidad era hostil a las iniciativas del gobierno,
y otra tendencia que parecía dirigirse hacia la colaboración
con el gobierno. Ambas tendencias, en todo caso, no han organizado a
la inmensa mayoría de obreros no sindicados y han hecho poco
para cambiar la legislación laboral que derogue «el contrato»
o empleo precario.
Autónomos, pero favorables a Chávez, los movimientos
de masas de campesinos «desde abajo», liderados por el movimiento
de Ezequiel Zamora, se han extendido rápidamente y han exigido
una importante acción gubernamental acelerando la reforma agraria
y la seguridad con respecto a los pistoleros de los propietarios. El
gobierno legalizó la presencia de decenas de miles de obreros
agrícolas colombianos «desde arriba», proporcionándoles
la ciudadanía venezolana y protección bajo la legislación
laboral venezolana. Muchos de éstos obreros agrícolas
posteriormente se unieron a sindicatos autónomos campesinos que
presionan por la reforma agraria «desde abajo».
El presidente Chávez llamó a la formación de un
movimiento de milicias ciudadanas «desde arriba», para complementar
las fuerzas armadas existentes como parte de una estrategia de seguridad
nacional (guerra asimétrica) para oponerse a una posible invasión
estadounidense o a un golpe de la derecha. Cuando los partidos políticos
oligárquicos de la derecha, las federaciones patronales, los
medios privados de comunicación de masas y algunos ex generales
se confabularon para reemplazar al presidente Chávez y bloquear
las enmiendas constitucionales progresistas, surgieron grupos de acción
ciudadana «desde abajo» para alentar una mayor confianza
en las milicias ciudadanas. Al faltar una dirección coherente,
un marco y una educación política, el movimiento de la
milicia opera de un modo superficial.
El gobierno de Chávez ha convocado a muchos millones de miembros
para el nuevo partido-movimiento político «desde arriba»
-el Partido Socialista Unificado de Venezuela- que ha llevado a un alistamiento
popular a gran escala y a extensos debates y discusiones de un programa
político «desde abajo». La gran mayoría de
los 5 millones de miembros con carné del partido no es activa
ni entendida sobre los problemas sociales; sólo son socialistas.
El proceso dialéctico de la formación del movimiento,
la subida y la caída de organizaciones sociales espontáneas
y promovidas por el Estado, los cambios en el tiempo desde movimientos
promovidos por el estado central a movimientos sociales autónomos,
imposibilitan la crítica simplista de «centro-izquierda»
y de los ideólogos de extrema izquierda que niegan la legitimidad
de los movimientos sociales favorables a Chávez.
Venezuela no sólo ha dado testimonio del crecimiento masivo
de los movimientos sociales y de una de las sociedades civiles de izquierda
más activas del mundo, sino también del crecimiento más
grande de movimientos sociales de la derecha y la extrema derecha de
América Latina. Como representantes de una minoría de
la población formada, en su mayoría, por las clases privilegiadas,
los movimientos sociales de derecha pueden ser divididos en constitucionales
y autoritarios con tendencias vinculadas con el terror. Los primeros
han participado en procesos electorales, sobre todo cuando fallaron
los intentos extraparlamentarios más tempranos para derrocar
al gobierno elegido. Los movimientos de extrema derecha que han dominado
la política de oposición, prioritariamente hacia y durante
el golpe y el cierre patronal y en el periodo anterior al referéndum
del 2 de diciembre de 2007, cuentan con la financiación de Estados
Unidos a través de la NED y ONG como «Súmate».
Tiene conexiones con ex oficiales militares que están en contacto
con algunos oficiales activos que pretenden derrocar al gobierno por
la fuerza. Su lucha callejera violenta y su vandalismo están
diseñados para desestabilizar la economía, asfixiar el
transporte de mercancías esenciales y minar los servicios sociales.
El éxito histórico en cuanto al mantenimiento, influencia
y avances de los movimientos sociales en Venezuela está vinculado
a sus lazos políticos con el gobierno nacionalista y democrático
del presidente Chávez, su autonomía relativa de acción
y la radicalización del proceso político en Venezuela
(entre 2006-2007).
El auge de los movimientos sociales venezolanos está basado
en las exitosas alianzas políticas, los programas sociales avanzados
y la dirección de Chávez. Esto se afirma en el agudo contraste
con los regímenes neoliberales de Lula, Evo Morales, Lucio Gutiérrez
y Kirchner, que abrazaron a las élites de la exportación
agro-mineral, financieras e industriales y socavaron los movimientos
sociales.
El problema teórico suscitado por las distintas actuaciones
de los movimientos sociales, el éxito, el crecimiento, las derrotas
y el rechazo en el decenio actual, se relaciona directamente con el
problema de las alianzas políticas y sus consecuencias en términos
de poder estatal. Los regímenes de centro-izquierda han desmovilizado
y minado consistentemente los movimientos sociales y han desmoralizado
a sus seguidores. Los líderes y cuadros dirigentes de los movimientos
sociales que ligaron los movimientos a los regímenes de centro-izquierda
han visto la decadencia de sus movimientos, la debilitación de
su influencia y a sus aliados potenciales en otros movimientos lejanos.
Los movimientos sociales, como los que en Venezuela han estado directamente
comprometidos en derrotar a la derecha y han conservado su autonomía,
han sido útiles al presionar con éxito para conseguir
programas sociales avanzados y más poder social, y han fortalecido
los movimientos y ampliado el número de miembros.
El proceso político venezolano está conducido por dos
sistemas de contradicciones. En el más obvio entran los propietarios
de los de los medios privados de producción, distribución,
comunicación y finanzas, respaldados por el estado imperialista
estadounidense y el estado chavista, campesinos y movimientos sociales
de vecinos, sindicatos, empresas públicas, cooperativas e importantes
sectores productivos y comerciales de la altamente lucrativa industria
del gas y del petróleo.
La segunda contradicción discurre profundamente dentro de la
estructura p